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El arte de insultar [por García Márquez]

30 de abril de 2021

Corría el año 1981 y en una columna del diario El Tiempo, firmada por un tal Ayatola, se lo calumnió al cataquero más ilustre. En respuesta, García Márquez en un artículo titulado ‘Punto final a un incidente ingrato’, le dirigió a ese quídam unas líneas:

 

‘No sé a ciencia cierta quién es, pero el estilo y la concepción de su nota lo delatan como un retrasado mental que carece por completo del sentido de las palabras, que deshonra el oficio más noble del mundo con su lógica de oligofrénico, que revela una absoluta falta de compasión por el pellejo ajeno y razona como alguien que no tiene ni la menor idea de cuán arduo y comprometedor es el trabajo de hacerse hombre’.

 

Rayado, el cataquero.

El Hombre Caca y el presupuesto

17 de julio de 2018


La cultura, para el Hombre Caca, es ajustarse al “presupuesto asignado”. El resultado no importa tanto como no gastar más de lo que sus jefes le han dispuesto que gaste. Es una visión contable de la cultura, pero es lo que el Hombre Caca está en capacidad de hacer por su ciudad (además de ser un “tapón, neutralizador, muro de contención de la energía cultural”).

A propósito de esto, hace poco leí un libro sobre cómo construir guiones, en el que García Márquez se quejaba de esta visión tan contable como mezquina de la producción cultural: “Hace poco supe de un productor que estaba feliz porque había obligado al director a someterse a un presupuesto rígido…, y cuando vi la película me di cuenta de lo que había logrado con eso […] La falta de plata se notaba por dondequiera y, de hecho, acabó con la película. Lo barato salió caro, como siempre sucede”*.

Mutatis mutandis, esto es lo que ha hecho el Hombre Caca con la cultura de Guayaquil: disminuirla, abaratarla, acabar con ella. Y casi se podría decir, tras dos décadas y media de soportarlo, que lo ha conseguido.

Porque lo que sí tiene presupuesto, son estupideces como esta, que encandilan la bobalicona imaginación del Hombre Caca. Y no aportan nada. 

De saldo: Guayaquil es un triste páramo. 

* García Márquez, Gabriel, 'Cómo se cuenta un cuento', Ollero & Ramos Editores, San Antonio de los Baños, 1996, pp. 22-23.

Mierda y fe

9 de julio de 2017


Cuenta García Márquez:

“Mi madre nos contaba que éste llegó una noche a su casa, enloquecido por el alcohol, un minuto después de que una gallina había plantado su cagarruta en la mesa del comedor. Sin tiempo de limpiar el mantel inmaculado, la esposa alcanzó a taparla con un plato para evitar que la viera el marido, y se apresuró a distraerlo con la pregunta de rigor:
- ¿Qué quieres comer?
El hombre soltó un gruñido:
- Mierda.
La esposa levantó entonces el plato y le dijo con su santa dulzura:
- Aquí la tienes.
La historia dice que el propio marido se convenció entonces de la santidad de la esposa y se convirtió a la fe de Cristo” (1).

Persuadido por un argumento de mierda. El origen común de la fe (2).

(1) García Márquez, Gabriel, ‘Vivir para contarla’, Editorial Norma S.A., Bogotá, 2002, pp. 162-163. (Versión en PDF).
(2) Fe: “Creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre sobre cosas sin paralelo” (Ambrose Bierce, ‘El diccionario del diablo’. Es decir, para tenerla, es menester comerse un “argumento de mierda”.

"Pan, amor y Superviena"

23 de octubre de 2016

Borges se recluyó con Bioy Casares en una estancia en Pardo para escribir la publicidad “de un alimento más o menos búlgaro”, el yogurt ‘La Martona’, producto de un industrial tío de Bioy (Miguel Casares). De esta convivencia de una semana en una casa en ruinas, “en cuya chimenea crepitaban ramas de eucaliptos”, resultó el folleto comercial titulado ‘La leche cuajada’, que fue su primera colaboración conjunta (año 1935 ó 1936), antes incluso de Bustos Domecq. García Márquez, por su parte, antes de pegarle al gordo con su saga de los Buendía, juntó unos chochos por escribir un eslogan para una marca de pañuelos desechables: “Yo sin Kleenex no puedo vivir” (que fue, en realidad, idea de su mujer) (1).


 
En este plan de venderse a la publicidad en tiempos de chirez, Charly García, cumpleañero de hoy, escribió un jingle para una marca de salchichas que decía “pan, amor y Superviena”. Pero a diferencia del folleto comercial para el yogurt ‘La Martona’ y del eslogan ideado por la mujer de García Márquez para Kleenex, el estribillo de Charly García no fue aceptado (2). La Argentina se perdió de un jingle ganador.

Ni modo. La vanguardia es así.

(1) Alberto Borrini, ‘El debut de Borges y Bioy como publicitarios’, Diario La nación (Argentina), 21 de enero de 2003; Daniel Rito, 'La Martona, la marca sinónimo de la leche en Argentina', Mausoleo de Marcas, 24 de septiembre de 2014.
(2) Bruno Larocca, ‘Carlitos antes de Charly García’, Rolling Stone, 21 de octubre de 2016.