Autopsia del fracaso

5 de julio de 2014

Publicado en diario El Telégrafo el 5 de julio del 2014.


*

De los seis equipos sudamericanos que participaron en el mundial de fútbol de Brasil, la selección ecuatoriana fue el único que no consiguió su pase a los octavos de final. La razón de este fracaso es evidente: el equipo no jugó bien. No tuvo creación en el mediocampo, ni transición eficaz de la defensiva a la delantera (el pelotazo es la forma más torpe y primitiva de cumplir ese propósito y fue la alternativa adoptada por el combinado nacional) ni desborde por las puntas. Sus tres goles no fueron producto de creaciones colectivas (dos provinieron de cobros de pelota parada y el restante de la pesca de un rebote) y todos fueron obra de un único jugador. Y cuando más se necesitaban los goles, en el partido definitorio contra Francia, estos no aparecieron y ni cerca estuvo el equipo de hacerlos. En resumidas cuentas, tanto el contexto regional como el desempeño colectivo no permiten la duda: la participación de la selección nacional de fútbol en la cita mundialista fue un rotundo fracaso. Es mejor llamar a las cosas por su nombre, porque maquillarlas no contribuye a su superación.

Se puede explicar este fracaso en tres niveles de análisis. El primero, el desempeño de los jugadores. Es imposible dudar de su entrega personal (entre otras cosas, porque es una medida subjetiva) pero sí es posible juzgar la eficacia de esa entrega. En el particular caso de Énner Valencia, el resultado fue notable: él fue el autor de los tres goles de su equipo y su figura descollante, la que avivaba la esperanza de acceder a la siguiente fase. Juan Carlos Paredes jugó a buen nivel y hay que reconocer los esfuerzos exitosos de Alexander Domínguez para sacar invicta su valla en el partido contra Francia. Otros jugadores de quienes mucho se esperaba, en cambio, causaron una honda decepción: Felipe Caicedo, Jefferson Montero y, sobre todo, el capitán Antonio Valencia, de quien podría decirse que su mejor jugada fue, paradójicamente, la de su expulsión: el equipo fluyó mejor con su ausencia. Pero no es justo cargar las tintas en los jugadores. En buena medida, lo que ejecutaron en el terreno de juego fue producto de lo que propuso la dirección técnica.

Esto nos conduce al siguiente nivel de análisis, la dirección de Reinaldo Rueda. Las deficiencias de la selección en creación ofensiva son atribuibles a la pobreza de su planteamiento, mezquino y defensivo. No se puede entender, por ejemplo, que Rueda haya optado en el último partido el reemplazo de un mediocampista para colocar a un defensa, cuando lo que había que hacer era buscar una victoria o el equipo quedaba eliminado. Recién ingresó al delantero al minuto 89, cuando poco o nada podía hacerse; cuando, en efecto, ya nada se hizo. Pero también es cierto que echarle la culpa a Rueda tampoco es justo. Es un tipo de hondas limitaciones, que se apaña como puede. Y que no tiene, para apañarse, muchas alternativas. Esto nos lleva al tercer nivel de análisis: la dirigencia de la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF).

La FEF está presidida por Luis Chiriboga desde 1998, el mismo año en que este individuo terminó su período como diputado (1996-1998) del Partido Social Cristiano en el Congreso Nacional. Sobre el funcionamiento de la FEF bajo su presidencia, pesan varios cuestionamientos. Por ejemplo, los hechos por los que fue condenado Vinicio Luna levantaron graves sospechas sobre la transparencia en su manejo; las declaraciones de Hernán Darío Gómez (quien afirmó en una entrevista realizada en Colombia que en Ecuador se le imponía la convocatoria de ciertos jugadores) generan sospechas sobre la conducción misma del equipo. Esta práctica podría explicar el que para este mundial se haya convocado a Luis Fernando Saritama (cuyo representante es el hijo del presidente de la FEF) y podría explicar la presencia del mismo Reinaldo Rueda, quien compensaría sus visibles limitaciones con una adecuada ductilidad. Una ductilidad que resultaría conveniente a ciertos intereses creados dentro de la FEF, pero que sería un obstáculo para el anhelado éxito del combinado nacional.

