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Hijos de la violencia

9 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 9 de enero de 2026.

El proceso de la independencia americana de España es también el de su militarización. Los años de la guerra por la independencia y los posteriores a ella fueron, casi invariablemente, años de gobiernos militares. En especial durante la guerra por la independencia, esos fueron tiempos violentos, con la vida en vilo. 

El primer jirón del actual Estado del Ecuador en independizarse de España fue la ciudad de Guayaquil, el 9 de octubre de 1820. Entre 1820 y 1822, la provincia de Guayaquil tuvo un gobierno civil. Pero desde 1822 hasta 1830 en que, en conjunto con las provincias de Quito y Cuenca, fueron agregadas a la República de Colombia para conformar el Distrito del Sur, aquel distrito fue gobernado como una dependencia militar. 

Simón Bolívar, en una carta de diciembre de 1830 en la que autorizó a Juan José Flores para que administre el novísimo Estado del Ecuador, consideraba a los ecuatorianos como sometidos a los otros: “Desde aquí estoy oyendo a esos ciudadanos que todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también”. Y Bolívar le advirtió a Flores: “Esté V. cierto, mi querido General, que V. y esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país”.

Desde 1830 que se fundó un Estado del Ecuador “confederado” a la República de Colombia, hasta 1845 que ocurrió la revolución marcista en Guayaquil (con un atenuado paréntesis civilista durante el gobierno de Rocafuerte), el estamento militar, compuesto principalmente por extranjeros, gobernó y se aprovechó de este pobre país. Hasta que se cumplió la profecía de Bolívar y fueron echados. 

Entre 1822 y 1845, es evidente que la militarización de la sociedad ecuatoriana contribuyó, como en el resto de países de América latina, “a definir culturas políticas impregnadas de violencia, pocas veces mutadas en culturas de negociación”, según la caracterización de Waldo Ansaldi y Verónica Giordano en el libro “América latina. La construcción del orden”. 

El Estado del Ecuador, contrario a ese tópico bobalicón de “la isla de paz”, tiene una cultura política muy violenta, donde siempre los otros son vistos no como cooperantes sino como contradictores (i.e., no ha mutado a una “cultura de negociación”). Y esta realidad ha atravesado la política ecuatoriana desde sus albores hasta la actualidad, en algunos ratos, con graves picos de violencia.

En los últimos años, por una acelerada y profunda desinstitucionalización del Estado so pretexto de una vendetta política, esta violencia ha registrado un grave pico que se ha traducido en un ambiente de polarización extrema y en el máximo registrado de homicidios por cada 100.000 habitantes en la historia reciente del país (que convirtió al Ecuador el año 2025 en el sexto país más violento del mundo). 

Como en tiempos de la independencia, hoy se viven tiempos violentos, con la vida en vilo. Pero sucede que ahora no luchamos contra España y por la independencia; luchamos contra el narco y por la supervivencia.   

Tantos años han pasado desde que se fundó el Ecuador, para caer en lo mismo (o se podría argumentar: todavía peor). Este pobre país es un loop triste. 

El real de Santiago

2 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 2 de enero de 2026.

Eran los tiempos de la conquista española de América y entonces el propósito de la acción era afianzar el control del territorio, frente a otros españoles y frente a los indígenas. En esos tiempos, la fundación de las ciudades españolas atendía este propósito. Diego de Almagro y sus hombres fundaron Santiago, para afianzar el territorio frente a otros españoles, y San Francisco, para afianzar el territorio frente a los indígenas. Ambas fundaciones tienen en común el real de Santiago.

Pedro de Alvarado era uno de los grandes nombres de la conquista americana. Avecindado en América en 1510, conquistador en México y Centroamérica, Alvarado quería más y en 1532 firmo una capitulación (digamos, un contrato de conquista) con la Corona española, que lo autorizó a conquistar territorios que no estén siendo conquistados por otros. Y emprendió un viaje con 500 soldados españoles y 2.000 indígenas. 

