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Benjamín a través de los años

1 de agosto de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 1 de agosto de 2025.

El lojano Benjamín Carrión (1897-1979) es la figura señera del pensamiento ecuatoriano en el siglo XX, que vivió lo suficiente para decepcionarse de su pueblo.

Benjamín Carrión era un hombre esperanzado: escribió numerosos libros sobre el Ecuador (ensayos, biografías, antologías de poesía), fue periodista, diplomático y político (ministro y legislador, candidato a la vicepresidencia de la República en binomio con Antonio Parra Velasco), fundó la Casa de la Cultura Ecuatoriana y sostenía que un país pequeño como el Ecuador debía aspirar a ser “una gran potencia de la cultura, porque a eso nos autoriza y nos alienta nuestra historia”.

Durante los años 1941-1943 Benjamín Carrión escribió en un extinto diario de Quito (“El día”) unas cartas dirigidas al Ecuador. Por aquellos años gobernaba este país el presidente Carlos Alberto Arroyo del Río y en enero de 1942 había sido firmado el Protocolo de Río de Janeiro. En el prólogo del libro que recopiló estas cartas, titulado justamente “Cartas al Ecuador”, un indignado Benjamín Carrión advierte que sus cartas tienen por destinatario un país “adormecido por todas las falacias” y presa de un secretismo con el que “se encubrió la mediocridad, la pereza, la inepcia”. Estas citas corresponden a su décimo segunda carta, que llevó por título “Sobre la vocación nacional: Inclinaciones morales del hombre ecuatoriano”. 

La indignación de Benjamín Carrión era contra los políticos del Ecuador: por un lado, él identificaba al “buen pueblo nuestro –el más resignado, el más manso de los pueblos del mundo-”; y por el otro, a “los ladrones, traidores, ineptos o farsantes que han acaparado el poder y el presupuesto en diversos períodos de nuestra historia”. El propósito de Carrión al publicar esta recopilación de las cartas al Ecuador era “mostrar al pueblo el horror de su envilecimiento y su miseria; la lepra no se cura escondiéndola con guante blanco”. Esta frase (original del escritor peruano Manuel González Prada) fue el epígrafe de su libro.

El argumento de Benjamín Carrión era de una simplicidad dórica: el pueblo ecuatoriano se esforzaba, luchaba, y en muchas ocasiones hasta triunfaba, pero finalmente se terminaban por imponer “los ladrones, traidores, ineptos o farsantes” que son unos cuantos que conformaban “la intriga de camarilla o de trinca”. En definitiva, el pueblo ecuatoriano era un pueblo heroico, unos muchos bondadosos que sufrían siempre la frustración de sus triunfos por la perversidad de unos pocos.

Benjamín Carrión publicó una segunda serie de cartas con el título “Nuevas cartas al Ecuador” entre 1956 y 1960, durante el gobierno de Camilo Ponce. Carrión intentó la publicación de una tercera serie, pero se lo impidió la muerte en 1979. 

Sin embargo, el tono de su prólogo para esta tercera serie deja muy en claro el desengaño sufrido por Benjamín Carrión de ese pueblo ecuatoriano que él había idealizado en sus cartas de los años cuarenta. En el prólogo, Carrión hablaba de este país “de mestizaje inconcluso y honda desconfianza mutua” y hacía una lapidaria descripción de los ecuatorianos: “ociositos y tristes, eso es lo que somos”.

Benjamín Carrión, al final de sus días, decepcionado por sus compatriotas.

1832

14 de febrero de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 14 de febrero de 2025.

Aquel año 1832 el naciente Estado del Ecuador sufrió una pérdida territorial muy importante a manos de Colombia. El 8 de diciembre de 1832 ocurrió la firma del Tratado de Pasto, que el gobierno del presidente venezolano del Estado ecuatoriano, el general Juan José Flores, fue orillado a firmar tras su derrota en el campo de batalla. Desde la perspectiva de Colombia (Estado que por aquel entonces se llamaba “Nueva Granada”), la suscripción del Tratado de Pasto significó el respeto irrestricto a los límites establecidos entre los distritos que conformaron la República de Colombia por la Ley de División Territorial del 25 de junio de 1824.

Para la Nueva Granada, el Estado del Ecuador era un desprendimiento de la Gran Colombia (así la conoce la posteridad) y, tras la independencia del Estado del Ecuador en 1830 (en tanto fue el Distrito del Sur de Colombia, desde su anexión en 1822 hasta su secesión en 1830), el nuevo Estado debía someterse a los límites establecidos por la ley de Colombia mientras el Ecuador había sido parte de ella. 

Pero desde la perspectiva del Estado del Ecuador, la suscripción del Tratado de Pasto en 1832 cortó de una manera definitiva los vínculos de Quito, la capital del naciente Estado, principalmente con los territorios de Pasto y Popayán con los que ella había mantenido importantes vínculos económicos, administrativos y familiares por siglos, durante los tiempos de la monarquía española.

