Escobedo, corrupto y traidor

27 de mayo de 2022

 

            Publicado en diario Expreso el 27 de mayo de 2022.

 

Se puede decir que la guayaquileña calle Escobedo recuerda a un tipo que, siendo el capitán de una compañía de un batallón realista, aceptó un pago para apoyar una revolución contra la Monarquía tras la cual se convirtió en el Jefe Militar de Guayaquil y, en tal condición, abusó de sus facultades y de los recursos públicos hasta que fue expulsado de la ciudad por corrupto y por traidor. Así las cosas, la calle Escobedo resulta un homenaje que Guayaquil le rinde a la corrupción y la traición.

 

El militar peruano Gregorio Escobedo había sido un defensor de la Monarquía hasta antes de la revolución de octubre, pero un pago oportuno lo persuadió de apoyar a los revolucionarios. Triunfante la casi incruenta revolución el 9 de octubre de 1820, el militar Escobedo fue ascendido a coronel y ocupó el cargo de Jefe Militar de la ciudad. El Cabildo lo escogió Presidente de la Junta de Gobierno y Jefe Civil de Guayaquil a José Joaquín de Olmedo, pero él renunció a los seis días por la conducta que había demostrado el Jefe Militar. Tras su renuncia, el Cabildo lo escogió a Escobedo en reemplazo de Olmedo. Por unos días de octubre y noviembre de 1820, Escobedo reunió en sí la jefatura militar y civil de Guayaquil.

 

José Joaquín de Olmedo denunció la conducta del peruano Escobedo al general José de San Martín, que entonces se encontraba en el Perú. En carta del 22 de noviembre de 1820, Olmedo le explicó la conducta abusiva y corrupta de Escobedo en Guayaquil, pues desde el primer día Escobedo metió presos ‘a todos los europeos sin distinción, y encerrándolos en un pontón estrecho, se echó sobre sus bienes, los cuales no entraron en los fondos públicos. Más de ochenta europeos fueron remitidos al Chocó, y sus propiedades ocupadas han desaparecido’. Por el desvío de los recursos públicos que hizo Escobedo, le decía Olmedo a San Martín: ‘La escasez de nuestro erario merece el nombre de verdadera miseria…’.

 

Olmedo también le denunció al general San Martín que era Escobedo un traidor a la causa de los americanos, por haber ‘conspirado contra este país [Guayaquil], preparando la fuerza armada para atacar la Representación de la Provincia. […] Se decía que no era el amor de la Patria ni de la Independencia el que había hecho tomar una parte activa en la transformación de este país, y sí sólo la sed de atesorar, la ambición de mando, y el ansia de salir del estado miserable a que le había reducido su conducta anterior’. Esta era una alusión velada de Olmedo a la participación de Escobedo en la revolución motivado por un incentivo puramente material.

 

Olmedo no se dejó y actuó. Él logró que se convoque a un Colegio Electoral de los representantes de la provincia de Guayaquil (una jurisdicción costera que abarcaba de Manabí a El Oro y que contaba con 57 representantes) el que, reunido del 8 al 11 de noviembre de 1820, adoptó el Reglamento Provisorio de Guayaquil y creó una Segunda Junta de Gobierno que reemplazó a Escobedo por Olmedo como Presidente de la Junta de Gobierno. Escobedo fue inmediatamente apresado y exiliado a Chile. Nunca más volvió a pisar Guayaquil.

 

Nacido en Arequipa el 9 de mayo de 1795, Gregorio Escobedo encontró la muerte en Cusco, el año 1836.

Aymerich y un amor tóxico

20 de mayo de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 20 de mayo de 2022.

 

Melchor de Aymerich es quien en calidad de Comandante Militar de Cuenca reprimió a la Junta de Quito formada el 10 de agosto de 1809, uno que guerreó y se hizo Mariscal luchando contra las tropas quiteñas hasta exterminarlas, el que fuera el último representante del rey de España en el territorio de Quito. También Aymerich es el general que perdió la batalla del Pichincha y quien entregó estos territorios a la potencia emergente en la región, la República de Colombia. Esto, formalmente, ocurrió a las dos de la tarde del 25 de mayo de 1822, en la cima del Panecillo. Ese día y a esa hora se arrió la bandera española para izar el tricolor colombiano.

 

A Quito le fue muy mal durante los tiempos colombianos. Bolívar la detestaba. Escribió en una carta a Santander, fechada en Pativilca el 7 de enero de 1824: “Yo creo que he dicho a Vd., antes de ahora, que los quiteños son los peores colombianos. […] Los quiteños y los peruanos son la misma cosa: viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios, y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe. Los guayaquileños son mil veces mejores”.

 

Bolívar y su revolución cambiaron a Quito. Antes de la irrupción de Bolívar y sus tropas, Quito era la capital de un reino, de una Audiencia, de una provincia, todas con su nombre. Cuando se transfirió Quito a Colombia se acabó el reino, se extinguió la Audiencia y el territorio de la provincia de Quito pasó a llamarse ‘Departamento del Ecuador’, uno de los doce departamentos colombianos. Dentro de ese departamento había una provincia, cuya capital era Quito. A esa provincia se la llamó Pichincha. Del tiempo España, sólo le quedó a Quito el nombre de ciudad, su mínimo núcleo denominativo.

 

Mientras Quito fue capital de un departamento colombiano, en 1824, el Congreso de Colombia aprobó la Ley de División Territorial que fijó los límites del ‘Departamento del Ecuador’, por el Norte, en el río Carchi. El hecho de haber sido colombiana se traduciría en una grave pérdida para Quito, porque Colombia (después Nueva Granada) aduciría siempre que los territorios al Norte del río Carchi eran suyos y así lo impondría tras triunfar en la ‘Guerra del Cauca’ (1832).

 

El saldo que resultó del período de colombianidad de Quito entre 1822 y 1830 fue la pérdida de nombres, de instituciones y de los vínculos históricos con una enorme porción de territorio al Norte del río Carchi con los que Quito había establecido intensas relaciones por varios siglos.

 

Y estas pérdidas empezaron el día que Aymerich entregó Quito a Colombia. Entonces, ¿cómo se llama la calle que conduce a la cima del Panecillo en esta Quito del bicentenario 2022? Se llama Melchor de Aymerich. Es decir, lleva el nombre de aquel que reprimió a la Junta de Gobierno del 10 de agosto de 1809, etc. (Al primer párrafo de este artículo me remito.)

