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La caída

19 de diciembre de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 19 de diciembre de 2025.

El 17 de diciembre de 1819 empezó, en Angostura, el largo camino para la forja de un Estado gigante de dos millones y medio de kilómetros cuadrados, con salida a dos océanos y riquezas sin cuento, de nombre República de Colombia (apodada “la Gran”). Aquel día, a instancias del Presidente Simón Bolívar, el Congreso reunido en Angostura decidió crear por una ley la República de Colombia. Su artículo primero decía: “Las Repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada quedan desde este día reunidas en una sola bajo el título glorioso de República de Colombia”. 

Se quería una Constitución para esta República de Colombia: entre mayo y octubre de 1821 se reunieron en la Villa del Rosario de Cúcuta 57 representantes de Venezuela y la Nueva Granada para su aprobación (sin figurar entre estos representantes ningún quiteño, cuencano o guayaquileño, pese a lo cual sus territorios fueron agregados a Colombia). La Constitución de Cúcuta se aprobó el 30 de agosto y su Ejecútese lo puso el Presidente Bolívar el 6 de octubre.

La República de Colombia regida por la Constitución de Cúcuta estaba compuesta por los distritos Norte, Centro y Sur, correspondientes a las actuales Venezuela, Colombia y Ecuador. Esta Constitución rigió hasta la dictadura de Bolívar en 1828 y se extinguió de manera definitiva en 1830. 

Aquel año 1830 se trizó el sueño bolivariano, y faltando catorce días para acabarse el año, se murió el propio Bolívar. Desde 1830, cada distrito colombiano se fue por la suya.

En el Distrito del Norte (la capitanía general de Venezuela) se convocó el 13 de enero de 1830 a un Congreso Constituyente en Valencia. Su resultado fue la primera Constitución de Venezuela, en vigor desde el 24 de septiembre. Venezuela vivía un ambiente antibolivariano, al punto de que se supeditaron las conversaciones diplomáticas con Colombia a que Bolívar no se encuentre en territorio colombiano.

En el Distrito del Sur (la Audiencia de Quito, o mejor dicho, una porción de ella) se convocó el 31 de mayo a un Congreso Constituyente en Riobamba, donde era equidistante para las tres capitales de los departamentos (Ecuador, Guayaquil, Azuay) que componían el distrito. Su resultado fue la primera Constitución del Ecuador, en vigor desde el 23 de septiembre. En el Ecuador se invitó a Bolívar a que venga a gobernar estos territorios, pero Bolívar no aceptó.

En el Distrito del Centro (el virreinato de la Nueva Granada, incluyendo una porción de la Audiencia de Quito) se realizó en 1830 un Congreso en Bogotá (convocado por Simón Bolívar el 24 de diciembre de 1828) que dictó una nueva Constitución, en vigor desde el 5 de mayo.

Así, en 1830 cada distrito de la Gran Colombia tomó su propio camino y armó su propia Constitución. Murió el sueño bolivariano y toma sentido, entonces, la célebre frase de Simón Bolívar, escrita al final de sus días: “el que sirve una revolución, ara en el mar”.

Murió Bolívar en Colombia (cuando ya no era “La Gran”), en las cercanías de Santa Marta, el 17 de diciembre de 1830. Once años exactos después de haber empezado en Angostura, como el flamante Presidente de una Colombia gigante, el recorrido de un largo camino para ver finalmente trizado su sueño y morir decepcionado.  

La Cenicienta de Colombia

12 de diciembre de 2025

            Publicado en diario Expreso el viernes 12 de diciembre de 2025.

El historiador David Bushnell, en un libro de historia de Colombia (“Colombia. Una nación a pesar de sí misma”), define la situación del Ecuador como parte de la República de Colombia (1822-1830): “Ecuador era en realidad la Cenicienta de la Gran Colombia: ningún ecuatoriano había ocupado un puesto importante a escala nacional, no había ninguno que fuese general e incluso eran escasos sus coroneles”.  

A este Ecuador no le fue preguntado si quería pertenecer a la República de Colombia. Es necesaria una aclaración: decir “Ecuador” es decir un anacronismo porque “Ecuador”, como Estado, surgió recién en 1830. Lo que se integró a la República de Colombia en 1822, fue la Audiencia de Quito. El Congreso Constituyente celebrado en Cúcuta en 1821, que aprobó la creación de la República de Colombia, decidió que el territorio de la Audiencia de Quito pertenecía “naturalmente” al Virreinato de Nueva Granada. En este Congreso no participó ningún “ecuatoriano”. 

