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El ranquin de la infradotación

16 de marzo de 2009

Entiendo que merece la calificación de acto infradotado un acto que revela a la persona que lo ejecuta como poseedora de una dosis nada despreciable de imbecilidad y una cuota no menor de mala leche: ese acto nos revela que esa persona padece de una inferior dotación de materia gris y buena fe.

Esta entrada inaugura el ranquin de la infradotación el que, si me aplico, contendrá decenas de entradas, las que más adelante se clasificarán de mayor a menor. Y empezamos el ranquin con un invitado de lujo: el asambleísta (comisionado de legislación y fiscalización) Fausto Lupera Martínez.

El motivo para que el asambleísta Lupera figure en este ranquin es la remisión de este boletín de prensa, acompañado de la foto abajoubicada. Advierto que suprimo unas partes de este deleznable texto que resultan plenamente prescindibles para la crítica que esta entrada propone (me lo pueden agradecer: no pierden nada, salvo no perder tiempo en leerlas). El boletín de prensa de Fausto Lupera, con las antedichas supresiones, es el siguiente (el resaltado en negritas es del autor del boletín):

BOLETIN DE PRENSA
OPINION DEL COMISIONADO FAUSTO LUPERA
‘EL ROCK HUDSON CRIOLLO’

LA FALTA DE PRINCIPIOS Y LA DOBLE MORAL DE CORREA.

Correa vive diciendo que él es un humanista y que respeta a los demás y se jacta de tener las manos limpias, pero en su real ejercicio, por enésimas veces ha insultado especialmente a las mujeres, solo unas muestras son: gorda horrorosa, majadera, vieja pelucona, agarren a esa loca, aniñadas peli teñidas, etc. lo que nos hace pensar que definitivamente el encargado del poder tiene algún problema con el sexo opuesto. Nuestros padres nos han enseñado desde chiquitos que a la mujer hay que amarla y respetarla, no hacerlo es una clara muestra de un resentimiento social, o algún problema de índole sexual.

[…]

Es así que podemos describir a Rafael Correa como un hombre que dice ser una cosa, cuando en realidad es otra, una buena comparación es el caso del famoso actor Hollywoodense Rock Hudson quien resultó ser un fraude para sus fans femeninas y los seguidores de su estrellato, pues a pesar de su innegable imagen de hombre honesto, correcto, galán, varonil, de gran belleza masculina, y de la gran popularidad que tuvo en los años ochenta, cuando toda dama deseaba tomarse una foto con él, y suspirar al llevarse un beso de recuerdo, resultó entonces el escándalo de que este galán marketeado [sic] y perfecto vendedor de imagen, no pasó “la prueba de la lavacara” esto, como testimonio de que la realidad no es todo lo que vemos con los ojos, que hay quienes montan el andamiaje, y maquillan los rostros y las situaciones para que no se vean las conciencias.

Por lo anterior, y sin mucha vuelta que darle, Rafael Correa resulta un “resentido social y frustrado sexual, que no solo que tiene rabo de paja, sinó [sic]: que tiene paja en el rabo..!”

Y, ojo que esta crítica no es a su orientación sexual, sinó
[sic] a su hipocresía, pues si el [sic] aceptara públicamente su preferencia y sus delirios, otra fuera nuestra opinión.

Por lo que su eslogan en lugar de “manos limpias, mentes lucidas y corazones ardientes” debería ser: “Uñas largas, mentes oscuras y nalgas ardientes…!” de acuerdo a todo lo actuado por su gobierno en estos dos años, eso sería lo más apropiado.

Pues la historia nos ha dado los patrones y los elementos de juicio: “los conceptos morales son únicos e irremplazables, la ética, la moral y los principios no mutan ni se transforman.”
Atentamente,

Fausto Lupera Martínez

Comisionado de Legislación y Fiscalización

No será difícil convenir que si Rafael Correa es homosexual, ese es un asunto que le atañe solamente a él. O dicho de otra manera y en términos generales, no será difícil convenir que la homosexualidad no constituye ningún demérito para el ejercicio de un cargo público, cualquiera que éste sea. Lupera, en un fragmento de su texto, pretende persuadirnos de que él piensa de manera similar y que sólo le preocupa la hipocresía de Correa de no admitirlo (“Y, ojo que está crítica no es a su orientación sexual, sinó [sic] a su hipocresía”): pero el texto como un todo desmiente aquel fragmento y revela que es Lupera el que actúa con evidente hipocresía.

