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Nebot y el "desarrollo sostenible"

23 de septiembre de 2018


Que el alcalde Jaime Nebot, principal impulsor de un modelo de desarrollo urbano que conspira contra el “desarrollo sostenible”, pretenda hoy apropiarse de este concepto para su administración, es propio de un mago de las palabras y de una prensa paniaguada y mediocre.

Hocus Pocus: en Guayaquil las cosas suceden porque su Alcalde las dice. (Así es, por ejemplo, con las áreas verdes.) En estas cosas, Guayaquil es todavía un pueblo de los ochentas.

Nebot dice, sin vergüenza, “el desarrollo sostenible es el único camino” en plena ciudad del cemento, el adoquín y la palmera. Y el gil (años de adoctrinamiento socialcristiano no son en vano) que se come el amague, que se la cree entera, que nunca lo cuestiona.

Un autoritario, ¿fracasado?

26 de junio de 2018


Digamos que me asalta la duda.

Partamos de este hecho: años atrás, cuando publicaba una columna semanal de opinión en diario El Universo, un periodista me escribió para hacerme unos comentarios sobre ella y decirme que una vez entrevistó a Jaime Nebot y que éste, off the record, le había dicho que el régimen que él más admiraba era el chino. Esto, en esencia, porque mantenía un riguroso control de la sociedad combinado con una apertura a los negocios.

Recordé ese comentario mientras miraba un documental de la Deutsche Welle sobre la “Nueva Ruta de la Seda” que está desarrollando China. Entre otras cosas, el documental destaca estos dos puntos: primero, China tiene un pensamiento estratégico que los occidentales, en general, no tenemos, y, segundo, que un gobierno autoritario como el chino puede ejecutar sus planes. Para decirlo de otra manera: un gobierno autoritario como el chino no está sujeto a los vaivenes auto-destructivos de una política democrática con actores fundamentalmente oportunistas, imbéciles o pillos, con todas sus nefastas variantes y combinaciones (AKA “políticos latinoamericanos, casi sin excepción”).

Teniendo esto como antecedente, se puede discutir si de acuerdo con su propio combo para el desarrollo, Nebot ha fracasado. Seguro, logró una primera parte: ha aplicado desde el año 2000 un gobierno autoritario (cada vez más atenuado, valga decirlo). Ha tenido la capacidad para ejecutar su agenda a placer: unos concejales sometidos a su comando, una participación ciudadana de pacotilla, una prensa obsecuente. Obediencia y temor y una verticalidad incuestionable. Pero fracasó en la segunda parte de su combo, en el desarrollo económico y social de la ciudad.

Mejor dicho: lo que lo diferencia de los chinos es que la Alcaldía socialcristiana de Jaime Nebot jamás tuvo pensamiento estratégico. En consecuencia, Guayaquil es una ciudad a la deriva, que ha sido incapaz de implementar una receta para el desarrollo que la convierta en una ciudad próspera e inclusiva, como lo sugiere ONU Hábitat (por la obvia razón de que hacemos exactamente lo contrario de lo que sugiere ONU Hábitat).

La neta: Guayaquil es una variante tropical del Capitalismo de Amigos (“crony capitalism”). En lo principal, su “modelo de desarrollo” es un modelo de negocios funcional a los intereses privados vinculados a la Alcaldía, en los que el concepto de bien común resulta secundario, casi anecdótico.

Esos intereses privados son los que realmente han ganado en los últimos 18 años de gestión de la ciudad y no lo perdamos de vista: eso es lo que desde la Alcaldía se ha querido todo un siempre. Visto así, el autoritarismo de la Alcaldía de Nebot no ha fracasado. Todo lo contrario: ha triunfado. A pesar de la ciudad y en su claro perjuicio.

El "stand" de Guayaquil

28 de octubre de 2016


En un acto de honestidad brutal, el Municipio de Guayaquil advirtió a la ciudadanía que no participaría en la Conferencia Hábitat III. Por supuesto, esto no puede sorprender a nadie: el Municipio de Guayaquil no tiene nada que aportar en una reunión en la que se discute el desarrollo urbano planificado y sustentable.

Da ternura el sutil encubrimiento de diario El universo: "El gobierno municipal" es un término que este matutino jamás usa para referirse al Municipio de Guayaquil. 
 
Dada la insondable mediocridad del periodismo guayaquileño, el alcalde Jaime Nebot pudo salir al paso de esta ausencia con una afirmación tan vacía como ésta:

Guayaquil es un "stand", pero sobre la falta de planificación en beneficio de una argolla empresarial.
   
Digo que esta es una afirmación vacía, pues en materia de desarrollo urbano Guayaquil no tiene mayor cosa de la que enorgullecerse como para andarla mostrando en un “stand”. De hecho, hay razones suficientes como para pensar que Guayaquil podría mostrar un “stand”, pero de sostenidos fracasos: Guayaquil registra graves problemas de control ambiental (la putrefacción del Estero Salado, la contaminación del río Daule) así como graves problemas de exclusión social (el trato a los comerciantes autónomos y la decisión de excluir a una porción de la población de la ciudad de las obras y servicios del Municipio son ejemplos de ello); su sistema de transportación pública, a cargo de una fundación y de consorcios de transportistas privados, ha fracasado (juzgado de acuerdo con su propia planificación) y la prestación de los servicios públicos (con sus esquemas privatizados) es ineficaz. El alcantarillado, por ejemplo, a cargo de la empresa privada Interagua, puede “llegar a aumentar en seis (6) veces los costos” por contraste a alternativas propias “de ciudades verdes, inclusivas y sustentables” (así, el sistema escogido por el Municipio es ineficaz y el Municipio lo sabe, pues él mismo encargó este estudio) (1). La recolección de la basura, a cargo de la empresa privada Puerto Limpio, ni recicla, ni tampoco atiende a sectores marginales de la población a los que no les resulta rentable prestarles el servicio (pues es un servicio público sujeto a la rentabilidad privada) (2).

