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Sociedades partidas (de la risa)

23 de febrero de 2021


¿Por qué pasaron de moda los chistes de San Juanico?

R: Porque se quemaron muy rápido

 

El 19 de noviembre de 1984 cuatro explosiones mayores, a las 05h40, 05h48, 06h20 y 06h24 de la mañana, además de muchas otras menores, causaron en San Juan Ixhuatepec, Estado de México, unos 500 muertos, 2.000 heridos, 10.000 damnificados y unas 1.500 casas destruidas, según registros oficiales. Según los vecinos de San Juan, que a su asentamiento informal lo conocen como San Juanico, los muertos pasaron de los 2.000. El suyo era un asentamiento paupérrimo, situado al costado de una planta de almacenamiento de gas licuado de Petróleos Mexicanos, PEMEX. Fue la negligencia de PEMEX la que causó las explosiones y los muertos y heridos y daños de ese 19 de noviembre.  

 

En un artículo de Carlos Monsiváis sobre estos hechos, ‘San Juanico: los hechos, las interpretaciones y las mitologías(1), se lee: ‘El fuego devasta San Juan Ixhuatepec. En muchas casas, todos los habitantes mueren al instante, familias enteras abrazadas en la desesperación o aún dormidas. Los demás salen a la calle como pueden, en pijamas, calzoncillos o absolutamente desnudos, en el pleno estupor de la huida. Algunos van envueltos en llamas’ (p. 123). Unas escenas dantescas, pasto para el humor negro.

 

Pues lo siguiente que explotó fueron los ‘chistes de San Juanico’, los que gastaron las risas de la clase media mexicana por aquellos días. Monsiváis describió a este fenómeno así: ‘La clase media se ha topado con otro filón de temas de conversación casual, refrendando el éxito de los insultos aderezados contra quiénes se considera primitivos o ignorantes o estúpidos o socialmente repugnantes o simplemente feos (nada mejora tanto los chistes como la hostilidad previa contra su objetivo)’ (p. 144). A guisa de ejemplo:

 

Antología temática A

 

1. ¿Cuál es el colmo de los habitantes de San Juanico?

R: Pedir que les incineren a sus muertos.

2. ¿A qué juegan los niños de San Juanico?

R: A las manitas calientes

3. ¿Por qué se enojaron los de Tepito con los de San Juanico?

R: Porque no los invitaron al reventón.

4. Una señora va a adoptar un niño de San Juanico y le preguntan en qué término lo quiere.

 

Las sociedades latinoamericanas están partidas entre sus pequeñas capas de clases media y alta y una mayoría de desposeídos que viven en los cinturones de miseria urbana. (En cuanto a sus resultados urbanos en Guayaquil, v. ‘Monte Sinaí’ y ‘Guayaquil y el modelo que tocó fin’.) Lo que pasó en San Juan Ixhuatepec no podría ocurrir en Pedregal, Coyoacán o la Colonia del Valle, sectores de clase media y alta donde no existen ni esferas ni salchichas que contengan peligroso material inflamable. San Juanico ya estaba allí cuando se empezaron a construir las instalaciones de PEMEX en 1961, pero ellos eran pobres, entonces, no importaba.

 


La historia de esta catástrofe tiene todos los elementos de la negligencia administrativa. De ella, Monsiváis descarta la posibilidad de que se trate de un accidente: ‘descuido, corrupciones mayores o menores, olvido programado de las condiciones de seguridad, desatención de las protestas, jactancia que considera imposibles los percances de consideración, fe en el círculo protector de las inercias’, le impedían a Monsiváis aceptar esa hipótesis. Más bien, aceptaba que era una consecuencia de la vida miserable en los arrabales de la capital, ‘una historia ‘típica de la expansión del estado de México, la depredación habitual: a una ampliación urbano-ejidal de 1925 la sucede, en los sesentas, el crecimiento desenfrenado, producto de la necesidad de vivir lo más cerca que se pueda del Gran Surtidor de Empleo, la capital’ (2).

 

Todo estaba mal, pero la clase media no podía parar de reír:

 

Antología temática B

 

5. ¿Por qué los habitantes de San Juanico no pusieron arbolitos de Navidad este año?

R: Porque le tienen miedo a las esferas.

6. Ahora el día de fiesta para los de San Juanico ¡será el Miércoles de Ceniza!

7. ¿Cómo se le hace para que quepan 90 niños de San Juanico en un Volkswagen?

R: ¡Metiéndolos en un cenicero! (3)

8. ¿Qué le pidieron los niños de San Juanico a los Reyes Magos?

R: Un carrito de bomberos.

 

(1) Monsiváis, Carlos, ‘Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza’, Ediciones Era, México D.F., 2001 [Primera edición: 1987], pp. 123-150. El artículo es, realmente, la amalgama de dos que se publicaron en la revista Proceso: uno el 20 de febrero de 1985 y titulado ‘Panorama del desastre’, y, otro, publicado el 31 de diciembre de 1984 y titulado ‘De las consecuencias sociales’. Las citas y las antologías corresponden a estos dos artículos.

