10 de agosto: "post hoc, ergo propter hoc".

10 de agosto de 2017

La historia de la independencia del Ecuador del Reino de España suele ser narrada como una gran falacia “post hoc, ergo propter hoc”, que asume que dado que un acontecimiento sucedió después de otro, este segundo acontecimiento es consecuencia del primero. La falacia es muy simple: como el Ecuador se independizó del Reino de España en 1822, los acontecimientos de 1809-1812 fueron su necesario antecedente. Un “primer grito de independencia”, como le suelen decir sin razón.

Ambos episodios, lo sucedido en Quito y alrededores entre 1809 y 1812 y lo sucedido a raíz de la revuelta de octubre de 1820 hasta la batalla del Pichincha en mayo de 1822, responden a lógicas distintas.

En 1820 era claro que se buscaba la independencia del Reino de España. El contexto estaba maduro para ello. El Escudo de Armas de la “Provincia Libre de Guayaquil” no dejó lugar a dudas de esta intención:


Ni tampoco las dejaba el Reglamento Provisorio de Gobierno adoptado el 11 de noviembre de 1820 por la Junta Electoral de Guayaquil presidida por el poeta José Joaquín de Olmedo:

Art. 1.- La Provincia de Guayaquil es libre e independiente…
Art. 2.- La Provincia de Guayaquil se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han de formar en la América del Sur”.

En 1809, la independencia del Reino de España era el ideario de una minoría que nunca prosperó. Los documentos adoptados por la primera junta (de 1809) y por la segunda junta (de 1812) fueron explícitos en su voluntad de pertenecer a la Monarquía Española.

En el Manifiesto del Pueblo de Quito del 10 de agosto de 1809 se dice de este pueblo de Quito que:

“Juró por su Rey y Señor a Fernando VII…”.

Un pueblo que juramenta su sumisión a un Rey no puede nunca reclamar una ruptura con su reino. No hay lógica en ello.

En la Constitución del Estado de Quito del 15 de febrero de 1812 se pone peor:

Art. 5.- En prueba de su antiguo amor, y fidelidad constante a las personas de sus pasados Reyes; protesta este Estado que reconoce y reconoce por su Monarca al señor don Fernando Séptimo, siempre que libre de la dominación francesa y seguro de cualquier influjo de amistad, o parentesco con el Tirano de la Europa [N. del A.: Napoleón] pueda reinar, sin perjuicio de esta Constitución”.

El ideario “autonomista” de los criollos de Quito es evidente en este artículo.

En el caso de la independencia de Guayaquil en 1820, las condiciones eran favorables para adoptar una ruptura total con el Reino de España. En el caso de los hechos del 10 de agosto de 1809, las ideas de una independencia del Reino de España eran una excentricidad. La idea que prevaleció en los aristócratas criollos de Quito (mayoría y beneficiarios directos de esta movida agostina) fue la de hacer una junta “autonomista” de criollos, que reemplace en el gobierno a las autoridades españolas mientras retorne a reinar el Rey de España Fernando VII El Deseado, preso de los franceses.

Así, son dos acontecimientos muy distintos: una revuelta independentista iniciada en la provincia de Guayaquil en 1820 y una revuelta autonomista fracasada en la provincia de Quito entre los años 1809 y 1812. 

Por el extendido uso de la falacia “post hoc, ergo propter hoc” en la construcción romántica de nuestra historia (la prevaleciente todavía: así de pobres somos) se trata de vincular el episodio de 1809 con el episodio de 1820, cuando se parecen tanto como el culo a las témporas.

3 comentarios:

Mauricio Alvarado-Davila dijo...

Para la primer década de 1800, la población del territorio de Quito (la Audiencia de Quito) se consideraba súbdita del rey y feudataria de la Corona española.

El pueblo quiteño (de TODOS los territorios de la Audiencia) vivía, como el resto de los territorios españoles recién convertidos en colonias (a partir de la década de 1760, por medio de las Reformas borbónicas), bajo un sistema de monarquía absoluta: el gobernante de los quiteños era el rey de España. No había república, no había Estado más que el español ni había funciones independientes: toda función de gobierno dependía de la Corona.

Esa gente no conocía otra forma de gobierno: el rey gobernaba, y punto.

