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Más que un Presidente, menos que un Libertador

6 de marzo de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 6 de marzo de 1845.

El Presidente de la República de Colombia fue quien ordenó el cese del autogobierno de la Provincia Libre de Guayaquil el 13 de julio de 1822. Un Presidente de puro nombre, porque el ejercicio de la Presidencia en ese momento lo tenía otra persona en Bogotá, pero el general Simón Bolívar era más que un Presidente cuando se trataba de un territorio en disputa. Para un hombre curtido en arrancar territorio a los españoles en una guerra a muerte, la ocupación de Guayaquil era la continuación de una tradición. 

Los representantes de Guayaquil querían decidir el futuro de la provincia por Colombia, por Perú, o por su cuenta, porque su independencia el 9 de octubre de 1820 se produjo por su propio esfuerzo y porque se había adoptado una Constitución cuyo artículo 2 declaraba una “entera libertad” de los representantes de la provincia para adoptar esta decisión. Una Junta de Gobierno se creó para cumplir lo dispuesto en la Constitución y fue presidida por José Joaquín Olmedo.

Para cumplir este artículo 2, la Junta de Gobierno emitió un decreto que dispuso que no se admitiría una fuerza armada, ni de Perú ni de Colombia, en el territorio de la provincia.

Desde la perspectiva de Bolívar, estas normas de los guayaquileños eran nimiedades. ¿Qué le podía importar a él, decidido a incorporar a Colombia todo el antiguo territorio de la Audiencia de Quito, lo que se haya decidido en la provincia de Guayaquil, sea Constitución, decreto, o qué-sé-yo? Bolívar, en modo conquista: para él, lo único que contaba era que Guayaquil era un territorio en disputa con el Perú, cuya máxima autoridad era el general José de San Martín. Él tenía que llegar primero y ocupar Guayaquil con sus tropas.

Y así procedió Bolívar y entró en Guayaquil con 1.300 soldados el 11 de julio de 1822. Quince días después, acudió San Martín a Guayaquil para verse con Bolívar. Ocurrió en Guayaquil (la única vez que se vieron) la célebre entrevista entre el Presidente de Colombia y máxima autoridad actuante en la ocupación de Guayaquil, Simón Bolívar, y el Protector del Perú, José de San Martín. Guayaquil ya no estaba en discusión, pues Bolívar la había ocupado y se la había ganado.

Desde el 13 de julio que Simón Bolívar ordenó el cese en funciones de la Junta de Gobierno elegida por los representantes de la provincia, hasta el 4 de agosto que se formalizó la anexión de la provincia a la República de Colombia, Bolívar gobernó como un autócrata, como la máxima autoridad del ejército de ocupación. Como lo había hecho en la guerra en tantos y tantos años de una incesante labor de arrancar territorio al Reino de España. 

Que ahora se haya tratado de un gobierno independiente de España, no era que le importe demasiado a un hombre de acción, a un tipo dispuesto a todo (a ignorar la voluntad popular, a violar las leyes y a extinguir el autogobierno) por cumplir su objetivo. Era un matiz que su máxima autoridad (la autoridad del jefe de un ejército de ocupación) no podía asimilar.   

Más que un Presidente, menos que un Libertador, Simón Bolívar se retiró de Guayaquil el 1 de septiembre de 1822, no sin antes haber nombrado a la primera autoridad colombiana del nuevo Departamento: el Intendente Bartolomé Salom.

Bolívar, el conquistador

29 de agosto de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 29 de agosto de 2025.

Decía el Libertador Bolívar, en plan restrictivo: “Guayaquil no puede ser un Estado independiente”. Luego afirmaba, desafiante: “en América no hay poder humano que pueda hacer perder a Colombia un palmo de la integridad de su territorio”. Esto fue escrito en una carta del 18 de enero de 1822 dirigida a José Joaquín Olmedo, cuando este ilustre poeta guayaquileño era el presidente de la Junta Superior de Gobierno de la provincia de Guayaquil. Es claro que Bolívar consideraba a esta provincia como parte de la Colombia de la que él era presidente.

