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La Patria, habladas de borrachos

17 de abril de 2019


El último traspaso de poder entre los militares en el Ecuador se celebró en un casino de madrugada. Qué lugar más conveniente para escribir un pedazo de nuestra historia Patria, jalonada de hechos que parecen conformar el relato de un dipsómano delirante (desde Abdón Calderón en adelante, somos como un continuo delírium tremens). El hecho es que diario El Comercio recogió el traspaso del poder de “Bombita” a los triunviros en su edición del domingo 11 de enero de 1976, a un precio de s/. 2,40 y en los siguientes términos:

Fuente: ‘Centuria. Las noticias de los 100 años’, El Comercio, 2006, p. 269.

Es interesante destacar que, como buenos ecuatorianos, empezó este nuevo episodio con una especialidad de la Casa Ecuatoriana: una promesa temporal, que terminó en fracaso. Los milicos dijeron, en un primer comunicado madrugador dirigido al país, que entregarían el poder a fines de 1977.

Fuente: Ibíd.

Pero el año 1978 se celebró el referéndum sobre la Constitución que regularía el retorno a la democracia y el poder finalmente se lo entregó a la sociedad civil casi dos años después de lo ofrecido por los militares esa madrugada de enero de 1976, recién el 10 de agosto de 1979. Volvimos a la democracia, eso sí, con el Presidente más joven que ha tenido la Patria en sus casi 190 años de vida republicana (o de estas habladas de borrachos que han sido la Patria en los 188 años y pico que al día de hoy tiene): Jaime Roldós, quien tenía 38 años cuando llegó a la Presidencia de la República. Dentro de poco lo sacará a Roldós de este récord un aún más joven Otto Sonnenholzner, hoy vicepresidente, quien cuenta apenas con 36 años. 

Es decir, él será el primero de los Presidentes que aún no había nacido cuando se celebró la borrachera en el Casino de Oficiales que parió el retorno de la Patria Ecuatoriana a la democracia. 

No sé qué chuchas signifique esto, pero es al menos un “Fun Fact”.

Quito, 1809-1812

16 de julio de 2017

El momento culminante de la llamada “Revolución de Quito” fue la aprobación de la Constitución del Estado de Quito el 15 de febrero de 1812, documento en el que se proclamaba un manejo autónomo de las ocho provincias que componían el naciente Estado quiteño. En su artículo 5, sin embargo, la Constitución establecía que si el Rey de España Fernando VII El Deseado volviese a reinar (estaba capturado por los franceses), el Estado de Quito se reintegraría al Reino de España (1). A fin de cuentas, eso es seguir perteneciendo a España, pero administrarse por cuenta propia: es decir, “autonomismo”. Jamás independencia.

Una declaración de independencia se escribe distinto. Por contraste y para ilustrar, véase la de Cartagena de Indias, fechada el 11 de noviembre de 1811 (es decir, anterior a la constitución quiteña):

“[…] declaramos solemnemente a la faz de todo el mundo que la provincia de Cartagena de Indias es desde hoy de hecho y por derecho Estado libre, soberano e independiente; que se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia y de todo otro vínculo de cualquier clase y naturaleza que fuese, que anteriormente la ligase con la corona y el gobierno de España, y que como tal Estado libre y absolutamente independiente pueda hacer todo lo que hacen y pueden hacer las naciones libres” (2).

Lo que hubo en Quito en los años 1809-1812 fue una revuelta autonomista, explicada en lo esencial por Enrique Ayala Mora en términos más prosaicos que patrióticos: “Los protagonistas del proceso fueron poderosos latifundistas, para cuyo manejo político la burocracia española era un impedimento. Una vez instalados en el mando, suprimieron las contribuciones de los blancos, manteniendo las de los indios, e hicieron desaparecer la constancia de las cuantiosas deudas que habían contraído con la Corona por compra de tierras. Los notables criollos fueron los usufructuarios de la libertad” (3).

Pero este es el país de un Abdón Calderón en trocitos sosteniendo una bandera tricolor que no existía para la época. Lo fabuloso nos salva de enfrentarnos a lo real: un país de segundo orden, con una independencia tardía.

(1) O sea que de todas maneras, esta administración autónoma de Quito instituida por la Constitución de 1812 habría fenecido cuando Fernando VII volvió a reinar España, en 1814. Pero ni a eso llegó, pues su duración fue más efímera: se extinguió tras la derrota de los combatientes quiteños en la batalla de Ibarra, concluida el 1 de diciembre de 1812.
(3) Ayala Mora, Enrique, ‘Resumen de historia del Ecuador’, Corporación Editora Nacional, Quito, 2008 [Tercera edición].