 

Así, Quito rememora y celebra en la calle que sube a la cima del Panecillo a uno que a Quito la reprimió y la castigó, a su último gobernante español. Tal vez porque a ella le fue probado que mejor era un malo conocido (¡viva el rey!), que el bueno por conocer.

El Estado del Sur

13 de mayo de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 13 de mayo de 2022.

 

Entre mayo y septiembre de 1830 existió un Estado en Sudamérica que se definió por un punto cardinal: el Estado del Sur. Su opción por el Sur era una continuidad: por los últimos siete años y más, el territorio que en 1830 fue el Estado del Sur había sido el Distrito del Sur de la República de Colombia. Cuando este Distrito del Sur se desmembró de la República de Colombia, dejó de ser un Distrito (una entidad dependiente) para pasar a ser un Estado (una entidad autónoma), pero siendo siempre el Sur de la República de Colombia.

 

El 13 de mayo de 1830 se desmembró el Distrito del Sur. Esta transición a un Estado se realizó sin efusión de sangre, fue apenas una mudanza administrativa. Quien ejercía como Prefecto General del Distrito del Sur de la República de Colombia, el general venezolano Juan José Flores, pasó a ejercer como Jefe de Administración del Estado del Sur. Él nombró al venezolano Esteban Febres-Cordero como Secretario General de su administración. Estos dos venezolanos firmaron el decreto de convocatoria a un Congreso Constituyente, que debió reunirse el 10 de agosto de 1830.

 

Con cuatro días de retraso, el 14 de agosto de 1830, dieciséis varones adinerados instalaron la Convención Constituyente que originó a un Estado independiente del Ecuador que todavía se sentía un Estado del Sur. El título del Acta del 14 de agosto fue: ‘Acta de Instalación del Congreso Constituyente del Estado del Sur de Colombia’. Así empezó el general Flores su discurso de ese día: ‘Me congratulo con el Sur y con vosotros por la instalación del Congreso, fuente de la voluntad general y árbitro de los destinos del Estado’. Y así lo concluyó: ‘Conciudadanos: Mostraos dignos de representar al Sur. Dadnos un gobierno querido de los pueblos y una constitución liberal.’

 

Menos de un mes después, el 11 de septiembre de 1830 la Convención Constituyente aprobó una ‘Constitución del Estado del Ecuador’, Estado que se pensaba (ilusoriamente) como la parte Sur de la República de Colombia. Así lo afirmaba su escudo de armas, pues allí constaba la inscripción ‘El Ecuador en Colombia’. Este Estado del Ecuador ni siquiera se pensaba como una República en sí misma: ese honor le correspondía a la República de Colombia.

 

Según la Constitución de 1830, el Estado del Ecuador debía acordar con los otros Estados que habían sido los Distritos del Centro y del Norte de la República de Colombia la conformación de una unión. Según su artículo 3, el Estado del Ecuadorconcurrirá con igual representación a la formación de un Colegio de Plenipotenciarios de todos los Estados, cuyo objeto sea establecer el Gobierno general de la Nación y sus atribuciones, y fijar por una ley fundamental los límites, mutuas obligaciones, derechos y relaciones nacionales de todos los Estados de la Unión.’ Esto nunca ocurrió. Por el contrario, a fines de 1834, los otros ‘Estados de la Unión’ le impusieron al Ecuador una deuda exagerada por los gastos de las guerras de la independencia.

 

Recién en 1835, tras una guerra civil entre las jefaturas supremas de la Costa y de la Sierra y una Convención Constitucional, se abandonó la idea de ser el Sur de otro territorio mayor y el Ecuador empezó a ser, formalmente, una República.

Problemas de origen

6 de mayo de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 6 de mayo de 2022.

 

Quito era un poblado indígena, que fue arrasado en la conquista del territorio por los europeos. Sobre sus ruinas, ellos asentaron la villa de San Francisco de Quito el 6 de diciembre de 1534. Según el historiador González Suárez: ‘El terreno en que fue edificada por los españoles la ciudad de Quito, no es por cierto, ni el más hermoso, ni el más cómodo; pero los conquistadores lo prefirieron a otros mejores, como un excelente punto estratégico, para defenderse de los indios, que les hacían la guerra sin treguas, en los primeros años de la conquista; pues, como los españoles eran pocos y los indios muchísimos, se vieron obligados aquellos a buscar un sitio que les presentara comodidad para la defensa contra los ataques y acometidas de los indígenas, principalmente de noche’. Así, la ubicación de Quito era adecuada para que los conquistadores resistan a los indígenas. Su origen es como emplazamiento bélico, propio de los tiempos de la conquista de un territorio.

 

Guayaquil era una ciudad que se trasladó a la Costa para que sirva como puerto para Quito. En 1547, finalmente Guayaquil se ubicó en la cima de un cerro, a la vera de un río grande con salida al océano Pacífico. Como Quito, Guayaquil se asentó en una excelente ubicación para defenderse de los ataques de los indígenas… y de los quiteños. Esto último (un posible ataque de los quiteños) fue lo que determinó que Guayaquil se aleje de la ciudad de la que debía ser puerto. 

 

Los ataques de los indígenas habían destruido la ciudad en varias ocasiones (1536, 1537, 1542 y 1543) pero los traslados por la destrucción de la que sería Guayaquil siempre ocurrieron en la margen oriental del río, del lado que era cercano a Quito (lógico, siendo su puerto). Pero el último traslado de la ciudad, que la llevó a la cima de un cerro, fue distinto: ocurrió por una guerra entre conquistadores e implicó el traslado de la ciudad a la margen del río opuesta a Quito.

 

Esta guerra era entre los conquistadores leales a la Corona de Castilla y los rebeldes, disputa que en Guayaquil condujo al asesinato de tres rebeldes (el portugués Miguel de Estacio, Alonso de Gutiérrez y el capitán Marmolejo) a fin de retomar la ciudad para el rey Carlos I de Castilla. La posible venganza del rebelde Pedro de Puelles, Teniente del Gobernador en Quito, motivó que se traslade la ciudad al otro lado del río, para poner una dificultad adicional a la ejecución de la venganza de los rebeldes quiteños, la que finalmente nunca ocurrió.