Aquel año 1832 se perdió mucho territorio frente a Colombia. Y unos 110 años después, en enero de 1942, se perdió mucho territorio frente al Perú, tras la firma del Protocolo de Río de Janeiro. Pero esa es otra historia.

Por estas pérdidas por doquier es que decía el presidente Carlos Arroyo del Río en su libro “La pendiente del sacrificio”, escrito para justificar su actuación en la pérdida de territorio de 1942, que el único punto cardinal con el que el Estado del Ecuador podría afirmar que no había perdido territorio era al Oeste, con el Océano Pacífico. Y ni siquiera esto es cierto, porque el mar gana territorio a las playas del Ecuador, año a año. 

Pero en el fondo lleva la razón Carlos Arroyo del Río: las pérdidas al Oeste son negligibles frente a las pérdidas territoriales producto de las guerras contra los vecinos del Norte y del Sur, que han mermado millones de kilómetros de territorio al Ecuador y que lo terminaron por privar de su vecindad con el Brasil.

Pero aquel 1832 también trajo una buena noticia: ocurrió la única anexión territorial que ha tenido el Estado del Ecuador en su historia. En 1832, el militar ecuatoriano Ignacio Hernández viajó a las Galápagos para tomar posesión del archipiélago a nombre del gobierno (por aquel entonces se lo denominó “Archipiélago de Colón”). Ocurrió el 12 de febrero y se hizo a instancias de José de Villamil, que se convirtió en el primer gobernador de este nuevo territorio. 

En aquella época, al archipiélago se lo reputaba de casi nulo valor, por lo que el resto de países lo dejaron al Ecuador en paz con su expansión. Fueron anexados 8.010 kilómetros cuadrados, que pasados los años demostraron ser un paraíso.

Ocurrió en 1832, y es la única anexión territorial de un Estado que ha perdido tanto. 

La República del Ecuador (enero de 1842 a enero de 1942)

10 de octubre de 2021

En enero de 1842, el Gobernador de Guayaquil Vicente Rocafuerte y Rodríguez de Bejarano, hombre de 58 años de edad, todavía soltero (1), podía pensar en un futuro brillante para la República del Ecuador que él había contribuido a fundar en 1835.

 

En enero de 1842 el Ecuador era una joven república, dejando atrás un pasado borrascoso de insurrecciones y de guerra civil, además de una sui géneris figura jurídica de ser, entre 1830 y 1835, un Estado dentro de una República de Colombia que, en la práctica, lo ninguneó (2). Vicente Rocafuerte, hombre adinerado e ilustrado, viajero y cosmopolita, había llegado a Guayaquil en 1833, después de residir en el extranjero por 14 años, y tras varias escaramuzas, se terminó por aliar con el hombre fuerte de esos años bisoños, el general venezolano Juan José Flores, para gobernar el Ecuador. De esta alianza entre un ilustrado y un bruto surgió el triunfo militar en los arenales de Miñarica y emergió, después, una Constitución (la ambateña de 1835) que fue la primera que declaró al Ecuador como una República, ya no como el aborto de Estado que había sido en el diseño anterior.

 

La Constitución de 1835 era moderna (p. ej., establecía normas para la protección de la propiedad intelectual) y bajo su imperio ocurrió la conclusión del período de gobierno de Rocafuerte entre 1835 y 1839, y la transmisión del poder ejecutivo a Flores. En enero de 1842, bajo la Presidencia de Flores y la vicepresidencia de Aguirre, Rocafuerte podía pensar que la Constitución que él moldeó en julio y agosto de 1835 garantizaba la estabilidad de los gobiernos en el territorio que el Ecuador tenía entonces, que era de alrededor de más de un millón doscientos mil kilómetros cuadrados, y que era limítrofe, por el Este, con el Imperio del Brasil. A Rocafuerte le pudo parecer en enero de 1842 que el Ecuador era una tierra promisoria para la prosperidad.

 

Pero si Rocafuerte abrigó este pensamiento, la realidad no tardó en arrebatárselo. Primero, la fiebre amarilla, que asoló a Guayaquil ese mismo 1842. Luego, la ‘Carta de la Esclavitud’ de 1843 y el primer golpe de Estado exitoso con el triunfo de la revolución marcista en 1845 y la expulsión de Flores del territorio del Ecuador en julio de ese año. Entre 1843 y 1845, el ideal de estabilidad de los gobiernos se había hecho trizas. Rocafuerte murió en 1847 y se perdió la sucesión de golpes de fuerza que se acomodaron con nuevas Constituciones.

 

Porque, después de la revolución marcista, el Ecuador fue de tumbo en tumbo, creando Constituciones para justificar variopintos golpes de Estado, con más pena que gloria y sin producir una sucesión de Presidentes de la República como la ocurrida entre Rocafuerte y Flores hasta la próxima unión de un hacendado guayaquileño muy adinerado y un Flores, casi al final del siglo XIX (3).