El Libertador San Martín, cuando se enteró de esta actitud impositiva de Bolívar hacia el territorio de Guayaquil, se la recriminó con altura. Le escribió a Bolívar una carta fechada 3 de marzo de 1822, en los siguientes términos: “Si V. E. me permite hablarle en un lenguaje digno de la exaltación de su nombre y análogo a mis sentimientos, osaré decirle que no es nuestro destino emplear la espada para otro fin que no sea el de confirmar el derecho que hemos adquirido en los combates para ser aclamados por libertadores de nuestra patria. Dejemos que Guayaquil consulte su destino y medite sus intereses para agregarse libremente a la sección que le convenga…”.  

A diferencia de San Martín, Bolívar era partidario del lenguaje de la fuerza. Le respondió al Libertador San Martín en carta del 22 de junio de 1822: “Yo no pienso como V. E. que el voto de una provincia debe ser consultado para consultar la soberanía nacional, porque no son las partes sino el todo del pueblo el que delibera en las asambleas generales reunidas libre y legalmente”. 

Bolívar aquí dijo una sandez, porque si bien las partes deliberan en asambleas generales, ni Guayaquil ni ninguna otra provincia de la Audiencia de Quito había participado en la redacción de la Constitución de Cúcuta que él pretendía imponer en estos territorios. Más aún, a diferencia de las provincias de Quito y Cuenca, la provincia de Guayaquil no le debía al Libertador Bolívar su independencia.

Al final, para Bolívar, sea que se haya expresado en asamblea general o no, a la provincia de Guayaquil había que agregarla por la fuerza a Colombia (pues “en América no hay poder humano…”). En este momento de su historia, Bolívar se retiró el membrete de “Libertador” y se comportó como un conquistador: no libertó a un pueblo (Guayaquil se había libertado a sí misma), por el contrario, ocupó un territorio que se quería libre para decidir acerca de su destino.

Por eso, por hablar el lenguaje de la fuerza, Bolívar invocó frente a San Martín la amenaza del desorden y le comunicó en su carta del 22 de junio su resolución “de no permitir más tiempo la existencia anticonstitucional de una junta, que es el azote del pueblo de Guayaquil, y no el órgano de su voluntad”.

El presidente Bolívar entró en Guayaquil el 11 de julio de 1822, acompañado de 1300 soldados de Colombia. Dos días después, ordenó el cese de funciones de la Junta de Gobierno presidida por Olmedo. Lo esperó aquí al Libertador San Martín, que llegó el 26 de julio y a quien recibió en el muelle un arco decorativo que decía “Bienvenidos a Colombia”.

Nada nuevo bajo el sol: el lenguaje de la fuerza le ganó al lenguaje del derecho.

El general San Martín remando en dulce de leche

22 de julio de 2022

 

Publicado el 22 de julio de 2022.

 

Hubo un tiempo en que la provincia de Guayaquil fue una república independiente, codiciada por colombianos y peruanos (el Ecuador no existía). El antecedente de esta codicia es que, en tiempo de la dominación de los españoles, la provincia de Guayaquil perteneció al Virreinato del Perú hasta que pasó al Virreinato de la Nueva Granada, pero después volvió a ser controlada por el Virreinato del Perú. A consecuencia de estos vaivenes, los grandes países que surgieron de la disolución de los citados Virreinatos se pensaron ambos con derechos para codiciar a Guayaquil: Colombia la quería como su extremo Sur, Perú como su extremo Norte. 

 

José Joaquín de Olmedo decía que el 9 de octubre era el día de la independencia y el 8 de noviembre era el día de la libertad. Este último día, en 1820, un total de 57 representantes de los pueblos que conformaban la provincia de Guayaquil (toda la Costa menos Esmeraldas) se reunieron para aprobar una Constitución provisoria para la provincia independiente. De acuerdo con el artículo 2 de esta efímera Constitución: ‘La Provincia de Guayaquil se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur’.