Un estado de cosas así, solo garantiza el fracaso. Si se hace una comparación con lo sucedido en Colombia, un país cuya participación en esta copa del mundo ha rozado la excelencia, uno puede entender la razón del éxito del vecino país. Como lo contó Ramón Besa en un artículo publicado en el diario español El País: “Nada más firmar su contrato en enero de 2012, Pékerman mandó a los periodistas a la tribuna de prensa, a los directivos al palco y se encerró con sus futbolistas en la sala de juego. Ordenó la federación, cambió la manera de entrenar del equipo y el protocolo de las convocatorias, y le puso método al talento…”.


En Colombia, el resultado de trabajar con seriedad tiene su recompensa. En Ecuador, un escenario como ése (un director técnico competente, un proceso comprometido y serio) es cosa de ciencia ficción. Una dirigencia de 16 años en el poder solo puede asegurar la repetición de sus fracasos (no hay asombro en que su gran idea tras la eliminación del mundial sea, por supuesto, la continuidad de Rueda) en un proceso que, de tan agotado y cuestionado (al menos en el mundo de los hinchas que se expresan en las redes sociales, porque el periodismo deportivo ni se anima a arriesgarse), ya apesta a muerto.  

En las antípodas de Guayaquil

25 de junio de 2014

            Publicado en diario El Telégrafo el 25 de junio del 2014.

Australia comenzó su vida como territorio colonial de una potencia europea cuando a Gran Bretaña se le ocurrió poner en práctica una solución para la sobrepoblación de sus cárceles. En enero de 1788, once barcos (con 756 convictos a bordo de seis de ellos) arribaron a territorio australiano: entre aquel año y el de 1850, un total de 162.000 convictos fueron trasladados hacia esta lejana colonia penitenciaria para que cumplan con su condena. Ya a inicios del siglo XX, el primero de enero de 1901, Australia se convirtió en un Estado independiente de Gran Bretaña (aunque nominalmente la reina Isabel II es todavía, al día de hoy, su Jefa de Estado).

Como Estado independiente, una de las primeras discusiones claves en Australia fue sobre cuál debería ser su ciudad capital. La disputa era entre las dos grandes ciudades del sudeste australiano, Sydney y Melbourne. Su solución fue salomónica: se decidió la creación ex novo de una ciudad para que funcione como la capital del naciente Estado australiano. Fue así como surgió Canberra en 1913, como antes había surgido Washington para capital de los Estados Unidos de América, o como surgirían después Brasilia para Brasil e Islamabad para Pakistán.

Canberra es una ciudad que está en las antípodas de Guayaquil. Su tiempo de creación es similar. Si bien Guayaquil se fundó en el siglo XVI (el 15 de agosto de 1534, como ha sido demostrado por historiadores competentes), la mayor parte de la ciudad se quemó en el gran incendio de 1896: no hay construcción en su centro histórico (ni en ninguna parte de ella) que anteceda a esta fecha. A diferencia de la capital australiana (cuya construcción empezó tan solo diecisiete años después de este desastre/oportunidad para Guayaquil) la llamada “Perla del Pacífico” ha sido una ciudad de escasa (escasísima) planificación. En general, su crecimiento ha sido el producto de invasiones de tierras por migrantes pobres, que han vivido una situación de carencia de servicios básicos y de abandono institucional hasta su eventual legalización (e incluso, a pesar de ésta).

