Mostrando entradas con la etiqueta Alexander von Humboldt. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alexander von Humboldt. Mostrar todas las entradas

Naturgemälde

7 de junio de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 7 de junio de 2024.

La palabra que titula esta columna es alemana y, por ende, algo jodida. O como en este caso, intraducible. Pero dejemos a una de la tierra de los teutones que nos la explique: “una palabra alemana intraducible que puede significar una ‘pintura de la naturaleza’ pero que al mismo tiempo entraña una sensación de unidad o integridad”. La explicadora es Andrea Wulf, y ella es la autora de un libro extraordinario: ‘La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt’.

El libro de Andrea Wulf es una biografía de este viajero y científico alemán cuya vida resultó marcada por el recorrido que hizo por el hemisferio Sur a inicios del siglo XIX. En esencia, ella lo considera a Humboldt el “padre fundador” de la idea de ecosistema.

La genialidad de Humboldt fue ir a contracorriente. En una época en que la ciencia insistía en la especialización de los saberes, él aspiraba a observar las conexiones entre las cosas. El momento cumbre de esta mente poderosa fue durante su escalada del volcán Chimborazo, en compañía de Carlos Montúfar, Aimé Bonpland y José, su criado (no olvidar que este es un viaje de burgueses). 

El ascenso de Humboldt a la montaña más cercana al Sol ocurrió el 23 de junio de 1802. No llegaron a la cima, pero alcanzaron unos respetables 5.917 metros, con equipo e instrumentos rudimentarios. De todas maneras, aquella altitud antes no había sido alcanzada por nadie (o al menos por un occidental, porque la etnia Sherpa…). Y fue allí, en esas alturas del Chimborazo y oteando un horizonte inmenso, que Alexander von Humboldt, nacido en Berlín el 14 de septiembre de 1769, concibió la idea del Naturgemälde.

En su biografía de este hombre extraordinario, Andrea Wulf explica el significado de haber concebido dicha idea: “La naturaleza, comprendió, era un entramado de vida y una fuerza global. Fue, como dijo después un colega, el primero que entendió que todo estaba entrelazado con ‘mil hilos’. Esta nueva noción de naturaleza iba a transformar la forma de entender el mundo”.

En el territorio de las provincias del Reino de España que algunos años después se unirán para conformar el Estado del Ecuador, Humboldt conoció varias ciudades (Quito, Riobamba, Cuenca, entre otras) y ascendió a varias de sus montañas. Fue él quien bautizó al callejón interandino como “avenida de los volcanes”. 

El 17 de febrero de 1803 Humboldt y su comitiva zarparon desde el puerto de Guayaquil con destino a México. Nuestra ciudad fue la última en el hemisferio Sur en la que estuvo Alexander von Humboldt. Mientras se alejaba de ella, él miraba por el telescopio y “veía que las constelaciones del cielo austral iban desapareciendo poco a poco”. Cruzó la línea imaginaria del ecuador el 26 de febrero de 1803. Nunca más (murió en Berlín, el 6 de mayo de 1859, a los 89 años) volvió al hemisferio Sur.

Y Humboldt nunca fue el mismo tras su visita a esta parte del mundo, pues como lo destaca su biógrafa Wulf, “sobre todo, se iba de Guayaquil con una nueva visión de la naturaleza. En sus baúles iba el dibujo del Chimborazo, el Naturgemälde. Este dibujo y las ideas que lo habían inspirado cambiarían la percepción del mundo natural que iban a tener las generaciones futuras”.

Alexander von Humboldt y el Chimborazo

26 de diciembre de 2018


Uno de los libros más interesantes que he leído en los últimos tiempos es ‘La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt’, una biografía de este viajero y científico alemán cuya vida resultó marcada por el recorrido que hizo por el hemisferio Sur a inicios del siglo XIX.

La autora del libro, Andrea Wulf, considera a Humboldt como el “padre fundador” de la idea de ecosistema. En una época en que la ciencia insistía en la especialización de los saberes, Humboldt aspiraba a observar las conexiones entre las cosas. El momento cumbre de esta mente poderosa fue durante su escalada al Chimborazo, en compañía de Carlos Montúfar, Aimé Bonpland y José, su criado fiel (no olvidar: es un viaje de burgueses). En su ascenso a esta montaña el 23 de junio de 1802 llegaron a los 5.917 metros, una altitud nunca alcanzada ni siquiera por los primeros aeronautas en Europa. Fue allí, en las alturas del Chimborazo y pispeando el horizonte desde una altura jamás alcanzada por un ser humano antes, que Humboldt concibió el Naturgemälde.