Por eso el chasco debió ser enorme cuando, después de haber armado una flota gigante de doce navíos, surcado los mares, desembarcado en Caráquez, trepado la montaña con penurias indecibles y pérdida de vidas humanas y animales, Alvarado y sus tropas llegaron a una llanura en el callejón interandino donde pudieron avistar pisadas de caballos.

Un real, en la tercera acepción del diccionario de la RAE, es un campamento militar. Cuando Almagro y sus hombres supieron de la llegada de las tropas de Alvarado, cumplieron todas las formalidades a fin de que aquel real donde estaban asentados en la llanura de Cicalpa sea una ciudad española, en el marco de la conquista de la provincia de Quito. Esto, a efectos de afianzar la conquista del territorio frente a los otros españoles, por tener a su favor un acto jurídico formal que implicaba el dominio del territorio. 

Como eran tiempos de conquista, esta ciudad española tenía inscrito en su acta de fundación que se la podría mudar a otra parte, según convenga. Y así ocurrió: a esta ciudad de Santiago de Quito, fundada en la Sierra, se la trasladó a la Costa. Perdió el topónimo Quito cuando abandonó los confines de la provincia y, andando los años, se convirtió en la portuaria Santiago de Guayaquil.

Pero en el breve período en que estuvo en la montaña y se apellidó de Quito, la ciudad de Santiago nunca dejó de ser un campamento militar. Eso sí, uno donde ocurrieron hechos importantes. Primero, en Santiago se reunieron Alvarado y Almagro el 26 de agosto de 1534 cuando se acordó que Alvarado iba a desistir de su propósito de conquista. 

Segundo, dos días después, en esta misma Santiago, Almagro fundó la villa de San Francisco de Quito, segunda población española fundada durante la conquista de la provincia del mismo nombre, a efectos de afianzar la conquista frente a los indígenas. Esto, porque esta villa se la destinó a asentarse sobre las ruinas de una arrasada ciudad indígena, “que estará treinta leguas, poco más o menos, de esta ciudad de Santiago”, según se lee en su acta de fundación.

La villa de San Francisco se trasladó 30 leguas al norte de Santiago y conservó su topónimo (“de Quito”) porque su traslado se lo hizo dentro de los confines de la provincia que los españoles estaban conquistando. Se convirtió en ciudad en 1541.

La muerte del Estado del Ecuador

28 de marzo de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 28 de marzo de 2025.

La primera guerra civil ecuatoriana (1834-1835) enfrentó a los tres departamentos del novel Estado del Ecuador. El departamento del Guayas, bajo la jefatura suprema del guayaquileño Vicente Rocafuerte, enfrentó a los departamentos del Azuay y Quito, bajo la jefatura suprema del lojano José Félix Valdivieso. Sus ejércitos se enfrentaron en Miñarica, en enero de 1835. 

Ganó el Guayas. Los del bando perdedor, algunos de ellos reunidos en Quito para participar en una convención nacional que iba a reemplazar la Constitución de 1830, tomaron rumbo al Norte. En Tulcán, proclamaron la muerte del Estado del Ecuador. Algunos siguieron rumbo a la Nueva Granada, a Popayán, donde se establecieron y fundaron un periódico semanal que se llamó “La voz del Ecuador”. Allí se justificó la agregación del territorio del Estado del Ecuador a la República de la Nueva Granada (nombre de la República de Colombia entre 1831 y 1858), de donde el Ecuador se había segregado en 1830. 

Un hecho importante: en 1832, el Ecuador y la Nueva Granada firmaron el Tratado de Pasto, a consecuencia de la guerra del Cauca y de la derrota que sufrió en ella el Ecuador. Por tanto, los límites entre los Estados se fijaron donde lo quiso la Nueva Granada y se privó al Ecuador de su soberanía sobre territorios con los que la Sierra Centro-Norte (en especial, su capital Quito) había tenido estrechos vínculos por siglos.