 

La sucesión de constituciones y golpes de Estado, sumada a la errática política diplomática y la debilidad del Estado en el concierto de las naciones, hicieron que en enero de 1942, en Río de Janeiro, el representante del Ecuador, Julio Tobar Donoso, firme un Protocolo que redujo el territorio de la República del Ecuador a los aproximadamente 280.000 kilómetros cuadrados que actualmente (mal)administra. Así, entre enero de 1842 y enero de 1942, la República del Ecuador perdió alrededor de un millón de kilómetros cuadrados de territorio y resignó su vecindad con el inmenso Brasil. Perdió toda guerra en la que participó y casi tuvo más Constituciones que períodos presidenciales concluidos (4). Vencido en el exterior e inestable en lo interior, es fama que el representante del Brasil, Oswaldo Aranha, le espetó a un atribulado Tobar en la Conferencia de Río de Janeiro un ‘aprendan a ser país, y luego reclamen sus derechos(5).   

 

Entre enero de 1842 y enero de 1942 pasaron cien años y no hicimos un país en serio. Y parece claro, en esta tierra de perpetuos desacuerdos, que seguimos sin atisbo de serlo.

 

*

 

(1) Se casó con su sobrina Baltazara Calderón Garaycoa (hermana de Abdón Senén) el 10 de febrero de 1842.

(2) Así pasó cuando Roberto de Ascázubi, tras la derrota en Miñarica y por resolución de una Asamblea Constitucional que se reunió en Tulcán, fue a Bogotá a ofrecer la anexión de la Sierra ecuatoriana a Colombia, país que en ese entonces operaba bajo el alias de ‘la Nueva Granada’. En Bogotá se cagaron de la risa le negaron su propuesta a Ascázubi y lo mandaron con viento fresco de vuelta.

(3) La otra ocasión del siglo XIX en que se sucedieron dos Presidentes de la República que terminaron sus períodos de gobierno ocurrió entre 1884 y 1892, cuando gobernó entre 1884 y 1888 el guayaquileño José María Caamaño y Gómez-Cornejo, hacendado adinerado que fue sucedido por el gobierno del quiteño Antonio Flores Jijón, hijo del general Flores, que se llevó a cabo xentre 1888 y 1892.

(4) Desde 1835 hasta el año 1942 de la pérdida territorial frente al Perú, la República del Ecuador tuvo un total de catorce períodos de gobierno concluidos durante la vigencia de doce Constituciones (si contamos las Constituciones desde que el Ecuador es Estado independiente, serían trece). 

(5) El diplomático norteamericano Sumner Welles, que representó a los Estados Unidos de América en la Conferencia de Río de Janeiro, escribió una memoria sobre cinco países andinos y argumentó que, de todo lo que andaba mal con la América andina, la República del Ecuador era lo peor, un remedo de país.

El lamento de Crespo Toral

14 de abril de 2017

En un artículo publicado el año 1902 sobre la cuestión limítrofe con el Perú, Crespo Toral hace un recuento de los grandes fracasos del Ecuador:

“En Ecuador, desde 1830, viene arrastrando los desastres de una luctuosa historia. Sobre un territorio conmovido por odios de regionalismo; en medio de la vieja oposición de razas; con el más soberbio militarismo como protagonista; con las comparsas de caracteres versátiles o menguados; la fiebre de ensayos constitucionales de todos los días; siendo los gobiernos civiles rápidos destellos –ensueños de fugitivo bienestar- echados abajo con la punta de la espada; con paréntesis de grandeza, señalada principalmente por el genio único de García Moreno; la República preparada o improvisada por el General Flores, que supeditó al desagraciado Lamar en su empresa; ni en el terreno de la diplomacia, ni en el de la imposición o justicia armadas, se ha podido mantener, para el objeto de sacar, limpia y esplendorosa, la herencia de Quito, la de 1809. La reseña de nuestro pleito con el Perú traduce las desventuras de toda nuestra historia. Unidos, honrados y caballeros, pudimos echar en la balanza –junto con la justicia- el hierro y tal vez el oro, que valen mucho cuando se vindica el derecho; y fuimos y somos todavía… un pueblo pobre, sin vínculos de nacionalidad…
Por la ruindad de nuestro patriotismo, es por lo que el Perú pretende dejarnos en peor situación que en vísperas de Tarqui. No heredamos la gloria: ¿la sangre de los hijos del Sur se fue en balde, por las aguas del Tarqui, hacia el distante mar Atlántico…? ¿Quizá el océano del olvido?” (1).

Lapidario.

El poeta curunado. Fuente: 'Obras completas, t. XI'.

Y para peor: no aprendimos hasta 1942, cuando perdimos la mitad de nuestro territorio con el Protocolo de Río de Janeiro y llegamos a ser menos de lo que éramos “en vísperas de Tarqui”. En aquella ocasión, el Embajador de Brasil, Osvaldo Aranha, nos conminó a portarnos serios: “Aprendan a ser país, y luego reclamen sus derechos”.

En eso de “aprender a ser país”, pues todavía seguimos en el intento. Y con más pena que gloria.

(1) ‘Pleito secular: el estado del asunto’ [1902], en: Crespo Toral, Remigio, ‘Obras completas, t. XI [Pleito secular]’, Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinoza Pólit, Quito, 1992, p. 36.