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Cristianismo, modus operandi

6 de julio de 2019


En una imagen:


El modus operandi de los derivados institucionales de esa fantasía histórica llamada “Cristo” es el de una mafia: te crean el problema y luego te cobran por la solución (en especial, a los de menos recursos –económicos e intelectuales- de entre nosotros, a quienes se la facturan como “diezmos”).

En el cristianismo, el problema creado se llama “pecado original” (el hombre como un caído a los ojos de un dios). A partir de esta fantasía malosa, ingresa en el creyente la culpa. Una vez con ella, se busca aliviarla con el odio al que piensa distinto, a quien el creyente denomina “hereje”*. Es un negocio macabro: mientras más pobre y poco educado es el auditorio de la iglesia, más posibilidades tienen de pagarles el “diezmo” y de odiar (sin otra justificación que frases sacadas de un libro famoso y brutal) a su prójimo.

Hoy, más que nunca: Écrasez l’Infâme.

* “Hereje”, quiere decir “capaz de escoger” (Gómez de la Serna, Guido, ‘Breve diccionario etimológico de la lengua española’, p. 342). La lista de lo que la iglesia católica (la más vieja sanguijuela de todas las iglesias, la Puta de Babilonia) ha buscado limitar que la gente escoja, incluye cosas tan admisibles ahora (tan horripilantes para los conservadores de otras épocas) como el casarse hombre y mujer por lo civil, el entierro en un cementerio no católico, el divorciarse o el leer a Jean-Paul Sartre (pero no el Mein Kampf). La versión de la iglesia católica que se implantó en la América conquistada por los españoles ha sido un polimorfo monstruo anti-liberal que ha buscado limitar al máximo la posibilidad de escoger por fuera de sus “dogmas”. Este monstruo aún sigue lastrando nuestra historia: hoy, su lucha es contra los que quieran optar (estos nuevos “herejes”) por el matrimonio igualitario –ganas de joder, pues nadie obliga a nadie a casarse, la reforma es únicamente para ampliar la capacidad de otros de escoger. Pero así son de vergantes.

La putinazi

26 de septiembre de 2016

Durante el papado del romano Eugenio Pacelli (1876-1958), alías Papa Pío XII (2 de marzo de 1939-9 de octubre de 1958) se excomulgó en masa a los católicos adherentes al comunismo, por “materialista y anticristiano”; esto sucedió el 1 de julio del año de N. S. de 1949 (1). Pero del nazismo, el buen Pío no dijo ni pío. Incluso un historiador afín a la iglesia católica como César Vidal, reconoce este doblez en Pío XII: “se negó repetidamente a condenar las atrocidades nacionalsocialistas […] pero repetidamente manifestó su repulsa frente al régimen comunista” (2). Michel Onfray, en un capítulo de su “Tratado de ateología” (“El vaticano ama a Adolf Hitler”), explica este punto con mayor detalle:

“A modo de información: ningún nacionalsocialista de las bases, ningún nazi de alto mando o miembro del estado mayor del Reich fue excolmulgado y ningún grupo fue excluido de la Iglesia por haber enseñado y practicado el racismo, el antisemitismo o por haber hecho funcionar las cámaras de gas. Adolf Hitler no fue excomulgado, y su libro Mi lucha, nunca formó parte del Índice. Recordemos que después de 1924, fecha de publicación de ese libro, el famoso Index Librorum Prohibitorum agregó a su lista –junto a Pierre Larousse, culpable del Grand Dictionnaire universal (!)- a Henry Bergson, André Gide, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Adolf Hitler nunca figuró allí” (3).

¿En qué cabeza enferma se condena un diccionario, pero se deja impune un libro de apología antisemita?

Tal parece que “La Puta”, al decir de Fernando Vallejo, se acostaba con hombres vestidos de Hugo Boss.

