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Hipocresía y egoísmo

15 de julio de 2009

Fuente: godisnotheredotcom.wordpress.com

Esta caricatura es representativa de la hipocresía que suelen tener los creyentes (cuando escribo creyentes, me refiero en particular a los creyentes conservadores de religiones de origen cristiano –aunque no son los únicos creyentes que tienen estas prácticas).

Para la comprensión de su usual egoísmo, basta recordar la definición que ofreció Oscar Wilde: “Egoísmo no es vivir como uno desea vivir, es requerir de otros que vivan tal como uno desea vivir”, que es lo que suelen pretender los creyentes. A partir de la caricatura y la frase de Wilde, formulo dos observaciones:

1) Los no creyentes (ateos o agnósticos) no pretendemos que se obligue a que los creyentes se conviertan al agnosticismo o al ateísmo. (La historia de las creencias suele ser, tristemente, la historia de pretender imponerles a otros las mismas.) Eso sí, los no creyentes solemos persuadir (tenemos el derecho a hacerlo) a cualquier otra persona a que piense como nosotros, en el marco de nuestro derecho de expresión de nuestras ideas y con el debido respeto a la decisión de esa otra persona de no hacernos caso. Lo que sí exigimos es que la política pública en una sociedad democrática garantice el derecho de toda persona de conservar (cambiar si le apetece) y profesar la creencia que quiera –adorar a Joe Pesci, por ejemplo:

 

2) No se trata de que las personas no creyentes al emitir una opinión sobre las creencias de otras personas necesariamente ofendan a esas otras personas (a esas supuestas opiniones ofensivas se les aplican las mismas responsabilidades ulteriores que a cualquier otra opinión, lo que ampara las opiniones críticas e hirientes, irónicas y burlescas). Si las personas creyentes se sienten ofendidas ante esas opiniones críticas e hirientes, irónicas y burlescas es porque no entienden la naturaleza de una sociedad liberal y, más todavía y de manera probable, porque no se hacen cargo de lo que significa el término “ofender”, el que resulta mucho más aplicable a la histórica y habitual intolerancia (porque, como fue dicho arriba, la historia de las creencias suele ser, tristemente, la historia de pretender imponerles a otros las mismas) de los miembros de su fe.

Mitómano

12 de marzo de 2009

Mi amigo Rafael Avilés me solicitó que presente su libro Mitómano en el auditorio del MAAC este 26 de febrero. Acepté, por supuesto. Ofrecí a los presentes un discurso breve, que resumiré a continuación.

Primero, como corresponde, le agradecí a Rafael la gentileza de invitarme a presentar el libro. Al respecto, dije que tenía que manifestarle dos sorpresas: la primera, su generosidad (que sólo puedo interpretarla como consecuencia de nuestra amistad de tantos años) de invitarme a presentar el libro cuando es evidente que existe gente mucho más talentosa que yo para desempeñar esta (y, ay de mí, ésta y tanta otra) actividad. La segunda, la calidad de su texto, que había leído de manera reciente en un ejemplar que ostenta la dedicatoria “A mi hermano Xavier, afectuosamente”.

Dije entonces que era necesario formular una advertencia y una confesión. La advertencia era que lo que iba a decirles durante la presentación iba a decirlo desde el corazón, con el cariño de una amistad cultivada durante tantos años y no como el crítico literario que no soy y que no tengo mucha intención de ser (declaré, con más razón que desazón, no ser ni tampoco albergar la pretensión de ser Harold Bloom o, digámoslo en clave local, Abdón Ubidia, etc.).

Formulé de inmediato mi confesión: que yo no solía mentir, que yo me parecía de manera penosa a esa viñeta de George Washington, quien porque no decía nunca mentiras, le admitió a su padre que él había sido el que cortó el cerezo*. Yo no mentía sino hasta cuando fui profesor en el Colegio Javier y durante un recreo leí el breve ensayo de Oscar Wilde titulado “La decadencia de la mentira” (en su original inglés, “The decay of lying”). A raíz de ese diálogo comprendí que no debía no mentir, al contrario: la mentira es hermosa y merece practicársela y elevársela al rango de una de las bellas artes. Todo arte es mentira, tanto como toda realidad también lo es (de eso nos hablan Sabina y Charly más abajo). Nosotros proyectamos nuestros deseos sobre la realidad, la que se encarga de decirnos que todo es mentira, que la realidad difiere de cuanto deseamos. Aquí es cuando debe intervenir el arte como una mentirosa respuesta a la mentira de la realidad: este juego de mentiras mutuas nos ayuda a (sobre)vivir.

Aquí es cuando interviene la obra de Rafael y cobra pleno sentido el título de su obra: Mitómano. Rafael siempre fue mitómano (yo tengo una docena de años de pleno ejercicio) y sabe que de lo que se trata es de mentir bien, de mentir con arte, para hacer(nos) reír, para salvar(nos), para justificar(nos). Es de agradecerle a Rafael la generosidad de publicar una obra que contribuya a este noble propósito.

Señalé que en el libro de Rafael pueden rastrearse formatos cinematográficos, experiencias compartidas, influencias literarias (aunque el libro se parece mucho a su autor: para quien es amigo de Rafael leerlo es escucharlo decir esas cosas) de Bukowski o de autores de novela negra. La obra de Rafael proyecta una tensión entre algo oscuro y algo visual; esa tensión le rinde.

Finalmente, recordé que el jurado compuesto por María Gabriela Alemán, Oswaldo Encalada y Abdón Ubidia consideró que la obra de Rafael mereció una mención de honor en el género de cuento “por unidad temática, poética y estilo reconocibles, propuesta original”. No juzgué esas consideraciones: esas buenas gentes saben más que yo y sus razones tendrán. A mí sólo me restaba decir que juzgaba al título perfecto y referir esta cita del genial Negro Fontanorrosa, “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: «Me cagué de risa con tu libro»”, para decir que el libro de Rafael cumple el propósito de entretener a su lector y que yo no podía menos que felicitarlo por ofrecernos este elenco de mentiras en blanco y negro.

Esas fueron, enlaces y precisiones mediante, mis palabras ese 26 de febrero.

* “El brutal mercantilismo de América, su espíritu materialista, su indiferencia por el aspecto poético de las cosas, su falta de imaginación y de elevados ideales inalcanzables, provienen de que ese país ha adoptado por héroe nacional a un hombre que, según su propia confesión, fue incapaz de mentir y no exagero al afirmar que la historia de George Washington y del cerezo han hecho más daño, y en un plazo más corto, que cualquier otro cuento de finalidad ética y moral” (Wilde, Oscar, La decadencia de la mentira, Pág. 9).