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Injusticia a Febres-Cordero

26 de enero de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 26 de enero de 2024.

El militar venezolano León de Febres-Cordero y Oberto (Puertos de Altagracia, 28 de junio de 1797-Mérida, 7 de julio de 1872), según la alta consideración del historiador guayaquileño Camilo Destruge Illingworth en su libro ‘Historia de la revolución de octubre y campaña libertadora 1820-22’, fue el “alma y el brazo principal de la Revolución de Octubre”. Tras arrebatar el puerto de Guayaquil del dominio del Reino de España en la jornada del 9 de octubre de 1820, Febres-Cordero (o “Cordero”, como se lo conocía en los relatos de esa época) emprendió un avance rumbo el norte, en su calidad de Segundo Comandante de la “División Protectora de Quito”, con el propósito de liberar a Quito del dominio español.

Pero el 22 de noviembre de 1820 ocurrió un combate que la historia lo recuerda como el “Primer Huachi”, que fue un total desastre para las huestes independentistas: A raíz de esta derrota, la Junta de Guerra convocada por el nuevo Comandante General de la Provincia y Presidente de la Junta de Guerra, el peruano Juan de Dios Araujo, ordenó el enjuiciamiento y la prisión preventiva de los coroneles Luis de Urdaneta y León de Febres-Cordero.

El historiador Camilo Destruge cuenta en un capítulo de su libro, titulado “Injusticia contra Febres-Cordero”, que la reacción de León de Febres-Cordero de cara a estas afrentas recibidas tras haber sido “el alma y el brazo principal” de la independencia política de esta república fue adoptar “una resolución acomodada a su carácter franco, noble y resuelto”, y acomodada también, a las condiciones de Guayaquil, porque a fines de 1820, en esta novel república independiente, no había imprenta. Febres-Cordero no se arredró y mandó a fijar el 2 de diciembre de 1820 “en lugares públicos varias hojas manuscritas” con el texto siguiente:

“De todas las ventajas que proporciona un Gobierno liberal, una de las más apreciables es la facultad de expresar el ciudadano sus sentimientos por medio de la imprenta. La falta de este recurso en la ciudad, me obliga a hacer presente al público, por medio de este papel, que, hallándome arrestado de orden del Gobierno y habiendo exigido que se me diga la causa, se me ha contestado que por ser el segundo jefe de la División dispersa, contra cuyas operaciones eran generales las reclamaciones al Gobierno. En esta virtud, espero de cualquier ciudadano, que todas las quejas que tenga que producir contra mí, bien sea durante el tiempo que he permanecido en esta ciudad o de resultas de la desgraciada jornada del 22 del pasado, lo haga por medio de papeles públicos, fijándolos en las esquinas; en la inteligencia de que los cargos que se me hagan, serán contestados del mismo modo; dejando por juez al público imparcial”.

Consignó Destruge en su libro (que, por cierto, fue un ensayo histórico publicado en 1920 y que mereció un premio de la Municipalidad) que “no hay noticia, no hay el menor indicio de que se correspondiera a la invitación de Febres-Cordero con algún cargo, con alguna acusación…”. 

La consecuencia de estas hojas manuscritas en defensa de su honor fue el cese de la prisión preventiva y el archivo del juicio que pesaba en su contra. Después de esto, Febres-Cordero se marchó de Guayaquil. 

El sol del Ecuador

5 de enero de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 5 de enero de 2023.

En un territorio tan escandalosamente inestable como el Ecuador, tal vez resulte gratificante el hecho de que siempre ha estado el sol en el escudo de armas del Estado.

Pues siempre el sol ha estado allí, desde el primer escudo de armas que fue adoptado cuando se fundó el Estado del Ecuador en 1830. Este primer escudo de armas no fue obra de unas mentes creativas, pues se limitó a la copia casi sin variación alguna del escudo de armas que había adoptado el Congreso Constituyente de Cúcuta en 1821. 

La Constitución de Cúcuta rigió en el territorio que sería del Estado del Ecuador desde que dicho territorio fue incorporado a la República de Colombia en 1822 hasta su separación en 1830. Ninguno que hubiera podido reputarse ecuatoriano en 1830 participó en el Congreso Constituyente de Cúcuta. (Sin embargo, en Cúcuta los diputados de otras partes decidieron, por sí y ante sí, que los territorios de la audiencia de Quito se iban a incorporar a la naciente República de Colombia.)

Digno de la pereza, el naciente Estado del Ecuador adoptó el mismo escudo de armas que había tenido entre los años de 1822 y 1830 que formó parte de la República de Colombia como su Distrito del Sur, con apenas dos variaciones principales. La primera fue añadir el lema “El Ecuador en Colombia” en la parte baja del escudo de armas, como un tributo a la inferioridad que ostentaba el naciente Estado del Ecuador frente a una hipotética República de Colombia, pues según decía el artículo 2 de la Constitución de 1830: “El Estado del Ecuador se une y confedera con los demás Estados de Colombia, para formar una sola Nación con el nombre República de Colombia”. (El problema con este artículo 2 es que era fantasía pura.)

La segunda variación fue la incorporación del sol en la parte alta del escudo de armas (“en la equinoccial sobre las fasces”, según decía la ley del 19 de septiembre de 1830). Esta incorporación fue obra del abogado quiteño José Fernández-Salvador López, quien fuera el Presidente del “Congreso Constituyente del Estado del Ecuador en la República de Colombia”, celebrado en Riobamba entre agosto y septiembre de 1830. Fue este abogado quiteño quien, en la sesión del 17 de septiembre y con el apoyo del representante por Guayaquil, el militar venezolano León de Febres-Cordero y Oberto, añadió el sol al diseño del escudo de armas que se había tomado de la Constitución colombiana.

