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Mother Jones / Maronna

1 de agosto de 2009

Siento mucha simpatía y admiración por Mother Jones, la mujer que un fiscal de distrito de los Estados Unidos consideró “la mujer más peligrosa” de ese país, la que organizó la marcha de los niños a la casa del Presidente Theodore Roosevelt para reclamarle por las prácticas laborales de la época al grito de “We want to go to school and not to the mines”, la que luchó por mejorar las condiciones de vida de los mineros al punto que éstos la consideraron “The miner’s angel”, la que declaró “Pray for the dead and fight like hell for the living” y la que cuando la denunciaron en el Senado como “The grandmother of all agitators” supo responderles “I hope to live long enough to be the great grand-mother of all agitators”. Esta rola la recuerda y una excelente revista liberal lleva su nombre. Hoy cumpliría 172 años.
Y cumple 61 el luthier Jorge Maronna, quien promueve el negocio del turismo en asocio con la santidad:

Yo era un vegetariano

9 de septiembre de 2008

Yo era un vegetariano (pronúnciese como el "yo era un infeliz" de El Sendero de Warren Sánchez). Todavía adolescente, imbuido del Tao y de otras yerbas orientales, yo fui vegetariano. Épocas difíciles eran esos mediados de los noventa y poco más. Mi abuela, donde he solido comer semana tras semana durante años de años, sólo en tiempos recientes, con mi primo Miguel como veggie estricto, ha sosegado sus ímpetus y le preparaba a Miguel un menú distinto al de los demás. En mis tiempos de vegetariano, mi abuela no entendía de privaciones cárnicas. O era el plato o la furia. Lo dicho, eran tiempos difíciles. Duré de vegetariano poco menos de un año, me aburrí y lo dejé.

Un par de experiencias confirmaron el acierto de mi decisión. La primera: caminaba sólo por el centro de Guayaquil, cerca del parque Centenario, horas de almuerzo. Al paso, apareció un restorán vegetariano cuyo nombre no recuerdo ni quiero recordarme. Entré y escuché una música extraña y una TV prendida en las noticias de Ecuarrisa. Servían menú. Me senté y lo pedí. A unos pasos de mi mesa, un triste pintor local rumiaba su plato. Casi que podía contarlas, treinta y tres veces masticaba, treinta y tres. A ese paso, tal vez incluso desarrollaba cuatro estómagos el pobre. La imagen era penosa. Se acercó la mesera con mi plato (estaba a punto de escribir “comida”, pero el término es excesivo) y le pregunté si lo que escuchábamos, que no era Alfonso Espinoza de los Monteros, era música, para alguien, en alguna parte. Ella dijo que sí y yo preferí no insistir. Asentó el plato en la mesa y éste era el plato de César Vallejo, era un domingo de languidez miserable: unos vegetales desparramados como si fueran el resultado de un verde accidente y un arroz como yo nunca lo había visto, que juro que si tuviera que mostrar en un único elemento la miseria del tercer mundo, escojo ese arroz. Todo el conjunto era patético y me deprimió. Avancé un poco pero no pude, abandoné, pagué y me fui. Comí en casa y juré nunca volver a tanta tristeza.

La segunda tiene lugar en las afueras de Mendoza, Argentina. El restorán se llamaba Martín Fierro. Estábamos en un Congreso de Derecho Internacional en esa ciudad donde vive tanta gente que tanto quiero. Fuimos en la combi de Augusto Martiniano Guevara, me acuerdo como ayer. Llegamos. Éramos, no sé, 50 ó más personas, amigos, conocidos de América latina, en plan de estudios que siempre deriva a emociones de toda índole, donde se juegan hígado y corazón. El día era soleado en la campiña mendocina y el azul del cielo, casi insolente. Las porciones de carne eran generosas (bife de chorizo, asadito de tira, cuadril, morcilla, chorizo, todo el equipo, ¡que venga la vaca!) y, sobre todo, sobre todo, exquisitas, orgasmos en el paladar, más todavía acompañados de malbec mendocino, copas, risas, grata compañía, chicas hermosas. La que nos atendía era un delirio ajustado en su pantalón negro. Todos los sentidos fueron satisfechos. A la segunda botella de tinto, yo ya tenía claro mi juramento: jamás volvería a ser vegetariano, nunca jamás. Si un desgraciado doctor me llega a decir que lo mío es la carne o la muerte, me suicido con un asado de tira.

Muchos años después, en Río de Janeiro, tierra de picanha, me compré un libro titulado “Ironia. Frases soltas que deveriam ser presas” donde encontré esta precisa frase, que transcribo en su portugués original y suscribo sin demora: “Meu animal preferido é o bife”. Yo sólo le añadiría, de chorizo, por favor.

El negro

19 de julio de 2008

Justo hoy, 19 de julio, se cumple el primer año de la muerte de Roberto el Negro Fontanarrosa. Se nos murió el Negro en su amada Rosario y esa noche se respiró tristeza y se descorchó un malbec argentino en la cabina del que fue mi programa radial, Juguete Rabioso, para leer a viva voz el fragmento final del célebre 19 de diciembre de 1971, el gol de Aldo Poy y el infarto del viejo Casale cuando el referí pitó el final del partido que ganó el equipo al que nunca vio perder y que lo hizo vivir el día más feliz de su vida (“¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglo! ¡Así que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.), para recordar la afición de este rosarino por ese equipo canaya, el Rosario Central (el de Fito Páez, Alberto Olmedo, Che Guevara y Juan Carlos Baglietto, y tan fanático era el Negro que solía decir “Central es prioridad uno. No me vengan con el cumpleaños de mamá. Yo me voy a la cancha. Eso es innegociable”), para envidiar su asesoría creativa de tantos años a los míticos Les Luthiers (¡la que lo parió, qué lujo!: http://www.lesluthiers.com/), para admirar el humor de Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso, de sus obras de fútbol y sexo, de las decenas de dibujos y cuentos que tienen esta extraña capacidad de decir lo profundo de manera simple e ingeniosa, para celebrar el que haya existido una persona dueña de tanta grandeza, que fuera al mismo tiempo que un genio, un tipo humilde y entrañable, tan de entrecasa como para declarar, “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: «Me cagué de risa con tu libro»”. Es que ésa es Negro, ésa es.

Una esclerosis lateral amiotrófica que el Negro se tomó con filosofía (declaró en TV: “Cuando me explicaron de qué se trataba mi enfermedad, lo primero que pensé fue: ¿por qué a mí? Pero después entendí, ¿y por qué no?"), esto es, con inquebrantable sentido del humor, sin pérdida de risas ni disminución de grandeza, lo condujo a una muerte temprana, a los 62 años. En esa ocasión, volví a comprarme sus obras, volví a releerlas, lo tertuliamos en compañía de esos hermanos que uno escoge, los amigos (muy a la usanza del propio Fontanarrosa en la cotidiana y exquisita Mesa de los Galanes del bar El Cairo). Pero no hice en esa ocasión, lo que hago hoy: este merecido tributo que le rindo a una vida y una obra admirables. No sé si el Negro lo sepa, pero esta noche levantaré una copa de vino (argentino, ¡faltaba más!) a la buena salud de nuestra memoria, que goza a Fontanarrosa y no lo olvida.