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Entrevista en 'Diálogo Democrático' (sobre inundaciones)

6 de febrero de 2016


La entrevista la efectuó Douglas Rangel y la transmitió Teleradio el lunes 1 de febrero de 2016. El mensaje principal fue que tenemos que pensar alternativas al modelo de desarrollo aplicado en la ciudad, con el propósito de prevenir y mitigar de manera efectiva los efectos de las inundaciones, un fenómeno que (a causa del cambio climático) promete solo incrementar sus efectos en años venideros. Y para alcanzar esos propósitos de prevención y mitigación de las inundaciones hay que pensar una ciudad distinta.   

Se la puede escuchar en este enlace.


Quango

22 de octubre de 2014

Publicado en diario El Telégrafo el 22 de octubre del 2014 como "Las 'quangos', entidades casi autónomas".

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En administración pública “quango” significa “quasi-autonomous non-governmental organisation”, esto es, una organización no regulada por el derecho público pero cuyo financiamiento y cuya elección de sus autoridades principales tiene origen gubernamental. Esta forma de administración se popularizó en el Reino Unido a partir de los años setenta. La particular situación de las “organizaciones casi-autónomas no-gubernamentales” de no hallarse reguladas por el derecho público, a pesar de recibir sus fondos del erario público, las ha hecho acreedoras a numerosas críticas en materia de transparencia, clientelismo político y derroche de fondos.

¿Por qué es relevante hablar de “quangos” en la administración pública de Guayaquil? Pues porque es el uso de “quangos” la forma administrativa que la M. I. Municipalidad de Guayaquil ha escogido para realizar obras públicas y prestar servicios públicos en la ciudad. Las llamadas “fundaciones” son, en realidad, lo que en teoría de la administración pública se conoce como “quangos”. La M. I. Municipalidad de Guayaquil ha creado varias de éstas para la realización de obras públicas y para la prestación de servicios públicos. Las autoridades municipales justifican su creación por razones de desconcentración y de eficiencia.

Ahora bien, esta forma de administración de los recursos públicos ha recibido casi nula atención de la sociedad civil en Guayaquil. Los medios de comunicación y la academia han guardado silencio sobre su desempeño. Muy pocas voces han sido críticas de esta forma de administrar los recursos públicos, que en otros países (como el caso del Reino Unido) ha generado polémica. Sin duda, uno de los críticos más relevantes fue el mentor político del actual alcalde y su predecesor en el cargo, León Febres-Cordero. Para Febres-Cordero, quien creó una única fundación en su administración municipal (la Fundación Malecón 2000) las fundaciones municipales en la administración de Jaime Nebot eran demasiadas, duplicaban personal y habían terminado por convertirse en un “municipio paralelo”. Duras palabras de Febres-Cordero hacia la forma de trabajo de su delfín político.

Dentro de los críticos del uso de “quangos” por la M. I. Municipalidad de Guayaquil se encuentra Jaime Damerval, un abogado guayaquileño que en un artículo de prensa titulado “¿Fundaciones infundadas?” criticó su uso desde lo legal. Para Damerval, el “efecto jurídico” de las fundaciones municipales “ha sido incuestionablemente librar a la administración de rentas municipales de la fiscalización del Contralor del Estado y del propio Concejo Cantonal, dineros que pasaron a ser manejados por personas no elegidas por el pueblo ni dependientes de él y hasta extrañas a él, circunstancia que por sí sola alienta la corrupción”. Damerval también criticó, con los ejemplos de la sustitución del pavimento en las avenidas de Urdesa y la construcción un teatro en el malecón  “a un costo de millones de dólares, para proyectar anualmente media docena de películas”, lo que denominó un “derroche de dineros públicos” para realizar obras superfluas.