Cobra sentido la justificación que los exiliados que habían proclamado la muerte del Ecuador ensayaron en “La voz del Ecuador”, en su segunda publicación fechada 13 de abril de 1835. Ellos descartaron que la propuesta de agregación haya estado motivada por el terror o el miedo, y atribuyeron la disolución del Ecuador y su agregación a la Nueva Granada como el fruto de la voluntad de la comunidad política. 

Bajo el título “Incorporación del Estado del Ecuador al de la N. Granada” se escribió que esta propuesta de agregación era “obra espontánea de los diputados en perfecta conformidad con el voto de los ciudadanos sus comitentes”, pues “estaban estos suficientemente instruidos por esperiencias harto funestas para su prosperidad desde 1830 en que se separaron de la república, de que no poseían todavía los elementos necesarios con que debe contar un Estado que quiere constituirse independiente”. Y se preguntaba: “¿Cómo había de querer sostener su independencia un Estado sin rentas?”.

Para la Sierra Centro-Norte ser parte de la Nueva Granada era una recuperación de sus estrechos vínculos con los territorios al Norte (el departamento del Cauca, cuya capital era Popayán) que les había cercenado el Tratado de Pasto. Un quiteño, Roberto Ascázubi, fue el comisionado para ir a Bogotá para obtener la aprobación del gobierno neogranadino de la agregación del Estado del Ecuador a su territorio.

El historiador quiteño Jorge Salvador Lara describió el triste desenlace de esta historia: “el odio político les llevó a traicionar sus ideales de siempre: la autonomía de Quito. Don Roberto Ascázubi, comisionado para ello, pasó por la vergüenza de que el gobierno de Bogotá rechazase tal acta”.

Los tres departamentos se volvieron a reunir en la República del Ecuador que se fundó el 13 de agosto de 1835.

El 'pequeño género humano'

2 de agosto de 2024

             Publicado en diario Expreso el viernes 2 de agosto de 2024.

“Nosotros somos un pequeño género humano” escribió Simón Bolívar el 6 de septiembre de 1815, en una misiva al comerciante y súbdito británico Henry Cullen que pasó a la historia como la Carta de Jamaica. ¿Quiénes conformaban este “nosotros somos” del que habla El Libertador? ¿En nombre de quiénes él hizo su lucha por la independencia?

Simón Bolívar lo explica en su Carta de Jamaica. De su “nosotros somos”, él distingue claramente a quienes no lo conforman: “no somos indios ni europeos”. En seguida, él define al “pequeño género humano” del que se siente parte como “una especie media entre los legítimos propietarios y los usurpadores españoles”, es decir, entre los indios y los europeos que hicieron la conquista de la América en el siglo XVI. 

Esta “especie media” que dice Bolívar tiene sus particularidades. La diferencia entre ella y los europeos invasores era su lugar de origen (“siendo nosotros americanos por nacimiento”) mientras que su diferencia con los indios es que, siendo ambos americanos por nacimiento, los miembros del “pequeño género humano” del que se siente parte Bolívar sí gozan de los derechos que se arrogaron a sí mismos los europeos tras su conquista del territorio (“nuestros derechos [son] los de Europa”), derechos de los que los indios, por su condición de conquistados, estaban privados. 

La consecuencia que sacó Simón Bolívar en 1815 de esta singular situación (“el caso más extraordinario y complicado”, como lo consideraba en su prosa florida El Libertador) es que su “pequeño género humano” tenía entonces que pelear en dos frentes: por una parte, tenía que disputar los derechos de los europeos con los indios y, por otra, disputarle el dominio del territorio americano a los europeos. 

En rigor, la Carta de Jamaica postula el parricidio de los invasores europeos del siglo XVI, para sucederlos en su dominación del territorio americano. Así, la independencia del reino español fue el triunfo de una porción de los criollos (los pocos americanos con derechos), pero desde la perspectiva de los indios (los muchos americanos sin derechos), fue apenas un cambio de dominador. Por ellos se justificaría aquel grafito (seguro es invención) que se dice que fue escrito en Quito el primer día después de la independencia: “Último día de despotismo, y primero de lo mismo”. 

