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Facciones en disputa de un botín (elecciones)

9 de junio de 2021

Creo que en el Ecuador es irrelevante si gana una facción política u otra (por eso, la claridad meridiana del voto nulo). Los partidos y movimientos políticos ecuatorianos obedecen a la siguiente descripción:

 

“… son, pues, redes de hombres unidos por vínculos muy diferentes (de parentesco, de compadrazgo, de clientela, de interés, de origen geográfico común), que se definen ante todo por su oposición a una red rival”

 

Francois-Xavier Guerra acuñó esta descripción para los partidos políticos del año 1809 (sobre esto, v. ‘Partidos políticos (1809-presente)), pero el fanatismo por el atraso que se estila en estos pagos hace que sea una definición aún válida (perfectamente válida) para describir a los partidos y movimientos políticos del Ecuador del 2021.

 

En rigor, la mayoría de las facciones políticas en el Ecuador se definen por oposición a otra facción porque carecen de ideales propios (no somos buenos, somos apenas mejores que el otro). Lo suyo es, casi invariablemente, la disputa del botín con estas otras facciones opositoras (a esta riña de mal gusto se la llama ‘elecciones’). Así, se busca llegar a la administración del Estado para el reparto de un botín (puestos, contratos, comisiones, privilegios, prebendas, sobornos, corruptelas, etc., todo lo que conjugue el ancho verbo rapiñar). Es lo que hay.

 

Mientras la política sea la disputa de un botín entre facciones será un juego de suma cero, insostenible y sin posibilidad de desarrollo para la administración del Estado en que ocurre. Pasará una generación y muchas más, como ya han pasado unas ocho o nueve desde que se inventó este adefesioso Estado del Ecuador en 1830, pero seguiremos la mayoría de sus habitantes entendiendo que el Estado es un estorbo, mientras que unos pocos lo percibirán como un botín (sobre esto, v. ‘Una revolución contra la idiotez’).

 

Por este estado de cosas, si el Ecuador es un acto de fe, yo soy ateo.

El único doctrinario del PSC

4 de junio de 2018


No existe nada parecido a una “doctrina socialcristiana” recogida en estudios de la Alcaldía de Guayaquil sobre los resultados de su gestión. Es peor: no existe información accesible y sistemáticamente organizada para formarse una idea de conjunto sobre la gestión municipal en los casi 26 años que lleva al mando de la ciudad.

La ausencia de una “doctrina socialcristiana”, derivada de casi tres décadas de gestión de la ciudad de Guayaquil, se explica porque el horizonte de la gestión del PSC en la ciudad es el lucro empresarial, sin sentido de planificación urbana. Y pensar una ciudad en función del lucro de unos pocos, es no pensar la ciudad del todo. De allí que el socialcristianismo no pueda tener “ideólogos”: apenas puede aspirar a tener “acólitos”.

El PSC en Guayaquil tiene un único “doctrinario”: su líder máximo, el Alcalde de la ciudad, Jaime Nebot. Su liderazgo tiene “predominancia” en los procesos internos del partido incluso “por encima de lo que señala el Estatuto” (1). Su palabra es la ley, en el PSC y en la ciudad.

Lo que se puede derivar de las prácticas de este único doctrinario del PSC en su gestión de Guayaquil es un “modelo empresarial de desarrollo”, que ha perpetuado desigualdades sociales e intervenido de manera ineficiente e irresponsable en el crecimiento de la ciudad, para favorecer (principal, pero no únicamente) al sector de la construcción, al que también perteneció Nebot antes de empezar a ser nuestro Alcalde.

Es decir, un caso hardcore de “capitalismo de amigos”, al amparo de un liderazgo nefasto.

(1) Freidenberg, F., y Alcántara, M. (2001). Los dueños del poder: los partidos políticos en Ecuador (1978-2000). Quito, Ecuador, p. 73.

