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La independencia retrógrada

19 de junio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 19 de junio de 2026.

El proceso de independencia americana de España (1810-1826) significó una ruptura con la administración del territorio desde un reino europeo establecido por la fuerza en América unos trescientos años atrás y la consiguiente emergencia de unos atribulados Estados en el continente (España conservó la posesión de dos islas: Cuba y Puerto Rico, que perdió en 1898). El gran legado de estas guerras por la independencia fue el autogobierno de dieciocho territorios, con más pena que gloria. 

Porque rara vez este autogobierno se ejerció para el beneficio de los habitantes del territorio. Sus beneficiarios fueron los que predijo Bolívar, un “pequeño género humano”. En el caso del Estado del Ecuador establecido en 1830, el gobierno del territorio por los descendientes de los conquistadores (unos adinerados blanco-mestizos) significó una libertad más perfecta de ellos para oprimir a los otros habitantes del territorio en el marco de un gobierno racial heredado de los tiempos de los españoles. 

Simón Bolívar, en la célebre Carta de Jamaica publicada en Kingston en 1815, lo tenía muy claro. La independencia del reino de España se la iba a hacer por y para un “pequeño género humano”, que él definió como una “especie media entre los legítimos propietarios y los usurpadores”, es decir, ni indígena ni española. Así, ellos eran distintos a los españoles por el nacimiento, mientras que eran distintos a los indígenas por los derechos, que ellos tenían por su herencia española pero que los indígenas no tenían por un efecto de la conquista. Su mensaje: la independencia se la iba a hacer contra los españoles, pero no en beneficio de las mayorías. 

El Estado del Ecuador que inició su maltrecha andadura en 1830 no varió el gobierno racial, sino para peor. Los esclavos siguieron siendo esclavos, pero la relación entre los nuevos gobernantes criollos con los indígenas se hizo más opresiva. La primera Constitución ecuatoriana, que entró en vigor en septiembre de 1830, los trataba a los indígenas como unos interdictos. En su artículo 68 encargaba a “los venerables curas párrocos por tutores y padres naturales de los indígenas, excitando su ministerio de caridad en favor de esta clase inocente, abyecta y miserable”. 

Tras la independencia, el “pequeño género humano” en su versión Ecuador ensayó varios mecanismos para sujetar a la población indígena a la producción de la hacienda, en una situación abominable conocida como “concertaje” (abolido recién en 1918). Para peor, a la población indígena le cobraban un tributo por el hecho de ser indígena: durante largos años, este tributo financió una buena parte del funcionamiento de un Estado diseñado para oprimir a quienes lo pagaban. Un Estado administrado por aquel “pequeño género humano” por el que tanto luchó Bolívar. 

En su libro ‘América latina: la construcción del orden’, Waldo Ansaldi y Verónica Giordano concluyen acerca del proceso de independencia americana del Reino de España: “En síntesis, independencia política sin emancipación social”. Para el caso del Ecuador, se podría decir que nos fue peor: la independencia política significó una mayor y más perfecta opresión sobre los maltratados desde los tiempos de la conquista. 

Los primeros días de Santiago

17 de octubre de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 17 de octubre de 2025.

Santiago es el nombre castellano de una ciudad que Diego de Almagro fundó para entrar a una negociación en los tiempos de la conquista de América. En los Andes, los conquistadores del bando del adelantado Pizarro estaban sometiendo la provincia de Quito, cuando tuvieron la noticia de la llegada a ese territorio de otros conquistadores bajo el mando del adelantado Alvarado. 

Pizarro era el gobernador del territorio que se estaba conquistando y Diego de Almagro era su teniente de gobernador en la provincia de Quito, con facultad para fundar ciudades y villas en el proceso de conquista. Santiago fue la primera y fue una fundación en toda la regla, con alcaldes, regidores y vecinos. 

En palabras de los historiadores Dora León y Ádám Szászdi, con la fundación de esta ciudad se quiso reforzar “el derecho al territorio que el rey había concedido a Pizarro con una clara señal de que su título no sólo era de jure, sino también de facto” y también se le quiso poner una barrera a Alvarado “ante sus pretensiones de avanzar hasta el Cuzco, para que se viere obligado a atropellar la justicia real, en las personas de los alcaldes ordinarios, si pretendía proseguir su marcha hacia el sur”.

