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Olmedo, el Padre de la Patria

20 de febrero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 20 de febrero de 2026.

En el Ecuador, José Joaquín Olmedo debe ser considerado el Padre de la Patria. Ningún otro nativo del territorio ecuatoriano ha cosechado tantos méritos en su vida pública como para hacerse acreedor a ese título. A Olmedo, el título le corresponde en exclusiva.

En su natal Guayaquil, Olmedo fue el primer Jefe Político tras la independencia del Reino de España en octubre de 1820. Por un Colegio Electoral que en la ciudad de Guayaquil reunió a 57 representantes de los pueblos de la provincia de Guayaquil (toda la Costa, menos Esmeraldas), Olmedo fue elegido Presidente de la Junta Superior de Gobierno que condujo los destinos de la provincia desde noviembre de 1820 hasta que la provincia fue anexada a la República de Colombia en julio-agosto de 1822. 

Para el Ecuador, José Joaquín Olmedo fue el 9 de octubre el primer gobernante civil de un jirón independiente y republicano de su territorio, y entre noviembre de 1820 y julio de 1822 fue la máxima autoridad del primer gobierno independiente y republicano surgido en su territorio, elegido por los representantes de los pueblos. Como la cabeza de este efímero Estado, entre 1820 y 1822, Olmedo luchó por la libertad de los otros territorios con los que, desde 1830, la provincia de Guayaquil integró el Estado del Ecuador.

Cuando se integró el Estado del Ecuador y se lo postuló como una parte “confederada” a la República de Colombia, Olmedo fue el Vicepresidente del Congreso Constituyente que se reunió en Riobamba en agosto-septiembre de 1830 y decidió la creación del nuevo Estado. Y cuando, tras una guerra civil, se reunió una Asamblea Constitucional entre junio y agosto de 1835 en Ambato, Olmedo fue su Presidente. En Ambato se decidió que ese Estado “confederado” a Colombia de 1830 pasaba a ser una República por sí misma. 

En 1830, dada su vasta experiencia previa (Cádiz, Guayaquil, Lima), Olmedo fue parte de la comisión de redacción de la Constitución. En 1835, dirigió la Asamblea Constitucional. Es decir, fundó al Ecuador como Estado en 1830 y lo forjó como República en 1835. 

En 1845, Olmedo fue el Presidente del Gobierno Provisorio surgido en marzo por una revolución originada en Guayaquil, que expulsó a los militares extranjeros que habían impuesto su ley en el Estado del Ecuador desde 1830. Olmedo prevaleció, porque los militares extranjeros empezaron su dominio cuando los cesaron a Olmedo y al resto de integrantes de la Junta Superior de Gobierno de Guayaquil en julio de 1822. Casi un cuarto de siglo después, Olmedo fue la cabeza del Gobierno que expulsó a los militares extranjeros para instaurar, por primera vez, un gobierno de ecuatorianos. 

Olmedo es el único en haber sido la máxima autoridad en dos Estados (Ecuador en 1845 y Guayaquil entre 1820 y 1822), pero más importante, Olmedo es la persona que funde estos dos episodios: como cabeza del gobierno de Guayaquil fue el primer gobernante de un territorio independiente del Reino de España y como cabeza del gobierno del Ecuador fue el primer gobernante independiente de los militares extranjeros, que se instalaron en los tiempos de la independencia del Reino de España. 

Así, Olmedo es la cabeza de dos independencias: el verdadero Padre de la Patria.  

Redención y caída

13 de febrero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 13 de febrero de 2026.

“Pero ¿quiénes son regularmente la causa o la ocasión de esas fatales revoluciones?, ¿quiénes las provocan? Todos lo saben: los gobiernos despóticos”. Estas palabras, inscritas en el Manifiesto del Gobierno Provisorio de 1845, eran el antecedente para describir el gobierno despótico del militar venezolano Juan José Flores y justificar la revolución del 6 de marzo de 1845 que lo derrocó. 

“La decepción”, decía el Manifiesto publicado el 6 de julio, caído ya el gobierno de Flores, “fue el espíritu, el alma de la administración”. E hizo una descripción deliciosa: “El desaliento de los pueblos se pintaba como voluntaria sumisión; el silencio de los oprimidos, como tranquilidad general, las especulaciones sobre el fisco, como arreglos de la hacienda, las negociaciones con particulares, como suplementos y servicios patrióticos; los privilegios concedidos a deudos y parciales, como premios del mérito; la falta de fe en llenar los compromisos del erario, como una economía recomendable; las órdenes ejecutivas de pagos ilegales, como un exacto cumplimiento de su palabra, y como sostenimiento del crédito nacional”.

El Manifiesto del 6 de julio de 1845 se dirigió a los pueblos americanos, para persuadirlos de la justicia del cambio de gobierno operado por una revolución en el Ecuador: un Estado que estaba en manos de unos militares extranjeros y que desde la revolución empezó a gobernarse por ecuatorianos.

Este documento, tras un detallado relato de la dominación extranjera desde 1830, justificó la revolución que expulsó a Flores pues “no ha tenido otro objeto que sostener la inviolabilidad de la Constitución, precaver la alteración de las formas republicanas, oponerse a la opresión, devolver a los pueblos el espíritu nacional, y el derecho de formar también un cuerpo nacional, libre, legítimo, que pueda sostener con dignidad su representación”.