Desde entonces el escudo de armas del Ecuador varió mucho: en 1835 (con Rocafuerte), en 1843 (con Flores), en 1845 (con la revolución marcista), en 1860 (con García Moreno), hasta que finalmente se adoptó una versión definitiva por el Congreso Nacional el 31 de octubre de 1900, la que fue sancionada por el Presidente Alfaro siete días después y promulgada en el Registro Oficial del 5 de diciembre. 

El indigno lema “El Ecuador en Colombia” no duró mucho tiempo, pues tras la Convención Constitucional de 1835 el Ecuador empezó a ser ya una República por sí mismo. Pero suerte muy distinta corrió el sol que colocó Fernández-Salvador con apoyo de Febres-Cordero: aquel es el único rasgo distintivo que se ha conservado en todos los escudos de armas que ha tenido el Ecuador desde que se fundó como Estado en 1830.

Exilio en Daule

29 de diciembre de 2023

             Publicado en diario Expreso el 29 de diciembre de 2023.

Uno de los fundadores de la marina peruana, Martín Jorge Guise, quedó muerto en la ría de Guayaquil por la explosión de una granada. Este hecho ocurrió frente al malecón, a fines del año 1828, cuando no existía aún el Ecuador y la antigua provincia española de Guayaquil (anexada manu militari el 31 de julio de 1822) era el extremo meridional de la República de Colombia. A la época de la muerte de Guise, la República de Colombia se hallaba en guerra con su vecina del Sur, la República del Perú.

Presidido como estaba por el héroe de la independencia americana, José Domingo de Lamar (general de origen cuencano y ascendencia guayaquileña), el Perú reivindicaba los territorios del Sur de Colombia (esto es, las antiguas provincias españolas de Guayaquil y Cuenca) como propios. Para tomarlos, desde el 22 de noviembre de 1828 el Perú bloqueó la ría de Guayaquil. El 24 de noviembre se lo mató a Guise. La ciudad resistió el asedio de los peruanos, hasta que finalmente el bloqueo rindió sus frutos.

El 19 de enero de 1829, el Comandante de la Plaza de Guayaquil, el inglés John Illingworth, negoció con los atacantes peruanos y acordó que, si en exactos diez días no llegaban noticias de la guerra, entregaría Guayaquil a las fuerzas peruanas. Pasó el tiempo convenido y no se obtuvieron noticias. Cumplida la condición pactada, Guayaquil pasó a ser administrada por el Perú. Illingworth trasladó su gobierno, durante este período de exilio, a la vecina Daule.

El 27 de febrero de 1829, en el portete de Tarqui, se enfrentaron las tropas de Colombia, comandadas por el general Antonio José de Sucre (quien da nombre al aeropuerto de Quito), y las del Perú, comandadas por el general José Domingo de Lamar (quien da nombre al aeropuerto de Cuenca). Colombia venció en este enfrentamiento y el 28 de febrero se firmó el Tratado de Girón, una de cuyas cláusulas estipuló la devolución de Guayaquil a la República de Colombia.

El peruano que administraba la ciudad a nombre del Perú, José Prieto, se negó a cumplir con lo dispuesto en el Tratado de Girón. El presidente peruano, el cuencano Lamar, sostenía el incumplimiento, entre otras cosas, porque el decreto de honores que publicó Sucre con ocasión de su triunfo en Tarqui resultaba deshonroso para el Perú.

Sucre había comisionado a Guayaquil, para que se proceda con su devolución, al venezolano León de Febres-Cordero y al irlandés Arthur Sandes. El peruano Prieto les hizo a ambos un feo desplante, al encerrarlos en un pontón (digamos: una prisión flotante sobre la ría de Guayaquil; para este caso, la corbeta peruana “Libertad”). 

Se estimaba pronta una nueva acción bélica pero un golpe de Estado en el Perú, orquestado por Agustín Gamarra y Antonio Gutiérrez de la Fuente, lo cambió todo. Se desconoció la presidencia del cuencano Lamar y un nuevo representante del Perú, Francisco del Valle Riestra, negoció y firmó el 27 de junio de 1829, en conjunto con León de Febres-Cordero, el Tratado de Buijo. Allí se pactó, nuevamente, la devolución de Guayaquil.  

Esta vez sí se cumplió. El 20 de julio, Guayaquil volvió a ser colombiana. La ciudad había demorado un total de ciento setenta y tres días del año 1829 bajo la administración peruana.

Guayaquil y el modelo que tocó fin

10 de abril de 2020


Publicado en Revista Común el 10 de abril de 2020.

Este 2020 la ciudad de Guayaquil conmemora los 200 años de su independencia del Reino de España. La madrugada del 9 de Octubre de 1820, un grupo de guayaquileños y algunos extranjeros asaltaron los cuarteles de las tropas españolas y apresaron al Gobernador. La asonada inició a las dos de la mañana y concluyó, con éxito, al alba. Según el recuerdo de uno de los extranjeros que participó en ella, el luisianés José de Villamil: “Al aparecer el Sol en todo su brillo por sobre la cordillera, Cordero vino a mí corriendo, y obligándome, sin mucha ceremonia, a dar media vuelta, me dijo: mire Ud. al Sol del Sud de Colombia. ‘A Ud. en gran medida lo debemos’, le dije. Nos abrazamos con ojos húmedos”. 