En la ciudad de Santiago se discutió entre los conquistadores del bando de Pizarro, acerca de cómo enfrentar a Alvarado y su hueste. Almagro se dirigió a los conquistadores reunidos en el cabildo de la ciudad de Santiago para decidir “si será bien estorbarle y resistirle que no pase ni ande por esta dicha Gobernación, para excusar los daños que ha hecho y podía hacer andando en ella, o si le dejara pasar y se irá adelante con alguna gente”.

Finalmente, en la ciudad de Santiago se reunieron Almagro y Alvarado. Se evitó el combate entre sus huestes, porque se llegó a un acuerdo: el pago de 100.000 pesos de oro al adelantado Alvarado para comprar sus naves, dejando en libertad a los que vinieron con él para quedarse en la conquista con el adelantado Pizarro o volverse con él por donde habían venido.

Antes de partir al Sur para que Alvarado reciba el pago acordado, en la ciudad de Santiago Diego de Almagro fundó la villa de San Francisco, para ocupar un poblado indígena situado al Norte (para este traslado Almagro encargó a un subordinado, Benalcázar). Todos estos acontecimientos ocurrieron en una quincena de agosto del año 1534, en la provincia de Quito que se estaba sometiendo a mayor gloria del rey de Castilla.

Ambas, la ciudad de Santiago y la villa de San Francisco, se mudaron de su lugar de fundación (estos traslados no implicaban nuevas fundaciones; la fundación es un acto único, como el nacimiento de una persona). San Francisco lo hizo dentro de la provincia de Quito, por lo que conservó su topónimo original y quedó como San Francisco de Quito.

En el caso de la ciudad de Santiago, los conquistadores la trasladaron a la Costa y perdió su topónimo original (Quito) y tomó otros nombres (Santiago en Estero de Dimas, Santiago de Amay, Santiago de la Culata), hasta que terminó por adoptar su nombre definitivo: Santiago de Guayaquil, en su ubicación definitiva: el cerro Lominchao (hoy conocido como Santa Ana). Pocas ciudades en América tuvieron un comienzo tan agitado como el suyo.

El libertador vulgar

23 de mayo de 2025

            Publicado en diario Expreso el 23 de mayo de 2025.

El caraqueño Simón Bolívar capitaneó la liberación de una porción de Sudamérica y después se hastió. Receló de lo hecho y diseñó en 1826 una Constitución llena de desconfianza contra los pueblos que él había libertado tras una costosa y sangrienta lucha de quince años. Esa liberación se cumplió con la caída del puerto del Callao en enero de 1826, último reducto español en América. 

Bolívar diseñó una Constitución (casi idéntica) para Bolivia y para el Perú, las que fueron una diatriba en jerga jurídica contra la participación de los pueblos en la libertad que él les había otorgado con sus luchas legendarias, las que le habían ganado a Bolívar desde 1813 el membrete de “El Libertador”. En su Constitución, Bolívar instituyó una presidencia vitalicia, con la facultad del presidente de designar él mismo a su sucesor, a la manera de una monarquía. Para Bolívar, entonces, la decisión de quien debía ejercer la máxima autoridad ejecutiva no podía estar en manos de la gente. Según decía él, “un presidente vitalicio con derecho a elegir al sucesor es la inspiración más sublime en el orden democrático”.

En la Constitución que Bolívar diseñó se postulaba que el presidente de la República debía ser una autoridad perpetua porque era “como el sol que, firme en su centro, da vida al universo”. Lo vitalicio y su sol, en todo caso, demoró un rato. En Bolivia, la Constitución se promulgó en noviembre de 1826, cayó en desuso después del motín de Chuquisaca contra el presidente Antonio José de Sucre en abril de 1828 y se la derogó formalmente en agosto de 1831. En Perú, la Constitución duró todavía menos, estando vigente apenas por 49 días entre diciembre de 1826 y enero de 1827. Se la derogó formalmente en junio de 1827.

