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La milanesa del 10 de agosto de 1809 hasta la Batalla de Ibarra
10 de junio de 2019
El 10 de agosto de 1809 no
fue ningún hecho trivial: desencadenó momentos turbulentos en Quito. La
situación en la Península provocó la creación de Juntas para defender a la
Monarquía Católica, representada en el Rey Fernando VII, El Deseado. Lo que propuso una porción de quiteños ese 10 de agosto fue la creación
de una Junta a la usanza de las Juntas peninsulares, con el propósito de defender a la
Monarquía Católica y a su Rey.
Por la creación de esta
Junta en la ciudad de Quito, este nuevo gobierno en una provincia
de los Andes pretendió reivindicar una primacía sobre sus provincias vecinas de
todos los puntos cardinales. El resultado fue un unánime rechazo de las
provincias vecinas, que no contentas con rechazar su propuesta, solicitaron
tropas para someter a Quito, aún a pesar de que el poder ya había sido devuelto
el 24 de octubre de 1809 por el acuerdo que se había alcanzado con la autoridad
real, el Conde Ruiz de Castilla.
El asunto desembocó en
tropas en Quito, detenciones, juicios y la masacre de la mayoría de los
gestores del 10 de agosto de 1809. La buena intención popular de liberarlos
desembocó en una ejecución chapucera, en la que el remedio fue peor que la
enfermedad, pues los que iban a ser los beneficiarios de esta voluntariosa acometida del
pueblo quiteño fueron, en su gran mayoría, asesinados por las tropas ocupantes.
Su reacción fue brutal: además de cargarse a los procesados por el 10 de agosto,
se pasó por las armas alrededor del 1% de la población del
Quito de entonces (como si hoy, en una tarde, se asesinara a unos 23.000
quiteños).
Tras este golpe, Quito se
recompone y se rebela contra Bogotá y se declara el 9 de octubre de 1810 como “Capitanía
General” del Reino de España, con lo que concretó su viejo anhelo de autonomía
en el seno de la Monarquía Católica, manifestado por vez primera el 10 de
agosto. Es en este contexto en que se redacta una Constitución, elaborada por
un sacerdote, monárquica y perfectamente inútil (puesto que jamás se puso en
práctica), además de ultramontana, pues para vivir en la provincia de Quito todos
debían ser católicos: “La Religión Católica como la han profesado nuestros
padres, y como la profesa, y enseña la Santa Iglesia Católica, Apostólica
Romana, será la única Religión del Estado de Quito, y de cada uno de sus
habitantes, sin tolerarse otra ni permitirse la vecindad del que no profese
la Católica Romana.”*
El saldo del diseño de esta
“Constitución de 1812” es de terror: un territorio encajado entre las montañas,
poblado únicamente por católicos¶.
Todo esta paja que solo
iba a terminal mal concluyó cuando la Península, ya arrecha de tantas veleidades,
envió al eficaz militar Toribio Montes a imponer de vuelta el orden
administrativo en estas posesiones americanas de España. Quito fue incapaz de resistir.
Su deseo de autonomía se extinguió en la Batalla de Ibarra, el 1 de diciembre
de 1812, con unos cuantos fusilamientos definitivos. Como diría Luciano Andrade
Marín, los quiteños, tras esta derrota “quedaron postrados, desangrados y
sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él
por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara”§.
Que finalmente llegó en
mayo de 1822. Pero esa ya es otra historia.
¶ Una pesadilla, digna del
mejor cine B de los ochenta, a la par de “The Toxic Avenger”.
§ Andrade Marín, Luciano,
‘El Ilustre Ayuntamiento quiteño de 1820
y la gloriosa revolución de Guayaquil’, en: Muñoz de Leoro, Mercedes
(comp.), ‘Memorias históricas de la
biblioteca municipal González Suárez’, Editorial Abya-Yala, Quito, 2003, p.
75.
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Etiquetas: 10 de agosto de 1809, Capitanía General, Catolicismo, Conde Ruiz de Castilla, Constitución de Quito, Cuenca, Ecuador, Fernando VII, Guayaquil, Historia, Quito, Toribio Montes
Quito, 1809-1812
16 de julio de 2017
El momento culminante de
la llamada “Revolución de Quito” fue la aprobación de la Constitución del Estado de Quito el 15 de febrero de 1812, documento en el que se proclamaba
un manejo autónomo de las ocho provincias que componían el naciente Estado
quiteño. En su artículo 5, sin embargo, la Constitución establecía que si el
Rey de España Fernando VII El Deseado
volviese a reinar (estaba capturado por los
franceses), el Estado de Quito se reintegraría al Reino de España (1). A fin de cuentas, eso es seguir
perteneciendo a España, pero administrarse por cuenta propia: es decir, “autonomismo”.
Jamás independencia.
Una declaración de
independencia se escribe distinto. Por contraste y para ilustrar, véase la de
Cartagena de Indias, fechada el 11 de noviembre de 1811 (es decir, anterior a
la constitución quiteña):
“[…]
declaramos solemnemente a la faz de todo el mundo que la provincia de Cartagena
de Indias es desde hoy de hecho y por derecho Estado libre, soberano e
independiente; que se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia y
de todo otro vínculo de cualquier clase y naturaleza que fuese, que
anteriormente la ligase con la corona y el gobierno de España, y que como tal
Estado libre y absolutamente independiente pueda hacer todo lo que hacen y
pueden hacer las naciones libres” (2).
Lo que hubo en Quito en los años 1809-1812 fue una revuelta autonomista, explicada en lo
esencial por Enrique Ayala Mora en términos más prosaicos que patrióticos: “Los
protagonistas del proceso fueron poderosos latifundistas, para cuyo manejo
político la burocracia española era un impedimento. Una vez instalados en el
mando, suprimieron las contribuciones de los blancos, manteniendo las de los
indios, e hicieron desaparecer la constancia de las cuantiosas deudas que
habían contraído con la Corona por compra de tierras. Los notables criollos
fueron los usufructuarios de la libertad”
(3).
Pero este es el país de un
Abdón Calderón en trocitos sosteniendo una bandera tricolor que no existía para
la época. Lo fabuloso nos salva de enfrentarnos a lo real: un país de segundo
orden, con una independencia tardía.
(1)
O sea que de todas maneras, esta administración autónoma de Quito instituida
por la Constitución de 1812 habría fenecido cuando Fernando VII volvió a reinar
España, en 1814. Pero ni a eso llegó, pues su duración fue más efímera: se
extinguió tras la derrota de los combatientes quiteños en la batalla de Ibarra,
concluida el 1 de diciembre de 1812.
(3) Ayala
Mora, Enrique, ‘Resumen de historia del Ecuador’, Corporación Editora Nacional, Quito, 2008
[Tercera edición].
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Etiquetas: Abdón Calderón, Cartagena de indias, Constitución de Quito, Enrique Ayala, España, Fernando VII, Independencia americana, Quito, Revolución de Quito
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