Jorge Salvador Lara (Naipe Centralista)

24 de julio de 2016

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En su ‘Breve historia contemporánea del Ecuador’, Jorge Salvador Lara (1926-2012) menciona una supuesta repercusión mundial (¡?) de la ‘Revolución de Quito’, ese ladino juramento de fidelidad al Rey de España Fernando VII sucedido el año de 1809 (1). Esta alusión exagerada de Salvador Lara grafica muy bien las dos características que son transversales a su libro de historia: una visión serrano-céntrica y pomposa de la ecuatorianidad.

 
Otrosí: el libro de entrevistas de Pablo Cuvi a este caballero es un deleite (2).

(1) En un atlas (editado por el Ministerio de Defensa Nacional y el Instituto Geográfico Militar) aparece, en la sección 'Geografía política': “Fiesta de Independencia (de España): 10 de agosto de 1809”, en: ‘Atlas geografía esencial del Ecuador’, Instituto Geográfico Militar, Quito, 2013, p. 10 (el libro es un extracto del ‘Atlas geográfico de la República del Ecuador’, cuya segunda edición se publicó ese mismo año).
Vaya adefesio. ¿Y el 24 de mayo de 1822? ¿Es que trocearlo a Abdón Senén no sirvió de nada?
(2) Cuvi, Pablo, ‘Jorge Salvador Lara: con la fe por delante’, Noción Imprenta, Quito, 2012.

Abdón Calderón, en trocitos

14 de julio de 2016

Por Richard Markess, Corresponsal de Guerra.

RUCU PICHINCHA, mayo 24 (U.P.) (Urgente). Acaba de morir el Teniente Abdón Calderón, pero vive en nuestro corazones.
PATA DE GUÁPULO, mayo 24 (U.P.) (Urgente). A gran velocidad acaba de pasar por ésta una pierna del Teniente Calderón.
TINGO, mayo 24 (U.P.) (Urgentísimo). Una bala de cañón pasó por este balneario rumbo al Sur acompañada del brazo derecho del teniente Abdón Calderón. El párroco y ciudadanos distinguidos del El Tingo, han formado un comité para recibir el saldo del Héroe Nacional que confíase llegará de un momento a otro por la misma vía.
QUITO, mayo 24 (U.P.). Las 6 de la tarde. Un sector de Abdón Calderón acaba de morir.

(Fragmento de ‘LA MUERTE DE ABDÓN CALDERÓN RESEÑADA POR LA “UNITED PLEASE”’, en la revista La Escoba, No 38, 21 de agosto de 1949 –la narrativa involucra otros episodios de la batalla del Pichincha, pero aquí sólo se refieren los fragmentos relativos a los saldos y sectores del heroico Teniente Abdón Senén Calderón. Tomado de: AA.VV., ‘El humor y su contexto sociopolítico en el Ecuador’, Corporación Editora Nacional, Quito, 2008 [Estudio introductorio y selección: Claudio Malo González], pp. 257-259).

Antes de fragmentarse.

'Hayala Mota'

7 de marzo de 2016

Tomó los instrumentos, se fumó un AK-47 y disparó este pedito mental:
 
Publicado en El comercio, edición del 4 de marzo

Su vuelo delirante me motivó unas líneas, que consigno en mi blog:
 
"Quiero precisar que respeto el derecho del señor Ayala Mora de publicar su opinión con el estilo que él prefiera (se nota que en esta oportunidad intentó ensayar el humor). Pero quiero manifestar la cierta sorpresa que me produjo un artículo como éste, en particular porque fue escrito por un reconocido historiador. Pero en su artículo, Ayala Mora renunció totalmente a analizar los hechos, que es la marca distintiva de los historiadores honestos.

Todo lo contrario: Ayala Mora se inventó una historia delirante (como el mito alrededor de la muerte de Abdón Calderón, dicho sea de paso) que sólo puede hallar una justificación en la enconada ojeriza que mantiene contra el gobierno de Rafael Correa. Esto, porque sólo un entusiasmo animado de esos sentimientos puede ser, al mismo tiempo, destructivo para otros y para el entusiasta en cuestión. Tal es el caso de Ayala Mora, quien ha alcanzado este extremo: relatar una historia con total prescindencia de los hechos. Su manifiesta ojeriza terminó por convertirlo a Ayala en el extremo opuesto de lo que su oficio de historiador le impone.

Servirse de la herramienta del humor para escudar el nulo rigor de su opinión podría ser una estrategia válida, aunque no parece un recurso idóneo para un historiador. Ni tampoco para nadie interesado en discutir ideas con rigor. Porque no hay ninguna buena razón como para que el humor esté alejado del rigor: en el periodismo de investigación lo demuestran los casos de Bill Maher y de John Oliver, por señalar dos célebres ejemplos. En el caso de Ayala Mora, cambiar el rigor de los hechos propio de su oficio, por un dudoso humor empañado por su encono, es un pésimo gambito, empobrecedor del debate".