Naturgemälde es “una palabra alemana intraducible que puede significar una ‘pintura de la naturaleza’ pero que al mismo tiempo entraña una sensación de unidad o integridad”. Fue allí, en las alturas del Chimborazo, donde todo lo que Humboldt había observado en su vida “encontró su lugar en el rompecabezas. La naturaleza, comprendió, era un entramado de vida y una fuerza global. Fue, como dijo después un colega, el primero que entendió que todo estaba entrelazado con ‘mil hilos’. Esta nueva noción de naturaleza iba a transformar la forma de entender el mundo”.

El Naturgemälde "con una sección transversal del Chimborazo, era una asombrosa imagen de la naturaleza como un entramado en el que todo estaba relacionado"
 
El 17 de febrero de 1803 Humboldt y su comitiva zarparon desde el puerto de Guayaquil con destino a México. Esta ciudad fue la última en la que Alexander von Humboldt estuvo en el hemisferio Sur. Cuando se alejaba de ella, Humboldt miraba por el telescopio y “veía que las constelaciones del cielo austral iban desapareciendo poco a poco”. Cruzó la línea imaginaria del ecuador el 26 de febrero de 1803. Nunca más (murió en Berlín, en 1859) volvió al hemisferio Sur.

Y nunca fue el mismo tras su visita, pues como lo destaca Andrea Wulf, “sobre todo, se iba de Guayaquil con una nueva visión de la naturaleza. En sus baúles iba el dibujo del Chimborazo, el Naturgemälde. Este dibujo y las ideas que lo habían inspirado cambiarían la percepción del mundo natural que iban a tener las generaciones futuras”.

Si rastreemos el origen del artículo de la Constitución del Ecuador por el cual se protege a la naturaleza, que es “donde se reproduce la vida”, el que primero formuló esa idea en términos científicos, fue el sabio alemán Alexander von Humboldt durante su ascenso al Chimborazo, esa montaña que es “en cierto modo” la más alta del mundo “porque su proximidad al ecuador hace que su pico sea el más alejado del centro de la Tierra”*.

* Todos las citas (salvo la noción de “padre fundador”, que está en el Epílogo del libro) están tomadas de los capítulos VI (“A través de los Andes”) y VII (“Chimborazo”) de: Wulf, Andrea, ‘La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt’, Penguin Random House, Bogotá, 2016, pp. 107-128.

Hegel y el Ecuador y Colombia

14 de noviembre de 2018


Un día como hoy pero del año 1831 y en Berlín la quedó Hegel, el autor de la Fenomenología del Espíritu y de Principios de la Filosofía del Derecho y demás sarasa, quien pensaba Sudamérica en perspectivas siempre negativas, “todas ellas despectivas y [que] hablan de un continente, en pañales, impotente, que sólo atina a reproducir lo europeo y que, al parecer, no tiene redención posible”.

Acaso Hegel pudo conocer en su último año de vida la noticia de la creación de una nueva república sudamericana con el pintoresco nombre de “del Ecuador”, vinculando así un territorio de América a “La Línea” que visitó su compatriota Alexander von Humboldt a inicios del siglo, cuando es fama que se empomaba al héroe andino par excellence, Carlos Montúfar.

Pero sería una imprecisión histórica decir que Hegel pudo conocer a la “República del Ecuador”: en rigor, un anacronismo. La República del Ecuador, con este nombre, existe desde la Convención de Ambato en 1835; hasta ese año este territorio ostentó la timorata denominación “Estado del Ecuador en la República de Colombia”. De esto, a lo más, es de lo que pudo enterarse el filósofo alemán antes de petatearse en Berlín: que en algún lugar de la costa Pacífica de Sudamérica, a la República de Colombia uno de sus Distritos (el del Sur) se le convirtió en un Estado que buscaba administrarse de manera independiente. Invariablemente, si Hegel se enteró de esto, habrá pensado que esa era una escaramuza insignificante para La Historia, una más de estas irrelevancias sudamericanas a lo sumo pintorescas.