Después de esta Constitución de corte antidemocrático, a pocos días de su muerte, Bolívar explicó el fracaso que significó haber libertado a los pueblos. El 9 de noviembre de 1830, le dirigió una carta a su coterráneo Juan José Flores, fundador y primer presidente del Estado del Ecuador que se separó en 1830 de la República de Colombia fundada por Simón Bolívar. Tras autorizarlo a la secesión, Bolívar le explicó a Flores lo que él había obtenido después de mandar por 20 años: “no he sacado más que pocos resultados ciertos. 1°. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas”. Todo esto se puede condensar en esa frase tan inexacta como categórica que, por este fragmento, se le atribuyó a Bolívar: “he arado en el mar”. Tras arar, Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830.

En enero de 1847, también al final de sus días, José Joaquín Olmedo escribió al ilustre Andrés Bello una carta en la que definió a Bolívar como “cualquier libertador vulgar” porque “nos libró del yugo español, y nos dejó todos los desastres de las revoluciones”.

Bolívar se impuso a otros, libertó y (como él mismo lo reconoció) no supo contener las fuerzas que él había libertado. Como “cualquier libertador vulgar”, decía Olmedo acertado. 

El 'pequeño género humano'

2 de agosto de 2024

             Publicado en diario Expreso el viernes 2 de agosto de 2024.

“Nosotros somos un pequeño género humano” escribió Simón Bolívar el 6 de septiembre de 1815, en una misiva al comerciante y súbdito británico Henry Cullen que pasó a la historia como la Carta de Jamaica. ¿Quiénes conformaban este “nosotros somos” del que habla El Libertador? ¿En nombre de quiénes él hizo su lucha por la independencia?

Simón Bolívar lo explica en su Carta de Jamaica. De su “nosotros somos”, él distingue claramente a quienes no lo conforman: “no somos indios ni europeos”. En seguida, él define al “pequeño género humano” del que se siente parte como “una especie media entre los legítimos propietarios y los usurpadores españoles”, es decir, entre los indios y los europeos que hicieron la conquista de la América en el siglo XVI. 

Esta “especie media” que dice Bolívar tiene sus particularidades. La diferencia entre ella y los europeos invasores era su lugar de origen (“siendo nosotros americanos por nacimiento”) mientras que su diferencia con los indios es que, siendo ambos americanos por nacimiento, los miembros del “pequeño género humano” del que se siente parte Bolívar sí gozan de los derechos que se arrogaron a sí mismos los europeos tras su conquista del territorio (“nuestros derechos [son] los de Europa”), derechos de los que los indios, por su condición de conquistados, estaban privados. 

La consecuencia que sacó Simón Bolívar en 1815 de esta singular situación (“el caso más extraordinario y complicado”, como lo consideraba en su prosa florida El Libertador) es que su “pequeño género humano” tenía entonces que pelear en dos frentes: por una parte, tenía que disputar los derechos de los europeos con los indios y, por otra, disputarle el dominio del territorio americano a los europeos. 

En rigor, la Carta de Jamaica postula el parricidio de los invasores europeos del siglo XVI, para sucederlos en su dominación del territorio americano. Así, la independencia del reino español fue el triunfo de una porción de los criollos (los pocos americanos con derechos), pero desde la perspectiva de los indios (los muchos americanos sin derechos), fue apenas un cambio de dominador. Por ellos se justificaría aquel grafito (seguro es invención) que se dice que fue escrito en Quito el primer día después de la independencia: “Último día de despotismo, y primero de lo mismo”. 

Otra vez una misiva de Bolívar, esta vez a un paisano venezolano, hombre de armas como él: Juan José Flores. El general Flores recibió una carta de Bolívar, escrita el 9 de noviembre de 1830, en la que él le explicaba a su “querido general” las penurias que iba a pasar en el Ecuador. Y para esta misiva volvió el “nosotros”, porque la primera lección que Bolívar le dice a Flores haber aprendido en la lucha por la independencia y en el gobierno de estos pueblos era: “1ro. La América es ingobernable para nosotros”. 