Canberra, por oposición a Guayaquil, es una ciudad de grandes avenidas, de escaso tráfico y de infraestructura adecuada para el transporte en bicicleta; de limpias calles, enormes áreas verdes y un lago artificial en pleno centro de la ciudad; de agua potable que puede beberse desde el grifo y de una calidad de aire envidiable para cualquier capital del mundo. Su “secreto” es conmovedoramente sencillo: desde que fue pensada como capital de la Commonwealth de Australia, se planificó su desarrollo para producir estos resultados que son envidiables para todo aquel que haya crecido en una ciudad como Guayaquil, con un tráfico caótico, infraestructura inexistente para bicicletas (y la poca existente, ineficaz), número ridículo de áreas verdes y torpe devoción por las palmeras (porque las palmeras son al área verde, lo que el autogol es al gol: cuenta en el marcador, sí, pero juega a la contra; habría que preguntarse, sobre este despropósito urbano, cui bono), un hermoso ambiente natural contaminado en los últimos cincuenta años de crecimiento urbano que ha terminado por estrangular los esteros ante la codicia de unos pocos inescrupulosos, la desidia de una mayoría de ciudadanos y la inercia (connivencia con el gran capital) de sus autoridades. Eso, por no decir nada de los constantes riesgos de inundación (cuya gran e irresponsable “solución” de las autoridades locales es la escasez mental de echarle la culpa a otros) o el desastre ambiental producto de la sobreexplotación de las canteras en la vía a la costa.

El dato curioso es que en la lista de las diez ciudades en el mundo con mejores condiciones para vivir según el “liveability ranking” (ranquin de condiciones de vida) elaborado por el Economist Intelligence Unit (perteneciente al The Economist Group) constan cuatro ciudades australianas, pero ninguna de ellas es Canberra. Ese mérito le corresponde a Melbourne (1), Adelaide (5), Sydney (7) y Perth (9), las que el lector podrá sin dificultad imaginar a años luz de Guayaquil en las cinco categorías principales de este ranquin (estabilidad, salud, cultura y ambiente, educación e infraestructura). Pero el solo hecho de recorrer la capital de Australia por unos cuantos días, conduce a la impresión de que también la recientemente centenaria Canberra se encuentra en las antípodas de Guayaquil y que es ésta, Guayaquil, una ciudad que se ha conformado con poco, con vivir mal y con tratar mal a los que menos tienen.


No es nada difícil, por cierto, suponer la defensa de aquellos que (no importa qué se diga, ni las razones que soporten esos dichos) defienden a ultranza la administración municipal en Guayaquil: que eso es en el primer mundo, que es muy lejos de nuestra realidad, que no se puede aplicar, etc. Nada nuevo bajo el sol guayaco: tan solo una muestra más del conveniente tercermundismo mental, de esa supuesta condena provinciana a hacer las cosas mal que caracteriza a muchas personas (algunas bienintencionadas, otras no) en nuestra sociedad ecuatoriana.  

P.S.- Para un caso de tercermundismo mental bienintencionado, ver el artículo inmediato anterior.

La bendición de la abundancia

20 de junio de 2014

Publicado en diario El Telégrafo, el 18 de junio del 2014, con el título "Australia es un modelo a seguir sobre la explotación de recursos naturales".

*

A principios del siglo pasado, Argentina y Australia tenían varios puntos en común: vastos territorios con recursos naturales abundantes y climas templados, poblaciones escasas que se incrementaron con un flujo enorme de inmigración europea y que obtuvieron un alto nivel de alfabetización producto de la educación masiva, además de un producto interno bruto per cápita de dimensiones similares. Un observador externo podría haber avizorado por aquel entonces que Argentina y Australia tendrían, de cara al futuro, un parecido desarrollo.

Sin embargo, a partir de 1930, la situación empezó a cambiar. Mientras Argentina estancó su desarrollo económico, Australia mantuvo un alto nivel de crecimiento, que al día de hoy (por ejemplo) lo ubica en el segundo lugar en el Índice de Desarrollo Humano elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Se han explorado varias razones para esta divergencia entre Argentina y Australia. Pero me quiero enfocar en una de ellas, pues resulta de actualidad para el debate público en Ecuador: el adecuado aprovechamiento de los recursos naturales. Para Australia, este aprovechamiento se alcanzó no por la abundancia de los recursos (un factor que, por sí mismo, no explica nada), sino por los arreglos institucionales y por las decisiones políticas que, a lo largo de su historia, favorecieron una adecuada distribución de la renta proveniente de su explotación.