El Cordero al que alude Villamil en su relato, publicado en Lima en 1867 y titulado ‘Reseña de los acontecimientos políticos y militares de la provincia de Guayaquil, desde 1813 hasta 1824 inclusive’, es el venezolano León de Febres-Cordero, el verdadero héroe de la revolución del 9 de Octubre. El orgullo de Guayaquil se debe a que una vez que se independizó del Reino de España y pasó a ser una provincia libre y republicana, nunca más volvió a caer en las manos de la Monarquía Católica. En esto se diferenció de Cuenca y de Quito, las otras capitales de las provincias que, junto con la provincia de Guayaquil, terminaron por conformar el Estado del Ecuador en 1830. Cuenca se independizó el 3 de noviembre de 1820, pero fue recapturada por los españoles. A Quito, en cambio, hubo que entrar a liberarla del dominio español, liberación que sucedió tras la batalla del Pichincha, ocurrida el 24 de mayo de 1822 en las faldas del volcán de ese nombre. En la ficción que Guayaquil ha construido sobre su gesta libertaria, la acción de los soldados guayaquileños es decisiva para liberar a la pobre y sometida Quito ese 1822.

La creación de ficciones es la clave para comprender a esta Guayaquil en los tiempos del coronavirus, porque lo ocurrido en esta ciudad a inicios del año 2020 se reconduce a que su ficción fundamental ha explotado, voló por los aires, se convirtió en confeti. Esta ficción es el llamado modelo “exitoso” de desarrollo. Un alcalde que administró esta ciudad por casi veinte años, Jaime Nebot, hizo popular dicha ficción. Era su estribillo.

El problema es que era un simple estribillo, que tenía escasa relación con la realidad. Ahora ya lo sabemos, muy dolorosamente ya lo aprendimos: a una auténtica ciudad “exitosa” no se le muere su gente en las calles.

*

El daño del COVID-19 en Guayaquil ha llamado la atención en el mundo. Por estos días, los titulares son elocuentes: ‘Coronavirus en Ecuador: el drama de Guayaquil, que tiene más muertos por covid-19 que países enteros y lucha a contrarreloj para darles un entierro digno’ (BBC, 1 de abril), ‘Cadáveres en las aceras: ciudad de Ecuador es una horrible advertencia del coronavirus en la región’ (El Nuevo Herald, 2 de abril), o ‘Bodies lie in the streets of Guayaquil, Ecuador, emerging epicenter of the coronavirus in Latin America’ (Washington Post, 3 de abril). Las noticias que recorren el mundo son desgarradoras: se trata de una ciudad desbordada, sin la capacidad sanitaria ni funeraria para tratar a los enfermos ni enterrar a sus muertos. A las imágenes de los cadáveres apiñados en los pisos de los hospitales, unos sobre otros, o de los cadáveres dispersos en las calles de la ciudad (algunos en ataúdes y otros tirados a la maldita sea), ya no se les puede añadir nada. Se hace un nudo en la garganta, ganas de llorar.

Guayaquil parece una zona de guerra, pero de una guerra que se está perdiendo. 

Y esto ocurre porque el “éxito” del modelo de Guayaquil está en otra parte. Su verdadero éxito está en las ganancias del sector de la construcción. (El autor del estribillo, Jaime Nebot, provenía él mismo de ese sector). El año 2013 un informe de expertos de la Corporación Andina de Fomento (CAF) sobre las inundaciones en Guayaquil, elaborado a petición de la Alcaldía de Nebot, arrojó como resultado que el crecimiento horizontal de la ciudad aumenta en seis veces los costos de su construcción, comparados con una estrategia integral propia de “ciudades verdes, inclusivas y sustentables”, estrategia para la que, según estos expertos, “Guayaquil ofrece condiciones inmejorables”. Pero que cueste más, nomás: precisamente, es que de eso se trata.

Así, por este modelo que beneficia a unos pocos, Guayaquil ha crecido como una mancha gris, repleta de cemento y de adoquines. (El adoquín es el objeto fetiche del modelo “exitoso” de desarrollo”.) El informe de la CAF del año 2013 describe muy bien el crecimiento de la ciudad durante estos años de aplicación del modelo: “lotes pequeños para las viviendas, aceras y accesos estrechos, limitadas áreas verdes, y en general una clara tendencia hacia la impermeabilización del suelo urbano”. En este informe se señala, asimismo, la falta de una intervención integral de la alcaldía: “Se observa que el abastecimiento de agua es el primer servicio que se atiende, seguido de alcantarillado sanitario y, finalmente, siguiendo un enfoque tradicional ligado a la instalación exclusivamente de obras de conducción, se atiende al drenaje pluvial”. Este “enfoque tradicional” es el que previene que Guayaquil se convierta en una ciudad “verde, inclusiva y sustentable” (porque ello no le conviene -$$$- a los que instalan “obras de conducción”).

Así también, en este informe de la CAF se advierte de la existencia de un aprovechamiento político de la pobreza en los barrios populares, a diferencia de lo que ocurre en los sectores regularizados de clase media: “Paradójicamente, como en otras ciudades de la región, la expansión de la ciudad irregular ocurre en forma cuasi organizada, generalmente por emprendedores que invaden propiedades privadas –con o sin acuerdo del propietario de la tierra- y con ello activan un mercado sumergido de la tierra urbana que se inicia con la ocupación ilegal de lotes sin servicios básicos de aguas, alcantarillado y drenaje. En algunos países es frecuente que políticos utilicen estos mismos mecanismos que promueven la ocupación informal de la tierra para obtener réditos electorales”. Los expertos de la CAF escogieron sus palabras, porque este informe se lo entregaron en sus manos al alcalde Nebot, pero la obtención de estos “réditos electorales” también ocurre en Guayaquil.

