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Virreinatos despedazados

17 de julio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 17 de julio de 2026.

En la medalla que en 1825 entregó el Congreso de Colombia a Bolívar se puede leer la siguiente inscripción: “A Simón Bolívar, Libertador de Colombia y del Perú”. Estos son los dos grandes territorios de su gesta libertaria: los dos virreinatos españoles (Nueva Granada y el Perú) en el Sur de América, que él hubiera querido reunir en una federación con la capital en Guayaquil o Quito, según confesó en carta a Antonio José de Sucre, del 12 de mayo de 1826. 

Pero como el propio Simón Bolívar lo advirtió en otra carta, escrita al final de sus días (el 9 de noviembre de 1830) y dirigida a Juan José Flores, en tanto gobernante del Ecuador: “la América es ingobernable para nosotros” (para “nosotros” los criollos burgueses, quiso decir el Libertador). Y, por ser ingobernable, profetizaba Bolívar, América iba a quedar en manos de “tiranuelos de todos los colores y razas”. Como una consecuencia de esta ingobernabilidad, no se tardó en trizar el sueño bolivariano de reunir a los dos virreinatos en una sola masa republicana, en seis países independientes: Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

En rigor, Bolívar detuvo un proceso que estaba ocurriendo desde 1803 en el territorio americano de España, por una orden real: el desprendimiento del Sur del Virreinato de la Nueva Granada para convertirse en el Norte del Virreinato del Perú. En las elecciones de 1809 para integrar la Junta Suprema Central, se votó en circunscripciones distintas: Quito vinculada a Santafé y Guayaquil, a Lima. Por esos días, la designación de las autoridades para Guayaquil y Cuenca (no así para Quito) empezó a decidirse en Lima.

Pero la independencia revirtió este proceso de agregación al Perú. De las tres capitales de provincia, Guayaquil se independizó por su propia cuenta el 9 de octubre de 1820, pero no fue así con Cuenca y Quito, que fueron ganadas por la fuerza para la causa republicana en 1822. Ellas se agregaron sin chistar a la causa de Colombia, porque le debían su independencia de los españoles. Pero a la provincia de Guayaquil, que quiso decidir su propio destino en un Colegio Electoral pues ella misma se había libertado sin deber nada a Colombia o Perú, el llamado El Libertador (o, para esta ocasión: El Opresor) lo impidió, ocupando la ciudad acompañado de 1.300 soldados y cesando en sus funciones a una Junta Superior de Gobierno elegida por los representantes de 27 pueblos de la provincia para asumir, en su reemplazo, el gobierno unipersonal y anexar por decreto la provincia de Guayaquil a su proyecto colombiano. 

Por la fuerza, Bolívar integró a todo lo que él comprendía que era el Virreinato de la Nueva Granada en su República de Colombia, a partir de 1822. Su integración de territorios se rompió de forma definitiva menos de ocho años después, en 1830, cuando de su gigante República de Colombia sólo quedó el Distrito del Centro. Demostrando la ingobernabilidad del territorio, los otros dos distritos se separaron para conformar, el Distrito del Norte, Venezuela, y el Distrito del Sur, el Ecuador. Con una mayor pena que gloria. En el caso ecuatoriano al menos, muchísima pena.

El sueño de Bolívar fue unir Virreinatos. La realidad se los terminó despedazando.  

Olmedo y su récord constitucional

26 de junio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 26 de junio de 2025.

El guayaquileño José Joaquín Olmedo (1780-1847) participó en un total de seis asambleas constitucionales, en cuatro Estados, en dos continentes. Estos cuatro Estados fueron, en orden cronológico: España, Guayaquil, Perú y Ecuador. A excepción del efímero Estado de Guayaquil (1820-1822), que el propio Olmedo presidió como cabeza de la Junta de Gobierno designada por el Colegio Electoral que se reunió en esta ciudad entre el 8 y el 11 de noviembre de 1820, los otros tres Estados que José Joaquín Olmedo contribuyó a forjar siguen en funciones.  

Este hecho extraordinario de participar de la constitución de tantos Estados fue posible por los cambios en la administración de la provincia de Guayaquil durante la vida de Olmedo. En 1810, la provincia era española y el Cabildo de Guayaquil (por 10 de 11 votos) designó a Olmedo como su representante en las Cortes de Cádiz, donde fue parte de la redacción de la Constitución que se aprobó en marzo de 1812. 

En 1820, la provincia de Guayaquil declaró su independencia de España y un Colegio Electoral, compuesto por 57 representantes de 27 pueblos, designó a Olmedo como la máxima autoridad del Ejecutivo (la cabeza de un triunvirato compuesto, además, por Francisco María Roca y Rafael María Ximena) y aprobó una Constitución (denominada “Reglamento Provisorio de Gobierno”) que, es fama, la escribió el propio José Joaquín Olmedo. 

Después de un período de pertenencia a Colombia (1822-1830) por la ocupación militar de Guayaquil en julio de 1822 y la anexión de la provincia a Colombia hecha por el Libertador (o en este caso, debo decir: el Opresor) Simón Bolívar, la antigua provincia española de Guayaquil (ahora denominada Departamento de Guayaquil) pasó a integrar el Estado del Ecuador. Olmedo fue uno de los cuatro representantes por Guayaquil (los otros tres: Francisco de Marcos, Vicente Ramón Roca y León de Febres-Cordero) que participaron en el Congreso Constituyente que se reunió en Riobamba entre agosto y septiembre de 1830 para aprobar la Constitución que originó el Estado del Ecuador. Olmedo fue parte de su comisión de redacción y está documentado que redactó esta Constitución de su puño y letra.   

El caso de su participación en la redacción de la primera Constitución del Perú, aprobada en noviembre de 1823, fue diferente. Tras la ocupación de Guayaquil por las tropas de Bolívar, Olmedo salió al exilio en Lima. Estando allí, fue invitado a formar parte del Congreso Constituyente reunido en dicha ciudad, como un reconocimiento a su enorme valía y a su experiencia previa como diputado en España y gobernante en Guayaquil. Fue nombrado diputado por el Departamento de Puno, territorio que todavía estaba en manos de los españoles, e integró la comisión que redactó las bases de la primera Constitución peruana. 

Además del Congreso Constituyente de Riobamba en 1830, Olmedo participó en otros dos procesos constitucionales del Ecuador: en Ambato, en 1835, y en Cuenca, en 1845. Pero el hecho sin paralelo en la historia de la humanidad (e irrepetible, dadas las circunstancias) fue su participación en la redacción de las constituciones que forjaron cuatro Estados, en dos continentes: todo un testimonio de su genialidad. 

Más que un Presidente, menos que un Libertador

6 de marzo de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 6 de marzo de 1845.

El Presidente de la República de Colombia fue quien ordenó el cese del autogobierno de la Provincia Libre de Guayaquil el 13 de julio de 1822. Un Presidente de puro nombre, porque el ejercicio de la Presidencia en ese momento lo tenía otra persona en Bogotá, pero el general Simón Bolívar era más que un Presidente cuando se trataba de un territorio en disputa. Para un hombre curtido en arrancar territorio a los españoles en una guerra a muerte, la ocupación de Guayaquil era la continuación de una tradición. 

Los representantes de Guayaquil querían decidir el futuro de la provincia por Colombia, por Perú, o por su cuenta, porque su independencia el 9 de octubre de 1820 se produjo por su propio esfuerzo y porque se había adoptado una Constitución cuyo artículo 2 declaraba una “entera libertad” de los representantes de la provincia para adoptar esta decisión. Una Junta de Gobierno se creó para cumplir lo dispuesto en la Constitución y fue presidida por José Joaquín Olmedo.

