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Los 41 (elogio a Lenny Bruce)
2 de abril de 2012
El diario El popular de Ciudad de México contó en su
edición del 21 de noviembre de 1901 que en la madrugada del 18 un policía
acudió a un “baile a puerta cerrada” para “pedir la licencia” y lo que vio “le
revolvió el estómago” pues “se encontró con cuarenta y dos parejas de canallas
de éstos, vestidos los unos de hombres y los otros de mujer que bailaban y se
solazaban en aquel antro”.
Carlos Monsiváis relata en
este artículo publicado en la revista Letras Libres con ocasión del
centenario de aquel baile, que entre esas personas detenidas, “el que
desaparece de la lista, compra su libertad a precio de oro y huye por las
azoteas” es el “Primer Yerno de la Nación”, Ignacio de la Torre y Mier, casado
con la hija del Presidente Porfirio Díaz. El número “se ajusta” y se convierte
entonces en 41. Pero cuenta Monsiváis que ya para el envío “a pagar con
trabajos forzados su crimen, el número disminuye considerablemente” e ironiza:
“Sin temor de calumniar la honradez proverbial del aparato de justicia en el
México de 1901, es seguro que 22 o 23 víctimas de la Redada compraron su
libertad”. En todo caso, el número 41 quedó desde entonces asociado con la
homosexualidad y Monsiváis recuerda que en la década de 1950 todavía circulaba
la frase: “De la redada de los 41 te salvaste, manita. Del infierno, todavía
no”.
El número 41 se convirtió en un estigma. La
violencia institucional no sólo se la ejercía desde el aparato de justicia
(doblemente discriminador: por gay y por pobre) sino incluso en sus prácticas
cotidianas: como destacó Mílada Bazant en su excelente texto Crónica
de un baile clandestino, en una institución pública como el
ejército no había batallón, regimiento o división que tenga el número 41 y si
era estrictamente necesario utilizarlo (por ejemplo, en la numeración de una
calle) se recurría al 40 bis. El panorama lo describe acertadamente Monsiváis:
“De la madrugada del 18 de noviembre de 1901 a 1978, en la marcha conmemorativa
del 2 de octubre, cuando desfila un contingente gay, los homosexuales han sido
presa del pánico de la Redada” y víctima de “detenciones, golpizas e insultos”.
Monsiváis advierte que “sólo cuando el termino gay se populariza, la Redada se
ve interrumpida” y concluye su artículo con la siguiente frase: “Misterios de
la semántica: con la palabra gay se introduce, casi al mismo tiempo, la defensa
de los derechos humanos de los por ella representados”.
Ese misterio semántico lo había aclarado, unos años
atrás, el comediante norteamericano Lenny Bruce. Él supo que es precisamente
suprimir una palabra lo que le concede el poder, la violencia y el vicio.
Porque quienes no merecen siquiera denominarse (porque, como dice Monsiváis, el
odio “no se atreve a escribir el nombre de los seres odiados. Ni eso
merecen") tienen muchas mayores posibilidades que la violencia que contra
ellos se ejerza ("detenciones, golpizas e insultos") se invisibilice
en la opinión pública, que es precisamente el caso de Los 41 y de tantas otras
minorías a lo largo de la historia. El personaje de Lenny Bruce, interpretado
en su biografía cinematográfica por Dustin Hoffman, lo expone claramente:
Por ello, la importancia de sucesos como La
Marcha de las Putas: por su apropiación del insulto y por asumirlo “como
una contracultural declaración de libertad, en rechazo a la violencia de
género”, como lo reivindicó Silvia Buendía en páginas de diario Expreso. Porque
hacerlo es ejercer derechos (a la libertad de expresión, a la protesta, a la
libertad sexual) para provocar debates sobre la violencia contra las mujeres,
al tiempo de subvertir los usos del lenguaje que sirven para legitimar esa
violencia y de obligarnos a reflexionar sobre por qué deberíamos considerar que
una palabra (puta o gay, por ejemplo) debería resultarnos ofensiva si alguien
nos “acusa” de ello. Cuando empecemos a pensar que el que merece reproche es el
que pretende ofender con el uso de esas palabras y no aquel a quien éstas se
dirigen, estaremos más cerca como sociedad de combatir la discriminación que de
legitimarla con nuestra indiferencia.