Por la impermeabilización del suelo urbano, el llamado “efecto de isla de calor” eleva la temperatura de Guayaquil en unos 4 ó 5 grados centígrados. Por su crecimiento horizontal, Guayaquil es una ciudad que tiene un tráfico intenso, y mientras más se construye en ella, más intenso se torna. Una ciudad calurosa y traficada, con escasas áreas verdes, sin una atención integral de los servicios básicos y, en el caso de los barrios populares, con un aprovechamiento político de sus necesidades y, en consecuencia, con una satisfacción de ellas a cuentagotas. Si resumimos el modelo “exitoso” en una sola frase, ella sería: “para la mayoría, los servicios llegan tarde, pero para los más pobres, llegarán tarde y mal”.

Así, para un observador imparcial, el hecho de vivir en una ciudad de estas características le haría abrigar unas instantáneas dudas sobre si él está viviendo en una ciudad que merezca el rótulo de “exitosa”. No le ocurre así al guayaquileño: de manera generalizada, el hecho de vivir en una ciudad de esas características no es asociado por él a una mala gestión municipal. Todo lo contrario: la administración del alcalde Nebot, aquel promotor incansable de su estribillo, fue ratificada varias veces en las urnas. Elegido el año 2000, Jaime Nebot fue reelegido en el 2004, 2009 y 2014. Nunca obtuvo menos de la mitad de los votos y siempre obtuvo la mayoría en el concejo municipal. El 2019, el pueblo de Guayaquil eligió a quien Nebot había designado como su sucesora, Cynthia Viteri.

Para explicar el porqué de esta rareza (una ciudad mal hecha, cuya administración cuenta con el aplauso de sus habitantes) se debe acudir a la historia. Hacia el año 1992, Guayaquil había sido devastada por las malas administraciones municipales. En 1984, Guayaquil eligió a Abdalá Bucaram como alcalde, y en 1988, la eligió a Elsa, hermana de Abdalá. Ninguno de los Bucaram terminó su período, y ni ellos ni sus sucesores hicieron un buen trabajo. El saldo de estos ocho años de bucaramato fue asociar la alcaldía de Guayaquil con la ineficacia y la corrupción. El recuerdo que se conserva de este Guayaquil de los Bucaram es el de unas calles llenas de basura y una alcaldía repleta de “pipones” (funcionarios que cobraban un sueldo sin hacer ninguna tarea). Frente a este escenario de terror, en 1992 presentó su candidatura a la alcaldía un expresidente (1984-1988), quien era, además, homónimo del héroe venezolano de tiempos de nuestra independencia de España (descendiente de uno de sus primos): León Febres-Cordero, rico empresario que decía tener, por mejor amigo, a su pistola.

Febres-Cordero se lanzó a la alcaldía de Guayaquil por el Partido Social Cristiano (PSC) ese 1992, y arrasó: obtuvo el 65% de los votos. En un mérito que se le debe reconocer a Febres-Cordero, él empezó un rescate administrativo de la alcaldía: eliminó a los “pipones” y procuró imponer orden en la ciudad, fiel a su estilo, a veces con mano dura. En todo caso, fue él quien inició los 28 años de dominio del PSC que se han vivido en Guayaquil desde 1992: ocho años los gobernó él, entre 1992 y 2000; diecinueve Nebot, entre 2000 y 2019; uno todavía no ha cumplido su sucesora, Cynthia Viteri. Pero este primer año de Viteri, por lo visto, bien podría ser el principio del fin de este dominio.

El porqué se asocia el “éxito” a la administración del PSC en Guayaquil requiere algunas explicaciones. Una primera es que, durante demasiados años, las alcaldías socialcristianas construyeron su imagen por contraste a las alcaldías de los Bucaram de los años ochenta y de principios de los noventa. El recuerdo de estas alcaldías era tan espantoso (los Bucaram tuvieron casi toda la prensa de Guayaquil en su contra) que la actuación del PSC en el rescate de la ciudad adquirió un estatus de cruzada cívica. Así, todo aquel que se oponía a lo que hacían los alcaldes del PSC en Guayaquil, era considerado como persona contraria a los intereses de la ciudad, un sectario, un aliado de los Bucaram y su aciago recuerdo. Este recurso les funcionó durante toda la administración de Febres-Cordero y la mayor parte de la de Nebot.

Por supuesto, esta aureola de cruzada cívica es importante en el plano simbólico, pero es insuficiente por sí misma: el poder real está en otras partes. El dominio socialcristiano en Guayaquil se ha asentado en mecanismos tales como la cooptación de varios órganos para-municipales (de la Junta Cívica a las distintas autoridades de tránsito), en la creación de un entramado de “fundaciones” encargadas de las obras y de los servicios (de las obras de “regeneración urbana” en el centro a la prestación de los servicios de salud) y en el establecimiento de un sistema de participación de los ciudadanos sometido a un control vertical, con el alcalde en la cúspide. La opacidad en los procedimientos, el silenciamiento de las voces críticas y la discrecionalidad en las decisiones del alcalde son los objetivos de estos mecanismos de control.

Una explicación última, pero imprescindible, es la alianza entre las alcaldías socialcristianas y los medios de comunicación de masas. Esto es particularmente cierto durante el período de Jaime Nebot (Febres-Cordero era mucho más confrontativo con la prensa.) El PSC es un partido de derechas, y a diferencia de los populistas Bucaram, el PSC recibe todo el apoyo del periodismo burgués de Guayaquil, en particular, de la televisora Ecuavisa y del diario El Universo (Ecuarrisa y El Perverso, para los amigos), así como de numerosas radios, todas en el rol de pagos de la alcaldía. Al PSC en Guayaquil, su alianza con los medios de comunicación le lavaba la cara todos los días. De los errores o de las deficiencias de su gestión, nunca se hablaba.

