El año 1693, el continente americano era todo
monárquico, puesto que su inmenso territorio era por entero posesión de reinos
europeos (1). El rey inglés era un
neerlandés de la Casa de Nassau, nacido en La Haya, Guillermo III, reciente
triunfador en ‘La Revolución Gloriosa’. El rey francés, un Borbón, era el
célebre ‘Rey Sol’, Luis XIV. El rey de los españoles era un imbécil de la familia
Habsburgo, Carlos II. Sus posesiones en América eran las más grandes de todos los
reinos, porque los españoles habían llegado primero, en 1492.
Ese 1693, Guayaquil, una pequeña ciudad española
desbordándose en un cerro al fondo del golfo en el Pacífico Sur que lleva su
nombre, obtuvo de su jefe administrativo, el Virrey del Perú, el permiso para
mudarse del cerro a la sabana adyacente, petición que se había originado en un
cabildo abierto de la ciudad celebrado el 11 de julio de 1688. Los recurrentes
incendios y los ataques de corsarios y piratas decidieron la mudanza.
Por este permiso del Virrey se mudaron a lo que
se conocía como ‘sabaneta’ las autoridades políticas (el Corregidor en 1693, el
Cabildo en 1696), los vecinos más adinerados, los grupos religiosos (salvo los
dominicos), la iglesia parroquial y el Santísimo Sacramento. Este nuevo emplazamiento
empezó a ser conocido como Ciudad Nueva, y por oposición, a la ciudad que se
quedó arrumbada en el cerro se la empezó a llamar Ciudad Vieja. Hacia 1699, en
lo principal, el proceso de mudanza había concluido. Carlos II seguía, todavía,
siendo el rey de los españoles.
Al año siguiente, 1700, Carlos II palmó, sin
descendencia. Su muerte desencadenó lo que se conoce como ‘Guerra de Sucesión’,
que es el pasar el reino de España de estar entre las posesiones de los
Habsburgo, una familia austríaca, a las de la familia Borbón, de la vecina y
poderosa Francia. Hubo resistencia a este cambio de dinastía: Valencia y Aragón
cayeron en 1707 tras la batalla de Almanza (2);
Cataluña cayó en 1714. En medio de estos años, en 1710, por gestión del
Corregidor Jerónimo de Boza, Guayaquil empezó la construcción de un puente de madera
de 800 varas de largo y 2 de ancho, que unió a la Ciudad Vieja con la Ciudad Nueva
atravesando los cinco esteros que había del cerro a la sabaneta, es decir, de
Norte a Sur: Villamar, Junco, Campos, Morillo y Lázaro. 800 varas castellanas,
o de Burgos, equivalen a unos 664 de nuestros modernos metros (3).
 |
Puente de las 800 varas. Detalle del plano de Ramón García de León [1772].
|
A consecuencia de la mudanza, Ciudad Vieja se
depauperó. En palabras de Laviana Cuetos, en su libro Guayaquil en el siglo XVIII. Recursos naturales y desarrollo económico:
‘Ciudad
Vieja, con un trazado irregular propio del terreno ondulado en que se asentaba,
sufre un típico fenómeno de degradación perdiendo importancia a medida que
Ciudad Nueva la adquiría y se iban trasladando a ella la mayoría de los
vecinos. De esta manera en la segunda mitad del siglo ya la mayor parte del
vecindario de la antigua ciudad era de negros y mulatos –artesanos, pescadores
y jornaleros en su mayoría-, encontrándose la «gente distinguida» en Ciudad
Nueva’ (4)
Por su parte, la llegada de los Borbones a
reinar en España, con sus reformas económicas, benefició a Guayaquil a partir
de 1770:
“En el
último tercio del siglo XVIII, el cacao de Guayaquil comenzó a competir con el
de Venezuela en el mercado mexicano; era más barato y estaba menos expuesto a
los ataques de los ingleses, ya que tomaba la ruta del Pacífico. La región de
Guayaquil conoció entonces un gran desarrollo” (5).
