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El 24 de octubre

24 de octubre de 2025

Tal día como hoy del año 1809, en San Francisco de Quito, los revolucionarios de agosto concluyeron su experimento de autogobierno dentro del Reino de España y volvieron a reconocer la plena autoridad del Conde Ruiz de Castilla. La revolución que se hizo en Quito para sostener “la pureza de la Religión, los Derechos del Rey, los de la Patria” (así se lee en el acta que se levantó el 10 de agosto) duró apenas setenta y seis días. 

La mejor explicación de su corta duración es que no fue una revolución que se hizo por las provincias vecinas de Cuenca, Guayaquil y Popayán, sino que fue una revolución que se hizo contra las provincias vecinas de Cuenca, Guayaquil y Popayán. No se luchó contra el Reino de España por la libertad, se luchó (al menos hipotéticamente) contra los franceses en ardorosa defensa del Reino de España. Por esta lucha contra los franceses fue que justificó los sucesos de agosto el ministro revolucionario Rodríguez de Quiroga, en los siguientes términos: “Puesto que Quito era uno de los reinos del monarca tenía tanto derecho como Asturias para establecer una junta de gobierno”.

A imitación de Asturias, en San Francisco de Quito se estableció una Junta de Gobierno para administrar el territorio de la provincia de Quito. Esta Junta de Quito rompió con años de dependencia de uno u otro Virreinato para la administración de su territorio. Pero esta Junta de Quito también quiso administrar los territorios de las provincias vecinas de Cuenca, Guayaquil y Popayán. 

Para atraer a estas provincias vecinas, la Junta de Quito mandó unas legaciones diplomáticas a sus territorios. A Popayán se envió a Antonio Tejada y Manuel Zambrano. Tejada declinó su participación y, a Zambrano, las autoridades de Popayán primero le dieron largas y luego le impidieron la entrada a la provincia.

La Junta de Quito envió a la provincia de Guayaquil a Jacinto Sánchez de Orellana y José Fernández-Salvador. Le mandaron una carta al Gobernador de la provincia, Bartolomé Cucalón, que les respondió que a lo único que se comprometía, era a tratarlos “sin impropiedad”. Con tan exiguas garantías, Sánchez de Orellana desistió de seguir el camino a Guayaquil; Fernández-Salvador sí lo siguió, pero para convertirse en un delator. 

A Salvador Murgueitio y Pedro Calisto, enviados por la Junta de Gobierno a la provincia de Cuenca, las autoridades de la provincia no les autorizaron el ingreso y ellos de ninguna manera estaban para insistir: ambos traicionaron a la revolución a la que servían y empeñaron sus esfuerzos contra ella, Murgueitio en Riobamba y Calisto en toda la provincia. 

También intentó la Junta de Quito imponerse por las armas y no le fue mejor. A mediados de octubre de 1809, tras haber ingresado sin autorización las tropas de Quito a la provincia de Popayán, las tropas quiteñas y payanesas trabaron combate en las batallas de Funes (también conocida como “batalla de la tarabita de México”), Sapuyés y Cumbal. En todas perdieron los quiteños.  

Tras estas derrotas, llegó el 24 de octubre de 1809, que fue el día en que los revolucionarios capitularon ante la autoridad real y volvieron a la sujeción de un Virreinato, como había sido por siglos en esta parte de los Andes. 

1809 y 1835

2 de mayo de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 2 de mayo de 2025.

En tiempos monárquicos, en 1809, quiso Quito no ser mandada desde Santafé, pero le impusieron quedarse bajo su mando. En tiempos republicanos, en 1835, quiso Quito ser mandada desde Bogotá (nombre republicano de la antigua Santafé), pero no la aceptaron. Opciones contradictorias, pero un único resultado: en ningún caso fue como quería Quito. Aunque al final, en 1835, Quito triunfó.

En 1809, Quito no buscó la independencia del Reino de España. Buscó una autonomía dentro del Reino (es decir, no estar Quito sometida al gobierno de Santafé) y la primacía de su gobierno sobre las provincias vecinas de Cuenca, Guayaquil y Popayán. La rebelión de 1809 acabó pronto, porque ninguna de las provincias vecinas aceptó la primacía de Quito. La guerrearon y la obligaron en octubre de 1809 a devolver el poder al Conde Ruiz de Castilla, autoridad de quien lo habían usurpado el 10 de agosto.