Este es el cóctel de razones por las que en Guayaquil existe un “éxito” que realmente no existe. Pero hemos llegado, justo este 2020, a un episodio de la historia en que esta ficción se ha vuelto insostenible. Los titulares, las noticias, las imágenes de lo que ha ocurrido en Guayaquil por la pandemia del COVID-19 son incontestables. Se ha mostrado la ciudad tal cual es, y el COVID-19 nos obliga a hablar de lo que antes se había callado. Porque, de súbito, en Guayaquil apareció el horror. Y este horror exige respuestas.

*

¿Por qué es Guayaquil la ciudad epicentro del coronavirus en América latina, según dice el Washington Post? ¿Por qué nos pasa esto a nosotros? La respuesta no puede ser episódica, tiene que ser estructural: esto ocurre por la forma cómo hemos construido (o permitido que se construya) Guayaquil, gracias a este modelo “exitoso” impuesto por el PSC. Por los efectos de dicho modelo, es que el horror ha aparecido y nos ha golpeado de la manera en que lo ha hecho.

Porque hay algunos defensores del modelo “exitoso” (¡todavía existen!) que sostienen una postura “episódica” en el marco de esta catástrofe, esto es, atribuyéndole la responsabilidad de este triste episodio al viejo y confiable centralismo, en pocas palabras, que la culpa no es del gobierno seccional de Guayaquil, sino del gobierno nacional del Ecuador. Pero aceptar esto es buscar desentenderse de las cifras que construyó el modelo de desarrollo del PSC: esos “lotes pequeños” que describieron los expertos de la CAF en su informe del año 2013 se reconducen a que en Guayaquil el 20.70% de los hogares vivan en hacinamiento, mientras que esa cifra en Quito es del 8.25% y en Cuenca, del 9.61%. La forma en que se ha construido la ciudad (resumida, líneas arriba, como: “para la mayoría, los servicios llegan tarde, pero para los más pobres, llegarán tarde y mal”) tiene su correlato en una situación de pobreza generalizada: en Guayaquil el 41.45% de sus hogares tiene, al menos, una necesidad básica no satisfecha, lo que en Quito es el 22.17% y en Cuenca, el 19.69%. En el hacinamiento y la pobreza están dos claves para comprender el daño que ha causado el COVID-19 en Guayaquil.

Parece innegable que aquel que quiera descargar las culpas del daño hecho a Guayaquil por las alcaldías del PSC en el gobierno nacional, o es tonto, o se hace mucho el tonto. Porque es querer sostener una ficción de “éxito”, contra toda evidencia. Incluida la evidencia de los muertos por esta pandemia.

Pero Guayaquil es una ciudad que ha malvivido de ficciones. En la redacción de su historia independentista, que viene a cuento por la celebración del bicentenario este 2020, todavía en Guayaquil se mantiene la ficción de que su lucha por independizar a las provincias de Cuenca y de Quito sólo conoció el heroísmo hasta la liberación de esta última. Así se lo relata, por ejemplo, en los libros de historia financiados durante la alcaldía de Guayaquil de Jaime Nebot como “Historia de Guayaquil”, publicado el año 2008.

Porque en los hechos, la historia es muy diferente a cómo la han escrito en ese libro. Muy a vuelo de pájaro: en los tiempos de la independencia, en Guayaquil hubo traidores, como el Jefe Militar Gregorio Escobedo, y hubo persecuciones, como la que se emprendió en contra del militar venezolano Febres-Cordero porque a pesar de ser él (como lo reconoció Villamil) el “alma de la revolución”, debido a la derrota de las tropas guayaquileñas en la batalla de Huachi en noviembre de 1820 se lo sometió a juicio y a vejaciones, por las que él abandonó la provincia decepcionado por el trato dispensado (luego volvería, pero se iría definitivamente a Venezuela en 1833).

También hubo la defección de uno de los dos batallones que componían las tropas de Guayaquil, el que actuó en contra de su independencia en la llamada “Contrarrevolución de las lanchas” ocurrida el 17 de julio de 1821, y más adelante (en 1826, cuando éramos parte de Colombia), la proclamación de la dictadura de Simón Bolívar por el concejo municipal. Pero en el libro que editó la alcaldía el año 2008 para contarnos una historia de Guayaquil a su medida (hay que ver lo laudatorios que se ponen sus autores cuando les llega el momento de hablar de las alcaldías de Febres-Cordero y Nebot, es el clímax) todos estos hechos son omitidos o distorsionados, en aras de sostener su ficción súper-heroica. El bicentenario debería ser una ocasión para repensar y reescribir todos estos hechos, con una investigación rigurosa y a fondo.

Pero mucho más grave que los desvaríos de nuestra historia, como digo, es el haber permitido que se mantenga la ficción del modelo “exitoso” de desarrollo. En Guayaquil hemos sostenido, con aplausos, un modelo que nos ha hecho mucho daño. Hemos hecho del que era un fresco puerto tropical surcado por brazos de mar (como una “Ámsterdam del Pacífico”, la lisonjeaba Bolívar) un sitio caluroso, traficado, con escasas áreas verdes y una prestación deficiente de los servicios básicos, propensa a las inundaciones (Guayaquil, según un estudio de la revista Nature Change publicado el año 2013, es la cuarta ciudad en el mundo con el estimado más alto de pérdidas económicas anuales por inundaciones causadas por la elevación del nivel del mar, de entre 136 ciudades costeras sometidas a análisis –y casi nada se ha hecho al respecto), pero por sobre todo, una ciudad que se ha construido en beneficio de los sectores regularizados de su clase media y en perjuicio de una enorme masa de desposeídos, que viven en situación de hacinamiento y de pobreza, sobreviviendo al día, es decir, librados a la maldita sea, como ciudadanos de segunda clase en su propia ciudad. Esto es lo de fondo en Guayaquil: esta es la desigualdad cruel que está causando tantos muertos en los tiempos del coronavirus.

