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Buscando un buque inglés

16 de enero de 2026

            Publicado en diario Expreso el viernes 16 de enero de 2026.

“El enemigo de mi enemigo es mi amigo” es un famoso proverbio árabe. Inglaterra era una poderosa enemiga de Francia y dado que Francia era enemiga de Quito, entonces Inglaterra pasó a ser una (potencial) amiga del Quito insurgente de 1809. 

Porque este Quito insurgente de 1809 no hizo su revolución contra el Reino de España, como se sostiene en el manido discurso patriotero. De manera formal, la revolución de Quito fue hecha contra la ocupación del territorio peninsular español por las tropas del emperador francés Napoleón Bonaparte, a quien el revolucionario Rodríguez de Quiroga caracterizó en su célebre proclama del 16 de agosto como “el sanguinario tirano de Europa”, e instó a que él “pase los mares, si fuese capaz de tanto: aquí le espera un pueblo lleno de religión, de valor y de energía”.

Pero, en realidad, la revolución de Quito de 1809 se llevó a término para romper con siglos de subordinación administrativa, ora al Virreinato de Lima, ora al Virreinato de Santa Fe. En palabras de la historiadora Federica Morelli, con la excusa del combate a los franceses, esta revolución fue la oportunidad “de constituir un gobierno autónomo tanto de la madre patria como de los dos virreyes”.

Ahora, para sostener su revolución, los quiteños necesitaban de armas. Y aquí entra en escena Inglaterra. En un momento de desesperación, cuando la revolución parecía venirse abajo en septiembre de 1809, el marqués de Selva Alegre, Presidente de la Junta de Gobierno de Quito, dirigió una carta al “capitán de cualquier buque inglés”.  

En esta carta, el marqués explicaba la razón de ser de la Junta de Gobierno por él presidida: “Enemigos eternos del infame devastador de la Europa, Bonaparte, hemos resuelto resistir hasta la muerte á su tiranía, como lo ha hecho la gloriosa e incomparable nación inglesa. En su virtud el pueblo de este Reino ha separado del mando de él a los españoles que lo regían, sospechados de secuaces declarados de aquel monstruo, y ha creado una Junta Suprema Gubernativa”. Y es en tal virtud que el citado marqués le pide al hipotético inglés “armas y municiones de guerra que necesitamos, principalmente fusiles y sables. Sírvase usted traernos a cualquiera de los puertos de Atacames o Tola, dos mil fusiles, con sus bayonetas y dos mil sables de munición, pues serán satisfechos a los precios corrientes”.

La revolución de Quito fue guerreada por todas las provincias vecinas a Quito (esto es, Popayán, Cuenca y Guayaquil). En este caso concreto, fueron las tropas de Popayán las que impidieron que el enviado de la Junta de Quito llegue siquiera a buscar los buques de bandera inglesa, pues los puertos habían sido tomados cuatro días antes de la redacción de la carta suscrita por el marqués de Selva Alegre. 

Desde las montañas de los Andes a un buque en el Pacífico: era éste un camino muy difícil de recorrer para “un gobierno frágil, inestable y acosado por la guerra”, como caracterizó Daniel Gutiérrez Ardila al Quito insurgente en su artículo “Revolución y diplomacia: el caso de la primera Junta de Quito (1809)”.

Tras este fracaso y otros más, en Quito, los revolucionarios se resignaron a la derrota y el 24 de octubre devolvieron el poder a los españoles. 

Los disidentes de D10S: Meet Terry Butcher

15 de mayo de 2019


En la carrera de doce toques de balón, 44 pasos y 10.6 segundos que emprendió Diego Armando Maradona hacia la gloria en la cancha del “Azteca”, el zaguero inglés Terry Butcher cumplió un rol tragicómico: es el único jugador que intentó bajarse a Maradona, no una sino dos veces, ambas coronadas por el fracaso. Así lo recuerda Hernán Casciari en 10.6 segundos:

“Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña”.

Conozcamos, entonces, la raíz de su trauma, tal como él se la ha contado a la prensa de su país: “Al resto de mis compañeros los regateó una vez, pero a mí dos… Pequeño bastardo”.