Otras críticas al uso de las “quangos” por la M. I. Municipalidad de Guayaquil han provenido de la antropología. Para Chris Garcés, antropólogo con un doctorado por la Universidad de Princeton, las fundaciones municipales son “organizaciones pantalla”. En un artículo publicado en la edición No 20 de la revista Íconos, titulado “Exclusión constitutiva: las organizaciones pantalla y lo anti-social en la renovación urbana de Guayaquil”, Garcés criticó que las fundaciones municipales (en particular, el rol que ha desempeñado la Fundación Guayaquil Siglo XXI) han servido como un mecanismo para la creación “de nuevas ONGs, con unidades paramilitares y organizaciones tercerizadoras, las cuales han asumido responsabilidades asociadas tales como mantener el orden y/o administrar las áreas renovadas en Guayaquil, mientras suelen típicamente acarrear menos responsabilidad por los actos reales y simbólicos de violencia contra el ciudadano común”. En su investigación, Garcés destaca que el orden que se impone en los sectores regenerados afecta principalmente a quienes hacen teatro callejero, a los trabajadores y jubilados que se sentaban en los portales a lo largo de las avenidas, a los homosexuales, a los jóvenes pobres con vestimenta no apropiada y, con particular dureza, a los vendedores informales que llegan incluso a ser “golpeados y detenidos”. Sin embargo, en Guayaquil es mejor no hablar de ciertas cosas. En palabras de Garcés, las colaboraciones “entre la política y los medios han promovido un silencio cómplice y peligroso en Guayaquil, de cara a las ordinarias y radicales formas de legitimar la violencia”.

Otro antropólogo que ha estudiado el funcionamiento de las “quangos” en Guayaquil es Xavier Andrade. Andrade, con un doctorado por la New School of Social Research de Nueva York, en un artículo titulado “‘Más ciudad’, menos ciudadanía: renovación urbana y aniquilación del espacio público en Guayaquil”, criticó la creación de las fundaciones municipales porque “una perversa tendencia hacia la anulación gradual del espacio y la esfera públicos ha sido efectiva, para no mencionar que las propias prácticas laborales de dichas fundaciones han sido cuestionadas”. En particular, las críticas de Andrade a la administración de los espacios públicos en Guayaquil se podría resumir en que la mayoría de los proyectos arquitectónicos realizados apuntan a la creación de formas patrimoniales genéricas, semejantes a paseos comerciales, con una ecología ornamental y una reglamentación vigilante y represora llevada a cabo por parte de compañías privadas de seguridad. Esta lógica de privatización y de vigilancia de los espacios públicos regenerados tiene consecuencias que en Guayaquil no se discuten. En palabras de Xavier Andrade: “De hecho, no existe un debate público sobre los efectos perversos de la renovación urbana, ni de la limpieza sociológica que ha ocurrido, ni del exterminio masivo de gatos y perros que habitaban en el antiguo centro, ni de los abusos cotidianos de los guardias privados en los mismos espacios renovados, ni del despilfarro de energía eléctrica en postes sobreiluminados, ni de la distribución restringida de quioscos de comida que favorece a medianos comerciantes y cadenas de comida rápida establecidas en detrimento del patrimonio arquitectónico de la ciudad por negligencia institucional, ni del carácter inconsulto de los proyectos masivos tales como el Puerto Santa Ana, ni de la agenda autoritaria que se encuentra detrás de todos los dispositivos de control y vigilancia hasta ahora establecidos”.  

Como puede observarse, hay mucho para discutir, pero el análisis de la gestión de las “quangos” en Guayaquil ha sido escaso. Frente al tono celebratorio de la M. I. Municipalidad de Guayaquil, la mayoría de quienes hacen opinión pública (sea en medios de comunicación o en la incipiente academia) acompañan dicho tono o guardan silencio, pero rara vez se animan a elaborar una crítica. El nivel de hegemonía es tal, que muchos prefieren criticar a cualquier voz que señale alguna deficiencia del modelo de gestión municipal, antes que formular una crítica a la gestión de las autoridades locales. Sin embargo, las críticas que se han reseñado en este artículo, hechas por Febres-Cordero, Damerval, Garcés y Andrade apuntan a confirmar las deficiencias con las que usualmente se ha asociado a las “quangos” en la experiencia británica: falta de transparencia, clientelismo político y derroche de fondos, además de sumarle críticas propias de la gestión de las “quangos” locales, especialmente a las que son administradoras de los espacios públicos, por sus niveles de discriminación y de violencia legitimada, estudiados en detalle en los trabajos de Chris Garcés y de Xavier Andrade. 