En Guayaquil, la ficción de su “éxito” ha tocado fin. El conteo de sus muertos, todavía no. Y, lamentablemente, en una ciudad tan mal hecha (he concluido este artículo la tarde del 8 de abril), no estamos ni cerca.

Chuchaqui (?) y Estado

22 de septiembre de 2019


El 22 de septiembre de 1830, el Presidente del Congreso Constituyente del Ecuador recibió una noticia enviada por el Presidente electo, general Juan José Flores, relativa a su pronto arribo a Riobamba. Se dispuso entonces, en la misma sesión del Congreso Constituyente en la que se conoció de este aviso, que se conforme una comisión compuesta por Ignacio Torres, León de Febres-Cordero, Francisco de Marcos y Manuel Ignacio Valdivieso, a fin de que lo conduzcan al general Flores a tomar posesión de su cargo esa misma noche.

El registro de la sesión del “22 de septiembre por la noche” es el siguiente:

“En conformidad de lo dispuesto en la sesión ordinaria de este día, se dirigió una comisión del Congreso, compuesta de los Señores Cordero, Marcos, Torres y Valdivieso, á conducir á S. E. el Presidente electo del Estado, para que tomase posesión de su destino, previo el juramento constitucional: presentado que fue, pronunció el Señor Presidente del Congreso un discurso alusivo al caso, y haciendo poner la mano derecha sobre los Santos Evangelios, le recibió el juramento en estos términos: ‘¿Juráis guardar la Constitución política del Estado que ha sancionado el Congreso Constituyente, y llenar los deberes de vuestro destino?’ A lo que contestó: ‘Sí juro’: y después de dirigir un discurso al Congreso, protestando que la Constitución sería la única norma de su conducta política, se retiró acompañado de los mismos comisionados, oyéndose en la barra un aplauso general, y un armonioso concierto de música. Con lo cual se levantó la sesión por haber sido convocada para este solo efecto.”*

A mí no me engañan: se fueron todos a chupar y festejar el hecho.

Y probablemente con chuchaqui, el ya posesionado primer Presidente de los ecuatorianos, Juan José Flores (natural de Puerto Cabello, Venezuela) puso al día siguiente el Ejecútese a la primera Constitución del Ecuador, y tuvimos Estado. 

* Salazar Arboleda, Francisco, 'Actas del primer Congreso Constituyente del Ecuador (año de 1830)', Impreseñal, Quito, 1998, p. 125-126.

El sol de Fernández-Salvador

23 de mayo de 2018


El Escudo de Armas que el naciente Estado del Ecuador tuvo a partir de 1830 era casi una copia del Escudo de Armas que habíamos tenido como parte de la Gran Colombia. Dicho Escudo de Armas había sido adoptado durante el Congreso de Cúcuta de 1821, sin la participación del Ecuador, pues este territorio (mejor dicho, el territorio que era de la Audiencia de Quito) se unió a la Gran Colombia recién el año siguiente, tras la Batalla del Pichincha de mayo de 1822.



Uno de los principales añadidos del escudo del naciente Estado ecuatoriano es el sol. Su incorporación fue obra del Presidente de la Convención Constituyente celebrada en Riobamba en 1830, el abogado quiteño José Fernández-Salvador (1775-1853). Fue él quien en la sesión del 17 de septiembre, con el apoyo del representante por Guayaquil, el venezolano León de Febres-Cordero, sumó el sol al diseño de Cúcuta (1).

Dos días después, un órgano que se llamaba a sí mismo “Congreso Constituyente del Estado del Ecuador en la República de Colombia” dictó la siguiente “LEI”:

Art. 1º. Se usará en delante de las armas de Colombia, en campo azul celeste con el agregado de un Sol en la equinoccial sobre las fasces, i un lema que diga EL ECUADOR EN COLOMBIA.
Art. 2º. El gran sello del Estado, i sellos del despacho tendrán grabado este blasón (2).

Y con esta “Lei” empezó su andadura el sol, contribución de Fernández-Salvador. Es el único rasgo distintivo que se ha conservado en todos los varios escudos que ha tenido el Ecuador desde que se fundó como Estado independiente en 1830.

(1) Sosa, Rex, “El escudo de armas del Ecuador y el proyecto nacional”, Corporación Editora Nacional, Quito, 2014 [Universidad Andina Simón Bolívar, Serie Magíster, V. 161], p. 22. De este trabajo se toman las imágenes para esta entrada.
(2) Ibíd., p. 23.

Tres alternativas para un relato de amor y de guerra

20 de mayo de 2018


El relato es el siguiente:

“En una ciudad tropical, tres aventureros extranjeros y unos cuantos locales organizaron una revolución. Algunos principales del pueblo se resistieron a participar en ella, por lo que aquellos terminaron por invocar a la Patria para hacerla. Una vez que se la llevó a cabo, los beneficiarios de la revolución se aprovecharon de sus felices consecuencias, urdieron planes en complicidad con otros y traicionaron a los aventureros extranjeros, los que abandonaron el pueblo que habían contribuido a liberar para continuar su lucha en otros pagos. La historia involucra la captura de un militar ludópata mientras jugaba naipes, el romance del principal aventurero con una preciosa niña de trece años y un desenlace de sangre que no podía evitarse”.

