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El viaje de un vicepresidente

26 de abril de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 26 de abril de 2024.

Eloy Alfaro había empezado a gobernar en Quito desde el 4 de septiembre de 1895, cuando entró en ella; esa entrada de él y sus huestes para ocupar la conservadora ciudad capital significó el inicio del gobierno liberal. 

Carlos Freile fue un alfarista quiteño de la primera hora. Alfaro confió a él el cargo de alcalde de Quito, que Freile desempeñó entre el 13 de septiembre y el 20 de diciembre de 1895; dejó ese cargo para ocupar la Gobernación de Pichincha. Al año siguiente, Alfaro lo nombró su Ministro de Educación. Desde 1899 y hasta el final de la primera Presidencia de Alfaro, lo acompañó como su vicepresidente. Eloy Alfaro y Carlos Freile fueron el binomio con el que la República del Ecuador entró al siglo XX. Fue la cumbre de Freile como alfarista. 

La segunda Presidencia Constitucional de Eloy Alfaro no concluyó el 31 de agosto de 1911 como debía, porque Alfaro sufrió un golpe de Estado el 11 de agosto de 1911, orquestado por los recursos de la burguesía mercantil y puesto en práctica por las armas de un ejército venal, que el día anterior al golpe le había jurado fidelidad a Alfaro. 

Los veinte días que restaban del gobierno de Alfaro los condujo su antiguo coideario Carlos Freile, pues la Constitución de 1906 había eliminado la figura del vicepresidente de la República y dispuso que el reemplazo de un presidente cesado debía ser el último presidente de la Cámara del Senado. Y ese hombre, justamente, era Freile. Él ahora estaba situado en la orilla opuesta a la de su antiguo binomio y andaba propenso a deshacerse de él. 

Cumplidos los veinte días de gobierno de Carlos Freile, lo sucedió el presidente que había sido elegido en las urnas a inicios del año 1911, Emilio Estrada. Posesionado Estrada el 1 de septiembre, para fines del año 1911 ya había muerto. Lo mató un infarto fulminante el 21 de diciembre. 

Por la vigencia de la Constitución de 1906 y por las mismas razones que en agosto de 1911, Freile se encargó de la administración de la Función Ejecutiva desde el 22 de diciembre. En su breve gobierno, que concluyó el 6 de marzo del año siguiente, ocurrió el hecho más atroz de la política ecuatoriana: la hoguera bárbara.

Freile, el antiguo aliado, el alfarista de la primera hora, apenas iniciado su gobierno desterró a Alfaro a Panamá. Pero Alfaro regresó el 4 de enero de 1912 para buscar la repetición de la historia de 1895 y 1906: entrar en Quito y gobernar la República. Y ocurrió que esta ocasión su intento de golpe de Estado no fue efectivo. Tras graves derrotas en Huigra, Naranjito y Yaguachi, el alfarista se convirtió en el bando perdedor de la guerra civil de enero de 1912. 

El número de muertos en esta guerra civil ascendió a alrededor de 3.000. Y esta vez ya no iba a bastar con el destierro del líder.

Freile, el antiguo aliado, el alfarista de la primera hora, permitió entonces que ocurra la barbarie. Se dice que fue frente a la casa particular de Freile que uno del pueblo cortó los genitales a los despojos de Eloy Alfaro, les prendió fuego y los lanzó por los aires “para diversión de los muchachos presentes”.

Del ejercicio de la vicepresidencia al troceado de los genitales de Alfaro frente a su residencia. Un asombroso y largo viaje.

Esmeraldas no way

30 de junio de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 30 de junio de 2023.

En los tiempos coloniales la zona de Esmeraldas, cuyo territorio pertenecía a la provincia de Quito, se extendía desde Bahía de Caráquez hasta Barbacoas (hoy, Departamento de Nariño, Colombia). Durante el dominio español, esta zona estuvo ocupada por zambos e indios. El poderío español llegó a acuerdos con los zambos, pero los indios malabas resistieron los avances españoles en su territorio.   

