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Benjamín a través de los años

1 de agosto de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 1 de agosto de 2025.

El lojano Benjamín Carrión (1897-1979) es la figura señera del pensamiento ecuatoriano en el siglo XX, que vivió lo suficiente para decepcionarse de su pueblo.

Benjamín Carrión era un hombre esperanzado: escribió numerosos libros sobre el Ecuador (ensayos, biografías, antologías de poesía), fue periodista, diplomático y político (ministro y legislador, candidato a la vicepresidencia de la República en binomio con Antonio Parra Velasco), fundó la Casa de la Cultura Ecuatoriana y sostenía que un país pequeño como el Ecuador debía aspirar a ser “una gran potencia de la cultura, porque a eso nos autoriza y nos alienta nuestra historia”.

Durante los años 1941-1943 Benjamín Carrión escribió en un extinto diario de Quito (“El día”) unas cartas dirigidas al Ecuador. Por aquellos años gobernaba este país el presidente Carlos Alberto Arroyo del Río y en enero de 1942 había sido firmado el Protocolo de Río de Janeiro. En el prólogo del libro que recopiló estas cartas, titulado justamente “Cartas al Ecuador”, un indignado Benjamín Carrión advierte que sus cartas tienen por destinatario un país “adormecido por todas las falacias” y presa de un secretismo con el que “se encubrió la mediocridad, la pereza, la inepcia”. Estas citas corresponden a su décimo segunda carta, que llevó por título “Sobre la vocación nacional: Inclinaciones morales del hombre ecuatoriano”. 

La indignación de Benjamín Carrión era contra los políticos del Ecuador: por un lado, él identificaba al “buen pueblo nuestro –el más resignado, el más manso de los pueblos del mundo-”; y por el otro, a “los ladrones, traidores, ineptos o farsantes que han acaparado el poder y el presupuesto en diversos períodos de nuestra historia”. El propósito de Carrión al publicar esta recopilación de las cartas al Ecuador era “mostrar al pueblo el horror de su envilecimiento y su miseria; la lepra no se cura escondiéndola con guante blanco”. Esta frase (original del escritor peruano Manuel González Prada) fue el epígrafe de su libro.

El argumento de Benjamín Carrión era de una simplicidad dórica: el pueblo ecuatoriano se esforzaba, luchaba, y en muchas ocasiones hasta triunfaba, pero finalmente se terminaban por imponer “los ladrones, traidores, ineptos o farsantes” que son unos cuantos que conformaban “la intriga de camarilla o de trinca”. En definitiva, el pueblo ecuatoriano era un pueblo heroico, unos muchos bondadosos que sufrían siempre la frustración de sus triunfos por la perversidad de unos pocos.

Benjamín Carrión publicó una segunda serie de cartas con el título “Nuevas cartas al Ecuador” entre 1956 y 1960, durante el gobierno de Camilo Ponce. Carrión intentó la publicación de una tercera serie, pero se lo impidió la muerte en 1979. 

Sin embargo, el tono de su prólogo para esta tercera serie deja muy en claro el desengaño sufrido por Benjamín Carrión de ese pueblo ecuatoriano que él había idealizado en sus cartas de los años cuarenta. En el prólogo, Carrión hablaba de este país “de mestizaje inconcluso y honda desconfianza mutua” y hacía una lapidaria descripción de los ecuatorianos: “ociositos y tristes, eso es lo que somos”.

Benjamín Carrión, al final de sus días, decepcionado por sus compatriotas.

Carrión renuncia

21 de febrero de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 21 de febrero de 2025.

El primer Presidente Constitucional elegido por la voluntad popular fue el lojano (natural de Cariamanga, nacido en 1804) Jerónimo Carrión Palacio. En su vida pública, él había sido diputado a las convenciones nacionales de 1845 y 1852, gobernador del Azuay durante la presidencia del guayaquileño Vicente Ramón Roca Rodríguez y vicepresidente durante la presidencia del guayaquileño Francisco Robles García (1856-1859) para luego convertirse en su detractor por integrar el triunvirato de gobierno que surgió en Quito (conformado, además, por el guayaquileño Gabriel García Moreno y el riobambeño Pacífico Chiriboga Borja) en los tiempos de la guerra civil de 1859-1860.

De aquella guerra civil emergió una figura que dominó la época hasta su muerte en 1875: Gabriel García Moreno. Una convención nacional, convocada por García Moreno en calidad de jefe supremo, se reunió en Quito entre el 10 de enero y el 3 de abril de 1861. Esta convención dictó una Constitución que reemplazó a la promulgada en 1852 en los tiempos del general Urbina y eligió Presidente Constitucional de la República a García Moreno para que gobierne hasta el 30 de agosto de 1865. 