 

Benjamín Carrión habló de Quito y ‘su alejamiento de los fáciles caminos del mundo’. En adición a este alejamiento, Guayaquil, la ciudad que debía ser su puerto, se alejó de ella poniendo un ancho río de por medio. Quito nunca pudo abrir un puerto por el norte (lo intentó, sin suerte) y sólo la llegada del ferrocarril, en 1908, permitiría un acercamiento efectivo entre estas ciudades.

 

Así, las que en el curso de los años se convertirían en las ciudades más pobladas e importantes del Ecuador, tanto política como económicamente, se fundaron en ubicaciones propicias para la guerra de tiempos de conquista, pero pésimas para el desarrollo económico y la prosperidad.

 

En el origen, se cocinó un país con la receta para un desastre.

'Por la patria'

29 de abril de 2022

 

            Publicado el 29 de abril de 2022.

 

El guayaquileño José Joaquín de Olmedo fue uno de los fundadores del Estado del Ecuador porque fue uno de los representantes en la Convención Constituyente de agosto-septiembre de 1830, reunida en Riobamba, que elaboró la primera Constitución del Estado. Olmedo fue Vicepresidente de la Constituyente y fue parte de su comisión de redacción, en conjunto con el quiteño Manuel Matheu y el guayaquileño Vicente Ramón Roca. El 12 de septiembre de 1830, Olmedo fue elegido el primer Vicepresidente del Estado del Ecuador. Renunció al año siguiente.

 

Esta Constitución de 1830 no resistió la inestabilidad política del primer Gobierno del Ecuador. Cuando en septiembre de 1834 concluyó el período presidencial del general venezolano Juan José Flores, el Ecuador era un país a punto de enfrentarse en la primera guerra civil de su historia. Por una parte, la Jefatura Suprema de Vicente Rocafuerte, proclamada en Guayaquil; por otra, la Jefatura Suprema de la Sierra, liderada por el lojano José Félix Valdivieso. El exPresidente Flores se alió con Rocafuerte.

 

Las tropas de estos Jefes Supremos se enfrentaron el 19 de enero de 1835 en Miñarica, cerca de Ambato. Triunfaron las tropas de Rocafuerte, comandadas por Flores. En seguida se convocó a una Convención para que se reúna en Ambato y redacte una nueva Constitución.    

 

El guayaquileño José Joaquín de Olmedo fue uno de los fundadores de la República del Ecuador porque fue uno de los representantes en la Convención del año 1835 que elaboró la primera Constitución que declaró que el Estado del Ecuador era una República. Olmedo presidió esta Convención, que designó como el primer Presidente de la República a su coterráneo Rocafuerte. Esta Constitución estuvo vigente por dos períodos de gobierno consecutivos, hasta que en 1843 el Presidente Flores convocó a una Convención en Quito, a la que pobló de adictos suyos que elaboraron una nueva Constitución, que pasó a la historia como la ‘Carta de la Esclavitud’. Fue la forma del Presidente Flores para perpetuarse en el poder.

 

En 1845, la revolución marcista sacó a Flores del país. Un Gobierno Provisorio compuesto por Olmedo y otros dos guayaquileños, Diego Noboa y Vicente Ramón Roca, convocó a una Convención para que se reúna en Cuenca y redacte una nueva Constitución. Olmedo formó parte de ella. Ya para esta época, tenía 65 años y había sido constituyente de España, de Perú, del Ecuador. Ya está curtido y desengañado.

 

La Convención de Cuenca debía elegir al Presidente de la República para el período 1845-1849. A Olmedo se lo postuló para Presidente, pero él no quería ser candidato. Quienes lo postulaban, sin embargo, decían que era necesario postularlo a él ‘por la patria’. Y Olmedo se preguntaba con desdén, en carta dirigida a un pariente: ‘¿Qué significarán estos nombres, patria, libertad, derechos del pueblo, convención, etc.?’. Olmedo se candidatizó y perdió. Lo venció Vicente Ramón Roca.     

  

Olmedo murió en febrero de 1847. Esta última Constitución en la que él contribuyó, acabó tras un golpe de Estado de Diego Noboa que, para afianzarse, promulgó una nueva Constitución (quinta del Estado, cuarta de la República) en febrero de 1851. De seguro, también hecha ‘por la patria’.

Quito, 1812

27 de abril de 2022

 

Detengamos la historia en Quito, el año de N. S. de 1812. Supongamos que Quito hace su famosa Constitución de 1812 y TRIUNFA. Impone esa Constitución en el territorio de su provincia y perdura por siglos. Las provincias vecinas se confederan y progresan sin la provincia de Quito. Quito, por su cuenta, vive a plenitud bajo el imperio de su Constitución. Es un pueblo montañés y católico. Muy católico.

 

Porque el artículo 4 de su Constitución de 1812 dispone lo siguiente “La Religión Católica como la han profesado nuestros padres, y como la profesa, y enseña la Santa Iglesia Católica, Apostólica Romana, será la única Religión del Estado de Quito, y de cada uno de sus habitantes, sin tolerarse otra ni permitirse la vecindad del que no profese la Católica Romana”.

 

Entonces, tenemos a un pueblo andino habitado ÚNICAMENTE por católicos. Así, la reproducción exclusivamente entre católicos por siglos, encajonados todos en un hermoso paisaje montañés, iba a producir un escenario terrible: una desigualdad pavorosa, pobreza generalizada, censura a las críticas a las autoridades (en especial a las eclesiásticas), represión violenta a los homosexuales, prohibición total del aborto, el Syllabus del buen quiteño y el Índex Quitorum Prohibitorum, los impuestos para los de abajo y la policía para los que desafíen el orden impuesto. Las tasas de alcoholismo y de suicidio estarían por las nubes (ir al Puente del Chiche sería más popular que ir al Panecillo –cuya calle de acceso se llamaría Melchor de Aymerich, triunfador en Pichincha). Todos los errores del sistema se atribuirían a la falta de virtud de los dominados, la caridad sería la única política pública. La religión de la conquista seguiría mandando. Y todavía habría toros porque así lo quiere Dios.

 

Conclusión: un pueblo aislado, poblado únicamente por católicos, sería el infierno en la Tierra. Al menos para los que no mandan, que son la mayoría (para los que mandan, bocatto di cardinale)

 

Alabado sea el Jebús, vea.