Para cumplir este artículo 2, la Junta de Gobierno emitió un decreto que dispuso que no se admitiría una fuerza armada, ni de Perú ni de Colombia, en el territorio de la provincia.

Desde la perspectiva de Bolívar, estas normas de los guayaquileños eran nimiedades. ¿Qué le podía importar a él, decidido a incorporar a Colombia todo el antiguo territorio de la Audiencia de Quito, lo que se haya decidido en la provincia de Guayaquil, sea Constitución, decreto, o qué-sé-yo? Bolívar, en modo conquista: para él, lo único que contaba era que Guayaquil era un territorio en disputa con el Perú, cuya máxima autoridad era el general José de San Martín. Él tenía que llegar primero y ocupar Guayaquil con sus tropas.

Y así procedió Bolívar y entró en Guayaquil con 1.300 soldados el 11 de julio de 1822. Quince días después, acudió San Martín a Guayaquil para verse con Bolívar. Ocurrió en Guayaquil (la única vez que se vieron) la célebre entrevista entre el Presidente de Colombia y máxima autoridad actuante en la ocupación de Guayaquil, Simón Bolívar, y el Protector del Perú, José de San Martín. Guayaquil ya no estaba en discusión, pues Bolívar la había ocupado y se la había ganado.

Desde el 13 de julio que Simón Bolívar ordenó el cese en funciones de la Junta de Gobierno elegida por los representantes de la provincia, hasta el 4 de agosto que se formalizó la anexión de la provincia a la República de Colombia, Bolívar gobernó como un autócrata, como la máxima autoridad del ejército de ocupación. Como lo había hecho en la guerra en tantos y tantos años de una incesante labor de arrancar territorio al Reino de España. 

Que ahora se haya tratado de un gobierno independiente de España, no era que le importe demasiado a un hombre de acción, a un tipo dispuesto a todo (a ignorar la voluntad popular, a violar las leyes y a extinguir el autogobierno) por cumplir su objetivo. Era un matiz que su máxima autoridad (la autoridad del jefe de un ejército de ocupación) no podía asimilar.   

Más que un Presidente, menos que un Libertador, Simón Bolívar se retiró de Guayaquil el 1 de septiembre de 1822, no sin antes haber nombrado a la primera autoridad colombiana del nuevo Departamento: el Intendente Bartolomé Salom.

Olmedo y la revolución patriota

30 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 30 de enero de 2025.

El guayaquileño José Joaquín Olmedo es una persona singular en el mundo jurídico: él ayudó a forjar cuatro Estados, por haber participado en la redacción de sus constituciones. España en 1812, Guayaquil en 1820, Perú en 1823 y Ecuador, tanto en 1830 cuando se forma como Estado, como en 1835 (él, con el cargo de Presidente de la Asamblea Constitucional) cuando se forma como República del Ecuador. Olmedo participó en total en seis asambleas constitucionales (tres para el Ecuador, la última en 1845), para cuatro Estados, en dos continentes. No hay otro americano con ese récord.

También es Olmedo único en el Ecuador por haber sido la máxima autoridad de dos Estados sudamericanos: fue el Presidente de la Junta Superior de Gobierno de Guayaquil entre noviembre de 1820 y julio de 1822 y fue el Presidente del Gobierno Provisorio del Ecuador entre marzo y octubre de 1845. Así, la ocupación de Guayaquil y la revolución marcista se conectan: Olmedo, en 1822, fue destituido como Presidente de un triunvirato de gobierno por el jefe de las tropas extranjeras; Olmedo, en 1845, fue el Presidente de un triunvirato de gobierno que expulsó a las tropas extranjeras. 

El 6 de julio de 1845, el Gobierno publicó el “Manifiesto del Gobierno Provisorio del Ecuador sobre las causas de la presente transformación a los pueblos americanos” que es fama que pertenece a la pluma de Olmedo. Para esa fecha, caído el Presidente venezolano y derogada la Constitución hecha a su medida, el Gobierno Provisorio del Ecuador se propuso explicar a los pueblos de América el cambio de régimen operado en el Ecuador entre marzo y junio de 1845. 

El Manifiesto de 1845 explicó la particular situación del Ecuador en sus primeros quince años de vida política: era un país ocupado por extranjeros. Mientras Colombia y Venezuela tuvieron “desde el principio leyes y costumbres propias, tropas patricias y un gobierno patrio”, el Ecuador, “ocupado por fuerzas extrañas, que habían venido como auxiliares a completar la obra de la independencia y dominado por extraños, no pudo pensar en su suerte libremente ni arreglar sus negocios según sus intereses y necesidades”.

Sigamos con la sombría descripción del Manifiesto: “No era posible sobreponerse al influjo y poder de los extraños que habían venido desde 1821, trayéndonos sus armas y sus leyes, sus costumbres, sus maneras tan disconformes de las nuestras, y hasta sus idiotismos vulgares”. Desde 1821, porque fue en mayo de 1821 cuando Guayaquil firmó un tratado con Colombia.

Entre 1820 y 1822, Guayaquil fue un pequeño Estado republicano, presidido por Olmedo, hasta que Simón Bolívar, Presidente de Colombia y jefe de las tropas extranjeras, en julio de 1822 ocupó la ciudad y agregó la provincia de Guayaquil a la República de Colombia. Una afrenta para la ciudad y para Olmedo, que debió salir al exilio. 

Una afrenta que Olmedo tuvo ocasión de vengar en 1845, como el Presidente del Gobierno surgido de la revolución “marcista” (merecedora de un mejor nombre: revolución “nacional” o “patriota”), que llevó al exilio al jefe de las tropas extranjeras y empezó un gobierno de ecuatorianos, después de dos décadas y más de dominación. 

Olmedo, finalmente, fundó su patria.

El pacto quiteño de 1812

10 de octubre de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 10 de octubre de 2025.

Aprobado en febrero de 1812, el “Pacto solemne de sociedad y unión entre las Provincias que forman el Estado de Quito” es un documento que reafirma la voluntad de autonomía del territorio de Quito frente a los otros territorios americanos que eran parte del reino de España. La aprobación de este pacto fue la cumbre jurídica del período de lucha por la autonomía de Quito, abierto en agosto de 1809 y concluido en diciembre de 1812 con el fusilamiento de los últimos patriotas. 

El pacto quiteño no se originó en el ejercicio de un poder constituyente elegido para el propósito específico de su redacción, porque fue aprobado por un congreso que se había establecido desde 1810. Tampoco se debatió su redacción, pues ella fue obra de una sola persona, el sacerdote Miguel Antonio Rodríguez. Ni pretendió este pacto, como sí lo quiso la junta quiteña de agosto de 1809, atribuirse una representación que abarque más allá de los límites tradicionales de la provincia de Quito.

Sobre este tema de la representación, la historiadora Federica Morelli pregunta: “¿Qué derecho tenía la Asamblea de Quito de representar a las demás ciudades de la Audiencia? Entre otros motivos, allí estaban los motivos del fracaso de la primera Junta quiteña y la guerra con las ciudades de Cuenca y Guayaquil”. El mérito del pacto quiteño de 1812 fue entender los límites que se traspasaron en 1809 y circunscribirse a la sierra centro-norte. 

El fin perseguido por el pacto quiteño era la independencia, “en cuanto a su administración y economía interior”, pero siempre dentro del reino de España. La independencia era frente a otros territorios americanos, en especial, frente al Perú y la Nueva Granada. 