Para Bolívar, tras el fracaso de su gobierno, el destino implacable era caer “en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas”. 

En su tránsito de la ilusión al desencanto, además de Libertador de naciones, Bolívar resultó un agorero del desastre. Fue un visionario de la caída de su “pequeño género humano”.   

El borracho necio de América

14 de abril de 2024

El comportamiento del Estado del Ecuador en los últimos días es congruente con su condición de país del chuchaqui perpetuo. 

En el foro internacional, se ha comportado como un borracho (siempre ha sido un gran beodo republicano) pero la nota distintiva de estos últimos días es que se ha convertido en el borracho necio de América. Uno que rompe normas básicas del derecho internacional (es decir, la caga en grande), pero que nunca admite que la cagó y jamás pide disculpas, pues al contrario le echa la culpa a otro de haber motivado la desgracia que él cometió. 

Por supuesto, nadie en la fiesta de la democracia (ningún otro país de América) piensa que la cagada del Ecuador tiene sentido o futuro; pero eso a nuestro borracho necio le tiene muy sin cuidado.

¿Qué se puede hacer cuando vives en un país que se comporta como un borracho necio? Pedir disculpas, y mirarlo partir rumbo a las tierras del chuchaqui. 

A estas alturas, el Ecuador no es ni bueno ni malo: es un incorregible dipsómano.

La curiosa variación de un filántropo

1 de septiembre de 2023

            Publicado en diario Expreso el viernes 1 de septiembre de 2023.

En su cuento El atroz redentor Lazarus Morell, Jorge Luis Borges ironizó que el ilustre obispo Bartolomé de las Casas “tuvo lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas”. A esta “curiosa variación de un filántropo” escribió Borges, “debemos infinitos hechos”, entre ellos, “el tamaño mitológico de Abraham Lincoln” y “la deplorable rumba El Manisero”. En lo que respecta a esta columna, ella busca explicar el razonamiento que hizo posible esta “curiosa variación”.

Bartolomé de las Casas (Sevilla, 1484-Madrid, 1566) vivió en tiempos en que las sociedades católicas estaban en permanente guerra con los infieles, es decir, con todos aquellos que no creían que Jesucristo era el salvador y el Papa su vicario en la Tierra, etc. Como producto de esta continuada guerra de signo religioso, la captura de un enemigo de la fe para convertirlo en esclavo era considerado un acto justo. Y también lo era si los europeos los compraban (para esta época, esto era comercio de los portugueses) siendo ellos ya esclavos. En una de estas dos categorías incurrían (supuestamente) todos los esclavos provenientes del África. 

Así, la “curiosa variación” que Borges le atribuye a Bartolomé de las Casas es un asunto de justo título. La esclavitud, como la captura en una guerra o como la compra de alguien ya esclavizado, tenía un justo título. Pero lo mismo no podía predicarse de los indígenas de América, como bien lo advirtió de las Casas, pues ellos nunca habían tenido la posibilidad de conocer que Jesucristo era el salvador y el Papa su vicario en la Tierra, etc. Tampoco podía decirse que su relación con los europeos en América fuera el fruto de la compraventa de un ser humano previamente esclavizado. Los indígenas eran un caso aparte.

Bartolomé de las Casas había llegado a América en 1502. Por unos años fue conquistador, tan encomendero como el resto y dueño de un esclavo negro. Se ordenó como sacerdote en 1507. Entre 1516 y 1542 le dirigió varios memoriales al emperador Carlos V solicitándole que autorice la importación de esclavos a América para que realicen trabajos físicos extenuantes en las minas y plantaciones en reemplazo de unos indígenas menos dotados que ellos para tales propósitos.  

Con el tiempo, el obispo de las Casas cambió de opinión: se dio cuenta (por conocer las historias de los esclavos, por leer las crónicas de los portugueses en África Occidental) que el justo título que debía tener un comerciante portugués para que la compraventa del esclavo sea legítima en América, rara vez ocurría. Los portugueses hacían gala de abusos y pillajes, y arrasaban a las comunidades en busca de africanos para capturar. Los europeos fueron tan brutales en América como en África.