Analicemos el párrafo en el que Lupera presenta el supuesto fundamento moral de su boletín: “Pues la historia nos ha dado los patrones y los elementos de juicio: ‘los conceptos morales son únicos e irremplazables, la ética, la moral y los principios no mutan ni se transforman’”. Este párrafo revela la mentira y la ignorancia de Lupera. Es mentiroso, porque no se ha molestado en analizar la historia, solamente en exponer sus prejuicios poniéndola como coartada; es ignorante, porque cualquier análisis histórico lo obligaría a admitir que los conceptos morales, en el transcurso de los años, se transforman. Más todavía: al día de hoy una sociedad democrática no puede permitirse un único concepto de moralidad: como sugiere el filósofo checo Ernst Tugendhat, “un concepto de la moralidad que no deja abierta la posibilidad de concepciones variadas de lo moral tiene que parecernos hoy inaceptable”. Pero es evidente que en el debate de ideas entre Lupera y Tugendhat, el pobre Lupera perdería por no presentación.

El contenido del boletín de Fausto Lupera es tan moralmente reprochable como su redacción penosa. Escribir sinó o marketeado, pretender “enriquecer” el debate con la introducción de la prueba de la lavacara o el símil con Rock Hudson, provocar efectismo vía el uso de acusaciones o eslóganes que no prescinden de la imbecilidad y la mala fe (“frustrado sexual”, “paja en el rabo”, “uñas largas, mentes oscuras y nalgas ardientes”) son testimonio de la esmerada infradotación de este sujeto. Fausto Lupera Martínez es un infradotado, el infradotado que inaugura este ranquin.

* En la foto Lupera exhibe su mirada astuta.

Autonomía individual

23 de febrero de 2008

Lo he dicho en varias columnas con las precisas palabras de Roberto Gargarella: tengo la firme convicción de que una auténtica sociedad democrática demanda el “fortalecimiento de nuestra autonomía individual y nuestro autogobierno colectivo”. Me ocuparé, en esta columna, de la primera de esas demandas.

La autonomía individual puede definirse como la libertad de toda persona de desarrollar su personalidad siempre que no afecte los derechos de otras personas (en palabras de John Rawls, en su célebre Teoría de la Justicia: “Cada persona debe gozar de un ámbito de libertades tan amplio como sea posible, compatible con un ámbito igual de libertades de cada uno de los demás”). Esta autonomía individual supone la existencia de comportamientos sobre los cuales cada persona (y, entiéndase, solo ella) puede decidir. El necesario respeto a tales comportamientos implica que el Estado debe proteger las libertades que permiten a cada persona vivir su vida moral plena y que, por ende, el Estado no puede imponer (ni ninguna otra persona exigirle que imponga) a una persona lo que otra u otras viven como su obligación moral (porque como sostiene el filósofo Ernst Tugendhat, “un concepto de la moralidad que no deje abierta la posibilidad de concepciones variadas de lo moral tiene que parecernos hoy inaceptable”). Suena lógico, pero muchos no lo entienden (o no quieren entenderlo).

Entre esos, unos utilizan como argumentos términos tales como “bien común”, “buenas costumbres” u “orden público” para justificar las violaciones a la autonomía individual: la vaguedad e imprecisión de tales términos lo permite. Ante tal vaguedad e imprecisión corresponde, en una auténtica sociedad democrática, que las libertades de la autonomía individual (y los derechos que las protegen) se entiendan como “cartas de triunfo” (la expresión es de Ronald Dworkin) frente a tales términos.

Otros utilizan el argumento “mayoritario”: suponen que la democracia es una “democracia de mayorías” (sea la mayoría de católicos o de coristas de ‘Patria, Tierra Sagrada’). Esta concepción “estadística” de la democracia suele violar la autonomía individual de las minorías marginadas o sobre las que la mayoría tiene prejuicios. Para propiciar el desarrollo sin discriminación de la autonomía individual se necesita de una “democracia constitucional” (de nuevo Dworkin) que, tanto en lo legislativo como en lo judicial, defienda los derechos que protegen (a pesar de las pretensiones de la mayoría) la autonomía individual de todos, incluidas las minorías.

Algunos otros (que se supone que defienden la autonomía individual) tienen una visión sesgada de la misma porque, en su opinión, la autonomía individual solo se viola cuando quien la agrede es el Estado (que para el caso guayaquileño, lo representa tanto el Gobierno Nacional como el Gobierno Seccional –léase, Municipio local) pero nunca cuando quienes violan la autonomía individual son las empresas privadas que (en connivencia con Estados débiles, como el nuestro) suelen someter a los individuos menos favorecidos a condiciones de extrema precariedad. O, en esa misma línea de análisis, algunos que se suponen defensores de la autonomía individual en todos sus extremos se ocupan solo de sus aspectos económicos: hace ocho meses exactos publiqué el editorial ¿Libertarios? , para indagar si este movimiento defiende algo distinto a otros grupos de derecha (como el agónico y patético PSC, pongamos por caso) y la respuesta es no. El nombre “libertarios”, a ese movimiento, le queda ancho.

No pocos prejuicios, cobardías y malentendidos acechan a la autonomía individual. Precisamente de allí la importancia de entender su significado y de propiciar su justa defensa, tal como lo reclama la filosofía liberal ilustrada y corresponde en una auténtica sociedad democrática.

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