El artículo 6 de la Constitución de Cúcuta dispuso que el territorio de Colombia comprendía “el antiguo virreinato de la Nueva Granada y Capitanía General de Venezuela”. Y especificó, en su artículo 7, que los pueblos de esos territorios “que están aún bajo el yugo español, en cualquier tiempo en que se liberen, harán parte de la República”. 

Después de la entrada en vigor de la Constitución de Cúcuta, Quito y Cuenca fueron liberadas por tropas comandadas por el venezolano Antonio José de Sucre y empezaron a formar parte de la República de Colombia. El caso de Guayaquil era muy distinto, porque ella se había independizado y estaba administrada por un gobierno republicano desde 1820, antes de la entrada en vigor de la Constitución de Cúcuta. Además, no le debía su independencia ni a colombianos ni a peruanos. Por eso, la provincia de Guayaquil quería decidir su destino en libertad, a través de sus representantes reunidos en Colegio Electoral. 

Pero como explica el historiador Bushnell: “Bolívar, que había asumido el control de la sierra ecuatoriana, no podía permitir que la costa tuviera una capacidad de decisión libre y por eso prevaleció la anexión a la Gran Colombia”. Así se la integró a la Audiencia de Quito a la República de Colombia: sin contar con su voluntad, o incluso, en contra de su voluntad. 

Durante este período colombiano, en 1824, el Congreso de Colombia aprobó una Ley de División Territorial. Cuando el Distrito del Sur (es decir, lo que sería el Estado del Ecuador) se separó de la República de Colombia en 1830, se perdió buena parte de la Audiencia de Quito (una enorme extensión de territorio al norte del río Carchi, hasta Popayán), porque se quedó como parte de Colombia. El Estado del Ecuador quiso recuperar ese territorio a través de una guerra ocurrida en 1832, pero perdió. Y las cosas quedaron según la Ley de 1824.

A la Audiencia de Quito se la integró a la República de Colombia sin contar con su voluntad, o incluso, en contra de su voluntad; durante su permanencia, se la trató como a una Cenicienta sin opción a baile real; finalmente, tras su salida, perdió una importante porción de territorio. 

Así nació el Estado del Ecuador: un territorio muy desmejorado tras su paso por Colombia.

El Ecuador en sus orígenes: ir por lana y salir trasquilado

11 de septiembre de 2020


El drama del ‘Estado del Ecuador’ en sus inicios era que quería ser colombiano. Estaba inscrito en su escudo de armas, así: ‘El Ecuador en Colombia’. Y esas mismas palabras se incorporaron en el Gran Sello del Estado, ‘por unanimidad y aclamación’ de los Diputados, según se acordó en la sesión nocturna del Congreso Constituyente del Estado del Ecuador celebrada el 21 de septiembre de 1830. 

La Constitución que se aprobó en dicho Congreso Constituyente, la primera del Estado ecuatoriano, especificó claramente el tipo de vínculo que el nuevo Estado deseaba establecer con su Estado vecino del Norte. En su artículo 2, dentro de la sección ‘De las relaciones políticas del Estado del Ecuador’, se leía: ‘El Estado del Ecuador se une y confedera con los demás Estados de Colombia para formar una sola Nación con el nombre de República de Colombia’.

De esta manera, la propuesta del Ecuador era que la República de Colombia pase, de haber sido un Estado centralizado dividido en tres Distritos, a ser un Estado confederado compuesto por tres Estados independientes. El drama del Estado del Ecuador fue que ni Colombia, ni nadie, tomó en serio su propuesta.

Y fue la Colombia a la que el Estado del Ecuador aspiraba a unirse, la que le marcó límites al nuevo Estado en el ‘Tratado de Pasto’ firmado el 8 de diciembre de 1832. Por este documento, Colombia le impuso unos límites al Norte que subsisten hasta la fecha y que produjeron dos consecuencias: 1) Terminaron, de manera definitiva, con el temprano anhelo ecuatoriano de unirse a Colombia, y, 2) Determinaron la pérdida, también definitiva, de Pasto, Popayán y Buenaventura, territorios ancestralmente vinculados con Quito y sometidos a su jurisdicción en materia de justicia*. 