Al final de sus días, el obispo de las Casas reconoció el error de su “curiosa variación”. En oposición a la idea de esclavizar a una porción de la humanidad, escribió: “Dios no hizo a uno esclavo de otro, sino que a todos concedió idéntico arbitrio; y la razón es que a una criatura racional no se la subordina a otra”.

Amén.

Guayaquil, una historia de dos ciudades

4 de febrero de 2021

El año 1693, el continente americano era todo monárquico, puesto que su inmenso territorio era por entero posesión de reinos europeos (1). El rey inglés era un neerlandés de la Casa de Nassau, nacido en La Haya, Guillermo III, reciente triunfador en ‘La Revolución Gloriosa’. El rey francés, un Borbón, era el célebre ‘Rey Sol’, Luis XIV. El rey de los españoles era un imbécil de la familia Habsburgo, Carlos II. Sus posesiones en América eran las más grandes de todos los reinos, porque los españoles habían llegado primero, en 1492.

 

Ese 1693, Guayaquil, una pequeña ciudad española desbordándose en un cerro al fondo del golfo en el Pacífico Sur que lleva su nombre, obtuvo de su jefe administrativo, el Virrey del Perú, el permiso para mudarse del cerro a la sabana adyacente, petición que se había originado en un cabildo abierto de la ciudad celebrado el 11 de julio de 1688. Los recurrentes incendios y los ataques de corsarios y piratas decidieron la mudanza.

 

Por este permiso del Virrey se mudaron a lo que se conocía como ‘sabaneta’ las autoridades políticas (el Corregidor en 1693, el Cabildo en 1696), los vecinos más adinerados, los grupos religiosos (salvo los dominicos), la iglesia parroquial y el Santísimo Sacramento. Este nuevo emplazamiento empezó a ser conocido como Ciudad Nueva, y por oposición, a la ciudad que se quedó arrumbada en el cerro se la empezó a llamar Ciudad Vieja. Hacia 1699, en lo principal, el proceso de mudanza había concluido. Carlos II seguía, todavía, siendo el rey de los españoles.

 

Al año siguiente, 1700, Carlos II palmó, sin descendencia. Su muerte desencadenó lo que se conoce como ‘Guerra de Sucesión’, que es el pasar el reino de España de estar entre las posesiones de los Habsburgo, una familia austríaca, a las de la familia Borbón, de la vecina y poderosa Francia. Hubo resistencia a este cambio de dinastía: Valencia y Aragón cayeron en 1707 tras la batalla de Almanza (2); Cataluña cayó en 1714. En medio de estos años, en 1710, por gestión del Corregidor Jerónimo de Boza, Guayaquil empezó la construcción de un puente de madera de 800 varas de largo y 2 de ancho, que unió a la Ciudad Vieja con la Ciudad Nueva atravesando los cinco esteros que había del cerro a la sabaneta, es decir, de Norte a Sur: Villamar, Junco, Campos, Morillo y Lázaro. 800 varas castellanas, o de Burgos, equivalen a unos 664 de nuestros modernos metros (3).

 

Puente de las 800 varas. Detalle del plano de Ramón García de León [1772].

A consecuencia de la mudanza, Ciudad Vieja se depauperó. En palabras de Laviana Cuetos, en su libro Guayaquil en el siglo XVIII. Recursos naturales y desarrollo económico:

 

‘Ciudad Vieja, con un trazado irregular propio del terreno ondulado en que se asentaba, sufre un típico fenómeno de degradación perdiendo importancia a medida que Ciudad Nueva la adquiría y se iban trasladando a ella la mayoría de los vecinos. De esta manera en la segunda mitad del siglo ya la mayor parte del vecindario de la antigua ciudad era de negros y mulatos –artesanos, pescadores y jornaleros en su mayoría-, encontrándose la «gente distinguida» en Ciudad Nueva’ (4)

 

Por su parte, la llegada de los Borbones a reinar en España, con sus reformas económicas, benefició a Guayaquil a partir de 1770:

 

“En el último tercio del siglo XVIII, el cacao de Guayaquil comenzó a competir con el de Venezuela en el mercado mexicano; era más barato y estaba menos expuesto a los ataques de los ingleses, ya que tomaba la ruta del Pacífico. La región de Guayaquil conoció entonces un gran desarrollo” (5).

