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Sucre y la mala siembra

1 de marzo de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 1 de marzo de 2024.

Cuando se cumplieron los 100 años de la batalla de Tarqui, la Asamblea Nacional comisionó al poeta cuencano Remigio Crespo Toral (1860-1939) para que rinda un homenaje al Gran Mariscal Antonio José de Sucre con el depósito de una ofrenda y el ofrecimiento de un discurso. El acto se cumplió en Quito, ante el monumento a Sucre, sito en el corazón de la plaza de Santo Domingo.

Remigio Crespo Toral fue abogado, político y diplomático; diputado por el Azuay en varias ocasiones y rector de la Universidad de Cuenca; fundador de un periódico, una revista y un banco; miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, escritor y poeta. Desde 1917, él era el “poeta coronado” (le ciñeron una corona de laureles en una ceremonia pública a la que asistió el presidente Baquerizo Moreno, otro poeta). En su vasta obra poética consta un “Canto a Sucre”, publicado en 1897. La mirada y las formas del poeta palpitan en su discurso a Sucre.

Aquel día que Crespo Toral ofreció su discurso, él no consideró que pudiera haber una vida más trágica que la del cumanés Antonio José de Sucre, a punto tal de tornarlo a Sucre un personaje de tragedia griega: “El grande hombre era el perseguido de la fatalidad, a manera de uno de los personajes de Esquilo o de Sófocles. Como ésos sin ventura de la progenie de Edipo, había de ser infeliz más allá de la tumba”.

En su discurso, Crespo Toral recuenta el fraccionamiento de Colombia en pedazos, lamenta la muerte de Sucre en Berruecos (“El Mariscal ha muerto: rueda su cadáver en el fango del sendero… Nadie recogió el último aliento y su postrer adiós”), deplora el pronto olvido de su esposa quiteña. Deplora, también, “su entierro vergonzante, como el de un malnacido”. Y aún vincula el terremoto de Cumaná, ocurrido en enero de 1929, a la lista de desgracias de Sucre: “¡Lógica tan dura la del infortunio, que no se quiebra jamás! Todo lo que a Sucre toca parece contaminado de tragedia. En estos días, su Patria, la heroica Cumaná, acaba de romperse y trocarse en polvo, en la epilepsia del terremoto. ¡Qué de él no quede ni hasta la cuna!”.

Entonces reflexionó Crespo Toral sobre lo que significó la muerte de Sucre para la suerte del Ecuador: “De su muerte arranca el trágico destino del Ecuador. A vivir él, nuestra patria, bajo su égida y al brillo de su nombre, no habría sido entregada a la rapacidad extranjera, ni se hubieran burlado los pactos ni los caudillos del Patía habrían logrado la mutilación del Ecuador”. 

Por supuesto, Crespo Toral reconoció los enormes méritos de Antonio José de Sucre, a quien declaró tributarle “nuestro homenaje de admiración y gratitud”. Por ello, se apresuró a exculparlo: “Si no dio fruto su siembra, culpa será no del sembrador, sino de la mala tierra y de los hombres peores que ella”.

Aquella tarde del 27 de febrero de 1929 que se leyó este discurso la imagino fría y lluviosa, y a su lector, Remigio Crespo Toral, filoso y cortante. Lacerante: “Hemos vivido hasta hoy gastando todos los sentidos y las fuerzas todas en la lucha intestina, sin visión de la frontera y sin la conciencia, que deriva de la Historia…”, tal fue su conclusión.

Estas últimas palabras se dijeron una tarde de hace 95 años, pero siguen tan vigentes.

Desvalido Ecuador

29 de marzo de 2021

El discurso que Remigio Crespo Toral ofreció el 27 de febrero de 1929, con ocasión del centenario de la batalla de Tarqui, fue una severa crítica a la ‘ecuatorianidad’. Crespo Toral fue el representante de la Asamblea Nacional a esta ceremonia, celebrada ante el monumento al Mariscal Sucre, en el corazón de la plaza de Santo Domingo, Quito.

 

Como su nombre lo delata, Crespo Toral es un cuencano. Esto juega un rol en la narrativa de los hechos de su discurso, que consta en una Antología de la Oratoria Cuencana [págs. 73-82] editada por el Banco Central del Ecuador en 1989.

 

Para empezar, en su narrativa, la ‘epopeya de la independencia’ degeneró a ‘un drama de afrenta y dolor’. Bolívar también cayó, pues ‘desde la noche de Septiembre, no representaba ya el poder, sino solamente la gloria: se lo había entregado al panteón de la inmortalidad, última patria de los grandes que están demás…’.

 

Así, Tarqui fue un epílogo de la epopeya de la independencia. Tarqui es la batalla que enfrenta a Colombia, ‘en espléndido ocaso de su gloria’ y comandada por el cumanés Antonio José de Sucre, contra el Perú presidido por el cuencano José Domingo de Lamar. Y aquí se le nota a Crespo Toral su corazoncito austral:

 

‘Y al sur llegó Lamar, el tercer guerrero de Ayacucho, hijo del Sur y Presidente del Perú. ¿A qué venía? ¿A incorporar el Sur al Perú o a fundar el Ecuador, como lo declaró en el histórico banquete de Loja? Nadie podrá ensayar la afirmación categórica, tratándose de algo que pudo ser, y no fue’

 

Crespo Toral exculpa al militar invasor, su coterráneo, por su aventura que culminó en la batalla de Tarqui. (Más adelante dirá: ‘Ni una palabra hoy de reproche al invasor de entonces’). Y es consciente que el triunfo de Sucre en Tarqui no significó mucho para Colombia, pues ‘fue como uno de los postreros de Troya, condenada ya por el hado a convertirse en cenizas’.