(2) Monsiváis recuerda al político-empresario Carlos Hank González, quien recomendaba: ‘Adquiere grandes extensiones a bajísimos precios, aguarda, deja que te invadan una parte, haz que el gobierno que también es tu socio te compre a precios altísimos la zona invadida, y fracciona el resto’. En el Ecuador, Jaime Nebot es el más aplicado político-empresario en seguir el consejo del mexicano Carlos Hank.

(3) Este chiste también aplica a judíos.

Los 41 (elogio a Lenny Bruce)

2 de abril de 2012


El diario El popular de Ciudad de México contó en su edición del 21 de noviembre de 1901 que en la madrugada del 18 un policía acudió a un “baile a puerta cerrada” para “pedir la licencia” y lo que vio “le revolvió el estómago” pues “se encontró con cuarenta y dos parejas de canallas de éstos, vestidos los unos de hombres y los otros de mujer que bailaban y se solazaban en aquel antro”.

Carlos Monsiváis relata en este artículo publicado en la revista Letras Libres con ocasión del centenario de aquel baile, que entre esas personas detenidas, “el que desaparece de la lista, compra su libertad a precio de oro y huye por las azoteas” es el “Primer Yerno de la Nación”, Ignacio de la Torre y Mier, casado con la hija del Presidente Porfirio Díaz. El número “se ajusta” y se convierte entonces en 41. Pero cuenta Monsiváis que ya para el envío “a pagar con trabajos forzados su crimen, el número disminuye considerablemente” e ironiza: “Sin temor de calumniar la honradez proverbial del aparato de justicia en el México de 1901, es seguro que 22 o 23 víctimas de la Redada compraron su libertad”. En todo caso, el número 41 quedó desde entonces asociado con la homosexualidad y Monsiváis recuerda que en la década de 1950 todavía circulaba la frase: “De la redada de los 41 te salvaste, manita. Del infierno, todavía no”.

El número 41 se convirtió en un estigma. La violencia institucional no sólo se la ejercía desde el aparato de justicia (doblemente discriminador: por gay y por pobre) sino incluso en sus prácticas cotidianas: como destacó Mílada Bazant en su excelente texto Crónica de un baile clandestino, en una institución pública como el ejército no había batallón, regimiento o división que tenga el número 41 y si era estrictamente necesario utilizarlo (por ejemplo, en la numeración de una calle) se recurría al 40 bis. El panorama lo describe acertadamente Monsiváis: “De la madrugada del 18 de noviembre de 1901 a 1978, en la marcha conmemorativa del 2 de octubre, cuando desfila un contingente gay, los homosexuales han sido presa del pánico de la Redada” y víctima de “detenciones, golpizas e insultos”. Monsiváis advierte que “sólo cuando el termino gay se populariza, la Redada se ve interrumpida” y concluye su artículo con la siguiente frase: “Misterios de la semántica: con la palabra gay se introduce, casi al mismo tiempo, la defensa de los derechos humanos de los por ella representados”.

Ese misterio semántico lo había aclarado, unos años atrás, el comediante norteamericano Lenny Bruce. Él supo que es precisamente suprimir una palabra lo que le concede el poder, la violencia y el vicio. Porque quienes no merecen siquiera denominarse (porque, como dice Monsiváis, el odio “no se atreve a escribir el nombre de los seres odiados. Ni eso merecen") tienen muchas mayores posibilidades que la violencia que contra ellos se ejerza ("detenciones, golpizas e insultos") se invisibilice en la opinión pública, que es precisamente el caso de Los 41 y de tantas otras minorías a lo largo de la historia. El personaje de Lenny Bruce, interpretado en su biografía cinematográfica por Dustin Hoffman, lo expone claramente:

 
Por ello, la importancia de sucesos como La Marcha de las Putas: por su apropiación del insulto y por asumirlo “como una contracultural declaración de libertad, en rechazo a la violencia de género”, como lo reivindicó Silvia Buendía en páginas de diario Expreso. Porque hacerlo es ejercer derechos (a la libertad de expresión, a la protesta, a la libertad sexual) para provocar debates sobre la violencia contra las mujeres, al tiempo de subvertir los usos del lenguaje que sirven para legitimar esa violencia y de obligarnos a reflexionar sobre por qué deberíamos considerar que una palabra (puta o gay, por ejemplo) debería resultarnos ofensiva si alguien nos “acusa” de ello. Cuando empecemos a pensar que el que merece reproche es el que pretende ofender con el uso de esas palabras y no aquel a quien éstas se dirigen, estaremos más cerca como sociedad de combatir la discriminación que de legitimarla con nuestra indiferencia.