 

El año que el primer territorio americano declaró su independencia de un reino europeo, 1776 (cuando una Yunái de trece estados atlánticos lo hizo de la Pérfida Albión), Guayaquil concluyó la construcción de una calzada de piedra para reemplazar el puente de madera de 800 varas en cumplimiento de una orden dictada por el Cabildo un par de años atrás. Los cinco esteros siguieron abiertos y se salvaban por sendos puentes de madera.

 

En octubre de 1820, cuando la propia ciudad de Guayaquil declaró su independencia de un reino europeo, era ya una ciudad muy distinta a cómo había empezado a ser desde la última década del 1600: desde 1738 se empezó a poblar el barrio del Bajo, ‘que constituyó una especie de suburbio habitado por indígenas y gentes pobres’ en los alrededores del puente de las ochocientos varas (Laviana Cuetos, p. 35). También surgió el barrio del Astillero, que fue la prolongación de la Ciudad Nueva hacia el Sur. Más adelante, se formaron el barrio de Las Peñas en el cerro Santa Ana (antes de ser un barrio aniñado, ‘habitado principalmente por pescadores’ –Laviana Cuetos, p. 33), una extensión del barrio del Astillero que siguió al Sur pasando el estero de San Carlos (hoy avenida Olmedo) y el barrio de la Sabana, que fue la prolongación del barrio del Bajo por detrás de la Ciudad Nueva.

 

En 1820, cuando nació a la vida política sudamericana una efímera república en la Provincia de Guayaquil, entre la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva, con todos sus barrios, se habrán contado unos 18.000 habitantes. Cuando a fines del siglo XVII se la partió a Guayaquil en dos ciudades, ella tenía alrededor de 3.000 o 4.000 habitantes. De un villorrio huidizo de un cerro, Guayaquil durante el tramo final del siglo XVIII se convirtió en una ciudad-puerto muy pujante.

 

Como todas las cosas, casi toda memoria física del Guayaquil de las ciudades Vieja y Nueva concluyó en cenizas tras el Incendio Grande del 5-6 de octubre de 1896, e igual ya quedaba muy poco de ello. Por cierto, dicho incendio borró totalmente el antiguo barrio del Bajo.

 

Y lo que de las ciudades Vieja y Nueva no borró el fuego, lo terminó de borrar el crecimiento urbano ya en la década del veinte del siglo pasado, hará casi 100 años, cuando en Guayaquil vivían unas 90.000 personas. Así, la historia del Guayaquil de Ciudad Vieja y Ciudad Nueva, empezada en la última década del siglo XVII, concluyó con la eliminación de todo registro físico de ellas en la década del veinte del siglo XX. Pero el crecimiento de la ciudad siguió, y aunque de forma diferente, Guayaquil ha vuelto a ser una ciudad partida en dos, v. ‘Monte Sinaí’ y ‘Guayaquil, el modelo que tocó fin’.

 

Parece que el triste destino de esta ciudad es borrar su memoria y no quererse a sí misma.    

 

(1) Al menos nominalmente, porque hubo sectores de América que nunca fueron dominados por los europeos, v. ‘Esmeraldas no way’.

(2) La batalla de Almanza es cosa curiosa, porque enfrentó como jefes de los ejércitos a un inglés y a un francés en el territorio español. Su símil, en el Ecuador, sería la batalla de Miñarica, en la que, como jefes de los ejércitos, se enfrentó un venezolano contra un novogranadino en el territorio ecuatoriano. Sobre el orgullo de los fueros de Aragón, v. ‘Juan Lanuza V y los fueros de Aragón’.

(3) Cinco puentes para atravesar los esteros se habían empezado a construir desde 1705.

(4) Laviana Cuetos, María Luisa, ‘Guayaquil en el siglo XVIII. Recursos naturales y desarrollo económico’, Archivo Histórico del Guayas, Guayaquil, s/f [Primera edición: 1987], p. 32.

