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Ecuador y el Imperio del Japón

6 de junio de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 6 de junio de 2025.

En 1894, el Imperio del Japón enfrentaba en una guerra a China, en la que triunfó al año siguiente (obtuvo de China los territorios de Taiwán, Liaodong y las islas Pescadores, además del control sobre la península de Corea). El Ecuador participó apoyando al imperio japonés, pues le facilitó la compra de un crucero chileno, de nombre Esmeralda.

Como el gobierno de Chile se había declarado neutral en la guerra entre Japón y China, no podía hacer una venta directa. Por eso un puñado de especuladores ecuatorianos (entre ellos, un expresidente) compraron el crucero chileno Esmeralda por 220.000 libras esterlinas y le pusieron la bandera ecuatoriana para que surque las aguas entre Valparaíso y Hawái, donde tras el pago de 300.000 libras esterlinas se entregó este crucero al Imperio del Japón, que lo rebautizó como Izumi.

Por eso, el 5 de junio de 1895, en la proclama que suscribió el pueblo de Guayaquil en la que se nombró al general Eloy Alfaro “Jefe Supremo de la República y General en Jefe del Ejército”, se justificó la revolución liberal por haber estado la República “sojuzgada por una camarilla sombría, de especuladores inicuos”.

Para acabar con esa camarilla, se debía dar bala y lo sabía bien Alfaro. La proclama del pueblo de Guayaquil del 5 de junio tiene su necesario antecedente en la “Proclama a los habitantes del Ecuador”, suscrita por Alfaro el 5 de febrero de 1895, en Managua. Allí el general dejaba en claro la necesidad de la violencia para el triunfo de la revolución: “Solamente a balazos dejarán vuestros opresores el poder que tienen únicamente por la violencia. […] ¡Afrontemos, pues, resueltamente los peligros y luchemos por nuestros derechos y libertades, hasta organizar una honrada administración del Pueblo y para el Pueblo. En fin, hagamos algo digno que merezca los aplausos de la posteridad!”. 

Eloy Alfaro concluyó su proclama, ofreciendo los servicios de su espada: “Marcho, pues, ¡en vuestro auxilio para participar en las penalidades de la campaña y tener la honra de conduciros al combate y a la victoria!”. El 12 de febrero, Milagro fue la primera en plegar a la causa alfarista, y se fueron sumando decenas y decenas de ciudades y pueblos de la Costa con insurrecciones y proclamas a favor de Alfaro.  

Tras la proclama del pueblo de Guayaquil que lo nombró “General en Jefe del Ejército”, el 18 de junio de 1895, Eloy Alfaro desembarcó en la ciudad. En seguida, organizó las fuerzas militares para empezar a remontar la cordillera y tomar Quito, sede del poder político y administrativo del Ecuador, bastión conservador de la República.

El 15 de agosto, el ejército de Eloy Alfaro derrotó en Gatazo al ejército gubernamental. El 23 de ese mes, el último Encargado del Poder en Quito, Aparicio Rivadeneira, huyó a Colombia. El 4 de septiembre de 1895, Alfaro y sus huestes entraron en Quito y, a partir de ese día, se organizó la administración de la República bajo principios e instituciones liberales. 

En 1895 se registró el primer triunfo bélico del imperialismo japonés (vendrían muchos más, hasta un desplome final con bomba atómica) y en 1895 triunfó en el Ecuador la revolución liberal. Ambos hechos tienen un vínculo lejano, en un acto de corrupción.

La venta de la bandera

25 de agosto de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 25 de agosto de 2023.

La primera guerra sino-japonesa estalló en agosto de 1894. Fue triunfo japonés: en abril de 1895, China y Japón firmaron el Tratado de Shimonoseki, por el que China entregó a Japón los territorios de Taiwán, Liaodong y las islas Pescadores, además del control sobre la península de Corea. 

El Ecuador participó en la guerra sino-japonesa, de manera turbia y secundaria, apoyando al imperio japonés. Para Japón, esta guerra representó el primer triunfo de su imperialismo. Para el Ecuador, este apoyo al imperio del Japón derivó en el triunfo de la causa liberal. Ambos triunfos se registraron el año 1895.

