La demorada Aerovía

21 de diciembre de 2020


La Aerovía fue una oferta de campaña en el programa de gobierno del candidato Jaime Nebot para el período 2014-2019, cuando postuló para su cuarta Alcaldía. En ese entonces, Nebot ofreció la construcción de la Aerovía, que iba a inaugurarse todavía en su período, el año 2017. Esto no ocurrió: esta obra ofrecida el 2014 concluyó hoy, tres años después de cuando fue ofrecida. Es decir, se demoró el doble.

 

Por supuesto, en el día de su inauguración, nadie en los medios de comunicación masiva ha recordado este hecho. No se menciona que Nebot ofreció la obra para su período de gobierno, ni que su construcción demoró tres años más allá de su fecha proyectada. Estos hechos se ignoran, porque le resulta conveniente a la facción de Nebot (el PSC) que se los ignore. Y se los ignora, porque incluso más que nuestros políticos, que de por sí ya son muy basura, lo peor que tiene la sociedad civil del Ecuador es su periodismo (en particular, el de Guayaquil). Salvo raras excepciones, son tristes mercenarios de las letras, desprovistos de idealismo y prestos a lamer culos. Como los del PSC.  

 

Porque si ni hablar de su demora pueden, decir que la Aerovía es un timo ya es mucha rareza. 

 

Sobre este timo de la Aerovía, v. ‘Cinco reflexiones a partir de una caricatura de Bonil’.

El panecillo y el realismo (mágico)

19 de diciembre de 2020

El Panecillo es un sitio emblemático de Quito, la capital del Ecuador. Allí, el 25 de mayo de 1822, a las dos de la tarde, se arrió la bandera española. O sea, esto:

 

 


Y en su lugar, se izó el tricolor colombiano y Quito dejó de ser parte de un reino europeo y pasó a integrar una naciente república sudamericana. Pero justo es decir que Quito no decidió adónde ir, pues a Quito la fueron a liberar porque era un bastión del realismo en Sudamérica. Y la calle que sube a la cima del Panecillo lo recuerda.

 

Porque, vaya cosa pa’ curiosa, el nombre de la calle que sube a la cima del sitio glorioso donde, simbólicamente, se clausuró el dominio español de estos territorios, no recuerda al general vencedor, el Narizotas Antonio José de Sucre, o a los firmantes del acta que formalizó la independencia de España, los militares Andrés de Santa Cruz y Antonio Morales. No recuerda, tampoco, el episodio libertario: no se llama Calle de la Independencia, o Calle de la Libertad. La calle se llama Melchor de Aymerich, que es llevar el nombre del general español que perdió en la batalla del Pichincha. El amor de Quito por el realismo ha sido tal, que en el recuerdo de sus calles pervive el derrotado. Qué vocación.

 

Trae tu ñata, Toño. La calle que alcanza la cima del Panecillo debería llevar su nombre.

Y ya es cosa del realismo, pero en este caso mágico, el que esta ciudad tan honda, profunda y tartufamente realista, se reivindique a sí misma como la cuna de la libertad de América, con el adefesio falaz aquel del 10 de agosto de 1809 (sobre esto, v. ‘El 10 de agosto de 1809: la celebración de una mentira’, ‘Lo contrarrevolucionario en la ‘Revolución del 10 de agosto’’ (becoming a weirdo)’ y ‘10 de agosto: ‘post hoc, ergo propter hoc’’).

 

Esto ya debería resultar evidente, pues en Quito hasta la calle lo delata.

El panorama sombrío de la historiografía nacional

18 de diciembre de 2020


El 16 de diciembre, en una entrevista en radio RTP 96.5 (la vieja Tropicana), programa ‘Cuarto piso’, el abogado Harry Domínguez le preguntó al historiador Enrique Ayala acerca de las ideas sobre el 10 de agosto de 1809 que lo consideran un movimiento ‘autonomista’ antes que ‘independentista’… Mis ideas a este respecto están muy claras, v. ‘Siglo y medio de miseria y derrotas’, ‘El 10 de agosto no fue obra de canallas’ y ‘Los dos 9 de octubre’.