Partidos políticos (1809-presente)

27 de marzo de 2017


Decía François-Xavier Guerra sobre los partidos políticos:

“Los partidos son, pues, redes de hombres unidos por vínculos muy diferentes (de parentesco, de compadrazgo, de clientela, de interés, de origen geográfico común), que se definen ante todo por su oposición a una red rival”.

Guerra lo decía para las primeras elecciones americanas, que fueron un hito extraordinario “ya que, por primera vez en el mundo hispánico, antes incluso que en la España peninsular, América entera es llamada a las urnas en un proceso electoral que, por tener lugar a escala de un continente, no tiene precedentes en la historia mundial”. Este proceso empezó en enero de 1809, con la convocatoria a elecciones hecha por la Junta Central (1).

Lo grave: esta definición de los partidos políticos de François-Xavier Guerra era aplicable a la política del año 1809. ¡Qué poco ha cambiado!

(1) ‘Las primeras elecciones americanas (1809)’, capítulo sexto de ‘Modernidad e independencia. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas’. La Junta Central promulgó la resolución que convocó a a los americanos a las elecciones el 22 de enero de 1809.

Sobre la indignación por las candidaturas

25 de noviembre de 2016

Por consistencia liberal, no creo en la exigencia de ninguna calificación especial para la representación política en el foro legislativo. Esos representantes son, en el mejor de los casos, una expresión de la diversidad de un país (1). Si realmente se cree que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos (artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos), entonces no debe a nadie privársele de la posibilidad de representar a otros si esa persona se siente en capacidad para ello y asume el costo de hacerlo (una inversión de tiempo y recursos, con un resultado usualmente incierto).

He escuchado y leído mucho sobre la indignación por las candidaturas a la Asamblea Nacional. Mi inteligente amigo John Dunn ha expresado su “asco” y ha sugerido que debería votarse nulo (2). Realmente creo que la respuesta fácil es indignarse y sentir asco por esos otros que han asumido un costo personal que otros no. Y creo que lo realmente difícil es comprometerse, no digo siquiera a ser candidato (menos ahora que la inscripción de candidaturas ha cerrado) sino a conocer a otros candidatos que salgan del radar de las “caras conocidas”.

Cuando John Dunn dice que hay una “casi ausencia de candidatos alejados del escándalo y la farándula”, habría que entender esa frase con el añadido de “conocidos” al lado de la palabra “candidatos” (3). Porque las matemáticas no mienten: son 3.793 candidatos a dignidades nacionales y las “caras conocidas” del escándalo y la farándula apenas serán tres docenas (4). Hay miles (más de 3.700, de hecho) candidatos que no son conocidos, “que resultan inciertos para los votantes” (5). Sufren el estigma de que “a esos no los conoce nadie”, sambenito con el que se los suele desestimar enseguida. Pero si entonces la clave es ser conocido, ¿por qué sentir “asco” por las únicas “caras conocidas” que se atreven a participar?

En mi opinión, el problema no está en el que sirve a una estrategia (esto es, una “cara conocida” útil para un movimiento o partido político, un “mal” de la mayoría de actores políticos en esta elección) sino en el ciudadano que no busca informarse para decidir sobre su voto y que espera hacerlo exclusivamente en función de las “caras conocidas” (este ciudadano apático es transversal a todas las clases sociales y segmentaciones usuales; es la inmensa mayoría). Si el foro legislativo resulta a consecuencia de esta apatía, la expresión de una diversidad de “caras conocidas”, basta pensar en lo que ofrece la TV nacional a diario y el resultado aparece obvio. Y estará en tu papeleta electoral.

Bottom line: Creo que es razonable no culpar a otros por haber actuado de acuerdo con sus propios intereses (nadie está exento de ello) sino más bien procurar la búsqueda de alternativas que salgan del radar de las caras “conocidas”, así como difundirlas para el conocimiento de otros.