Frente a esta guerra sino-japonesa, el Ecuador no era ni neutral ni beligerante. Por su parte, Chile sí se había declarado neutral, por lo que bajo las reglas del derecho internacional estaba impedido de vender un buque de guerra a China o a Japón. Pero Chile quería vender a Japón un crucero, el “Esmeralda”. Y aquí es cuando el Ecuador (o debo decir: su bandera) fue funcional a este negocio.

Para vender el crucero “Esmeralda” a Japón, éste primero fue vendido al Ecuador por 220.000 libras esterlinas para que dicho buque de guerra salga del puerto de Valparaíso con la bandera ecuatoriana. Luego, por 300.000 libras esterlinas, se lo vendió a Japón, que tomó control del crucero en Hawái y lo rebautizó Izumi. Los intermediarios del turbio negocio (incluido un expresidente ecuatoriano, José María Caamaño) obtuvieron pingües ganancias. 

Esta venta de la bandera se conoció en el Ecuador y estalló un gran escándalo. Es fama que dinamitó al régimen conservador y que posibilitó el advenimiento de un gobierno liberal.

A instancias de este chanchullo, el 5 de febrero de 1895 y en Managua, Eloy Alfaro publicó su “Proclama a los habitantes del Ecuador”, donde declaró: “Solamente a balazos dejarán vuestros opresores el poder que tienen únicamente por la violencia. […] La libertad no se implora como un favor: se conquista como un tributo inmanente al bienestar de la comunidad”. Y su proclama surtió efecto. Una semana después, el 12 de febrero, Milagro se levantó y proclamó la causa liberal. 

Después de Milagro se sumaron decenas de ciudades y pueblos con nuevos levantamientos y proclamas. Con la seguridad de repartir balazos para conquistar el poder, Eloy Alfaro arribó al puerto de Guayaquil el 18 de junio. Organizó un ejército con el que derrotó, el 15 de agosto y en Gatazo, al ejército del gobierno. Uno tras otro fueron cayendo el presidente constitucional, Luis Cordero, y dos encargados del poder, Vicente Lucio Salazar y Aparicio Ribadeneira. Y Quito cayó. Ya no pudo resistir más los embates del pujante liberalismo.

Eloy Alfaro y sus huestes entraron en Quito el 4 de septiembre de 1895. Con esta entrada en la capital empezó, en el Ecuador, un largo período de dominio liberal. 

El imperio del Japón acabó en agosto de 1945, después de sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Por su parte, el dominio del partido liberal en el Ecuador duró un par de años más, hasta 1947. Fue en septiembre de ese año en que por primera vez desde 1895 volvió al poder un gobierno conservador, cuando por trece días (del 2 al 15), Mariano Suárez ocupó la presidencia de la república.

La breve República del Chúpalo

29 de octubre de 2021


El escenario es el bar ‘El tufo intergaláctico’. Un viajero en el tiempo entra y dice a viva voz lo siguiente:

 

Vengo del futuro, de la breve República del Chúpalo’.

 

El respetable hizo inmediato silencio. El viajero continuó:

 