 

Ésta era la postura del guayaquileño Olmedo. Él creía que una reunión de representantes de los pueblos de la provincia de Guayaquil debía decidir la materia de a qué país ‘unirse’, o si mantenerse como un país independiente. La Junta de Gobierno de Guayaquil, que Olmedo presidía, convocó a una reunión de representantes que debió celebrarse el 28 de julio de 1822 justamente para decidir sobre este tema.

 

Pero el general Simón Bolívar, a la sazón Presidente de Colombia, tenía otro plan, que excluía del todo oír a los representantes de la provincia de Guayaquil, y era imponer su voluntad. Su gran argumento fue haber llegado a la ciudad, el 11 de julio de 1822, acompañado de 1.300 soldados colombianos. En seguida, el secretario de Bolívar le envió una nota a Olmedo y a los otros dos integrantes de la Junta de Gobierno (Francisco María Roca y Rafael Ximena) en que les indicaba que su breve experimento democrático debía llegar a su fin. A los pocos días, todos ellos abandonaron la ciudad para pasar a residir en Lima. Roca y Ximena no volvieron jamás a Guayaquil.

 

Bolívar ocupó militarmente Guayaquil para anexar la provincia a la Colombia que él presidía. En esto, le ganó de mano al general José de San Martín, a la sazón Protector del Perú. Él viajó a Guayaquil para incorporar esta provincia al Perú, pero en camino a la ciudad, en Puná, el 25 de julio de 1822, a San Martín se le informó de la ocupación militar de Guayaquil por Bolívar y sus 1.300 soldados colombianos. Anoticiado, en su cabeza debió quedar meridianamente claro que Bolívar lo tenía ya todo atado. Guayaquil estaba perdida para el Perú.

 

Cuando la mañana del 26 de julio de 1822 el general San Martín llegó a Guayaquil abordo de la goleta de guerra ‘Macedonia’, lo recibió en el muelle un arco decorativo en el que se podía leer ‘Bienvenidos a Colombia’. Luego tuvo lugar la célebre entrevista de Bolívar y San Martín, donde es fama que se decidió el destino de Guayaquil…

 

Bien pudieron hablar del clima.

Escobedo, corrupto y traidor

27 de mayo de 2022

 

            Publicado en diario Expreso el 27 de mayo de 2022.

 

Se puede decir que la guayaquileña calle Escobedo recuerda a un tipo que, siendo el capitán de una compañía de un batallón realista, aceptó un pago para apoyar una revolución contra la Monarquía tras la cual se convirtió en el Jefe Militar de Guayaquil y, en tal condición, abusó de sus facultades y de los recursos públicos hasta que fue expulsado de la ciudad por corrupto y por traidor. Así las cosas, la calle Escobedo resulta un homenaje que Guayaquil le rinde a la corrupción y la traición.

 

El militar peruano Gregorio Escobedo había sido un defensor de la Monarquía hasta antes de la revolución de octubre, pero un pago oportuno lo persuadió de apoyar a los revolucionarios. Triunfante la casi incruenta revolución el 9 de octubre de 1820, el militar Escobedo fue ascendido a coronel y ocupó el cargo de Jefe Militar de la ciudad. El Cabildo lo escogió Presidente de la Junta de Gobierno y Jefe Civil de Guayaquil a José Joaquín de Olmedo, pero él renunció a los seis días por la conducta que había demostrado el Jefe Militar. Tras su renuncia, el Cabildo lo escogió a Escobedo en reemplazo de Olmedo. Por unos días de octubre y noviembre de 1820, Escobedo reunió en sí la jefatura militar y civil de Guayaquil.