Las alternativas son:

1) Un sketch de Monty Python.
2) Un guión de una película del grandissimo Bud Spencer.
3) La historia de la independencia de Guayaquil.

Es realmente y casi sin variante alguna, la historia de la independencia de Guayaquil*. Tres aventureros venezolanos (Febres-Cordero, Urdaneta y Letamendi) y unos cuantos locales (Antepara, Villamil, etc.) organizaron la “Fragua de Vulcano”. Tres principales del pueblo (Bejarano, por edad; Olmedo, por ser hombre de letras; Ximena, por haberse educado en España) se negaron a tomar parte de la revolución, por lo que el principal de los militares extranjeros, Febres-Cordero, instó a que se la haga “por la Patria”. Tras el éxito de la revolución de octubre, los militares venezolanos fueron víctimas de tramas urdidas para perjudicarlos que desembocaron en su enjuiciamiento por traición. Los tres venezolanos abandonaron la ciudad y partieron a Perú a engrosar las filas del ejército de San Martín.

En los detalles: el militar ludópata capturado mientras jugaba naipes (una partida de tresillo) fue el coronel Manuel Torres-Valdivia, arrestado por León de Febres-Cordero. Este mismo militar venezolano fue quien se lió con una mocita de trece años, Isabel Morlás, con la que terminó por casarse una vez instalado en Venezuela. El “desenlace de sangre” fue la muerte al español Joaquín Magallar por Luis Urdaneta, cuando los revolucionarios fueron a tomar los cuarteles.

* En la segunda alternativa, el rol de Febres-Cordero lo tendría Bud Spencer, y a punta de mamporros libertaría Guayaquil. Y, por supuesto, como Febres-Cordero, este grandote bueno tomaría a una linda lugareña consigo (lo que convierte, en rigor, a esta posible película en apenas una variante de “Banana Joe”).

León de Febres-Cordero y su defensa pública del honor

8 de agosto de 2016


El militar venezolano León de Febres-Cordero y Oberto (Puertos de Altagracia, 28 de junio de 1797-Mérida, 7 de julio de 1872) fue el “alma y el brazo principal de la Revolución de Octubre” (1). Tras arrebatar el puerto de Santiago de Guayaquil del dominio del Reino de España en la jornada del 9 de octubre de 1820, Febres-Cordero (o “Cordero”, como se lo conocía en los relatos de la época) emprendió el avance rumbo el norte, en su calidad de Segundo Comandante de la “División Protectora de Quito”, con el propósito de liberar a Quito del dominio español.

En la arenosa llanura de Huachi (cerca de Ambato) se enfrentaron el 22 de noviembre de 1820 las fuerzas independentistas al mando del Comandante en Jefe Luis de Urdaneta y del Segundo Comandante León de Febres-Cordero contra las fuerzas realistas, en un combate que la historia recuerda como el “Primer Huachi”. 

Este “Primer Huachi” fue un desastre para las huestes independentistas: “Los patriotas dejaron en el campo de combate 500 hombres entre muertos y heridos, gran número de prisioneros, 3 cañones reforzados, una buena cantidad de fusiles y el ganado casi todo muerto” (2). A raíz de esta derrota, la Junta de Guerra convocada por el nuevo Comandante General de la Provincia y Presidente de la Junta de Guerra, el peruano Juan de Dios Araujo (3) ordenó el enjuiciamiento y la prisión preventiva de los coroneles venezolanos Luis de Urdaneta y León de Febres-Cordero.

El historiador Camilo Destruge cuenta en un capítulo de su “Historia de la revolución de octubre y campaña libertadora 1820-22” titulado “Injusticia contra Febres-Cordero” que la Junta de Guerra consideró a Febres-Cordero “responsable de aquello en que no le alcanzara responsabilidad alguna” y que esta “extraña” e “insólita” decisión de la Junta de Guerra “obedeció a intrigas de aquellas que nunca, en ninguna época ni circunstancia, ayer como hoy, dejaron de poner en juego la nulidad o la envidia, o ambas a la vez, contra el verdadero mérito” (4).

La reacción de León de Febres-Cordero frente a estas afrentas recibidas tras haber sido “el alma y el brazo principal” de la independencia política de esta república fue adoptar “una resolución acomodada a su carácter franco, noble y resuelto”, y acomodada también, a las condiciones de Guayaquil, porque a fines de 1820, en esta novel república independiente, no había imprenta. Febres-Cordero no se arredró y mandó a fijar “en lugares públicos varias hojas manuscritas” con el texto siguiente:

“De todas las ventajas que proporciona un Gobierno liberal, una de las más apreciables es la facultad de expresar el ciudadano sus sentimientos por medio de la imprenta.

La falta de este recurso en la ciudad, me obliga a hacer presente al público, por medio de este papel, que, hallándome arrestado de orden del Gobierno y habiendo exigido que se me diga la causa, se me ha contestado que por ser el segundo jefe de la División dispersa, contra cuyas operaciones eran generales las reclamaciones al Gobierno.

En esta virtud, espero de cualquier ciudadano, que todas las quejas que tenga que producir contra mí, bien sea durante el tiempo que he permanecido en esta ciudad o de resultas de la desgraciada jornada del 22 del pasado, lo haga por medio de papeles públicos, fijándolos en las esquinas; en la inteligencia de que los cargos que se me hagan, serán contestados del mismo modo; dejando por juez al público imparcial.- Guayaquil, diciembre 2 de 1820. León de Febres-Cordero” (5).