Una actuación animada de ese noble propósito tenía el respaldo de los más reputados doctrinarios. Se citó a la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, a Vattel, a Constant, a Bello y a Portalis, para convencer a los otros pueblos de América que el pueblo del Ecuador había ejercido su derecho de resistir a un déspota. Convencerlos, en fin, que fue justo el haber convertido su indignación en un nuevo gobierno: “El pueblo del Ecuador para justificarse dirá solamente que tuvo voluntad de libertarse, causas que excitaron esa voluntad, y fuerzas que la sostuvieron”.

El largo camino de redención del pueblo ecuatoriano constante en el Manifiesto lleva a su lector a unas diáfanas conclusiones. La primera y fundamental: “Que no ha sido efecto de un tumulto popular, ni obra de una facción sediciosa la reciente transformación del Ecuador”, es decir, que la revolución originada el 6 de marzo de 1845 en Guayaquil tenía un título legítimo, así como que también tenía legitimidad el Gobierno Provisorio del Ecuador surgido por la revolución.

Este Manifiesto derivó a una plegaria: “Nada nos resta ya sino dirigir nuestros votos al cielo, para que se digne conceder al pueblo ecuatoriano amor al orden, espíritu de unión y la paz de la libertad”. Pero el cielo esas concesiones, siempre, las ha negado. Es parte de caer.

Guayaquil fue la vanguardia

6 de febrero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 6 de febrero de 2026.

En Guayaquil se forjó la patria el 9 de octubre de 1820 y desde Guayaquil se recuperó la patria a partir del 6 de marzo de 1845. El Ecuador demoró un cuarto de siglo entre ser un gobierno independiente de los españoles en 1820 y un gobierno ecuatoriano por sus autoridades en 1845. 

El 6 de marzo de 1845 estalló en Guayaquil la revolución “marcista” (insisto: revolución merecedora de un mejor nombre, como “nacional” o “patriota”). Al día siguiente, una congregación de “los padres de familia y los demás vecinos de la ciudad” legitimó a un Gobierno Provisorio presidido por José Joaquín Olmedo, acompañado de Vicente Ramón Roca y Diego Noboa (futuros Presidentes del Ecuador), cuyo propósito principal fue reemplazar el gobierno del militar venezolano Juan José Flores. 

Cumplido este propósito, el Gobierno Provisorio publicó el 6 de julio de 1845 un “Manifiesto del Gobierno Provisorio del Ecuador sobre las causas de la presente transformación a los pueblos americanos” para justificar a “todos los pueblos americanos y a las naciones con quienes tenemos relaciones políticas los motivos poderosos que nos han impelido a desconocer la autoridad ilegal que nos regía y a preparar una regeneración que nos restituya la nacionalidad tan indecorosamente usurpada”. En 1845 era un punto de honor la justificación razonada del cambio de régimen. 

Este texto poseedor de belleza literaria y profundidad jurídica resaltó el rol principal de Guayaquil en la recuperación de la nacionalidad ecuatoriana. Primero, por destacar que la revolución del 6 de marzo de 1845 fue “no la resolución precipitada de algunos patriotas exaltados e impacientes del yugo, no el clamor de una facción amiga de trastornos ni la sedición de los malos contra las leyes; no; es el voto, es el sentimiento unánime y general de los Ecuatorianos de toda clase y condición, que conmueve a toda la República […] hasta hacer inevitable la revolución”.

Segundo, porque Guayaquil fue el punto de partida para que se produzca lo inevitable. El 6 de marzo, “la juventud de Guayaquil acaudillada por un esforzado capitán (N. del A.: Antonio Elizalde), y sostenida por jefes y militares animosos, reconquistó la libertad de la Patria con una audacia igual a su fortuna”. 

Y dados estos antecedentes, se debe reconocer a la Guayaquil que originó la revolución como la auténtica vanguardia ecuatoriana. En palabras del Manifiesto: “El voto de esta provincia no ha sido el voto de la minoría de la nación; ha sido el voto de un pueblo que tuvo la fortuna de ser el primero que anunciaba en alta voz el voto nacional. […] La población de Guayaquil es cierto que es la minoría de la República; pero era una minoría encargada del sagrado depósito de la voluntad general”. 

Y desde Guayaquil cundió la señal para cambiar el régimen opresor: “La voz de Guayaquil dio la señal; y esta voz se difundió de un extremo al otro de la República, con más velocidad que el eco de nuestras montañas”.

En el proceso de ser un Ecuador para los ecuatorianos, Guayaquil estuvo al principio en 1820 y al final en 1845, año en el que se sustituyó a una “Administración ilegal y extraña” para tener “un Gobierno propio y una representación verdaderamente ecuatoriana”. 

Olmedo y la revolución patriota

30 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 30 de enero de 2025.

El guayaquileño José Joaquín Olmedo es una persona singular en el mundo jurídico: él ayudó a forjar cuatro Estados, por haber participado en la redacción de sus constituciones. España en 1812, Guayaquil en 1820, Perú en 1823 y Ecuador, tanto en 1830 cuando se forma como Estado, como en 1835 (él, con el cargo de Presidente de la Asamblea Constitucional) cuando se forma como República del Ecuador. Olmedo participó en total en seis asambleas constitucionales (tres para el Ecuador, la última en 1845), para cuatro Estados, en dos continentes. No hay otro americano con ese récord.