Lo más grave, sin embargo, es la represión a las libertades civiles, la cooptación de la participación ciudadana, la creación de un ciudadano “turista” de su propia ciudad (3) y de una ciudad en la que las personas “tienen un contacto casi nulo con personas de otras clases sociales” (4) y, en particular, la implementación de un modelo de desarrollo sin planificación y orientado a beneficiar a grupos de interés económico (en especial, los relacionados con el sector de la construcción, al que se perteneció el mismo alcalde Nebot) cuyo resultado ha sido una ciudad inequitativa, estancada en su economía y sin verdaderas áreas verdes ni espacios públicos (5). Exactamente todo lo contrario de lo que se mostraba en los “stands” de Hábitat III.

De esta manera, en casi un cuarto de siglo de la administración del PSC en Guayaquil no sólo que no se han sido resueltos la mayoría de los graves problemas de la ciudad que ellos recibieron el año 1992, sino que muchos de ellos han sido agravados.

Guayaquil es un vivo ejemplo que sin planificación y sin una orientación al bien común, las ciudades reman en dulce de leche.

(1) Mejía Betancourt, Abel, Morelli Tucci, Carlos Eduardo, Bertoni, Juan Carlos & Gabriel Cabezas Vélez 2013, 'La inundación de Guayaquil en marzo 2013. Opinión de expertos internacionales, Cooperación Técnica de CAF', Informe Gerencial [17 de junio de 2013], p. 32.
(2) Sobre los problemas ambientales, v. ‘Señales medioambientales del subdesarrollo en Guayaquil’, Xavier Flores Aguirre, 5 de junio de 2016; sobre la exclusión social, v. ‘Extrema y persistente desigualdad en Guayaquil’; sobre el fracaso de la Metrovía, v. ‘Novedades en la Metrovía (aplausos en el Titanic)’, Xavier Flores Aguirre, 25 de agosto de 2016; sobre las deficiencias de la gestión municipal, v. ‘La ciudad peregrina y gris que se fundó el 15 de agosto’, Xavier Flores Aguirre, 15 de agosto de 2016.
(3) Dos textos fundamentales de X. Andrade para entender Guayaquil: ‘Guayaquil: renovación urbana y aniquilación del espacio público’ y ‘Diario de Guayaquil: Ciudad privatizada’.
(4) Esta apreciación le pertenece al geógrafo David Harvey: ‘David Harvey y la vía a Samborondón’, Xavier Flores Aguirre, 13 de diciembre de 2015.
(5) Explicando el negocio de la Alcaldía socialcristiana’, Xavier Flores Aguirre, 4 de abril de 2016.

Naturaleza y ecolatría

25 de enero de 2009

La discusión sobre la ley minera ofrece muchas miradas críticas. Una de esas miradas puede posarse sobre el contenido de la preocupación que algunos actores de esa discusión tienen por la conservación de la naturaleza. Grosso modo, la ética medioambiental tiene dos grandes paradigmas al respecto: el primero, el “conservacionismo”, que postula que la preservación del medioambiente tiene sentido si y solo si supone un valor instrumental para el ser humano; el segundo, el “preservacionismo”, que postula que existen razones para preservar la naturaleza aunque ese hecho carezca de valor instrumental para los seres humanos.

Tengo la intuición de que muchos actores (acaso sin ser conscientes de ello) postulan el segundo paradigma que refiero. Tengo también la convicción de que este segundo paradigma no revela un interés ecologista sino una devoción “ecólatra”: una suerte de adoración de la naturaleza, fronteriza con lo místico o lo religioso. En lo personal, no tengo nada que criticarle a esa postura “ecólatra” que un particular suscriba (tan respetable como cualquier otra postura o adoración) salvo, por supuesto, que ese particular (o ese colectivo de particulares) pretenda imponernos a los otros su ecolatría mediante la aplicación de una ley o de una política pública. (Dicho en limpio: cada quien es libre de adorar a la Pachamama, pero en el ámbito público nadie puede imponernos su adoración, ni de la Pachamama ni de ninguna otra deidad, por muy buena o muy chida que le parezca al creyente en la misma).

Es evidente que preocuparse por el medioambiente es una preocupación legítima y también urgente: sobran los motivos para abrazarla. Me parece igualmente evidente que esa razonable preocupación tiene que relacionarse con la conveniencia humana. El concepto de “desarrollo sostenible” (introducido por primera vez en 1980 en un documento de la International Union for the Conservation of the Nature) que puede definirse, en palabras de Pablo de Lora, como el “satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras” las que “tendrían un derecho a recibir ese legado” (aunque aclaro que el lenguaje de los derechos no es el adecuado para referirse a este tema porque para ser sujeto de derechos –esto es evidente- primero hay que ser sujeto, y las generaciones futuras no lo son) es útil para definir esa humana conveniencia. Una conveniencia que, por supuesto, no supone no intervenir de ninguna manera en la naturaleza (ecólatra aspiración de algunos) sino de intervenir en ella de manera responsable. Si quien interviene en la naturaleza (sea un minero artesanal o una empresa transnacional) nos ofrece garantías de que las necesidades de las generaciones futuras no se comprometerán con su intervención, desde el ámbito público, no habría nada que objetarle a aquella intervención.

En definitiva: el derecho a adorar a la Pachamama no implica la obligación para otros de adorarla. Nuestra obligación para con el medioambiente se cumple con el respeto al “desarrollo sostenible”. Basta y sobra.