En Ecuador, la explotación de los recursos naturales tiene la oposición de quienes sostienen el argumento de la “maldición de la abundancia”. El más reconocido vocero de este argumento es Alberto Acosta, expresidente de la Asamblea Constituyente que originó la Constitución de Montecristi adoptada el año 2008. En el prólogo de su libro delmismo nombre, Acosta señala que la explotación de los recursos naturales en Ecuador “concentra la riqueza del país en pocas manos, mientras se generaliza la pobreza”, y asocia a su explotación una serie de consecuencias nefastas, entre ellas, el menoscabo de la institucionalidad, la corrupción generalizada y el deterioro del medio ambiente.

La pregunta clave es si estamos, como país, condenados a repetir este estado de cosas. La respuesta, para quienes se oponen a la explotación de recursos naturales, es que siempre que se los explote ésas serán las consecuencias, por lo que la única forma de evitarlas es con su no explotación. Por supuesto, este dilema (explotación mala vs. no explotación) no es la única respuesta posible. El 25 de junio del año pasado, el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) realizó un debate abierto sobre prevención de conflictos y recursos naturales, con la participación de representantes de organismos internacionales, de los Estados y de la sociedad civil. Entre los participantes en ese debate estuvo el vicesecretario general de la ONU, Jan Eliasson, quien reconoció la existencia de la llamada “maldición de los recursos” en la experiencia de varios países (principalmente africanos), pero quien supo advertir que existía una alternativa a ese supuesto dilema: “si se manejan inteligentemente”, explicó Eliasson, “la extracción de los recursos naturales puede y debe ser el fundamento para el desarrollo sustentable y una paz duradera”. Y añadió que la colaboración de organismos internacionales, los Estados miembros y el sector privado, se puede “ayudar a transformar la maldición de los recursos en una bendición de los recursos, en el mejor de los casos”.

El caso australiano es ilustrativo de un adecuado uso de la explotación de los recursos naturales. No es tampoco el único. Y vale recordarlo, su explotación es siempre una opción legítima. La explotación de recursos naturales no encuentra prohibición alguna por razones medioambientales en el derecho internacional: la Declaración deEstocolmo sobre el Medio Ambiente Humano, de 1972, y la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, de 1992, la admiten expresamente (“De conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y los principios del derecho internacional, los Estados tienen el derecho soberano de aprovechar sus propios recursos según sus propias políticas ambientales y de desarrollo…”, afirma claramente la más reciente de dichas declaraciones, en su principio segundo).


En definitiva, no hay tal cosa como estar condenados a la “maldición de la abundancia”. Ésa es, tan solo, una posibilidad (la peor) entre otras. La tarea de una sociedad poseedora de recursos naturales abundantes (es el caso del Ecuador) y preocupada por su desarrollo económico y social es explotar de manera inteligente y responsable dichos recursos, para convertir la supuesta condena a esta “maldición de la abundancia” (condena que es una forma de tercermundismo mental, muestra de un arraigado complejo de inferioridad) en la “bendición de la abundancia” de la que hablaba el vicesecretario de la ONU, Jan Eliasson. Que en otros países ha funcionado así, como lo demuestra (un ejemplo entre muchos) el caso de Australia.

Diario Hoy, la inutilidad

19 de noviembre de 2013


Por fin respondió diario Hoy a mi reclamo presentado varias semanas atrás. (No les puedo enlazar la respuesta de su “defensora” porque ese diario es tan pesetero que todavía -se publicó en la edición del domingo- no la cuelga).

