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Almagro, el fundador

12 de junio de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 12 de junio de 2026.

Diego de Almagro (neé Montenegro, en un lugar de la Mancha de donde él tomó su apellido) era tuerto y analfabeto cuando en una quincena de agosto de 1534 fundó una ciudad y una villa. Con un parche en su rostro para cubrir la cuenca vacía de su ojo derecho, perdido en 1525 por una lanceada en la lucha contra los indígenas de Punta Quemado, Almagro le pidió a un escribano que firme en su nombre el acta de fundación de la ciudad de Santiago (firmó Blas de Atienza) y el acta de fundación de la villa de San Francisco (firmó Juan de Espinoza), ambas en la provincia de Quito. 

Diego de Almagro es un héroe desconocido: en 1534 él fundó una ciudad y una villa que, en el curso de los años, se convirtieron en las dos ciudades más pobladas e importantes de la República del Ecuador, un territorio independiente del reino para el que Almagro tanto luchó desde su llegada a América en 1514, tanto, que le había costado un ojo de su cara (se atribuye a su cuenca vacía el origen de la coloquial frase). 

Diego de Almagro no recibe de las ciudades de Guayaquil y Quito un justo homenaje. Ellas prefieren recordar a Orellana y a Benalcázar, conquistadores españoles que participaron en el traslado de las poblaciones a nuevos asentamientos, más convenientes para su desarrollo. Esto ocurre a pesar de que Almagro se preocupó de dejar inequívoca evidencia de que él fue su fundador. 

Cuando Almagro y su hueste tomaron rumbo al sur para encontrarse con Francisco Pizarro, jefe de la conquista del Perú, Almagro hizo que en San Miguel, el 12 de octubre de 1534, varios soldados dejen una constancia inequívoca de su rol de fundador. En sus probanzas, ante la pregunta: “si saben, que en la dicha provincia de Quito… Y en muy buenas comarcas, según se requiere, dejé fundados dos pueblos: la ciudad de Santiago de Quito y la villa de San Francisco…”, once soldados confirmaron la afirmación de Almagro. El 22 de enero de 1535, sus dos fundaciones fueron aprobadas por el jefe de la conquista, Francisco Pizarro.

Diego de Almagro conocía la imprevisibilidad y los vaivenes de la conquista, por lo que fue precavido y en ambas actas de fundación que firmaron en su nombre, consignó que la ciudad que él fundó el 15 de agosto y la villa que él fundó el 28 de agosto puedan mudarse a otros lugares, como en efecto ocurrió. La villa de San Francisco marchó en seguida al norte, a ubicarse en el sitio donde ahora está, mismo que estaba prefigurado en el acta del 28 de agosto (como el traslado fue en el ámbito de la misma provincia, conservó el “de Quito”). El traslado a su nuevo asentamiento lo hizo Benalcázar, lo que está en el origen de la confusión de atribuirle a él una fundación que nunca hubiera podido hacer, porque no tenía autorización para ello. Él únicamente podía trasladar lo fundado, y eso fue lo que hizo. 

La ciudad de Santiago de Quito se trasladó muchas veces (una de ellas, por Orellana) hasta encontrar su destino en 1547 frente a un río grande, en la cima de un cerro. Por salir del ámbito de la provincia de Quito, la ciudad perdió este topónimo y asumió otro. Quedó como Santiago de Guayaquil. 

Guayaquil y Quito comparten un mismo fundador: el tuerto, analfabeto y olvidado Diego de Almagro.

El real de Santiago

2 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 2 de enero de 2026.

Eran los tiempos de la conquista española de América y entonces el propósito de la acción era afianzar el control del territorio, frente a otros españoles y frente a los indígenas. En esos tiempos, la fundación de las ciudades españolas atendía este propósito. Diego de Almagro y sus hombres fundaron Santiago, para afianzar el territorio frente a otros españoles, y San Francisco, para afianzar el territorio frente a los indígenas. Ambas fundaciones tienen en común el real de Santiago.

Pedro de Alvarado era uno de los grandes nombres de la conquista americana. Avecindado en América en 1510, conquistador en México y Centroamérica, Alvarado quería más y en 1532 firmo una capitulación (digamos, un contrato de conquista) con la Corona española, que lo autorizó a conquistar territorios que no estén siendo conquistados por otros. Y emprendió un viaje con 500 soldados españoles y 2.000 indígenas. 

