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Lassoledad

19 de abril de 2017


Durante la primera y la segunda vuelta, el mejor día para Guillermo Lasso fue el 21 de febrero. Ese día, Lasso estaba en Guayaquil frente a las instalaciones del CNE liderando una protesta por fraude, rodeado de miles de simpatizantes y apoyado por varios políticos, entre ellos, Abdalá Bucaram Jr. y Jaime Nebot. Los sucesos de aquel 21 de febrero parecían confirmar que Guillermo Lasso se iba a convertir en el Gran Contradictor del Correísmo, tal vez en ruta a la Presidencia de la República. Ese día, Lasso era legión.

Sin embargo, después de aquel día, las cosas a Lasso se le fueron yendo como para el carajo. Los primeros en abandonarlo, todavía en campaña, fueron los políticos. Su principal aliado en la provincia del Guayas, Jaime Nebot, tomó distancia con una jugada propia de un “viejo sabido” (1). También lo abandonó Abdalá Bucaram Jr., cuyo candidato a la Vicepresidencia de la República, Ramiro Aguilar, advirtió que CREO “es de la Sierra, es una candidatura de clase media y por eso va a perder las elecciones. Repito, va a perder las elecciones y después va a decir que hubo fraude(2).

Una vez obtenidos los resultados de la segunda vuelta, en efecto, Guillermo Lasso se lanzó a decir que hubo fraude. Lasso advirtió que reclamaría ante la OEA, pero la OEA se apresuró a reconocer el triunfo de Lenin Moreno. Los gobiernos de los países extranjeros, incluido el de los Estados Unidos de América, reconocieron pronto el triunfo de su rival. Así, las cosas a Lasso se le pusieron cuesta arriba: los organismos internacionales y los gobiernos extranjeros le restaban potencia al reclamo por fraude que Lasso empezaba. 

Descartados así los apoyos de los políticos ecuatorianos y de la comunidad internacional, le quedaba a Lasso hacerse fuerte en la sociedad civil. Poco a poco, sin embargo, esos apoyos también han empezado a desgajársele. En este sentido cabe entender la distancia que han tomado frente al discurso del fraude opositores al gobierno como Manuel Ignacio Gómez y Felipe Burbano de Lara.

Tanto Gómez como Burbano de Lara, en sendos artículos elogiosos a Lasso publicados en diario El Universo, enviaron un claro mensaje acerca de la necesidad de voltear la página. Gómez sostuvo que ya fue, que “[q]uedó en el camino la posibilidad de un cambio”, mientras que Burbano de Lara fue más contundente:

“Lasso cometió un solo error en la segunda vuelta: proclamarse triunfador de la elección muy tempranamente sobre la base del exit poll de Cedatos. De allí en adelante, en lugar de capitalizar lo conquistado para seguir trazando las agendas del Ecuador poscorreísta, se puso a jugar con fuego deslizándose al pantanoso terreno del fraude. Y en ese desliz, los avances alcanzados corren el peligro de corroerse y distorsionarse” (3).   

Lasso, sin embargo, se mantiene en sus trece con la estrategia del fraude: ayer ratificó que no reconocerá el triunfo de Moreno (4).

En mi opinión, a Guillermo Lasso le convendría una jugada cortazariana: “No todo está perdido, si tenemos el valor de admitir que todo está perdido, y empezarlo de nuevo”. Con este borrón y cuenta nueva, Guillermo Lasso podría dedicarse efectivamente a “capitalizar lo conquistado para seguir trazando las agendas del Ecuador poscorreísta” de cara a la siguiente batalla: las elecciones seccionales del 2019.

Pero emperrarse en las acusaciones de fraude es una manera de NO “capitalizar lo conquistado”, sea dicho in the parlance of Burbano de Lara. Todo lo contrario: es una vía segura para quedarse cada vez más solo. Lasso ya ha perdido el apoyo de los políticos ecuatorianos y de la comunidad internacional, y se enrumba a un cada vez mayor desgaste entre la sociedad civil opositora al oficialismo. Esto, porque su discurso de fraude está ya en trance de cruzar la frontera que separa un justo reclamo del berrinche y la pataleta.

En conclusión: casi dos meses después de aquel 21 de febrero, el hombre que aquella tarde era legión, hoy se está quedando solo (la compañía de Páez únicamente acentúa su soledad), emperrado en un callejón sin salida discursivo y esforzándose, con una pasión digna de mejor causa, por dilapidar lo que había ganado en varios años de construcción de su imagen política.

(1) De la estrategia de Nebot he hablado en otra parte: v. ‘El extraordinario caso del PSC: triunfar perdiendo’, Xavier Flores Aguirre, 30 de marzo de 2017.
(2) Juan Carlos Calderón, ‘Ramiro Aguilar: el trompón de Jacobito nos mató’ [entrevista], Plan V, 20 de marzo de 2017.
(3) Felipe Burbano de Lara, ‘Lasso, la democracia y el fraude’, Diario El universo, 18 de abril de 2017; Manuel Ignacio Gómez, ‘Gracias, Guillermo’, Diario El universo, 17 de abril de 2017.
(4) Guillermo Lasso dice que no reconocerá victoria de Lenín Moreno’, Diario El universo, 19 de abril de 2017.

Vistazo (II)

18 de mayo de 2009


La edición No 1001 de la revista Vistazo publicó la siguiente noticia en su sección Radar:

Sin visa
El gobierno de Estados Unidos revocó la visa de Miguel Orellana Arenas, ex secretario privado del presidente León Febres-Cordero y su yerno. Estados Unidos revocó la visa de Orellana en base a la disposición 112 de la ley de Inmigración, por actos de ‘corrupción’”.