Los dos primeros artículos del ‘Tratado de Pasto’ reconocen la nueva estatalidad independiente surgida de la partición de la llamada ‘Gran Colombia’ y los límites que a esta nueva realidad le corresponden:

‘Art. 1.- Los Estados de la Nueva Granada i del Ecuador se reconocen i respetan i se reconocerán i respetarán recíprocamente como Estados soberanos é independientes.’

Art. 2.- ‘Los límites entre los Estados de la Nueva Granada i del Ecuador, serán los que conforme á la lei de Colombia de veinticinco de junio de mil ochocientos veinticuatro separaban las provincias del antiguo departamento del Cauca de el del Ecuador, quedando por consiguiente incorporadas á la Nueva Granada las provincias de Pasto i la Buenaventura, i al Ecuador los pueblos que están al sur del rio Carchi, línea fijada por el artículo veintidos de la espresada lei, entre las provincias de Pasto é Imbabura.

De resultas del ‘Tratado de Pasto’, Colombia (en el texto, Nueva Granada, que es el alias con el que operó Colombia entre 1831 y 1858) impuso su ley interna de 1824 y se quedó con todo el territorio al norte del río Carchi. 

Lo triste de esta historia es que, en sus orígenes, el pobre Ecuador había deseado unirse a Colombia pero que, muy lejos de aceptar la propuesta, su Estado vecino del Norte le pegó una buena trasquilada. Y fue así, roto ya su anhelo y mermado en su territorio, que el fallido Ecuador empezó su torpe andadura en el ‘concierto de las naciones’.

* A juzgar por el saldo de 190 años, de buena se libraron.

El origen de Manabí (los desgajos a Guayaquil)

21 de julio de 2019


La Provincia de Guayaquil perteneció siempre a la Audiencia de Quito, que fue una de las tantas jurisdicciones para impartir “justicia” que tuvo el Reino de España en sus dominios americanos.

La jurisdicción política (a la que también estuvo sujeta la Audiencia de Quito, como la Audiencia subordinada que era) sí que cambió en el curso de los años. Primero, desde su fundación Guayaquil perteneció a jurisdicción peruana (primero a la Gobernación de Nueva Castilla cuando se la fundó en 1534, desde 1542 al Virreinato del Perú). Luego perteneció al Virreinato de Nueva Granada, cuando el Rey Felipe V creó por primera vez esta jurisdicción en 1717, pero cuando ese mismo Rey lo eliminó en 1723, Guayaquil volvió a ser parte del Perú. Pero luego Felipe V volvió a crear el Virreinato de Nueva Granada en 1739 y Guayaquil volvió a ser neogranadina desde entonces.

Eran, sin embargo, malos tiempos para ser un puerto en el Pacífico Sur administrado desde los Andes centrales, en una lejana Santa Fé (hoy, Bogotá, AKA “Drogotá”). Las necesidades militares (la defensa de los ataques ingleses por el mar) requerían de una asistencia más inmediata y efectiva, y por esto se terminó por desgajar a la provincia de Guayaquil de la jurisdicción de la Nueva Granada, a favor (de nuevo) de la jurisdicción peruana. Por Cédula Real de 1803, se ordenó que Guayaquil se adscriba formalmente a Lima tanto en la jurisdicción militar como en la comercial.

En 1809, cuando se llevaron a cabo las primeras elecciones en América a fin de elegir a los representantes a la Junta Central en la Península, Guayaquil votó en la jurisdicción del Perú (a la que también pertenecía Cuenca) mientras que Quito votó en la de Nueva Granada. Así, la subordinada Audiencia de Quito estaba partida entre los dos virreinatos que la limitaban por el Norte y el Sur, y así se mantuvo la situación hasta la independencia.

Cuando Guayaquil se independizó en 1820, lo hizo frente a fuerzas venidas del Perú (los batallones cuzqueños, cuyos segundones americanos fueron los que le pusieron precio a su traición –ellos, y el español Torres Valdivia). Mientras que cuando se la independizó a Quito en 1822, los refuerzos eran del Norte. Al final, fue cosa de pura geografía. Es de destacar que, en todo este tiempo, todavía no existía formalmente Manabí.