Por eso, el artículo 2 del pacto podía disponer: “El Estado de Quito es, y será independiente de otro Estado y Gobierno en cuanto a su administración y economía interior”, sin que ello contradiga su vínculo con el reino de España, declarado en su artículo 5: “En prueba de su antiguo amor, y fidelidad constante a las personas de sus pasados Reyes; protesta este Estado que reconoce y reconoce por su Monarca al señor don Fernando Séptimo”.

El pacto quiteño de 1812 fue una cumbre jurídica del período de lucha por la autonomía de Quito carcomida por la hostilidad en el congreso, que derivó a que el pacto lo haya aprobado únicamente el marqués de Selva Alegre y sus partidarios. En este ambiente de desunión, el pacto nació muerto y nunca se aplicó. 

Se debió esperar ocho años, hasta noviembre de 1820, para que se apruebe un nuevo documento que declare el autogobierno de un territorio de la Audiencia de Quito. En claro contraste con el pacto de 1812, en 1820 la aprobación del reglamento guayaquileño la hizo un Colegio Electoral de 57 representantes reunido en Guayaquil y su aprobación tuvo una inmediata aplicación en el territorio de la provincia (hasta su ocupación militar por un ejército comandado por el general Simón Bolívar en julio de 1822). 

La diferencia principal entre los documentos de 1812 y 1820: el fin del pacto de 1812 era regular una independencia administrativa en el seno del reino de España; el fin del reglamento de 1820 era regular una independencia total, por fuera del reino de España.

El libertador vulgar

23 de mayo de 2025

            Publicado en diario Expreso el 23 de mayo de 2025.

El caraqueño Simón Bolívar capitaneó la liberación de una porción de Sudamérica y después se hastió. Receló de lo hecho y diseñó en 1826 una Constitución llena de desconfianza contra los pueblos que él había libertado tras una costosa y sangrienta lucha de quince años. Esa liberación se cumplió con la caída del puerto del Callao en enero de 1826, último reducto español en América. 

Bolívar diseñó una Constitución (casi idéntica) para Bolivia y para el Perú, las que fueron una diatriba en jerga jurídica contra la participación de los pueblos en la libertad que él les había otorgado con sus luchas legendarias, las que le habían ganado a Bolívar desde 1813 el membrete de “El Libertador”. En su Constitución, Bolívar instituyó una presidencia vitalicia, con la facultad del presidente de designar él mismo a su sucesor, a la manera de una monarquía. Para Bolívar, entonces, la decisión de quien debía ejercer la máxima autoridad ejecutiva no podía estar en manos de la gente. Según decía él, “un presidente vitalicio con derecho a elegir al sucesor es la inspiración más sublime en el orden democrático”.

En la Constitución que Bolívar diseñó se postulaba que el presidente de la República debía ser una autoridad perpetua porque era “como el sol que, firme en su centro, da vida al universo”. Lo vitalicio y su sol, en todo caso, demoró un rato. En Bolivia, la Constitución se promulgó en noviembre de 1826, cayó en desuso después del motín de Chuquisaca contra el presidente Antonio José de Sucre en abril de 1828 y se la derogó formalmente en agosto de 1831. En Perú, la Constitución duró todavía menos, estando vigente apenas por 49 días entre diciembre de 1826 y enero de 1827. Se la derogó formalmente en junio de 1827.

Después de esta Constitución de corte antidemocrático, a pocos días de su muerte, Bolívar explicó el fracaso que significó haber libertado a los pueblos. El 9 de noviembre de 1830, le dirigió una carta a su coterráneo Juan José Flores, fundador y primer presidente del Estado del Ecuador que se separó en 1830 de la República de Colombia fundada por Simón Bolívar. Tras autorizarlo a la secesión, Bolívar le explicó a Flores lo que él había obtenido después de mandar por 20 años: “no he sacado más que pocos resultados ciertos. 1°. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas”. Todo esto se puede condensar en esa frase tan inexacta como categórica que, por este fragmento, se le atribuyó a Bolívar: “he arado en el mar”. Tras arar, Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830.

En enero de 1847, también al final de sus días, José Joaquín Olmedo escribió al ilustre Andrés Bello una carta en la que definió a Bolívar como “cualquier libertador vulgar” porque “nos libró del yugo español, y nos dejó todos los desastres de las revoluciones”.

Bolívar se impuso a otros, libertó y (como él mismo lo reconoció) no supo contener las fuerzas que él había libertado. Como “cualquier libertador vulgar”, decía Olmedo acertado. 

De enero de 1842 a enero de 1942

11 de abril de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 11 de abril de 2025.

En enero de 1842, el expresidente Vicente Rocafuerte, que en ese tiempo era el Gobernador de la Provincia de Guayaquil, acaso podía pensar en un futuro brillante para la República del Ecuador que él contribuyó a fundar en agosto de 1835 y de la que fue su primer presidente constitucional entre agosto de 1835 y enero de 1839.

Tras vencer en una guerra civil entre los ejércitos de las jefaturas supremas de la Costa y de la Sierra, Vicente Rocafuerte, jefe supremo de la Costa, convocó a una convención nacional, que se reunió en Ambato entre junio y agosto de 1835. Dicha convención nacional aprobó la primera Constitución de la República del Ecuador y designó a Rocafuerte su presidente. Él gobernó su período presidencial completo y le entregó el poder a su sucesor, el general venezolano Juan José Flores, en la forma dispuesta por la Constitución. A enero de 1842, Flores seguía gobernando de forma regular.

Entonces: el mes de enero de 1842 el Estado del Ecuador tenía una Constitución moderna, gobiernos que parecían ser estables y un territorio de alrededor de un millón doscientos mil kilómetros cuadrados que era limítrofe con el Imperio del Brasil. A Vicente Rocafuerte pudo parecerle que el Ecuador era una tierra promisoria para la prosperidad.

Si el Gobernador Rocafuerte abrigó aquel pensamiento, la realidad no tardó en imponerse. Primero, la fiebre amarilla asoló a Guayaquil desde septiembre de 1842. A mes seguido, en octubre, el presidente en funciones, Juan José Flores, dio el primer autogolpe de Estado y devino en dictador. En 1843, una nueva convención nacional aprobó una Constitución y designó presidente a Flores para que gobierne por un período de ocho años. Rocafuerte motejó a esta Constitución como la “Carta de la Esclavitud”. 

En 1845 triunfó una revolución, desconoció a la “Carta de la Esclavitud” y mandó al exilio al presidente Flores. En 1847 murió Rocafuerte en Lima. Tras estos agitados primeros años, la situación auguraba que la ilusión de la República del Ecuador como tierra promisoria para la prosperidad no sería más que una quimera.

La historia de la República del Ecuador lo confirmó. Se sucedieron constituciones y golpes de Estado, una errática política diplomática y la derrota en una guerra con el Perú que empezó en julio de 1941. Unos meses después, en enero de 1942, en la conferencia de Río de Janeiro, el representante ecuatoriano, Julio Tobar Donoso, firmó el Protocolo que redujo el territorio de la República del Ecuador a los aproximadamente 280.000 kilómetros cuadrados que actualmente tiene. 

Así, entre enero de 1842 y enero de 1942, la República del Ecuador perdió alrededor de un millón de kilómetros cuadrados de territorio y resignó su vecindad con el Brasil (único país en haberla tenido y haberla perdido). Perdió toda guerra en la que participó y tuvo igual número de Constituciones (11) que períodos presidenciales concluidos (11). Se dice que en la conferencia de Río de Janeiro el representante del Brasil, Oswaldo de Aranha, le espetó a Tobar Donoso: “aprendan a ser país, y luego reclamen sus derechos”.   