Les cuento. Guayaquil es una ciudad en La Tierra. Como pocas en La Tierra, Guayaquil no hizo nada para evitar los efectos del cambio en el clima provocado por el resto de la Tierra. Pero es que es peor, porque durante demasiados años en Guayaquil hicieron lo contrario a lo que era necesario, así que cuando llegó una época de lluvias torrenciales y sin cuento ni fin, a Guayaquil la agarraron con la bata alzada, como quien dice. La ciudad se convirtió en inhabitable y ya era una ciudad muy desordenada e irrespetuosa de la autoridad, pero cuando ocurrió este desastre, al grito guerrero de ‘ya qué chucha’ los suburbios de Guayaquil decidieron tomarse los sectores de clase media, e incluso los sectores exclusivos en sus extramuros, allende el río. Los que se sentían demasiado aniñados o zapallentos para vacilar la calle, fugaron los que pudieron a Miami, o a Panamá en bote, en los que fueron conocidos como los neo-cubanos. Los que se quedaron buscaron refugio en los extramuros de Guayaquil, especialmente en Samborondón, capital Mocolí. Se destruyó el puente y durante un breve tiempo, la antigua Guayaquil se dividió en dos repúblicas: la República de Mocolítown y la República de Ñengotown, separadas por un puente roto. Pero ocurre que la gente en Ñengotown no se la jamaba de ninguna y tenía años que usaba muchas armas de alto calibre, bien y de manera efectiva, era además avezada y desahuevada de la mente, así que no tuvo problema en hacer con la efímera Mocolitown lo que antaño se hizo en el saco de Roma o el asalto de Constantinopla por la secta cristiana, que paradójicamente era la secta predilecta de los habitantes de Mocolítown. Consolidado el gobierno ñengoso en todo el terreno de la urbe se enviaron emisarios a los que se consideraron representantes populares de los otros territorios de la Costa, a los se los dotó de armas e instrucciones y se inició una nueva guerra civil entre la Costa y la Sierra. Guayaquil era parte de un país llamado República del Ecuador, que se originó en una guerra civil* y que terminó sus desventuras con esta guerra civil. Un país sin propósito útil, que murió de la misma manera en que se desarrolló y nació: en medio de la lucha incesante y la violencia cruel. Ahora, los años en un centro de entrenamiento delincuencial llamado Penitenciaría del Guayas rindieron frutos y consolidaron la independencia de un territorio incluso mayor al que tenía la provincia de Guayaquil en los tiempos en que fue una colonia europea (de Europa, el continente más perverso de la Tierra). Así, la independencia de la Sierra, viejo anhelo de los de Mocolítown, fue obra de los ñengosos. En la plenitud del auto-gobierno, el alto mando de Ñengotown, primus inter pares en la Costa ñengosa, tuvo que decidir sobre cómo refundar los símbolos de la naciente Patria e impuso al ñengoso más chistoso, Jorgito El Guayaco, como su símbolo. Conservaron el escudo del Ecuador, pero sacaron al pajarraco y pusieron a Jorgito El Guayaco encima del escudo. Erecto, con una palabra escrita como en spray, ‘Chúpalo’, saliendo de su sonrisa torcida. En la bandera, conservaron los colores de Guayaquil y todas las estrellas, salvo una, la del centro, convenientemente reemplazada por Jorgito El Guayaco nuevamente con la palabra ‘Chúpalo’. Luego se fueron a la mierda (no culpes a la hache): Llamaron al territorio República del Chúpalo y su himno fue la canción ‘Chúpalo’ de Jorgito El Guayaco. Este es el video:


 



La gente en el bar miró asombrada a la proyección holográfica del video, más bien embobada primariamente por el hamaqueo de los tujes y la singularidad del personaje. El viajero interrumpió la proyección del video para concluir su relato:

 

Como dato de color, los habitantes de la República del Chúpalo se preciaban de pronunciar su nombre con el tono gutural del buen Jorgito. Pero la República del Chúpalo no duró mucho. La violencia, la auto-destrucción y la hache la consumieron. Fue una mezcla efímera y explosiva de Honduras y Haití, una Camboya de los jemeres rojos con sazón sudamericana, un verguerío de aquellos. Entonces, la China, que en la Tierra era el hegemón, dijo también ‘ya qué chucha, chop suey’, y cual ñengosa imperial arrasó con Ñengotown, exGuayaquil. Hizo como los holandeses hicieron, hoy tan reputados en La Tierra como civilizados y huevadas, con una islita de asiáticos cuando anduvieron en busca de las especias: Hijueputamente, los arrasaron a todos, no dejaron a uno vivo, fue un tsunami de sangre. Eso mismo hicieron los chinitos con Ñengotown. Sobre la ciudad arrasada, montaron un hub de comercio, prosperidad, eficacia y todas las formas de la felicidad valorables en dinero, que convirtieron a Guayaquil en la Singapur de Sudamérica. La nueva casta de chinitos decidió conservar el viejo nombre: llamaron a este hub de prosperidad y felicidad hardcore, Guayaquil’.

 

Uno de los habitúes del bar ‘El tufo intergaláctico’ le espetó, entonces: ‘¿Y cuál es la moraleja de tu historia, forastero intertemporal?

 

Que la élite de Mocolitown siempre soñó hacer de Guayaquil una Singapur y cuando finalmente lo fue, lo fue porque la Guayaquil de unos fulanos llamados socialcristianos (salvo los muy oscuros de piel, todos habían encontrado refugio en Mocolítown) fue convenientemente arrasada, primero por ñengosos al grito de ‘ya qué chucha’, y después por los chinos al grito de ‘ya qué chucha, chop suey’. Pobre gente: su extinción total fue el paso necesario para concretar su sueño’.