El año que el primer territorio americano
declaró su independencia de un reino europeo, 1776 (cuando una Yunái de trece
estados atlánticos lo hizo de la Pérfida Albión), Guayaquil concluyó la
construcción de una calzada de piedra para reemplazar el puente de madera de
800 varas en cumplimiento de una orden dictada por el Cabildo un par de años
atrás. Los cinco esteros siguieron abiertos y se salvaban por sendos puentes de
madera.
En octubre de 1820, cuando la propia ciudad de
Guayaquil declaró su independencia de un reino europeo, era ya una ciudad muy
distinta a cómo había empezado a ser desde la última década del 1600: desde
1738 se empezó a poblar el barrio del Bajo, ‘que constituyó una especie de
suburbio habitado por indígenas y gentes pobres’ en los alrededores del puente
de las ochocientos varas (Laviana Cuetos, p. 35). También surgió el barrio del
Astillero, que fue la prolongación de la Ciudad Nueva hacia el Sur. Más
adelante, se formaron el barrio de Las Peñas en el cerro Santa Ana (antes de
ser un barrio aniñado, ‘habitado principalmente
por pescadores’ –Laviana Cuetos, p. 33), una extensión del barrio del Astillero
que siguió al Sur pasando el estero de San Carlos (hoy avenida Olmedo) y el barrio
de la Sabana, que fue la prolongación del barrio del Bajo por detrás de la
Ciudad Nueva.
En 1820, cuando nació a la vida política
sudamericana una efímera república en la Provincia de Guayaquil, entre la Ciudad
Vieja y la Ciudad Nueva, con todos sus barrios, se habrán contado unos 18.000
habitantes. Cuando a fines del siglo XVII se la partió a Guayaquil en dos
ciudades, ella tenía alrededor de 3.000 o 4.000 habitantes. De un villorrio
huidizo de un cerro, Guayaquil durante el tramo final del siglo XVIII se
convirtió en una ciudad-puerto muy pujante.
Como todas las cosas, casi toda memoria física del
Guayaquil de las ciudades Vieja y Nueva concluyó en cenizas tras el Incendio Grande
del 5-6 de octubre de 1896, e igual ya quedaba muy poco de ello. Por cierto,
dicho incendio borró totalmente el antiguo barrio del Bajo.
Y lo que de las ciudades Vieja y Nueva no borró
el fuego, lo terminó de borrar el crecimiento urbano ya en la década del veinte
del siglo pasado, hará casi 100 años, cuando en Guayaquil vivían unas 90.000
personas. Así, la historia del Guayaquil de Ciudad Vieja y Ciudad Nueva, empezada
en la última década del siglo XVII, concluyó con la eliminación de todo
registro físico de ellas en la década del veinte del siglo XX. Pero el
crecimiento de la ciudad siguió, y aunque de forma diferente, Guayaquil ha
vuelto a ser una ciudad partida en dos, v. ‘Monte Sinaí’ y ‘Guayaquil, el modelo que tocó fin’.
Parece que el triste destino de esta ciudad es borrar
su memoria y no quererse a sí misma.
(1) Al
menos nominalmente, porque hubo sectores de América que nunca fueron dominados
por los europeos, v. ‘Esmeraldas no way’.
(2) La batalla
de Almanza es cosa curiosa, porque enfrentó como jefes de los ejércitos a un
inglés y a un francés en el territorio español. Su símil, en el Ecuador, sería
la batalla de Miñarica, en la que, como jefes de los ejércitos, se enfrentó un
venezolano contra un novogranadino en el territorio ecuatoriano. Sobre el
orgullo de los fueros de Aragón, v. ‘Juan Lanuza V y los fueros de Aragón’.
(3) Cinco
puentes para atravesar los esteros se habían empezado a construir desde 1705.
(4) Laviana
Cuetos, María Luisa, ‘Guayaquil en el
siglo XVIII. Recursos naturales y desarrollo económico’, Archivo Histórico
del Guayas, Guayaquil, s/f [Primera edición: 1987], p. 32.
(5) Pérez,
Joseph, 'Historia de España', Editorial Crítica, Barcelona, 2014
[Primera edición: 2000], p. 350.