Entre enero de 1842 y enero de 1942 pasaron cien años, una ilusión se convirtió en quimera y nunca aprendimos a ser país. 

1832

14 de febrero de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 14 de febrero de 2025.

Aquel año 1832 el naciente Estado del Ecuador sufrió una pérdida territorial muy importante a manos de Colombia. El 8 de diciembre de 1832 ocurrió la firma del Tratado de Pasto, que el gobierno del presidente venezolano del Estado ecuatoriano, el general Juan José Flores, fue orillado a firmar tras su derrota en el campo de batalla. Desde la perspectiva de Colombia (Estado que por aquel entonces se llamaba “Nueva Granada”), la suscripción del Tratado de Pasto significó el respeto irrestricto a los límites establecidos entre los distritos que conformaron la República de Colombia por la Ley de División Territorial del 25 de junio de 1824.

Para la Nueva Granada, el Estado del Ecuador era un desprendimiento de la Gran Colombia (así la conoce la posteridad) y, tras la independencia del Estado del Ecuador en 1830 (en tanto fue el Distrito del Sur de Colombia, desde su anexión en 1822 hasta su secesión en 1830), el nuevo Estado debía someterse a los límites establecidos por la ley de Colombia mientras el Ecuador había sido parte de ella. 

Pero desde la perspectiva del Estado del Ecuador, la suscripción del Tratado de Pasto en 1832 cortó de una manera definitiva los vínculos de Quito, la capital del naciente Estado, principalmente con los territorios de Pasto y Popayán con los que ella había mantenido importantes vínculos económicos, administrativos y familiares por siglos, durante los tiempos de la monarquía española.

Aquel año 1832 se perdió mucho territorio frente a Colombia. Y unos 110 años después, en enero de 1942, se perdió mucho territorio frente al Perú, tras la firma del Protocolo de Río de Janeiro. Pero esa es otra historia.

Por estas pérdidas por doquier es que decía el presidente Carlos Arroyo del Río en su libro “La pendiente del sacrificio”, escrito para justificar su actuación en la pérdida de territorio de 1942, que el único punto cardinal con el que el Estado del Ecuador podría afirmar que no había perdido territorio era al Oeste, con el Océano Pacífico. Y ni siquiera esto es cierto, porque el mar gana territorio a las playas del Ecuador, año a año. 

Pero en el fondo lleva la razón Carlos Arroyo del Río: las pérdidas al Oeste son negligibles frente a las pérdidas territoriales producto de las guerras contra los vecinos del Norte y del Sur, que han mermado millones de kilómetros de territorio al Ecuador y que lo terminaron por privar de su vecindad con el Brasil.

Pero aquel 1832 también trajo una buena noticia: ocurrió la única anexión territorial que ha tenido el Estado del Ecuador en su historia. En 1832, el militar ecuatoriano Ignacio Hernández viajó a las Galápagos para tomar posesión del archipiélago a nombre del gobierno (por aquel entonces se lo denominó “Archipiélago de Colón”). Ocurrió el 12 de febrero y se hizo a instancias de José de Villamil, que se convirtió en el primer gobernador de este nuevo territorio. 

En aquella época, al archipiélago se lo reputaba de casi nulo valor, por lo que el resto de países lo dejaron al Ecuador en paz con su expansión. Fueron anexados 8.010 kilómetros cuadrados, que pasados los años demostraron ser un paraíso.

Ocurrió en 1832, y es la única anexión territorial de un Estado que ha perdido tanto. 

Exilio en Daule

29 de diciembre de 2023

             Publicado en diario Expreso el 29 de diciembre de 2023.

Uno de los fundadores de la marina peruana, Martín Jorge Guise, quedó muerto en la ría de Guayaquil por la explosión de una granada. Este hecho ocurrió frente al malecón, a fines del año 1828, cuando no existía aún el Ecuador y la antigua provincia española de Guayaquil (anexada manu militari el 31 de julio de 1822) era el extremo meridional de la República de Colombia. A la época de la muerte de Guise, la República de Colombia se hallaba en guerra con su vecina del Sur, la República del Perú.

Presidido como estaba por el héroe de la independencia americana, José Domingo de Lamar (general de origen cuencano y ascendencia guayaquileña), el Perú reivindicaba los territorios del Sur de Colombia (esto es, las antiguas provincias españolas de Guayaquil y Cuenca) como propios. Para tomarlos, desde el 22 de noviembre de 1828 el Perú bloqueó la ría de Guayaquil. El 24 de noviembre se lo mató a Guise. La ciudad resistió el asedio de los peruanos, hasta que finalmente el bloqueo rindió sus frutos.

El 19 de enero de 1829, el Comandante de la Plaza de Guayaquil, el inglés John Illingworth, negoció con los atacantes peruanos y acordó que, si en exactos diez días no llegaban noticias de la guerra, entregaría Guayaquil a las fuerzas peruanas. Pasó el tiempo convenido y no se obtuvieron noticias. Cumplida la condición pactada, Guayaquil pasó a ser administrada por el Perú. Illingworth trasladó su gobierno, durante este período de exilio, a la vecina Daule.

El 27 de febrero de 1829, en el portete de Tarqui, se enfrentaron las tropas de Colombia, comandadas por el general Antonio José de Sucre (quien da nombre al aeropuerto de Quito), y las del Perú, comandadas por el general José Domingo de Lamar (quien da nombre al aeropuerto de Cuenca). Colombia venció en este enfrentamiento y el 28 de febrero se firmó el Tratado de Girón, una de cuyas cláusulas estipuló la devolución de Guayaquil a la República de Colombia.

El peruano que administraba la ciudad a nombre del Perú, José Prieto, se negó a cumplir con lo dispuesto en el Tratado de Girón. El presidente peruano, el cuencano Lamar, sostenía el incumplimiento, entre otras cosas, porque el decreto de honores que publicó Sucre con ocasión de su triunfo en Tarqui resultaba deshonroso para el Perú.

Sucre había comisionado a Guayaquil, para que se proceda con su devolución, al venezolano León de Febres-Cordero y al irlandés Arthur Sandes. El peruano Prieto les hizo a ambos un feo desplante, al encerrarlos en un pontón (digamos: una prisión flotante sobre la ría de Guayaquil; para este caso, la corbeta peruana “Libertad”). 

Se estimaba pronta una nueva acción bélica pero un golpe de Estado en el Perú, orquestado por Agustín Gamarra y Antonio Gutiérrez de la Fuente, lo cambió todo. Se desconoció la presidencia del cuencano Lamar y un nuevo representante del Perú, Francisco del Valle Riestra, negoció y firmó el 27 de junio de 1829, en conjunto con León de Febres-Cordero, el Tratado de Buijo. Allí se pactó, nuevamente, la devolución de Guayaquil.  

Esta vez sí se cumplió. El 20 de julio, Guayaquil volvió a ser colombiana. La ciudad había demorado un total de ciento setenta y tres días del año 1829 bajo la administración peruana.

La invicta Huachi

19 de agosto de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 19 de agosto de 2022.

 

El año 1821 empezó mal para la causa libertaria. El 3 de enero ocurrió la derrota en el combate de Tanizagua, en las cercanías de Guaranda, precedida por las derrotas de Verdeloma el 20 de diciembre de 1820, donde murieron unos 200 patriotas, y de Huachi el 22 de noviembre de 1820, donde murieron unos 500. Justo ese 22 de noviembre del primer Huachi, el Presidente de la Junta de Gobierno de Guayaquil, José Joaquín de Olmedo, le escribió al general José de San Martín para contarle de los progresos del ejército patriota en su camino a Quito, y Olmedo lo lisonjeaba así: ‘V. E.  prepara el hermoso día del opulento Perú; y, ardiendo en amor patrio, nos enseña la senda que debemos seguir’. Qué poco sabía el poeta.