En 1835, las antiguas provincias de Cuenca, Guayaquil y Quito fundaron una república independiente (no fue un ente de menor rango adscrito a la República de Colombia, como era en la Constitución del Estado del Ecuador de 1830). La Constitución de 1835, aprobada por la convención nacional que reunió a los representantes de las tres provincias en Ambato entre junio y agosto de 1835, en su artículo 1 estableció: “La República del Ecuador, se compone de todos los ecuatorianos, reunidos bajo un mismo pacto de asociación política”. Esta unión fue el fruto de la paz.

Pero antes de la paz, hubo guerra (si vis pacem, para bellum). Se enfrentaron en 1834-1835 el ejército de la Costa (Guayaquil), cuyo jefe supremo era Vicente Rocafuerte, contra el ejército de la Sierra (Cuenca y Quito, con la capitanía de esta última) y venció el ejército de la Costa, comandado por quien había sido presidente del “Estado del Ecuador en la República de Colombia” (1830-1834), el general Juan José Flores. 

Tras el triunfo de Guayaquil en la guerra civil, los perdedores declararon la muerte del Estado del Ecuador y decidieron unirse a un territorio (en 1835 denominado Nueva Granada) del que habían tratado de desunirse en 1809. Que el triste desenlace lo cuente un historiador quiteño, Salvador Lara, que informa que los quiteños cayeron “en el absurdo de proclamar la muerte del estado ecuatoriano […]. En Tulcán, presididos por el general Matheu, decretaron la anexión a Nueva Granada; el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito”. Mandaron un delegado a Bogotá, pero pasó la vergüenza de ser rechazado.   

Guayaquil venció en la guerra civil, pero al final triunfó Quito. Cuando se reunió la convención de Ambato en 1835, Quito fue designada la capital de la naciente República del Ecuador (fundada el 13 de agosto). Así, Quito obtuvo esa primacía que buscó en 1809 (al querer desprenderse del virreinato de la Nueva Granada) y a la que había renunciado en 1835 por su deseo de someterse a la primacía de otro (al querer integrarse a la República de la Nueva Granada). 

Y así, tras la convención de Ambato, Quito triunfó. Obtuvo finalmente la primacía que tanto anheló obtener en 1809 sobre sus antiguas provincias vecinas (menos Popayán, que pasó a Colombia) con las que formó parte de un reino europeo.

La resistencia payanesa

3 de noviembre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 3 de noviembre de 2023.

La batalla que ostenta el curioso nombre de “batalla de la tarabita de México” (también tiene uno más convencional: “batalla de Funes”) fue la primera que libraron los quiteños a raíz de su revolución del 10 de agosto de 1809. 

En el Acta que se suscribió aquel día de agosto, los firmantes manifestaron su intención de atraer a su experimento de gobierno (la “Junta Suprema de Quito”) a los representantes de las provincias de “Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá, que ahora dependen de los Virreinatos de Lima y Santa Fe”. Lo intentaron primero por las buenas, con documentos y emisarios, pero los resultados fueron contrarios a sus expectativas.

Y luego por las malas, porque no tardaron entonces los quiteños en tentar la suerte de las armas. Los rebeldes quiteños incursionaron en los Pastos, territorio de la Gobernación de Popayán, el 28 de septiembre de 1809 y ocuparon Túquerres, Guachucal y Cumbal.  Dos días después los quiteños ocuparon Ipiales y bloquearon el camino a Barbacoas, lo que motivó un escrito del Comandante payanés Gregorio Angulo dirigido a un jefe de los quiteños, donde le preguntaba: “¿De dónde pues ha tenido Ud. el consejo de introducirse a territorio ajeno, como si fuese un conquistador autorizado?” Y lo conminaba de inmediato a desocupar “la provincia de los Pastos sin pretender subyugarlo con la suposición de ser poderosa una fuerza débil, rodeada de los gobiernos y virreinatos, que podrán reducirla a polvo”. 

Era mucho el temerario valor de los rebeldes quiteños, pues la composición de sus fuerzas no resultaba muy halagüeña, según el historiador Roberto Andrade: “El ejército de la Junta [de Quito], era un cuerpo de artesanos y labriegos que por primera vez ensayaban cargar y descargar un fusil o cañón, y manejar una lanza […] bajo las órdenes de capitanes tan bisoños como los soldados de que se componían”. Pero avanzaron los quiteños en el territorio payanés y llegaron el 13 de octubre al filo de una cuchilla, en cuyo fondo discurre el río Guáitara.