Miguel “Cleclé” Orellana publicó el libro Santiago de Guayaquil. Una ciudad abierta en el que constan dos fotos aéreas de La Puntilla y Samborondón que tienen el siguiente decidor pie de página: “Metas geográficas y personales de quienes viven en una ciudad abierta”.  (Yo hice referencia a esta memez, acá.)  Orellana postula estas metas que reducen la voluntad de quienes habitamos esta “ciudad abierta” (¡?) a la persecución de un estilo de vida que suele privilegiar el afán de lucro y la exclusión; de manera acaso astuta, MOA no nos cuenta el cómo perseguir ese estilo de vida o, al menos, no nos cuenta su experiencia personal de cómo él lo persiguió.  La noticia de Vistazo, sin embargo, nos ofrece algunas pistas a este respecto.

En un artículo que publicó el 2006 en El Universo titulado El muro y la visa Manuel Ignacio Gómez destacó que el retiro de la visa a los Estados Unidos de América, además del efecto práctico de no permitirle volver a pisar el territorio de ese país al infractor, puede tener “un gran peso simbólico”.  Lo primero es lo único seguro; el “gran peso simbólico” (que debería, a partir de esta sospecha de corrupción, intentar convertirse en el peso de la ley) dependerá, entre otras cosas, del papel que desempeñen los medios de comunicación social para investigar este hecho.  Sin embargo, mala tos: una busca digital arroja solo seis noticias meramente descriptivas del hecho, cuatro de las cuales pertenecen a medios virtuales (las otras dos replican escuetas noticias que se publicaron en prensa escrita: en El Universo y Hoy). 

Ningún análisis, ningún trabajo de investigación, ninguna información de real relevancia nos cuentan los medios de comunicación sobre el caso de este individuo sobre el que existen sospechas de corrupción (de alto nivel, dados sus vínculos políticos) que no merecen soslayarse.  Pero lo dicho, a los medios de comunicación les encanta callar (cuando les conviene).  

Promoción electoral (sobre la libertad)

20 de marzo de 2009

Hace un par de días coincidí en una cabina de radio con Manuel Ignacio Gómez Lecaro, columnista de diario El Universo. (Puedo no concordar con varias ideas que postula Manuel Ignacio -y así se lo he hecho conocer por escrito en alguna ocasión- pero le reconozco su intención de argumentarlas y su honestidad para defenderlas: valga decirlo, GL goza de mi simpatía.) Discutimos de manera cortés y racional aspectos varios de la política nacional, entre ellos, sobre la promoción electoral. Como al final de la conversación, GL tuvo el gentil detalle de comentarme que era lector de esta bitácora, y en aras de continuar por otro medio un debate que juzgo interesante, me animo a postularlo. Se trata, precisamente, de la discusión sobre cuál es el sistema de promoción electoral que defiende de mejor manera la libertad.

Quiero prescindir para este debate de las que pueden considerarse las distorsiones locales y actuales del sistema de promoción electoral. No discuto la importancia y la necesidad de ese debate coyuntural, pero el debate que en esencia me interesa postular es de fondo, sobre cuál sistema es preferible en razón de criterios de libertad. A este respecto, el sistema que GL defiende es aquel que posibilita que todo candidato financie, a su cuenta y riesgo (mediante contribuciones de otros particulares, se entiende) su propia campaña, con total prescindencia de contribución estatal. El sistema que yo defiendo es aquel en el que el Estado contribuye a financiar la campaña de los candidatos con el propósito de maximizar la equidad en la posibilidad de difusión de sus campañas de los candidatos.

GL postula que el sistema que él defiende maximiza la libertad de los candidatos para financiar sus campañas. Yo postulo, en contraste, que ese sistema es perjudicial para la libertad: no, por supuesto, para la libertad del candidato de financiarse sino para la libertad del gobernante (o sea, para el candidato que, tras ganar la elección en la que participó, devendrá en tal) y para la libertad de los ciudadanos de elegir a los candidatos. La libertad del gobernante se afecta porque es evidente que la financiación de su campaña (más todavía en los elevados montos que se requiere para acceder a ciertas dignidades) el candidato contrae ciertas “obligaciones” hacia quienes lo financiaron. Esas obligaciones, todos lo sabemos (la historia reciente del Ecuador da prueba fehaciente) se cobran en el Gobierno, cuya libertad de acción se acota en razón de esas obligaciones. (No quiero abundar en la ilegitimidad y muy probable corrupción de esas “obligaciones”, aunque esos datos no son menores para un debate empírico de este asunto.) La libertad de los ciudadanos de elegir se afecta porque es evidente que, a mayor financiación de un candidato, mayor publicidad del mismo y, en consecuencia, mayor posicionamiento de su opción electoral a despecho de otras opciones, las que, por distintas razones (nexos, no defensa de intereses corporativos, carencia de fortuna propia, etc.) tienen menor financiación, con lo cual somos los ciudadanos quienes nos perdemos de conocer estas opciones que podríamos (de acceder a conocerlas) considerarlas representativas de nuestros intereses.

Para cerrar, considero que la postura de GL con la cual defiende la libertad de un individuo para financiar su propia campaña es, paradójicamente, contraria a ideales de libertad cuya defensa es de la mayor importancia en materia electoral y para el orden democrático: la libertad de gobernar (que es, se supone, la principal razón por la cual un candidato se postula a un puesto de elección popular) y la libertad de elegir de los ciudadanos, principio clave de la democracia representativa. En definitiva, un mínimo de equidad (a despecho de la libertad de los candidatos) deviene en condición sine qua non para maximizar la libertad de gobernantes y electores, libertades más importantes de defender en esta materia.

Copié esta entrada al correo de GL. Sería interesante su intervención en este debate.