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Leer la proclama del 16 de agosto

20 de agosto de 2026

El 16 de agosto de 1809, el Ministro de Gracia y Justicia de la Junta Suprema de Gobierno de Quito, el altoperuano (hoy se diría: boliviano) Manuel Rodríguez de Quiroga, sacó a la luz una proclama que dirigió a los pueblos de la América, a efectos de comunicar con precisión el objeto que persiguió la transformación política ocurrida en Quito el 10 de agosto de 1809. Este documento es elocuente y, en su recta intención, diáfano. Lo copia íntegro a continuación. Empieza así, muy pío y muy monárquico:

“La sacrosanta ley de Jesucristo y el imperio de Fernando VII perseguido y desterrado de la península, han fijado su augusta mansión en Quito. Bajo el Ecuador han erigido un baluarte inexpugnable contra las infernales empresas de la opresión y la herejía. En este dichoso suelo, donde en dulce unión hay confraternidad, tienen ya su trono la paz y la justicia: no resuenan más que los tiernos y sagrados nombres de Dios, el rey y la patria”.

Y también, muy exagerado: ¿Quito, augusta mansión? ¿Quito, trono de la paz y la justicia? De verdad, son preciosos e inexplicables objetos, como se verá a continuación: 

“¿Quién será tan vil y tan infame que no exhale el último aliento de la vida, derrame toda la sangre que corre en sus venas y muera cubierto de gloria por tan preciosos e inexplicables objetos? Si hay alguno, levante la voz, y la execración general será su castigo: no es hombre, deje la sociedad y vaya a vivir con las fieras.” 

Ya el segundo párrafo amenaza la expulsión de la comunidad a quien no comulgue con sus ideales de Dios, el rey y la patria, que es el Reino de España, no vaya a creer algún despistado que se refiera a alguna de sus porciones americanas. El siguiente párrafo ya es simplemente inexplicable:

“En este fértil clima, en esta tierra regada antes de lágrimas y sembrada de aflicción y dolores, se halla ya concentrada la felicidad pública.”

Si la tierra de Quito está “sembrada de aflicción y dolores”, entonces, ¿cómo diantres es que se concentra en ella la felicidad pública? Eso no tiene sentido. El siguiente párrafo lo tiene, pero siempre que aceptemos la condición de extremadamente pía y extremadamente monárquica de la Quito de 1809: 

“Dios en su santa Iglesia y el Rey en el sabio gobierno que le representa, son los solos dueños que exigen nuestro debido homenaje y respeto. El primero manda que nos amemos como hermanos, y el segundo anhela por hacernos felices en la sociedad en que vivimos.” 

Y ahora sí, alábate pato:

“Lo seremos, paisanos y hermanos nuestros, pues la equidad y la justicia presiden nuestros consejos. Lejos ya los temores de un yugo opresor que nos amenazaba el sanguinario tirano de Europa. Lejos los recelos de las funestas consecuencias que traen consigo la anarquía y las sangrientas empresas de la ambición que acecha la ocasión oportuna de coger su presa. El orden reina, se ha precavido el riesgo y se han echado por el voto uniforme del pueblo los inmóviles fundamentos de la seguridad pública. Las leyes reasumen su antiguo imperio; la razón afianza su dignidad y su poder irresistibles; y los augustos derechos del hombre ya no quedan expuestos al consejo de las pasiones ni al imperioso mandato del poder arbitrario. En una palabra, desapareció el despotismo y ha bajado de los cielos a ocupar su lugar la justicia.” 

Un total delirio, tomando en cuenta que es Quito. Quito en 1809, pero en cualquier momento igual, siempre igual. Como dice el escritor quiteño Javier Vásconez: “Toda ciudad podía ser el vagón de un tren que te lleva a algún punto donde se concentra el delirio desconocido que no te ofreció la ciudad anterior, pero Quito no lleva a ninguna parte, siempre está en el mismo sitio para devorarte”. Y es mentira: allí nunca bajó la justicia, no conoce estos pagos. 

El delirio continúa:

“A la sombra de los laureles de la paz, tranquilo el ciudadano dormirá en los brazos del gobierno que vela por su conservación civil y política. Al despertarse alabará la luz que le alumbra y bendecirá a la Providencia que le da de comer aquel día, cuando fueron tantos los que pasó en la necesidad y en la miseria. Tales son las bendiciones y felicidades de un gobierno nacional.”

La seguridad social de la época era “la Providencia”. Hay que ser bien jueputa.

Lo que sigue es la manifestación del desprecio de Quito a la Francia napoleónica y la amenaza de enfrentarla armado de “religión” (?).

“¿Quién será capaz de censurar sus providencias y caminos? Que el enemigo devastador de la Europa cubra de sangre sus injustas conquistas, que llene de cadáveres y destrozos humanos los campos del antiguo mundo, que lleve la muerte y las furias delante de sus legiones infernales para saciar su ambición y extender los términos del odioso imperio que ha establecido: tranquilo y sosegado, Quito insulta y desprecia su poder usurpado. Que pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía.”

JAJAJAJAJAJA. Cuando releo este parte, siempre me río. 

Y este casi guion de Monty Python concluye con las siguientes palabras que son una solemne declaración de su devoción “por Dios, por el Rey y la patria” (patria que es el Reino de España, como ya ha quedado muy claro):

“¿Quién será capaz de resistir a estas armas? Pueblos del continente americano, favoreced nuestros santos designios, reunid vuestros esfuerzos al espíritu que nos inspira y nos inflama. Seamos unos, seamos felices y dichosos, y conspiremos unánimemente al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y la patria. Esta es nuestra divisa, esta será también la gloriosa herencia que dejemos a nuestra posteridad.”