También es Olmedo único en el Ecuador por haber sido la máxima autoridad de dos Estados sudamericanos: fue el Presidente de la Junta Superior de Gobierno de Guayaquil entre noviembre de 1820 y julio de 1822 y fue el Presidente del Gobierno Provisorio del Ecuador entre marzo y octubre de 1845. Así, la ocupación de Guayaquil y la revolución marcista se conectan: Olmedo, en 1822, fue destituido como Presidente de un triunvirato de gobierno por el jefe de las tropas extranjeras; Olmedo, en 1845, fue el Presidente de un triunvirato de gobierno que expulsó a las tropas extranjeras. 

El 6 de julio de 1845, el Gobierno publicó el “Manifiesto del Gobierno Provisorio del Ecuador sobre las causas de la presente transformación a los pueblos americanos” que es fama que pertenece a la pluma de Olmedo. Para esa fecha, caído el Presidente venezolano y derogada la Constitución hecha a su medida, el Gobierno Provisorio del Ecuador se propuso explicar a los pueblos de América el cambio de régimen operado en el Ecuador entre marzo y junio de 1845. 

El Manifiesto de 1845 explicó la particular situación del Ecuador en sus primeros quince años de vida política: era un país ocupado por extranjeros. Mientras Colombia y Venezuela tuvieron “desde el principio leyes y costumbres propias, tropas patricias y un gobierno patrio”, el Ecuador, “ocupado por fuerzas extrañas, que habían venido como auxiliares a completar la obra de la independencia y dominado por extraños, no pudo pensar en su suerte libremente ni arreglar sus negocios según sus intereses y necesidades”.

Sigamos con la sombría descripción del Manifiesto: “No era posible sobreponerse al influjo y poder de los extraños que habían venido desde 1821, trayéndonos sus armas y sus leyes, sus costumbres, sus maneras tan disconformes de las nuestras, y hasta sus idiotismos vulgares”. Desde 1821, porque fue en mayo de 1821 cuando Guayaquil firmó un tratado con Colombia.

Entre 1820 y 1822, Guayaquil fue un pequeño Estado republicano, presidido por Olmedo, hasta que Simón Bolívar, Presidente de Colombia y jefe de las tropas extranjeras, en julio de 1822 ocupó la ciudad y agregó la provincia de Guayaquil a la República de Colombia. Una afrenta para la ciudad y para Olmedo, que debió salir al exilio. 

Una afrenta que Olmedo tuvo ocasión de vengar en 1845, como el Presidente del Gobierno surgido de la revolución “marcista” (merecedora de un mejor nombre: revolución “nacional” o “patriota”), que llevó al exilio al jefe de las tropas extranjeras y empezó un gobierno de ecuatorianos, después de dos décadas y más de dominación. 

Olmedo, finalmente, fundó su patria.

Hijos de la violencia

9 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 9 de enero de 2026.

El proceso de la independencia americana de España es también el de su militarización. Los años de la guerra por la independencia y los posteriores a ella fueron, casi invariablemente, años de gobiernos militares. En especial durante la guerra por la independencia, esos fueron tiempos violentos, con la vida en vilo. 

El primer jirón del actual Estado del Ecuador en independizarse de España fue la ciudad de Guayaquil, el 9 de octubre de 1820. Entre 1820 y 1822, la provincia de Guayaquil tuvo un gobierno civil. Pero desde 1822 hasta 1830 en que, en conjunto con las provincias de Quito y Cuenca, fueron agregadas a la República de Colombia para conformar el Distrito del Sur, aquel distrito fue gobernado como una dependencia militar. 

Simón Bolívar, en una carta de diciembre de 1830 en la que autorizó a Juan José Flores para que administre el novísimo Estado del Ecuador, consideraba a los ecuatorianos como sometidos a los otros: “Desde aquí estoy oyendo a esos ciudadanos que todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también”. Y Bolívar le advirtió a Flores: “Esté V. cierto, mi querido General, que V. y esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país”.

Desde 1830 que se fundó un Estado del Ecuador “confederado” a la República de Colombia, hasta 1845 que ocurrió la revolución marcista en Guayaquil (con un atenuado paréntesis civilista durante el gobierno de Rocafuerte), el estamento militar, compuesto principalmente por extranjeros, gobernó y se aprovechó de este pobre país. Hasta que se cumplió la profecía de Bolívar y fueron echados. 

Entre 1822 y 1845, es evidente que la militarización de la sociedad ecuatoriana contribuyó, como en el resto de países de América latina, “a definir culturas políticas impregnadas de violencia, pocas veces mutadas en culturas de negociación”, según la caracterización de Waldo Ansaldi y Verónica Giordano en el libro “América latina. La construcción del orden”. 

El Estado del Ecuador, contrario a ese tópico bobalicón de “la isla de paz”, tiene una cultura política muy violenta, donde siempre los otros son vistos no como cooperantes sino como contradictores (i.e., no ha mutado a una “cultura de negociación”). Y esta realidad ha atravesado la política ecuatoriana desde sus albores hasta la actualidad, en algunos ratos, con graves picos de violencia.

En los últimos años, por una acelerada y profunda desinstitucionalización del Estado so pretexto de una vendetta política, esta violencia ha registrado un grave pico que se ha traducido en un ambiente de polarización extrema y en el máximo registrado de homicidios por cada 100.000 habitantes en la historia reciente del país (que convirtió al Ecuador el año 2025 en el sexto país más violento del mundo). 