Bajo el imperio de la Constitución de 1861, unos días antes de concluir el período presidencial de García Moreno, el 15 de mayo de 1865, se celebró la primera elección presidencial directa en la historia de la República del Ecuador, a fin de elegir a su reemplazo (la Constitución impedía la reelección). El reemplazante fue el candidato auspiciado por el gobierno nacional (dando inicio a una larga tradición), elegido de una forma arrasadora (más del 70% de la votación, aunque el universo de votantes era de alrededor del 3% de los ecuatorianos). Ese hombre fue Jerónimo Carrión. 

Carrión empezó su período de gobierno el 7 de septiembre de 1865 pero no lo concluyó. García Moreno lo había elevado a la presidencia y García Moreno intervino para sacarlo a Carrión de ella. 

García Moreno era persona dominante y autoritaria, mientras que Carrión era su opuesto, de carácter débil y timorato. Para García Moreno, el que Carrión haya pretendido un gobierno del Ecuador respetuoso de la Constitución y las leyes, de las instituciones y las garantías de las personas, que haya permitido la libertad de prensa, eran errores que debían ser corregidos.

Hacia finales de 1867, Gabriel García Moreno se trasladó de Guayaquil a Quito para maniobrar y proponerle a Jerónimo Carrión que renuncie a la presidencia, por la falta de apoyo que tenía y como único remedio para salvar a la República. De acuerdo con Benjamín Carrión, en su biografía de García Moreno “El Santo del Patíbulo”, publicada en 1959, un militar de apellido Sáenz le dejó al presidente Carrión un recado: “manda a decir el señor García Moreno que desocupe la presidencia de la Republica, porque él la necesita para otra persona”.  

Le hizo caso. Quien fuera el primer Presidente Constitucional de la República elegido por la voluntad popular, fue también el primero en desentenderse de tan alto cargo. Carrión envió su renuncia al Congreso el 6 de noviembre de 1867 y se retiró de la vida política para siempre.

Carrión murió en Quito, en tiempos todavía garcianos, el 5 de mayo de 1873.  

Guayaquil sin liderazgo nacional (1960)

20 de junio de 2021

En la papeleta de las elecciones para Presidente de la República del año 1960 había cuatro binomios y un total de 16 testículos:

 

José María Velasco Ibarra y Carlos Julio Arosemena Monroy

Galo Plaza Lasso y Nicolás Castro Benítez

Gonzalo Cordero Crespo y Héctor Romero Menéndez

Antonio Parra Velasco y Benjamín Carrión Mora

 

Nótese que en las elecciones del año 1960 había más guayaquileños como candidatos a vicepresidente (C. J. Arosemena y H. Romero)* que a presidente (A. Parra). Y que este último candidato, quedó último entre los cuatro en liza, pues obtuvo apenas el 5.97% (45.822 votos). Por encima de él, un cuencano (obvio, Cordero Crespo) y dos quiteños (Velasco Ibarra y Plaza Lasso**).

 

En la tradicional división regional tripartita del Ecuador, Guayaquil en 1960 tenía una clara carencia de líderes de alcance nacional. El ídolo de los guayaquileños, a quien votaron para que acceda a la Presidencia en esta elección, era un político serrano, un quiteño divagante y melancólico, el mí[s]tico Velasco Ibarra.  

 

* A esta lista de segundones en la papeleta, debe sumarse el orense afincado en Guayaquil desde teenager, Nicolás Castro Benítez.

** Aunque nacido en Nueva York, Patrón Galito es, a todos los efectos, quiteño.

La ingenuidad y las farsas

20 de diciembre de 2018


Un fantasma recorre las redes sociales: el fantasma de no saber por qué chuchas si antes nos levantábamos por menos, ahora aguantamos tanto. Este mensaje de Don Evaristo (?) es elocuente:


La idea de este ícono quiteño es cierta, siempre que se acepte como premisa que antes y ahora el pueblo ha decidido el curso de acción de los acontecimientos. Un tren de ideas en el que el pueblo se levanta, resuelve las cosas (atacando la institucionalidad y destituyendo a una autoridad corrupta y/o incompetente, típicamente un Presidente), y luego se retira una vez culminada su heroica tarea. Benjamín Carrión escribió en “Cartas al Ecuador”, a inicios de los años cuarenta del siglo pasado, sobre este melancólico* drama del ecuatoriano, por el cual:

“… el hombre ecuatoriano ha salido a la calle armado de su grito, o se ha lanzado al campo de batalla armado de su rifle o su machete, a defender su libertad. Y casi siempre ha triunfado en su empeño, aunque después del triunfo popular –bien ganado, heroicamente conquistado- haya naufragado en las aguas turbias de la intriga de camarilla o de trinca”. (p. 127)

Esto es de una tremenda ingenuidad: todos esos golpes fueron y son orquestados desde arriba (desde la “camarilla” o “trinca”) y el bravo pueblo del Ecuador ha sido un instrumento para ese re-acomodo de sus élites. Entrados en el regreso a la democracia, en la primera caída de un Presidente, la de Bucaram, el pueblo fue instrumento de los intereses del PSC. Lo que recetó Febres-Cordero por la mañana en las calles de Quito, se cumplió al pie de la letra en el Congreso Nacional unas horas más tarde. En este video (min. 3:15 en adelante) se observa al Ingeniero en su rol de DT de los destinos patrios. Es una gozada.