(5) Pérez, Joseph, 'Historia de España', Editorial Crítica, Barcelona, 2014 [Primera edición: 2000], p. 350.

La conquista, en caricaturas

8 de diciembre de 2019


En el simpático formato cuadrado de ediciones de la Flor se publicó ‘¿Valió la pena? (Los humoristas gráficos ante Colón y su viaje)’, un libro que recopiló caricaturas publicadas alrededor del mundo sobre Colón y su viaje a América. El libro fue editado en 1992, en Buenos Aires, con ocasión del Quinto Centenario de la llegada a América del pelirrojo que le dio nombre a mi colegio.

Si se seleccionan cinco caricaturas del libro, se puede contar una muy didáctica historia.

Primero, los pobladores originarios hacían su vida de rutina, hasta que en 1492 llegó el hombre blanco y barbado.


Esos hombres blancos (europeos) tenían otros planes sobre lo que denominaron América.


Estas diferentes visiones produjeron malentendidos…


Y todo se pudre cuando llega la iglesia, en particular, la católica (la puta, la gran puta). En el mundo latino, la estupidización obrada por esta institución es un lastre que arrastramos hasta la fecha.


Por la violencia a los pueblos originarios, en el mundo anglosajón los exterminaron, mientras en los territorios latinos se los explotó de manera inmisericorde, como una raza inferior sujeta a tutela.

La llegada del hombre blanco al territorio que llamaron América acabó, en general, con las culturas nativas (como en el territorio del Ecuador, donde se perpetró un epistemicidio) y lo hizo en nombre del progreso y la prosperidad... A sus autores, se le erigen hoy monumentos.


Ha sido una masacre, pero llovida de aplausos. Esa es la historia que nos cuentan estas cinco caricaturas.

Juan Lanuza V y los fueros de Aragón

5 de marzo de 2019


Miembros de la familia Lanuza ocuparon el cargo de Justicia Mayor de Aragón entre 1439 y 1591. Al último de ellos, Juan Lanuza V, lo mandaron a chupar gladiolos en una plaza de Zaragoza. El 20 de diciembre de 1591 lo decapitaron, por orden del rey Felipe II*.

Una placa colocada en la plaza de su ejecución 400 años después, en 1991, refleja cómo se componía España en el siglo XVI: como un conjunto de reinos.


El Justicia Mayor de Aragón, institución surgida en 1265, era el funcionario encargado de defender los fueros de su reino. Antonio Pérez, un aragonés, huyó de una intriga que involucraba al rey Felipe II, por la que cayó preso en el Reino de Castilla. Escapó al vecino Reino de Aragón, donde como aragonés que era, estaba protegido por la legislación de su reino y por los fueros que el Rey de Castilla debía respetar. (De acuerdo con la fórmula del historiador John Elliott, “los Austrias fueron reyes absolutos de Castilla y monarcas constitucionales de Aragón” y es que en Aragón gobernó, en nombre del Rey de Castilla un Virrey, como fueron Virreyes los que gobernaron en nombre del Rey los territorios de Castilla en América.)

Felipe II redobló la apuesta y envió a la gente de la Inquisición para atrapar a Pérez, que eran unos joputas que no reconocían fuero. Se armó entonces un motín en Zaragoza para evitar, a los gritos de “Viva la Libertad”, que la Inquisición detenga al aragonés Pérez, quien aprovechó el revolú creado para huir a Francia. Felipe II se sintió burlado. Por eso, decidió cagarse en todo y mandar a su ejército de 12.000 hombres contra el Reino de Aragón.

El Reino de Aragón tenía unos fueros que expresamente prohibían a un ejército extranjero acantonarse en su territorio, pero tenía apenas 2.000 soldados, mal pertrechados y peor disciplinados: “No hubo combates, fue una desbandada general. El 12 de noviembre el ejército real ocupó Zaragoza.”** Por eso, la placa recuerda “la invasión del reino aragonés por el ejército extranjero de Felipe II”. En esa “invasión” está implícito que los aragoneses eran distintos a los castellanos, y que los de Castilla eran “extranjeros”, tan separados uno y otro Reino de la Península Ibérica que hasta inicios del siglo XVIII conservaban todavía las aduanas en sus fronteras.

