Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas

Los nombres del barrio (1923-1936)

3 de noviembre de 2026

El origen de las personas que el Concejo Municipal decidió homenajear en 1923 dándole su nombre a una calle del barrio del Centenario nos revela una clara vocación internacional, de impronta occidental. En un barrio originalmente de nueve calles, como se puede apreciar en el mapa del año 1928, siete de ellas reconocían a extranjeros, cada uno de un país, salvo la excepción americana. 

Por Europa: España tenía a Agustín El divino Argüelles, Francia al sabio y cascarrabias La Condamine, el Reino Unido tenía al ministro Canning, Italia tenía al heroico Garibaldi y Alemania tenía al sabio y afable Humboldt. Los Estados Unidos de América tenían a dos: George Washington y un hombre que sí sirvió a Guayaquil y contribuyó de una manera decisiva a erradicar la peste de la fiebre amarilla de su suelo, el doctor Michael E. Connor (no O’Connor, for Christ’s sake). 

En 1936, el Concejo Municipal decidió cambiar el nombre de varias calles del barrio del Centenario y de los siete extranjeros, quedaron únicamente dos: El divino Argüelles y el doctor Connor.

La Audiencia de Quito

4 de septiembre de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 4 de septiembre de 2026.

Una cédula real, dada el 29 de agosto de 1563 por el rey Felipe II en Guadalajara (España), ordenó la creación de una Audiencia en los dominios americanos del Reino de España que debía residir “en la ciudad de San Francisco de la dicha provincia del Quito” del Virreinato del Perú y estableció los límites para su administración de justicia (una Audiencia es un tribunal, compuesto por un presidente y varios oidores). Fue la segunda Audiencia creada por decisión del rey Felipe II, después de la Audiencia de Charcas en 1559. 

La Audiencia de Quito fue la penúltima dentro del primer ciclo de creación de audiencias españolas en América, empezado con la Audiencia de Santo Domingo en 1511 y concluido con la Audiencia de Chile en 1565 (la tercera y última creada por Felipe II). En este período, en total, se crearon once de estos órganos para la administración de justicia en los dominios americanos del Reino de España. Con el tiempo, algunas se suprimieron (incluida la de Quito entre 1717 y 1723) y otras más se crearon.

Las Audiencias se clasificaban en virreinales, pretoriales y subordinadas. La de Quito era una Audiencia subordinada, sometida a una Audiencia virreinal. Entre 1563 y 1739, subordinada a la Audiencia de Lima; desde 1739 y hasta los tiempos de la independencia, a la Audiencia de Santa Fe. Otras Audiencias subordinadas eran Guadalajara (México) y Charcas.

Esta condición de Audiencia subordinada es importante para comprender el origen de las juntas que se crearon en Charcas (Chuquisaca y La Paz) y en Quito el año 1809. Aquel año, el Reino de España estaba en guerra con la Francia de Napoleón y desde mayo de 1808 la resistencia se había organizado en juntas (la primera, en Asturias) para la defensa de un reino sin rey legítimo (Carlos IV y Fernando VII habían abdicado en Bayona). 

En enero de 1809, la Junta Suprema Central, “depositaria de la autoridad soberana” hasta el retorno del rey legítimo, convocó a elecciones en los territorios del reino para que designen a sus representantes en dicha Junta. Participaron en estas elecciones sus dominios en América y las islas Filipinas (nombradas así como homenaje a Felipe II). 

La regla que se dictó para la ocasión ordenaba que se elija un representante por cada Virreinato y Capitanía General, un total de diez entre América y Asia. Esto dejaba a la Audiencia de Quito sometida a la jurisdicción de una Audiencia virreinal. (Con el agravante de que, para estas elecciones, algunas provincias de la Audiencia de Quito estuvieron bajo la jurisdicción del Virreinato de Santa Fe y otras bajo la jurisdicción del Virreinato de Lima).

Este contexto es relevante para comprender la creación de la Junta Suprema de Gobierno (con el título de “Magestad” y presidida por una “Alteza Serenísima”) en la ciudad de San Francisco de Quito el 10 de agosto de 1809. Vista en el contexto de la lucha en Europa, fue su forma de participar en la defensa del Reino de España frente a la agresión de los franceses y la ocasión para romper su dependencia de una Audiencia superior, situada en la ciudad de Santa Fe (Bogotá).

