Los presidentes 'exitosos'

16 de octubre de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 16 de octubre de 2026.

Un presidente constitucional es aquel elegido por la voluntad popular o por un congreso de representantes. Para ser “exitoso”, la vara es baja: un presidente constitucional es tal, siempre que haya cumplido el período de gobierno para el cual fue elegido (es decir, si no ha existido golpe de Estado, autogolpe o muerte del presidente). En la atribulada historia del Estado del Ecuador, establecido por la Constitución de Riobamba en septiembre de 1830, “exitosos” han sido apenas diecinueve presidentes constitucionales. 

El artículo primero de la Constitución de Riobamba es claro: “Los Departamentos del Azuay, Guayas y Quito quedan reunidos entre sí formando un solo cuerpo independiente con el nombre de Estado del Ecuador”. De las capitales de dos de estos departamentos provienen un total de once de los diecinueve varones que han sido presidentes “exitosos”: de Guayaquil son originarios siete; de Quito son originarios cuatro. 

Son presidentes “exitosos” nacidos en Guayaquil, con su correspondiente período de gobierno: Vicente Rocafuerte (1835-1839), Vicente Ramón Roca (1845-1849), Gabriel García Moreno (1861-1865), José María Caamaño (1884-1888), Alfredo Barquerizo Moreno (1916-1920), León Febres-Cordero (1984-1988) y Rafael Correa (2009-2017). Son un total de ocho períodos de gobierno, debido a la reelección de Correa el año 2013.

Son presidentes “exitosos” nacidos en Quito, con su correspondiente período de gobierno: Antonio Flores (1888-1892), José María Velasco Ibarra (1952-1956), Camilo Ponce (1956-1960) y Rodrigo Borja (1988-1992)

El resto de los presidentes “exitosos” proviene de unos pequeños poblados (ninguno supera los 50.000 habitantes): de Píllaro (Urbina), de Montecristi (Alfaro), de Charapotó (Plaza Gutiérrez), de Chanduy (Tamayo) y de Nueva Rocafuerte (Lenin Moreno). O nacieron en el extranjero: son los casos del venezolano (natural de Puerto Cabello), Juan José Flores, y de Galo Plaza Lasso y Sixto Durán-Ballén, quienes nacieron en Nueva York y Boston respectivamente, en circunstancias en que sus padres desempeñaban funciones diplomáticas para el Estado del Ecuador en los Estados Unidos.

Entre los presidentes “exitosos” de poblados pequeños y del extranjero suman un total de nueve períodos de gobierno, dada la reelección no consecutiva del charapotense Plaza Gutiérrez. 

Excluido el período presidencial en curso, en los 195 años entre la fundación del Estado en 1830 y el 2025, se han completado un total de 21 períodos presidenciales. A razón de cuatro años por período, suman un total de 84 años. Los otros 111 años de vida institucional del atribulado Estado del Ecuador se pierden en una nebulosa de interrupciones de los gobiernos por revoluciones, golpes de Estado o autogolpes de Estado, y de gobiernos por interinazgo o dictadura.

Dato curioso: ningún presidente “exitoso” ha sido originario de la otra capital departamental que constituyó el Estado del Ecuador en 1830. Cuenca no tiene ningún presidente “exitoso” y no porque no lo haya intentado: Antonio Borrero y Gonzalo Córdova, elegidos por la voluntad popular en 1875 y 1924 respectivamente, eran cuencanos. Al primero lo tumbó la revolución septembrina, al segundo la revolución juliana. 

El cascarón vacío

9 de octubre de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 9 de octubre de 2026.

La democracia ecuatoriana es un cascarón vacío. Salieron los datos del informe del año 2026 del Latinobarómetro que confirman esta afirmación. Entre los diecisiete Estados de América latina que se analizan en el Latinobarómetro, el Ecuador es una brutal anomalía que registra el mayor porcentaje de la población que considera que una democracia puede funcionar sin estos elementos: el 50% considera que puede funcionar sin partidos políticos (el promedio regional es 40%), el 49% que puede funcionar sin congreso nacional (el promedio regional es 35%) y el 45% que puede funcionar sin oposición (el promedio regional es 35%). Un 33% (en esto empatamos con Paraguay y Guatemala) considera que la democracia puede, incluso, funcionar sin elecciones (el promedio regional es 22%).

De manera contradictoria, la población ecuatoriana, en contraste con la mayoría de los países de la región, manifiesta un apoyo menos que mediano a un gobierno que no sea democrático (un 47%, por debajo del promedio regional del 52%). La población ecuatoriana defiende, pobremente, una democracia totalmente vaciada de contenido.

Hasta el año 1945 las elecciones las organizaba el gobierno nacional y los resultados eran muy previsibles (amañadas, con el candidato oficialista ganador). Desde la Constitución de aquel año hasta la fecha, un organismo especializado está a cargo de la organización de las elecciones. Juzgado por el artículo 21 de la Constitución de 1945 que instituyó un Tribunal Superior Electoral, el propósito de este cambio era fortalecer el sistema de partidos políticos y garantizar la “pureza” del proceso electoral.