 

En el combate de Tanizagua, los realistas mataron a otros 400 patriotas y capturaron a su jefe, el coronel José García, a quien decapitaron. Su cabeza fue enviada en una jaula de hierro a Quito y el general Aymerich, jefe de los realistas y último gobernante español de Quito (ciudad que lo recuerda con raro orgullo en el nombre de la calle que sube a la cima del Panecillo) ordenó que la cabeza de García sea exhibida en el puente del Machángara para escarmiento de las personas y alimento de los bichos.

 

Al rescate de la causa libertaria llegó la temporada de lluvias, que impuso un cese natural de las hostilidades que amenazaban a Guayaquil. Se reanudaron los fuegos el 19 de agosto de 1821 con la batalla de Cone, en las cercanías de Yaguachi. Para este momento el general Simón Bolívar ya había enviado a la ciudad de Guayaquil al general José Mires, en febrero de 1821, con armas y pertrechos, y al general Antonio José de Sucre, quien llegó a Guayaquil en abril de 1821 para tomar el comando del ejército patriota y para anexionar la provincia de Guayaquil a la República de Colombia. Por la presencia de Sucre y su insistencia, la Junta de Gobierno presidida por el poeta Olmedo suscribió un convenio por el que puso a la provincia de Guayaquil ‘bajo los auspicios y protección de Colombia’.

 

El ejército patriota, comandado por el general Mires, triunfó de manera aplastante en Cone. La importancia de este triunfo se debe a que evitó que la ciudad de Guayaquil sea tomada por los realistas. Entusiasmado, el ejército patriota tomó la ofensiva y volvió a trepar la cordillera rumbo a Quito.  

 

Pero ocurrió de nuevo Huachi. En su subida de la cordillera, el 12 de septiembre de 1821, el ejército patriota volvió a encontrarse con el ejército realista en los arenales de Huachi y los patriotas volvieron a perder. Fue un descalabro: alrededor de 800 muertos, entre ellos el guayaquileño José de Antepara, antiguo secretario del Precursor Miranda e importante actor en la gesta independentista de Guayaquil.

 

Y Huachi permaneció invicta. A fin de triunfar en la guerra contra los realistas, el ejército patriota replanteó su estrategia: fue por el mar al Sur, entró por Machala y subió por el Austro para esquivar los funestos arenales de Huachi en su camino a tomar el bastión realista de Quito. A esta ciudad, finalmente, la tomaron tras triunfar en la batalla del Pichincha y tras la rendición de los realistas suscrita por el general Aymerich, el 25 de mayo de 1822, en la cima del Panecillo.

La ciudad de Santiago

29 de julio de 2022

Publicado en diario Expreso el 29 de julio de 2022.

 

En una quincena de agosto del año 1534 se fundaron en la llanura de Liribamba (Sierra central del Ecuador) una ciudad y una villa españolas que son parte fundamental de la historia del Estado del Ecuador. Ambos asentamientos fueron provisorios, mudables: la villa de San Francisco de Quito, fundada el 28 de agosto, se trasladó treinta leguas al norte para ocupar el espacio de la arrasada Kitu indígena. La ciudad de Santiago de Quito, fundada el 15 de agosto, se la trasladó a la Costa para servir de puerto a la villa que ocupó el espacio de la arrasada Kitu indígena.

 

Con el tiempo, la villa de San Francisco de Quito pasó a ser una ciudad (1541) y fue la sede de una Gobernación (1540) y de una Audiencia (1563), para después convertirse en la capital del Estado independiente del Ecuador (1830). La ciudad de Santiago de Quito, en su tránsito a la Costa para servirle de puerto, mantuvo su nombre cristiano de Santiago, pero perdió el “de Quito” para tomar un nombre relativo a su nueva geografía. El nombre de un cacique reemplazó a su nombre montañés.

 

El hombre que estableció que la Santiago de Quito fundada en 1534 era la misma ciudad que se estableció en un cerro a orillas de un ancho río fue Miguel Aspiazu. Él leyó con atención el acta de fundación de la ciudad de Santiago de Quito y la provisión del adelantado Francisco Pizarro fechada 22 de enero de 1535, por la que esta autoridad confirmó los cargos de los que habían sido designados alcaldes y regidores de Santiago de Quito. De ello dedujo Aspiazu que “no por haberse fundado el Cabildo de la villa de San Francisco de Quito había dejado de existir el de la ciudad de Santiago de Quito”, pues de otra manera no se habría confirmado a esas autoridades en sus cargos.

 

Establecida esta idea, Aspiazu se planteó la hipótesis de que la ciudad de Santiago de Guayaquil fuera la continuación de la ciudad de Santiago de Quito fundada en Liribamba. Aspiazu demostró que, por Cédula Real dada en Toledo el 4 de mayo de 1534, se había autorizado al adelantado Francisco Pizarro “para que cada y cuando le pareciera que un pueblo fundado o que fundare se deba mudar de sitio lo pudiese mudar al sitio que le pareciese, con su nombre”. Y demostró también que, en una provisión del Rey de España hecha en septiembre de 1540, constaba el nombre de Santiago de Quito para identificar a la ciudad que ya se había trasladado a la Costa y que empezaba a asentarse a la vera de un río para servirle de puerto a San Francisco de Quito.  

 

Miguel Aspiazu tiene el mérito de haber razonado y construido este relato de la fundación de la ciudad. Él recordó que, en su viaje a la Costa, la que era Santiago de Quito pasó a llamarse Santiago en Estero de Dimas, o Santiago del río de Amay, o Santiago de la Culata, hasta que finalmente se llamó Santiago de Guayaquil, por el nombre de un cacique, Guayaquile.

 

Dado este antecedente, es un error festejar el 25 de julio como la fundación de Guayaquil pues la fecha de su fundación es el 15 de agosto de 1534, fecha que la convierte a Guayaquil (después de Piura) en la segunda ciudad española fundada en Sudamérica durante la conquista del Perú y la primera fundada en el territorio del Estado del Ecuador.

El general San Martín remando en dulce de leche

22 de julio de 2022

            Publicado en diario Expreso el viernes 22 de julio de 2022.

Hubo un tiempo en que la provincia de Guayaquil fue una república independiente, codiciada por colombianos y peruanos (el Ecuador no existía). El antecedente de esta codicia es que, en tiempo de la dominación de los españoles, la provincia de Guayaquil perteneció al Virreinato del Perú hasta que pasó al Virreinato de la Nueva Granada, pero después volvió a ser controlada por el Virreinato del Perú. A consecuencia de estos vaivenes, los grandes países que surgieron de la disolución de los citados Virreinatos se pensaron ambos con derechos para codiciar a Guayaquil: Colombia la quería como su extremo Sur, Perú como su extremo Norte. 


José Joaquín de Olmedo decía que el 9 de octubre era el día de la independencia y el 8 de noviembre era el día de la libertad. Este último día, en 1820, un total de 57 representantes de los pueblos que conformaban la provincia de Guayaquil (toda la Costa menos Esmeraldas) se reunieron para aprobar una Constitución provisoria para la provincia independiente. De acuerdo con el artículo 2 de esta efímera Constitución: ‘La Provincia de Guayaquil se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur’.