Que lo del defensor del lector funciona mal en diario Hoy es noticia vieja. Solo pensar que antes el defensor era Carlos Jijón da una idea de lo mal que estaba (por acá algunos artículos al respecto). La pobreza argumentativa de la señora Angulo solo ratifica ese antecedente; mereció de mi parte, la siguiente respuesta:


Con ese cronista y ese editor, lo realmente extraño en la defensora del lector habría sido una actitud independiente y una respuesta argumentada. Pero es el diario Hoy, nada más.

Maruri not Macri

28 de octubre de 2013

Este domingo Mauricio Macri, papafrita y exPresidente del Boca Jrs., anunció que correría para Presidente de la Argentina en el año 2015. Eduardo Maruri, el fracasado de Barcelona S.C., quisiera ser Macri. En un cable del Consulado General de los Estados Unidos de América en Guayaquil filtrado por Wikileaks y titulado “Coastal parties prepare for april 2009 elections”, se lee (traducido): 

Maruri tenía esperanza de usar su Presidencia del fabuloso equipo de fútbol Barcelona -piensen en los NY Yankees en un largo período de fracasos- para impulsar su carrera política. A pesar de una inversión de diez millones de dólares, Barcelona quedó fuera de la liguilla nuevamente, dejando a sus fanáticos cabreados y la carrera política de Maruri congelada”.

Pero Maruri no pudo ni podrá ser Macri, siquiera. Por burro.  

Hoy, es difícil "hacerse el gil"

23 de octubre de 2013


El día de hoy, diario Hoy publicó en su sección Buzón de Lectores una nota en la que decía que mi correo electrónico remitido a su defensora del lector el 20 de septiembre del 2013 “no llegó” a su bandeja de correo electrónico. Mi respuesta (clic para agrandar):
  

En todo caso, ahora que sí funciona la bandeja de correo de diario Hoy (?), Ana Angulo ha finalmente acusado recibo de mi queja por la "crónica" de Aguilar. Ha llegado el momento, entonces, de saber si Ana Angulo es realmente independiente o si es tradición del diario Hoy “hacerse el gil” con las cosas que le incomodan.

Avances en la queja al Hoy

22 de octubre de 2013



Este 20 de octubre, con ocasión de cumplirse el primer mes de haber presentado una queja ante la defensora del lector de diario Hoy, Ana Angulo, le envíe a esta funcionaria que tiene el encargo de velar “por los intereses de los lectores” (Manual de Estilo de diario Hoy, Párr. 10.13) un recordatorio de mi queja. Ana Angulo respondió lo siguiente:



Estimado señor Flores:



No he logrado identificar la llegada de su carta del pasado 20 de septiembre ni a mis correos ni al servidor de Hoy ni en las cartas en papel remitidas al diario en esa fecha (ya sea a mi nombre, del director, el director adjunto, el editor de opinión o algún otro editor del periódico). Por eso le ruego indicarme la forma en que la remitió para realizar la verificación correspondiente.



Saludos,



Ana Angulo



Le contesté enseguida:



Estimada señora Angulo:



Lo remití a la misma dirección electrónica en la que Ud. recibió el correo de ayer, que mereció su respuesta de esta mañana: a la dirección electrónica institucional del defensor del lector de diario Hoy (defensor@hoy.com.ec), el 20 de septiembre del 2013. En todo caso, mi queja enviada aquel entonces es exactamente la misma que se encuentra alojada en mi blog, cuyo enlace le copié ayer y le reitero en esta ocasión: http://xaflag.blogspot.com/2013/09/queja-ante-la-defensoria-del-lector-de.html



En este caso concreto, el diario Hoy se ha comprometido a ciertos estándares en la redacción de una crónica, según su Manual de Estilo, párrafo 4.6. En mi queja, fundamento que las alusiones a mí hechas en la crónica de Roberto Aguilar "Yasuní: la Asamblea cubre sus espaldas" fueron hechas "sin investigación, ni contexto, ni contraste", a contramano de responsabilidades básicas de la redacción periodística.



Espero que, dentro de sus competencias como defensora del lector de diario Hoy, se sirva conocer de esta queja sobre las alusiones personales a mí hechas y la redacción de las crónicas del periodista Roberto Aguilar.