Todo el heroísmo del pueblo de Quito fue un tabaquito en labios del Ingeniero: todos los esfuerzos del bravo pueblo en las jornadas de febrero de 1997 (heroicos, en este imaginario ingenuo) fueron en beneficio de un caudillo guayaquileño y su “camarilla” o “trinca”, como las llamaba Carrión. Héroe, en este caso, resulta sinónimo de “tonto útil”**.

Como los noventa están de vuelta, la historia quiere repetirse, aunque no como Marx decía, que primero como tragedia y luego como farsa. En Ecuador no es así, porque ha sido una farsa siempre y en todo lugar, una larga y estúpida sucesión de farsas. La que toca ahora, la que está en cocción, se compondría una vez más del bravo pueblo de Quito en las calles para beneficiar a otro caudillo guayaquileño: Jaime Nebot, sucesor de León Febres-Cordero (a la derecha en el video de febrero de 1997).

Sigue sonando Vilma Palma de fondo y esto es el Ecuador. Todo es posible.

* Gregorio Peces-Barba decía que los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. Por eso la devoción popular al pasillo.
* El único levantamiento popular genuino fue contra Mahuad y la evidencia de esto fue la muerte lenta de su partido (es decir, la gente sí estuvo realmente arrecha contra Mahuad, por ser un maldito incompetente –me incluyo, aunque he tratado de entenderlo). Después de su destitución, la DP obtuvo 4 diputados de 100 posibles, es decir, pasó de tener 36 diputados en 1998 (cuando el pueblo -ayudado por el escritorio- eligió a Mahuad) a pasar a tener 4 en 2002. La DP languideció un rato más, para desaparecer años después sin pena ni gloria, como casi todo lo que ha hecho Oswaldo Hurtado a lo largo de su vida política. Que las otros dos destituciones fueron orquestadas por una porción de la élite política para eliminar a sus rivales políticos en el ejercicio del poder, sin contar con un genuino respaldo popular, se evidencia en el resultado de las siguientes elecciones: tras la destitución de Bucaram, el PRE obtuvo 24 diputados de 120 posibles (en 1996, cuando se eligió a Bucaram, contaba 19 de 82) con lo que se convirtió en la tercera fuerza política en el Congreso (por encima, el PSC tenía 27, la DP-UDC 36); tras la destitución de Gutiérrez, Sociedad Patriótica obtuvo 24 diputados de 100 posibles (en 2002, cuando se eligió a Gutiérrez, tenía apenas 6 de 100), con lo que se convirtió en la segunda fuerza política en el Congreso (por encima, el PRIAN tenía 28 diputados).

Wishful thinking at its best

25 de noviembre de 2016

O: "Vamos al país de la fantasía / Por la veredita de la ilusión". Encontrado en la Casa de la Cultura, Quito. 
  




Corrupción

13 de octubre de 2016


Los otros días, tomé un autobús de Quito a Guayaquil. Llegué a la terminal Jaime Roldós a las seis y media am. Salí de ella, cuando recordé que había olvidado un libro en el autobús. Corrí de vuelta, “tal vez lo encuentre todavía”, pensé (tengo los buenos recuerdos de haber recuperado un lote de libros en una situación similar, en Mendoza, Argentina).

Alcancé el autobús en el andén, pero el libro ya no estaba allí. Le pregunté al chofer si alguien lo reportó como objeto olvidado y me dijo muy suelto de huesos que “seguramente otro pasajero se lo llevó”. Por poco y le contesto: “claro, ¿qué se podría esperar de un colectivo de ecuatorianos, ¿no?” (1). 

Pero me contuve. Iba a ser inútil para el propósito de recuperar mi libro, que era lo que realmente me importaba (al menos el libro lo tiene uno de mis primos, así termino de leerlo).

(1) Realmente me molestó la naturalidad para admitir que alguien hurtó mi libro, como si la corrupción fuera tan normal (porque lo es). En Ecuador existe la hipocresía de decir que nuestro pueblo es bueno y los políticos son corruptos (tesis de Benjamín Carrión en ‘Cartas al Ecuador’, por ejemplo). Yo no creo en ese adefesio. Yo creo en lo lógico: nuestro pueblo es corrupto y, por ende, los políticos son corruptos. Así funciona para la generalidad de los casos. (¿Y cómo no funcionaría así? Un país nacido de una conquista brutal y un proceso colonial explotador y segmentado en razas, con una riqueza pésimamente distribuida -asociada una mayor riqueza a una piel más alba- y uno de los niveles más altos de desconfianza inter-personal que se registra a nivel mundial). Ecuador, país mal hecho. 
Momentos como éste me confirman en esta apreciación. 