(1) ‘Del día que la Iglesia excomulgó a los comunistas’, Religión en libertad, 16 de enero de 2014.
(2) Vidal, César, ‘Pontífices. De las persecuciones a Benedicto XVI’, Ediciones Península, Barcelona, 2007, p. 196.
(3) Onfray, Michel, ‘Tratado de ateología’, Editorial Anagrama S.A., Barcelona, 2006, p. 193.

Paz en Colombia

24 de septiembre de 2016

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Colombia es un país entrañable (de gente entrañable), razón por la cual este Acuerdo de Paz es una noticia tan feliz. Su ratificación popular se la prevé para el 2 de octubre; si triunfa la opción por el “sí” sería, además de una sonora cachetada al culibajito (1), el punto de partida “para olvidar el dolor pasado, para disminuir el dolor presente y para prevenir el dolor futuro” (2).

Esta última frase pertenece al hermoso alegato escrito por Héctor Abad Faciolince (autor de una de las novelas esenciales de la literatura en castellano: “El olvido que seremos”) para persuadir a su excuñado Federico Uribe (sin ninguna relación con el culibajito), dos veces secuestrado por las FARC y su “contribuyente”, para que cambie su opinión y vote por el “sí” en el plebiscito de octubre. El alegato de Abad concluyó con esta pregunta a su excuñado:

“¿No es mejor un país donde tus mismos secuestradores estén libres haciendo política, en vez de un país en que esos mismos tipos estén cerca de tu finca, amenazando a tus hijos, mis sobrinos, y a los hijos de tus hijos, a tus nietos?” (3)

Colombia está entre perpetuar el odio o buscar un bálsamo, una posibilidad para sanar sus heridas de decenas de años.

(1) “Culibajito” es como el escritor Fernando Vallejo lo llama a Álvaro Uribe: “un culibajito con pinta de sacristán que tiene todo el tiempo a Dios y a la patria en la boca”, y que “como es de voz débil pero de carácter fuerte, se empina y aprieta el culito para entonar”, v. ‘Fernando Vallejo, cortejando a la muerte’.
(2) Héctor Abad Faciolince, ‘Ya no me siento víctima’, Diario El país (España), 3 de septiembre de 2016.
(3) El Uribe expresidente respondería, apretando el culito, que no.

La puta

19 de septiembre de 2016


“LA PUTA, LA GRAN PUTA, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó a Constantinopla y bañó de sangre a Jerusulén; la que exterminó a los albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas; la estafadora de viudas, la cazadora de herencias, la vendedora de indulgencias; la que inventó a Cristoloco el rabioso y a Pedropiedra el estulto; la que promete el reino soso de los cielos y amenaza con el fuego eterno del infierno; la que amordaza la palabra y aherroja la libertad del alma; la que reprime a las demás religiones donde manda y exige libertad de culto donde no manda; la que nunca ha querido a los animales ni les ha tenido compasión; la oscurantista, la impostora, la embaucadora, la difamadora, la calumniadora, la reprimida, la represora, la mirona, la fisgona, la contumaz, la relapsa, la corrupta, la hipócrita, la parásita, la zángana; la antisemita, la esclavista, la homofóbica, la misógina; la carnívora, la carnicera, la limosnera, la tartufa, la mentirosa, la insidiosa, la traidora, la despojadora, la ladrona, la manipuladora, la depredadora, la opresora; la pérfida, la falaz, la rapaz, la felona; la aberrante, la inconsecuente, la incoherente, la absurda; la cretina, la estulta, la imbécil, la estúpida; la travestida, la mamarracha, la maricona; la autocrática, la despótica, la tiránica; la católica, la apostólica, la romana; la jesuítica, la dominica, la del Opus Dei; la concubina de Mussolini y de Hitler; la ramera de las rameras, la impune bimilenaria tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar” (1).

Cualquiera que haya leído historia sabe que estos cargos (más allá de ciertas adjetivaciones) son esencialmente ciertos. Gracias, Vallejo, por haber escrito el más cumplido memorial de agravios contra la Infame.