Como en tiempos de la independencia, hoy se viven tiempos violentos, con la vida en vilo. Pero sucede que ahora no luchamos contra España y por la independencia; luchamos contra el narco y por la supervivencia.   

Tantos años han pasado desde que se fundó el Ecuador, para caer en lo mismo (o se podría argumentar: todavía peor). Este pobre país es un loop triste. 

La manumisión

25 de julio de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 25 de julio de 2025.

La primera Constitución del Ecuador que incluyó una provisión favorable a los esclavos fue la quinta, producto de una convención reunida en Quito desde el 8 de diciembre de 1850 y que entró en vigor el 27 de febrero de 1851 tras su promulgación por el presidente Noboa. En su capítulo XIX “De las garantías”, el artículo 108 de la Constitución de 1851 dispuso: “Nadie nace esclavo en la República, y ninguno de tal condición puede ser introducido en ella sin quedar libre”. Esta misma asamblea lo eligió presidente de la República al guayaquileño Diego Noboa el 26 de febrero de 1851.

El presidente Diego Noboa debió gobernar (según la disposición transitoria segunda de la Constitución de 1851) hasta el 25 de febrero de 1855. Pero duraron poco, el presidente y la Constitución: no completaron su primer año. El 17 de julio de 1851 ocurrió un incruento golpe de Estado, perpetrado por el general pillareño José María Urbina, que lo elevó a Urbina a la Jefatura Suprema de la República. 

Fueron malas noticias para Noboa, que fue tomado preso y enviado al exilio, pero buenas noticias para los esclavos de la República porque el Jefe Supremo José María Urbina dictó su decreto feliz, apenas asumida su nueva condición. El 25 de julio de 1851, por considerar en su decreto “que los pocos hombres esclavos que todavía existen en esta tierra de libres, son un contrasentido a las instituciones republicanas que hemos conquistado y adoptado desde 1820”, el Jefe Supremo Urbina estableció el financiamiento y creó una institucionalidad (las juntas protectoras de libertad de los esclavos) a fin de que la manumisión se haga realidad. Esta materialidad era justa y necesaria, puesto que la solitaria y etérea norma constitucional contenida en el 108, por sí misma, nunca lo lograría.

El Jefe Supremo Urbina convocó a una convención para que dicte una nueva Constitución y lo elija a él presidente de la República. Ambas cosas ocurrieron en 1852. En su Mensaje a la Convención, Urbina insistió en las bondades de su decreto e instó a los diputados a erradicar “la institución bárbara de la esclavitud incompatible con el sentido humano del siglo, y con los principios liberales proclamados por la revolución de 1845”.

La convención reunida en Guayaquil correspondió a su llamado. Se nombró una comisión exclusivamente para la redacción de la ley de manumisión, presidida por el abogado Francisco Xavier Aguirre Abad. En el debate, Aguirre se pronunció: “No he oído hasta ahora un argumento que pruebe que el hombre puede ser propiedad del hombre; no creo que un delito puede perpetrarse a título de antigüedad”. 

La ley de manumisión se aprobó el 27 de septiembre de 1852, con una votación de 19 a favor y 17 en contra. Además de establecer más fondos y fortalecer la institucionalidad, también dispuso un plazo fatal en su artículo 38: “la manumisión definitiva se hará en el seis de Marzo de 1854 y de esta fecha en adelante no habrá más esclavos en el Ecuador”. El haber escogido el 6 de marzo para la erradicación de la esclavitud fue en homenaje a la revolución marcista originada en Guayaquil en 1845, justamente en esa fecha.

De esta ley puso el ejecútese el presidente Urbina el 28 de septiembre de 1852.

Bolívar y los ecuatorianos

18 de abril de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 18 de abril de 2025.

Cuando se fundó el Estado del Ecuador en septiembre de 1830, el Congreso Constituyente reunido en Riobamba se preocupó de exaltar la figura del general venezolano Simón Bolívar.

El 17 de septiembre, los constituyentes “del Estado del Ecuador en la República de Colombia” (veinte varones blancos, o tenidos por tales) expidieron un decreto, cuyo primer artículo era el siguiente: “El Estado del Ecuador proclama al Libertador Simón Bolívar Padre de la Patria y Protector del Sur de Colombia”. 

En los artículos siguientes, el decreto de los constituyentes ofrecía a Bolívar “eterna memoria y eterna gratitud a sus beneficios inmortales” (Art. 2), decorar las salas públicas de justicia y de gobierno con su retrato (Art. 3) y celebrar el aniversario de su nacimiento como fiesta nacional (Art. 4). El Libertador murió tres meses exactos después de este homenaje de los ecuatorianos.

Bolívar, sin embargo, no fue recíproco con el aprecio que le profesaron los ecuatorianos. El general venezolano Juan José Flores le dirigió una carta a Bolívar, suscrita el 10 de septiembre de 1830, en la que le informó acerca del deseo de independencia del Distrito del Sur de Colombia. Por respuesta, Bolívar le dirigió una carta a Flores, suscrita el 9 de noviembre, en la que le indicó, primero, que ese pueblo que anhelaba su independencia “está en posesión de la Soberanía y hará de ella un saco, o un sayo, si mejor le parece”. Así que lo autorizaba a Flores a proceder a gobernarlo por su cuenta. 