Reefer madness en Ecuador

1 de julio de 2016


Al doctor Jorge Hurel Cepeda (1912-2008) la Casa de la Cultura Ecuatoriana le publicó en 1958 el libro ‘Estudio biológico sobre el campesino ecuatoriano’ (1). El año anterior este libro había obtenido el primer premio en un concurso promovido por el Núcleo del Guayas de la institución fundada por Benjamín Carrión en 1944, nacida para convertir al Ecuador en “una gran potencia de la cultura, porque para eso nos autoriza y nos alienta nuestra historia” (2).

En su libro, el doctor Hurel Cepeda (quien fue alcalde de Guayaquil [Presidente del Concejo Cantonal, in the parlance of those times] en los años 1964-65, nombrado por la Junta Militar) (3) expuso alarmado:
 
“En los últimos años, en el campesinado de la Costa, se observan casos felizmente poco numerosos de una nueva toxicomanía: la marihuana. En general, los toxicómanos tiene un pasado psicopático en su mayoría, o refieren un hogar desintegrado durante la niñez, o con padres de baja moral, o tiene a su haber una pesada historia policíaca, variando desde la embriaguez hasta crímenes.

La embriaguez con esta planta, que habitualmente preparan las hojas bajo la forma de “cigarrillo” para fumarlo, es ruidosa y peligrosa (la palabra Haschischin ha formado etimológicamente la de Asesino), durante la cual pueden cometer los más horrendos crímenes o perversiones sexuales” (4).
 
En 1937, Harry Jacob Anslinger, director del ‘Federal Bureau of Narcotics’ de los Estados Unidos de América sostuvo frente a los legisladores de su país una similar asociación entre el consumo de cannabis y la violencia (con un twist racista, dada la procedencia de la droga [México] y sus consumidores habituales en esa época [los negros]) (5). Como lo haría Hurel Cepeda en su laureado libro veinte años después, el funcionario federal Harry Anslinger argumentó entonces la relación entre el hachís (un derivado del cannabis) y el origen del término “asesino” (en inglés “assassin”) para persuadir al Congreso estadounidense de la aprobación de la Marihuana Tax Act.

Si bien el argumento es débil (6) no deja de ser interesante rebatirlo, por la perspectiva histórica que ofrece. El término árabe hashishiyya (que significa “consumidores de hachís”) fue utilizado por los sunitas para referirse a una secta disidente (chíita), la de los Nizari Ismailis, que provenía de Persia, una región conocida por su producción de hachís (7).

Así, la asociación hecha por los sunitas era simple: los Nizari Ismailis provienen de Persia, de Persia proviene el hachís, ellos consumen hachís. Un procedimiento similar a insultar hoy a los colombianos asociándolos con la drogadicción: “colombiano drogadicto” es una asociación fácil, por la alta producción de drogas de nuestro país vecino. Más de una vez la he escuchado, dicha de una manera profundamente despectiva.

Sin embargo, por mayor que sea la agresividad con la que se la diga, ello no convierte a las palabras hashishiyya dicha por un imam sunita o a la afirmación “colombiano drogadicto” en boca de un ecuatoriano clasemediero, en más o menos verdaderas. Esas afirmaciones, en cualquier época, son falacias, descalificaciones, insultos sin contenido real. No vale derivar de ellas ningún tipo de legislación (como la propuesta por Anslinger, aprobada por el Congreso de los Estados Unidos de América y promulgada por el presidente Franklin D. Roosevelt en 1937) ni creer que tienen validez científica; acaso sirvan para descubrir el placer de una etimología (8).

Volvamos al doctor Hurel Cepeda. Al terminar su exposición sobre los horrores de la marihuana, el doctor Hurel no se privó de ofrecer un consejo:
 
“Los accidentes tóxicos pueden cesar rápidamente suministrando una bebida ácida, jugo de limón por ejemplo” (9).
 
Yo no recomendaría tanto el limón, como el mango (10).

En todo caso, que la máxima institución dedicada a la cultura (encargado de convertir al paisito en una “potencia cultural”) haya premiado un libro con afirmaciones tan ligeras como éstas, es porque en una sociedad como la guayaquileña, esto es lo que había. No es de extrañar que muchas de estas evidencias de ignorancia sobre el cannabis se mantengan incólumes en la cabecita dura de muchos guayaquileños y ecuatorianos (11).

Una vez más, el mayor enemigo de la legalización de la cannabis es la ignorancia.