Esta es la naturaleza del movimiento de agosto de 1809: no fue una lucha contra el Reino de España, fue en su defensa. 

Una capital diferencia

7 de agosto de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 7 de agosto de 2026.

Quiero destacar una capital diferencia entre dos fechas muy importantes para la historia del Ecuador: el 10 de agosto de 1809 y el 9 de octubre de 1820.

La diferencia: a partir del 10 de agosto en Quito se luchó contra las demás provincias de la Audiencia de Quito, mientras que a partir del 9 de octubre en Guayaquil se luchó a favor de las demás provincias de la Audiencia de Quito. Es justo lo opuesto.

La lucha de Quito en contra de las demás provincias era para que se reconozca su primacía administrativa en el ámbito de la Audiencia de Quito, es decir, que las autoridades de Popayán, Cuenca y Guayaquil se sujeten a las decisiones de las autoridades quiteñas. Quiso dejar de ser una audiencia subordinada: este movimiento fue de corte autonomista, a fin de romper la sujeción de Quito a una audiencia superior situada en la capital de un virreinato y empezar a comportarse como una capitanía general del Reino de España, a la manera de Guatemala, Venezuela y Chile.

La lucha de Quito se hizo contra los franceses, en defensa del rey español Fernando VII, cautivo en Valençay. Para los quiteños, la lucha contra el “Tirano de Europa” (así llamaban a Napoleón) debía tener un carácter continental, orientado “al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y la patria. Esta es nuestra divisa, esta será también la gloriosa herencia que dejemos a nuestra posterioridad”, como se puede leer en la proclama firmada en Quito y dirigida a los pueblos de América, del 16 de agosto de 1809. La posterioridad recuerda el 10 de agosto de 1809 como una lucha contra los españoles, que no lo fue.  

La lucha de Quito para imponer su primacía dentro de una porción del Reino de España terminó en un rotundo fracaso. Ni Popayán, ni Cuenca, ni Guayaquil, consintieron su idea. Todo lo contrario: resistieron, rechazando a sus emisarios y haciéndole la guerra. Pronto (fueron 76 días de un gobierno presidido por una “Alteza Serenísima” en defensa de su rey y “señor natural”), el 24 de octubre de 1809, Quito claudicó. 

El 9 de octubre de 1820 es diferente, porque fue una lucha por la independencia y por el cambio a un régimen republicano y electivo, que marcó el inicio de la lucha de Guayaquil por independizar a sus provincias vecinas del yugo de los españoles. A raíz de su independencia, Guayaquil constituyó una milicia para luchar por la libertad de otros. Su lucha sí fue contra los españoles, sin nombres rimbombantes y con el apoyo de un pueblo reunido en el cabildo abierto que se convocó la mañana del 9 de octubre (el 10 de agosto se hizo prescindiendo del cabildo quiteño). 

La lucha que emprendió Guayaquil por la libertad de sus provincias vecinas se fundió en un gran empeño colectivo, con fuerzas del Norte y del Sur, que fue coronado por el éxito en 1824, año que marcó la expulsión de los españoles de sus dominios conquistados el siglo XVI. El gran cantor de esta gesta fue un guayaquileño, José Joaquín Olmedo.

Unos años antes, en 1822, se había independizado a Quito de España. En Guayaquil, apenas se conoció la noticia del triunfo en Pichincha, se mandó a publicar un bando que avisaba del magno hecho a la población: “Guayaquileños: Quito es ya libre: vuestros votos están cumplidos”.

Buscando un buque inglés

16 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 16 de enero de 2026.

“El enemigo de mi enemigo es mi amigo” es un famoso proverbio árabe. Inglaterra era una poderosa enemiga de Francia y dado que Francia era enemiga de Quito, entonces Inglaterra pasó a ser una (potencial) amiga del Quito insurgente de 1809. 

Porque este Quito insurgente de 1809 no hizo su revolución contra el Reino de España, como se sostiene en el manido discurso patriotero. De manera formal, la revolución de Quito fue hecha contra la ocupación del territorio peninsular español por las tropas del emperador francés Napoleón Bonaparte, a quien el revolucionario Rodríguez de Quiroga caracterizó en su célebre proclama del 16 de agosto como “el sanguinario tirano de Europa”, e instó a que él “pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía”.