Por eso el chasco debió ser enorme cuando, después de haber armado una flota gigante de doce navíos, surcado los mares, desembarcado en Caráquez, trepado la montaña con penurias indecibles y pérdida de vidas humanas y animales, Alvarado y sus tropas llegaron a una llanura en el callejón interandino donde pudieron avistar pisadas de caballos.

Un real, en la tercera acepción del diccionario de la RAE, es un campamento militar. Cuando Almagro y sus hombres supieron de la llegada de las tropas de Alvarado, cumplieron todas las formalidades a fin de que aquel real donde estaban asentados en la llanura de Cicalpa sea una ciudad española, en el marco de la conquista de la provincia de Quito. Esto, a efectos de afianzar la conquista del territorio frente a los otros españoles, por tener a su favor un acto jurídico formal que implicaba el dominio del territorio. 

Como eran tiempos de conquista, esta ciudad española tenía inscrito en su acta de fundación que se la podría mudar a otra parte, según convenga. Y así ocurrió: a esta ciudad de Santiago de Quito, fundada en la Sierra, se la trasladó a la Costa. Perdió el topónimo Quito cuando abandonó los confines de la provincia y, andando los años, se convirtió en la portuaria Santiago de Guayaquil.

Pero en el breve período en que estuvo en la montaña y se apellidó de Quito, la ciudad de Santiago nunca dejó de ser un campamento militar. Eso sí, uno donde ocurrieron hechos importantes. Primero, en Santiago se reunieron Alvarado y Almagro el 26 de agosto de 1534 cuando se acordó que Alvarado iba a desistir de su propósito de conquista. 

Segundo, dos días después, en esta misma Santiago, Almagro fundó la villa de San Francisco de Quito, segunda población española fundada durante la conquista de la provincia del mismo nombre, a efectos de afianzar la conquista frente a los indígenas. Esto, porque esta villa se la destinó a asentarse sobre las ruinas de una arrasada ciudad indígena, “que estará treinta leguas, poco más o menos, de esta ciudad de Santiago”, según se lee en su acta de fundación.

La villa de San Francisco se trasladó 30 leguas al norte de Santiago y conservó su topónimo (“de Quito”) porque su traslado se lo hizo dentro de los confines de la provincia que los españoles estaban conquistando. Se convirtió en ciudad en 1541.

Los primeros días de Santiago

17 de octubre de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 17 de octubre de 2025.

Santiago es el nombre castellano de una ciudad que Diego de Almagro fundó para entrar a una negociación en los tiempos de la conquista de América. En los Andes, los conquistadores del bando del adelantado Pizarro estaban sometiendo la provincia de Quito, cuando tuvieron la noticia de la llegada a ese territorio de otros conquistadores bajo el mando del adelantado Alvarado. 

Pizarro era el gobernador del territorio que se estaba conquistando y Diego de Almagro era su teniente de gobernador en la provincia de Quito, con facultad para fundar ciudades y villas en el proceso de conquista. Santiago fue la primera y fue una fundación en toda la regla, con alcaldes, regidores y vecinos. 

En palabras de los historiadores Dora León y Ádám Szászdi, con la fundación de esta ciudad se quiso reforzar “el derecho al territorio que el rey había concedido a Pizarro con una clara señal de que su título no sólo era de jure, sino también de facto” y también se le quiso poner una barrera a Alvarado “ante sus pretensiones de avanzar hasta el Cuzco, para que se viere obligado a atropellar la justicia real, en las personas de los alcaldes ordinarios, si pretendía proseguir su marcha hacia el sur”.

En la ciudad de Santiago se discutió entre los conquistadores del bando de Pizarro, acerca de cómo enfrentar a Alvarado y su hueste. Almagro se dirigió a los conquistadores reunidos en el cabildo de la ciudad de Santiago para decidir “si será bien estorbarle y resistirle que no pase ni ande por esta dicha Gobernación, para excusar los daños que ha hecho y podía hacer andando en ella, o si le dejara pasar y se irá adelante con alguna gente”.

Finalmente, en la ciudad de Santiago se reunieron Almagro y Alvarado. Se evitó el combate entre sus huestes, porque se llegó a un acuerdo: el pago de 100.000 pesos de oro al adelantado Alvarado para comprar sus naves, dejando en libertad a los que vinieron con él para quedarse en la conquista con el adelantado Pizarro o volverse con él por donde habían venido.