Esta situación condicionó el desarrollo de un puerto para Quito en la zona de Esmeraldas. La ciudad de Quito deseaba allí un puerto para el envío de sus productos a los mercados del Norte (las zonas mineras y agrícolas de lo que hoy es Colombia, e idealmente, hasta Panamá) sin tener que pasar por el puerto de Guayaquil.  

Hubo varios intentos de abrir un camino a Esmeraldas y todos fueron un fracaso. Ora el Virreinato de Lima no lo autorizaba, ora cuando se obtenía la autorización resultaba que el asunto no era rentable, o peor, la rebelión de los belicosos indios malabas acababa con la iniciativa. Esto último ocurrió en 1619 y el origen de la rebelión “parece haber estado en los intentos del gobernador, Durango Delgadillo, por imponer un régimen de trabajo más severo a las parcialidades adyacentes a la población de Montesclaros”. Y los indios mataron a todos: blancos, mestizos, negros y mulatos.   

Así, mientras fue parte del Reino de España y salvo por breves lapsos, Quito nunca tuvo una salida al mar como no sea pasar por Guayaquil. Su idea de evitar este puerto y de buscar una comunicación directa con Panamá fue parte de las ilusiones de su élite durante la rebelión del 10 de agosto de 1809. En el Acta suscrita en esa fecha, los quiteños manifestaron su decisión de atraer a la Junta Suprema que se había establecido en Quito a provincias “como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá”. Alcanzar Panamá era una quimera de los quiteños a fin de procurar su desarrollo económico y conectarse con Europa. 

Su quimera fracasó miserablemente porque las provincias vecinas de Guayaquil, Cuenca y Popayán se le vinieron a Quito encima, en el entendido de que ella era muy pobre y periférica como para tener la primacía sobre ellas. Y se cebaron, entonces, con Quito: dentro del año contado desde el 10 de agosto, ya le habían matado a la mayoría de los cabecillas de su rebelión y al 1% de su población, atrocidades cometidas por tropas enviadas desde Lima por el Virrey a instancias del Gobernador de Guayaquil. 

La imposibilidad de un camino a Esmeraldas tuvo graves consecuencias. En las palabras de John Leddy Phelan (“El Reino de Quito en el siglo XVII” [primera edición 1967]), a quien se ha seguido para este relato, los reiterados fracasos en abrir el camino a Esmeraldas condicionaron el desarrollo de Quito y del país:

“La Sierra permaneció virtualmente aislada del resto del mundo durante trescientos años. […] De haberse colonizado Esmeraldas en el siglo XVIII, el carácter ulterior de la sociedad de la Sierra podría haber sido menos apegado a la tradición, y, por tanto, más receptivo a las innovaciones. En consecuencia, pudo haber surgido un equilibrio más dinámico entre la Sierra y la Costa, antes del presente siglo”.  

Pero nada: simplemente, Esmeraldas no way.

Gorgas y la fiebre amarilla

7 de abril de 2023

Publicado en diario Expreso el viernes 7 de abril de 2023.

En 1898, los Estados Unidos de América entraron en guerra con el Reino de España por sus posesiones en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Fue una victoria fácil: más muertos en el ejército estadounidense causó la fiebre amarilla que el ejército rival. De resultas de esta estadística contundente, los Estados Unidos, mientras administraba Cuba, decidió controlar la fiebre amarilla en la ciudad de La Habana. El hombre que se encargó de ello fue el Jefe de la Oficina de Sanidad del Ejército de los Estados Unidos, William Crawford Gorgas. 

La receta para el éxito en el control de la fiebre amarilla fue poner en práctica las investigaciones del médico cubano Carlos Juan Finlay, quien en 1881 había presentado los resultados de su trabajo titulado “El mosquito hipotéticamente considerado como agente transmisor de la fiebre amarilla” en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. Así, la eliminación de los espacios de reproducción del mosquito aedes aegypti (en aquel entonces conocido como stegomyia fasciata) fue la receta que funcionó en La Habana desde 1901.