Pero, en realidad, la revolución de Quito de 1809 se llevó a término para romper con siglos de subordinación administrativa, ora al Virreinato de Lima, ora al Virreinato de Santa Fe. En palabras de la historiadora Federica Morelli, con la excusa del combate a los franceses, esta revolución fue la oportunidad “de constituir un gobierno autónomo tanto de la madre patria como de los dos virreyes”.

Ahora, para sostener su revolución, los quiteños necesitaban de armas. Y aquí entra en escena Inglaterra. En un momento de desesperación, cuando la revolución parecía venirse abajo en septiembre de 1809, el marqués de Selva Alegre, Presidente de la Junta de Gobierno de Quito, dirigió una carta al “capitán de cualquier buque inglés”.  

En esta carta, el marqués explicaba la razón de ser de la Junta de Gobierno por él presidida: “Enemigos eternos del infame devastador de la Europa, Bonaparte, hemos resuelto resistir hasta la muerte á su tiranía, como lo ha hecho la gloriosa e incomparable nación inglesa. En su virtud el pueblo de este Reino ha separado del mando de él a los españoles que lo regían, sospechados de secuaces declarados de aquel monstruo, y ha creado una Junta Suprema Gubernativa”. Y es en tal virtud que el citado marqués le pide al hipotético inglés “armas y municiones de guerra que necesitamos, principalmente fusiles y sables. Sírvase usted traernos a cualquiera de los puertos de Atacames o Tola, dos mil fusiles, con sus bayonetas y dos mil sables de munición, pues serán satisfechos a los precios corrientes”.

La revolución de Quito fue guerreada por todas las provincias vecinas a Quito (esto es, Popayán, Cuenca y Guayaquil). En este caso concreto, fueron las tropas de Popayán las que impidieron que el enviado de la Junta de Quito llegue siquiera a buscar los buques de bandera inglesa, pues los puertos habían sido tomados cuatro días antes de la redacción de la carta suscrita por el marqués de Selva Alegre. 

Desde las montañas de los Andes a un buque en el Pacífico: era éste un camino muy difícil de recorrer para “un gobierno frágil, inestable y acosado por la guerra”, como caracterizó Daniel Gutiérrez Ardila al Quito insurgente en su artículo “Revolución y diplomacia: el caso de la primera Junta de Quito (1809)”.

Tras este fracaso y otros más, en Quito, los revolucionarios se resignaron a la derrota y el 24 de octubre devolvieron el poder a los españoles. 

Fanáticos de Fernando VII

17 de mayo de 2024

            Publicado en diario Expreso el viernes 17 de mayo de 2024.

Según algunos, la revolución del 10 de agosto de 1809 fue una “máscara” porque, detrás de las alabanzas al rey español Fernando VII, se escondía un ardiente deseo de independencia. Según esta teoría, de manera taimada le estaban jurando sumisión a un rey, únicamente para mejor clavarle un puñal. 

Pero los quiteños de 1809 no fueron unos taimados. Ellos tuvieron claro sus objetivos: el primero, obtener la autonomía para administrar su territorio. Quito quería que la asciendan a Capitanía General (como en Sudamérica eran Venezuela y Chile) para superar su estado de sumisión al Virreinato de Santa Fe, siendo como era Quito una Audiencia subordinada a lo que en Santa Fe (hoy Bogotá) se decida en segunda instancia, lo que era apelable en España ante el Consejo de Indias y, en última instancia, ante el rey. Quito era la parte más baja de esta escala, un juzgado de primera instancia. 

El segundo objetivo era la recuperación de su grandeza de antaño. En el último cuarto del siglo XVIII e inicios del XIX, a Quito le quitaron: primero, la jurisdicción eclesiástica sobre Guayaquil, Portoviejo, Loja, Zaruma y Alausí por la creación de un obispado en Cuenca (1779); segundo, Esmeraldas, Tumaco y La Tola, que pasaron a la administración de Popayán (1793); tercero, Mainas, que pasó a ser administrada desde España (1802); cuarto, Guayaquil, que pasó a la administración de Lima (1803). Le quitaron por todos los puntos cardinales.

Entonces, el 10 de agosto de 1809 fue la oportunidad de los quiteños para satisfacer estos dos objetivos. Ellos crearon una Junta de Gobierno y nombraron autoridades, pero jamás buscaron la independencia pues lo que realmente querían era tener autonomía y estar en pie de igualdad con las potencias de la región. Quito no quería que su coteja sea Charcas (otra Audiencia subordinada); ella aspiraba a que lo sean Lima, Santa Fe y Buenos Aires (Virreinatos), y Chile y Venezuela (Capitanías Generales). 