Le hago expresión de mis mejores saludos,



Xavier Flores Aguirre



Si la defensora del lector compró tiempo con su respuesta no me es posible saberlo ni me interesa averiguarlo. Lo cierto es que tiene ya conocimiento de mi queja por la crónica de Roberto Aguilar y, con arreglo a sus competencias institucionales, deberá pronunciarse en breve.



Esta queja es un test sobre la independencia de Ana Angulo (supuestamente asegurada en el Manual de Estilo de diario Hoy, párrafo 10.1) pues el Director Adjunto de diario Hoy, José Hernández, ha hecho defensa pública del trabajo de Roberto Aguilar. A raíz de esta comunicación de la segunda vicepresidenta de la Asamblea Nacional, Marcela Aguiñaga, en la que criticó el trabajo de Aguilar en una crónica en la que ella fue aludida, la respuesta del director Hernández fue defender el trabajo de su cronista, sustentado en la afirmación de que la crónica reclama su “singularidad” y en la cita de un libro de Álex Grijelmo para apoyar su idea. Aguiñaga le contestó a Hernández en esta réplica, en la que lo acusa de irrespetar el propio Manual de Estilo del diario Hoy en aras de acuñar una “mentira descalificadora” y cita el mismo libro de Álex Grijelmo que usó Hernández (El estilo del periodista) para desvirtuar la cita por él hecha, con la advertencia de que es “cuestión de leer entero, Sr. Hernández”. Ante esta réplica, el director Hernández ha guardado silencio.



En todo caso, el escenario está planteado: Hernández, director del diario y jefe inmediato de Aguilar, ha defendido públicamente a su cronista; Angulo, defensora del lector, cuyo propósito institucional es velar “por los intereses de los lectores”, debe realizar una investigación para determinar si Aguilar satisfizo los estándares establecidos por el diario Hoy para la redacción de una crónica (Manual de Estilo, Párr. 4.6). La única forma que tiene Angulo para demostrar su independencia es a través de una argumentación prolija de las razones de su decisión.



Esto me conduce a postular unas ideas sobre el núcleo de mi queja a diario Hoy. Hay una idea generalizada en cierto periodismo de que no existe la verdad, sino solamente sus interpretaciones (lo que se “ve y oye”, que dijera el director Hernández). Ante esto, habría que recordar lo escrito por una excolega de Ana Angulo, la española Milagros Pérez Oliva, que fue defensora del lector de diario El País, en el artículo de despedida de su oficio como defensora. Dado que sus palabras atienden al núcleo de lo que está en debate en mi queja por la crónica de Aguilar, citaré en extenso su artículo Adiós, y mucha suerte:



Una visión cínica del periodismo sostiene que la verdad no existe. Que puede haber tantas verdades como interpretaciones de la realidad. Este planteamiento es una gran trampa. Creo que los periodistas hemos sido negligentes al descuidar la defensa de la verdad. Porque la verdad, en periodismo, existe. Al menos existe la verdad de los hechos, la verdad factual. Aquello que es cierto y es comprobable. (Énfasis agregado).



La verdad no es un compromiso entre sus diferentes versiones. Y, sin embargo, potentes aparatos de influencia saturan el espacio informativo con versiones y contraversiones destinadas a falsear la realidad. Más que informar, lo que hace este tipo de periodismo es desinformar. Porque la falsa neutralidad del periodismo de versiones otorga las mismas oportunidades a quien dice la verdad que a quien miente. Y porque la verdad incómoda tiene más dificultades para imponerse al ruido mediático creado para sepultarla.



Pérez Oliva luego se refiere al “periodismo interpretativo”:



La sociedad está saturada de información y la prensa trata de adaptarse a los nuevos requerimientos ofreciendo un periodismo más interpretativo. Pero la interpretación no puede ser una coartada para la deformación. Hemos de partir de los hechos para llegar a su interpretación y no al revés. El problema es que hay prácticas periodísticas que prescinden de los hechos o que los distorsionan hasta conseguir que coincidan con la versión que quieren imponer. Su objetivo es distorsionar la realidad, y si es posible, crearla. (Énfasis agregado.)