Y esa misma receta funcionó en Panamá desde 1905 (tarea que también estuvo a cargo de Gorgas y que posibilitó la construcción del canal), y en Santos, y en Nueva Orleáns, y en tantos otros lugares. El cubano Finlay tuvo razón (por muchos años en la comunidad científica lo trataron como loco, etiquetado “The mosquito man”). Para cuando en 1914 entró a operar el canal de Panamá, la única ciudad del mundo donde la fiebre amarilla todavía era una enfermedad endémica era el puerto de Guayaquil (etiquetado en documentos oficiales como “The pest-hole of the Pacific Ocean” -“El hoyo pestífero del Océano Pacífico”).

Gorgas participó también del control de la fiebre amarilla en Guayaquil, esta vez como parte de la Fundación Rockefeller y en funciones de carácter administrativo. Miembro de una comisión, Gorgas viajó a Guayaquil y Quito en 1916 para apreciar las condiciones de la endemia y obtener del gobierno ecuatoriano la aceptación para practicar el control de la fiebre amarilla. Gorgas fue nombrado el “Director Honorario” de este procedimiento, que empezó en noviembre de 1918 y concluyó en mayo de 1919. 

Para el cumplimiento de su propósito, la Fundación Rockefeller logró que se designe como funcionario del sistema de salud ecuatoriano al médico norteamericano Michael E. Connor, quien fue nombrado Subdirector General de Sanidad del Ecuador. El trabajo en el territorio (quien fuera nuestro Gorgas en La Habana) lo hizo Connor, a quien se lo recuerda como “Michael O’Connor” en una calle del Sur.  

Gorgas volvió a Guayaquil en abril de 1919 para observar los trabajos que se estaban realizando en la ciudad y en algunos poblados de sus alrededores. Por el trabajo de Gorgas, Connor y de tantos otros que participaron de la misión organizada por la Fundación Rockefeller, el Director General de Sanidad del Ecuador, León Becerra, declaró que Guayaquil había quedado libre de la fiebre amarilla desde el 22 de mayo de 1919.

Al año siguiente de este logro, un 3 de julio y en Londres, tras vivir una vida comprometida con el control de la fiebre amarilla, murió William Crawford Gorgas, a los 65 años. 

Guayaquil y la fiebre amarilla (1740-1919)

22 de mayo de 2021

Desde su asentamiento en el Cerro Santa Ana en 1547, la ciudad española de Guayaquil había pasado 193 años sin sufrir la fiebre amarilla o, mejor dicho, sin registro de haberla sufrido (1). En el año 1740 se quebró este invicto (o supuesto invicto). Jorge Juan y Antonio de Ulloa consignan el hecho y lo asocian con un daño colateral de la guerra de España contra el Reino Unido. En su obra Relación histórica del viage a la América Meridional, los científicos españoles relatan que ‘habiendo llegado la Armada de Galeones del Sur, retirándose de Panamá por causa de la guerra para asegurar el tesoro en las provincias de la sierra, se padeció la primera vez esta epidemia y murió mucha gente’ (p. 233). Pero la enfermedad no caló.

 

Desde 1740 pasaron 102 años hasta el retorno de la fiebre amarilla a la ciudad, pero en ese 1842 regresó con furia y asoló a Guayaquil y sus alrededores. En carta del 26 de octubre de 1842 que el Gobernador de la provincia del Guayas, Vicente Rocafuerte, le dirigió al Presidente de la República, Juan José Flores, el guayaquileño describió el sombrío panorama de su ciudad natal: ‘Ya no hay alma para sentir, ni ojos para llorar un conjunto tan inaudito de horrendas calamidades, la muerte ha extendido su negro manto sobre esta desventurada población y descargado sus furores sobres sus moradores, la epidemia sigue haciendo crueles estragos, y ya no lleva a la tumba a 8 a 10 por día, sino 31 y 32 y quien sabe a cuánto ascenderá el número de sus infelices víctimas(2). La epidemia cesó en 1844.

 

Desde entonces, la fiebre amarilla se volvió cada vez más frecuente en Guayaquil. Regresó en 1853 hasta 1856, en 1867 hasta 1869, en 1877 hasta el año siguiente. Desde 1880 y hasta entrado el siglo XX, la fiebre amarilla se sufrió en Guayaquil año tras año, casi sin excepción. Por esta época, Guayaquil empezó a adquirir una mala fama: se volvió un puerto pestilente, un lugar a evitar.

