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La genialidad en el fútbol

5 de abril de 2019


Genialidad, para mí, es ejecutar lo difícil de manera sencilla. Pondría el taquito de Marcelo Antonio Trobbiani como un ejemplo de cómo un genio resuelve una situación de apremio (el ataque de tres defensas alemanes en la final de la Copa del Mundo del ’86). Porque hay un detalle adicional: la ejecución de un genio rezuma elegancia.


Esto, pero los 90 minutos, es Lionel Messi, de ahí el tamaño homérico de su paso por este deporte. Su grandeza requiere de una adecuada dosificación, por eso su mente genial no autoriza el gasto innecesario: toda movida de su ligero cuerpo satisface un propósito en la economía del juego colectivo.

Al final de los partidos, su entrenador lo elogia: espectacular, extraordinario, nadie como él. Es un sincero reconocimiento que le tributa, porque Messi resuelve, en tiempo presente y  de forma mejorada, cualquier aspecto del juego que su entrenador haya podido pensar. ¿Qué le podría decir a Messi, que él intuitivamente no sepa mejor? Nada. Únicamente le queda callar y admirarlo. Lo más honesto que el D. T. Ernesto Valverde del F. C. Barcelona puede decirle es: “Anda, Lio, diviértete”. Y así ganamos todos.

Empaños a un gran libro de fútbol

23 de marzo de 2019


He leído con deleite el libro “Historia mínima del Fútbol en América latina” de Pablo Alabarces, una “historia completa, por países y en conjunto, de un deporte que despierta pasiones”, como se apunta en su portada.

Pero tengo que advertir, por mor de rigor, ciertos errores en su narrativa sobre el fútbol ecuatoriano, los que supongo atribuibles a la escasez de información disponible.

Así empieza Pablo Alabarces su narrativa a la que titula “La Sierra y la Costa, o la dicotomía ecuatoriana”:

“Nuevamente un puerto, el de Guayaquil: allí llegan los hermanos Juan Alfredo y Roberto Wright, que traen la pelota desde Gran Bretaña, donde habían estudiado, y fundan el Sport Club en Guayaquil, en 1899, el primer club ecuatoriano. Pero antes habían pasado por Lima y jugado para el Union Cricket, como buenos británicos”. (1)

Aquí hay un primer error: asumir que porque Wright, son “británicos”. En realidad, Juan Alfredo y Roberto Wright Aguirre eran guayaquileños, nacidos en este puerto, nietos del irlandés Thomas Charles Wright (Queensboro, 1799), asentado en Guayaquil desde el año de N. S. de 1826, muchos años antes de que el fútbol, tal como hoy lo conocemos, haya empezado a jugarse en los campitos de Inglaterra. Los Wright de nuestra historia no son, en estricto rigor, “británicos”: son los nietos de un irlandés, que cruzó el charco para pelear en estas tierras americanas a favor de Simón Bolívar y que fue participante, entre otras batallas, de las de Boyacá, Carabobo y Bomboná (2). Sus descendientes, en todo caso, son más guayaquileños y ecuatorianos que otra cosa.

Un segundo error de Alabarces es atribuirle al Club Sport Patria el año de fundación 1906, cuando realmente fue fundado en 1908. Y un tercer error, mucho más lamentable, es indicar que el Barcelona S. C. adoptó este nombre “porque los catalanes presentes en la fundación eran tantos que ganaron la votación” (3).

Pero los fundadores de Barcelona S. C. no fueron una supuesta mayoría de catalanes, aunque por el nombre del club esta explicación pudiera parecer lógica. A Barcelona lo fundaron, en palabras de uno de sus Padres Fundadores, Rigoberto ‘Pan de Dulce’ Aguirre Coello, “un grupo de jóvenes guayaquileños, que se reunían alrededor de la Escuela Modelo ‘9 de Octubre No. 3’, calle Industrias entre Concordia e Independencia (hoy Eloy Alfaro entre Calicuchima y Francisco Marcos), decidieron formar un club deportivo que perennizara la unión que por el trato y amistad habían forjado en la barriada del Astillero, el más guayaco de los barrios” (3). Aguirre era parte de este grupo.