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Etiquetas: Carlos Monsiváis, Comedia, Lenguaje, Lenny Bruce, México, Silvia Buendía, Stand-up
Los 41 (elogio a Lenny Bruce)
Publicado en GkillCity el
2 de abril del 2012.
*
El diario El popular de Ciudad de México contó en su
edición del 21 de noviembre de 1901 que en la madrugada del 18 un policía
acudió a un “baile a puerta cerrada” para “pedir la licencia” y lo que vio “le
revolvió el estómago” pues “se encontró con cuarenta y dos parejas de canallas
de éstos, vestidos los unos de hombres y los otros de mujer que bailaban y se
solazaban en aquel antro”.
Carlos Monsiváis relata en este
artículo publicado en la revista Letras Libres con ocasión del centenario
de aquel baile, que entre esas personas detenidas, “el que desaparece de la
lista, compra su libertad a precio de oro y huye por las azoteas” es el “Primer
Yerno de la Nación”, Ignacio de la Torre y Mier, casado con la hija del
Presidente Porfirio Díaz. El número “se ajusta” y se convierte entonces en 41.
Pero cuenta Monsiváis que ya para el envío “a pagar con trabajos forzados su
crimen, el número disminuye considerablemente” e ironiza: “Sin temor de
calumniar la honradez proverbial del aparato de justicia en el México de 1901,
es seguro que 22 o 23 víctimas de la Redada compraron su libertad”. En todo
caso, el número 41 quedó desde entonces asociado con la homosexualidad y
Monsiváis recuerda que en la década de 1950 todavía circulaba la frase: “De la
redada de los 41 te salvaste, manita. Del infierno, todavía no”.
El número 41 se convirtió en un estigma. La
violencia institucional no sólo se la ejercía desde el aparato de justicia
(doblemente discriminador: por gay y por pobre) sino incluso en sus prácticas
cotidianas: como destacó Mílada Bazant en su excelente texto Crónica
de un baile clandestino, en una institución pública como el ejército no
había batallón, regimiento o división que tenga el número 41 y si era
estrictamente necesario utilizarlo (por ejemplo, en la numeración de una calle)
se recurría al 40 bis. El panorama lo describe acertadamente Monsiváis: “De la
madrugada del 18 de noviembre de 1901 a 1978, en la marcha conmemorativa del 2
de octubre, cuando desfila un contingente gay, los homosexuales han sido presa
del pánico de la Redada” y víctima de “detenciones, golpizas e insultos”.
Monsiváis advierte que “sólo cuando el termino gay se populariza, la Redada se
ve interrumpida” y concluye su artículo con la siguiente frase: “Misterios de
la semántica: con la palabra gay se introduce, casi al mismo tiempo, la defensa
de los derechos humanos de los por ella representados”.
Ese misterio semántico lo había aclarado, unos años
atrás, el comediante norteamericano Lenny Bruce. Él supo que es precisamente
suprimir una palabra lo que le concede el poder, la violencia y el vicio.