 

Pero la ciencia vendría (con cierto retraso) al auxilio de la ciudad. En 1881, el cubano Carlos Juan Finlay presentó a la Royal Academy un artículo titulado ‘The Mosquito Hypothetically Considered as the Agent of Transmission of Yellow Fever’ cuyo argumento era que el mosquito era el vehículo de transmisión de la fiebre amarilla. Durante años la teoría de Finlay fue resistida (v. ‘Carlos J.Finlay: the mosquito man’), pero finalmente se la probó correcta por la intervención militar de los Estados Unidos de América en Cuba.

 

Tras la guerra de 1898 en que los Estados Unidos de América humilló a España y le arrebató Cuba (‘a splendid little wardijo John Hay), se acreditó que la mayor cantidad de los muertos que el Ejército de los Estados Unidos tuvo en su espléndida guerrita se debieron a la fiebre amarilla y otras enfermedades tropicales. Entonces, los Estados Unidos hizo lo que un Estado con presupuesto puede darse el lujo de hacer: investigar las causas del problema y buscarle una pronta solución.

 

Así, el cirujano general (‘General Surgeon’) del ejército de los Estados Unidos, George M. Stemberg, formó el año 1900 la ‘United States Army Yellow Fever Commission’ para investigar las causas de la transmisión de la fiebre amarilla y la forma de  prevenirla, comisión que trabajó en Cuba y a la que se conoció como ‘Reed Commission’ por su director, el comandante Walter Reed. Integrada por él y otros tres especialistas (los doctores James Carroll, Arístides Agramonte y Jesse Lazear), la Comisión Reed confirmó la teoría de Finlay y le demostró al mundo-mundial que la fiebre amarilla se transmitía de un humano enfermo a un humano sano a través de la picadura de la hembra del mosquito Aedes Aegypti.   

 

Con esta certeza, el Gobernador Militar de Cuba, el general Leonard Wood (Cuba, como consecuencia de la espléndida guerrita de 1898, estaba ocupada por la Yunái), autorizó al Jefe de la Oficina de Sanidad del Ejército, William C. Gorgas (a proud son of Alabama) para implementar en La Habana un programa de aislamiento de los enfermos de fiebre amarilla y de fumigación de edificios y de eliminación de todos los depósitos de agua donde podía vivir el mosquito. The Aedes Aegypti Shoah.

 

La consecuencia de estas medidas fue que los casos de fiebre amarilla en La Habana cayeron en picada y que para el año 1902 ya no se reportaron nuevos casos. En apenas dos años de investigación de la Comisión Reed y de la implementación de sus resultados por el equipo del Jefe Gorgas, la intervención militar de los Estados Unidos en Cuba resolvió un problema que en la capital de Cuba cobraba anualmente cientos de vidas (se calcula que entre 1870 y 1900, unas 20.000 murieron en La Habana por causa de la fiebre amarilla). Campañas de erradicación similares se aplicaron en Río de Janeiro, en Santos, en Nueva Orleáns y en otras ciudades americanas de relevancia económica. El mismo William Gorgas fue el responsable en Panamá de implementar, en 1904, un programa de erradicación de la fiebre amarilla, que posibilitó la construcción del Canal de Panamá, obra concluida en 1914. 

 

 

Gorgas, an unsung hero.

La apertura del Canal de Panamá obligó a que la ciencia se ocupe de Guayaquil, por el riesgo de llevar desde aquí la enfermedad a los nuevos mercados facilitados por la apertura del canal (3). Una sucesión de hechos (la creación de la Fundación Rockefeller y su International Health Commission en 1913 –luego Board, luego Division-, y la creación en 1916 de la International Yellow Fever Commission, órgano de la Fundación Rockefeller al mando de William Gorgas) posibilitó que Guayaquil, ese gran puerto pestífero de la América del Sur sea el primero en la lista para recibir los beneficios de la ciencia. Para esa época, la ciudad era considerada como el semillero más peligroso de la fiebre amarilla en la América del Sur, el único lugar de la región en que esta enfermedad era endémica (4).