 

José Joaquín de Olmedo denunció la conducta del peruano Escobedo al general José de San Martín, que entonces se encontraba en el Perú. En carta del 22 de noviembre de 1820, Olmedo le explicó la conducta abusiva y corrupta de Escobedo en Guayaquil, pues desde el primer día Escobedo metió presos ‘a todos los europeos sin distinción, y encerrándolos en un pontón estrecho, se echó sobre sus bienes, los cuales no entraron en los fondos públicos. Más de ochenta europeos fueron remitidos al Chocó, y sus propiedades ocupadas han desaparecido’. Por el desvío de los recursos públicos que hizo Escobedo, le decía Olmedo a San Martín: ‘La escasez de nuestro erario merece el nombre de verdadera miseria…’.

 

Olmedo también le denunció al general San Martín que era Escobedo un traidor a la causa de los americanos, por haber ‘conspirado contra este país [Guayaquil], preparando la fuerza armada para atacar la Representación de la Provincia. […] Se decía que no era el amor de la Patria ni de la Independencia el que había hecho tomar una parte activa en la transformación de este país, y sí sólo la sed de atesorar, la ambición de mando, y el ansia de salir del estado miserable a que le había reducido su conducta anterior’. Esta era una alusión velada de Olmedo a la participación de Escobedo en la revolución motivado por un incentivo puramente material.

 

Olmedo no se dejó y actuó. Él logró que se convoque a un Colegio Electoral de los representantes de la provincia de Guayaquil (una jurisdicción costera que abarcaba de Manabí a El Oro y que contaba con 57 representantes) el que, reunido del 8 al 11 de noviembre de 1820, adoptó el Reglamento Provisorio de Guayaquil y creó una Segunda Junta de Gobierno que reemplazó a Escobedo por Olmedo como Presidente de la Junta de Gobierno. Escobedo fue inmediatamente apresado y exiliado a Chile. Nunca más volvió a pisar Guayaquil.

 

Nacido en Arequipa el 9 de mayo de 1795, Gregorio Escobedo encontró la muerte en Cusco, el año 1836.

Contra Escobedo

20 de noviembre de 2020


El militar peruano Gregorio Escobedo había sido un defensor de la Monarquía Católica hasta antes del 9 de octubre, pero la fortuna de la familia Roca enturbió sus (muchas o pocas) convicciones realistas. Arreglado él, y triunfante la revolución del 9 de octubre, Escobedo buscó un puesto en el emergente gobierno republicano, el que le fue concedido: desde el día uno de la independencia, ocupó el cargo de Jefe Militar de la ciudad. Y tras la renuncia de José Joaquín de Olmedo, a los seis días de haber sido él designado Jefe Civil de Guayaquil, el Cabildo lo nombró a Escobedo el Presidente de la primera Junta Superior de Gobierno que tuvo Guayaquil, que también integraron Vicente Espantoso y Rafael Ximena. Así, por algunos días de octubre y noviembre de 1820, Gregorio Escobedo resumió en sí la jefatura militar y civil de Guayaquil. Y, tipo corrupto como era, lo aprovechó en beneficio personal. 

 

En una carta que J. J. Olmedo le dirigió al general José de San Martín fechada el 22 de noviembre de 1820, Olmedo indicó la situación provocada por el corrupto Escobedo, pues ‘habiendo preso, desde el primer día, a todos los europeos sin distinción, y encerrándolos en un pontón estrecho, se echó sobre sus bienes, los cuales no entraron en los fondos públicos. Más de ochenta europeos fueron remitidos al Chocó, y sus propiedades ocupadas han desaparecido’. Y que por la ‘mala versación que ha hecho de los caudales públicos el mismo Escobedo, nos tiene en los mayores apuros [] La escasez de nuestro erario merece el nombre de verdadera miseria…’.*

 

Y en esa misma carta, J. J. Olmedo le explicó a San Martín que el militar peruano Gregorio Escobedo era, para peor, un traidor a la causa de los americanos:

 

La principal acusación consistía en haber Escobedo conspirado contra este país, preparando la fuerza armada para atacar la Representación de la Provincia. [] Se decía que no era el amor de la Patria ni de la Independencia el que había hecho tomar una parte activa en la transformación de este país, y sí sólo la sed de atesorar, la ambición de mando, y el ansia de salir del estado miserable a que le había reducido su conducta anterior. […] En mi concepto, el crimen mayor de un Americano es hacer odiosa la causa de la Patria, y dar ocasión a que los enemigos, los tibios y los indiferentes, levanten el grito contra nosotros, infamen nuestra conducta, declamen contra este general movimiento de América, y atribuyan a la Causa los excesos de los hijos desnaturalizados. No está libre de esta nota el Comandante Escobedo…’.