Para obtener estos objetivos, Quito decidió convertirse en la más ardiente defensora del rey español y cambiar el modelo administrativo en la jurisdicción de su Audiencia. Lo primero, porque la España peninsular estaba tomada por el ejército francés. Entonces, al rey Fernando VII (a quien se lo llamaba “rey legítimo y señor natural”) el Ministro de Justicia Rodríguez de Quiroga lo invitó, en abierta proclama, a que fije en Quito “su augusta mansión”. 

En cambio, al emperador de los franceses, Napoleón, a quien se lo llamaba “el Tirano de Europa”, Rodríguez de Quiroga lo emplazó a que “pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía”.

Lo segundo, el cambio de modelo administrativo, provocó su caída. La Junta de Gobierno de Quito quiso someter bajo su administración a tres gobernaciones: Cuenca, Guayaquil y Popayán. Las tres ignoraron las demandas de Quito y enviaron tropas para someter su experimento de insubordinación y autonomía. Lo consiguieron.

El 24 de octubre de 1809, fracasado su experimento, los quiteños devolvieron el poder a quien se lo habían usurpado. Y fueron unos fracasados, unos ilusos, acaso unos necios, pero nunca taimados. 

Ellos realmente querían caerle en gracia a su rey.

Caso Tibi

15 de julio de 2022


Publicado en diario Expreso el 15 de julio de 2022.

 

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) sentenció el Caso Tibi vs. Ecuador el 7 de septiembre de 2004. Este caso es típico de los años noventa, parte de un esquema de corrupción institucionalizada por las nuevas reglas para el combate del tráfico de drogas. La aprobación de la Ley de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas (Ley 108), en septiembre de 1990, cambió las reglas.

 

La experta Sandra G. Edwards describió la nueva situación en palabras sencillas: ‘Ecuador debía comprometerse con el juego de los números: más personas en la cárcel y más acusados por delitos relacionados con drogas. La policía ecuatoriana asumió el acuerdo como una misión encomendada. A cambio de continuar recibiendo la asistencia económica, su trabajo consistiría en detener a tantas personas como fuera posible bajo la Ley 108’. El francés Daniel Tibi fue una víctima célebre de este esquema corrupto.

 

En septiembre de 1995, Daniel Tibi fue detenido por la Policía en el barrio La Mariscal, en Quito. Enseguida, la Policía lo trasladó de Quito a Guayaquil, lo involucró en un delito bajo la Ley 108 y, con la colaboración de un sistema penal volcado al hacinamiento en las cárceles por los delitos de drogas, lo encerraron en La Penitenciaría del Litoral. Tibi tenía 36 años. Pasó los siguientes dos años y medio encerrado (hasta enero de 1998, siempre con prisión preventiva), sufriendo las penurias del malvivir de la Penitenciaría.

 

En julio de 1998, la situación de Daniel Tibi se denunció ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y, tras un trámite de seis años, Tibi obtuvo de la Corte IDH una sentencia que condenó al Estado del Ecuador. La Corte reconoció en sentencia que la detención de Tibi había sido ilegal y arbitraria, que a él se lo torturó en prisión, que sus garantías judiciales no le fueron respetadas y que sus propiedades le fueron incautadas y jamás devueltas. Y por estos hechos violatorios a sus derechos, la Corte IDH ordenó reparaciones económicas a favor de Tibi y sus familiares, y ordenó otras reparaciones a fin de que las violaciones que se cometieron en este caso no se vuelvan a repetir en el Ecuador.

 

El Estado del Ecuador se limitó a cumplir (con demora) las reparaciones de carácter económico, pero todas las reparaciones para la no repetición de los hechos, que comportaban programas de formación y capacitación para el personal judicial, del ministerio público, policial y penitenciario, incluyendo al personal médico, psiquiátrico y psicológico, y ‘un comité interinstitucional con el fin de decidir y ejecutar los programas de capacitación en derechos humanos y tratamiento de reclusos’, siguen sin cumplirse. El Estado, cuatro informes de cumplimiento de la Corte IDH y casi dos décadas después, no sigue estando como estaba en los años noventa por la sencilla razón de que está ya peor. Si enterado, no habría podido sorprenderlo a Tibi esta decadente práctica institucional: él no esperaría nada de un basural.