En el Reino Unido, el país donde esta forma de administración de los recursos públicos se popularizó en los años setenta, hoy existe una revisión crítica de las “quangos”. El año 2010, el gobierno de ese país lanzó un programa para reducir los “quangos”, motivado por su alegada falta de transparencia, dispendio económico y clientelismo político. Por esas mismas razones y por otras presentadas a lo largo de este escrito (críticas hechas por gente tan diversa como los antropólogos Xavier Andrade y Chris Garcés, el abogado Jaime Damerval y el mentor político del actual alcalde, León Febres-Cordero) es que debería iniciarse un debate a profundidad sobre las “quangos” y su administración de recursos públicos en Guayaquil. Aunque en una sociedad como la guayaquileña, tan acrítica y tan complaciente con el trabajo de las autoridades que la administran, un debate de este tipo no es sino una posibilidad remota.     

Las disculpas de Hockey

31 de agosto de 2014

Publicado en diario El Telégrafo el 31 de agosto del 2014.


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“Los más pobres, o no tienen carros, o en todo caso no conducen lejos” dijo el Federal Treasurer (el equivalente ecuatoriano sería el Ministro de Finanzas) de Australia, Joe Hockey, el miércoles 13 de agosto durante una entrevista radial en la cual, con estas ideas como premisas, intentó persuadir a su audiencia que el impuesto al consumo de los combustibles en la propuesta de presupuesto hecha por su gobierno era un impuesto “progresivo” (o sea, uno que requiere más dinero de quienes más recursos tienen). Por esa razón, no entendía la falta de apoyo político a dicha propuesta por parte de partidos que suelen apoyar los impuestos progresivos, como los laboristas y los Verdes.

El Treasurer Hockey forma parte de un gobierno de coalición Liberal-National liderado por el Primer Ministro Tony Abbott, perteneciente a las filas del partido Liberal. Una de las propuestas de Tony Abbott durante su campaña fue la recomposición del presupuesto. En mayo, el gobierno de Abbott presentó su propuesta de presupuesto al Parlamento, cuya idea de fondo es que el gobierno de Abbott heredó un desastre financiero del gobierno de Julia Gillard (gobernante del Partido Labor, opositor al Liberal, durante los años 2010-2013) y que debe procurarse la austeridad en los gastos gubernamentales para asegurar a Australia un futuro mejor. El camino para ese futuro de prosperidad es la reorientación de los gastos en el marco de una política económica conservadora. Una reorientación en la que, según ha expresado el Treasurer Joe Hockey, todos los australianos “deben hacer su contribución”.

Dos académicos de la escuela Crawford de políticas públicas de la Universidad Nacional de Australia, Peter Whiteford y Daniel Nethery, sometieron a escrutinio el contenido de esta “contribución” y concluyeron que “el impacto presupuestario no solo que no se lo reparte de manera proporcional, sino que será mayor para las personas en edad de trabajar, en los más bajos niveles de ingreso”. En pocas palabras, que la propuesta de presupuesto del gobierno de Abbott resulta más perjudicial para los más pobres de Australia. Según Whiteford y Nethery, tal es el contenido de esa “contribución”.

Con este antecedente se pueden entender mejor las críticas contra Hockey manifestadas en los medios de comunicación, en los que se le tildó de ofensivo y alejado de la realidad. El líder opositor Bill Shorten lo instó a “regresar del planeta Hockey al planeta Tierra”. En las editoriales de los periódicos, en los programas de comentarios políticos en radio y TV, en las redes sociales: en todas partes, Hockey encendió la polémica y recibió incontables muestras de rechazo. Pero no dio su brazo a torcer. El jueves, su oficina publicó un comunicado de prensa para explicar que, en lo esencial, lo dicho por el jefe era cierto y que el 20% más rico del país paga por combustible tres veces más que el 20% más pobre.