Desconfíen de quienes anteponen la interpretación a la demostración. El periodismo interpretativo debe basarse en hechos y datos comprobables. Y desconfíen también de aquellos textos que no hacen un esfuerzo suficiente para demostrarles cómo han llegado a la versión que sostienen. El periodismo de interpretación no puede ser la gran coartada para eludir, ignorar o sepultar la verdad. (Énfasis agregado.)



La exdefensora del diario El País cierra con unas palabras sobre el “periodismo de calidad” y un ruego:



(...) Por eso es tan importante que el periodismo de calidad respete siempre las formas. No solo ha de ser lo más factual y objetivo posible, sino que ha de demostrarlo. Explicitando las fuentes, detallando los datos, exponiendo lo que no ha podido averiguar; siendo honesto. (Énfasis agregado.)



Lo peor que puede pasar es que la ciudadanía crea que la única forma que tiene de hacerse con la verdad sea leer diversos medios de signo diferente. Porque la versión promedio no tiene por qué coincidir con la verdad. Los periodistas hemos de aspirar a que nuestros lectores tengan la confianza de que leyéndonos a nosotros, no necesitan ir a promediar con otras versiones. La democracia necesita medios de referencia independientes, creíbles y veraces, que resulten fiables para cualquier lector, independientemente de cuál sea su línea editorial.



(...) Permítanme, pues, que me despida de ustedes con un ruego: ¡Premien el buen periodismo! Ayúdenle a defender la verdad.



La defensora del lector de diario Hoy afirmaría su independencia con una decisión que ayude a “defender la verdad”, entendida la verdad en el oficio de periodista como una “verdad de los hechos, la verdad factual. Aquello que es cierto y comprobable”.



En el caso de la crónica de Roberto Aguilar por la que presenté mi queja a diario Hoy, el cronista actuó con fidelidad a los criterios expuestos por su jefe Hernández: Aguilar “oyó” de unos “asistentes” a la reunión que yo era el asesor que iba a redactar el informe; me definió como “rutilante estrella en ascenso” de GkillCity.com, publicación digital a la que asoció a un “periodismo contracultural y no huevadas”; “vio” que yo hundí mi cabeza en una tableta electrónica que él afirma que me acompaña “a todas partes” y que desatendí las comparecencias; informa que mi “jefa inmediata” es la segunda vicepresidenta de la Asamblea Nacional, Marcela Aguiñaga; “oyó” que en el pasillo yo instruía a un asambleísta sobre “los recovecos jurídicos del caso”, de donde asocia que lo que hago “es política contracultural y no huevadas”, en evidente alusión a mi participación en GkillCity.com (cuyo editor, por cierto, respondió a la crónica). Con estos escasos elementos circunstanciales, Roberto Aguilar construye ideas sobre mí, que “prescinden de los hechos o que los distorsionan hasta conseguir que coincidan con la versión que quieren imponer”.



Como expuse en mi queja, si Aguilar hubiera utilizado “hechos” para demostrar su idea, debería haber investigado cuáles “hechos” de mi actuación en GkillCity.com se encuentran en contradicción con mi intervención en el informe del que él me atribuye su redacción. Si hubiera ido más allá de su opinión que me asocia tan gratuita como negativamente a GkillCity.com, e investigaba un poco, habría constatado que en ninguno de mis artículos publicados en GkillCity.com me he referido al asunto materia del informe (esto es, a la explotación petrolera del Yasuní) y que en ninguno de ellos consta opinión alguna que contradiga la posibilidad de explotar el petróleo en el Yasuní, o la explotación petrolera en general. Si Aguilar hubiera indagado lo mínimo indispensable en busca de “hechos” (Google.com) habría encontrado de inmediato artículos míos que contradicen su interpretación, en los que critico la propuesta “ecólatra” de la intangibilidad de la naturaleza (“Naturaleza y ecolatría”, “Naturaleza y Tico Tico”), e incluso una entrevista en diario Hoy, en la que me refiero críticamente a la idea jurídica de “derechos de la naturaleza”. Aguilar nunca tuvo la intención de demostrar algo (no hubiera podido: los “hechos” lo contradicen) sino solamente la de interpretar cosas en función de la “versión que qui(so) imponer”.