La posteridad malinterpretó la divisa de los revolucionarios de 1809 y convirtió a una lucha retórica contra los franceses (en realidad, un intento de independizarse del yugo santafesino) en una lucha por la independencia del Reino de España.

Esta lectura íntegra del documento demuestra cuán pío y monárquico fue el Quito de 1809 que instituyó una Junta de Gobierno con una “Alteza Serenísima” a la cabeza. 

La descorazonada Quito

8 de diciembre de 2021


Soy un promotor del cambio de la capital del Ecuador. El jurista de renombre y curita ídem (además de Naipe Centralista), Juan Larrea Holguín, juzgó que la Ley que el año 1830 determinó a Quito como capital del Estado del Ecuador es probablemente la Ley ‘de mayor duración hasta hoy en el país(1). El claro y noble propósito de una ciudadanía ecuatoriana consciente debe ser la derogatoria de esta casi bicentenaria Ley.


El Estado ecuatoriano está exangüe, casi nadie sin sospecha confía en él. Es el ejemplo vivo de un Estado fallido, capturado por una élite de oligofrénicos. Y Quito es la capital que lo vuelve peor. Los otros días leí una frase de un escritor quiteño, Javier Vásconez: ‘Toda ciudad podía ser el vagón de un tren que te lleva a algún punto donde se concentra el delirio desconocido que no te ofreció la ciudad anterior, pero Quito no lleva a ninguna parte, siempre está en el mismo sitio para devorarte’. Solo añadiría que ese proceder tan inmovilista como kafkiano llega a sus más altas cumbres en los modos de la burocracia capitalina (todo en diminutivo, todo mal). El que ha tratado con ellos, lo sabe. Esta burocracia hace a Quito peor, manque tenga un lindo sol a veces.


Y esos modos de la burocracia no van a cambiar, porque son los mismos desde la colonia. Las formas cambian, pero la sustancia es la misma en la ciudad más gatoparda de la América ibérica. Hay que recordar que Quito, desde el siglo XVI, fue la capital de una audiencia, es decir, un gran juzgado de un territorio americano. Tenía la Audiencia de Quito un juez-presidente y unos jueces llamados oidores, que eran cuatro, además de una pequeña burocracia. Quito era un juzgado intermedio, pues se podía apelar su decisión a una Audiencia superior situada en la capital del Virreinato del que la Audiencia de Quito era parte (en veces Lima, en veces Drogotá –en tiempos coloniales llamada Santa Fé). 


En definitiva, era un juzgado de segunda, en un territorio lejano y empobrecido, con una vida muy parroquial y pía al menos en las formas (hay quienes dicen que era un puterío, v. ‘Tres descripciones de Quito y una explicación ausente’), pero a final de cuentas un sitio al que cualquier burócrata sensato preferiría no ir. Y los que llegaban, pues rebosaban en corrupción y que sea quien lo cuente el obispo ibarreño pero muy darling de Quito, Federico González Suárez, quien describió los modos burocráticos de la capital audiencial de manera severa y sacerdotal: ‘Por una especie de fatalidad hasta los hombres buenos y mejor intencionados, cuando venían a Quito investidos de autoridad, se dañaban’. Y por dañarse quiere decir que se daba fácil en la franciscana ciudad ‘cierta impunidad, muy perjudicial para la moral y las buenas costumbres’ así como también resaltaba este curita insigne e historiador ídem que ‘la adulación servil, la rastrera lisonja y el disimulo interesado no tardaban en hacer comprender a los Presidentes [de la Audiencia, N. del A.] que vivían en un país, donde, sin obstáculo alguno, podían dar rienda suelta a sus malas pasiones(2).


Se le suma Internet y tres pendejadas y estas palabras de González Suárez siguen funcionando muy bien para Quito-capital en lo que va del siglo XXI. Todos sabemos que el Estado del Ecuador no funciona, que es una trampa (de grasa) perversa y aporofóbica, y que, Quito, la carita de Dios y el corazón administrativo del Ecuador, en su calidad de músculo corazón ya está exangüe (si el Metro era su stent, pues no está funcionando) y ya no da para más (3). Si se lo quiere salvar al paciente Ecuador, se necesita un trasplante de corazón. Es un deber cívico crear una Brasilia ecuatorial, una ciudad inteligente y con perspectiva de futuro, revés de Quito.


Quito debe ser una linda futura ‘Ciudad Histórica del Ecuador’. Pero administrativamente, es hora de admitirlo, ya no tiene corazón.


(1) Larrea Holguín, Juan, ‘El espíritu jurídico de la República (1830-1895)’ (pp. 215-225), en: AA.VV. [Dir. Juan Salvat & Eduardo Crespo], ‘Historia del Ecuador’, Salvat Editores Ecuatoriana, Vol. 6, Barcelona, 1980, p. 220.

(2) De la Torre Reyes, Carlos (ed.) 1995, ‘Escritos de González Suárez’, Banco Central del Ecuador, Quito [Colección de Escritores Ecuatorianos, Vol. 4], pp. 214-215.

(3) Parece unánime en la intelligentsia quiteña la creencia de que Quito es una ciudad a la deriva. Uno de los pocos, o el único que había llegado a decir en público que Quito era una ‘ciudad cosmopolita y firmemente encaminada en el siglo XXI’ (humorada involuntaria que mereció una respuesta con Sofocleto) fue Roberto Aguilar, pero en una reciente columna en Expreso abjuró de su antigua fantasía y puso en evidencia que Quito es una ciudad de mojones en la marea y mijines mareados.