 

Cuando el 8 de noviembre de 1820 se formó la Segunda Junta de Gobierno de Guayaquil, presidida por Yei Yei Olmedo, el peruano Escobedo fue preso y exiliado a Chile. Él ya nunca más volvió a Guayaquil, pero perdura todavía en ella su memoria: este canalla tiene una calle (va desde la catedral hasta la calle Loja) en el centro de la ciudad.**

 

* Carta al general San Martín, fechada el 22 de noviembre de 1820, en: ‘José Joaquín de Olmedo. Epistolario’, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, Editorial J. M. Cajica Jr., Puebla, 1960, pp. 335-338. Todas las citas corresponden a ella.

** En resumidas cuentas, la calle Escobedo recuerda a un tipo que, siendo el capitán de una compañía del batallón Granaderos de Reserva, fue sobornado para apoyar una revolución y luego se sirvió de ella (es decir, abusó de sus recursos) hasta que fue expulsado de la ciudad. Es un homenaje que Guayaquil le rinde a la corrupción y a la traición.

Olmedo y sus amigos contra los trolls del siglo XIX

13 de mayo de 2018


El propósito de garantizar la libertad y de reprimir los abusos está en la decisión del primer Cabildo que se celebró en el Guayaquil republicano, en noviembre de 1821, de aprobar un decreto represivo y de instituir una Junta Conservadora de la Libertad de Imprenta, pomposo nombre para un órgano dedicado a la restricción de la libertad de expresión. Los tres primeros jurados que conformaron dicha Junta fueron el sacerdote Pedro de Benavente cura vicario de la Iglesia Matriz, el comerciante Esteban José Amador y el doctor en jurisprudencia Manuel Roca.

El objeto conocido como “imprenta” era un reciente arribo al puerto de Guayaquil: el Procurador General de su Cabildo, Francisco María Roca, gestionó su adquisición con su amigo porteño (bonaerense) José de Sarratea, financista del ejército de San Martín. Por un regateado (aunque todavía excesivo) valor de 4.500 pesos y un cómodo sistema de pagos convenido entre estos hermanos masones, la novedad llegó a Guayaquil a fines de abril de 1821, año primero de la vida independiente de la ciudad, tras 286 de haber pertenecido al Reino de España sin imprenta ninguna.

El cronista del establecimiento de la imprenta en la ciudad, José Gabriel Pino Roca, dice que los bandos de ese primer año de vida independiente de Guayaquil, “adivinaron en la prensa, un arma poderosa de combate, y se lanzaron á ella; no para discutir serenamente la agregación de Guayaquil á uno ú otro Estado; mas, dejándose guiar por la pasión y la odiosidad, fatales consejeras, apelaron á la difamación para vencer al contrario” (1). Desde el principio de los tiempos, la descalificación por sobre el argumento.

La solución de aquel entonces, tomada en una Junta de Gobierno presidida por Olmedo, fue reglamentar el ejercicio del derecho a la libertad de expresión, en el campo de los “manuscritos anónimos infamatorios”, y conformar un órgano de control para reprimir esta práctica.