Cuando se liberó a Quito tras la batalla en las faldas del volcán Pichincha, no se lo liberó a fin de que se administrara por sí mismo: se lo hizo a fin de integrarlo a una entidad mayor que había sido creada en una Constitución adoptada en Cúcuta en 1821 sin la opinión de los quiteños*: esa entidad se llamó “República de Colombia” AKA “La Gran Colombia”, (dis)funcional entre 1819-1830.

En esta República de Colombia temprana a la que se integró a las provincias de Quito, de Cuenca y de Guayaquil (esta última manu militari, vía 3.000 soldados acantonados en ella), a su conjunto se lo llamó “Departamento del Ecuador” y tenía a Quito por capital. Esta situación demoró hasta el año 1824, cuando el Congreso de la República de Colombia dictó la Ley de División Territorial por la que dividió a la República de Colombia en tres distritos (“Norte”, “Centro” y “Sur”) y el llamado “Distrito del Sur”, lo dividió en tres Departamentos: Ecuador, Guayaquil y Azuay. Así, este nombre “Ecuador”, de cuño colombiano, de representar a un vasto Sur de un gran país, pasó a representar a la Sierra Norte dentro de un Distrito sureño, en el que la Costa era mayoritariamente guayaquileña (salvo Esmeraldas, que era del “Ecuador”) y la Sierra Sur y una vasta porción de selva amazónica eran del Azuay.  


Pero en esta Ley colombiana de 1824, aprobada en una fría Bogotá (exSanta Fé), es que nació la provincia más bacán del Ecuador: Manabí. Así, como el nombre “Ecuador”, Manabí es una invención colombiana, que quedó para este Ecuador que tardaría hasta su Constitución de 1835 (adoptada en la fría Ambato) para convertirse en República.

Pero también: este parto de Manabí en 1824 fue la primera merma grave para el territorio de la provincia de Guayaquil (luego Guayas), que se lo había mantenido casi sin variantes mientras Guayaquil perteneció al Reino de España, ora en la jurisdicción novograndina, ora en la peruana.

Ya como parte de la República del Ecuador, del territorio original de la provincia de Guayaquil (descontada ya Manabí) se desgajaron otras tres provincias: Los Ríos en 1860, El Oro en 1884 y Santa Elena en 2007. Es de notar que esas tres desmembraciones ocurrieron en gobiernos de sendos presidentes guayaquileños: García Moreno, Caamaño, Correa.

Pero es claro e incontestable que de todas las provincias creadas en el Ecuador hasta sumar 24, incluido el mismísimo archipiélago de Colón o Galápagos, Manabí es la mejor. Gracias, Colombia.

* Por “quiteños” denomino a los habitantes de la Audiencia de Quito, por lo tanto incluye a guayaquileños y cuencanos.

Los desgajos a la "Provincia de Guayaquil"

8 de mayo de 2019


Por la expedición en Bogotá de la Ley de División Territorial de la República de Colombia el 25 de junio de 1824, la antigua “Provincia de Guayaquil” sufrió una merma considerable: se la ascendió a la categoría de “Departamento” (que mantuvo hasta 1861) a fin de cómodamente desgajar de su seno a una nueva provincia, “Manabí”.

Esta Ley colombiana, a su vez, subdividió a la Provincia de Guayaquil en seis (6) cantones: Guayaquil (su capital), Daule, Babahoyo, Baba, la Punta de Santa Elena (por muchísimos años conocida como “La Punta”, denominación hoy perdida) y Machala. Estos seis (6) cantones conformaron la “Provincia de Guayaquil” cuando se creó el Estado del Ecuador en 1830 (compuesto por tres departamentos y siete provincias)* por la sencilla razón de que nuestro Congreso Constituyente dictó un decreto que disponía que no se haga nada al respecto: el “Decreto disponiendo que no se haga alteración en los límites de las parroquias y cantones”, suscrito el 28 de septiembre de 1830.