Lo cierto es que estos entusiastas guayacos contaron después con el entusiasmo de algunos laburantes del comercio “Herederos de Girbau”, muchos de ellos españoles de origen catalán, como Valentín Sala Piqué (Navareles, 1891), Eutimi Pérez Arumi (Vilassar de Mar, 1875) y Joan (Rubí, 1884) y Artur Domènech i Casajoana (Rubí, 1899), pero también contaron con el apoyo de otros extranjeros como el uruguayo Moggia y los españoles (que no catalanes) Gago y Hermosilla. El hecho irrefutable es que la mayoría de los entusiastas fueron guayaquileños y que quien “puso la primera piedra del Barcelona” fue un ecuatoriano, Carlos García Ríos. En palabras de ‘Pan de Dulce’ Aguirre, fue él…

“… quien con tremendo entusiasmo, en una noche de noviembre de 1924 nos habló de ello a Arturo Calderón Tomalá, Guillermo de la Cuadra, el famoso ‘Paco Varilla’, a Alberto Pombar Castillo, Luis Rodríguez, Rubén Letamendi, Carlos García Vergara, Víctor Manuel Olvera, y al que habla. Llegamos a feliz acuerdo de formar el club, y sin designarle nombre todavía, nombramos una comisión formada por Carlos García, Arturo Calderón y Rigoberto Aguirre, para que pusiera en conocimiento de ello a los demás muchachos; en su gran mayoría aprobaron la idea de formar una organización deportiva legalmente constituida”.

Fue el 1 de mayo de 1925 en la casa en el Barrio del Astillero del catalán Pérez Arumi (que no iba a jugar fútbol en Barcelona, pues a la sazón contaba 50 años) que “con asistencia de casi la totalidad de la barriada de La Modelo, se hacía el acta de fundación del Barcelona Sporting Club de Guayaquil”. Un dato interesante que registra ‘Pan de Dulce’ Aguirre en su relato, es la singularidad de que el nombre del club le haya sido puesto “en homenaje a la admiración mundial que había despertado el famoso guardameta español ‘Divino’ Zamora, que jugaba por el Barcelona de España”.

Es decir, el nombre se relaciona con la admiración de un grupo de guayaquileños y algunos extranjeros no exclusivamente catalanes por el desempeño de un arquero de fama mundial que jugaba por los colores del Barça, no por una supuesta “votación” en la que triunfó una hipotética mayoría de catalanes que realmente jamás existió. Más allá del apoyo económico de algunos integrantes de la comunidad catalana en los inicios del club, la historia del Barcelona S. C. es la de un club de barriada (del Astillero, “el más guayaco de los barrios”), devenido en una pasión nacional del Ecuador.  

En todo caso, más allá de tomarlo con la debida cautela (igual y que es recomendable para toda lectura), este libro de Alabarces sobre fútbol es un auténtico deleite.

(1) Alabarces, Pablo, ‘Historia mínima del fútbol en América latina’, p. 128.
(2) Thomas Charles Wright (Queensboro, 1799-Guayaquil, 1868) fue el hombre fuerte de la plaza de Guayaquil hasta que aconteció su derrota frente al General Elizalde en el rompimiento de la Revolución Marcista. Desde entonces, Wright experimentó el exilio, la vana oposición, un segundo matrimonio (con su cuñada) y la muerte en 1868.
(3) Velásquez Villacís, Mauro, ‘Historia del Barcelona S.C.’ [1986], p. 1. Las citas ulteriores corresponden a este libro, a esta página y las subsiguientes.

La esposa de Figo

23 de julio de 2018


Figo fue un canalla. Un futbolista que jugaba en el Barça y cuando estuvo allí, dijo cosas como “en España nunca llevaré otra camiseta que no sea la blaugrana” y “traicionaría a la afición si me fuera al Bernabéu y no lo voy a hacer” y “sólo jugaré en el Barça”...  Pero que unos días después de estas últimas declaraciones, se cruzó al clásico rival, al Real Madrid, para decir: “Intentaré dignificar al máximo el nombre del Madrid y ser tan feliz como en el Barcelona. Tengo la conciencia tranquila”.  Es decir, un canalla de manual.

La hinchada del Barça, obviamente, lo llenó de insultos: “Traidor” o “ETA, mátalo”, barbaridades de ese tipo. Pero se abrió una posibilidad de perdón: “Déjanos a tu mujer, y lo olvidaremos todo”*.

Porque Helene Svelin, la esposa de Figo, era (sigue siéndolo) un espectáculo.

Uno que lo certifica es el Fenómeno Ronaldo, que tiene una anécdota de oro al respecto:


* Citas tomadas de: Manuel Trallero, ‘Los siete pecados catalanes’, Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 2001, pp. 111-112.