Otra vez una misiva de Bolívar, esta vez a un paisano venezolano, hombre de armas como él: Juan José Flores. El general Flores recibió una carta de Bolívar, escrita el 9 de noviembre de 1830, en la que él le explicaba a su “querido general” las penurias que iba a pasar en el Ecuador. Y para esta misiva volvió el “nosotros”, porque la primera lección que Bolívar le dice a Flores haber aprendido en la lucha por la independencia y en el gobierno de estos pueblos era: “1ro. La América es ingobernable para nosotros”. 

Para Bolívar, tras el fracaso de su gobierno, el destino implacable era caer “en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas”. 

En su tránsito de la ilusión al desencanto, además de Libertador de naciones, Bolívar resultó un agorero del desastre. Fue un visionario de la caída de su “pequeño género humano”.   

Cuando Quito ganó

22 de septiembre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 22 de septiembre de 2023.

En Europa, el año 1808, España fue tomada por la Francia de Napoleón Bonaparte, quien colocó a su hermano José como rey de España (José I). Esta ocupación provocó el inicio de la que en España se conoce como “Guerra de la independencia”. El 25 de mayo de 1808 apareció, en Asturias, una primera Junta, como una expresión de resistencia a la ocupación francesa. El ejemplo de la Junta de Asturias se multiplicó en la España peninsular.

Algunos territorios ultramarinos de España aprovecharon la oportunidad para constituir su Junta. La de Quito no fue la primera: en septiembre de 1808 se instaló una en Montevideo y en 1809 se instalaron otras en La Plata (en mayo) y en La Paz (en julio). En agosto de 1809 Quito hizo la suya. Su origen lo ha explicado bien el historiador Jaime E. Rodríguez: “Puesto que Quito era uno de los reinos del monarca tenía tanto derecho como Asturias para establecer una junta de gobierno”.  

Con la instalación de la Junta de Quito se quiso imponer una primacía administrativa sobre las provincias vecinas de Popayán, Cuenca y Guayaquil. Quito quiso fungir como una capital de facto de todo el territorio, pues desde la Junta de Quito se ordenó la destitución de las autoridades de las provincias vecinas y se dispuso que se debía posesionar en ellas unas autoridades nombradas en Quito. La Junta de Quito envió sendos delegados para explicar los hechos en las provincias de Popayán, Cuenca y Guayaquil, pero ninguno de ellos fue bien recibido; también enviaron tropas, cuando se sintieron fuertes como para imponerse. Pero perdieron.   

Entre agosto de 1809 y el agosto siguiente, las provincias vecinas le encajaron a Quito una paliza épica. Le tumbaron la Junta, recibió tropas de ocupación, juzgaron a sus líderes y, finalmente, el 2 de agosto de 1810, mataron a muchos de ellos y (algunos calculan) también a alrededor del 1% de la población de la ciudad. Su intento de primacía fue un fracaso. 

Pasados veinte años (entre ellos, ocho en Colombia), en 1830, dos de las tres provincias que habían guerreado contra la Junta de Quito y su pretendida primacía de 1809 (Guayaquil y Cuenca, que durante los tiempos colombianos fueron “Departamento de Guayaquil” y “Departamento del Azuay”) decidieron unirse con la provincia de Quito (llamada por Colombia “Departamento del Ecuador”) para formar un nuevo Estado en Sudamérica. La secesión del “Distrito del Sur” de Colombia (compuesto por estos tres departamentos) empezó a conocerse, tras un Congreso Constituyente, como el “Estado del Ecuador”. Su primera Constitución rigió desde el 23 de septiembre de 1830.

Salvo por la provincia de Popayán, que se quedó en Colombia, la provincia de Quito pudo en 1830 hacer realidad su pretensión de 1809 de tener una primacía sobre las provincias vecinas. En esta ocasión, Quito se convirtió en la capital de jure del nuevo territorio, por disponerlo una norma considerada por Juan Larrea Holguín como la “de mayor duración hasta hoy en el país”. 