El final de la ilusión

22 de abril de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 22 de abril de 2022.

 

El 20 de diciembre del año que se fundó el Estado del Ecuador (1830), su Presidente, el caribeño Juan José Flores, decretó la anexión del Departamento del Cauca al naciente Estado. Esta anexión de una amplia región al Norte del río Carchi tenía un fundamento histórico.

 

En el tiempo de los españoles, una parte del Departamento del Cauca había estado sometida a la jurisdicción de la Audiencia de Quito, que era un tribunal de justicia compuesto de cinco jueces (un Presidente y cuatro oidores), cuyas sentencias se las podía apelar a una Audiencia superior (la de Quito fue siempre una Audiencia subordinada). Con algunas partes del Cauca (en especial con Pasto y Popayán), la Quito española había labrado unos profundos vínculos en el curso de los siglos entre la conquista y la independencia.

 

En la jurisdicción de la Audiencia de Quito convivieron varias Gobernaciones: la de Quito y las de Cuenca, Guayaquil y Popayán. La Gobernación de Quito limitaba al Norte con la Gobernación de Popayán. El revolucionario 10 de agosto de 1809 fue un intento quiteño de extenderse al Norte: en el Acta que ese día se redactó se habló de una eventual unión de Quito con ‘Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá’.

 

Pero el 10 de agosto de 1809 no fue bien recibido por ninguno de los territorios vecinos a Quito, ni al Norte ni al Sur. En particular, la Gobernación de Popayán repelió a las tropas quiteñas en la batalla de Funes. Cuenca y Guayaquil enviaron tropas contra Quito. A esta ciudad le demoró 76 días claudicar su experimento de autonomía y expansión.

 

Cuando llegó la independencia en 1822 tras la batalla del Pichincha, se la quitó a Quito de España para transferirla a Colombia y convertirla en uno de los doce Departamentos colombianos (la provincia española de Quito se pasó a llamar ‘Departamento del Ecuador’). Este cambio no le sentó bien a Quito: en 1824, mientras era colombiana, se aprobó la Ley de División Territorial de la República de Colombia, que fijó los límites por el Norte del Departamento del Ecuador en el río Carchi.

 

Por ello, el decreto del 20 de diciembre de 1830 fue una reivindicación del viejo anhelo de Quito de que se la reconozca como la ciudad rectora de una parte del Departamento del Cauca, aquella sometida a su jurisdicción como Audiencia (o al menos los Pastos). Después de 1809, éste era el segundo intento de Quito, ahora como Estado ecuatoriano. El Congreso de 1831 lo apoyó al Presidente Flores y aprobó una ley de anexión del Departamento del Cauca. El ejército ecuatoriano había ocupado Popayán. Estábamos en guerra.

 

Pero ni Colombia (en ese entonces llamada Nueva Granada) era tan débil, ni el Ecuador era tan poderoso. La guerra se saldó a favor de la Nueva Granada, que impuso al Ecuador el Tratado de Pasto, firmado el 8 de diciembre de 1832, que fijó los límites del Estado del Ecuador al Norte en el río Carchi, que es donde los había fijado la ley colombiana de 1824 para el Departamento del Ecuador.

 

Así, también el segundo intento falló. Y tras el Tratado de Pasto se la orilló a Quito, de manera definitiva, a clausurar su ilusión de gobernar los territorios allende el río Carchi sobre los que había administrado justicia en nombre del rey de los españoles.

Corran por su vida

20 de abril de 2022

 

El informe que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos publicó el 17 de marzo de 2022 sobre ‘Personas privadas de libertad en Ecuador’ es una elocuente descripción de la derrota del Estado ecuatoriano en la administración de los 36 centros de detención que tiene en su territorio. El primer párrafo del Resumen ejecutivo del informe irrumpe así:

 

Ecuador atraviesa por una grave crisis penitenciaria de naturaleza estructural, caracterizada por niveles de violencia y corrupción sin precedentes dentro de las prisiones, y que responde al abandono del sistema penitenciario por parte del Estado desde hace años atrás, así como a la ausencia de una política criminal integral’. (Párr. 1)

 

O sea, el Estado es como un gran nuay, el naiden de la institucionalidad.

 

Más adelante en su informe, la Comisión Interamericana enumera los factores que han causado la actual crisis penitenciaria en el Ecuador: ‘debilitamiento de la institucionalidad del sistema penitenciario; aumento de penas y del catálogo de delitos que privilegian el encarcelamiento; la política contra las drogas; uso excesivo de la prisión preventiva; obstáculos legales y administrativos para la concesión de beneficios e indultos; y deplorables condiciones de detención’. (Párr. 12)

 

La suma de estos factores produce una consecuencia nefasta: ‘el Estado ecuatoriano está colocando a la población penitenciaria en una situación inminente y permanente de riesgo, y exponiéndola a altísimos actos de violencia carcelaria sin precedentes, que está resultando en que cientos de personas pierdan la vida aún estando bajo la custodia del Estado’. (Párr. 65)

 

Y he aquí la cereza de este pastel catastrófico:

 

En particular, llamó la atención de la Comisión que durante su visita al Centro Guayas No. 4, al consultar sobre la existencia de protocolos de actuación en casos de violencia, la autoridad penitenciaria indicó que no habría una política, y en ese sentido, las personas privadas de libertad debían correr hacia las oficinas administrativas en busca de refugio’. (Párr. 71 –el resaltado no es del original)

 

No hay imagen más perfecta para escenificar el fracaso del Estado ecuatoriano.

La derrota del Estado

15 de abril de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 15 de abril de 2022.

 

Este año se cumplen 25 años de la publicación del ‘Informe sobre la situación de los derechos humanos en Ecuador’ elaborado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuyo capítulo VI trató sobre ‘La situación de los derechos humanos de las personas detenidas en el marco del sistema penitenciario’. En el primer párrafo de dicho capítulo, la CIDH sintetizó que los problemas del sistema penitenciario ecuatoriano a mediados de los años noventa derivaban ‘primero: de los retrasos en el sistema de justicia penal, lo que conduce a la sobrepoblación en las cárceles y, segundo: el inadecuado suministro de los recursos para suplir las necesidades básicas’. En un cuarto de siglo, la situación en las cárceles empeoró: hoy el Estado luce derrotado.