 

Apenas salió libre, Tibi abandonó el Ecuador. Era el 22 de enero de 1998. Un diario local hizo una noticia por su partida y recogió sus últimas palabras, dichas antes de subirse al avión que lo llevó de vuelta a Francia: ‘Al fin pude salir de la basura’.

Lo contrarrevolucionario en la 'Revolución del 10 de agosto' (becoming a weirdo)

30 de agosto de 2020


Hay una historia ‘oficial’ del Ecuador, en la que lo que se conoce como la ‘Revolución del 10 de agosto’ se ha hecho pasar como la fecha fundacional del Estado del Ecuador, como el origen de su independencia política.

Como lo ha advertido Antonio Annino, el origen de esta historia ‘oficial’, o ‘clásica’, se encuentra en ‘los imaginarios liberales del siglo XIX y de los nacionalistas del XX’, que ‘en su afán de construir historias patrias según los cánones de las dos épocas, inventó el exitoso paradigma de unas «naciones» oprimidas que se liberaron de una «tiranía» de una metrópoli colonialista’*.

El problema de esta historia es que, aunque conveniente, es falsa. Hace muchos años que los nuevos estudios históricos han superado esta historia ‘clásica’ u ‘oficial’, porque se ha llegado a comprender que la historia de las independencias en América es ‘un proceso global que empieza con la irrupción de la modernidad en una monarquía de antiguo régimen, y va a desembocar en la desintegración de ese conjunto político en múltiples Estados soberanos, uno de los cuales será la misma España’**.  

En esta nueva comprensión, se le nota lo contrarrevolucionario a la ‘Revolución del 10 de agosto’. Frente a las luces de la modernidad, originada en Francia con su célebre Revolución de 1789, los revolucionarios de agosto le opusieron una Junta Suprema ‘que gobierne interinamente a nombre, y como representante de nuestro legítimo soberano, el señor Don Fernando Séptimo’ (Acta del 10 de agosto) y pidieron a los pueblos de América unir sus esfuerzos para enfrentar al ‘sanguinario tirano de Europa’ (Napoleón): ‘conspiremos unánimemente al individuo objeto de morir por Dios, por el Rey y la patria. Esta es nuestra divisa, esta será también la gloriosa herencia que dejemos a nuestra posteridad’ (Proclama del 16 de agosto). Dios, Rey y Patria española: ha aquí una trilogía contraria a los ideales de la modernidad, a la que en los escritos se demoniza.

En esta nueva comprensión, el propósito de los revolucionarios de agosto fue defender el ancien régime y no buscar la independencia. Y en ese contexto, lo suyo fue un proyecto de autonomía política para la superación de la varias veces centenaria subordinación de la Audiencia de Quito a las jurisdicciones virreinales (primero a Lima, luego a Santafé). Su propósito fue romper con esta subordinación y asumir una primacía, siempre como parte de la Monarquía Católica, frente a sus provincias vecinas que formaban parte de su jurisdicción como Audiencia de Quito: las provincias y Gobernaciones de Popayán, Guayaquil y Cuenca (v., sobre esto, ‘Siglo y medio de miseria y derrotas’ y ‘El 10 de agosto no fue obra de canallas’).

El final de esta contrarrevolución ocurrió por la negativa de estas provincias y Gobernaciones de hacer caso a la propuesta de primacía de Quito sobre ellas. No sólo se negaron, sino que ellas se opusieron de forma activa, al punto de enviar tropas a Quito. La horrible matanza del 2 de agosto de 1810 fue una de sus consecuencias (v., sobre esto,  ‘Todo les sale mal’).

En la historia ‘oficial’, a las víctimas de esta masacre se los ha hecho pasar por mártires de la independencia. Esta idea fue conveniente a la propaganda anti-española en tiempos de la independencia, pero es falsa, porque como ellos nunca aspiraron a la independencia, por ende, mal podían ser unos mártires de algo en lo que nunca creyeron. Los revolucionarios estaban presos en Quito, resguardados por tropas limeñas, debido a la reacción de sus provincias vecinas frente a su ‘Revolución del 10 de agosto’ que quiso darle a Quito una primacía que ellos no le permitieron (sobre las interacciones entre Quito y las provincias, v. ‘Las relaciones exteriores de Quito en 1809’). Así, el 2 de agosto de 1810 fue un punto extremo de esta reacción contra Quito: frente a la ejecución chapucera del plan para liberar a estos presos, la reacción de las tropas extranjeras, venidas del Sur, fue eliminar a todos los presos que pudieron y, acto seguido, pasar por las armas a alrededor del 1% de la población de Quito. Brutal.

