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Alma verde

26 de noviembre de 2009


Escribo alma verde y pienso en Almafuerte, el de No te des por vencido, ni aún vencido Uno podría pensar en una conexión entre ese poema y la lucha salmón de quienes postulamos una manera (esencialmente) no consumista y (principalmente) solidaria de convivencia social. Ecuatorianos de alma verde es la nota central del suplemento Siete días este domingo 22 en la que aparecimos algunas personas y en la que, en particular, aparecí yo con unas palabras sobre la ciudad y la bicicleta (la portada del suplemento es una foto de la parte de atrás de mi bicicleta con su letrero insignia “Un auto menos”) y que si tendría que condensar esas palabras en una sola, escojo la palabra Ubuntu, la que en lengua xhosa significa “Uno es uno cuando está entre los otros”.

La Sociedad de la Igualdad

9 de septiembre de 2008


A finales de febrero de 1850, en Santiago de Chile, Francisco Bilbao y Santiago Arcos fundaron la Sociedad de la Igualdad. Para ser miembro de esta sociedad, nos cuenta Pierre-Luc Abramson, “era necesario responder solemne y afirmativamente a estas tres preguntas: ‘I) ¿Reconocéis la soberanía de la razón como autoridad de las autoridades? II) ¿Reconocéis la soberanía del pueblo como base de toda política? III) ¿Reconocéis el amor y la fraternidad universal como vida moral?’” (“Las utopías sociales en América latina en el siglo XIX”, Pág. 94).

Las preguntas que formuló la Sociedad de la Igualdad son precisas y vigentes a pesar de habérselas planteado en una sociedad latinoamericana de mediados del siglo XIX. Y no en cualquiera: en un extraordinario libro que analiza la historia chilena (que conseguí en una exquisita librería de Santiago, “Metales Pesados”), de autoría de Felipe Portales y titulado “Los Mitos de la Democracia Chilena. Desde la Conquista hasta 1925”, puede leerse: “Es más, el sello característico de las relaciones sociales del siglo XIX lo daba el extremo autoritarismo y servilismo entre una élite todopoderosa y opulenta y la gran mayoría de los miserables de la ciudad y el campo. Como lo percibió Teodoro Child en 1890: ‘Aparte de Inglaterra, no hay país donde la distinción de clases sea tan marcada como en Chile. Hay hombres blancos y el rebaño humano, los criollos y los peones: los primeros, señores y amos indiscutidos; los segundos, esclavos resignados y sumisos. Es un hábito en Chile no dar siquiera las gracias a un (empleado) doméstico o a un peón después que hayan prestado un servicio, se le considera como un ser absolutamente inferior’. Es así como, más allá del engañoso ropaje democrático de las estructuras políticas del siglo XIX, la estructura y las relaciones sociales existentes en Chile hacían completamente imposible la vigencia de un sistema democrático, donde se aplicara un efectivo respeto a los derechos humanos y la dignidad de las personas” (Pág. 78-79). Es probable que la situación de Chile haya sido más acusada y brutal, pero tampoco tan distinta de la desigualdad social que imperaba en otros países de la región.

Ahora, retomo e insisto: las preguntas que planteó la Sociedad de la Igualdad tienen vigencia y merece exigírselas en la arena política: la razonabilidad de las acciones de las autoridades y los ciudadanos, la soberanía popular y su ejercicio mediante mecanismos de democracia directa, el amor y la fraternidad como normas de conducta, son todas propuestas inconclusas, unas más que otras. Pero me interesa, en particular, esta última idea, la que parece más ingenua, la que el capitalismo rampante en nombre de sus ávidos dioses productivos desestima usualmente con mayor inmediatez, e incluso con violencia: esta idea del “amor y la fraternidad” tan a contrapelo de este ideario “del cada uno, cada uno” que se propone desde un triste sistema económico donde los otros son simples turistas, empleados o cifras: múltiplos de nadie.