Ésta era la postura del guayaquileño Olmedo. Él creía que una reunión de representantes de los pueblos de la provincia de Guayaquil debía decidir la materia de a qué país ‘unirse’, o si mantenerse como un país independiente. La Junta de Gobierno de Guayaquil, que Olmedo presidía, convocó a una reunión de representantes que debió celebrarse el 28 de julio de 1822 justamente para decidir sobre este tema.


Pero el general Simón Bolívar, a la sazón Presidente de Colombia, tenía otro plan, que excluía del todo oír a los representantes de la provincia de Guayaquil, y era imponer su voluntad. Su gran argumento fue haber llegado a la ciudad, el 11 de julio de 1822, acompañado de 1.300 soldados colombianos. En seguida, el secretario de Bolívar le envió una nota a Olmedo y a los otros dos integrantes de la Junta de Gobierno (Francisco María Roca y Rafael Ximena) en que les indicaba que su breve experimento democrático debía llegar a su fin. A los pocos días, todos ellos abandonaron la ciudad para pasar a residir en Lima. Roca y Ximena no volvieron jamás a Guayaquil.


Bolívar ocupó militarmente Guayaquil para anexar la provincia a la Colombia que él presidía. En esto, le ganó de mano al general José de San Martín, a la sazón Protector del Perú. Él viajó a Guayaquil para incorporar esta provincia al Perú, pero en camino a la ciudad, en Puná, el 25 de julio de 1822, a San Martín se le informó de la ocupación militar de Guayaquil por Bolívar y sus 1.300 soldados colombianos. Anoticiado, en su cabeza debió quedar meridianamente claro que Bolívar lo tenía ya todo atado. Guayaquil estaba perdida para el Perú.


Cuando la mañana del 26 de julio de 1822 el general San Martín llegó a Guayaquil abordo de la goleta de guerra ‘Macedonia’, lo recibió en el muelle un arco decorativo en el que se podía leer ‘Bienvenidos a Colombia’. Luego tuvo lugar la célebre entrevista de Bolívar y San Martín, donde es fama que se decidió el destino de Guayaquil…


Bien pudieron hablar del clima.

Geografía e institucionalidad

24 de junio de 2022

 

Publicado el 24 de junio de 2022 en diario Expreso.

 

En el siglo XVI la Corona de Castilla especializó sus dominios americanos en actividades productivas, según las posibilidades de su geografía. En América del Sur, por ejemplo, mientras que en los territorios de los actuales Perú y Bolivia se desarrollaron numerosos enclaves mineros, el territorio que ahora es el Ecuador se especializó en la producción agraria para el consumo interno y en la producción de tejidos para el mercado andino. La economía minera requirió mantener la producción de la hoja de coca para sus explotados indígenas, mientras que la economía agraria y obrajera no. Por esta diferencia, Perú y Bolivia (en conjunto con Colombia) han sido los mayores productores de cocaína del mundo, mientras que el pequeño Ecuador era un actor marginal del negocio del narcotráfico.

 

Hasta que lo metieron al baile, en los años noventa. Aquí entra en juego la institucionalidad del Estado. Y también el rol de los Estados Unidos de América, a cuyas instancias el Ecuador en septiembre de 1990, durante el gobierno del Presidente Rodrigo Borja, adoptó una ley de drogas (la Ley 108). El resultado de la aplicación de esta ley violatoria de las garantías judiciales fue el hacinamiento en las cárceles y la creación de un sistema corrupto, pues como lo explicó la experta Sandra Edwards, para obtener los fondos que el gobierno de los Estados Unidos asignaba al Ecuador por combatir el narcotráfico, ‘Ecuador debía comprometerse con el juego de los números: más personas en la cárcel y más acusados por delitos relacionados con drogas. […] A cambio de continuar recibiendo la asistencia económica, su trabajo consistiría en detener a tantas personas como fuera posible bajo la Ley 108’. Así, la institucionalidad se pervirtió: casos como Tibi, Chaparro Álvarez y otro y Herrera Espinoza y otros, resueltos por la Corte Interamericana en contra del Ecuador, son un testimonio de ello.

 

La institucionalidad del Ecuador siempre ha sido débil y su población usualmente ha desconfiado de ella (no es culpable, el Estado siempre decepciona). Pero en estos últimos cinco años ha ocurrido, so pretexto de una vendetta política, el persistente debilitamiento de la institucionalidad por la eliminación de instituciones, el despido de empleados y la disminución de presupuestos. Y, concomitante a este debilitamiento de la institucionalidad (que quiere decir: de la capacidad de control del Estado), el golpe brutal, asesino, de otro agente externo: los cárteles de México. Y de grupos criminales de Colombia, Albania, Italia, Brasil, etc., al punto que según la publicación Insight Crime, al Ecuador se lo conoce como las ‘Naciones Unidas’ del crimen organizado. Así, de casi no pintar nada a ser un hub internacional: en treinta y pocos años, descendimos a los infiernos.

 

A día de hoy, el Ecuador tiene una geografía favorable al negocio del narcotráfico: una enorme línea costera, muchos puertos. Y tiene una economía dolarizada, una prohibición de extraditar y una institucionalidad muy permeable a los incentivos del crimen organizado, además de una Fuerza Pública que no está en capacidad de resistir el embate de los cárteles. Es un país en caída libre.

 

Los tiempos cambiaron, desde los años noventa. Y no cambiaron para bien.

La batalla de Tarqui

25 de febrero de 2022

            Publicado en diario Expreso el 25 de febrero de 2022.

Un acontecimiento poco conocido de la historia de la América hispana es la celebración de unas elecciones generales a escala continental, convocadas el 22 de enero de 1809 por la Junta Suprema Central Gubernativa del Reino de España. Esta Junta Suprema Central convocó a los territorios americanos en posesión del Reino de España a la elección de un total de nueve diputados, uno por cada virreinato (Nueva España, Perú, Nueva Granada y Buenos Aires) y uno por cada capitanía general (Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Chile y Venezuela). Las elecciones se realizaron (en el Virreinato de Lima se escogió a José de Silva y Olave) pero los diputados americanos nunca llegaron a integrar la Junta Suprema Central, debido a su disolución en enero de 1810. 

 

El caso relevante para la batalla de Tarqui es que, para estas elecciones del año 1809, el actual territorio del Estado del Ecuador (entonces contenido en la Audiencia de Quito) se dividió en dos: la provincia de Quito votó en el Virreinato de Nueva Granada, mientras que las provincias de Guayaquil y Cuenca votaron en el Virreinato del Perú. Este hecho electoral evidencia que, desde los inicios del siglo XIX, la provincia de Quito y las provincias de Guayaquil y Cuenca se encontraron en diferentes jurisdicciones.

 

La batalla de Tarqui, ocurrida el 27 de febrero de 1829 en un portete en las cercanías de Cuenca, fue el enfrentamiento entre los Estados sucesores del Virreinato de Nueva Granada y del Virreinato del Perú, esto es, entre la República de Colombia y la República del Perú. Para Colombia, todavía gobernada por Bolívar, este enfrentamiento ocurrió para defender y mantener los territorios que ella había obtenido en tiempos ya republicanos (incluida una ocupación manu militari de Guayaquil, comandada por el propio Bolívar) mientras que, para el Perú, este enfrentamiento bélico era una oportunidad para recuperar los territorios que habían pertenecido al Virreinato del Perú en las postrimerías del período colonial (en tiempos en que los documentos oficiales en Cuenca se los firmaba como ‘Cuenca del Perú’). Por ello, resulta apenas natural que el Presidente del Perú que comandó el ejército de su país para la recuperación de estos territorios haya sido un nativo de Cuenca, José Domingo de Lamar.