Antes de partir al Sur para que Alvarado reciba el pago acordado, en la ciudad de Santiago Diego de Almagro fundó la villa de San Francisco, para ocupar un poblado indígena situado al Norte (para este traslado Almagro encargó a un subordinado, Benalcázar). Todos estos acontecimientos ocurrieron en una quincena de agosto del año 1534, en la provincia de Quito que se estaba sometiendo a mayor gloria del rey de Castilla.

Ambas, la ciudad de Santiago y la villa de San Francisco, se mudaron de su lugar de fundación (estos traslados no implicaban nuevas fundaciones; la fundación es un acto único, como el nacimiento de una persona). San Francisco lo hizo dentro de la provincia de Quito, por lo que conservó su topónimo original y quedó como San Francisco de Quito.

En el caso de la ciudad de Santiago, los conquistadores la trasladaron a la Costa y perdió su topónimo original (Quito) y tomó otros nombres (Santiago en Estero de Dimas, Santiago de Amay, Santiago de la Culata), hasta que terminó por adoptar su nombre definitivo: Santiago de Guayaquil, en su ubicación definitiva: el cerro Lominchao (hoy conocido como Santa Ana). Pocas ciudades en América tuvieron un comienzo tan agitado como el suyo.

Los orígenes: un Estado débil y derrotado

21 de mayo de 2019


En su origen, el Estado ecuatoriano fue un Estado muy débil, incapaz de afirmarse a sí mismo. Así lo sancionó su primera Constitución, cuyo artículo 2 declaraba sin pena: “El Estado del Ecuador se une y confedera con los demás Estados de Colombia, para formar una sola Nación con el nombre República de Colombia” (?). Recién se afirmó como una “República del Ecuador” por sí misma en 1835, tras la Convención de Ambato.

En el reparto histórico de los Estados Sudamericanos, la historia del Ecuador es la de un actor secundario. Su momento más relevante en los tiempos de la independencia fue ser un espacio decisivo en la biografía de los dos libertadores sudamericanos, Simón Bolívar y José de San Martín, dado su fugaz encuentro y entrevista en Guayaquil. La Batalla del Pichincha es otro momento relevante, aunque no haya sido tanto para libertar a Quito como para incorporar su territorio al diseño que Simón Bolívar había dispuesto para los territorios al Sur de la República de Colombia en la Constitución de Cúcuta del año 1.821 (cuando Quito era aún una ciudad sólidamente española).

La secesión del “Estado del Ecuador” en 1.830 aprovechó un momento de debilidad de la República de Colombia. En 1.830, este enorme territorio de origen bolivariano de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados y con salida a los dos océanos se empezó a desintegrar: por el Atlántico, emergió de su “Distrito del Norte” y de la mano del general venezolano Páez, la que sería Venezuela, mientras que por el Pacífico apareció el nuevo “Estado del Ecuador” de la mano del general venezolano Flores, en lo que fue el “Distrito del Sur” de Colombia (efectivo entre 1822 y 1830), compuesto por las antiguas provincias de Quito, Guayaquil y Cuenca, las que durante el período colombiano de casi ocho años se empezaron a conocer como “Departamentos”, divididos en provincias (fue cuando se creó la provincia de Manabí para integrar el Departamento de Guayaquil).*

El Primer presidente del Ecuador, el general venezolano Juan José Flores, intentó que varias provincias que habían integrado la Audiencia de Quito cuando fuimos parte del Reino de España (y que después integraron el “Distrito del Centro” cuando la “Gran Colombia”) se integren al territorio de este naciente Estado del Ecuador. En 1.831, el primer Congreso del Ecuador contó con representantes nombrados por las provincias de Buenaventura, Pasto y Popayán, hoy sólidamente colombianas. Pero el intento del General Flores no pudo sostenerse en el tiempo.

Primero, al General Juan José Flores lo traicionaron los caudillos colombianos José María Obando y José Hilario López, quienes lo habían atraído a este conflicto. Después lo traicionó su propio ejército: el Batallón Quito, a cargo del Comandante ecuatoriano Ignacio Sáenz, se pasó con sus 200 soldados al bando colombiano. También otros batallones se le sublevaron, pues no habían sido debidamente pagados, como el caso del Batallón Flores en Latacunga.