En este sentido, y a pesar de que el rey estaba lejos, el pueblo en general vivía las condiciones de una monarquía: reconocía y anhelaba pertenecer al estado noble, o por lo menos a la aristocracia, admiraba e incluso envidiaba a los chapetones (españoles peninsulares que llegaban por diversos motivos, sobre todo para desempeñar funciones administrativas, políticas y militares) y buscaba acceder a todos los beneficios que ofrecían las instituciones castellanas.

En general, estaban conformes con el sistema, pues no conocían otro.

Entonces, ¿qué pasaba si llegaba alguien que, de golpe y porrazo, buscaba la independencia de la Urbe? ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si llega un Hugo Chávez, un Fidel Castro o un Rafael Correa a querer imponernos un sistema "nuevo" que destruya las instituciones tradicionales que conocemos: república, democracia, alternancia, etc. (con todos sus defectos)?... ¿No nos revelaríamos y nos iríamos en contra de los noveleros?

Entonces, lo más conveniente es usar los mecanismos existentes: elecciones, consultas, plebiscitos, enmiendas, etc. Es decir, hay que ir poco a poco..., des-pa-cito.

Entonces, así se fue dando la Independencia de Quito, proceso que se fue fraguando en los Chillos el 25 de diciembre de 1808, que tomó forma en un Gobierno autónomo de tres meses a partir del 10 de agosto de 1809 (al que se adicionaron varias ciudades, como Ambato, el 29 de agosto), que inmoló próceres el 2 de agosto de 1810, que propuso la entrega de la soberanía al pueblo (una idea inconcebible en esos días: el único soberano era el rey) en la Constitución del Estado de Quito de febrero de 1812 (que incluía el mismo tenor de la Constitución de Cádiz, sólo que fue promulgada unos días antes; y ese tenor era el mismo porque el ideólogo fue el mismo: José Mejía Lequerica), que soportó persecuciones y más reguero de sangre en 1813, 1814, 1815, 1816, 1817, 1818, 1819, 1820 (hay cientos de expedientes abiertos en contra de los sediciosos y los patriotas quiteños, desde Riobamba hasta Cali, con complicidad incluso de santafereños), que obtuvo, ¡por fin!, la incorporación de Guayaquil el 9 de octubre de 1820, de Cuenca el 3 de noviembre, de Riobamba y Latacunga el 11 de noviembre, de Ambato el 12... y, así, poco a poco, con batallas perdidas y ganadas, hasta llegar al 24 de mayo de 1822.

Cada uno de esos momentos y de esas acciones constituyen UN ESLABÓN MÁS para el éxito final. No se habría conseguido la Independencia sin la colaboración de Guayaquil..., pero tampoco sin la ayuda de Ambato, de Latacuga, de Ibarra, de Cuenca, de Riobamba...

Pero tampoco se habría conseguido sin el trabajo de CONSTANTE y de hormiga de miles de andinos que trabajaron día tras día desde el 10 de agosto de 1809.

Hay miles..., ¡miles de documentos! que se han publicado en cientos de libros y revistas que atestiguan esas participaciones.

Mauricio Alvarado-Davila dijo...

Asimismo, entre esos miles de documentos, hay aquellos en los que se deja constancia de cómo las tropas que apoyaban al ejército español entre 1809 y 1820 estaban conformadas sobre todo por cuencanos y guayaquileños. Para verificar esto es necesario ir más allá y buscar y leer amplia bibliografía que dirige, como es debido, a los documentos que avalan su asertos. Es decir, no son conclusiones viscerales ni antojadizas, sino con base en registros emitidos sobre todo por las autoridades españolas.

Quien ha hecho el trabajo de investigación ha sido sobre todo el historiador Juan Francisco Morales Suárez, que ha echado mano de archivos de todo el territorio del Ecuador, de Colombia y de España.

Xavier dijo...

En mi opinión, buscar una conexión entre 1809 y 1820 es un error. Son dos momentos distintos, que no se encadenan por chispazos. Sus lógicas corresponden a un período de juntas autonomistas el de Quito (un espíritu impreso incluso en esa Constitución de 1812) y a un proceso independentista en Guayaquil. El error, desde mi punto de vista, es tratar de encontrarle una continuidad a los dos episodios (la paciente construcción de una falacia) cuando si hay que relacionarlos con algo es con el contexto (americano, hispano y europeo) en el que acontecieron. La busca de la continuidad es un permanente cherry picking que lo único que prueba es una nacionalismo chambón.