Barcelona funebrero

1 de junio de 2017


La idea del Barcelona Sporting Club surgió de los jóvenes de la barriada del Astillero, “el más guayaco de los barrios”, quienes se reunían en los bajos de la Escuela Modelo “9 de octubre No 3”, en la calle Industrias (hoy, Eloy Alfaro) entre Concordia e Independencia (hoy, Calicuchima y Francisco de Marcos) (1).

Según Rigoberto “Pan de Dulce” Aguirre Coello, su primer tesorero y una de las primeras glorias del club, las primeras camisetas del Barcelona fueron negras: “Eran unas fúnebres camisetas totalmente negras, con sólo el cuello blanco, para que tuvieran siquiera una gracia, una amiguita nuestra, la señorita Tomalá, bordó unos hermosos escudos del Barcelona de España y los colocó en el pecho”. Este color negro de la indumentaria lo escogió, de manera inconsulta, el primer presidente del club, Carlos García Ríos (2).


Los "negros" del Barcelona. Fuente: "Historia del Barcelona S.C." [1986]

 
Al año siguiente, en 1926, el club ya vestía el uniforme “oro y grana”:

Fuente: "Historia del Barcelona S.C." [1986]
 
(1) Velásquez Villacís, Mauro, ‘Historia del Barcelona S.C.’ [1986], p. 1. 
(2) Citado por Velásquez Villacís, op. cit., pp. 2-3. El primer síndico del club fue José Miguel García Moreno, quien es bisabuelo de José Miguel Pérez García, actual síndico del club en la administración de José Francisco Cevallos. José Miguel (Chiquilín para los amigos) es también bisnieto de Eutimio Pérez, primer presidente honorario del club, en cuya casa, situada en las calles Industrias y Bolivia, se fundó el Barcelona Sporting Club el 1 de mayo de 1925.

Solidaridad

2 de febrero de 2012


Creo que el fútbol debería ser lo que significó para Juan Vicente Lezcano jugarlo en el Peñarol sesentero de Spencer: “el mejor equipo que integré en mi vida, tenía un vestuario bárbaro, un compañerismo… Todos luchaban para todos, a un mismo ritmo”. Según Lezcano, un equipo solidario, cuyo técnico Roque Gastón Máspoli (arquero uruguayo del Maracanazo y DT del Barcelona campeón ’87) “mantenía la alegría en el vestuario”. El fútbol es un deporte en el que un equipo compite contra otro para marcar más goles: para marcarlos (y para evitar que se los marquen) es necesaria la cooperación. Esa cooperación había en Peñarol. Lezcano contó en la entrevista a diario El Universo, “un ejemplo: Julio César Abbadie era el puntero derecho, pero lo hizo triunfar a Pablo Forlán, el marcador de punta, porque lo dejaba subir hasta el fondo y le cubría las espaldas. Hoy uno ve que Sergio Ramos en el Real Madrid sube y nadie lo releva, por ahí viene un contraataque por su punta y pum, gol. ¿A quién culpa la gente...? A Sergio Ramos. Eso es porque no hay solidaridad”.

 
La lógica acumulativa del shopping suele contrariar a la solidaridad. Ilustre ejemplo de esto es la versión 2004 del equipo al que aludió Lezcano, el Madrid. El Real Madrid de Ronaldo, Raúl, Zidane, Beckman y Figo. En un artículo para Soho, Juan Villoro escribió que para esta versión del Real Madrid “Florentino Pérez había decidido abrir un restaurante con más chefs que meseros”. El equipo parecía el seguro ganador de tres torneos en esa temporada (hecho hasta ese entonces nunca antes alcanzado) pero se descalabró: estaba en la final de la Copa del Rey, acababa de eliminarlo al Bayern Munich en la Champions y tenía 8 puntos de ventaja en la Liga y, de repente, el Zaragoza le arrebató 3-2 la final de la Copa del Rey, el Mónaco lo eliminó de la Champions y el Osasuna lo zamarreó 0 a 3 en el Bernabéu para marcar su declive en una Liga que terminó por ganar el Valencia del “payasito” Aymar. “La caída de las más poderosa de las escuadras comprueba de qué material está hecho el heroísmo” sentenció Villoro en Soho. Según él, “los astros rara vez desempeñan funciones de sacrificio y el fútbol también depende de marcajes subordinados, despejes de urgencia, zancadillas salvadoras”. La frase es certera, a condición que esos astros sean de los que juegan para sí mismos, for the profit. Porque la frase no es cierta para otros astros, v.g., los de la cosecha de la Masía.