El decreto que se fijó en los lugares públicos de Guayaquil fue el siguiente:

DECRETO

Siendo degradante para un pueblo que goza de la libertad de imprenta en toda la estensión [sic] que podía apetecer, el uso de manuscritos anónimos, y debiendo cerrarse esta senda oscura, en la cual puede la maledicencia ofender y calumniar más libremente, con la esperanza de la impunidad;

La Junta de Gobierno ha venido en decretar:

1.º A todo manuscrito anónimo infamatorio, se aplicará con más rigor la pena de los impresos.
2.º Las justicias ordinarias recogerán todo libelo manuscrito y harán la más prolija indagación de su autor.
3.º Todo individuo está obligado a entregar a las justicias, cualquier libelo manuscrito que llegue a sus manos, y a quien se le justifique no haberlo verificádo [sic], será responsable de su contenido.

Imprímase y publíquese.

Olmedo. Ximena. Roca.

Una decisión que se tomó contra los que escribían “anónimos infamatorios” que buscaban la calumnia impune: los trolls del siglo XIX.

(1) Pino Roca, J. Gabriel, ‘Establecimiento de la imprenta en Guayaquil’, Gutenberg, Guayaquil, 1906, p. 20.

San Martín en Guayaquil

11 de abril de 2017


La única visita del Libertador José de San Martín y Matorras (1778-1850) a Guayaquil fue para su entrevista con Simón Bolívar en julio de 1822. Terminada la entrevista, José de San Martín partió a Lima, el 20 de septiembre de 1822 presentó su renuncia al Congreso del Perú y pasó a retirarse a Europa desde 1824. Murió en Boulogne-sur-Mer, Francia, el 17 de agosto de 1850.

Daguerrotipo de José de San Martín

Se ha colmado de misterios a la entrevista de Guayaquil entre San Martín y Bolívar. Para el historiador argentino Felipe Pigna, hay una explicación de “política doméstica” (argentina) para comprender la decisión tomada por San Martín:

“Se ha pretendido llenar de misterio la entrevista cuando en realidad ha quedado bastante claro lo que pasó en aquellos memorables días. Había básicamente dos temas en discusión; mientras San Martín era partidario de que cada pueblo liberado decidiera con libertad su futuro, Bolívar, preocupado por el peligro de la anarquía, estaba interesado en controlar personalmente la evolución política de las nuevas repúblicas. El otro tema polémico fue quién conduciría el nuevo ejército libertador que resultaría de la unión de las tropas comandadas por ambos. San Martín propuso que lo dirigiera Bolívar pero éste dijo que nunca podría tener a un general de la calidad y capacidad de San Martín como subordinado. Esta decisión tenía mucho que ver con la enemistad manifiesta de las autoridades porteñas que habían abandonado a su suerte hacía tiempo al Libertador y a su ejército. El nuevo hombre fuerte de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, viejo enemigo de San Martín, había dado por concluida la campaña libertadora en Mendoza. Queda mejor hablar de misterio antes que admitir que el Estado argentino, en manos entonces del ‘más grande hombre civil de la Argentina’, al decir de Mitre, había tomado la férrea decisión de destruir a San Martín abandonándolo y quitándole toda capacidad de negociación y todo apoyo militar para terminar su gloriosa campaña. El general argentino tuvo que tomar entonces la drástica decisión de retirarse de todos sus cargos, dejarle sus tropas a Bolívar y regresar a su país” (1).

San Martín llegó a Guayaquil el 26 de julio por la mañana y se retiró al día siguiente por la noche. Sostuvo dos entrevistas con Bolívar, la más importante el día de su partida. Apenas permaneció dos días en Guayaquil, pero en ese breve período, el Libertador San Martín empezó su retirada del poder y dejó descendencia: la hubo en la guayaquileña Carmen Mirón y Alayón (2).

(1) Pigna, Felipe, ‘Los mitos de la historia argentina 2. De San Martín a “El granero del mundo”’, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2005, p. 55. El resaltado es propio.
(2) Así lo consigna Jurado Noboa en un libro con un título de jocoso sensacionalismo: Jurado Noboa, Fernando, ‘Las noches de los libertadores’, Vol. 2, Ediciones IADAP, Quito, 1991. Conozco a varios descendientes de este enlace.