(1) Los debates que plantea la representación política son enormes. Pero me interesa apuntar a que en la sociedad ecuatoriana, la representación política usualmente ha respondido a un electorado masculino, conservador, religioso, blanco-mestizo y de clase media-alta. Estos lastres excluyentes de una amplia diversidad los arrastramos por decenas de años y resultan muy difíciles de superar (piénsese en el drama por el debate legislativo del aborto, para un ejemplo reciente). 
(2) John Dunn, ‘Asco’, Diario El universo, 24 de noviembre de 2016. La propuesta de darle valor al voto nulo me resulta sumamente interesante.
(3) 3.793 aspirantes a dignidades nacionales, han registrado sus candidaturas ante el CNE’, Diario El telégrafo, 22 de noviembre de 2016. 
(4) John Dunn, ‘Asco’, Diario El universo, 24 de noviembre de 2016.
(5) Ibíd. 

Elecciones 2013

3 de diciembre de 2012


Tres miradas (de las muchas posibles) sobre el décimo proceso electoral que se realizará desde aquel organizado el 16 de julio de 1978 con ocasión de la vuelta a la democracia.

I. La bancarrota de los partidos políticos del siglo pasado.

Esta elección puede significar la bancarrota política de los partidos políticos originados durante el siglo XX. Los partidos políticos serranos que obtuvieron la presidencia en los 80’s y 90’s (la Izquierda Democrática, el Partido Unión Republicana y la Democracia Popular) se han borrado; los partidos políticos costeños que obtuvieron la presidencia en aquellos años (Concentración de Fuerzas Populares, Partido Social Cristiano, Partido Roldosista Ecuatoriano) se encuentran en franca agonía. En esta elección, el único de esos partidos que presenta candidato es el PRE, con la candidatura del inefable pastor Nelson Zavala. Es probable que la votación de este individuo no supere a la del último candidato presentado por el PRE, en la elección del 2006. Aquel fue Fernando Rosero y obtuvo el favor del 2.08% del electorado.

El PSC continúa presente en el panorama electoral, aunque semi-oculto en su camuflaje de madera. Sin embargo, no ha presentado candidatos presidenciales después de sus últimos fiascos: Xavier Neira en el 2002 (12.23%) y Cynthia Viteri en el 2006 (9.63%), ambos en escasos quintos puestos y con porcentajes alrededor del 10% del electorado. En la provincia del Guayas, en la que el PSC había ejercido una hegemonía ininterrumpida desde 1990, ya en las elecciones del 2009 había empatado con Alianza País en el número de asambleístas, con siete cada uno. Este 2013 puede ser la primera ocasión, en 23 años, en la que el PSC registre una derrota electoral en una provincia que ha sido su bastión político.

Tal vez el PSC lo tenga merecido por sus candidatos. En particular, llama la atención que recicle a Nicolás Lapentti, quien fuera electo como asambleísta nacional el 2009 y quien solamente intervino cuatro ocasiones durante su período de “trabajo” legislativo. En un cálculo simple, a razón de 5.000 dólares mensuales (desde mediados de este año los asambleístas ganan 6.000 dólares, pero redondéemosle el sueldo a la baja) Lapentti se embolsicó 240.000 dólares pagados por todos nosotros, a cambio de lo cual este insigne quechuchista del oficio legislativo se esforzó solamente en cuatro ocasiones por representarnos: nos ha salido a 60.000 dólares por intervención su gracia. Uno puede fundar sospechas sólidas de que la única razón por la cual busca reelegirse (encabeza la lista del PSC para el distrito 4 en Guayas) es para obtener la inmunidad parlamentaria y evitar que lo investiguen por hechos acaecidos durante su actuación como Prefecto del Guayas.

De veras, ojalá que no lo logre.