Garantizar la pureza del proceso electoral fracasó (el CNE y su secuaz, el TCE, son como no tener organismos especializados) y el sistema de partidos que se intentó fortalecer hoy vive sus horas más bajas, sumido en el más rotundo de los fracasos. Según los datos del citado Latinobarómetro, tan solo el 11% de los ecuatorianos tiene confianza en los partidos políticos y tantos como el 88% no se siente representado en la Asamblea Nacional.

El sistema de partidos no funciona. Los partidos son personalistas, hace mucho renunciaron a representar una ideología. Como consideran a sus votantes indignos de un programa de gobierno, los tratan como a unos menguados, unos capitis diminutio a quienes se les dirige mensajes toscos o banales. Tan vacíos de contenido están los partidos, que hoy guardan un ominoso silencio frente a los ataques que erosionan el sistema democrático que el gobierno nacional hace a sus opositores y críticos, o frente a la situación del país en general. Este silencio es una señal inequívoca de que no representan a nadie.

A mayor inri: el control del financiamiento de los partidos es ineficaz (casi una bienvenida a la participación vicaria de los GDO), la capacitación de sus simpatizantes es inexistente, las primarias son una burla. El sistema electoral se sostiene por la amenaza de una multa dirigida a quienes no acudan a votar. Si no fuera por esta multa, el número de votantes sería tan bajo que los elegidos no tendrían legitimidad para el ejercicio del cargo.

La democracia ecuatoriana es un cascarón vacío. Hoy está viviendo sus horas más bajas.

El ataque del escorpión

2 de octubre de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 2 de octubre de 2026.

Todos hemos escuchado la fábula de la rana y el escorpión, donde la rana ayuda al escorpión a cruzar un río para, a mitad del cruce, picar a la rana con su aguijón y matarla, al tiempo que el escorpión también se hunde y muere. Antes de ahogarse, la rana le pregunta: “¿Por qué lo hiciste?”. El escorpión le responde: “Está en mi naturaleza”.

En una adaptación ecuatoriana del cuento, el presidente Noboa es el escorpión que pica y hace daño, aunque se hunda su administración. 

Me explico: Noboa accedió a la presidencia por su discurso del “pro”, que él decía que era infinito, por oposición al “anti”, que imponía límites. Pero una vez en el poder, Noboa cambió su discurso: cayó la careta y su actitud confirmó que él es un auténtico “anti” (ser un “pro” no le sentaba nada bien). Él mismo se ha definido como “pésimo enemigo”. 

En un principio, el “anti” del gobierno orientaba su ataque al correísmo y su principal crítica era la corrupción en su período. Con el tiempo, sus ataques han ampliado su ámbito a otros muchos actores de oposición y busca involucrarlos con el crimen y los Grupos de Delincuencia Organizada (GDO).

La idea detrás de esto es convertir a los opositores políticos, e incluso a los pocos periodistas críticos, en enemigos del progreso encarnado por el gobierno nacional. Esta idea es peligrosa, porque polariza el debate en buenos versus malos y porque supone que el otro no es un adversario sino alguien a quien se orilla a renunciar, se obliga al exilio o se somete a prisión. En cualquier caso, alguien a quien se debe sacar del juego político.

Nada nuevo bajo el sol ecuatoriano: el mitológico Velasco Ibarra decía en la campaña a la presidencia de 1956, “o el Frente me tritura a mí o yo trituro al Frente”. En la historia política del Ecuador, “el Frente” de Velasco, vale por “opositor”. Somos una cultura de la confrontación, donde los acuerdos son motivo de desconfianza o la antesala de una traición. Por eso la tentación de muchos gobernantes en el Ecuador, si acumulan el suficiente poder, es eliminar a sus rivales. Y Noboa lo está llevando al extremo.   

Esto es especialmente preocupante en estos días, porque a una sociedad indiferente o adormecida, a un periodismo complaciente, se le ha sumado una clase empresarial cobarde. Apenas una autoridad del gremio en una sesión conmemorativa alzó la voz en contra de abusos del gobierno, en seguida se la orilló a renunciar. Y conste que la renunciada reclamaba apenas unos mínimos de la democracia. Básico, pero fue demasiado.

No se puede imputar esta renuncia a un cabildeo del gobierno, pero eso es lo más preocupante: que ya ni siquiera sea necesario, que se haya naturalizado el miedo a sufrir las consecuencias de ejercer la libertad de expresión. Esto se llama autocensura (de políticos, periodistas, gremios, de cualquiera que prefiera el silencio antes que alzar la voz). Y por la multiplicación de las autocensuras muere una democracia. 

Algo es seguro: el presidente va a seguir al ataque, encarnando el “anti”, aunque genere una creciente resistencia, erosione la institucionalidad y se vulneren derechos. Aunque se hunda su administración: Él es el escorpión y esta autodestrucción está en su naturaleza.