No descarto que tercie alguien en este post con una amalgama de ideas al amparo de Hobbes y Friedman (por ejemplo) para pretender la justificación del muro que separa a los (h)unos de los otros: que homo homini lupus, que la puñetera mano invisible del mercado resolverá (aunque invisible, nunca olvida su puñal), que aquello es filosofía barata y zapatos de goma (escucho a Charly mientras escribo esta página, ¡Aguante, García, hoy más todavía!) o quién sabe, adjetivos peores. No lo descarto y no me anticipo a responderlo con citas de filósofos de Occidente (lo que no sería difícil, en todo caso) sino con una referencia a aquella frase que mi amigo argentino Marcos Ezequiel Filardi (Marcos, si lees esto, estaré en Buenos Aires, principios de octubre) nos copió a quienes recibíamos su correspondencia desde África, cuando recorrió a instancias de su coherencia entre pensamiento y obra ese inmenso y olvidado continente (que debería significar una mancha en la despreocupada y autocomplaciente memoria europea): la frase es sencilla pero potente y refleja la ancestral filosofía Ubuntu: “uno es uno, cuando está entre los otros”. Una maza, la frase.

Que el maquillaje (de las cifras de los mercados) no apague nuestra risa.

P.S.- Arriba, Francisco Bilbao y su rebelión capilar.

Ubuntu

26 de mayo de 2007

Publicado en diario El universo el 26 de mayo de 2007.

*

Conocí a Marcos Ezequiel Filardi en una actividad académica de derechos humanos en Washington D.C. en mayo del 2005. En aquel entonces, Filardi me comentó que tenía la intención de viajar a África con el propósito de aprehender, con la fuerza que solo permiten los sentidos, las situaciones más críticas en materia de derechos humanos y contactar a las personas que luchan a diario para intentar superarlas.

Filardi inició su viaje en enero del 2006; empezó por Ciudad del Cabo, alumbrada de sombras del apartheid, y todavía no se detiene: yo, periódicamente, recibo sus noticias. Él, a cambio, recibe unas líneas y mi más rendida admiración, aquella que solo tributo a quienes, sin doblez ni usura, tienen el valor de actuar en consecuencia con los diáfanos principios que constituyen sus razones para vivir.

Breve paréntesis: África es un continente que en la Conferencia de Berlín de 1884 los europeos despedazaron: se repartieron su territorio con única sujeción a sus coloniales intereses y crearon sistemas de terror sin experimentar siquiera el mínimo asco por sus consecuencias. Cuando en la década del sesenta, los países africanos obtuvieron su independencia, recuerda Kapuscinski, “no se modificó la estructura del poder blanco: aquí están las raíces del naufragio de África”. De hecho, África solo interesó a los europeos como territorio para el expolio y, luego, a europeos y norteamericanos como escenario para sus juegos de poder. Hoy, es un continente olvidado; para ilustrarlo, valga referir que casi el 80% de la población infectada con el virus del sida en el mundo vive en África, pero representa solo el 1% del mercado mundial de medicamentos: el interés para desarrollar una vacuna es simplemente nulo y poco o nada importa la muerte de 20’000.000 de personas. (Esa es la mano invisible del mercado: no pocas veces empuña un puñal). Y los europeos (y norteamericanos también), bien gracias: nunca desarrollan mala conciencia. Demasiado blancos y demasiado limpios como para esas nimiedades. La historia, claro está, no la escriben los perdedores.

Vuelve entonces mi amigo Filardi a escena, para rescatar las imágenes de otra África mediante su nómada biografía. En sus crónicas, no escatima detalles para describir las lacerantes condiciones de pobreza, violencia y exclusión; tampoco las escatima para destacar aquella belleza que, a pesar de Occidente, los africanos mantienen: su sonrisa, su ritmo, su espiritualidad, su incesante alegría. Una clave para entender esta compleja realidad la ofrece Filardi en el cierre de una de sus cartas: “¡Si tan solo aprendiésemos a abrazar el espíritu del ubuntu!”. El ubuntu, ancestral filosofía africana, puede resumirse en la siguiente frase de lengua xhosa, umntu ngumntu ngabantu, cuya traducción más simple y preciosa es “uno es uno a través de los otros”.

A pesar de todo, la alegría; a pesar de todo, la búsqueda de sentido en el otro: actos que son todavía más valiosos hoy, en este mundo de miedos y pobres corazones, de consumismo despiadado y egos poco ilustrados y nada altruistas. Que sirvan, entonces, como fuente de inspiración personas como Filardi, de lúcida coherencia, y una filosofía como el ubuntu, que nos abre la posibilidad de desaprender los vicios de Occidente y de reinventarnos, pese a todo y cobijados en lo humano, sonrisa en labios.