II. La vertiente religiosa.

La religión ha intervenido en la política ecuatoriana de larga data. El Ecuador fue un país confesional, como hoy lo es Arabia Saudita, pero con una religión distinta, la católica. Y lo fue hasta que la Constitución de 1906 (a la que los conservadores de aquel entonces llamaron “la atea”) estableció el laicismo en la educación (Art. 16) y el derecho a la libertad de conciencia (Art. 26 num. 3). Lo específico de esta elección del 2013 en materia religiosa es que se la hace bajo una Constitución que define al Estado como laico (Art. 1) y establece como uno de los deberes primordiales del Estado la garantía de la ética laica “como sustento del quehacer público y el ordenamiento jurídico” (Art. 3 num. 4). La separación del Estado y las confesiones religiosas (de cualquier tipo: mayoritarias o minoritarias) es tajante y no admite discusión. Las creencias religiosas no tienen cabida en la administración pública: pertenecen al ámbito de la vida privada de los individuos, los que pueden profesarlas en los términos dispuestos en la Constitución (Art. 66 num. 8) pero nunca imponerlas a terceros. (Sobre el estatus de la libertad religiosa según los instrumentos internacionales de derechos humanos, v. por acá).

Hecho este preámbulo, esta elección del 17 de febrero del 2013 tiene una carga religiosa importante. Un candidato que se autodefine como “cristiano de izquierda en un mundo secular” (Correa), un candidato autodenominado “enviado de Dios” (Noboa), un miembro del Opus Dei (Lasso) y un pastor evangélico (Zavala) participan en ella. Como saldo, la mitad de los candidatos a Presidente de la República tienen, en mayor o menor medida, una carga religiosa.

De todos ellos, el que más llama la atención es el pastor Zavala. Su crítica al gobierno es que éste es "ateo" y le pide a Correa que "se arrepienta, que no le mienta a Dios ni fomente leyes que están en contra de la ley de Dios"; él (Zavala) se autodefine como un "hombre arrepentido y perdonado por el amor de Dios y Jesucristo". El pastor Zavala es ignorante de los límites que impone un Estado laico. En realidad, si quisiera realizar semejante adefesio de implementar exclusivamente leyes que no estén "en contra de la ley de Dios" tendría que alterar un elemento constitutivo del Estado (el laicismo) y un deber primordial del Estado (la garantía de la ética laica) así como restringir el derecho a la libertad de religión, por lo cual debería convocar una asamblea constituyente para hacerlo. Pero como ya fue dicho, es altamente improbable no solo que prospere semejante desvarío reaccionario, sino incluso que Zavala ni siquiera supere la votación obtenida por Fernando Rosero en el 2006.

Que Jebús así lo quiera.

III. La contienda electoral “ratificatoria”

Este proceso electoral, más que una competencia electoral entre candidatos, parece un proceso de “ratificación” de la gestión del presidente Correa. La oposición continúa en la edad del burro y todavía no acierta a pensar sino es en relación con Correa. Todavía no se desteta, sigue Correa-dependiente.

Los datos de la ciencia política en materia de reelecciones son concluyentes. Según Adam Przeworski en ¿Qué esperar de la democracia? Límites y posibilidades del autogobierno, "la frecuencia con que los presidentes en ejercicio ganan las elecciones es asombrosa: 2103 sobre 2648 casos en que se presentaron, lo que significa que la probabilidad de que el presidente en ejercicio triunfe en las elecciones es de 0.79 y las posibilidades de ganar son de 4:1" (Pág. 194). El estudio es realizado a nivel mundial, pero el caso de América latina es peculiar: "En realidad, en toda la historia de América latina sólo tres presidentes en ejercicio que se presentaron a la reelección perdieron" (Pág. 191). En el caso de Correa, para mayor inri, se trata del presidente más popular en América latina y las encuestas lo favorecen ampliamente.

Pero todavía falta un mes y un día para el inicio de la campaña electoral y verificar si dicha ratificación a la gestión de Correa sucede. Y muchas cosas pueden pasar hasta aquel entonces. You never can tell.

Sobre los partidos políticos

2 de enero de 2010


Hoy, diario Expreso publicó esta nota sobre los partidos políticos y su posible reposicionamiento en este 2010, en la que, en breve recuadro y en conjunto con Gaitán Villavicencio, opinamos al respecto. NB que PSP apela al cinismo y a la desmemoria ciudadana y que el PSC "cri cri / cri cri", ja.