(1) En un post anterior me he referido a este libro, v. 'Sobre el indio serrano', Xavier Flores Aguirre, 14 de junio de 2016.
(2) 'Benjamín Carrión', Casa de la Cultura Ecuatoriana. Carrión tuvo oportunidad de desengañarse de su wishful thinking cuando escribió en el prólogo a la tercera serie de sus ‘Cartas al Ecuador’ que Ecuador era un país de "mestizaje inconcluso y honda desconfianza mutua" y sentenció lapidario: “ociositos y tristes, eso es lo que somos”. De gran potencia cultural, ya nada, v. 'Cara a cara al diablo', Xavier Flores Aguirre, 2 de julio de 2012.
(3) 'Murió galeno Jorge Hurel Cepeda', Diario El universo, 11 de febrero de 2008.
(4) Hurel Cepeda, 'Estudio biológico sobre el campesinado ecuatoriano', Casa de la Cultura, Quito, 1958.
(5) El proceso de aprobación de la Marihuana Tax Act es descrito detalladamente en 'Smoke signals", el extraordinario libro de Martín A. Lee sobre nuestra planta favorita. Lee relata el episodio en la sección titulada 'Voodoo Pharmacology', v. Lee, Martin A. 2012, 'Smoke signals. A social history of marijuana -medical, recreational, and scientific', Simon & Schuster, New York, pp. 48-54. Al final de la sección, Lee concluye lo siguiente: "Periodismo amarillo, sesgo racial, y oportunismo político, triunfaron sobre la ciencia médica y el sentido común" (p. 54).
(6) El origen de una palabra es de interés histórico, pero no límita su interpretación. Tiempo atrás argumenté (poniéndolo en boca de una Estéfani Espín cumplidora de sus obligaciones como periodista) con relación al uso de este argumento por una activista pro-vida: “si los derechos se determinaran por la etimología, en razón del término ‘patrimonio’ las mujeres no podríamos tener ni administrar bienes, pues solamente los varones (por aplicación del término ‘pater’) estarían ‘etimológicamente’ capacitados para hacerlo. Entonces, ¿por qué atarnos a la etimología para la determinación de derechos?”v., 'Periodismo y discriminación', Xavier Flores Aguirre, 17 de junio de 2013. Aplicado a este caso, ¿Por qué atarnos a la etimología para privarnos de derechos? 
(7) La historia se cuenta con mucha gracia en el capítulo 'The assassin legend' de un muy didáctico libro titulado: 'Getting high: Marijuana through the ages', de John Charles Chasteen. La principal ocupación de Mr. Chasteen es ser un historiador especialista en América latina, profesor de la materia en la Universidad de North Carolina en Chapel Hill, v. Chasteen, John Charles 2016, ‘Getting high: Marihuana through the ages’, Rowman & Littlefield, Lanham, EE.UU, pp. 94-99.  
(8) Jorge Luis Borges, ‘Los justos’.
(9) Ibíd.
(10) 'El efecto del mango en un colocón de cannabis', royalqueenseeds.es, 9 de marzo de 2015.
(11) En comparación por el alcohol (en particular por la violencia asociada a su consumo) el cannabis es una mucho mejor alternativa de consumo recreativo, v. 'Alcohol vs.Grifa', Xavier Flores Aguirre, 13 de mayo de 2016.

Sobre el indio serrano

14 de junio de 2016


En el libro ‘Estudio biológico sobre el campesino ecuatoriano’, premiado por la Casa de la Cultura el año 1957, el doctor Jorge Hurel Cepeda se despacha en estos términos sobre la cultura del campesinado indígena de la Sierra:
 
“Efectivamente el campesinado de la Sierra está dotado de un sentimiento de inferioridad, a veces hosco y huraño, baja y sube sus montañas, no confía ni quiere trato con el blanco hasta que esto no sea estrictamente indispensable. Es poco sociable y misántropo, la soledad es su mundo. Su temperamento es asténico. La apatía, la indolencia y su espíritu en eterna niebla. Llevan una vida primitiva que se traduce por comer mal, emborracharse y reproducirse, aunque no llega a tener los numerosos hijos del campesino de la llanura. Siempre es muy sumiso con el amito-patrón. Resulta difícil comprender cómo puede vivir a tanta altura y soportar las durezas de un clima tan frío y de una alimentación tan miserable” (pp. 39-40). 
Es de suponer que ésta era la opinión dominante de la sociedad blanco-mestiza en la época en que se escribió este libro, el que fue premiado y editado por la Casa de la Cultura, madre y maestra de la cultura del paisito que debía convertirse en una “una gran potencia de la cultura, porque a eso nos autoriza y nos alienta nuestra historia” según supo fabularlo Benjamín Carrión, fundador de esta institución el año 1944 (1). Mucho se ha complejizado la percepción sobre los indígenas desde su levantamiento de 1990, aunque no es improbable que opiniones tan superficiales como ésta del doctor Hurel sean todavía moneda común en las élites blanco-mestizas de nuestro país. No es tan lejana en el tiempo como para haberse desvanecido aún.

(1)Benjamín Carrión’, Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Tres descripciones de Quito y una explicación ausente

14 de diciembre de 2015

A inicios del siglo XIX, el científico alemán Alexander von Humboldt describió a aquella Quito en la que vivió seis meses de su vida (que hoy lo honra con una calle que corre paralela a la González Suárez) de la siguiente manera:
 
“El pueblo respiraba una atmósfera de lujuria y voluptuosidad, y tal vez no haya otro sitio con población tan enteramente dada a la búsqueda del placer. Así puede un hombre acostumbrarse a dormir en paz al borde un precipicio” (1).
 