 

Ese año 1914 de la apertura del canal de Panamá, estalló la guerra en Europa, AKA la Primera Guerra Mundial, que cobró (indirectamente) cientos de muertos en esta periferia de América, pues retrasó hasta el año 1918 la venida a Guayaquil de la misión para erradicar la fiebre amarilla. Entre 1914 y 1918 se acreditó la muerte en Guayaquil de 591 personas por esta enfermedad. Si las medidas se hubieran aplicado antes, muchas de estas personas no habrían enfermado y muerto (5).

 

Finalmente, en noviembre de 1918 llegaron los científicos de la Fundación Rockefeller (6). La aplicación en Guayaquil en 1918-1919 de las medidas que se adoptaron a principios del siglo en La Habana produjo aquí resultados análogos a los que tuvo allá y en las otras ciudades donde se aplicaron: un descenso abrupto de los casos, hasta su virtual desaparición. The Aedes Aegypti Shoah Strikes Again.

 

La Dirección General de Sanidad, presidida por el doctor León Becerra, declaró que desde el 22 de mayo de 1919 (hace 102 años clavados) el puerto de Guayaquil finalmente estaba, tras años y años y miles y miles de muertos, libre del flagelo de la fiebre amarilla.

 

(1) Una especie, sostenida por Pino Roca, indica que los piratas que atacaron a Guayaquil el año 1709 se contagiaron en la ciudad de la fiebre amarilla.

(2) Vicente Rocafuerte. Epistolario’ (Estudio y selección de Carlos Landázuri Camacho), Tomo II. Banco Central del Ecuador, Quito, 1988, p. 822.

(3) El lector atento habrá comprendido que en los ejemplos de La Habana y Panamá se trata de la ciencia al servicio del imperialismo, en su vertiente militar y económica. Con la apertura del canal de Panamá, la eliminación del foco infeccioso que era Guayaquil cobró importancia para los intereses económicos de los Estados Unidos. Esta perspectiva se desarrolla en el muy interesante artículo ‘La División Internacional de Salud, de la Fundación Rockefeller, Ecuador (1917-1937)’.

(4) Sobre Guayaquil como un sitio peligroso, ver el artículo de 1914 ‘Yellow fever: thefeasibility of its eradication’ de Wickliffe Rose, quien fuera Director General de la División Internacional de Salud de la Fundación Rockefeller entre 1915 y 1923, período que cubre los años de la intervención en Guayaquil.

(5) Las estadísticas provienen del artículo ‘Recopilación de datos sobre la historia de la fiebre amarilla en Guayaquil’, de autoría de Juan Tanca Marengo, publicado en: ‘La fiebre amarilla y los médicos de Guayaquil’ (AA.VV.), Banco Central del Ecuador, Guayaquil, 1987, pp. 161-175.

(6) En rigor, llegaron a Guayaquil dos equipos de la Fundación Rockefeller el año 1918 (Presidencia de Alfredo Baquerizo Moreno). Uno en junio, en el que arribó el científico japonés Hideyo Noguchi (v. ‘La leyenda de Noguchi es mentira’ y ‘The Long Road to the Yellow Fever Vaccine’). Otro llegó en noviembre, el que al mando del doctor Michael Connor, implementó las ‘medidas antilarvales’ en la ciudad. Estas medidas las explicó el doctor Connor en su artículo ‘El dominio de la fiebre amarilla en el Ecuador’, recopilado en el libro La fiebre amarilla y los médicos de Guayaquil, ya citado.  

N.B.: El bueno de Hideyo Noguchi no es mentira por él, sino por lo que Guayaquil cuenta de él.

Esmeraldas no way

9 de agosto de 2020


La Sierra permaneció virtualmente aislada del resto del mundo
durante trescientos años
John Leddy Phelan, ‘El Reino de Quito en el siglo XVII


En los tiempos coloniales la zona de Esmeraldas, cuyo territorio pertenecía a la provincia de Quito, se extendía desde Bahía de Caráquez hasta Barbacoas (hoy, Departamento de Nariño, Colombia). Durante el dominio español, esa zona estuvo ocupada por zambos e indios. El poderío español llegó a acuerdos con los zambos, pero los indios malabas resistieron a los avances españoles en su territorio.   