 

Este año 2022 la CIDH publicó un informe temático titulado ‘Situación de personas privadas de libertad en Ecuador’, elaborado a partir de la visita de trabajo que ella realizó al Ecuador del 1 al 3 de diciembre de 2021. En su primer párrafo, la CIDH destacó la renuncia del Estado a cumplir su rol de control y de rehabilitación de la población carcelaria: ‘Ecuador atraviesa por una grave crisis penitenciaria de naturaleza estructural, caracterizada por niveles de violencia y corrupción sin precedentes dentro de las prisiones, y que responde al abandono del sistema penitenciario por parte del Estado desde hace años atrás, así como a la ausencia de una política criminal integral’. Abandono y ausencia como las bases de la derrota del Estado.

 

En estos 25 años lo que ha ocurrido es que hemos pasado de los abusos cometidos en prisiones controladas por el Estado a los abusos que ocurren en prisiones que el Estado ya no controla. El reciente informe de la CIDH es elocuente: ‘En las cárceles del Ecuador, el control efectivo de los pabellones lo tienen los propios internos’, que tienen sistemas de auto-gobierno en los que los líderes de las bandas criminales ‘cobran precios ilegítimos y abusivos a los otros internos por sus celdas y camas, así como para el acceso a Internet y teléfonos, y otros servicios’. Los internos, constató la CIDH, tienen las llaves de sus pabellones.  

 

Con el paso de los años, los dos problemas que había detectado la CIDH en su informe del año 1997 se han agravado. El primero, los retrasos en el sistema de justicia penal han degenerado en ‘políticas que proponen mayores niveles de encarcelamiento como solución a la inseguridad, a través de privilegiar la aplicación de prisión preventiva y de la obstaculización de imposición de beneficios penitenciarios dirigidos a la excarcelación’. Se ha ido de mal en peor.

 

Sobre el segundo, el ‘inadecuado suministro de los recursos para suplir las necesidades básicas’, el informe de la CIDH del 2022 presenta números que lo documentan: ‘el presupuesto para el sistema penitenciario era de 153 millones de dólares en 2017, de 131 millones de dólares en 2018, de 90 millones de dólares en 2019, de 88 millones de dólares en 2020, y de 54 millones de dólares en 2021’. Y es que disminuyó el presupuesto, pero en ese mismo período aumentó el número de presos (?). Todo es una receta para que las cosas salgan mal.

 

Que es como han venido saliendo por más de 25 años, y contando.

El Sur ganó

13 de abril de 2022

En el Ecuador, el Estado siempre ha estado capturado. Lo tradicional es que lo hayan capturado delincuentes de cuello blanco. Pasa ahora que hay nuevas personas que han capturado al Estado: es la gente del Sur, que vive y opera en las cercanías del Puerto Marítimo.

 

Los delincuentes de cuello blanco, esencialmente, roban a la población. Son altos funcionarios y grandes empresarios, que han capturado al Estado para administrarlo a su gusto, para repartirse el dinero público a través de contratos, prebendas y variopintas corruptelas (además de comprar u ordenar impunidad). Ello va de Dhruvs a medicinas, en un país que tiene junto a Paraguay (sede de la Conmebol, que ya es mucho decir) el triste título de ser los más corruptos de Sudamérica. 

 

La captura del Estado hecha por los del Sur es diferente. Son (como fueron los conquistadores) unos empresarios de altísimo riesgo. Pero tienen unas enormes ventajas frente a los delincuentes de cuello blanco. Tienen dinero a millares surgir (por obra de inversores mexicanos y de su negocio boyante), burocracia flexible y ningún escrúpulo (si tienen que trocear a alguien, lo hacen). Frente a ellos, tienen a un Estado que ha sido sometido bajo la conocida consigna Pabloescobariana: plata o plomo. Con esa sencilla/sangrienta consigna han sometido a autoridades administrativas, de la Fuerza Pública y judiciales, representantes de un Estado torpe y esclerótico-burocrático.

 

Un reconocimiento oblicuo del triunfo de los del Sur es la alerta que emitió, en septiembre del año pasado, la Embajada de los Estados Unidos de América a sus funcionarios de que se abstengan de circular al Sur de la avenida Portete, porque allí es un sector inseguro [hic sunt leones]. Es una manera de decirle a su gente que el Estado en el que se encuentra no está (ni en su versión local ni en la nacional) en la capacidad de garantizar su seguridad en ese sector de Guayaquil. Es una zona de otros.

 

El del Ecuador es un Estado siempre capturado, rumbo raudo a convertirse en un narcoestado.  

Los 'Años de la Libertad'

8 de abril de 2022


            Publicado en diario Expreso el 8 de abril de 2022.


La Constitución de 1845 fue la cuarta Constitución del Estado del Ecuador en poco más de quince años de convulsa existencia. Esta Constitución reemplazó a la Constitución de 1843, que había sido hecha a la medida del general venezolano Juan José Flores por varios de sus adictos, reunidos en una Convención Nacional celebrada en Quito. La Constitución de 1843 estableció las reuniones ordinarias del Congreso cada cuatro años, un gran poder de veto y de designación de autoridades para el Presidente de la República y la duración de su cargo por ocho años, la duración del cargo de senador por doce años y su reelección indefinida. Centralista y autócrata, esta Constitución pasó a la historia como la ‘Carta de la Esclavitud’.

 

El 6 de marzo de 1845 se levantó en armas el puerto de Guayaquil en contra del gobierno constitucional de Flores. Se conformó un gobierno provisorio, compuesto por los guayaquileños José Joaquín de Olmedo, Vicente Ramón Roca y Diego Noboa. En el campo militar, el general guayaquileño Antonio Elizalde y sus insurgentes tomaron Guayaquil y atacaron a las fuerzas del general Flores, que se habían atrincherado en la hacienda La Elvira, en las cercanías de Babahoyo. Tras un asedio de varios días, dos incursiones que costaron alrededor de un millar de muertos y de conocer que desde Manabí venían refuerzos para el enemigo comandados por su antiguo edecán José María Urbina, el general Flores llegó a un acuerdo por el que aceptó abandonar el Ecuador, dejando vacante la Presidencia de la República.