 

En la batalla de Tarqui, los peruanos de Lamar conocieron la derrota. En consecuencia, las provincias de Guayaquil y Cuenca (la que, para esta época, estaba ya renombrada como Azuay) siguieron perteneciendo a la República de Colombia (en específico, al Distrito del Sur de dicha república).

 

Ahora, sostener los territorios del Sur le duró poco a Colombia. Al año siguiente, 1830, el Distrito del Sur se desmembró de la República de Colombia y se constituyó como Estado independiente con el nombre raro de ‘Estado del Ecuador en la República de Colombia’. Con el tiempo, este Estado adoptó el nombre ‘República del Ecuador’ y decidió que la fecha de la batalla de Tarqui (una batalla en la que su Ejército no tuvo ni arte ni parte, ni podía tenerla puesto que ni existía) sea la fecha fundacional de su Ejército. Así, esta extravagancia histórica resulta, cuando menos, un claro indicador de una ausencia de gestas heroicas propiamente ecuatorianas. 


Fe de erratas.-
Una edición anterior de este artículo (que salió en prensa) indicaba que José Joaquín de Olmedo fue el escogido en la elección del año 1809. El escogido en 1809, como se lo ha aclarado, fue José de Silva y Olave, tío de Olmedo y quien lo designó a él como su Secretario para que lo acompañe en el viaje a España.

El país como chuchaqui (maldito)

5 de noviembre de 2021


Tras las guerras de independencia de la América hispana entre 1810 y 1826 se perdió el imperio continental de ultramar de un Estado cada vez más periférico en los negocios europeos (1). En reemplazo de la hegemonía española en la América continental surgieron en los años subsiguientes a la independencia catorce nuevos territorios, llamados con mayor pena que gloria Estados, todos católicos y parlantes de castellano como su puta madre: México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Chile, Argentina y Uruguay. A esta lista hay que sumar la insular República Dominicana tras una guerra contra España en 1865. Y después, a fines del siglo XIX, en 1898, se independizó del Reino de España la isla de Cuba, y a inicios del siglo XX, en 1903, se convirtió en un nuevo Estado al istmo de Panamá, tras desmembrarlo de la República de Colombia para beneficio geoestratégico y económico de los Estados Unidos de América, el nuevo hegemón de la zona (2).

 

Ecuador existe (o debo decir: malvive) desde 1830. De los diecisiete Estados mencionados es, probablemente en conjunto con Honduras y el Paraguay, lo peor en casi cualquier indicador: en corrupción, en inequidad, en la falta de respeto a las autoridades y a la institucionalidad que él o ella representan (3). En estos Estados, su institucionalidad es estorbosa, e incapaz de imponer su voluntad (salvo que se la use como herramienta de persecución, NCP style). Para el caso del Ecuador creo que la razón fundamental de esta institucionalidad deficiente en un grado sumo se debe a que el Estado del Ecuador se originó, pobrecito, como un sub-producto de la independencia de la América española entre 1810 y 1826. Es un baile de los que sobran, hecho país.

 

El Ecuador surgió como un desprendimiento de la República de Colombia, la que había surgido en 1819 con la aprobación de la Constitución de Cúcuta. Al nuevo Estado colombiano se anexionó la provincia española de Quito tras la batalla del Pichincha del año 1822, a la que se renombró como ‘Ecuador’. También se sumaron la provincia de ‘Cuenca del Perú’, renombrada como Azuay, y manu militari, la provincia de Guayaquil, que conservó su nombre (4). Estos tres territorios, por el nuevo orden administrativo colombiano fijado por una ley de junio de 1824, se convirtieron en Departamentos que, juntos, conformaron el Distrito del Sur de la República de Colombia. El nuevo Estado del Perú, en 1829, quiso recuperar las dos provincias del Sur de este Distrito, es decir, Guayaquil y Azuay, sobre las que el Virreinato del Perú había gobernado en los últimos años del dominio español, pero fueron resistidos por el ejército de Colombia, comandado por el venezolano Sucre, en la batalla de Tarqui. Colombia conservó así el Distrito del Sur, pero al año siguiente, en 1830, este Distrito se desmembró de ella. Y en ese territorio se reunió en 1830 una Asamblea Constituyente, se dictó una Constitución (la primera de un total de diecinueve hasta la fecha) y se adoptó el geográfico nombre de ‘Ecuador’ para el nuevo Estado (5).

 

Cuando emergió en 1830, el Estado del Ecuador quiso que se respete el territorio sobre el que, en tiempos de los españoles, ejerció su jurisdicción, pero que correspondían también al Distrito del Centro de los tiempos colombianos. Colombia, con su alias de ‘República de la Nueva Granada’, se enfrentó al Ecuador en una guerra (en Colombia la llaman ‘Guerra del Cauca’) en la que triunfó de una manera aplastante (6). El ‘Tratado de Pasto’ estableció en diciembre de 1832 que los límites entre los dos Estados, Ecuador y la Nueva Granada, quedaba en el Río Carchi, que era precisamente donde estaba la división entre los Distritos del Centro y del Sur en la Ley de 1824.  Y ahí quedaron ya para siempre. El Tratado de Pasto’ significó para el Ecuador la pérdida de los multiseculares vínculos que tuvo Quito al norte del Río Carchi, en especial, con la ciudad de Popayán.

 

Así, en su origen, el Estado del Ecuador quedó entre los Estados de Colombia y de Perú como una reunión accidental de tres exprovincias españolas que no fueron capturadas por las herencias de los virreinatos a cuya autoridad la Audiencia de Quito estuvo sometida, esto es, los virreinatos de la Nueva Granada, cuya capital fue Santa fe (reenombrada Bogotá por el cachondo Libertador) y del Perú, cuya capital era Lima (7). Desde 1830, estas tres exprovincias españolas formaron un muy disfuncional Estado, con una capital política curtida en burocracia y corrupción, e incapaz de ser un motor económico para el territorio en común (8).

 

Esto de reunión ‘accidental’ es por el término usado por Olmedo en la Asamblea Constituyente de 1830 para defender la representación igualitaria de las tres antiguas provincias españolas en el nuevo Congreso del Ecuador. Olmedo habló de…

 

‘… la diferencia que había entre provincias que están sujetas a una autoridad, y que unidas forman un cuerpo político, y entre otras secciones que por circunstancias improvisas quedan en una independencia accidental; que en el primer caso, era desde luego indispensable arreglar la Representación Nacional á la población, bajo una ley establecida; pero no así en el segundo, pues las secciones independientes podrían reunirse muy bien con la representación igual, ó bajo los pactos convencionales que se estipulasen para la unión(9).

 

En definitiva, al Estado del Ecuador la independencia le sentó mal. Le quitaron sus vínculos al norte del Río Carchi, imponiéndole los límites de un Distrito diseñado por otros y quedando con una capital disfuncional y un territorio ‘accidental’ sin una real integración, ni económica ni política. Fue un Estado muy pobre, conservador y explotador inmisericorde de lo que consideraba uno de sus ‘recursos’, la mano de obra indígena. En general, lo sigue siendo. Eso sí, para esa época, año 1832, el Ecuador todavía limitaba con el Brasil y podía sentirse un país ‘amazónico’. Eso se iría a la mierda después (10).

 

Si la independencia de la América española fue una fiesta libertaria, la aproblemada existencia de ese sub-producto territorial llamado ‘Estado del Ecuador’, nos confirma como el chuchaqui más maldito de la fiesta de la independencia. Uno que nos dura hasta ahora.