Esta situación condicionó el desarrollo de un puerto para Quito en la zona de Esmeraldas. La ciudad de Quito deseaba allí un puerto para el envío de sus productos a los mercados del Norte (las zonas mineras y agrícolas del Virreinato de Nueva Granada, e idealmente, Panamá) sin tener que traficar por el puerto de Guayaquil.  

Desde Quito se deseaba esto, pero es que Quito no se mandaba sola. La ciudad de Quito era la capital de una Audiencia de carácter subordinado, la que debía someterse a lo que disponga una Audiencia superior (a lo largo de su historia colonial, esas Audiencias fueron las de Lima y Santa Fe). En noviembre de 1629, un comerciante quiteño, el capitán Francisco de Frías Torremocha, buscó que en la Audiencia de Lima se apruebe un contrato que él había negociado con la Audiencia de Quito, a fin de construir un camino desde Quito al puerto de Santiago en Esmeraldas, pero la Audiencia de Lima vetó su proyecto el 29 del citado mes y año. Como razones para fundamentar su decisión, se citó ‘el peligro de la penetración holandesa en la Sierra, la prosperidad comercial de Guayaquil y Callao, la posible colaboración entre holandeses y zambos y el probable incremento del negocio del contrabando(1).

Este capitán Frías no fue el primero en buscar un contrato para intentar abrir un camino a la zona de Esmeraldas. Aquel honor le corresponde a Pablo Durango Delgadillo, quien en 1611 obtuvo del Virrey del Perú los cargos de Corregidor de Ibarra y Gobernador de Esmeraldas, a cambio de la construcción de un camino al puerto de Santiago. Entre 1616 y 1619, Durango abrió un camino que iba desde Ibarra hasta dicho puerto, y en esos días, ‘hubo intercambios de productos entre Quito y Panamá(2). Que la suerte del pobre dura poco, dicen: una revuelta de los belicosos indios malabas, acometida en el año de N.S. de 1619, sepultó este efímero periodo de tránsito e intercambio vía el puerto de Santiago. El origen de la revuelta ‘parece haber estado en los intentos del gobernador, Durango Delgadillo, por imponer un régimen de trabajo más severo a las parcialidades adyacentes a la población de Montesclaros’. Y los indios los mataron a todos: blancos, mestizos, negros y mulatos (3).   

Mapa de la zona de Esmeraldas en el libro de Phelan, p. 29.
 

Entre 1623 y 1628, hubo otro contratista, el limeño Francisco Pérez Menacho, quien invirtió alrededor de 30.000 pesos para reabrir el camino entre Quito y el puerto de Santiago, pero sus esfuerzos fueron inútiles frente a la resistencia de los indios malabas. Después de este fracaso, ocurrió el intento del capitán Frías y la negativa de la Audiencia de Lima de 1629.

La salida por el puerto de Santiago, como se observa en el mapa, estaba más al Norte, ‘240 kilómetros más cerca de Panamá’ que la otra ruta posible, que era la que salía al puerto de Bahía de Caráquez (‘Bahía de Caracas’ se escribía antaño). Esta otra ruta tenía la complicación grave de que mientras ‘casi la mitad de la ruta de Santiago era fluvial, […] la trocha de Bahía de Caráquez era terrestre’ (4). La principal ventaja de hacer el camino a Bahía de Caráquez era evitar a los indios malabas.

El camino a Bahía de Caráquez lo intentó hacer Martín de Fiuca entre 1615 y 1621, por tres ocasiones. Todas concluyeron en fracaso y su promotor murió ahogado. Tras él, intervino Miguel de Irarrázabal con un éxito efímero que conoció un pronto declive. El fracaso de su empresa se debió, en gran medida, a la situación económica de Quito: ‘después de pocos años de servicio, […] el volumen del comercio aparentemente no justificaba su permanencia(5).