Es necesario someter a escrutinio la frase original de Joe Hockey. Su frase sugiere dos cosas: una, que los pobres no tienen carro; otra, que si sucede que los pobres tienen carro, no conducen lejos. Las dos opiniones de Hockey son deleznables. Sobre la primera: en su comunicado de prensa, la oficina de Hockey estima que más del 30% de los pobres no tienen carro y utiliza datos del censo del año 2011 para sustentar esta idea. Pero un estudio específico del instituto australiano de estadísticas (Australian Bureau of Statistics, ABS)  sobre esta materia, gráficamente titulado “Car Nation”, ofrece resultados distintos. Según este estudio, solo el 15% de los más pobres no tienen carro. El porqué de esta diferencia se explica en la forma de cálculo de los datos. Para el cálculo de la oficina de Hockey se añadió a la categoría “No tener carro” a aquellos que no marcaron nada, bajo el supuesto de que los que así respondieron “era muy probable que no tengan carro”. Esta conveniente asunción explica la diferencia de 15 puntos porcentuales con el estudio de la ABS, que omite el sesgo político de la oficina del Treasurer y hace su cálculo sobre la única certeza disponible: la de quienes marcaron “No” en esa pregunta del censo del 2011.

Sobre la segunda idea, la de que los pobres “no conducen lejos”, un estudio elaborado por el profesor Graham Currie del Instituto de Estudios del Transporte de la Universidad Monash destaca que las personas de escasos recursos, por vivir lejos de sus lugares de trabajo, suelen viajar mayores distancias en sus carros comparadas con las personas adineradas. Aplicado a la ciudad de Melbourne, por ejemplo, se encontró que esa diferencia era de 10 kilómetros diarios (16.4 para los pobres que viven en la periferia vs. 6.4 para los residentes del área central, en su mayoría personas de mayores recursos). La necesidad de conducir enormes distancias es incluso mayor en el campo del que es el país con la sexta mayor extensión territorial del mundo.

Así, las dos premisas originales de Hockey se derrumban. La primera afirmación, porque con las cifras corregidas, ya no se sostiene; la segunda, porque es contradictoria con lo que sucede en la realidad. Las premisas de Hockey para su afirmación de que el impuesto al consumo de los combustibles era “progresivo” resultaron muy débiles y, en el peor de los casos, falsas. El impuesto resultó regresivo, lo opuesto a cómo Hockey lo quiso presentar a la opinión pública. De hecho, a juzgar por los resultados del estudio de Whiteford y de Nethery, tan regresivo como regresiva resulta la propuesta de presupuesto del gobierno de Abbott en general.

A todo esto, el Primer Ministro australiano, Tony Abbott, se encontraba fuera del país. Cuando el viernes 15 por la mañana regresó a Australia, los periodistas le preguntaron sus impresiones sobre lo dicho por el Federal Treasurer de su gobierno. El Primer Ministro contestó: ”De plano, yo no diría eso”, al tiempo de confirmar su irrestricto respaldo a Hockey. Sutil bajada de línea de la máxima autoridad política de Australia a su hombre de confianza a cargo de las finanzas. 

En la tarde de ese viernes, Joe Hockey pidió disculpas. Fue elocuente: "Realmente, genuinamente pido disculpas porque haya cualquier sugestión, cualquier sugestión del todo, de que a mí o al gobierno no nos importan los más desaventajados en la comunidad. Pido disculpas por esa interpretación. Pido disculpas por esas palabras".

Dos días y un regaño le duró la necedad. 

El Guayaquil que ya no será (cortesía socialcristiana)

30 de julio de 2014

Publicado en diario El Telégrafo el 30 de julio del 2014.

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En fiestas de julio es común escuchar frases tontas sobre Guayaquil asociada con la libertad y con el progreso. El alcalde y sus apologetas de oficio casi no hablan de otra cosa. Digo que son frases tontas, porque no se sostienen frente a un escrutinio serio. Tomemos por caso la asociación de Guayaquil con el progreso.

Crecer en Guayaquil durante los años ochenta era estar orgulloso, a pesar de todo, de dos cosas: vivir en el cantón más poblado y en la capital económica del Ecuador. Estos dos atributos que nos caracterizaron, pronto desaparecerán. Su pérdida es inminente.