Porque quienes no merecen siquiera denominarse (porque, como dice Monsiváis, el
odio “no se atreve a escribir el nombre de los seres odiados. Ni eso merecen”)
tienen muchas mayores posibilidades que la violencia que contra ellos se ejerza
(“detenciones, golpizas e insultos”) se invisibilice en la opinión pública, que
es precisamente el caso de Los 41 y de tantas otras minorías a lo largo de la
historia. El personaje de Lenny Bruce, interpretado en su biografía
cinematográfica por Dustin Hoffman, lo expone claramente:
Por ello, la importancia de sucesos como La Marcha
de las Putas: por su apropiación del insulto y por asumirlo “como una
contracultural declaración de libertad, en rechazo a la violencia de género”,
como lo reivindicó Silvia Buendía en páginas de diario Expreso. Porque hacerlo
es ejercer derechos (a la libertad de expresión, a la protesta, a la libertad
sexual) para provocar debates sobre la violencia contra las mujeres, al tiempo
de subvertir los usos del lenguaje que sirven para legitimar esa violencia y de
obligarnos a reflexionar sobre por qué deberíamos considerar que una palabra
(puta o gay, por ejemplo) debería resultarnos ofensiva si alguien nos “acusa”
de ello. Cuando empecemos a pensar que el que merece reproche es el que
pretende ofender con el uso de esas palabras y no aquel a quien éstas se
dirigen, estaremos más cerca como sociedad de combatir la discriminación que de
legitimarla con nuestra indiferencia.
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Etiquetas: Derecho, Dustin Hoffman, Homosexualidad, Lenny Bruce, Libertad de Expresión, México
tres comentarios cinematográficos tres
9 de marzo de 2009
La reproducción de DVD’s piratas me deparó dos biografías y la delirante historia de dos subnormales:Milk
Conocí esta película por esta entrada en la bitácora de Juan Fernando Andrade. De todas maneras, es altamente probable que la publicidad de sus ocho nominaciones al Oscar y la merecida estatuilla que recibió Sean Penn por su memorable actuación como Harvey Bernard Milk me la depararían en el curso de los días. La película, dirigida por Gus van Sant, cuenta la historia del primer hombre de abierta orientación sexual homosexual en ser elegido como miembro del board of supervisors (en español local: concejal) de la ciudad de San Francisco. (Imagínense un concejal similar en la M. I. Municipalidad de Guayaquil: el Androide Nobot would get mad.) La película es el azaroso tránsito de un homosexual de closet a un activista político narrada con solvencia, raptos de ternura y crítica social. Sean Penn, en su discurso de recepción del Oscar, declaró: “Para aquellos que vieron las demostraciones de odio mientras nuestros vehículos llegaban esta noche, pienso que es un buen momento para que aquellos que votaron a favor de la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo se sienten y reflexionen y que prevean la gran vergüenza que sentirán y la vergüenza que verán en los ojos de sus nietos si continúan apoyando eso. Todos debemos tener los mismos derechos”.
Es probable que los argumentos, como sostenía Ralph Waldo Emerson, no convenzan a nadie, así como no es improbable que sí lo hagan las emociones. Acaso Milk contribuya a emocionarnos lo suficiente como para empezar a comprender que no existen sólidas razones para negarles a los homosexuales lo que Sean Penn reclama, esto es, que todos debemos tener los mismos derechos. Debería ser obvio, pero la estupidez humana es infinita (Einstein dixit) y no lo es.
Be kind, rewind
Un subnormal de nombre Jerry (que lo interpreta Jack Black, un gordito especialista en interpretar subnormales) sospecha que una planta eléctrica ataca su cerebro e intenta sabotearla. La consecuencia de su fallido sabotaje es la capacidad de borrar las cintas de VHS del local donde trabaja su amigo Mike (otro subnormal, interpretado por Mos Def): Jerry las borra todas. La respuesta de Jerry y Mike ante este hecho es empezar a filmar las películas que se borraron. Ahí comienza lo bueno: su primera producción es Ghostbusters, que se convierte en inmediato éxito barrial. Le siguen Rocobop, Odisea 2001, El Rey León, decenas de otras. A todas estas películas se las llama sweded (suecadas) porque se argumenta que demoran en llegar y cuestan más porque provienen de Suecia (el término tiene repercusión en la vida real). La historia se torna comunitaria y sentimental, pero se sostiene bien y no busca un estúpido final feliz (ni siquiera a ritmo de jazz). Dirigida por Michael Gondry (sí, el mismo de Eternal Sunshine of the Spotless Mind y director de los vídeos de Bjork) después de fumarse unos porros del porte de la catedral de Colonia (Kölner Dom, para el público ilustrado). Enhorabuena. Chida.