Ya como provincia ecuatoriana, el siguiente desgajo sufrido por la Provincia de Guayaquil ocurrió en 1860 durante el primer gobierno del guayaquileño Gabriel García Moreno§ (1821-1875) cuando se creó una nueva provincia llamada originalmente “Ríos” (como el sabroso puesto de encebollados de Urdesingue), con capital en la ciudad de Santa Rita de Babahoyo (oficial desde 1869). García Moreno también es responsable de cambiar el histórico nombre de “Provincia de Guayaquil”, pues desde la “Lei sobre División Territorial” dictada a inicios de su primer gobierno, en mayo de 1861, se empezó a llamar “Provincia del Guayas” (de hecho, “del Guáyas”).

Durante el gobierno presidencial de otro guayaquileño, José María Plácido Caamaño (1837-1900), fue que se procedió al siguiente desgajo, en la Ley sobre División Territorial de 1884: la “Provincia de El Oro” emergió del territorio de la Provincia del Guayas, al menos en su franja costera. Y quedó así, a fines del siglo XIX, configurado ya el mapa de la República del Ecuador con las cinco provincias costeras que yo conocí en la escuela: Esmeraldas (siempre adscrita a la administración de Quito y que se convirtió en provincia en 1861), Manabí (1824, creada por Colombia), Los Ríos (1860), El Oro (1884) y Guayas.  

Pasó entonces más de un siglo (123 años) hasta que en el 2007, durante el gobierno de otro presidente guayaquileño, Rafael Correa (1963), la Provincia del Guayas sufrió el último desgajo de su territorio cuando se desprendió de ella a la “Provincia de Santa Elena”, con capital en la antigua “La Punta” (es decir, Santa Elena). Este es el tercero de los seis cantones originarios de la provincia en 1830, que se han provincializado. Y es de notar que todos ellos se provincializaron en períodos de Presidentes guayaquileños: García Moreno, Caamaño y Correa.

Y de esos seis cantones originarios de 1830 ya quedan apenas dos: Guayaquil, y su conurbana Daule. Baba también es cantón, pero perteneciente a la Provincia de Los Ríos, la antigua “Ríos” (como el man de Urdesingue).

* Las siete provincias del Ecuador de 1830 fueron Guayaquil y Manabí (región costa), e Imbabura, Quito, Chimborazo, Azuay y Loja (región sierra). Este diseño colombiano se mantuvo hasta la aprobación de una nueva “Lei sobre División Territorial” en 1861, durante el primer gobierno del presidente Gabriel García Moreno.
§ El más guayaco de nuestros presidentes, porque nació en diciembre de 1821 y frente a la ría, cuando Guayaquil era una pequeña república independiente de la América del Sur.
Luego en 1884, se segregaría una parte de esta Provincia para conformar la Provincia de “Bolívar”, hoy una provincia serrana de la que buena parte de su territorio estuvo, durante el largo período de gobierno español, dentro de los confines de la Provincia de Guayaquil.

Bolívar es servicio

12 de febrero de 2019


Cuando una unión de los ejércitos libertarios del Norte y del Sur de la América meridional vencieron en Pichincha para secesionar del Reino de España a la porción que restaba por libertar de la Audiencia de Quito, no lo secesionaron para que Quito se administre por sí misma. En 1822, a Quito la quitaron del Reino de España para integrarla a la República de Colombia, una decisión en la que los quiteños tuvieron poca parte. El acta de capitulación de Quito del 25 de mayo de 1822 la firmaron Francisco González y Manuel María Martínez de Aparicio por los vencidos, mientras que por los vencedores la firmaron Antonio Morales y Andrés de Santa Cruz, un rolo y un altoperuano, respectivamente. La suerte de Quito la decidieron otros distintos a sus nativos.

Una vez desprendida de la monárquica España, la primera autoridad republicana que Quito conoció fue la del caraqueño Simón Bolívar, el Presidente de una Colombia de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados, con salida a dos océanos y riquezas sin cuento. Desde 1822, Quito se convirtió en uno de los departamentos que conformaron a “La Gran Colombia”.

Con el paso del tiempo, El Libertador se llegó a forjar una pésima opinión de estos nuevos administrados. En una misiva de febrero de 1824, Simón Bolívar le escribió a Santander que Quito era “el espejo del egoísmo” y que los quiteños eran “los más perversos, infames y canallas de todos”.

Ese mismo año, Bolívar le había escrito a Santander (a la sazón, Presidente encargado) que “los quiteños son los peores colombianos”. No era una idea nueva: “siempre lo he pensado”, admitió el Libertador, quien también juzgaba necesaria una mayor represión a los quiteños: “se necesita un rigor triple que el que se emplearía en otra parte”. Los acusó de ser “viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo”.