 

El triunvirato de Olmedo, Roca y Noboa convocó a una Convención Nacional que se reunió en Cuenca y que el 3 de diciembre de 1845 puso en vigencia una nueva Constitución en reemplazo de la ‘Carta de la Esclavitud’. El año 1845 pasó a conocerse, en los documentos oficiales, como el ‘Año I de la Libertad’. Se adoptó una nueva bandera nacional, de colores celeste y blanco.

 

Tras una reñida competencia entre los triunviros Roca y Olmedo, la Convención Nacional eligió Presidente de la República a Vicente Ramón Roca, para que ejerza su cargo hasta el 15 de octubre de 1849. Concluido el período presidencial de Roca, el Congreso debió proceder a la elección de su sucesor, ahora entre el general Antonio Elizalde y el otrora triunviro Diego Noboa. Como tras 105 votaciones del Congreso ninguno de los dos candidatos había obtenido los dos tercios de los votos que requería la Constitución de 1845, el Congreso se disolvió no sin antes nombrar Encargado del Poder Ejecutivo al quiteño Manuel de Ascázubi, quien había ejercido la Vicepresidencia de la República durante el gobierno de Roca, entre 1847 y 1849.

 

Ascázubi era débil y duró poco. Si hemos de creer a la nomenclatura oficial, él cayó durante el ‘Año VI de la Libertad’ (1850). El extriunviro Noboa perpetró un golpe de Estado y organizó una Asamblea Constitucional que dictó una nueva Constitución, que entró en vigor el 25 de febrero de 1851. En menos de 20 años ya eran cinco Constituciones para el atribulado Estado del Ecuador. Y vendrían más (la siguiente en 1852), en un país de perpetua lucha sin acuerdos.  

 

En julio de 1852, un golpe de Estado encumbró al general José María Urbina. Era el ‘Año VIII de la Libertad’.

El crimen que ubicó a Guayaquil

1 de abril de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 1 de abril de 2022.

 

Los conquistadores de América cruzaron el océano Atlántico para someter a los naturales del territorio conquistado y ponerlos a trabajar (explotarlos) en su provecho. Este sistema de explotación se llamó ‘encomienda’. Los conquistadores querían que las encomiendas a ellos otorgadas por sus sacrificios sean hereditarias, pero la Corona de Castilla quiso limitar su duración y, en efecto, así lo hizo en las llamadas Leyes Nuevas, dictadas por el Rey Carlos I en 1542. En la América del Sur, Gonzalo Pizarro capitaneó las demandas de los conquistadores de explotar a su gusto a los nativos. El asunto desembocó en una guerra civil entre conquistadores.

 

Para esta época, Guayaquil era una ciudad española bajada de la montaña, buscando asentarse a la orilla de un río grande. Y se había asentado en la margen oriental de un río, pero sin suerte, pues los ataques de los nativos en 1536, 1537, 1542 y 1543 obligaron a los europeos a trasladar la ciudad una y otra vez, aunque siempre sobre la margen oriental, es decir, en la margen del río más cercana a Quito, villa (ciudad desde 1541) a la que Guayaquil debía servir como puerto.

 

La guerra civil entre los conquistadores es el escenario del crimen ocurrido en Guayaquil que determinó su ubicación definitiva. En Guayaquil gobernaba un portugués, Miguel de Estacio, nombrado Teniente de Gobernador de Guayaquil por Gonzalo Pizarro. En Puerto Viejo gobernaba Francisco de Olmos, Teniente de Gobernador también nombrado por Pizarro. Pero Olmos se cambió al bando realista tras conocer que el Rey había enviado a un sacerdote miembro de la Inquisición, Pedro de la Gasca, a pacificar en su nombre estos ariscos territorios.

 

En abril de 1547, para someter a los sublevados a la autoridad del rey, fue a Guayaquil Francisco de Olmos acompañado de otros ocho españoles. El 6 de abril de 1547, Olmos y compañía sacaron al gonzalista Estacio a conversar al fresco y lo cosieron a puñaladas. También mataron a otros gonzalistas, Alonso de Gutiérrez y un tal capitán Marmolejo. Consumadas estas muertes, la incipiente Guayaquil volvió al redil del Rey.

 

Y consumadas estas muertes, los habitantes de Guayaquil temieron la venganza de Pedro de Puelles, Teniente de Gobernador en Quito nombrado por Gonzalo Pizarro. Para ponérsela difícil a Puelles, los guayaquileños decidieron trasladar la ciudad a la margen occidental del río y ubicarla en la cima de un cerrito, para su mejor defensa.  

 

Pedro de Puelles nunca pudo concretar la temida venganza, porque el 29 de mayo de 1547 lo fueron a visitar unos españoles a su casa en Quito y lo cosieron a puñaladas. Pero ya Guayaquil no se movió del cerro que pasó a llamarse Santa Ana. Fruto del temor, la ciudad había llegado a su ubicación final. Y a pesar de los reclamos de Quito a la Audiencia de Lima para que Guayaquil regrese a la margen oriental (‘para ir y venir [a Guayaquil] se ha de ir con balsas y por ser puerto desta cibdad le viene daño’), ello ya nunca ocurrió.

 

423 años después, en 1970, el ‘Puente de la Unidad Nacional’ acercó Guayaquil a Quito, salvando una distancia que se había creado en 1547. El temor a la venganza por un crimen separó a estas ciudades por mucho (demasiado) tiempo.

Muerte en Puná

25 de marzo de 2022

 

Publicado en diario Expreso el 25 de marzo de 2022.

 

Vicente de Valverde fue un fraile dominico que participó en la conquista española del Perú comandada por el Adelantado Francisco Pizarro. En 1532, Valverde fue quien le dio una biblia al inca Atahualpa, que el indígena arrojó lejos de sí (después de lo cual, Valverde lo calificó de ‘perro’). También él lo bautizó, él firmó su sentencia de muerte y él celebró la misa por el eterno descanso de su alma cristiana. Tras la muerte de Atahualpa, la conquista era cuestión de tiempo.

 

Por los éxitos de la conquista, Valverde llegó a ser en 1537 el primer Obispo de Cusco (cuando ése era el único obispado en Sudamérica entera) y fue un gran consejero del ahora Marqués Francisco Pizarro, un hombre ennoblecido por su ambición y pariente lejano de Valverde. Pizarro, siendo el Gobernador del Perú, murió en un episodio de venganza protagonizado por otros españoles (es fama que le atravesaron una espada en la garganta), el 26 de junio de 1541, en Lima.