La placa evoca una “reacción desaforada” de Felipe II, puesta de manifiesto en la ejecución del Justicia Mayor de Aragón, Juan Lanuza V. Pero los cambios jurídicos a los fueros fueron pocos, pues únicamente se abolieron “los aspectos más anacrónicos de la legislación”.  

El fin de los fueros de Aragón (de sus aduanas también) correspondió a otro triunfo de los castellanos: la instalación de la casa francesa Bourbon en España. Aragón apoyó a la causa opositora, la del archiduque de la Casa de Austria (a la que perteneció el malquerido Felipe II), pero nuevamente Aragón perdió. En 1707, tras la batalla de Almansa (“Extraña batalla: un inglés naturalizado francés, el duque de Berwick, mandaba el ejército ‘español’, mientras que las tropas aliadas estaban a las órdenes de lord Galloway, un francés al servicio de Inglaterra”), Felipe V firmó el 29 de junio un primer Decreto de Nueva Planta por el que abolió los fueros de Valencia y Aragón. El 13 de abril de 1711, Felipe V dictó un nuevo Decreto de Nueva Planta, ya exclusivo para el Reino de Aragón, por el que complementó la tarea del decreto anterior y convirtió a Aragón en una nueva provincia del Estado español con cabeza en Madrid. Ese fue el fin de los históricos fueros del Reino de Aragón, esos que le costaron la cabeza (literal) a su Justicia Mayor Juan Lanuza “El Mozo” en 1591, como lo recuerda la placa instalada en la plaza zaragozana.

La lección: a Aragón (luego a la ciudad de Barcelona, foco de la resistencia a los Borbones, en septiembre de 1714***) los mató la cercanía al centro del poder, la posibilidad real de que el ejército castellano vaya y aplaste las disidencias, que lo hizo. Pero las posesiones españolas en América se beneficiaron de su lejanía: hay cómo leer su independencia como un proceso de reacción conservadora a la centralización de los Borbones.

Lo que triunfó en Aragón y Barcelona, terminó por perder a América.

* Ayer nomás decía el Presidente de “Filipinas”, Rodrigo Duterte, que quería borrar del nombre de su país toda referencia a su pasado colonial (el archipiélago fue nombrado así en 1543 en honor al futuro Rey Felipe II: de allí, “Filipinas”). Quiere renombrarlo con el término malayo “Maharlika”.
** Pérez, Joseph, 'Historia de España', Editorial Crítica, Barcelona, 2014 [Primera edición: 2000], pp. 188-191, 231-234, 312-315. Todas las citas se toman de ese libro, guía para narrar esta historia.
*** Los gritos de “independencia” de la afición en el Camp Nou al minuto 17:14 de los partidos del Barça conmemoran este episodio.

Partidos políticos (1809-presente)

27 de marzo de 2017


Decía François-Xavier Guerra sobre los partidos políticos:

“Los partidos son, pues, redes de hombres unidos por vínculos muy diferentes (de parentesco, de compadrazgo, de clientela, de interés, de origen geográfico común), que se definen ante todo por su oposición a una red rival”.

Guerra lo decía para las primeras elecciones americanas, que fueron un hito extraordinario “ya que, por primera vez en el mundo hispánico, antes incluso que en la España peninsular, América entera es llamada a las urnas en un proceso electoral que, por tener lugar a escala de un continente, no tiene precedentes en la historia mundial”. Este proceso empezó en enero de 1809, con la convocatoria a elecciones hecha por la Junta Central (1).

Lo grave: esta definición de los partidos políticos de François-Xavier Guerra era aplicable a la política del año 1809. ¡Qué poco ha cambiado!

(1) ‘Las primeras elecciones americanas (1809)’, capítulo sexto de ‘Modernidad e independencia. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas’. La Junta Central promulgó la resolución que convocó a a los americanos a las elecciones el 22 de enero de 1809.