No pudieron cruzar la cuchilla, porque en previsión de la llegada de los quiteños los payaneses habían cortado la tarabita que habilitaba su cruce (llamada “tarabita de México”). 

Entonces los quiteños acamparon en las cercanías de la cuchilla. La madrugada del 16 de octubre de 1809, los payaneses comandados por el capitán Miguel Nieto cruzaron a nado el río Guáitara, pasando al otro lado de la cuchilla y sorprendiendo a los quiteños, a quienes tras una breve lucha, sometieron y dispersaron sin dificultad. El parte del capitán Nieto a su superior le refiere la captura de 108 prisioneros hombres y ocho mujeres con dos hijos, además de un número indeterminado de muertos “por haber muchas concavidades y peñascos en el campo de batalla”.

Sufrieron dos derrotas más en Sapuyés y Cumbal en los días subsiguientes, y los quiteños fueron forzados a irse por donde habían venido. La resistencia payanesa fue efectiva.

Pasaron un total de 76 días para que caiga su experimento de gobierno. El 24 de octubre de 1809, los rebeldes quiteños capitularon ante el Conde Ruiz de Castilla, y así le devolvieron el poder a la misma persona a quien se lo habían quitado el 10 de agosto que originó todo esto.

La milanesa del 10 de agosto de 1809 hasta la Batalla de Ibarra

10 de junio de 2019


El 10 de agosto de 1809 no fue ningún hecho trivial: desencadenó momentos turbulentos en Quito. La situación en la Península provocó la creación de Juntas para defender a la Monarquía Católica, representada en el Rey Fernando VII, El Deseado. Lo que propuso una porción de quiteños ese 10 de agosto fue la creación de una Junta a la usanza de las Juntas peninsulares, con el propósito de defender a la Monarquía Católica y a su Rey.

Por la creación de esta Junta en la ciudad de Quito, este nuevo gobierno en una provincia de los Andes pretendió reivindicar una primacía sobre sus provincias vecinas de todos los puntos cardinales. El resultado fue un unánime rechazo de las provincias vecinas, que no contentas con rechazar su propuesta, solicitaron tropas para someter a Quito, aún a pesar de que el poder ya había sido devuelto el 24 de octubre de 1809 por el acuerdo que se había alcanzado con la autoridad real, el Conde Ruiz de Castilla.

El asunto desembocó en tropas en Quito, detenciones, juicios y la masacre de la mayoría de los gestores del 10 de agosto de 1809. La buena intención popular de liberarlos desembocó en una ejecución chapucera, en la que el remedio fue peor que la enfermedad, pues los que iban a ser los beneficiarios de esta voluntariosa acometida del pueblo quiteño fueron, en su gran mayoría, asesinados por las tropas ocupantes. Su reacción fue brutal: además de cargarse a los procesados por el 10 de agosto, se pasó por las armas alrededor del 1% de la población del Quito de entonces (como si hoy, en una tarde, se asesinara a unos 23.000 quiteños).

Tras este golpe, Quito se recompone y se rebela contra Bogotá y se declara el 9 de octubre de 1810 como “Capitanía General” del Reino de España, con lo que concretó su viejo anhelo de autonomía en el seno de la Monarquía Católica, manifestado por vez primera el 10 de agosto. Es en este contexto en que se redacta una Constitución, elaborada por un sacerdote, monárquica y perfectamente inútil (puesto que jamás se puso en práctica), además de ultramontana, pues para vivir en la provincia de Quito todos debían ser católicos: “La Religión Católica como la han profesado nuestros padres, y como la profesa, y enseña la Santa Iglesia Católica, Apostólica Romana, será la única Religión del Estado de Quito, y de cada uno de sus habitantes, sin tolerarse otra ni permitirse la vecindad del que no profese la Católica Romana.”*

El saldo del diseño de esta “Constitución de 1812” es de terror: un territorio encajado entre las montañas, poblado únicamente por católicos¶.

Todo esta paja que solo iba a terminal mal concluyó cuando la Península, ya arrecha de tantas veleidades, envió al eficaz militar Toribio Montes a imponer de vuelta el orden administrativo en estas posesiones americanas de España. Quito fue incapaz de resistir. Su deseo de autonomía se extinguió en la Batalla de Ibarra, el 1 de diciembre de 1812, con unos cuantos fusilamientos definitivos. Como diría Luciano Andrade Marín, los quiteños, tras esta derrota “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara”§.