Luego Bolívar se puso racial. De los indios de Quito dice que “son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe”. Lapidario, el Bolo. ¿Y los blancos? Pues para Bolívar, “tienen el carácter de los indios”. Y así, nadie, o casi nadie, se salva del desprecio bolivariano en la capital más antigua de la América meridional.

Y justo es decir “casi”. Pues Bolívar, de Quito, toma a la mujer y pasa del resto.

La primera autoridad republicana en la historia de Quito marcó el derrotero del forastero.

Las batallas de Ibarra como control de insubordinaciones

21 de diciembre de 2018


San Miguel de Ibarra, la ciudad blanca, registró dos batallas en sus alrededores durante la época de la independencia americana del Reino de España. Estas dos batallas fueron parte de momentos de cierre de ciclos de lucha, que tienen un hecho en común: las dos batallas sirvieron para aplacar las insubordinaciones internas de Estados, pero ninguno de esos dos Estados fue el ecuatoriano.

La primera batalla de Ibarra sucedió en 1812, entre el 27 de noviembre y el 1 de diciembre, cuando las fuerzas del español Toribio Montes derrotaron a las fuerzas insurgentes de Quito que comandaban Carlos Montúfar y Francisco Calderón. Vencida esta insurgencia que buscó, sin éxito, una mayor autonomía para la jurisdicción que gobernaba Quito (la Sierra centro-norte) dentro del imperio español de Ultramar, reinó en Quito una calma casi ininterrumpida hasta la batalla del Pichincha en 1822.

La segunda batalla de Ibarra sucedió en 1823. Allí, el 17 de julio, el Ejército colombiano a cargo de Simón Bolívar derrotó a las fuerzas insurgentes de Agustín Agualongo. Para esta época, la agregación de los territorios de Quito, Cuenca y Guayaquil a Colombia, con el nombre del Distrito del Sur, estaba ya consumada (habían triunfado en las faldas del volcán Pichincha las fuerzas conjuntas de Bolívar y San Martín + el decisivo apoyo de la legión británica). Pero el naciente país enfrentaba un riesgo: la insurgencia de los pastusos al norte de Quito, la capital del Distrito del Sur de la Colombia que Simón Bolívar presidía (un país que comprendía los que hoy son Colombia, Venezuela, Ecuador, Panamá y partes de Costa Rica y Brasil). Para julio de 1823 el Presidente Simón Bolívar andaba por Quito en la grata compañía de Manuela Culea cuando asomó este riesgo y él viajó a conjurarlo en la única batalla (de las nueve que conforman el ciclo independentista de la que es hoy la República del Ecuador) que él dirigió en el territorio que sería del Ecuador unos años después. Bolívar fue a Ibarra a aplacar una “insubordinación” en la República de Colombia: fue a resolverlo por la espada, en persona. Y ganó.

Kramer disfrazado de Bolívar. Obra de Hugo Chávez.

Las dos batallas de Ibarra se diferencian en varias cosas: la de 1812 cerró el período de insurgencia por un mayor autogobierno de Quito dentro de una antigua monarquía, mientras que la de 1823 contribuyó a concluir un período de insurgencia dentro de una nueva república. En la batalla de Ibarra de 1812 triunfaron los realistas, mientras que en la batalla de 1823 perdieron los realistas. Sin embargo, ambas batallas tiene un elemento en común: la batalla de 1812 concluyó una insubordinación interna de una provincia ecuatorial del Reino de España, acaecida entre 1809-1812; la de 1823, aplacó una insubordinación interna en el Distrito del Sur de la naciente República de Colombia.

Son dos batallas sucedidas en una ciudad hoy ecuatoriana, que curiosamente no se libraron por la República del Ecuador.

El sol de Fernández-Salvador

23 de mayo de 2018


El Escudo de Armas que el naciente Estado del Ecuador tuvo a partir de 1830 era casi una copia del Escudo de Armas que habíamos tenido como parte de la Gran Colombia. Dicho Escudo de Armas había sido adoptado durante el Congreso de Cúcuta de 1821, sin la participación del Ecuador, pues este territorio (mejor dicho, el territorio que era de la Audiencia de Quito) se unió a la Gran Colombia recién el año siguiente, tras la Batalla del Pichincha de mayo de 1822.