Pero en seguida le advertía a Flores que ni él, ni Bolívar, “ni nadie sabe la voluntad política. Mañana se matan unos a otros, se dividen y se dejan caer en manos de los más fuertes o más feroces. Esté V. cierto, mi querido General, que V. y esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país”. Esta advertencia de Bolívar se cumplió con el triunfo de la revolución marcista, que lo sacó a Flores al exilio en 1845.

La parte de esta carta del 9 de noviembre de 1830 que no se correspondió con el aprecio que le profesaron los ecuatorianos ocurre cuando Bolívar describe sin piedad a esta composición de quiteños, guayaquileños y cuencanos que se querían llamar “ecuatorianos” por forjar un Estado: “¡qué hombres! Unos orgullosos, otros déspotas y no falta quien sea también ladrón, todos ignorantes, sin capacidad alguna para administrar”. Una descripción que, en rigor, el Ecuador no ha logrado desmentir casi en ningún momento de su rocambolesca historia.

A mayor abundamiento, Bolívar había dejado en claro lo profundo de su desprecio y el tenor de sus preferencias en una carta dirigida a Francisco de Paula Santander unos años antes, en enero de 1824: “Yo creo que he dicho a Vd., antes de ahora, que los quiteños son los peores colombianos. […] Los quiteños y los peruanos son la misma cosa: viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios, y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe. Los guayaquileños son mil veces mejores”.

Así, el Ecuador lo apreciaba a Simón Bolívar, pero el “Padre de la Patria” ecuatoriana nos consideraba (en especial, a los quiteños) sus peores hijos. 

La dominación extranjera

12 de julio de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 12 de julio de 2024.

La Constitución de Cúcuta de 1821 reconocía como colombianos a los hombres nacidos en Colombia y sus hijos, a los radicados en el territorio al tiempo de su transformación política siempre que hayan permanecido “fieles a la causa de la independencia” y a los que hayan obtenido carta de naturaleza (Art. 4). Sin embargo, ella establecía que únicamente podía ser Presidente de la República de Colombia un colombiano “por nacimiento” (Art. 106). 

Cuando se fundó el Estado del Ecuador en 1830, su Constitución se apartó de esta provisión de su antecesora y estableció una clara excepción. El historiador quiteño Jorge Salvador Lara describió con precisión el artículo 33 de aquella Constitución, en el que se establecieron los requisitos para ser Presidente del Estado del Ecuador, “redactados de tal manera que a las claras se veía la dedicatoria: tener treinta años de edad (era ésa la edad de Flores) y ser ecuatoriano de nacimiento, a menos de ser colombiano al servicio del Ecuador al tiempo de declararse en estado independiente (tal era el caso de don Juan José), que hubiera prestado al país servicios eminentes (Flores, en Pasto y Tarqui), que estuviera casado con ecuatoriana (lo era doña Mercedes Jijón, la mujer de Flores) y que tuviera una propiedad raíz de 30.000 pesos (Flores y su cónyuge tenían bienes aún más cuantiosos)”. 

Era una Constitución diseñada para que el “Presidente del Estado del Ecuador” (tal era el título según su artículo 32) sea el general venezolano Juan José Flores. La razón para favorecer a un extranjero era realmente el síntoma de un Estado que, desde su nacimiento y por sus primeros quince años, estuvo gobernado principalmente por no ecuatorianos tanto en el ámbito civil (Presidencia, Ministerios, cargos de alta administración) como en lo militar. 

Simón Bolívar lo destacó en su carta a Juan José Flores, fechada el 9 de noviembre de 1830, dada en respuesta a la carta de Flores que le comunicó que el Distrito del Sur de su deseada Colombia también se decantaba por la autonomía de su gobierno. 

Allí el Libertador Bolívar se expresó claramente sobre los nacientes ciudadanos ecuatorianos: “esos ciudadanos que todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también”. Y los caracterizó a estos ciudadanos de forma nefasta: “unos orgullosos, otros déspotas y no falta quien sea también ladrón; todos ignorantes, sin capacidad alguna para administrar”. Esa gente no se había ganado el afecto del Libertador.

También le advirtió Bolívar a Flores en esa carta que el dominio de los extranjeros en el Ecuador iba a ser temporal: “Esté Ud. cierto, mi querido General, que V. y esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país”. Casi quince años después, este vaticinio de Bolívar se cumplió y la revolución marcista, originada en Guayaquil el 6 de marzo de 1845, lo obligó al general Flores a abandonar el Ecuador, hecho que se verificó el 24 de junio de 1845.

Se puede decir que en 1845 concluyó la dominación extranjera del Ecuador, empezada en su fundación como Estado en 1830 y sostenida casi quince años por los empeños del general Flores. 

Dios, Olmedo y Bolívar

21 de junio de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 21 de junio de 2024.

Estamos en el año 1847 y José Joaquín Olmedo está próximo a su muerte. El 31 de enero de ese año, Olmedo le escribe una carta al venezolano Andrés Bello. En ella, Olmedo le presenta a Bello su querella acerca de Dios. Él le cuestiona al sabio venezolano, si acaso Dios puede ser considerado un ente “infinitamente misericordioso”, pues “nos libertó del pecado, y nos dejó todos los males que son efecto del pecado”. 

La duda teológica de Olmedo se puede plantear así: Dios, o es malvado, o es deficiente. Pues si Dios pudiera evitar que exista el mal, pero no lo hace, es un Dios malvado. Ahora, si Dios no pudiera evitar que exista el mal y por eso no lo hace, es un Dios deficiente. (El creyente la tiene fácil: credo quia absurdum).   