Y la historia es más o menos como sigue: Una vez muerto Simón Bolívar (casi un año antes que Hegel, en diciembre de 1830), a Colombia no le importó que el Distrito del Sur se maneje por cuenta propia siempre que el territorio al norte del Río Carchi se quede con ellos: “Ud. se va, pero me lo deja a Pasto quietito, ¿oyó?”. Y Ecuador resistió un tiempo a esta admonición colombiana, pero se armó la casa de putas y en 1832 hubo guerra con Colombia, en la que el general neogranadino José María Obando (el acusado como asesino de Sucre) venció al general venezolano Juan José Flores, que fue el primer presidente del Estado del Ecuador y a quien no le quedó de otra que reconocer la pérdida para este naciente Estado, desde entonces y para siempre, de los territorios de la Audiencia de Quito situados al norte del Río Carchi. Por la espada, Pasto y Popayán se quedaron en Colombia.  

Pero si se enteró de algo, no se habrá enterado el viejo Hegel de tanto detalle, ni menos de la guerra entre la República de Colombia y uno de sus Estados constitutivos (?) porque ya la había quedado para 1832 (la guerra empezó en febrero y concluyó en diciembre). Si algo supo Hegel, uno de sus comentarios pudo ser, o “Qué payasada” o “Qué van a saber estos famélicos del cerebro de república e igualdad, son todos unos muertos” (obvio, dichos en grave y ríspido alemán), o cualquier otro de los productos de sus honduras filosóficas y sus sesgos racistas. 

Con todo, la República del Ecuador únicamente ha crecido y se ha desarrollado para darle la razón a este alemán muerto antes de que nos llamemos República del Ecuador.

Tres descripciones de Quito y una explicación ausente

14 de diciembre de 2015

A inicios del siglo XIX, el científico alemán Alexander von Humboldt describió a aquella Quito en la que vivió seis meses de su vida (que hoy lo honra con una calle que corre paralela a la González Suárez) de la siguiente manera:
 
“El pueblo respiraba una atmósfera de lujuria y voluptuosidad, y tal vez no haya otro sitio con población tan enteramente dada a la búsqueda del placer. Así puede un hombre acostumbrarse a dormir en paz al borde un precipicio” (1).
 
Humboldt vivió en Quito seis meses, hospedado por Juan Pío Montúfar. Partió de Quito en junio de 1802 para recorrer América y realizar sus investigaciones. Iba a acompañarlo el sabio payanés Francisco José de Caldas, con quien Humboldt había tratado en Ibarra. Pero Humboldt se encamotó de Carlos Montúfar (hijo de Juan Pío Montúfar y futuro partícipe de las luchas por la independencia del imperio español, razón por la que fue fusilado por sedición en 1816) y prefirió llevarlo a él que al científico Caldas. Caldas (a quien Quito honra con una calle que termina en la Basílica del Voto Nacional) escribió en unas cartas dirigidas a José Celestino Mutis la siguiente descripción de Quito:
 
“El aire de Quito está envenenado; no se respiran sino placeres; los precipicios, los escollos de la virtud se multiplican, y se puede creer que el templo de Venus se ha trasladado de Chipre a esta ciudad” (2).
 
Esta atmósfera en la que “no se respiran sino placeres” de la etapa final del período colonial se desvaneció en el curso de los años republicanos. A fines de los años cincuenta del siglo XX, Benjamín Carrión describió a la ciudad de Quito (que hoy lo homenajea con una calle al Suroeste, en el sector de Santa Martha alta) de la siguiente forma:
 
“Quito, esta villa encumbrada, luminosa y triste, quiere engañar su tedio con el chiste. Pero Quito –y creo hacer con ello su mejor elogio-, no es una ciudad pinturera ni chistosa. Su panorama agreste, montañoso, de bella catástrofe verde. Sus magníficas lluvias torrenciales. Su alejamiento de los fáciles caminos del mundo. Todo eso, y además su mestizaje humano en el que predomina lo indígena, hacen de Quito una ciudad austera, trascendente, pensativa. Una ciudad patética.” (3).
 
El tránsito de Quito desde una ciudad “enteramente dada a la búsqueda del placer” hacia una ciudad “triste” y “patética”, sucedido en el curso de 150 años, exige una explicación.

(1) Ecuador: como Alexander von Humboldt. Diario La nación (Argentina), 13 de abril del 2008.
(2) Barrios, Francisco, Una pasión no correspondida, Revista Arcadia, 23 de junio del 2011. El presidente de la Academia Nacional de Historia de Colombia ha señalado en Caldas una “tendencia homosexual latente”, v. Humboldt era homosexual, ¿pero Caldas?, albicentenario.com. Caldas le da nombre al ron viejo.
(3) Carrión, Benjamín 2012, Ensayos escogidos, Editorial Pedro Jorge Vera CCE, Quito, p. 278.