Uno de los principales añadidos del escudo del naciente Estado ecuatoriano es el sol. Su incorporación fue obra del Presidente de la Convención Constituyente celebrada en Riobamba en 1830, el abogado quiteño José Fernández-Salvador (1775-1853). Fue él quien en la sesión del 17 de septiembre, con el apoyo del representante por Guayaquil, el venezolano León de Febres-Cordero, sumó el sol al diseño de Cúcuta (1).

Dos días después, un órgano que se llamaba a sí mismo “Congreso Constituyente del Estado del Ecuador en la República de Colombia” dictó la siguiente “LEI”:

Art. 1º. Se usará en delante de las armas de Colombia, en campo azul celeste con el agregado de un Sol en la equinoccial sobre las fasces, i un lema que diga EL ECUADOR EN COLOMBIA.
Art. 2º. El gran sello del Estado, i sellos del despacho tendrán grabado este blasón (2).

Y con esta “Lei” empezó su andadura el sol, contribución de Fernández-Salvador. Es el único rasgo distintivo que se ha conservado en todos los varios escudos que ha tenido el Ecuador desde que se fundó como Estado independiente en 1830.

(1) Sosa, Rex, El escudo de armas del Ecuador y el proyecto nacional, Corporación Editora Nacional, Quito, 2014 [Universidad Andina Simón Bolívar, Serie Magíster, V. 161], p. 22. De este trabajo se toman las imágenes para esta entrada.
(2) Ibíd., p. 23.

Aves y república

8 de agosto de 2017

Se puede decir que mientras ha habido aves en nuestro Escudo de Armas, ha habido (formalmente) república en el Ecuador. Tanto la representación de las aves en el Escudo como el atributo de república para este territorio provienen de un mismo año y de una misma convención: la celebrada en la ciudad de Ambato el año 1835 (1).

Entre 1830 y 1835 hubo un Escudo de Armas que esencialmente reprodujo aquel de la Gran Colombia (adoptado en el Congreso de Cúcuta de 1821), cuyo diseño se lo atribuye a José Fernández-Salvador, el presidente de nuestra primera convención constituyente, celebrada en Riobamba entre el 14 de agosto y el 28 de septiembre del año 1830 (2). Esta convención dio origen al Ecuador como un Estado independiente, mas no como república. Este último atributo le correspondía a Colombia porque Ecuador era, apenas, el “Estado del Ecuador en la República de Colombia”.

El Escudo de Armas entre 1830 y 1835. Nunca más volvería a no tener aves, desde lo decidido en Ambato.

Llegó 1835 y la segunda convención en Ambato. Desde entonces se colocaron dos aves en nuestro Escudo (en su descripción se aclara que eran “águilas”, no cóndores: esta ave de rapiña se enseñoreó en nuestro Escudo a partir de 1843) y se adoptó, por vez primera, el nombre de “República del Ecuador”.  

(1) Esta convención escogió al primer Presidente Constitucional nacido en el territorio del Ecuador, Vicente Rocafuerte.

Damián Medina

6 de agosto de 2017

En un misal de mi abuela encontré un recuerdo de la primera comunión de un tío suyo, Damián Medina Vallejo. Este Damián era hijo de otro Damián Medina, hijo a su vez de otro Damián Medina, nacido en Ciudad de Panamá el año 1825, cuando Panamá (el “Departamento del Itsmo”) y Guayaquil (el Departamento de Guayaquil”) pertenecieron ambas a la efímera Gran Colombia (1819-1830).


El detalle pintoresco de este recuerdo de primera comunión es que se celebró el domingo 6 de agosto de 1911 (un día tal como hoy, hace 106 años) en la “capilla del colegio CRISTÓBAL COLÓN”. Y dado que el Cristóbal entró a funcionar el 28 de mayo de 1911, apenas 70 días antes de esta ceremonia celebrada en su capilla, creo que es un recuerdo de la primera vez que se celebró una Primera Comunión en el Cristóbal Colón*.

* Imposible confirmarlo en los archivos de la institución porque solo conservan datos de las primeras comuniones desde 1999 (88 años más tarde).