Eran otros tiempos. Antes, cuando un político
débil e impopular, por esos azares de la vida, llegaba a la Presidencia de la
República, un contrapoder se activaba: el arrecho Congreso, hoy
devenido en una delicada y hospitalaria
Asamblea (no por lo que recibe, pero por lo que reparte).
Eran los años treinta y el Congreso,
fortalecido por la Constitución de 1929, nuestra décima tercera, se encontraba
en el cénit de su poderío. Esta Constitución, según Arízaga Vega en su obra
sobre las asambleas constituyentes, ‘establece
la virtual preeminencia del Legislativo, dándonos una especie de régimen
parlamentario, con votos de censura y de desconfianza a los ministros, pero sin
la facultad al Ejecutivo de disolver las cámaras, requisito esencial de todo
régimen parlamentario.’ (1)
Así estaba el Congreso del 33, olímpico en su
arrechera. Un político de la época, vinculado a las élites económicas de
Guayaquil y elegido en circunstancias sospechosas, Juan de Dios Martínez Mera, estaba
de Presidente del Ecuador desde diciembre de 1932 (2). El Presidente de la Cámara de Diputados, Velasco Ibarra, el
15 de agosto de 1933, resumió su oposición a este Presidente: ‘su gobierno se basaba en el fraude
electoral; había perdido todo respaldo político y popular, dando lugar a
desórdenes y descontento; no había hecho nada para aliviar la desastrosa
situación económica; y la posición internacional del Ecuador se había
deteriorado’.
Ese mismo día se presentó una moción en el
Congreso, la que resultó aprobada por 49 votos a 22. La moción fue la
siguiente:
‘El Congreso de la República del Ecuador
deplora hondamente que el Poder ejecutivo por carecer de favor y base
democrática, y por ineficacia administrativa no haya resultado ninguno de los
angustiosos problemas que han intranquilizado a la Nación ecuatoriana, y, en
consecuencia, hace votos porque el señor Presidente de la República, con un
gesto de patriotismo, abra los cauces democráticos para una nueva, libre y
espontánea manifestación del querer nacional’.
¡Esto es un Congreso PLGP! Además, esa frase ‘abra los cauces democráticos’ es
chepísima. Tomando en cuenta que es ‘del
querer nacional’, es casi erótica.
Dos meses y monedas después de aprobada esta
moción, el Congreso destituyó al Presidente Martínez Mera. Si esto hubiera
pasado con el Presidente Mojón Moreno
nos habríamos ahorrado algunos años de soportar a este idiota profundo que
malvive en Carondelet.
Pero esos eran otros tiempos. Esta Asamblea
estuvo más atenta al nuevo reparto disfrazado de feroz ‘anti-correísmo’ (eso del anti-correísmo
es efusión de sangre en el teatro, es para divertir a la gilada). La Asamblea actual nunca
tuvo el afán de protagonismo del arrecho Congreso de 1933 (el líder del
derrocamiento, Velasco Ibarra, fue el siguiente Presidente Constitucional
elegido por la voluntad popular en las elecciones de ese mismo año), pues a
esta Asamblea le gustó medrar a la sombra de un gobierno impopular, obligado al
reparto para (malamente) subsistir.
¡Salud al Congreso arrecho del 33! (3)
(1) Arízaga
Vega, Rafael, ‘Las Constituyentes’,
Editorial Fraga, Quito, 1998, p. 159. Todas las citas en el texto corresponden
al capítulo VII de este libro, ‘la transformación de Julio y la inestabilidad
política posterior’.
(2) Como
lo describe Norris, en su biografía de Velasco Ibarra: ‘El número de votantes sobrepasó en unos 20.000 al de las elecciones
anteriores y un hombre impopular entre las masas había ganado con una mayoría
enorme. No quedaba duda de que había fraude.’, v. Norris, Robert, ‘El gran ausente. Biografía de Velasco Ibarra’,
Tomo I, Ediciones Libri Mundi, 2004, Quito, p. 147. Martínez Mera fue el
candidato oficialista en las elecciones presidenciales de 1932, en un país en
el que las elecciones las solía ganar el candidato oficial. Martínez Mera fue
el primer Presidente cesado por el Congreso Nacional, hecho que no volvería a
repetirse hasta la destitución de Abdalá Bucaram en febrero de 1997. Las
siguientes citas hechas en el texto corresponden al libro de Norris, pp. 151-152.
(3) Cachondeo aparte, el Congreso ecuatoriano durante la vigencia de la Constitución
de 1929 produjo una invariable inestabilidad política: ninguno de los presidentes
elegidos por la voluntad popular (que fueron cuatro) terminó su período de
gobierno. Pero la plena que estas ganas de bajarse a un Presidente se las
hubiera agradecido en estos aciagos tiempos del Mojón Moreno.