Así, debemos situar, aunque nos pese, a la ‘Revolución del 10 de agosto’ en su justa dimensión: una acción de hondo tufo contrarrevolucionario, hecha en nombre de los valores del ancien régime (Rey, Dios y Patria en Europa), que no buscó jamás la independencia ni de la provincia Quito ni mucho menos de un inexistente Estado del Ecuador, y que tuvo un final triste y brutal.

Visto desde esta perspectiva ofrecida por los nuevos estudios históricos de François-Xavier Guerra, Antonio Annino, Federica Morelli, Manuel Chust, entre muchos otros, no considero que haya, a nivel nacional, nada que festejar el 10 de agosto. Porque es un hecho provincial (dado que su falso ‘heroísmo independentista’ le corresponde únicamente a la provincia de Quito y fue rechazado por las otras dos provincias que llegaron a constituir, muchos años después, el Ecuador) y porque es un  hecho esencialmente fracasado, que no tendría porqué festejarse.

Pero el Ecuador es este país raro (a weirdo) que ha convertido en su fecha fundacional a un rotundo fracaso. Aunque, a la final, ello tenga plena lógica: llevamos 190 años siéndolo (un fracaso, a weirdo).  

* ‘Lo imperial en la América hispánica’, en: Annino, Antonio, ‘Silencios y disputas en la historia de Hispanoamérica’ (pp. 137-179), Taurus, Bogotá, 2014, p. 138.
** Ibíd. La frase es de François-Xavier Guerra.

Arthur Schopenhauer, la lengua francesa y los monos

2 de mayo de 2019


A lo largo del siglo XVIII, la lengua francesa se convirtió en la lengua de la diplomacia, del pensamiento y del buen gusto, al menos en la vieja Europa. Los tratados internacionales empezaron a escribirse en francés (aunque las partes no sean francesas), las obras de la filosofía empezaron a escribirse en francés (incluso si sus autores, como en el caso de Gottfried Wilhelm Leibniz [1646-1716], no eran franceses) y la etiqueta se originaba en Versalles. Al final del siglo, Antoine de Rivarol (1753-1801), en su “Discours sur l’universalité de la langue française” de 1784, acuñó la famosa frase: “Ce qui n’est pas clair n’est pas français!” [“¡Lo que no es claro, no es francés!”]. Por esta época, los franceses juzgaban a su lengua como el referente de la racionalidad par excellence*, y en su desmesurado elogio llegaron a reputar a su lengua como una de las “clásicas”.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) pensaba muy distinto en esta materia. En una crítica a un libro publicado en Francia el año de N. S. de 1.857, en el que se aludía precisamente a la existencia de tres langues classiques, poniendo así al francés a la par del griego y del latín, Shopenhauer se mandó nomás:

“En otras palabras: esta misérrima jerga románica; esta pésima mutilación de palabras latinas; esta lengua que debería alzar la vista con respeto a su más antigua y venerable hermana, la italiana; esta lengua, cuya característica peculiar son las repugnantes nasales en, on, un, así como un espasmódico y extremadamente desagradable acento en la última sílaba, mientras que todas las demás lenguas se valen de las tranquilizantes graves; esta lengua, carente de toda métrica; en que la rima, que por cierto recae siempre sobre é u on, constituye la única forma de poesía; ¡esta miserable lengua es exhibida aquí como langue classique al lado de la griega y la latina! Convoco a toda Europa a una buée [abucheo] general para humillar a estos señores tan presumidos e impúdicos.”§

La neta que los franceses no le caían bien a Schopenhauer. En otro fragmento de su obra, advirtió: “Otras partes del mundo tienen monos; Europa tiene franceses. Una cosa compensa la otra.”.