 

~*~

 

(1) En los estudios históricos sobre la independencia de América, se entiende que el año de 1810 ocurre el giro a la postura independentista entre los americanos. La historia del agosto-octubre quiteño de 1809 evidencia que antes de 1810 existía una resistencia contra el invasor francés, el temible Napoleón. Sobre esto, v. ‘Fans de Fernando VII’ y ‘Manuel Zambrano explica cosas (a los historiadores)’.

(2) Sobre la independencia de Panamá, v. ‘Panamá nació en la habitación 1162 del Waldorf Astoria’. En la independencia de Cuba también intervino la Yunái, con la ‘splendid little war’ de la que hablaba John Hay. De la ocupación de Cuba surgió el éxito del control de la fiebre amarilla, lo que años después repercutiría en la virtual extinción de este flagelo que por tantos años azotó al puerto de Guayaquil. Sobre esto, v. ‘Guayaquil y la fiebre amarilla (1740-1919)’.

(3) Peru, acaso Locombia (también Venezuela y Nicaragua), podrían sumarse a esta aciaga lista. En realidad, todos los países hispanoamericanos son malformaciones más o menos queribles.

(4) Sobre la ocupación manu militari de Guayaquil, v. ‘Y llegó Bolívar (brevísima relación del auto-gobierno de Guayaquil)’. La consecuencia de la llegada de Bolívar a Guayaquil fue el exilio a Lima de los tres integrantes de la Junta de Gobierno de Guayaquil, v. ‘El exilio de Olmedo’.

(5) Sobre esto, v. Disquisiciones sobre el nombre Ecuador

(6) Sobre esto, v. ‘El Ecuador en sus orígenes: ir por lana y salir trasquilado’ y ‘1832: una de cal, única de arena’.

(7) Sobre este afán nominativo de Bolívar, v. ‘El nombre que Bolívar dio a nuestro país’.

(8) Sobre esta triste pero estructural característica de Quito, v. ‘Marx y Quito’ y ‘Ecuador, administrado por un dipsómano’.

(9) Sobre esta postura de Olmedo, v. ‘Principio y fin del Estado del Sur’. Es interesante notar que, para Olmedo, como las exprovincias españolas eran unas potencias equivalentes, ellas podían estipular algo diferente a la representación proporcional en función de los habitantes del territorio, que era la solución que la favorecía a Quito dada su mayor población. Por supuesto, Guayaquil y Cuenca se unieron para ‘estipular’ una representación igualitaria, que les convenía a ellas. Esta fórmula subsistió hasta las reformas del Presidente Gabriel García Moreno treinta años y seis Constituciones después.

(10) En 1942, es decir, 110 años después del Tratado de Pasto, el Ecuador se vio compelido a firmar el Protocolo de Río de Janeiro, por el que su territorio quedó reducido a los aproximadamente 280.000 kilómetros cuadrados que tiene ahora. Las palabras del diplomático brasileño Oswaldo de Aranha dichas al diplomático ecuatoriano Tobar Donoso tras la firma del Protocolo, ‘aprendan a ser país’, siguen siendo un pendiente nacional. 

El olvidado 13 de Agosto

25 de septiembre de 2021

En la República del Ecuador, las autoridades del Estado conmemoran el 10 de agosto, pero realmente deberían conmemorar lo que pasó tres días después, el 13 de agosto. Creer en la primera fecha es sostener, de una manera oficial y con recursos del Estado, una fantasía. La segunda fecha tiene la incomparable ventaja de estar asentada en un hecho positivo y real.

 

Me explico: el 10 de agosto de 1809 está muy claro que no fue, que jamás intentó ser, un proceso de independencia del Reino de España (v. ‘Lo contrarrevolucionario en la ‘Revolución del 10 de agosto’ (becominga weirdo)’ y ‘El 10 de agosto no fue obra de canallas’). La revolución de agosto en Quito fue el desafío regional de Quito a las capitales de las provincias vecinas de Popayán, Cuenca y Guayaquil, a fin de que se acepte su primacía (Quito como una primus inter pares administrativa de su territorio audiencial, v. ‘Las relaciones exteriores de Quito en 1809’). La movida de Quito resultó un rotundo fracaso, porque nadie le aceptó un carajo.

 

El 24 de Octubre de 1809, forzados por las circunstancias, los sublevados de Quito tuvieron que devolver el poder administrativo a los mismos españoles que lo detentaban antes de haberse hecho la revolución. Pactaron con ellos una inmunidad por sus actos de agosto, la que no fue respetada por las tropas que vinieron de Lima a instancias del Gobernador de la provincia de Guayaquil, Bartolomé Cucalón.

 

Sin mucho trámite, se metió presos a los cabecillas de la revolución. Tras un fallido rescate de estos cabecillas, las tropas peruanas los asesinaron el aciago 2 de agosto de 1810 a ellos, a muchos de quienes intentaron el rescate y a tutti quanti. Así, el rapto de entusiasmo de agosto de 1809 le terminó por costar a la recoleta Quito, el agosto siguiente, la masacre de alrededor de 200 de sus hijos, incluida buena parte de su élite ilustrada. Quito se disparó al pie.

 

En resumen, que el 10 de agosto no puede ser, en estricto rigor, una fiesta nacional. Porque es la conmemoración de lo ocurrido en una provincia, llevado al estatus de fiesta nacional (a pesar de haber sido disputado, enfrentado y vencido por las otras dos provincias que conformaron el Ecuador); porque es una derrota colosal, con masacre incluida, llevada al estatus de acto heroico. Es una farsa, representada como la historia ‘oficial’.

 

En claro contraste, el 13 de agosto resulta una fecha muy comprobable. Se había dado una condición para llegar a ella: Quito había sido vencida en una guerra civil, que se resolvió con la derrota del Ejército de la Sierra en la batalla de Miñarica del 19 de enero de 1835. (v. ‘La república nació en un barco (1834-1835)’). Se impuso en seguida la organización de una Asamblea Constituyente que se reunió en Ambato, la ciudad más cercana a los arenales donde se había peleado la batalla decisiva.

 

Esta Asamblea Constituyente nombró, el 8 de agosto de 1835, a quien fue el primer Presidente Constitucional ecuatoriano (o, por mor de precisión, el primer Presidente nacido en una de las tres provincias y gobernaciones españolas que, en tiempos de la independencia, se unieron para conformar el Estado del Ecuador) y promulgó, el 13 de agosto de 1835, la primera Constitución que declaró que el Estado del Ecuador era una República. Su artículo 1 decía: ‘La República del Ecuador, se compone de todos los ecuatorianos, reunidos bajo un mismo pacto de asociación política’. Y desde la vigencia de este documento, el 13 de agosto de 1835, República ha sido para siempre.

 

En 1809 y 1835 se narran sendas derrotas de Quito. La derrota de la revolución de 1809 se selló con una inmisericorde masacre de quiteños que la llevó a Quito a ser valevergueada por el mismo Dios, quien simplemente ‘aceptó el Holocausto’ (i.e., Dios en plan ‘ya qué chucha’), según cuenta nuestro disparatado Himno Nacional (v. ‘Nuestro himno nacional, explicado’). En 1835, la derrota de Quito (y de la Sierra at large) en una guerra civil fue el paso previo para un breve período de estabilidad política y la fundación formal de la República. Pero a la derrota de 1809, más antigua y borrosa, se la ha falseado de heroica al punto que las autoridades, este año 2021, siguen apuntalando su falso heroísmo con recursos del Estado, verbosidades y protocolos.

 

En cambio, a la otra fecha, el 13 de agosto de 1835, que merecería el grato reconocimiento de ser el momento fundacional de la República, se la ha sepultado en el olvido.