 

 

El poeta curunado, zaheridor.

Tampoco significó nada para el Ecuador, cuyo infortunio, según Crespo Toral, empieza el mismo año que se fundó el Estado ecuatoriano, en 1830, con el asesinato del héroe de Tarqui en las montañas de Berruecos. Así lo explica el morlaco:

 

‘Para descuartizar a Colombia, para que nuestra patria viniese a menos, se ejecutó la muerte de Sucre. De su muerte arranca el trágico destino del Ecuador. A vivir él, nuestra patria, bajo su égida y al brillo de su nombre, no habría sido entregada a la rapacidad extranjera, ni se hubieran burlado los pactos ni los caudillos del Patía habrían logrado la mutilación del Ecuador’.

 

El argumento de Crespo Toral es que, con A. J. de Sucre no hubiera ocurrido la mutilación sancionada por el Tratado de Pasto en 1832 [v. ‘1832: una de cal y otra de arena’]. Pero al bueno de Sucre lo mataron en su viaje a un Ecuador que todavía se llamaba ‘Estado del Sur’ [v. ‘Principio y fin del Estado del Sur’], el 4 de junio de 1830. Y el país, según afirmó Crespo Toral, malvivió la pérdida del héroe de Tarqui: ‘El Ecuador, a manera de convaleciente, no sabe si vive de veras… Será porque llora la ausencia perpetua de su prometido, la muerte de su caudillo que pudo ser su conductor y salvador, y no lo fue, porque pésimas fieras lo devoraron’.

 

El discurso de Crespo Toral es en homenaje a Sucre, a quien con justa razón exonera de toda culpa por eso que después devino el Ecuador: ‘Si algo en estos instantes nos sube del corazón hacia los labios, lo apaguemos en el silencio de majestad de este homenaje a Sucre y a sus compañeros. No maldigamos la generosidad del Vencedor. Si no dio fruto su siembra, culpa será no del sembrador, sino de la mala tierra y de los hombres peores que ella’. Y es en este punto que Crespo Toral forma su ataque a la ‘ecuatorianidad’, el que concluye en estos tres párrafos, contundentes y admonitorios:

 

‘Cien años de silencio, hermanos del Ecuador, después de esta vertiginosa campaña de treinta días. Ese silencio nos acusa, doblega nuestras frentes sobre el pecho palpitante, y hemos de apretarnos el corazón con las manos convulsas, pero no ensangrentadas…. Parece una vergüenza nuestra la esterilidad de la victoria: una gran falta. ¿Y quién la confiesa?

 

Hemos vivido hasta hoy gastando todos los sentidos y las fuerzas todas en la lucha intestina, sin visión de la frontera y sin la conciencia, que deriva de la historia.

 

¡Compatriotas, es quizás la hora del arrepentimiento para jornadas de rehabilitación, de dignidad! ¡Aún hay justicia en el mundo, desvalido Ecuador!’ 

 

Y la plena, si algo le cambiaría a este certero discurso, preciso en la descripción de nuestras miserias, es que ‘no hay justicia en el mundo, desvalido Ecuador’. Casi 100 años después del discurso ofrecido por Remigio Crespo Toral, si algo, la situación es peor.

El lamento de Crespo Toral

14 de abril de 2017

En un artículo publicado el año 1902 sobre la cuestión limítrofe con el Perú, Crespo Toral hace un recuento de los grandes fracasos del Ecuador:

“En Ecuador, desde 1830, viene arrastrando los desastres de una luctuosa historia. Sobre un territorio conmovido por odios de regionalismo; en medio de la vieja oposición de razas; con el más soberbio militarismo como protagonista; con las comparsas de caracteres versátiles o menguados; la fiebre de ensayos constitucionales de todos los días; siendo los gobiernos civiles rápidos destellos –ensueños de fugitivo bienestar- echados abajo con la punta de la espada; con paréntesis de grandeza, señalada principalmente por el genio único de García Moreno; la República preparada o improvisada por el General Flores, que supeditó al desagraciado Lamar en su empresa; ni en el terreno de la diplomacia, ni en el de la imposición o justicia armadas, se ha podido mantener, para el objeto de sacar, limpia y esplendorosa, la herencia de Quito, la de 1809. La reseña de nuestro pleito con el Perú traduce las desventuras de toda nuestra historia. Unidos, honrados y caballeros, pudimos echar en la balanza –junto con la justicia- el hierro y tal vez el oro, que valen mucho cuando se vindica el derecho; y fuimos y somos todavía… un pueblo pobre, sin vínculos de nacionalidad…
Por la ruindad de nuestro patriotismo, es por lo que el Perú pretende dejarnos en peor situación que en vísperas de Tarqui. No heredamos la gloria: ¿la sangre de los hijos del Sur se fue en balde, por las aguas del Tarqui, hacia el distante mar Atlántico…? ¿Quizá el océano del olvido?” (1).

Lapidario.

El poeta curunado. Fuente: 'Obras completas, t. XI'.

Y para peor: no aprendimos hasta 1942, cuando perdimos la mitad de nuestro territorio con el Protocolo de Río de Janeiro y llegamos a ser menos de lo que éramos “en vísperas de Tarqui”. En aquella ocasión, el Embajador de Brasil, Osvaldo Aranha, nos conminó a portarnos serios: “Aprendan a ser país, y luego reclamen sus derechos”.

En eso de “aprender a ser país”, pues todavía seguimos en el intento. Y con más pena que gloria.

(1) ‘Pleito secular: el estado del asunto’ [1902], en: Crespo Toral, Remigio, ‘Obras completas, t. XI [Pleito secular]’, Biblioteca Ecuatoriana Aurelio Espinoza Pólit, Quito, 1992, p. 36.