1) La pérdida de la condición de cantón más poblado del país.

Desde que se realizó el primer censo nacional en noviembre de 1950 se tienen estadísticas precisas del crecimiento poblacional del cantón Guayaquil. Durante el primer período inter-censal (1950-1962) Guayaquil registró un crecimiento porcentual del 4.49% y su ritmo de crecimiento se mantuvo por encima del 4% hasta entrados los años ochenta. Desde entonces y hasta el inicio del nuevo milenio, disminuyó a alrededor del 2%. En el último período inter-censal, comprendido entre 2001-2010 y sucedido enteramente durante la administración de Jaime Nebot, el cantón Guayaquil ha registrado su menor porcentaje de crecimiento poblacional, con solo el 1.58%. A pesar de esta disminución, en Guayaquil aumentó el número de personas pobres: en el año 2013, un 13.75% de guayaquileños vivía por debajo de la línea de pobreza (menos de 77.03 dólares USD al mes) lo que representó un aumento del 3.71% frente a la medición anterior (en Cuenca y en Quito el índice de pobreza se situó en 6.01% y 8.51% respectivamente). También aumentó en Guayaquil el número de personas que viven en pobreza extrema (esto es, con menos de 43.41 dólares USD al mes) el que se ubicó en 3.93%. Además, la tasa de desempleo en Guayaquil es la más alta en comparación al resto de ciudades del Ecuador (es del 6.96% a junio del 2014) y se estima que casi la mitad de sus habitantes vive con una de sus necesidades básicas insatisfechas.

Sin embargo, los funcionarios de la alcaldía no tienen empacho en justificar este magro desempeño económico con la excusa de la migración constante a la ciudad. Por ejemplo, una directora municipal (del programa ZUMAR, que opera en sectores populares) contó en una entrevista que a los habitantes de esos sectores se les explicó “que Guayaquil es la ciudad con mayor número de habitantes y con alto índice de necesidades insatisfechas debido a la migración que recibe”. Esta es una idea común, tanto en las autoridades como en los acólitos de la administración municipal. Así, la mentira del progreso se la tapa con otra mentira, la de la alta migración. Pero desde el periodismo jamás se cuestionan estas mentiras. El periodismo crítico (salvo raras excepciones) todavía está por inventarse en Guayaquil.

El dato cierto es que Quito superará a Guayaquil como el cantón más poblado del país en el año 2020, cuando Guayaquil cumpla el segundo centenario de su independencia. Un estatus que Guayaquil ha mantenido por más de 130 años (se estima que Guayaquil superó a Quito en población hacia 1880) se perderá, a pesar de lo cual la administración socialcristiana utiliza la idea de crecimiento poblacional para encubrir su fracaso en lo que más debería importarle: la reducción de la pobreza y la satisfacción de las necesidades básicas de sus habitantes.

2) La pérdida de la condición de capital económica del Ecuador.

Íntimamente ligado con el fracaso descrito en el apartado anterior, está la pérdida de la condición de capital económica del Ecuador. La revista América Economía lo ha descrito de manera muy clara en un reporte de febrero de este año, con un elocuente titular: “Quito, la nueva capital económica deEcuador”. La publicación (que se define como “la revista más leída e influyente de negocios, economía y finanzas de América latina”, con ediciones en español y portugués y una “red de corresponsales alrededor del mundo”) argumenta su idea con cifras contundentes: mientras que las empresas de Guayaquil, Durán y Samborondón vendieron 42.445 millones USD el 2012, las empresas de Quito vendieron ese mismo año 68.337 millones USD. En Quito encuentran asiento el 19% de las empresas del país, mientras que en Guayaquil el 14%. Más decidor todavía, es el rubro del crecimiento de las ventas: mientras que en Quito aumentaron un 15.12% en el período 2009-2012, en Guayaquil aumentaron 11.9%, menos que el promedio nacional del 13.7%.