Hacia 1630, las rutas por el puerto de Santiago y por ‘Bahía de Caracas’, fueron abandonadas. Más de un siglo después, en 1738, Pedro Vicente Maldonado intentó una tercera ruta por el valle del río Esmeraldas, pero su muerte temprana perjudicó a su empresa. La quiso continuar su yerno, Manuel Díaz de la Peña, sin ningún éxito.

Así, mientras fue parte del Reino de España y salvo por breves lapsos (como entre 1616 y 1619), Quito nunca tuvo una salida al mar como no sea pasar por Guayaquil. Su idea de evitar a este puerto y de buscar una comunicación directa con Panamá fue parte de las ilusiones de su élite durante la revolución del 10 de agosto de 1809. En el Acta que se suscribió en esa fecha, los quiteños manifestaron su decisión de atraer a la Junta Suprema que en defensa del Rey español Fernando VII se había establecido ese día en Quito, a provincias ‘como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá(6). Alcanzar el mercado de Panamá era una quimera de los quiteños a fin de procurar su desarrollo económico y conectarse con Europa. Pero no llegaron ni al mar (lo impidieron las autoridades de la Gobernación de Popayán).

El plan de Quito en agosto de 1809 fracasó miserablemente porque sus provincias vecinas de Guayaquil, Cuenca y Popayán se le vinieron todas encima, en el entendido práctico de que cómo así Quito buscaba para sí una primacía regional, cuando ella era muy pobre y muy periférica. Y se cebaron, entonces, con la pobre Quito: dentro del período de un año contado desde el 10 de agosto, ya le habían matado a la mayoría de los cabecillas de su revuelta y al 1% de su población, atrocidades cometidas por tropas enviadas por el Virrey desde Lima a instancia del Gobernador de la provincia de Guayaquil. (Si fuera una escena del porno, sería un bukkake.)

La conquista de Esmeraldas resurgió, en tiempos ya republicanos. A un escaso mes de haber sido agregada la provincia de Quito a la República de Colombia, un Decreto del Presidente Simón Bolívar ordenó la reapertura del camino de Esmeraldas, porque ello ‘haría llover un torrente de prosperidad sobre Quito(7). Obvio, nunca se hizo: Bolívar, primer Presidente, primer demagogo.

Este ‘Esmeraldas no way’ tuvo graves consecuencias. En las concluyentes palabras de John Leddy Phelan (p. 52), a quien se ha seguido en lo principal de este relato, los reiterados fracasos en abrir el camino de Esmeraldas condicionaron el desarrollo de Quito y del país:

La Sierra permaneció virtualmente aislada del resto del mundo durante trescientos años. Detrás de la barrera protectora de los Andes, se consolidó una sociedad de tipo señorial, en la cual la tenencia de la tierra estaba concentrada en manos de una pequeña clase de colonos blancos, mientras una dócil y densa población indígena proveía de mano de obra barata. Esta sociedad era jerárquica y paternalista, apegada a la tradición y tenazmente aferrada a los ritos aunque poco al espíritu del catolicismo barroco español. […] De haberse colonizado Esmeraldas en el siglo XVIII, el carácter ulterior de la sociedad de la Sierra podría haber sido menos apegado a la tradición, y, por tanto, más receptivo a las innovaciones. En consecuencia, pudo haber surgido un equilibrio más dinámico entre la Sierra y la Costa, antes del presente siglo’.  

*

(1) Phelan, John Leddy, ‘El Reino de Quito en el siglo XVII’, Banco Central del Ecuador, Quito, 1995 [Colección Histórica, Vol. XX], p. 41. En particular, v. el Capítulo I ‘Esmeraldas: el fracaso de una conquista(pp. 25-53).
(2) Ibíd., p. 36. Por esta vía, llegaron a Quito el obispo Alonso Fernández de Santillán y el oidor Manuel Tello de Velasco.
(3) Hernández Asencio, Raúl, ‘La frontera occidental de la Audiencia de Quito’, v., en especial, el Capítulo IV: ‘Martín de Fiuca, Antonio de Morga y las rivalidades entre las autoridades coloniales americanas (1615-1630)(pp. 136-189).
(4) Phelan, p. 43.
(5) Ibíd.
(7) Phelan, p. 51.