 

La gente en el bar se cagJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA. El viajero intertemporal, de buen humor, invitó una ronda de tragos**

 

~*~

 

* Sobre el nacimiento de la República del Ecuador, en 1835 y como consecuencia de una guerra civil, v. ‘La República nació en un barco (1834-1835)’.

** A personal hero.

Un autoritario, ¿fracasado?

26 de junio de 2018


Digamos que me asalta la duda.

Partamos de este hecho: años atrás, cuando publicaba una columna semanal de opinión en diario El Universo, un periodista me escribió para hacerme unos comentarios sobre ella y decirme que una vez entrevistó a Jaime Nebot y que éste, off the record, le había dicho que el régimen que él más admiraba era el chino. Esto, en esencia, porque mantenía un riguroso control de la sociedad combinado con una apertura a los negocios.

Recordé ese comentario mientras miraba un documental de la Deutsche Welle sobre la “Nueva Ruta de la Seda” que está desarrollando China. Entre otras cosas, el documental destaca estos dos puntos: primero, China tiene un pensamiento estratégico que los occidentales, en general, no tenemos, y, segundo, que un gobierno autoritario como el chino puede ejecutar sus planes. Para decirlo de otra manera: un gobierno autoritario como el chino no está sujeto a los vaivenes auto-destructivos de una política democrática con actores fundamentalmente oportunistas, imbéciles o pillos, con todas sus nefastas variantes y combinaciones (AKA “políticos latinoamericanos, casi sin excepción”).

Teniendo esto como antecedente, se puede discutir si de acuerdo con su propio combo para el desarrollo, Nebot ha fracasado. Seguro, logró una primera parte: ha aplicado desde el año 2000 un gobierno autoritario (cada vez más atenuado, valga decirlo). Ha tenido la capacidad para ejecutar su agenda a placer: unos concejales sometidos a su comando, una participación ciudadana de pacotilla, una prensa obsecuente. Obediencia y temor y una verticalidad incuestionable. Pero fracasó en la segunda parte de su combo, en el desarrollo económico y social de la ciudad.

Mejor dicho: lo que lo diferencia de los chinos es que la Alcaldía socialcristiana de Jaime Nebot jamás tuvo pensamiento estratégico. En consecuencia, Guayaquil es una ciudad a la deriva, que ha sido incapaz de implementar una receta para el desarrollo que la convierta en una ciudad próspera e inclusiva, como lo sugiere ONU Hábitat (por la obvia razón de que hacemos exactamente lo contrario de lo que sugiere ONU Hábitat).

La neta: Guayaquil es una variante tropical del Capitalismo de Amigos (“crony capitalism”). En lo principal, su “modelo de desarrollo” es un modelo de negocios funcional a los intereses privados vinculados a la Alcaldía, en los que el concepto de bien común resulta secundario, casi anecdótico.

Esos intereses privados son los que realmente han ganado en los últimos 18 años de gestión de la ciudad y no lo perdamos de vista: eso es lo que desde la Alcaldía se ha querido todo un siempre. Visto así, el autoritarismo de la Alcaldía de Nebot no ha fracasado. Todo lo contrario: ha triunfado. A pesar de la ciudad y en su claro perjuicio.

Premios 20Blogs

28 de julio de 2009


El amigo Eric Bruzzone (que vive en China y me ha extendido una invitación para visitarlo y aprovechar la ocasión para una suerte de tour asiático que estaría de pelos) me escribió para avisarme de este concurso y me incentivó a participar. Puse en práctica su incentivo (como pienso poner en práctica su invitación) e inscribí esta bitácora en las categorías actualidad, latinoamericano, personal (no recordaba haberlo inscrito en tantas, ja) e imagino que todas suman, pero si me preguntan, supongo que esta bitácora es más personal que otra cosa, así que sugiero que elijan esa categoría. Si les apetece, pasen y voten, acá.

Mi agradecimiento no será en efectivo sino en afectivo, mera gratitud. Salú.

P.S.- No hagan caso del letrero, no esperen y voten deuan.