Interesante en esta epístola al célebre venezolano Andrés Bello es la comparación que hizo Olmedo entre Dios y otro venezolano, el celebérrimo Simón Bolívar. Olmedo fustiga a Dios vía este venezolano exaltado, pues lo acusa a Él de haber hecho “lo que hace cualquier libertador vulgar, por ejemplo, Bolívar: nos libró del yugo español, y nos dejó todos los desastres de las revoluciones”.

El Ecuador era un vivo ejemplo de estos desastres fruto de la independencia del Reino de España. Realmente ha sido un continuado, persistente desastre desde que se fundó como Estado en 1830 y José Joaquín Olmedo vivió lo suficiente (murió el 19 de febrero de 1847) para haber conocido una guerra civil, varias asonadas y la revolución marcista; un presidente extranjero, dos presidentes guayaquileños, un triunvirato y cuatro constituciones. 

Olmedo participó de la fundación del Estado del Ecuador en 1830 (fue su primer vicepresidente) y en el tiempo que conoció el funcionamiento del Ecuador abrigó la certeza de que la amalgama no había funcionado. En una carta a un pariente, escrita en los días de su participación en la cuarta asamblea constitucional del Estado, se preguntó con sorna: “¿Qué significarán estos nombres, patria, libertad, derechos del pueblo, convención, etc.?”. Conceptos vacíos, para un país disfuncional.

Estamos en el año 1830 y Simón Bolívar está próximo a su muerte. El Libertador se ha apercibido que su magna obra de la independencia se le había ido como pa’l carajo. El 9 de noviembre de 1830, Bolívar le comentó en una carta a su hombre de confianza en el Sur de su Colombia desmembrada, el venezolano Juan José Flores, lo que él había obtenido después de años de guerrear (después de romperse el lomo cabalgando 123.000 kilómetros) por Sudamérica: 

“V. sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos. 1°. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5°. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6°. Sí fuera posible que una parte del mundo volviera al caos- primitivo, este sería el último período de la América.”

Todo es verosímil, salvo que los europeos ya no conquistan a nadie.

El capitán Vallejo en 1845

2 de febrero de 2024

            Publicado en diario Expreso el 2 de febrero de 2024.

Hace unos días en el Museo Municipal de Guayaquil, en un acto que contó con la presencia de algunos de sus descendientes, se develó el retrato del capitán de navío José María Vallejo y Mendoza (1793-1865), un hombre notable a quien el año 1845 le significó la pérdida de una pierna y el voto decisivo para elegir al presidente de la República del Ecuador, voto con el que salvó a otro notable. 

Ese año 1845 fue el año de la Revolución Marcista, originada en Guayaquil con el propósito de expulsar al presidente, el venezolano Juan José Flores, del territorio del Ecuador. En marzo de ese año y bajo el mando del general Antonio Elizalde, el capitán José María Vallejo formó parte de quienes se sublevaron para la toma de la plaza de Guayaquil y, producto de los varios impactos de bala recibidos, perdió una pierna. Entonces el inventor José Rodríguez Labandera le construyó a Vallejo una pierna ortopédica de madera. 

Armado de su prótesis de madera, José María Vallejo acudió como diputado por Guayaquil a la Convención de Cuenca. En esta Convención se adoptó la cuarta Constitución del Estado y se eligió a su tercer presidente, después de un gobierno de Rocafuerte y varios gobiernos de Flores. A diciembre de 1845, los dos candidatos que se disputaban la presidencia en Cuenca eran los guayaquileños Vicente Ramón Roca y José Joaquín Olmedo.

De acuerdo con la Constitución, para convertirse en presidente el candidato debía obtener las dos terceras partes de los votos de los diputados reunidos en la Convención. Por varios días se votó una, dos, ochenta veces: al final, el comerciante Roca contaba 26 votos y el poeta Olmedo contaba 14. 

El candidato Olmedo era apoyado por la prestancia y la oratoria de Rocafuerte, pero Olmedo mismo no se mostraba convencido de su candidatura. Le parecía absurdo gobernar una patria de conceptos vacíos: “¿Qué significarán estos nombres, patria, libertad, derechos del pueblo, convención, etc.?’, se preguntaba por aquellos días en una carta a un pariente. Y abundaba: “Estos esfuerzos de Rocafuerte serán inútiles porque ya es tarde […]. Yo sentiré que haga algún escándalo, y más el que yo sea la causa ocasional”.  

La noche del 7 de diciembre, el diputado Vallejo, harto de esta situación sin solución, cambió su voto por Olmedo y destrabó la elección. Su voto por Roca sumó los 27 que él necesitaba para obtener las dos terceras partes de la votación. Roca se convirtió en el presidente para el período 1845-1849.

La justificación del diputado Vallejo fue la siguiente: “Convencido de que no podrá ser elegido el candidato por quien he sufragado más de ochenta veces, que la Nación necesita con urgencia constituirse para que no se malogre la revolución por quien he derramado mi sangre como patriota y que ningún resultado producirá una resistencia indefinida: voto para presidente por el señor Vicente Ramón Roca”. Este episodio dejó una frase para la historia, aquella pronunciada por Rocafuerte tras conocer la derrota de su candidato: “Se ha preferido la vara del mercader a la musa de Junín”.