 

Enterado del asesinato de Pizarro, Vicente de Valverde temió por su vida. Huyó, entonces, para salvarla pero en su huida iba a perderla. Le ocurrió como en aquel cuento persa en que la Muerte hace una advertencia a un individuo y él decide huir lejos, únicamente para encontrarse con la Muerte en el lugar al que él huyó (en el cuento persa, ese lugar es la ciudad de Isfahán). Para el Obispo Valverde, su Isfahán fue la isla Puná. Allí él encontró la muerte, pero no a manos de los españoles vengativos de los que estaba huyendo, sino de los indígenas que allí habitaban y que aún lo recordaban.

 

Porque antes de la captura y muerte de Atahualpa y aún antes de penetrar al continente por Tumbes, el Adelantado Francisco Pizarro y su hueste, incluido el fraile dominico Vicente de Valverde, permanecieron unos meses en la isla Puná, a la espera de unos refuerzos que vendrían desde Panamá para acometer la conquista en el continente. Fueron a la isla Puná por invitación de su cacique, pero estos invitados europeos no tardaron en comportarse como la rudimentaria gente de conquista que era, por lo que no tardaron en producirse desconfianzas y rumores que lo llevaron a Pizarro a apresar a los jefes punáes y a entregarlos a sus enemigos de Tumbes, que los decapitaron.

 

Los isleños, entonces, se sublevaron. Se enfrentaron a los españoles y aunque eran mucho más numerosos, perdieron. Los españoles, como lo destacó William Prescott en su Historia de la conquista del Perú, tuvieron a su favor ‘armas y disciplina’. Eran buenos y curtidos soldados, llenos de ambición, luchando contra tribus de infieles que no conocían a Cristo. Así lo aseguraba en su prédica el fraile Valverde, un entusiasta del sometimiento de los no cristianos.

 

En ocasiones, los pueblos no olvidan. Diez años después de la derrota de los sublevados de Puná, en plena huida de la muerte segura a manos de los españoles vengativos, el fraile Vicente de Valverde regresó a la isla. Iba de paso, pues su idea era aprovisionarse y seguir su camino. La idea de los punáes fue una muy distinta. Es fama que lo detuvieron mientras oficiaba una misa y que tuvo una muerte atroz: lo desollaron en tiritas y se lo comieron.

 

En Puná encontró la muerte el primer Obispo sudamericano, como festín de los isleños.

Nació la República del Ecuador

18 de marzo de 2022


            Publicado en diario Expreso el 18 de marzo de 2022

 

El pensamiento de Simón Bolívar sobre el naciente Estado del Ecuador quedó expresado en una carta fechada 9 de noviembre de 1830 y dirigida a su fiel amigo Juan José Flores, quien desde septiembre de 1830 se desempeñaba como Presidente del ‘Estado del Ecuador’. Bolívar le advirtió que, en ese territorio por él conocido como el Sur, los hombres eran ‘unos orgullosos, otros déspotas y no falta quien sea también ladrón; todos ignorantes, sin capacidad alguna para administrar’.

 

Y anduvo certero el Libertador, porque administrar no pudieron ese remedo de Estado que se lo suponía, en su primera Constitución, como confederado en la República de Colombia. En su artículo 3, la Constitución disponía el camino a seguir: ‘El Estado del Ecuador concurrirá con igual representación a la formación de un Colegio de Plenipotenciarios de todos los Estados, cuyo objeto sea establecer el Gobierno general de la Nación y sus atribuciones, y fijar por una ley fundamental los límites, mutuas obligaciones, derechos y relaciones nacionales de todos los Estados de la Unión.’

 

Este artículo presuponía que los otros dos ‘Estados de la Unión’, Colombia y Venezuela, iban a estar interesados en conformar un Colegio de Plenipotenciarios en igualdad de representación con el Ecuador. Este presupuesto fue un craso error. Jamás se reunió un Colegio de Plenipotenciarios para fijar los límites del Estado del Ecuador. En su parte norte, esos límites fueron fijados tras una breve guerra.

 

En lo que se conoce en Colombia como ‘La guerra del Cauca’, el ejército del Estado del Ecuador cruzó el Río Carchi y entró en territorio colombiano, hasta ocupar la ciudad de Popayán (capital de una Gobernación que había integrado la Audiencia de Quito en tiempos de la administración española). Pero Colombia se recompuso y terminó por ganar la guerra y por obligar al Estado del Ecuador a reconocer que su límite por el Norte era el río Carchi, que era el mismo límite que se había fijado en una ley grancolombiana de 1824. El Ecuador fue a por el territorio que supuso suyo por una tradición de siglos, pero Colombia arrebató este territorio por lo dispuesto en una ley republicana. El Tratado de Pasto, firmado el 8 de diciembre de 1832, es el testimonio de su triunfo.

 

En 1834, Flores le entregó el poder a Rocafuerte, que lo asumió en calidad de Jefe Supremo para enfrentarse con otro Jefe Supremo en la primera guerra civil ecuatoriana, que se saldó con el triunfo del ejército financiado por Rocafuerte y comandado por Flores en la batalla de Miñarica. En estos tiempos convulsos, se reunieron los representantes de los Estados para decidir acerca de los pagos a los ingleses por la deuda de las guerras de independencia. El Ecuador, ocupado en su guerra civil, no pudo mandar a nadie. Colombia y Venezuela le clavaron un injusto 21.5% del total.

 

Tras el triunfo en Miñarica se reunió una Convención Nacional para redactar una nueva Constitución que ya no insistió en confederar el Ecuador con nadie. Fue con la entrada en vigor de esta Constitución, el 13 de agosto de 1835, que nació la República del Ecuador. Así, despojada de su territorio histórico al Norte y endeudada hasta el cogote, así nació la República del Ecuador.

Las legaciones quiteñas de 1809

11 de marzo de 2022

            Publicado en diario Expreso el 11 de marzo de 2022.

 

Un episodio poco conocido de la revolución quiteña de agosto de 1809 fue el envío de unas legaciones diplomáticas de la Suprema Junta Gubernativa de Quito a las provincias vecinas de Popayán, Guayaquil y Cuenca. A ninguno de estos improvisados diplomáticos le fue bien en su cometido de informar a las autoridades de Popayán, Guayaquil y Cuenca de la revolución hecha en Quito para sostener “la pureza de la Religión, los Derechos del Rey, los de la Patria”, como se lee en el Acta del 10 de agosto.