Apunta Camilo Destruge en su libro que “no hay noticia, no hay el menor indicio de que se correspondiera a la invitación de Febres-Cordero con algún cargo, con alguna acusación…”. La consecuencia de estas hojas manuscritas en defensa de su honor fue el cese de la prisión preventiva y el archivo del juicio que pesaba en su contra. Esto le dio a Febres-Cordero la libertad para marcharse de “aquel ingrato pueblo”, como lo denominó a Guayaquil un historiador venezolano en su relato de este episodio (6).

(1) Destruge, Camilo, ‘Historia de la revolución de octubre y campaña libertadora 1820-22’, Banco Central del Ecuador, Guayaquil, Segunda Edición, 1982 [Primera edición, 1920], p. 246.
(2) Reyes Quintanilla, Jesús, ‘Biografía del General León de Febres-Cordero’, Ediciones de la Academia Nacional de Historia, Caracas, 1984 [Reimpresión por la M. I. Municipalidad de Guayaquil, 2009], p. 65.
(3) El peruano Juan de Dios Araujo fue nombrado Comandante General de la Provincia y Presidente de la Junta de Guerra el 10 de noviembre de 1820 por disposición de la Junta de Gobierno de Guayaquil presidida por José Joaquín de Olmedo. Se supone que las “bajas intrigas” del coronel argentino Tomás Guido y del militar peruano Juan de Dios Araujo consiguieron “dividir la opinión de los guayaquileños, haciendo peligrar la Independencia proclamada. Y lo más triste fue que aquellos manejos del General San Martín encontraran colaboradores, se formó un partido para cuyos propósitos Febres Cordero y Urdaneta eran poderosos obstáculos” por lo que “acechados por la envidia de unos, y la ingratitud de otros que en la sombra conspiraban contra el verdadero mérito, Febres Cordero y Urdaneta resolvieron abandonar el país, y se alejaron de la ciudad a cuya independencia habían contribuido decisivamente prodigándose en toda forma: mental y marcialmente”: Reyes Quintanilla, Jesús, ‘Biografía del General León de Febres-Cordero’, Ediciones de la Academia Nacional de Historia, Caracas, 1984 [Reimpresión por la M. I. Municipalidad de Guayaquil, 2009], p. 73.
(4) Destruge, Camilo, ‘Historia de la revolución de octubre y campaña libertadora 1820-22’, Banco Central del Ecuador, Guayaquil, Segunda Edición, 1982 [Primera edición, 1920], pp. 244-245.
(5) Ibíd., p. 245.
(6) José Félix Blanco, citado por: Reyes Quintanilla, Jesús, ‘Biografía del General León de Febres-Cordero’, Ediciones de la Academia Nacional de Historia, Caracas, 1984 [Reimpresión por la M. I. Municipalidad de Guayaquil, 2009], p. 74. El relato de este historiador, inserto bajo el título “Memoria de los coroneles Luis Urdaneta y León Febres Cordero”, cuenta descarnadamente que “[a la vuelta de la derrota de Huachi] se encuentran en aquel ingrato pueblo ya con el triunvirato formado por doctores [Olmedo, Roca y Ximena, N. del A.] que no sólo no quisieron prestarles auxilios, sino que les quitaron el mando de la División, dándosela a Luzuriaga, los vejaron; los persiguieron, hasta hacerles concebir el proyecto de abandonar el país que habían liberado y en el que deseaban trabajar y sostener el edificio que con tanta gloria de la Patria habían levantado, porque se hallaba Guayaquil en una completa anarquía: no había subalterno que obedeciese al superior, ni el ciudadano gozaba de reposo, viendo últimamente con el mayor escándalo colocar un Cura que traía la aprobación de Aymerich” (pp. 74-75). 

Queer as folk

18 de diciembre de 2015


“Al aparecer el Sol en todo su brillo por sobre la cordillera, Cordero vino a mí corriendo, y obligándome, sin mucha ceremonia, a dar media vuelta, me dijo: mire Ud. al Sol del Sud de Colombia. ‘A Ud. en gran medida lo debemos’, le dije. Nos abrazamos con ojos húmedos” (1).
 
Cordero corrió a apercollar con ternura al luisianés José de Villamil y Joly, autor de la cita (2). Este tierno Cordero es León de Febres-Cordero y Oberto, el capitán venezolano que fue cabecilla de la Revolución de Octubre. Cordero y Villamil se abrazaron llorando durante el amanecer del 9 de octubre de 1820, mientras miraban la “aurora gloriosa” que Olmedo inmortalizó en el himno de la ciudad: un sol colombiano saliendo por la cordillera.

Simbólicamente, todo un destino.

(1) Villamil, José 1863, Reseña de los acontecimientos políticos y militares de la provincia de Guayaquil, desde 1813 hasta 1824 inclusive, en: Romeo Castillo, Abel (ed.), La independencia de Guayaquil. 9 de octubre de 1820, Banco Central del Ecuador, Guayaquil, 1983, p. 15.
(2) Villamil es uno de los tres testigos presenciales de los acontecimientos del 9 de octubre de 1820 que escribieron sus memorias y fue primero de todos en publicarlas, en la ciudad de Lima el año 1863. Los otros dos son Manuel J. Fajardo (que publicó su Reseña histórica de los sucesos políticos y militares de la Provincia del Guayas desde 1810 hasta 1823 en Lima el año 1867) y Juan Emilio Roca (quien transcribió los papeles de su padre Vicente Ramón Roca –al tiempo de añadir algunos datos recogidos de sus relaciones verbales de los hechos- en su opúsculo Recuerdos históricos de la emancipación política del Ecuador y del 9 de octubre de 1820, que publicó en Guayaquil el año 1900).