El 21 de septiembre de 1830, el Congreso Constituyente reunido en Riobamba aprobó un decreto cuyo artículo primero prescribió: “La Capital del Estado Ecuatoriano será siempre é irrevocablemente la ciudad de Quito”. 

Ahí fue cuando Quito ganó.

El Estado del Sur

13 de mayo de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 13 de mayo de 2022.

 

Entre mayo y septiembre de 1830 existió un Estado en Sudamérica que se definió por un punto cardinal: el Estado del Sur. Su opción por el Sur era una continuidad: por los últimos siete años y más, el territorio que en 1830 fue el Estado del Sur había sido el Distrito del Sur de la República de Colombia. Cuando este Distrito del Sur se desmembró de la República de Colombia, dejó de ser un Distrito (una entidad dependiente) para pasar a ser un Estado (una entidad autónoma), pero siendo siempre el Sur de la República de Colombia.

 

El 13 de mayo de 1830 se desmembró el Distrito del Sur. Esta transición a un Estado se realizó sin efusión de sangre, fue apenas una mudanza administrativa. Quien ejercía como Prefecto General del Distrito del Sur de la República de Colombia, el general venezolano Juan José Flores, pasó a ejercer como Jefe de Administración del Estado del Sur. Él nombró al venezolano Esteban Febres-Cordero como Secretario General de su administración. Estos dos venezolanos firmaron el decreto de convocatoria a un Congreso Constituyente, que debió reunirse el 10 de agosto de 1830.

 

Con cuatro días de retraso, el 14 de agosto de 1830, dieciséis varones adinerados instalaron la Convención Constituyente que originó a un Estado independiente del Ecuador que todavía se sentía un Estado del Sur. El título del Acta del 14 de agosto fue: ‘Acta de Instalación del Congreso Constituyente del Estado del Sur de Colombia’. Así empezó el general Flores su discurso de ese día: ‘Me congratulo con el Sur y con vosotros por la instalación del Congreso, fuente de la voluntad general y árbitro de los destinos del Estado’. Y así lo concluyó: ‘Conciudadanos: Mostraos dignos de representar al Sur. Dadnos un gobierno querido de los pueblos y una constitución liberal.’

 

Menos de un mes después, el 11 de septiembre de 1830 la Convención Constituyente aprobó una ‘Constitución del Estado del Ecuador’, Estado que se pensaba (ilusoriamente) como la parte Sur de la República de Colombia. Así lo afirmaba su escudo de armas, pues allí constaba la inscripción ‘El Ecuador en Colombia’. Este Estado del Ecuador ni siquiera se pensaba como una República en sí misma: ese honor le correspondía a la República de Colombia.

 

Según la Constitución de 1830, el Estado del Ecuador debía acordar con los otros Estados que habían sido los Distritos del Centro y del Norte de la República de Colombia la conformación de una unión. Según su artículo 3, el Estado del Ecuadorconcurrirá con igual representación a la formación de un Colegio de Plenipotenciarios de todos los Estados, cuyo objeto sea establecer el Gobierno general de la Nación y sus atribuciones, y fijar por una ley fundamental los límites, mutuas obligaciones, derechos y relaciones nacionales de todos los Estados de la Unión.’ Esto nunca ocurrió. Por el contrario, a fines de 1834, los otros ‘Estados de la Unión’ le impusieron al Ecuador una deuda exagerada por los gastos de las guerras de la independencia.

 

Recién en 1835, tras una guerra civil entre las jefaturas supremas de la Costa y de la Sierra y una Convención Constitucional, se abandonó la idea de ser el Sur de otro territorio mayor y el Ecuador empezó a ser, formalmente, una República.