Ha contado también Butcher a los tabloides ingleses que se encontró con Diego después de ese partido (22 de junio de 1986) en el laboratorio, para el control anti-doping. Dice que le preguntó por señas si el primer gol había sido con la mano o con la cabeza. Butcher estaba flanqueado por dos ingleses, por lo que Diego (D10S, pero no boludo) optó por la fácil: “la cabeza, boludo”, les explicó sin palabras. Meó, y se fue.

El triplemente burlado inglés Terry Butcher revive en su imaginación ese momento con Maradona en el laboratorio. No es que atesore una fortuna: afirma que pondría unos cuantos “miles de libras” para regresar en el tiempo y encontrarse con Maradona de nuevo en aquel cuartito (es de suponer, sabiendo que Diego hizo el gol con la mano) para zurrarse a D10S.

Pero no hay caso: D10S seguirá siendo D10S, mientras que Terry Butcher seguirá siendo el borrachín humillado y resentido que fantasea con irrealizables estupideces para una prensa ávida de burlarse de sus vencidos.

Butcher, un disidente de D10S. Un caído.

Trainmelvin

21 de marzo de 2016

Guayaquil no tiene vestigios históricos, por lo que su director municipal de cultura sugiere que el turista use su viva imaginación para creer en lo que se le cuenta en los tours que organiza la Alcaldía. Según Melvin Hoyos [o Calvin Huecos, como también se lo conoce (1)] en los tours históricos de la Alcaldía de Guayaquil esto es lo que sucede:
 
“Se apela a la imaginación del turista, tratando de ser lo más gráfico posible para que ellos a su vez puedan estructurar una imagen en su cerebro” (2).
Claro está, una imagen a gusto del socialcristianismo, con su devoción al jefe paganini de la obra y su panteón de héroes representativos de este ‘populismo autoritario de derechas’ que es la administración de Jaime Nebot en la Alcaldía de Guayaquil.

La historia, en estas manos, es lo que Inglaterra para este escocés, en esta escena justamente célebre de esa gran película que es Trainspotting:

 
Wanckers.

(1) 'Querido Calvin', Xavier Flores Aguirre, 5 de mayo de 2011.
(2) Jaramillo Ruiz, Sara Leonela 2014, 'Análisis del turismo urbano como modalidad de desarrollo turístico para la ciudad de Guayaquil', Universidad Católica de Santiago de Guayaquil [Transcripción parcial de entrevista a Melvin Hoyos], p. 94. 

El mejor gol

23 de junio de 2011


Publicado en GkillCity el 23 de junio de 2011.

*

Hoy son 25 años y un día, pero lo recuerdo como ayer: a principios del partido, mi viejo recibió a un amigo para conversar de negocios y se sentaron en una mesa situada en un altillo, desde donde hablaban a voces y bebían whisky; mi viejo, ocasionalmente, me preguntaba el resultado.

Yo tenía ocho años y poco más, miraba fijamente la pantalla donde las patrias de John Ward y Juan López se enfrentaban en un match del Mundial del ’86 y le respondía a mi viejo con el entusiasmo propio de la edad pero, muy en el fondo, sentía un infantil cabreo de que esté en una reunión de negocios en vez de mirar el partido conmigo.  De repente, en la pantalla, Maradona la pisa en mitad de la cancha y empieza a correr con la pelota atada al pie: seis ingleses atrás y once segundos después, con la pelota adentro del arco y el gol más hermoso de la historia de los mundiales celebrándose con el puño en alto junto al banderín del córner, se convierte en el feliz y épico vengador de la humillada patria de Juan López y de millones de argentinos.  A mí, en realidad, todo este cuento de la patria me importaba nada, lo mío era tan simple y tan feliz como gritar el mejor gol que en mis pocos años de fútbol mis ojos habían visto. 

Lo mío era gritarlo e ir a gritarle a mi viejo en su reunión, sin nada de esa vaina que llaman respeto a los mayores, que se lo había perdido, que se había perdido el mejor gol del mundo.  Corrió al monitor y sorbió su whisky, frente a la pantalla, para multiplicar el deleite (que es lo que yo haría) de verlo en esas repeticiones con la R gigante en el extremo de la pantalla.  Me acarició la cabeza y dijo: “tenías razón. El mejor gol de la historia de los mundiales”.  Aquel gol en el que la gesta épica le rinde su mayor homenaje a la estética de la jugada: el mejor de todos, como su autor.