Que finalmente llegó en mayo de 1822. Pero esa ya es otra historia.

¶ Una pesadilla, digna del mejor cine B de los ochenta, a la par de “The Toxic Avenger”.
§ Andrade Marín, Luciano, ‘El Ilustre Ayuntamiento quiteño de 1820 y la gloriosa revolución de Guayaquil’, en: Muñoz de Leoro, Mercedes (comp.), ‘Memorias históricas de la biblioteca municipal González Suárez’, Editorial Abya-Yala, Quito, 2003, p. 75. 

El "absolutamente inepto"

28 de diciembre de 2018


Qué certera es esta declaración:

“Lenin Moreno es un hombre absolutamente inepto para el Gobierno, vive enfermo de por vida; su edad la de sesenta y cinco y tiene la decrepitud de ciento. No ha gobernado a nadie, y se ha dejado gobernar despóticamente de cuantos han querido, como lo podría ser un niño de cuatro años. Ya se deja comprender de aquí el abandono en que ha estado este Estado, verdaderamente anárquico”.

El texto surge de un Manifiesto, suscrito por la Junta de Quito en agosto de 1809, por el cual justificó lo actuado en Quito el día 10*. Es la copia de su segundo párrafo, salvo por unos pequeños cambios: el nombre (se cambió a Ruiz de Castilla por Moreno), la edad (Ruiz de Castilla tenía setenta y cinco años, así que el cambio es una “s” por una “t”) y la palabra “Reino” por “Estado”.

En lo demás, es idéntico al texto original y, raro para un documento de 1809, muy útil para describir con precisión la situación del Ecuador casi 210 años después. Pobre país.  

* El texto íntegro de este ‘Manifiesto de la Junta de Quito’, en: de la Torre Reyes, Carlos, ‘La Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809’, Banco Central del Ecuador, Quito, 1990 [Colección Histórica, Vol. XIII], pp. 224-227.

Como un Lenín Moreno

22 de diciembre de 2018


El 10 de agosto de 1809, el nuevo Gobierno de Quito envió sendas comunicaciones a las provincias cercanas para informarles del cambio de gobierno acaecido en su provincia. Su objetivo era sumarlas a sus propósitos de auto-gobierno, con la provincia de Quito a la cabeza. Un acta fechada el 16 de agosto de 1809 en Cuenca da cuenta de la comunicación de los quiteños en los siguientes términos:

“Se abrió el referido pliego que visto se encontró que contenía un oficio dirigido de dicha ciudad de Quito, a los 10 de Agosto presente, firmado al parecer por el Señor Marqués de Selva Alegre, comunicando que el pueblo de dicha ciudad, temeroso de ser entregado a la dominación Francesa, se ha congregado y declarado a ver cesado legítimamente los magistrados en las funciones que tenía la Junta Central, y que en su consecuencia había creado otra igual Suprema Junta interina con el tratamiento de Magestad para qué gobierne en nombre del Señor Don Fernando Séptimo (que Dios guarde) mientras su Magestad recupera la península o viene a imperar a América, eligiendo de Presidente de ella a el referido Señor Marqués de Selva Alegre, con tratamiento de Alteza Serenísimo” (1).

Los cuencanos meditaron su decisión y el resultado que le transmitieron a Quito fue similar al recibido de Guayaquil y Popayán: “recibieron respuestas desfavorables, de manera que poco a poco Quito quedó al amparo de sus propios hijos, pues incluso las jurisdicciones que estaban directamente bajo su control y que inicialmente se adhirieron a la causa independentista, por obra de los realistas se fueron alejando y muchas actuaron con un doble discurso” (2).

El pleito en Quito concluyó el 24 de octubre de 1809, cuando los integrantes de la Junta se vieron obligados a devolver el poder a manos de aquel a quien se lo habían arrebatado la mañana del 10 de agosto, al Conde Ruiz de Castilla. El sueño de Quito duró poquito: 76 días. Quito quiso proponerse como el líder de la región, pero sólo cosechó negativas y rechazo de aquellos a quienes buscó convencer de su liderazgo. Su esfuerzo fue inútil.

Como líder, Quito fue muy Lenín Moreno.

(1) Cordero Íñiguez, Juan, ‘Historia territorial de la Provincia del Azuay’, GAD Municipal del Cantón Cuenca, Cuenca, 2012, pp. 143-144.
(2) Ibíd., p. 144.