Publicado en diario Expreso el viernes 9 de octubre de 2026.
La democracia ecuatoriana es un cascarón vacío. Salieron los datos del informe del año 2026 del Latinobarómetro que confirman esta afirmación. Entre los diecisiete Estados de América latina que se analizan en el Latinobarómetro, el Ecuador es una brutal anomalía que registra el mayor porcentaje de la población que considera que una democracia puede funcionar sin estos elementos: el 50% considera que puede funcionar sin partidos políticos (el promedio regional es 40%), el 49% que puede funcionar sin congreso nacional (el promedio regional es 35%) y el 45% que puede funcionar sin oposición (el promedio regional es 35%). Un 33% (en esto empatamos con Paraguay y Guatemala) considera que la democracia puede, incluso, funcionar sin elecciones (el promedio regional es 22%).
De manera contradictoria, la población ecuatoriana, en contraste con la mayoría de los países de la región, manifiesta un apoyo menos que mediano a un gobierno que no sea democrático (un 47%, por debajo del promedio regional del 52%). La población ecuatoriana defiende, pobremente, una democracia totalmente vaciada de contenido.
Hasta el año 1945 las elecciones las organizaba el gobierno nacional y los resultados eran muy previsibles (amañadas, con el candidato oficialista ganador). Desde la Constitución de aquel año hasta la fecha, un organismo especializado está a cargo de la organización de las elecciones. Juzgado por el artículo 21 de la Constitución de 1945 que instituyó un Tribunal Superior Electoral, el propósito de este cambio era fortalecer el sistema de partidos políticos y garantizar la “pureza” del proceso electoral.
Garantizar la pureza del proceso electoral fracasó (el CNE y su secuaz, el TCE, son como no tener organismos especializados) y el sistema de partidos que se intentó fortalecer hoy vive sus horas más bajas, sumido en el más rotundo de los fracasos. Según los datos del citado Latinobarómetro, tan solo el 11% de los ecuatorianos tiene confianza en los partidos políticos y tantos como el 88% no se siente representado en la Asamblea Nacional.
El sistema de partidos no funciona. Los partidos son personalistas, hace mucho renunciaron a representar una ideología. Como consideran a sus votantes indignos de un programa de gobierno, los tratan como a unos menguados, unos capitis diminutio a quienes se les dirige mensajes toscos o banales. Tan vacíos de contenido están los partidos, que hoy guardan un ominoso silencio frente a los ataques que erosionan el sistema democrático que el gobierno nacional hace a sus opositores y críticos, o frente a la situación del país en general. Este silencio es una señal inequívoca de que no representan a nadie.
A mayor inri: el control del financiamiento de los partidos es ineficaz (casi una bienvenida a la participación vicaria de los GDO), la capacitación de sus simpatizantes es inexistente, las primarias son una burla. El sistema electoral se sostiene por la amenaza de una multa dirigida a quienes no acudan a votar. Si no fuera por esta multa, el número de votantes sería tan bajo que los elegidos no tendrían legitimidad para el ejercicio del cargo.
La democracia ecuatoriana es un cascarón vacío. Hoy está viviendo sus horas más bajas.
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