El país como chuchaqui (maldito)

5 de noviembre de 2021


Tras las guerras de independencia de la América hispana entre 1810 y 1826 se perdió el imperio continental de ultramar de un Estado cada vez más periférico en los negocios europeos (1). En reemplazo de la hegemonía española en la América continental surgieron en los años subsiguientes a la independencia catorce nuevos territorios, llamados con mayor pena que gloria Estados, todos católicos y parlantes de castellano como su puta madre: México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Chile, Argentina y Uruguay. A esta lista hay que sumar la insular República Dominicana tras una guerra contra España en 1865. Y después, a fines del siglo XIX, en 1898, se independizó del Reino de España la isla de Cuba, y a inicios del siglo XX, en 1903, se convirtió en un nuevo Estado al istmo de Panamá, tras desmembrarlo de la República de Colombia para beneficio geoestratégico y económico de los Estados Unidos de América, el nuevo hegemón de la zona (2).

 

Ecuador existe (o debo decir: malvive) desde 1830. De los diecisiete Estados mencionados es, probablemente en conjunto con Honduras y el Paraguay, lo peor en casi cualquier indicador: en corrupción, en inequidad, en la falta de respeto a las autoridades y a la institucionalidad que él o ella representan (3). En estos Estados, su institucionalidad es estorbosa, e incapaz de imponer su voluntad (salvo que se la use como herramienta de persecución, NCP style). Para el caso del Ecuador creo que la razón fundamental de esta institucionalidad deficiente en un grado sumo se debe a que el Estado del Ecuador se originó, pobrecito, como un sub-producto de la independencia de la América española entre 1810 y 1826. Es un baile de los que sobran, hecho país.

 

El Ecuador surgió como un desprendimiento de la República de Colombia, la que había surgido en 1819 con la aprobación de la Constitución de Cúcuta. Al nuevo Estado colombiano se anexionó la provincia española de Quito tras la batalla del Pichincha del año 1822, a la que se renombró como ‘Ecuador’. También se sumaron la provincia de ‘Cuenca del Perú’, renombrada como Azuay, y manu militari, la provincia de Guayaquil, que conservó su nombre (4). Estos tres territorios, por el nuevo orden administrativo colombiano fijado por una ley de junio de 1824, se convirtieron en Departamentos que, juntos, conformaron el Distrito del Sur de la República de Colombia. El nuevo Estado del Perú, en 1829, quiso recuperar las dos provincias del Sur de este Distrito, es decir, Guayaquil y Azuay, sobre las que el Virreinato del Perú había gobernado en los últimos años del dominio español, pero fueron resistidos por el ejército de Colombia, comandado por el venezolano Sucre, en la batalla de Tarqui. Colombia conservó así el Distrito del Sur, pero al año siguiente, en 1830, este Distrito se desmembró de ella. Y en ese territorio se reunió en 1830 una Asamblea Constituyente, se dictó una Constitución (la primera de un total de diecinueve hasta la fecha) y se adoptó el geográfico nombre de ‘Ecuador’ para el nuevo Estado (5).

 

Cuando emergió en 1830, el Estado del Ecuador quiso que se respete el territorio sobre el que, en tiempos de los españoles, ejerció su jurisdicción, pero que correspondían también al Distrito del Centro de los tiempos colombianos. Colombia, con su alias de ‘República de la Nueva Granada’, se enfrentó al Ecuador en una guerra (en Colombia la llaman ‘Guerra del Cauca’) en la que triunfó de una manera aplastante (6). El ‘Tratado de Pasto’ estableció en diciembre de 1832 que los límites entre los dos Estados, Ecuador y la Nueva Granada, quedaba en el Río Carchi, que era precisamente donde estaba la división entre los Distritos del Centro y del Sur en la Ley de 1824.  Y ahí quedaron ya para siempre. El Tratado de Pasto’ significó para el Ecuador la pérdida de los multiseculares vínculos que tuvo Quito al norte del Río Carchi, en especial, con la ciudad de Popayán.

