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Censura en el Centro Cultural Metropolitano de Quito

3 de agosto de 2017

Esto es claro: en el derecho a la libertad de expresión no se le concede ningún privilegio a la iglesia católica de manera tal que se le reconozca una protección especial. Todo discurso sobre ella, incluidos los hirientes u ofensivos, encuentran amparo en el derecho a la libertad de expresión.

En Ecuador, la iglesia católica sigue siendo muy poderosa. Se mosquea su plana mayor y a Roditas tal vez y le da hasta diarrea. A Canguil le ha quedado inmensa la alcaldía de Quito. Lo confirma la censura de la obra “Milagroso altar blasfemo” expuesta en el Centro Cultural Metropolitano.

El saldo, vía alcalde autoritario o mangoneado, es que el arte en el Ecuador sigue siendo sometido a tutelaje por la autoridad. Ellos son los que determinan qué podemos ver los ciudadanos. Así sucede en Guayaquil en el Salón de Julio desde el año 2011 por disposición del tardo-franquismo socialcristiano y así sucede en Quito en una exposición del Centro Cultural Metropolitano porque la Conferencia Episcopal se mosqueó y el alcalde es un papanatas.

Qué “ama la vida” ni qué ocho cuartos. El lema de este país bien podría ser: “Ecuador: un Estado colonial vive en ti”. ¿La razón? Porque en este país la iglesia católica sigue siendo poderosa en la política civil y se caga cuanto puede en el derecho a la libertad de expresión, con permiso (incluso indisimulado apoyo) de las autoridades civiles.

En triste conclusión: el Ecuador es tan laico como Rodas es un alcalde exitoso. 

La historia de dos fracasos, expuesta en una sola censura.

Feminismo y perreo

12 de diciembre de 2016


Esencialmente, creo que todos perreamos, incluidas las feministas. El punto es cuánto licor necesitamos en nuestro organismo para empezar a perrear (yo, con unos ocho tragos, por ejemplo).

Cuando un sector del feminismo se propone limitar el goce (porque persiguen un “bien superior”) asume un rol “sacerdotal” que las torna indeseables. Pero es que, además de la moralina inserta en una prohibición, usualmente el efecto que tiene es contrario al que se busca (1).

Así, esta es una solución estúpida para un problema complejo. Prohibir a un reggaetonero no detendrá a la gente que quiera escucharlo, a Maluma en este caso, o a otro cualquiera de esos productos fungibles que hacen lo que él.

Por eso, el gran ganador de esta discusión es el singularizado Maluma, un tipo que yo no sabía que existía (la alteración de esta constante fue indeseable), que atiende a sus 4 “Babys” (al menos en una canción) y que si lo cuestionas por eso, te responde en Instagram que “si hablaron de Jesucristo por qué te sorprendes cuando hablan de ti?”. Me encanta esta última asociación entre Jesús y el perreo. Salsa, sabor y evangelios. Este fulano la tiene clara.

Fuente. Un razonamiento "Jaime Iván Kaviedes style".

Maluma se merece su éxito, por esta mezcla pop de sexo “desenfrenado” en la vida pública y religión “sanadora” en la vida privada: en el contexto de una civilización cristiana, Maluma es un “ganador” en el sentido más tradicional de la palabra (2).

Si un sector del feminismo quiere luchar contra este sub-producto de la civilización cristiana, tendrá que venir con algo más inteligente que una prohibición (3). Salvo que lo que realmente quieran, feministas anti-Maluma, es publicitar de manera gratuita al cantante masculino al que tanto desprecian.

Don’t blame me: I’m just reporting.

(1) Una variante del “efecto Streisand”.
(2) El “convexo” del “cóncavo” Maluma es la Chingadalupe, v. ‘Con ustedes, la chingadalupe’, Xavier Flores Aguirre, 30 de abril de 2009.
(3) Por cierto, esta prohibición se intentó en Puerto Rico hace unos veinte años. No sirvió de nada.