Humboldt vivió en Quito seis meses, hospedado por Juan Pío Montúfar. Partió de Quito en junio de 1802 para recorrer América y realizar sus investigaciones. Iba a acompañarlo el sabio payanés Francisco José de Caldas, con quien Humboldt había tratado en Ibarra. Pero Humboldt se encamotó de Carlos Montúfar (hijo de Juan Pío Montúfar y futuro partícipe de las luchas por la independencia del imperio español, razón por la que fue fusilado por sedición en 1816) y prefirió llevarlo a él que al científico Caldas. Caldas (a quien Quito honra con una calle que termina en la Basílica del Voto Nacional) escribió en unas cartas dirigidas a José Celestino Mutis la siguiente descripción de Quito:
 
“El aire de Quito está envenenado; no se respiran sino placeres; los precipicios, los escollos de la virtud se multiplican, y se puede creer que el templo de Venus se ha trasladado de Chipre a esta ciudad” (2).
 
Esta atmósfera en la que “no se respiran sino placeres” de la etapa final del período colonial se desvaneció en el curso de los años republicanos. A fines de los años cincuenta del siglo XX, Benjamín Carrión describió a la ciudad de Quito (que hoy lo homenajea con una calle al Suroeste, en el sector de Santa Martha alta) de la siguiente forma:
 
“Quito, esta villa encumbrada, luminosa y triste, quiere engañar su tedio con el chiste. Pero Quito –y creo hacer con ello su mejor elogio-, no es una ciudad pinturera ni chistosa. Su panorama agreste, montañoso, de bella catástrofe verde. Sus magníficas lluvias torrenciales. Su alejamiento de los fáciles caminos del mundo. Todo eso, y además su mestizaje humano en el que predomina lo indígena, hacen de Quito una ciudad austera, trascendente, pensativa. Una ciudad patética.” (3).
 
El tránsito de Quito desde una ciudad “enteramente dada a la búsqueda del placer” hacia una ciudad “triste” y “patética”, sucedido en el curso de 150 años, exige una explicación.

(1) Ecuador: como Alexander von Humboldt. Diario La nación (Argentina), 13 de abril del 2008.
(2) Barrios, Francisco, Una pasión no correspondida, Revista Arcadia, 23 de junio del 2011. El presidente de la Academia Nacional de Historia de Colombia ha señalado en Caldas una “tendencia homosexual latente”, v. Humboldt era homosexual, ¿pero Caldas?, albicentenario.com. Caldas le da nombre al ron viejo.
(3) Carrión, Benjamín 2012, Ensayos escogidos, Editorial Pedro Jorge Vera CCE, Quito, p. 278.

Cara a cara al diablo

2 de julio de 2012


Publicado en GkillCity el 2 de julio de 2012.

*

“En todas esas ocasiones, el hombre ecuatoriano ha salido a la calle armado de su grito, o se ha lanzado al campo de batalla armado de su rifle o su machete, a defender su libertad. Y casi siempre ha triunfado en su empeño, aunque después del triunfo popular –bien ganado, heroicamente conquistado- haya naufragado en las aguas turbias de la intriga de camarilla o de trinca.” 
(Benjamín Carrión, Cartas al Ecuador, Pág. 127)

Benjamín Carrión: “ociositos y tristes, eso es lo que somos”.

Durante los años 1941-1943 Benjamín Carrión escribió sus Cartas al Ecuador publicadas en el diario quiteño El día. Eran los años del gobierno de Arroyo del Río y de la firma del Protocolo de Río. En el prólogo a la recopilación de sus cartas, un indignado Carrión advierte que las dirige a un país “adormecido por todas las falacias” y presa de un secretismo con el que “se encubrió la mediocridad, la pereza, la inepcia”. Su indignación es contra los políticos: por un lado, Carrión identifica al “buen pueblo nuestro –el más resignado, el más manso de los pueblos del mundo-”; por el otro, a “los ladrones, traidores, ineptos o farsantes que han acaparado el poder y el presupuesto en diversos períodos de nuestra historia”. El propósito de Carrión al escribir Cartas al Ecuador era “mostrar al pueblo el horror de su envilecimiento y su miseria; la lepra no se cura escondiéndola con guante blanco”.

La última cita es de una frase del peruano González Prada, que Carrión colocó como epígrafe en la recopilación de sus cartas. Las dos citas anteriores a ésta pertenecen a la décimo segunda carta que Carrión dirigió al Ecuador titulada “Sobre la vocación nacional: Inclinaciones morales del hombre ecuatoriano”, en la que también consta la frase que cito en el encabezado de este artículo. En dicha carta, Carrión claramente idealiza el supuesto empeño heroico y el bien ganado “triunfo popular” que termina por naufragar en aguas turbias. En su idealización, el “buen pueblo nuestro” actúa (sale a la calle o se lanza al campo de batalla) y casi siempre triunfa pero después es engañado por unos cuantos (una camarilla o trinca, de “ladrones, traidores, ineptos o farsantes”). Un pueblo esforzado pero ingenuo.