 

Así, en su origen, el Estado del Ecuador quedó entre los Estados de Colombia y de Perú como una reunión accidental de tres exprovincias españolas que no fueron capturadas por las herencias de los virreinatos a cuya autoridad la Audiencia de Quito estuvo sometida, esto es, los virreinatos de la Nueva Granada, cuya capital fue Santa fe (reenombrada Bogotá por el cachondo Libertador) y del Perú, cuya capital era Lima (7). Desde 1830, estas tres exprovincias españolas formaron un muy disfuncional Estado, con una capital política curtida en burocracia y corrupción, e incapaz de ser un motor económico para el territorio en común (8).

 

Esto de reunión ‘accidental’ es por el término usado por Olmedo en la Asamblea Constituyente de 1830 para defender la representación igualitaria de las tres antiguas provincias españolas en el nuevo Congreso del Ecuador. Olmedo habló de…

 

‘… la diferencia que había entre provincias que están sujetas a una autoridad, y que unidas forman un cuerpo político, y entre otras secciones que por circunstancias improvisas quedan en una independencia accidental; que en el primer caso, era desde luego indispensable arreglar la Representación Nacional á la población, bajo una ley establecida; pero no así en el segundo, pues las secciones independientes podrían reunirse muy bien con la representación igual, ó bajo los pactos convencionales que se estipulasen para la unión(9).

 

En definitiva, al Estado del Ecuador la independencia le sentó mal. Le quitaron sus vínculos al norte del Río Carchi, imponiéndole los límites de un Distrito diseñado por otros y quedando con una capital disfuncional y un territorio ‘accidental’ sin una real integración, ni económica ni política. Fue un Estado muy pobre, conservador y explotador inmisericorde de lo que consideraba uno de sus ‘recursos’, la mano de obra indígena. En general, lo sigue siendo. Eso sí, para esa época, año 1832, el Ecuador todavía limitaba con el Brasil y podía sentirse un país ‘amazónico’. Eso se iría a la mierda después (10).

 

Si la independencia de la América española fue una fiesta libertaria, la aproblemada existencia de ese sub-producto territorial llamado ‘Estado del Ecuador’, nos confirma como el chuchaqui más maldito de la fiesta de la independencia. Uno que nos dura hasta ahora.

 

~*~

 

(1) En los estudios históricos sobre la independencia de América, se entiende que el año de 1810 ocurre el giro a la postura independentista entre los americanos. La historia del agosto-octubre quiteño de 1809 evidencia que antes de 1810 existía una resistencia contra el invasor francés, el temible Napoleón. Sobre esto, v. ‘Fans de Fernando VII’ y ‘Manuel Zambrano explica cosas (a los historiadores)’.

(2) Sobre la independencia de Panamá, v. ‘Panamá nació en la habitación 1162 del Waldorf Astoria’. En la independencia de Cuba también intervino la Yunái, con la ‘splendid little war’ de la que hablaba John Hay. De la ocupación de Cuba surgió el éxito del control de la fiebre amarilla, lo que años después repercutiría en la virtual extinción de este flagelo que por tantos años azotó al puerto de Guayaquil. Sobre esto, v. ‘Guayaquil y la fiebre amarilla (1740-1919)’.

(3) Peru, acaso Locombia (también Venezuela y Nicaragua), podrían sumarse a esta aciaga lista. En realidad, todos los países hispanoamericanos son malformaciones más o menos queribles.

(4) Sobre la ocupación manu militari de Guayaquil, v. ‘Y llegó Bolívar (brevísima relación del auto-gobierno de Guayaquil)’. La consecuencia de la llegada de Bolívar a Guayaquil fue el exilio a Lima de los tres integrantes de la Junta de Gobierno de Guayaquil, v. ‘El exilio de Olmedo’.

(5) Sobre esto, v. Disquisiciones sobre el nombre Ecuador

(6) Sobre esto, v. ‘El Ecuador en sus orígenes: ir por lana y salir trasquilado’ y ‘1832: una de cal, única de arena’.

(7) Sobre este afán nominativo de Bolívar, v. ‘El nombre que Bolívar dio a nuestro país’.

