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Timing ("nunca falta un período que sobra")

13 de mayo de 2019


Recuerdo que iba en un carro cuando en la radio escuché a Correa decir, en el cierre de campaña de Augusto Barrera para la Alcaldía de Quito, que voten por Barrera porque era como votar por él. Tal vez en la efervescencia del momento ésta pudo parecer una decisión acertada, pero fue sustancialmente estúpida. El pueblo se le rió en la cara a Correa y votó por un auténtico y emergente bobazo: Mauricio Rodas, un cuarto puesto en unas elecciones presidenciales recientes, con ambiciones y la asesoría de Durán Barba*.

Tras escuchar esta plegaria del Presidente Correa pensé: “Es el principio del fin” (intuí que a Barrera le pasarían por encima, como sucedió). Era claro que fue la desesperación la que habló a través de Correa, pues las plegarias no proceden cuando hay el dominio de sí y de la situación. Dada su desesperación, Correa personalizó la política hasta un nivel extremo: instó a que se vote por otro porque era como votar por él, una movida que entrañaba poner en riesgo su propio capital político si Barrera perdía en la capital, pues sería como decirle NO al mismísimo Correa, que finalmente fue lo que pasó: a Barrera le terminó por ganar, no Rodas (que en política era, es y será un palurdo) sino el anti-correísmo azuzado por los medios de comunicación… y por el propio Correa, con esta movida de principiantes.

Esta derrota de Barrera marcó el tono de la época por venir: un Presidente dispuesto a comprarse todos los pitos en nombre de su administración hasta que no sea posible hacerlo más (en cuyo caso los fusibles pasaban a engrosar una creciente lista de “traidores”). Este proceder le acumuló un fastidio generalizado que fue convenientemente azuzado por unos mercachifles medios de comunicación… Con un resultado final que fue favorable a ellos: del Presidente creador de sus primeros seis años, lo pasaron a la resistencia (Correa se peleó hasta con Twitter, por Jebús), a soportar un creciente y triste desgaste. Alcanzó Correa eso sí, antes de irse, a nombrar a un sucesor: hoy es un nombre maldito que engrosa la lista de los traidores.

Tal vez ahora es fácil concebirlo, pero la administración 2013-2017 de Rafael Correa fue un exceso que nunca debió ser. Debió soltar el poder y dejar abierta la posibilidad de perder, que de eso va la democracia. Los cuatro años del 2013 al 2017, con el Ecuador en las manos de la derecha, nos íbamos a la mierda de bajada y sin frenos. En un escenario así, Correa hubiera mantenido su capital político intacto y habría vuelto el año 2017 como una tromba a gobernar cuatro años (N.B.: en este escenario Nebot no pinta nada), no desde la resistencia inútil, sino en la creación de reformas urgentes en este país casi invariablemente de mierda.

Era cuestión de timing, de saber retirarse y de volver al ring cuando correspondía (mérito que sí ha tenido Nebot –de allí que hoy sea su hora). Pero apreciar esto requiere tener perspectiva. Y en la personalización extrema de la política en la que se embarcó Correa, el margen para fracasar se amplía de una manera considerable, pues conduce a vivir de reacciones a ataques en una constante y aburridora división del mundo entre los “buenos” y los “malos y traidores”: es decir, queda perdida la perspectiva para crear y se empieza a resistir el asedio de la maldad (o de la “maldak”, que diría L. Roldós).

Hasta que sucede la derrota de los “buenos”, que acaso no sea definitiva**. 

* Dicho en crudo: Durán Barba imbecilizó esas elecciones para Alcalde de Quito, porque detectó un surplus de imbéciles motivados por el odio. Él simplemente moldeó el barro.
** A pesar de los denodados esfuerzos del Consejo Transitorio por extirpar de las instituciones y borrar de la memoria a estos “buenos”, los que desde su perspectiva (tambien maniquea) son, a su vez, los “malos”.

El sainete

1 de mayo de 2018


En Amador’s, planta baja, el noticiero pasó un video de un Alcalde de Guayaquil enojado, en plan “El pueblo soy yo”. 

- “Es cosa de asombro”, dijo un tipo que llevaba una sopa marinera a medio talle, “que se diga que la voluntad de uno encarna la voluntad de toda una ciudad”.
- “Lo realmente asombroso es que esa persona no viva siquiera en la ciudad que dice representar”, terció un morocho que se empujaba una guata.
- “Eso no es nada”, aclaró una mancita que esperaba que Periquito le despache un chupe, pues era viernes. “Asombroso es que viva fuera de la ciudad que dice representar, en una isla privada, en ciudadela cerrada, rodeado de guardias privados y de robaburros”.
- “Esos son los arrabales del asombro” espetó un abogado que tenía la corbata sumergida en una cazuela de camarones y aún no se daba cuenta. “Lo realmente asombroso es que a pesar de vivir fuera de la ciudad, en una isla privada y segregada, ese millonario sea el ídolo de los pobres de la ciudad”.
- “Eso es verdak”, dijo un señor con pinta de Ñaño Lelo, que se sacaba un moco después de comerse el último de los patacones de un ceviche mixto y a quien la gente confundía con León Roldós, “pero no es la historia en su totalidak. La curiosidak es que el Alcalde haya surgido del sector de la construcción y que durante su gestión haya usado a la Alcaldía para beneficiar a ese sector empresarial en un claro ejemplo de capitalismo de amigos, a pesar de lo cual este millonario que vive fuera de la ciudak en una isla privada y segregada es el ídolo de los pobres y encarna la voluntak de toda la ciudak. Allí la figura está redonda y lo asombroso se muestra en toda su complejidak”.

Se hizo un grave silencio. El señor con pinta de Ñaño Lelo se levantó para pagarle a doña Yoconda y mostró su cédula. Sí era León Roldós. Pagó justo, tomó unos caramelos y se fue.

La gente se quedó pensativa (incluido el fiel Periquito) después de este último comentario. A pesar de la exquisitez desmesurada de sus platos, se posó en el ambiente la impresión triste de estar viviendo menos en una ciudad, que en un sainete.