Carrión alcanzó a desengañarse de ese pueblo idealizado. En la década de los setentas quiso empezar una nueva serie de cartas (la tercera serie, después de las Nuevas cartas al Ecuador publicadas entre 1956 y 1960) pero quedaron inconclusas a su muerte en 1979. En su proyectado prólogo de esa serie, Carrión hablaba de este país “de mestizaje inconcluso y honda desconfianza mutua” y hacía una descripción lapidaria de esos ecuatorianos a los que antes idealizaba como activos y triunfantes: “ociositos y tristes, eso es lo que somos”.

La experiencia le inoculó el desencanto.

El empeño del hombre ecuatoriano: “cangrejos mexicanos”.

Las “ocasiones” a las que hizo referencia Carrión para ejemplificar el “triunfo popular” en su carta décima segunda fueron el 10 de agosto, las independencias de Guayaquil y Cuenca, los jóvenes de El Quiteño Libre, el 6 de marzo de 1845, la conjuración libertaria que culminó con el asesinato de García Moreno, la revuelta contra “los Salazares”, el movimiento de “la Restauración”, el 5 junio de 1895, el 25 de abril de 1907 y el 11 de agosto de 1911 en que hubo movimientos contra Alfaro y el 15 de noviembre de 1922. Salvo esta última fecha, el resto es obra de grupos más o menos cerrados de personas (usualmente ilustrados y pertenecientes a una élite propietaria y culta) por lo que no podría caracterizarse propiamente como “triunfo popular”. Y solo una broma siniestra podría denominar “triunfo popular” a centenares de cruces sobre el agua, representativas del saldo de muertos de la fecha nefasta que esas cruces conmemoran.

Carrión idealiza al pueblo y yerra. El empeño más común del hombre ecuatoriano en materia política es el descrito por el novelista argentino Pablo Ramos como el procedimiento de los “cangrejos mexicanos” en su libro La ley de la ferocidad: “no nos dejamos salir del balde en el que nos metieron. Con la excusa de ayudar, nos trepamos uno por encima del otro y lo único que logramos es que los que llegaron un poco más alto vuelvan a caer, vuelvan a compartir el fondo con nosotros”. Esa ha sido la realidad de esta sociedad de “honda desconfianza mutua” que intuyó Carrión y que confirman estudios científicos: Ecuador es, después de Bolivia, Belice y Perú, el país con menor confianza interpersonal de América y un país en el que las principales redes de participación cívica de sus habitantes son grupos de orientación privada (de índole religiosa o familiar) por encima de grupos profesionales y políticos (Cultura política de la democracia en Ecuador, capítulo VI. Sociedad civil y participación ciudadana). También es un país de baja tolerancia política cuyos ciudadanos registran el menor apoyo (después de Perú y Paraguay) a la democracia estable en América (Cultura política de la democracia en Ecuador, capítulo V. Legitimidad, apoyo al sistema y tolerancia política). Algunas cifras han mejorado en los últimos años, pero en general siguen todavía malas.

Cuando Carrión llamó a los ecuatorianos “ociositos y tristes”, lo que el bueno de Benjamín quiso decirnos es “valimos todos recontraqueharta paloma”. Y no le faltaba razón.

El naufragio de la política: “Yo tuve que ser lo que fui para poder supervivir sino me destruían”.

Carrión describe el juego de los políticos ecuatorianos como uno de oposiciones entre “trincas” o “camarillas”. Cuando en 1997, León Febres-Cordero recordaba su período como Presidente de la República durante los años 1984-1988 afirmó en primera persona que frente a sus adversarios políticos, “yo tuve que ser lo que fui para poder supervivir sino me destruían” (1:42-1:47). Su grupo de poder se enfrentaba a otros grupos de poder (representados en el Congreso Nacional) en permanente lucha. Febres-Cordero probó tener una enorme capacidad de supervivencia, articulada alrededor de la lealtad de hombres colocados en puestos clave. Según se informó al gobierno de Estados Unidos en el cable 05Guayaquil1090 de septiembre de 2005:
 
[Febres-Cordero] no tenía necesidad de ocupar cargos públicos como Presidente o Alcalde para ejercer su poder. Al paso de los años, construyó una amplia reserva de seguidores leales en posiciones clave como el sector judicial, empresas paraestatales como Pacifictel, el Congreso y las autoridades locales. Nombre usted el asunto, que la ayuda está solamente a una llamada telefónica de distancia, como lo sabe todo aquel que ha sido invitado al despacho de su modesta casa en Guayaquil, donde los teléfonos que conectan a su escritorio nunca paran de sonar” (Párr. 8).
 
El informante cuenta la historia como testigo presencial y advierte a sus lectores sobre la dirección que podía darle Febres-Cordero a dicha influencia: “LFC no está por encima de usar su influencia para su propio interés. El más notable entre muchos rumores de intereses económicos es el monopolio salino de Ecuasal, mantenido vía la manipulación de los reguladores gubernamentales” (Párr. 11).