La regla de oro enunciada en su despedida por Pérez Oliva es: “Desconfíen de quienes anteponen la interpretación a la demostración. El periodismo interpretativo debe basarse en hechos y datos comprobables. Y desconfíen también de aquellos textos que no hacen un esfuerzo suficiente para demostrarles cómo han llegado a la versión que sostienen. Ninguna de las afirmaciones de Aguilar sobre mí se basan en “hechos y datos comprobables”. Alguna es tan ridícula, como aquella de ser una “estrella en ascenso” de GkillCity.com, cuando en la segunda mitad de la existencia de dicha publicación digital (61 de 122 ediciones) he escrito solamente cuatro artículos en ella. Otra de análoga ridiculez es cuando afirma que mi tableta electrónica la llevo “a todas partes”, mera hipótesis que, además, resulta falsa; o cuando afirmó que desatendí a las comparecencias, cuando lo que hacía era revisar información en función de mi trabajo. Los supuestos “hechos” sobre los que basa su opinión es lo que “oyó” de unos “asistentes” a la reunión (había casi un centenar de personas presentes), lo que “oyó” al pasar por el pasillo y lo que “vio” que yo hacía con mi tableta electrónica. Ninguno de estos “hechos y datos” (de una altísima subjetividad para su interpretación, pero plenamente autorizados por su jefe Hernández) son “comprobables”. Son opiniones personales (“rutilante estrella”) o meras hipótesis (“se pierde en la contemplación del ciberespacio”) que no representan “esfuerzo suficiente” para demostrar nada, como no sea la mala fe de su autor.



Si Aguilar hubiera estado interesado en realizar un “esfuerzo suficiente” para demostrar las razones de su interpretación, habría hecho un trabajo “explicitando las fuentes, detallando los datos, exponiendo lo que no ha podido averiguar; siendo honesto”. Pero ese no fue el propósito de Aguilar. Nunca explicitó las fuentes (¿quiénes son los “asistentes” que le informan, de entre casi el centenar que había entre público, asesores, asambleístas, etc.?), ni detalló los datos (porque no los buscó, le bastó “ver y oír”) ni expuso lo que no había podido averiguar, porque no le interesó nunca averiguarlo: habiendo estado a pocos pasos de distancia uno de otro, conociéndonos personalmente y habiendo incluso saludado en la reunión, Aguilar nunca se interesó en conocer mi punto de vista sobre la explotación petrolera o sobre mi rol en GkillCity.com, de los que escribiría después. A Roberto Aguilar no le preocupó informarse para interpretar, sino interpretar para hacer coincidir sus opiniones e hipótesis “con la versión que qui(so) imponer”.



El párrafo 4.6 del Manual de Estilo de diario Hoy dispone:



... la crónica se caracteriza porque puede estar presente en ella cierta interpretación del periodista, con los correspondientes razonamientos o explicaciones, pero sin que el periodista solo exprese opiniones personales o meras hipótesis. (El énfasis es del original.)



Como se ha visto, Aguilar no ofreció ni razonamientos ni explicaciones; ofreció únicamente opiniones personales o meras hipótesis, que lo único que podrían demostrar es la mala fe con la que se condujo para la redacción de su supuesta “crónica”.



Ojalá la defensora del lector Ana Angulo haga caso de su excolega y se anime a “defender la verdad”: eso sería, sin duda, velar “por los intereses de los lectores”. Es su turno de intervenir.