El alcalde Nebot miente cuando dice que en Guayaquil se respira un “aire de progreso”: las investigaciones serias lo contradicen. De hecho, Guayaquil es una de las peores ciudades en América latina para el emprendimiento de un negocio. En un estudio realizado por la misma América Economía en un total de 46 ciudades de Latinoamérica (“Las mejores ciudades para hacer negocios”, publicado el año 2013), Guayaquil se sitúa como la número 39 para el emprendimiento de un negocio. El estudio resalta que los peores indicadores de Guayaquil son el de “capital humano” (en el que obtiene una calificación de 47.5 sobre 100) y el de “infraestructura y conectividad física” (en el que registra un paupérrimo 34.4 sobre 100). Para una alcaldía que se llena la boca con el hacer obras, esta calificación es reveladora de la ineficacia de su planificación y la miseria de sus resultados. El “aire de progreso” parece estar tan contaminado como las aguas del Estero Salado.  

Para peor, la metodología de este estudio de América Economía se basa en el Índice de CompetitividadUrbana (ICUR) compuesto de ocho dimensiones: marco social y político, marco y dinamismo económico, servicios a empresas, servicios a ejecutivos, infraestructura y conectividad física, capital humano, sustentabilidad medioambiental y poder de marca. ¿Adivinen cuál es la dimensión en la que peor resultado comparativo obtiene Guayaquil? Si ya no son tan crédulos de las mentiras socialcristianas, acertaron: en la de “marco y dinamismo económico”. En ese específico rubro, Guayaquil es casi la peor ciudad de la región, solo por encima de La Paz y de Rosario. De 46 ciudades, Guayaquil ocupa el puesto número 43, empatada con Santa Cruz de la Sierra. Debería darnos vergüenza.

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En resumidas cuentas, es inminente que Guayaquil pierda la condición de cantón más poblado del país como ya ha perdido la de ser su capital económica. Con la administración socialcristiana en el poder durante más de veinte años, Guayaquil es una ciudad que ha fracasado en combatir a la pobreza y que ha fracasado también en producir la capacidad de hacer negocios. No lo dicen las opiniones de ese “cuco” que en Guayaquil es el gobierno central, lo dicen los datos duros y las investigaciones serias de publicaciones internacionales.

Debemos reaccionar. No puede ser que se sigan repitiendo frases vacías, mentiras que exaltan los tontos entucados por un periodismo complaciente y una alcaldía irresponsable, mientras Guayaquil pierde los atributos que la distinguían y mientras el carro del progreso (medido por la capacidad para generar riqueza y reducir la pobreza) a los únicos que termina por atropellar, es a sus propios habitantes.

Austracism

25 de julio de 2014

Publicado en diario El Telégrafo el 25 de julio del 2014 como "La discriminación persiste en la cotidianidad y el lenguaje".

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¿Cómo distinguir a una persona racista en los tiempos modernos? Usualmente empieza sus frases con un “no es que yo sea racista, pero…”, para a continuación decir cualquier estupidez racista, la que siente suficientemente justificada con la advertencia hecha por el uso de esa muletilla. En Australia, el artista aborigen Vernon Ah Kee ha expuesto crudamente en su obra “Austracism” el uso de esta muletilla con relación a sus habitantes aborígenes (los que no llegaron en barcos a fines del siglo dieciocho sino que vivían en ese territorio desde aproximadamente 60.000 años).



La obra de Ah Kee es una impresión digital de 120 x 180cm. en la que la palabra “Austracism”, mezcla de Australia y de la palabra racismo en inglés (“racism”), resalta en grandes letras. A lo largo de la impresión, escritas en letras pequeñas y de manera continua, constan las palabras “I am not a racist but…” [que pueden traducirse como “no es que yo sea racista, pero…”] seguidas de expresiones que explicitan los prejuicios raciales aún vigentes en la sociedad australiana: que los aborígenes no pueden cuidar apropiadamente de sus casas, que si no fuera por los blancos habrían muerto ya hace tiempo, que son pobres porque no pueden manejar adecuadamente el dinero, en fin, un largo etcétera discriminador. Es una obra con un mensaje sencillo y poderoso, que evoca cómo el racismo se mantiene vivo en Australia, aunque revestido de hipocresía.