El poder de Febres-Cordero pudo utilizarse en beneficio personal, en servicio público o para la destrucción de sus opositores políticos (la que era especialidad de la casa de la calle Bálsamos). Justo es decir, en todo caso, que esa constante política de buscar la destrucción unos de otros (como “cangrejos mexicanos”) no es privativa del uso del poder de Febres-Cordero sino una práctica común de los gobernantes en Ecuador iniciada por el venezolano Juan José Flores y continuada en larga sucesión casi ininterrumpida hasta Correa. La mayoría de los gobernantes en la Presidencia (incluido, por supuesto, Correa) han actuado ilegítimamente para restringir la libertad de expresarse de quienes hacen opinión crítica y han intentado moldear una opinión pública favorable a su gestión. La frase de Febres-Cordero que consta en el título de este apartado es la misma premisa que han tenido todos los gobernantes para actuar y la misma según la cual calcula y ordena sus actos de gobierno Rafael Correa.

Para muchos ciudadanos, y entre ellos para Benjamín Carrión, la política era cosa de “ladrones, traidores, ineptos o farsantes” por los que uno tenía la obligación de votar de cuando en vez. Valiendo, nuevamente.

Ulises de la Cruz: “Ya mirando cara a cara al diablo, resulta que no ha sido tan fiero”.

El escenario histórico descrito a partir de Carrión es uno de falta de confianza en sí mismo y de falta de confianza en la gestión de los políticos. Ante este escenario, el fútbol ofrece una respuesta. El fútbol, como se ha argumentado en La Descarga, es una metáfora de la sociedad. En la edición No 112 de revista Soho, Esteban Michelena rememora el crecimiento de nuestra selección nacional a 10 años de su primera clasificación al mundial. Desde el gris recuerdo de las angustias de su padre (“La selección nos daba pena”) hasta la memoria eufórica de “la generosidad, la solidaridad, el cuidar y defender al otro, y jugar para todos” que terminó por darnos “un retorno excepcional: Ecuador clasificaba a su primer mundial”, los jugadores ecuatorianos crecieron muchísimo en eso que siempre les faltó y que todavía nos falta, en general, como sociedad: confianza en sí mismos y en sus posibilidades como colectivo.

Michelena empieza su relato en Soho con la historia de aquel futbolista que “molido por la ansiedad” le solicitó al DT Pacho Maturana que no lo alinee al día siguiente en un partido crucial de la selección. Con solvencia, Michelena conduce su relato de esa miseria que éramos como selección (en actitud y en resultados: en los setentas, la década en que Benjamín Carrión nos describe como “ociositos y tristes”, la selección ecuatoriana no ganó ningún partido rumbo a las eliminatorias) hasta su nudo argumentativo: si obtuvimos resultados distintos, fue porque pensamos distinto de nosotros mismos, porque abandonamos por un instante esa “honda desconfianza mutua” de la que hablaba Carrión. En el relato de Michelena, que es celebratorio de la gesta de haber clasificado por primera vez al mundial, el cambio de actitud mental del colectivo se condensa preciso en la frase dicha por Ulises de la Cruz antes de ganarle por primera vez en nuestra historia a Brasil: “Ya mirando cara a cara al diablo, resulta que no ha sido tan fiero”.

La respuesta del fútbol son estas palabras de Ulises: “mirar cara a cara al diablo”. Una frase que implica una actitud de atrevimiento. Mirar cara a cara al diablo, en clave de país, implica admitir nuestra diversidad como habitantes de un mismo territorio, así como criticar las discriminaciones que mantenemos en nuestra convivencia, las que muchas ocasiones nos negamos a discutir. Mirar cara a cara al diablo, como miembros de una sociedad democrática, implica aceptar que pueden no gustarnos (e incluso parecernos inmorales) algunas opciones de vida de otras personas pero que tienen ellas el derecho de llevarlas a cabo. Mirar cara a cara al diablo, frente a los gobernantes, implica un constante escrutinio público de su gestión y el cuestionamiento argumentado de sus falacias y sus secretismos en el manejo de los recursos públicos que les confiamos. Mirar cara a cara al diablo implica, en definitiva, no ser ociositos ni tristes y exigir de manera activa y razonada un buen desempeño de nuestros administradores públicos, para crear lazos de confianza entre los ciudadanos (de que es posible hacer las cosas en conjunto y bien) en uno de los países del hemisferio occidental peor equipados para esa tarea. Una misión difícil, como en su momento lo era clasificar al mundial de fútbol. Pero los jugadores, según Michelena, pusieron de su parte “su admirable entrega colectiva y desempeños de excelencia” a resultas de lo cual al país “le sacaron los miedos y le lavaron la cara”.

Si de eso fue capaz un grupo de administrados por un impresentable como Chiriboga, no existe imposible.