En general, la situación ad portas de enfrentar una guerra era lamentable. Cuando el General Flores regresó al campo de batalla en Pasto, después de obtener en Guayaquil un empréstito de 30.000 pesos para sostener la guerra, advirtió que el éxito era imposible en condiciones tan adversas. El General tenía ya cuatro batallones perdidos, y eso que aún no empezaba a guerrear. Unas escaramuzas después, en octubre de 1.832, el General Flores se avino a un armisticio con el Gobierno colombiano.

La aventura expansionista ecuatoriana concluyó pronto y mal. El 8 de diciembre de 1.832 el Gobierno del Ecuador fue orillado a firmar con el Gobierno de Colombia el “Tratado de Paz, Amistad y Alianza entre la Nueva Granada y Ecuador” (conocido como “Tratado de Pasto”), por el que los ecuatorianos accedimos a perder para siempre todos los territorios al norte del Río Carchi, o lo que es lo mismo, perder toda el área de influencia de la antigua provincia de Quito al norte de dicho río, a cambio de que Colombia reconozca la existencia del Estado ecuatoriano como su frontera al Sur. Este “Tratado de Paz, Amistad y Alianza entre la Nueva Granada y Ecuador” fue ratificado por la Convención Nacional reunida en Ambato en 1835, la misma que aprobó nuestra segunda Constitución y que adoptó por primera vez el nombre “República del Ecuador” (a sabiendas de que Colombia –entonces “Nueva Granada”- ya no lo objetaría).

En pocas palabras, el Estado ecuatoriano nació (tímido y cuasi-colombiano) el año 1.830, se intentó expandir en ese año y el siguiente a fin de sumar a algunas provincias de su área de influencia de los tiempos de la Audiencia de Quito (de las que obtuvo incluso una representación legislativa para el primer Congreso ecuatoriano en 1.831), lo que generó los reclamos de su país vecino… Y, aunque haya intentado resistirlo, finalmente el vecino del Norte se bajó al Ecuador por la fuerza y obtuvo lo que le reclamaba: las provincias que formaron parte del “Distrito del Centro”, las que pasaron en adelante a formar parte de la nueva “República de Nueva Granada” (así llamada por su Constitución de 1.832, ya sin pertenecer a ella los antiguos Distritos del Norte y el Sur, esto es, ni Venezuela ni Ecuador).

El saldo de este trienio inicial para el Estado ecuatoriano es que el país resultó incapaz de sostener con las armas su pretensión de recomponer el área de influencia que tenía la provincia de Quito durante la época de su pertenencia a España.

Para la vecina Colombia, por su parte, fue hacer respetar sus leyes internas adoptadas durante los inicios de su período republicano. Ella se sintió afectada en su integridad territorial y se impuso por la fuerza, por lo que obligó al naciente Ecuador a renunciar a su aspiración de reconstituir su territorio de tiempos coloniales. Como destacó un historiador colombiano, por el “Tratado de Pasto” de 1.832 “no le concedió” al Ecuador “ninguno de los territorios por los cuales había movilizado importantes recursos militares y diplomáticos”**

Esta es una historia triste para el Ecuador, específicamente para su constitutiva provincia norteña de Quito: los gazapos militares que amagó en tiempos de la temprana República se saldaron con rotundos fracasos y pérdidas territoriales. 

* Los departamentos y sus subdivisiones fueron creados por la Ley de División Territorial colombiana de junio de 1824. Los Departamentos se dividían en Provincias, las que a su vez se subdividían en cantones. Del nuevo Departamento de Guayaquil se desgajó a la Provincia de Manabí por la citada Ley de 1824, provincia que sumada a la de Guayaquil fueron las dos que conformaron el Departamento. Por esa misma Ley, la Provincia de Guayaquil se subdividió en seis cantones: Guayaquil, Daule, Babahoyo, Baba, Punta de Santa Elena y Machala. Fueron esos mismos seis cantones los que estuvieron en el nacimiento del Estado ecuatoriano. La división territorial por Departamentos se mantuvo hasta nuestra séptima Constitución, adoptada el año 1.861 durante el primer período de Gobierno de Gabriel García Moreno.
** Citado en: Uribe Mosquera, Tomás, ‘Afirmación autoidentitaria y conflicto en la era republicana temprana’, p. 176.

Quito y el capitán de un buque inglés que nunca llegó

22 de septiembre de 2018


Cuando los sucesos del 10 de agosto de 1809, la Suprema Junta de Quito buscó el apoyo de una nación extranjera para sostener sus aspiraciones de autonomía. La elegida fue Gran Bretaña porque era una aliada natural, por ser una nación opositora de los franceses, y porque tenía una armada de muchos barcos que surcaban los mares del mundo.