Olmedo, por su parte, declaró en carta a un familiar hallarse “muy contento de quedar libre”. En corto, seguro el cantor de Junín se lo agradeció a Vallejo.   

La celeste y blanco

6 de octubre de 2023

Este 9 de octubre conmemoramos el aniversario del día en que Guayaquil se independizó de España, siendo la primera ciudad que se declaró independiente de las que conformaron el Ecuador en 1830 (pues el 10 de agosto de 1809 en Quito no fue independentista, fue autonomista; no trató de romper con España, fue un reacomodo en ella). 

El 9 de octubre de 1820, tras una revuelta que duró una madrugada y su amanecer, las autoridades reunidas en el Cabildo de Guayaquil firmaron un acta que de forma inequívoca expresó que se había “declarado la independencia, por el voto general del pueblo”. La bandera que representó este momento fue de colores celeste y blanco. 

En seguida, el 8 de noviembre se reunió un Colegio Electoral compuesto por 57 representantes de la provincia de Guayaquil. Tras tres días de sesiones ellos dictaron un “Reglamento Provisorio de Gobierno”, en el que se afirmó que la provincia de Guayaquil se encontraba en “entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga” en la América del Sur. Para Olmedo, este 8 de noviembre que se reunieron los 57 representantes fue el día de la libertad de Guayaquil. Ese día flameó, de seguro, la celeste y blanco.

Pero Bolívar la mandó a arriar, cuando en julio de 1822 entró a Guayaquil acompañado de un ejército de “bravos colombianos” para sumarla manu militari como el extremo Sur de la República de Colombia. Durante 1822 y 1830, Quito, Cuenca y la violentada Guayaquil fueron colombianos. Se los llamó “Distrito del Sur” y, de manera casi invariable, fueron gobernados como un territorio de ocupación militar (con estado de excepción y hombre de armas al mando).

Cuando en 1830 ese Distrito del Sur se separó de Colombia, se abandonó la sujeción a un centro colombiano (Bogotá) pero no se ganó una plena autonomía. Bolívar lo entendió bien, cuando escribió que los ecuatorianos “todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también”. Y Bolívar también vio claramente que aquella dominación extranjera sobre el Ecuador iba a ser temporal: “esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país’. Y así ocurrió.

Como lo hizo el polemista Roberto Leví Castillo, bien se podría hablar de unos años de “ocupación grancolombiana” del Ecuador entre 1822 y 1845. Ello tiene sentido, dado que tantos extranjeros gobernaron: un venezolano fue su Presidente como por diez años, hubo una pléyade de ministros de todas partes, y lo más importante, tuvieron los extranjeros el control, tanto por su alto mando como por su elemental composición, del Ejército. (En un país paupérrimo, allí estaba la plata.)

A esta “ocupación grancolombiana” la quebró la revolución del 6 de marzo de 1845, capitaneada en lo militar por el general guayaquileño Antonio Elizalde y dirigida en lo civil por un triunvirato compuesto por los guayaquileños Olmedo, Noboa y Roca. Como se dice en su Acta, la revolución marcista se hizo para vindicar “el honor y dignidad de este país, humillado por algunos años bajo el yugo extraño de un poder absoluto”.

Y aquel día de verdadera autonomía para el Ecuador, volvió a ondear la libertaria bandera celeste y blanco.

Elizalde vs. Wright (Batalla de 1845)

19 de marzo de 2019


Esta es la historia de un vasquito contra un irlandés, al mando de multitudes, enfrentados en las calles de Guayaquil (1). Elizalde era el hijo de un vasco de Lekaroz, Baztán, Reino de Navarra, venido a Guayaquil y casado con una guayaquileña hija de vasco, Rufina La Mar. De su enlace surgieron dos héroes de Pichincha y Ayacucho, gestas libertarias de la América del Sur: Antonio, y su hermano mayor Juan Francisco. (Además de tener un tío famoso, el general José Domingo La Mar, primer Presidente Constitucional del Perú). Este escrito trata del guayaquileño Antonio Elizalde La Mar, nacido en 1795, cuya primera participación militar fue en la independencia de su ciudad en octubre de 1820, con la que inició su intervención en la campaña libertadora de Quito, coronada en Pichincha y luego refrendada en Ayacucho.

El año 1845, el puerto de Guayaquil está en un auge económico y demográfico. Políticamente, la ciudad merecía un lugar en consonancia con ese auge: fue aquí donde se recuperó a la naciente Patria (2), perdida por el militarismo extranjero representado en el general venezolano Juan José Flores, elegido Presidente de la República para el período 1843-1851 (3).

El 6 de marzo de 1845 Guayaquil se levantó en armas y el general Antonio Elizalde (50 años) fue ungido como el General de las Fuerzas Revolucionarias. Debió enfrentarse con el Comandante General de la Plaza, el General Thomas Charles Wright (4), irlandés de nación (Queensboro, 1799) y representante del Gobierno de Flores, a fin de tomarse Guayaquil para la causa de la “Revolución Marcista”.