Ahora, ¿cómo se distinguía antaño a una sociedad racista? Pues bastaba simplemente con echar un vistazo a su legislación. Australia es un buen ejemplo de ello. En su primer año como Estado independiente, en 1901, su Parlamento aprobó la Immigration Restriction Act [Ley de Restricción de la Inmigración] con la que de una manera efectiva se restringió el ingreso a su territorio de los inmigrantes no europeos, en lo que se conoció como la White Australia Policy [Política de la Australia Blanca]. En el debate parlamentario para la aprobación de esta ley, el primer ministro Edmund Barton afirmó: “la doctrina de la igualdad de los hombres no pretendió incluir la igualdad de razas”, pues las razas no blancas eran “distintas e inferiores”. La White Australia Policy mantuvo su vigencia hasta 1973.

Australia no fue, ni mucho menos, el único Estado en adoptar una política discriminatoria en materia racial. En los Estados Unidos de América hubo una legislación de corte similar; en Sudáfrica, las leyes del apartheid (estricta segregación racial entre blancos y no blancos -negros, mulatos y asiáticos) estuvieron vigentes hasta 1992, y en Alemania, en un escenario más brutal, se pusieron en práctica durante el gobierno nacionalsocialista (1933-1945) leyes y disposiciones administrativas de exterminio racial, a las que en ocasiones se las quiere presentar como un camino particular (Sonderweg) recorrido por un gobierno demencial, cuando no fueron otra cosa que el desarrollo político y administrativo del antisemitismo que imperó en Europa por aquella época, tan bien documentado por la filósofa judía Hannah Arendt en sus tres volúmenes sobre “Los orígenesdel totalitarismo” y en su estudio sobre el juicio a Adolf Eichmann (uno de los responsables administrativos del exterminio judío) llevado a cabo en Jerusalén en 1961.


En materia de leyes de discriminación racial, tampoco el Estado ecuatoriano fue una excepción. El año 1889, un decreto presidencial durante el gobierno de Antonio Flores Jijón estableció en su artículo primero la prohibición de “la entrada de chinos a la República”. Según el Presidente Flores, esa disposición obedecía a que en la población china, “sus ideas, idioma, gobierno, religión y costumbre son contrarias a nuestra civilización y bienestar”. La disposición fue sostenida y ratificada por los gobiernos liberales y no fue sino hasta el segundo período presidencial de Velasco Ibarra, en 1944, que se la eliminó (aunque en todo caso, nunca fue efectiva: para 1938, los chinos eran el segundo mayor grupo migratorio en el país, solo después de los colombianos). En el caso del antisemitismo, hubo el decreto del general Alberto Enríquez Gallo en 1938, por el cual se conminó a los judíos “que no se dediquen a la agricultura o a la industria en forma ventajosa para la Nación” a que abandonen el territorio ecuatoriano.

Extraído de "Ciudad-Estado, inmigrantes y políticas. Ecuador 1890-1950" (p. 18)
Extraído de "El Ecuador y la Alemania nazi. Los secretos de una relación ocultada", nota 19.

Después de los horrores de la segunda guerra mundial y una vez adoptada en diciembre de 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos, según la cual “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, los Estados han eliminado de manera paulatina de sus legislaciones (unos más tarde que otros, como los casos de Australia y Sudáfrica) las normas discriminatorias por razón de raza. Pero para retomar la idea de la obra de Vernon Ah Kee, no es suficiente con que en el plano legislativo se disponga la no discriminación, cuando en la práctica esa discriminación persiste en la cotidianidad del trato y del lenguaje. El auténtico reto es visibilizar las diferencias todavía existentes (en esperanza de vida, en salud, en educación, en desempleo, en el ingreso a las prisiones: indicadores que usualmente se saldan en negativo para las personas de las razas que han sido tradicionalmente oprimidas y discriminadas) y consolidar la idea de la diversidad como una riqueza y no como un lastre. Ese es el cambio cultural que se requiere para que cada vez se escuche menos esa tonta muletilla que dice “no es que yo sea racista, pero…”.