 

El historiador Ayala, por su parte, ofreció una respuesta algo confusa al abogado Domínguez, pues criticó con adjetivos a los que sostenemos el revisionismo del 10 de agosto (por supuesto, sin especificar a alguien en concreto), balbuceó una conexión entre el 10 de agosto de 1809 y el 9 de octubre de 1820 y omitió toda referencia a acontecimientos históricos. Altisonante y vago, lo suyo fue un gran ‘deje así, deje así’ que de veras confunde, pues no parece una postura condigna a la profesión de historiador.

 

Al día siguiente y por las mismas ondas de la vieja Tropicana, programa ‘Cuarto piso’ entre las 8h30 y 9h30, el mismo Harry Domínguez le preguntó a un historiador guayaquileño, Willington Paredes, sobre el mismo tópico del día anterior. La respuesta de Paredes fue tan certera como desoladora, pues se la puede resumir en el triste e incontrastable hecho de que Guayaquil tiene una élite ‘desilustrada’, que no se interesa por la investigación histórica, teniendo un rico material para hacerlo…

 

Y estas dos conversaciones a día seguido del abogado Domínguez por las ondas de la vieja y querida Tropicana es que pintan de cuerpo entero el panorama sombrío de la historiografía nacional… pues, por una parte, están los que se niegan a reconocer las nuevas narrativas de los estudios históricos sobre la independencia americana de España, como es el caso del historiador Ayala, y por otra parte están los incapaces de producir una revisión histórica, como la élite guayaquileña que, tan angurrienta y palurda como es, es incapaz de reivindicar el rol de la ciudad en la historia nacional a conciencia y con dignidad, debido a su condición de ‘desislutrada’, o sea por palurda, lo que la RAE define como persona ‘rústica e ignorante’, es decir, son eso precisamente.

 

Y es una élite que cree, la pobre, que cambiarle el nombre a un aeropuerto es cosa suficiente cuando lo único que revela es cuán hondo le cala lo de palurda.

La derecha ecuatoriana en su laberinto (part deux)

16 de diciembre de 2020

La facción de derecha de nuestra tormentosa política tenía a mediados del 2020 tres opciones para las elecciones del año venidero, todos aniñados/millonarios guayacos. Su carta principal, el capo di tutti capi de la facción, decidió no participar*. Quedan Álvaro Noboa (si lo dejan) y Guillermo Lasso**.

 

G. Lasso la tiene difícil en esta elección (v. ‘Tres razones para que Lasso sea tercero’). La gran ventaja de Álvaro Noboa sobre Guillermo Lasso es que resulta más difícil vincularlo a Noboa con el Gobierno de Lenin Moreno. Hoy, ni la gente de su movimiento, ni su mentor Larrea, ni nadie, desea asociarse con Lenin Moreno: es el apestado, jediondo a caca, de la política nacional, y se huye de él como de la peste. Pero en la memoria popular, Lasso está asociado a Moreno. ¡Y cómo lo jode!

 

Álvaro Noboa, en cambio, tiene la desventaja de no ser sordomudo. Creo que si se vistiera con una camiseta de mangas largas que le cuelguen de sus bracitos y se comunicara por señas, a la manera de Tontín, al candidato Alvarito le fuera mucho mejor. Así sería un subnormal simpatiquísimo, que por no poder hablar se haría él un favor. Esto, porque el mayor enemigo de este hombre es él mismo, pues en su entusiasta boboalegrismo no puede ni hablar de forma coherente, ni tan siquiera leer un teleprompter.

 

En conclusión, Nebot se dio chapeta, a Lasso lo jode Moreno y Alvarito se marca solo (por no ser un sordomudo). Y es la derecha ecuatoriana en su laberinto, cuya única salida parece ser una derrota si no corre a salvarla el maleable sistema electoral.

 

* Su no participación era previsible, v. ¿La tercera? Y de su no participación, por cierto, surgió el primer laberinto de su facción, v. ‘La derecha ecuatoriana en su laberinto’, y su fracasada solución, v. ‘La tregua’.
** En mi opinión, Isidro Romero es un chimbador para torpedear a Lasso, acusándolo de co-gobiernista. ¡Y cómo lo jode!