* Datos tomados de: Ostler, Nicholas, ‘Empires of the word. A language history of the world’, Harper Perennial, Nueva York, 2006 [Primera edición: 2005], pp. 403-421 (Sección “La francophonie”).
§ Schopenhauer, Arthur, ‘El arte de insultar’ [Die Kunst zu beleidigen], Alianza editorial, Madrid, España, 2018 [Primera edición: 2005], p. 92. (Edición e introducción de Franco Volpi.)
Ibíd., p. 93. Variantes: “Mon sembamble, mon frère, monkey”.

Notre-Dame et moi

18 de abril de 2019


[NO PICTURE AVAILABLE]

Never been to Paris, pero de haberlo hecho, habría tenido unas buenas dos millones de cosas más interesantes que hacer que visitar una pinche iglesia, aunque sea esta súper-dúper-archi-famosa. He entrado a varias a lo largo de mi vida en muchos países de América y Europa, para encontrar en ellas un común denominador: en arquitectura son, para mí, lo que en literatura es Paulo Coehlo: una bonita y rentable pendejada, de la que resulta mejor prescindir. Y esto va para todas las pinches iglesias católicas del mundo mundial, sin discriminación alguna.

Así, en un plano estrictamente personal, que se queme la iglesia de Nuestra Señora de París me vale un “oh, qué lindas son las iglesias cuando arden”.

Y fue ocasión propicia para contestar, como en Gone with the wind (apropiado título) y en bilingüe rima:

- “Oye, Xavi, que se quema Notre-Dame”
- “Frankly, my dear, I don’t give a damn”

Los católicos, el aborto y un futuro apocalíptico

14 de enero de 2019


Imagino un futuro apocalíptico: años de entrenamiento en lugares con decenas de puertas...


…nudillos sangrantes, zapatos rotos y esfuerzos indecibles, años de lucha han logrado convertir a La Atalaya en la nueva Extra de la sociedad ecuatoriana y al culto de los Testigos de Jehová en la nueva religión dominante del país.

Esto pasa en el Ecuador y los católicos son ahora minoría. Una noche de luna llena en este futuro apocalíptico el hijo de una pareja de católicos se desangra. Acuden de inmediato a un hospital público, sólo para escuchar que la nueva Ley de Prohibición de Transfusiones que pasó el Gobierno por la presión del credo mayoritario del país, basado en la interpretación que esta gente hace de la Biblia, prohíbe que se le haga una transfusión a este niño que se está desangrando. Es la decisión de la mayoría, así que a resignarse. A sus padres les toca ver morir a su hijo a la luz de la luna.

Trágico. No en vano es futuro apocalíptico.

De una cosa estoy seguro: los católicos estarían más que arrechísimos con una disposición de este tipo. Con justa razón.

Con la misma justa razón que nos asiste a los que somos minoría en una sociedad de mayoría católica, para que las normas de la sociedad en que vivimos no reflejen el credo de uno de sus grupos (por predominante que sea) sino que nos garantice una igual libertad para todos. Eso implicaría que donde haya predominancia de los Testigos de Jehová no se prohíban las transfusiones de sangre, o que donde la haya católica, por ejemplo, no se prohíba el aborto.

Porque como se lo ha hecho en el mundo occidental de mayores recursos, que para tantas otras cosas resulta modélico, es posible separar el hecho de ser católico del hecho de ser el Presidente de un Estado (Correa en esto fue penoso). Así lo demostró Valéry Giscard d’Estaign, Presidente de la República Francesa, cuando durante su gobierno se aprobó la Ley del Aborto:

“Yo soy católico pero también soy presidente de una República cuyo Estado es laico. No tengo por qué imponer mis convicciones personales a mis conciudadanos, sino que debo procurar que la ley corresponda al estado real de la sociedad… para que sea respetada y pueda ser aplicada. Comprendo perfectamente el punto de vista de la Iglesia Católica y, como cristiano, lo comparto. Juzgo legítimo que la Iglesia pida a los que practican su fe respeten ciertas prohibiciones. Pero no corresponde a la ley civil imponerlas con sanciones penales al conjunto del cuerpo social”.

En 1974 se aprobó en Francia, por iniciativa de Simone Weil y con estas razones dadas por su máxima autoridad, lo que en el Ecuador es todavía un tibio y mal llevado debate, lleno de insolente moralina. Pobre el Ecuador, cuyo triste destino (su verdadero futuro apocalíptico) parece que será el colapsar de puritito retraso.