 
La española es una liga ficticia donde 18 equipos más acompañan al Barça y al Real Madrid en su definición del título. El Madrid tiene la tradición de apuntar siempre alto, pero desde el llamado Galacticidio, esto es, la derrota 3-2 contra el Zaragoza en la Copa del Rey 2004 antes mencionada, concreta más bien poco. (Según el escritor Javier Marías, madridista confeso, el que Mourinho sea DT del Madrid empeora la situación del club: “un entrenador omnipotente, omnipresente y malasangre, un quejica que acusa a otros siempre, un individuo dictatorial, ensuciador y enredador, soporífero en sus declaraciones, nada inteligente, mal ganador y mal perdedor”, un individuo “al que el Madrid le trae sin cuidado, que no tiene reparo en traicionar su centenaria tradición y en arrojar sobre él una mancha que se hará difícil borrar”.) En la otra orilla, se encuentran los astros de la cosecha de la Masía, el Barça de Guardiola en el que se priorizan los canteranos y que ha ganado la liga ficticia en sus últimas tres ediciones y, más importante, ha ganado casi todo lo que se ha propuesto en España, Europa y el mundo (lo que incluye un sextete el 2009) en estos últimos cuatro años, de forma exquisita y de manera incluso humillante para su clásico rival, valga de ejemplo este 5-0. Lo ha hecho con un fútbol inteligente y preciso de toque y rotación en el que cooperan solidariamente todos sus integrantes (con pases, desplazamientos, marcajes, despejes y zancadillas) lo que maximiza las posibilidades de colaboración entre ellos, con resultados vistosos y efectivos, por momentos incluso sinfónicos. Muchos consideran a este Barcelona el mejor equipo de la historia. Yo me cuento entre ellos.

El físico nuclear Edward Jiménez en el artículo “Juegos cuánticos: su majestad el fútbol, un juego cooperativo correlacionado” publicado en la Biblioteca del Fútbol Ecuatoriano Tomo III, analiza el fútbol desde la perspectiva de la computación cuántica. La correlación de estrategias que estudia dicha disciplina se detallan en ocho páginas de fórmulas matemáticas ininteligibles para todo aquel que haya maldecido al Baldor, que concluyen que a mayor cooperación “los resultados que requieren trabajo en equipo se facilitan o son más probables” y que en “un juego cooperativo el aparecimiento de individualidades siempre dará resultados inferiores o iguales al trabajo en equipo” (Lionel Messi es prueba viva de esto, con sus distintos niveles de juego en el Barça y en la selección argentina). El juego de toque y rotación de este Barça es la puesta en escena de las fórmulas descritas por Edward Jiménez en la gramática de la computación cuántica, salvo que expresándose en la cancha de manera mucho más hermosa. El juego del Barça, en lo que tiene de colectivo y solidario, es también una apuesta contracultural (como explica el “Loco” Bielsa) en tiempos en que suele exaltarse al individuo y al mercado. Que una lección de buen fútbol para todos los tiempos provenga, no de un equipo ensamblado al gusto casi omnipotente de un magnate sino de un equipo cuya estrategia macro ha sido la creación de un tejido social en los canteranos de la Masía que sobreviva el complicado tránsito de los años jugando ese mismo estilo de fútbol bien jugado, es un hermoso detalle de esta época.

Fuente: Pablo Cozzaglio.

La sofisticada computación cuántica del físico nuclear Jiménez es otra forma de expresar lo que el recio back Lezcano sabía intuitivamente, sin fórmulas, en su sesentero vestuario del Peñarol: que el compañerismo, la solidaridad y el conocimiento mutuo entre las personas que integran un equipo (esas cosas que te da el vestuario y la convivencia, no la billetera) es la base para su cooperación efectiva y sus triunfos. El equipo que practica esos atributos juega con el material con el que está hecho el heroísmo, según Villoro. Que se juegue para conseguirlo y se lo demuestre en la cancha, que su recuerdo se convierta en memoria colectiva para celebrarlo hasta el día de la muerte. Ese, no otro, es el rezo de todo hincha por ateo que sea, antes de empezar un campeonato.

¡Visca el barça!

2 de mayo de 2009


Con lo que se vio hoy, cómo no querer el fut.  Chapeau.