(1) Vallejo, Fernando, ‘La puta de Babilonia’, Editorial Planeta Colombiana, Bogotá, 2007, pp. 5-6.

Crónica de Medellín

24 de febrero de 2007

Publicado en diario El Universo el 24 de febrero de 2007.

*

Una mendiga de ojos azules me indicó el camino a Sabaneta, en la periferia de Medellín. Ella tenía una cruz en la frente, pues era miércoles de ceniza; me dijo que yo tenía un parecido a la imagen del Corazón de Jesús. Presumo que se equivoca. Yo, de corazones, sé que algunas piensan que no lo tengo (y por supuesto exageran) y sé bien que algunas madrugadas no lo tienen. Un inventario de esas madrugadas incluiría los primeros cinco días en Medellín, donde un grupo de amigos alquilamos un departamento en un piso sexto desde cuyo ventanal avistamos todos los días el canalla sol del amanecer, siempre entre risas y copas y en compañía variada, desde holandesas trashumantes y ecuatorianas de la generación del reggaeton, pasando por ex que tuvieron presente en otras manos y pacientes vecinos del 603, hasta artistas plásticas y chicas de plástico y satisfactoria silicona. En Medellín, las mujeres tienen necesidades y saben satisfacerlas: conocen la ley del deseo y la obedecen con cívico fervor. Nuestro apartamento quedaba cerca de un parque cuyo nombre le rinde homenaje a un tal Lleras, que es el epicentro de todo este terremoto de placeres.

Pero esta parte de mi narración representa solo un fragmento de la ciudad; tengo la firme convicción de que las ciudades se las conoce solo cuando se las transpira. Me agencié una bicicleta y recorrí gran parte de la ciudad con ella. En muchos aspectos me recordó a Guayaquil (caos en las calles, poco respeto al ciclista) pero, cuando menos, tienen una incipiente red de ciclorrutas y todos los martes, jueves y domingos se realizan, auspiciadas por el gobierno local, ciclovías. Me interesó caminarla y conversar con sus ciudadanos de a pie y tratar de entender cómo sienten el tránsito de la ciudad, desde que fuera trabajada por la violencia de la cultura traqueta y los sicarios (literaturizada, entre otros, por Jorge Franco en "Rosario Tijeras" y Fernando Vallejo en "La Virgen de los Sicarios") hasta esta ciudad de hoy, no solo segura sino en extremo amigable para quienes la visitan. Porque, valga decirlo, no se trata solo de la proverbial amabilidad de los paisas o de los parques abiertos donde puede (cosa imposible en Guayaquil) uno sentarse a gusto y tomarse una cervecita o de la existencia del pulcro y eficaz metro, orgullo de la ciudad. Se trata, mucho mejor aún, de la existencia de políticas públicas inclusivas; punto para el cual, sirva a manera de ejemplo, mencionar el Encuentro Medellín 2007, con el cual el Museo de Antioquía propone "distintas nociones de espacio, para generar la circulación de personas, proyectos artísticos y concepciones culturales diversas [porque] para Medellín, ciudad que ha vivido profundas y dolorosas mutaciones, la hospitalidad puede [entendérsela] como una posibilidad de restablecer el lazo social, al hacer notar como cada uno de nosotros es el ‘otro’ de alguien más". Examinen la página; cuando la comparo con las políticas del Maac se me pianta un lagrimón, como cantaba Gardel (tan querido aquí, donde murió en junio de 1935 y donde puede cantárselo en las cantinas del barrio Manrique) en la célebre Melodía de Arrabal.

Podría continuar con mi crónica; pero la introducción en quinientas y pocas palabras de las vivencias en cualquier ciudad es imposible. Esta ciudad multiplica esa imposibilidad. Yo sigo en Medellín. ¿Será que se nota que se me hace un poco difícil volver?