Benjamin y la mar

13 de noviembre de 2018


Cuenta Diedrich Diederichsen en Personas en loop*:

“Visité Port Bou, en la frontera española-francesa, y estuve en el lugar en donde se suicidó Walter Benjamin. Éste había alcanzado territorio seguro en España cuando la dueña del hotel en que dormía delató la presencia de un judío alemán a la guardia de frontera. Le informaron que lo enviarían de vuelta hacia la Francia ocupada en el primer tren de la mañana. Benjamin usó el tiempo que le quedaba para tomar una sobredosis de morfina. Otra coproducción hispano-germana”.

Y añadió que en este extremo de Cataluña “hay ahora una escultura minimalista bellísima de Dani Karavan, un pasadizo de hierro insertado en el peñasco donde se encuentra el cementerio”. Es éste:*



Diederichsen, Diedrich, ‘Personas en loop. Ensayos sobre cultura pop’, InterZona editora, Buenos Aires, 2011, pp. 67-68.

Pampita explica la legalización del aborto

13 de junio de 2018


La legalización del aborto se discute este día en el Congreso de la Argentina.

De todo lo que he leído o escuchado sobre esta ley para legalizar el aborto en la Argentina, me ha gustado más la evolución de Carolina Ardohaín, modelo, pampeana y razonante, más conocida por el mote de “Pampita”. Provinciana y católica, todo su vida se opuso al aborto, pues así lo disponía la Iglesia a la que ella pertenecía y pertenece.

Pero los otros días formuló este tren de ideas, honesto y valiente, que he dividido en cuatro partes:

1) Postura personal: Pampita cuenta su postura personal, común a la del resto de la grey católica: “Soy católica, siempre estuve en contra del aborto, nunca fue una opción para mí, ni lo es”.

2) Irrelevancia de la postura personal: Pampita entiende la irrelevancia de su postura personal: “Las creencias personales, en este tema, hay que dejarlas de lado”.

3) Salud pública: Pampita explica la razón de porqué es necesario dejar de lado las creencias personales: “Creo que es realmente un tema de salud pública. Cuando ves las cifras, cuando ves la cantidad de mujeres que mueren, que no tienen la posibilidad de elegir, me hizo cambiar mi postura, hoy estoy a favor de la despenalización del aborto, a pesar de que no es opción para mí [… este tema hay que ] tratarlo con la seriedad que merece. No es, ‘ah, bueno, no quiero tener un hijo, aborto’, no es eso. Es: Anti-concepción para no abortar y aborto legal para no morir”.

4) Baño de realidad: Cuando la reconvienen con el argumento de que con el aborto “mueren vidas”, Pampita da un baño de realidad que debería limpiarnos de ombliguismo: “También hay mujeres que mueren. Y el aborto existe. Y aunque no exista una ley que lo legalice, va a seguir existiendo”.

*

En realidad, este de Pampita es un razonamiento similar al que tuvo el Presidente francés Valéry Giscard d’Estaign, cuando en sus memorias recordó los debates para la aprobación de la legalización del aborto en Francia, durante los años setenta:

“Yo soy católico, le dije [al papa Juan Pablo II, durante una entrevista realizada en El Vaticano], pero soy presidente de la República de un Estado laico. No puedo imponer mis convicciones personales a mis ciudadanos [...] lo que tengo que hacer es velar porque la ley se corresponda con el estado real de la sociedad francesa, para que pueda ser respetada y aplicada. Comprendo, desde luego, el punto de vista de la Iglesia católica y, como cristiano, lo comparto. Juzgo legítimo que la Iglesia católica pida a aquéllos que practican su fe que respeten ciertas prohibiciones. Pero no es la ley civil la que puede imponerlas con sanciones penales, al conjunto del cuerpo social”. Y añadía: “Como católico estoy en contra del aborto; como presidente de los franceses considero necesaria su despenalización” (leo esto y pienso: cuánto de Giscard d’Estaign hizo falta en Correa. Mejor dicho: cuánto de Estadista hizo falta en Correa).

La legalización del aborto se aprobó en Francia el 20 de diciembre de 1974 y fue publicada en el Journal Offiiciel el 16 de enero de 1975.

*

Pero no hay que hacer como Rafael Correa, hay que hacerlo mejor (ese es el chiste de superarlo a Correa, ¿no?). Hagan como hizo Pampita, hagan como Valéry Giscard d’Estaign: pensar como un Estadista está al alcance de la mano.