(8) Sobre esta triste pero estructural característica de Quito, v. ‘Marx y Quito’ y ‘Ecuador, administrado por un dipsómano’.

(9) Sobre esta postura de Olmedo, v. ‘Principio y fin del Estado del Sur’. Es interesante notar que, para Olmedo, como las exprovincias españolas eran unas potencias equivalentes, ellas podían estipular algo diferente a la representación proporcional en función de los habitantes del territorio, que era la solución que la favorecía a Quito dada su mayor población. Por supuesto, Guayaquil y Cuenca se unieron para ‘estipular’ una representación igualitaria, que les convenía a ellas. Esta fórmula subsistió hasta las reformas del Presidente Gabriel García Moreno treinta años y seis Constituciones después.

(10) En 1942, es decir, 110 años después del Tratado de Pasto, el Ecuador se vio compelido a firmar el Protocolo de Río de Janeiro, por el que su territorio quedó reducido a los aproximadamente 280.000 kilómetros cuadrados que tiene ahora. Las palabras del diplomático brasileño Oswaldo de Aranha dichas al diplomático ecuatoriano Tobar Donoso tras la firma del Protocolo, ‘aprendan a ser país’, siguen siendo un pendiente nacional. 

El 25 de mayo

25 de mayo de 2021

Al día de siguiente de la batalla del Pichincha, en la cima del Panecillo y a las 2 de la tarde, se arrió la bandera española y se izó el tricolor colombiano. Fue, para Quito, el paso simbólico de pertenecer a una monarquía europea para pasar a pertenecer a una naciente república sudamericana, la República de Colombia. 

 

El jefe militar de los españoles, quien testimonió por ellos esta derrota en uno de sus bastiones andinos, se llamó Melchor de Aymerich. Él perdió contra el ejército del héroe independentista, Antonio José de Sucre, compuesto de bravos sudamericanos y algunos mercenarios europeos.

 

Y sin embargo…

 

La fuente es Efecto Prometeo

 

Exijo una explicación.

El panecillo y el realismo (mágico)

19 de diciembre de 2020

El Panecillo es un sitio emblemático de Quito, la capital del Ecuador. Allí, el 25 de mayo de 1822, a las dos de la tarde, se arrió la bandera española. O sea, esto:

 

 


Y en su lugar, se izó el tricolor colombiano y Quito dejó de ser parte de un reino europeo y pasó a integrar una naciente república sudamericana. Pero justo es decir que Quito no decidió adónde ir, pues a Quito la fueron a liberar porque era un bastión del realismo en Sudamérica. Y la calle que sube a la cima del Panecillo lo recuerda.

 

Porque, vaya cosa pa’ curiosa, el nombre de la calle que sube a la cima del sitio glorioso donde, simbólicamente, se clausuró el dominio español de estos territorios, no recuerda al general vencedor, el Narizotas Antonio José de Sucre, o a los firmantes del acta que formalizó la independencia de España, los militares Andrés de Santa Cruz y Antonio Morales. No recuerda, tampoco, el episodio libertario: no se llama Calle de la Independencia, o Calle de la Libertad. La calle se llama Melchor de Aymerich, que es llevar el nombre del general español que perdió en la batalla del Pichincha. El amor de Quito por el realismo ha sido tal, que en el recuerdo de sus calles pervive el derrotado. Qué vocación.

 

Trae tu ñata, Toño. La calle que alcanza la cima del Panecillo debería llevar su nombre.

Y ya es cosa del realismo, pero en este caso mágico, el que esta ciudad tan honda, profunda y tartufamente realista, se reivindique a sí misma como la cuna de la libertad de América, con el adefesio falaz aquel del 10 de agosto de 1809 (sobre esto, v. ‘El 10 de agosto de 1809: la celebración de una mentira’, ‘Lo contrarrevolucionario en la ‘Revolución del 10 de agosto’ (becoming a weirdo)’ y ‘10 de agosto: ‘post hoc, ergo propter hoc’’).

 

Esto ya debería resultar evidente, pues en Quito hasta la calle lo delata.