Lenny
Era otro Estados Unidos en esa época. Hace rato que las cosas que dijo Leonard Alfred Schneider (inmortalizado como Lenny Bruce) sobre sexo y religión son moneda común del stand-up comedy. Pero en esa época su actitud no convencional le implicó el inicio de varios juicios por obscenidad: el primero, en octubre de 1961, por enriquecer su rutina de humor con la palabra cocksucker (mamaverga). Dustin Hoffman interpreta, en pleno dominio del personaje y de manera no menos que soberbia, a este Lenny complejo, contradictorio, autodestructivo, al tiempo que frontal y desafiante de las formas que demandaba lo políticamente correcto y la hipocresía generalizada en aquel entonces. Lenny sabía (como lo supo el maestro Fontanarrosa, aquí y acá) que las malas palabras no existen, porque precisamente es su supresión la que les concede el poder, la violencia y el vicio, porque es, precisa y paradójicamente, esa propia hipocresía que las censura la que les concede la fuerza que luego les reprocha.
El filme es trepidante, exhibe una tormentosa relación amorosa (adornada de un par de exquisitas tetas) y una serie de monólogos en los que Hoffman expone el mejor Lenny. Memorable. (Lenny Bruce murió de sobredosis en agosto de 1966.)
Nota: El lector aguzado intuirá que además de compartir origen judío* Milk y Bruce compartieron la reivindicación de derechos. Milk, el derecho al libre desarrollo de su personalidad, a decidir sobre su orientación sexual; Bruce el derecho a la libertad de expresión. Hacia 1974, uno de los perseguidores de Bruce declaró: "hoy en día, cualquier abogado de la acusación que dedicara dos minutos a pensar si Bruce debe ser acusado tendría que hacerse ver de la cabeza". Más todavía, en diciembre de 2003 el Estado de Nueva York, en cabeza del Gobernador George Pataki, le concedió a Lenny Bruce un perdón póstumo en razón de su condena por obscenidad. (Fue el primer perdón póstumo en la historia del Estado; Pataki señaló que era “una declaración del compromiso de Nueva York de sostener la Primera Enmienda de la Constitución”.) At the end, you know, Lenny Bruce was right: su reivindicación es parte de los derechos de toda persona. Acaso Sean Penn lleve razón en su discurso de recepción del Oscar y todos quienes hoy se oponen a la prohibición del matrimonio homosexual (no se diga tanto tonto que se opone, en nombre de Dios u otras abstracciones, a las relaciones homosexuales) cuando pase el tiempo perciban el tamaño de su error y se avergüencen un poco de sí mismos, o peor, sea su propia parentela quienes digan en sobremesa familiar, hey, abuelo [o Papá, o tía Gertrudis, etc.] era un poco tonto, ¿no? Pensaba que algunas personas no tenían derecho a decidir por sí mismas lo qué era lo mejor para ellas. Pues no sean tontos y ahórrense el bochorno.
* Justamente esta mañana leí que “los judíos, arguye Veblen, son de algún modo forasteros en cada país y esa condición les permite ser innovadores y formular críticas lúcidas; críticas, precisamente, de aquellos hechos que están ocultos para las personas que han nacido dentro de la cultura de cada país. Esas personas aceptan hechos como inevitable porción de la realidad; no perciben, no pueden percibir, lo convencional o lo falso que puede haber en ellos. El judío, en cambio, mira objetivamente las culturas occidentales; por eso puede innovar en ellas”. (Borges, Jorge Luis, Textos recobrados (1931-1955), Pág. 267). Para una anotación sobre la influencia de los judíos en Ecuador, v. Hurtado, Osvaldo, Las costumbres de los ecuatorianos, Pág. 277-284.
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Etiquetas: Cine, Derecho, Harvey Milk, Jack Black, Jorge Luis Borges, Lenny Bruce, Libertad de Expresión, Matrimonio homosexual, Mos Def, Negro Fontanarrosa, Osvaldo Hurtado, Sean Penn
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