El currículo del General Wright (a la sazón, 46 años) era tanto o más impresionante que el de Elizalde: enlistado como otros rechazos de la Real Armada de Inglaterra en una legión para guerrear en el extranjero a la edad de 18 años (es decir, un bisoño mercenario) participó en América, entre otras, en las batallas de Pantano de Vargas y de Boyacá, donde se lo promovió a Capitán, de Carabobo y de Bomboná. Acompañó a Bolívar en su segunda campaña de los Andes y fue elogiado por él en razón de su arrojo y valentía. Asentado en Guayaquil desde 1826, el General T. C. Wright fue el militar gubernamental de preferencia para administrar Guayaquil para la República del Ecuador: sirvió en todos los gobiernos, y a Rocafuerte lo vinculaba un enlace familiar: se casó con su sobrina (que falleció en 1839). Ese 6 de marzo de 1845 fue el principio de su caída.

En esta lucha entre estos dos héroes de la Independencia, en la que corrió sangre de guayaquileños y que concluyó al día siguiente que empezó, el 7 de marzo, prevaleció el General Elizalde frente al General Wright, quien se contrajo a firmar una capitulación por la que entregó la plaza a los revolucionarios. Muchas otras luchas después se firmó un convenio entre estos y el General Juan José Flores a fin de que el Presidente en funciones abandone el país, lo que finalmente hizo desde Guayaquil el 24 de junio de 1845, ciudad donde Flores embarcó con rumbo a Panamá (5).

Elizalde, a raíz del triunfo de la Revolución, fue Gobernador del Guayas y luego Senador y luego candidato a la Presidencia de la República. Fue por el intransigente empate entre los candidatos guayacos a la Presidencia, Elizalde y Diego Noboa, que el Congreso Nacional de 1849 adoptó, por primera vez en la historia del país, la decisión de que un Vicepresidente reemplace a un Presidente, por el ascenso del quiteño Manuel Ascázubi a la Presidencia el 7 de noviembre de 1849  (v. el “Síndrome de Ascázubi”).

A Elizalde se lo recuerda en su ciudad con una corta calle del centro que tiene apenas una cuadra y que muere en el Malecón (con el equívoco nombre “Miguel A. Elizalde”). En Quito, la calle que lo recuerda tiene el nombre correcto, “Antonio Elizalde”, y está en una cuesta del Itchimbía. Antonio Elizalde Lamar murió en Guayaquil el 24 de mayo de 1862, a los 40 años exactos de haber peleado en las faldas del Pichincha.

Por parte del viudo Thomas Charles Wright Montgomery, esta derrota concluyó su paso por la función pública. Desde entonces, estuvo quince años en el exilio (diez en Chile y cinco en Perú) y regresó bajo el gobierno de García Moreno, se casó con la hermana de su fallecida esposa (costumbres de la época) y estuvo en la oposición al gobierno hasta su muerte el 10 de diciembre de 1868. Lo recuerda a T. C. Wright, en Guayaquil, el nombre de una calle en las cercanías del Barrio del Centenario, que inicia en la 25 de Julio y muere en la ría.

(1) Cinematográficamente, mutatis mutandis, es lo más parecido a “Gangs of New York” que tenemos.
(2) Por “recuperar” la Patria, quiero decir recuperarla para la administración de los hijos de la oligarquía de Guayaquil y sus intereses de clase.
(3) El Presidente Flores gobernaba con la que se conoció como “Carta de la Esclavitud”, dictada por la tercera Convención Nacional que se reunió en Quito, adicta a Flores, que la aprobó el 31 de marzo de 1843. Flores la promulgó al día siguiente.
(4) A dos de sus descendientes, sus nietos Juan Alfredo y Roberto Wright Aguirre, les cupo el honor de traer la primera pelota de fútbol al Ecuador, vía el puerto de Guayaquil. Con otros entusiastas, fundaron el primer club de fútbol del país, el 23 de abril de 1899.
(5) Flores volvió a la política nacional en 1860 convocado por García Moreno para ordenar el país cuando este homónimo de apellidos con Charly García (cuyo nombre completo es Carlos Alberto García Moreno) entró como una furia (pues las furias necesitan a los generales) y, una vez pacificado el país y triunfante el García Moreno de Guayaquil, el General Juan José Flores fue elegido Presidente de la Convención Nacional que dictó en abril de 1861 la séptima Constitución del país que él mismo contribuyó a fundar en 1830. (Esta fue la primera Constitución que eliminó el voto censitario para elegir –pues para ser elegido se mantuvo hasta la Constitución de 1884). Flores murió el 1 de octubre de 1864, tras derrotar por las armas y para el Gobierno de García Moreno a una insurrección en Machala y mientras se lo trasladaba desde allá a Guayaquil (vía marítima) para recibir atención médica.

Periodismo e ignorancia

20 de marzo de 2016


Según el diario La Hora, en Ecuador se dio una revolución “marxista” en 1845, tres años antes de la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels: una revolución antes de su tiempo (1).



 
En materia deportiva y en otro diario, ocurrió una situación similar cuando un despistado escribió el imposible lógico de que el segundo gol ocurra antes que el primero (2). Cosas de la ignorancia y de nuestro periodismo: cosas que juntas, son muy comunes.

(1) ‘La revolución marxista’, Diario La Hora, 6 de marzo de 2007. Es en estos casos que esta práctica indigna de no firmar las noticias es útil a algunos periodistas: así, por ejemplo, el nombre de este bobo, incapaz de distinguir entre el mes de marzo y Karl Marx, queda en el anonimato.
(2) ‘Boca Juniors derrotó 2-0 a River Plate en el Superclásico de Argentina’, Diario El Universo, 3 de mayo de 2015.