 

Cada legación se compuso de dos personas. De la legación que la Suprema Junta propuso para viajar a Popayán, Antonio Tejada declinó su participación en ella por considerar que lo actuado el 10 de agosto era sedicioso. Manuel Zambrano, por su parte, se trasladó a Tulcán, entabló conversaciones con las autoridades de Pasto y ellas le dieron largas para, finalmente, impedirle a él su entrada a la provincia de Popayán por considerar su actuación peligrosa y contraria a la ley.

 

La legación de la Suprema Junta a Guayaquil la conformaron Jacinto Sánchez de Orellana y José Fernández-Salvador. Emprendido el viaje, desde Guaranda, ellos decidieron enviarle una carta al Gobernador de la provincia de Guayaquil, Bartolomé Cucalón, para informarle del propósito de su visita a la ciudad. En su respuesta, a lo único que se comprometió Cucalón, si ellos se adentraban en la provincia de Guayaquil, era a tratarlos “sin impropiedad”. Con unas garantías tan pobres, Jacinto Sánchez de Orellana, II marqués de Villa Orellana, desistió de continuar el viaje. Por su parte, José Fernández-Salvador sí viajó a Guayaquil, pero no para el cumplimiento de su encargo, sino para dar unas “declaraciones circunstanciadas acerca del estado de los rebeldes, sus hechos y armamento”, según se relata en ‘Revolución y diplomacia: el caso de la primera junta de Quito (1809)’, del historiador Daniel Gutiérrez Ardila. Es decir, Fernández-Salvador fue a Guayaquil en calidad de delator.

 

A la legación de la Junta de Gobierno a Cuenca no le fue mejor que al resto. Emprendieron camino y, desde Riobamba, Salvador Murgueitio y Pedro Calisto, escribieron al Gobernador y al Obispo de Cuenca para que les sea garantizada la seguridad y se los ponga “a cubierto de gente torpe y ruda”. Pero sólo recibieron negativas, pues las autoridades de Cuenca nunca aceptaron que ellos entren en la provincia. Y tampoco fueron estos delegados muy de fiar, de acuerdo con el citado artículo del historiador Gutiérrez Ardila: “El regidor Pedro Calisto, pocos días después, se unió a las autoridades regentistas y trabajó activamente para disolver el gobierno revolucionario. Murgueitio, entre tanto, desempeñó un destacado papel en la contrarrevolución en Riobamba y, particularmente, en la destitución del corregidor Javier Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre”. Es decir, fueron traidores a la causa que se les encomendó.

 

La revolución del 10 de agosto de 1809 demoró 76 días en caer. Sin el apoyo de las provincias vecinas, sin fuerza para sostenerse, el 24 de octubre de 1809 se reculó y se devolvió el poder a la autoridad española a quien el 10 de agosto se había cesado en sus funciones, el conde Ruiz de Castilla.

Noguchi y la fiebre amarilla

4 de marzo de 2022

            Publicado en diario Expreso el 4 de marzo de 2022. 


En el Ecuador se suele afirmar que un japonés, Hideyo Noguchi, fue quien descubrió el agente causal de la fiebre amarilla en el curso de las investigaciones que realizó en la ciudad de Guayaquil. Esta afirmación es falsa, porque también fue falsa la hipótesis de Noguchi. Su hipótesis era que el agente causal de la fiebre amarilla es una Leptospira icteroides y, como es bien conocido, su agente causal es un mosquito, el Aedes aegypti.

 

Entre 1842 y 1844, la fiebre amarilla asoló Guayaquil. La fiebre amarilla volvió a golpear entre 1853 y 1856, entre 1867 y 1869, y desde 1877 fue un problema de todos los años casi sin excepción y siguió siéndolo hasta bien entrado el siglo XX. En estos años, muchos buques evitaron Guayaquil por temor a contagiarse. Un director de la Fundación Rockefeller, Wickliffe Rose, en un informe acerca de la factibilidad de la erradicación de la fiebre amarilla, consideró a Guayaquil como un ‘hoyo pestífero’ (pest-hole) en el que la fiebre amarilla era ‘siempre endémica’.

 

Por la apertura del Canal de Panamá en 1914, ese ‘hoyo pestífero’ que era Guayaquil dejó de ser un problema localizado para convertirse en un problema global. Por la apertura del canal, Guayaquil pasó a ser un puerto desde el que se podía llevar la fiebre amarilla a poblaciones no-inmunes a ella, principalmente en Asia. Y es aquí donde entran en la historia de Guayaquil la Fundación Rockefeller y el japonés Noguchi.

 

El año 1918 la Fundación Rockefeller envió dos grupos a Guayaquil para erradicar la fiebre amarilla. El primero llegó en junio y estuvo presidido por el Dr. Arthur Kendall, a quien lo acompañó el bacteriólogo Hideyo Noguchi para investigar el agente causal de la fiebre amarilla. El segundo grupo llegó en noviembre, presidido por el Dr. Michael Connor. Este grupo aplicó en Guayaquil las medidas para evitar la reproducción del mosquito Aedes Aegypti.

           

En Guayaquil, Noguchi estudió la hipótesis de que la bacteria Leptospira icteroides sea el agente causal de la fiebre amarilla. A los pocos días de empezar sus investigaciones, él asumió que su hipótesis era correcta. Por esto, en el Ecuador se lo celebró y se lo nombró Coronel honorario del Ejército. Con base en las investigaciones de Noguchi, la Fundación Rockefeller produjo una vacuna inmunizante que distribuyó hasta 1927, cuando la descontinuó por habérsela probado ineficaz. Así mismo, nuevas investigaciones demostraron que la hipótesis de Noguchi era falsa.

 

Por contraste, las medidas que se adoptaron por el grupo del Dr. O’Connor fueron exitosas para evitar la reproducción del mosquito Aedes Aegypti. El 27 de mayo de 1920, el Dr. José María Ayora, Ministro del Interior y Sanidad, declaró que la fiebre amarilla había sido totalmente erradicada de Guayaquil.  

 

En cuanto a Noguchi, él continuó con sus investigaciones en Acra, capital de la actual Ghana. Noguchi, contagiado de la fiebre amarilla, murió en Acra el 21 de mayo de 1928.