Primero lo primero: la revolución del 10 de agosto de 1809 no fue hecha contra España: fue hecha por España, o mejor dicho, por la administración borbónica del Reino de España, a imitación de lo que había hecho la Junta de Asturias. Es decir, se hizo contra la ocupación de las tropas del emperador Napoleón del territorio peninsular español, en definitiva, una acción contra los franceses, por lo menos en sus formas. Porque fue una acción realmente contra las administraciones virreinales de Lima y de Santafé. Fue la oportunidad histórica de Quito para sobreponerse a siglos de subordinación administrativa y aspirar a una mayor autonomía dentro del régimen administrativo español y recuperar algunos de los territorios perdidos en los años recientes (así como ampliarse a otros). Una movida ambiciosa.

Quito tomó esta oportunidad, pero su plan fracasó miserablemente. Como se ha demostrado en el artículo ‘Revolución y diplomacia: el caso de la primera Junta de Quito (1809)’, las noticias del 10 de agosto en las provincias vecinas “lejos de desencadenar un movimiento continental, provocaron la alerta de las autoridades, que extremaron las medidas de vigilancia. En Lima y Santafé, virreyes y oidores no sólo frustraron cualquier ímpetu subversivo, sino que además dirigieron la máquina guerrera que puso fin a la Junta Suprema de Quito”*.

En el camino, sin embargo, la movida del 10 de agosto dejó para la historia un desesperado oficio del Presidente de la Suprema Junta de Quito, el Marqués de Selva Alegre, dirigido al “capitán de cualquier buque inglés”. Allí se puede leer lo siguiente:

“Enemigos eternos del infame devastador de la Europa, Bonaparte, hemos resuelto resistir hasta la muerte á su tiranía, como lo ha hecho la gloriosa e incomparable nación inglesa. En su virtud el pueblo de este Reino ha separado del mando de él a los españoles que lo regían, sospechados de secuaces declarados de aquel monstruo, y ha creado una Junta Suprema Gubernativa.
Por tanto, yo como su presidente y a nombre de la misma, pido a usted armas y municiones de guerra que necesitamos, principalmente fusiles y sables. Sírvase usted traernos a cualquiera de los puertos de Atacames o Tola, dos mil fusiles, con sus bayonetas y dos mil sables de munición, pues serán satisfechos a los precios corrientes.
Apetece íntimamente esta Suprema Junta la más estrecha unión y alianza con su inmortal nación y la franquicia de nuestro comercio con ella. Sírvase usted proporcionarnos estas ventajas, poniendo nuestra intención y deseos en noticia de los comandantes de sus islas del sur, a quienes suplicamos se dignen pasar la misma al gabinete de San James y al augusto Monarca de los Mares”**.

Era un intento realmente desesperado del Presidente de la Suprema Junta de Quito: de las montañas debía bajar un enviado de la Suprema Junta para llegar a un puerto de mar a buscar un buque de bandera inglesa, ponerse en contacto con su capitán, lograr que ese capitán se interese por la causa expuesta y decida entonces transmitirlo a un comandante, el que también tendría que interesarse en ella para que, recién entonces, se la pueda hacer de interés a las autoridades en Londres, que son las que en definitiva podrían intervenir a favor de las autoridades de Quito. Del oficio firmado en Quito por Merry Jungle hasta el escritorio de un funcionario londinense había un camino demasiado azaroso, que incluía un improbable buque, e improbables voluntades. Era un camino muy difícil de recorrer para “un gobierno frágil, inestable y acosado por la guerra”***, como era el de Quito por esos días.

Por supuesto, valió intentarlo, aunque fuera únicamente para que la efímera Junta Suprema de Quito coseche otro estrepitoso fracaso. Las tropas de Popayán impidieron que el enviado de la Suprema Junta llegue siquiera a buscar a los buques de bandera inglesa, pues tomaron los puertos y sus alrededores antes de su llegada (el 18 de septiembre, cuatro días después de firmado el documento). El oficio del Marqués de Selva Alegre nunca conoció el mar.

Esta es la historia del primer intento de Quito de confraternizar con una nación extranjera. Y es digno de un guion de Monty Python.

** Ibíd., p. 363.
*** Ibíd., p. 363.