Ilícito militar
21 de julio de 2007
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Etiquetas: Código Penal, Ecuador, Fuerzas Armadas, Lorena Escudero, Permiso de salida, Rafael Correa, Registro Oficial
Libertad de conciencia
14 de julio de 2007
El TC declaró que el artículo 108 violó el principio de independencia e imparcialidad en el caso de la autoridad que califica (por ser juez y parte) y el artículo 188 de la Constitución porque el objetor de conciencia no era asignado a un servicio civil o a la comunidad sino a un organismo dependiente de las Fuerzas Armadas, y que el artículo 88 violó los derechos al trabajo, estudio, libertad de contratación y libertad de circulación porque las sanciones de este artículo no permitían “que las personas ejerzan su derecho a la defensa, a contradecir pruebas, y no guardan proporcionalidad con la infracción, que no existe”. La Resolución del TC fue disputada: de nueve vocales, cinco a favor, cuatro en contra. Fue lamentable, eso sí, el argumento de quienes estuvieron en contra: en esencia, se redujo a señalar que como el artículo 188 de la Constitución establece la regulación legal de la objeción de conciencia y la ley, en efecto, la regulaba, no cabía la acción de inconstitucionalidad. Este absurdo formalismo prescinde del necesario análisis del contenido de la norma impugnada y constituye un argumento de verdad primario, esto es, propio de escuela primaria.
El TC considera que “los Estados están obligados a respetar el derecho de las personas a actuar según sus imperativos éticos, aun cuando esta objeción u oposición se fundamente en motivos de conciencia, en convicciones individuales. Así que se justifica y cobra razón que en un Estado democrático, los individuos puedan oponerse a normas que consideran injustas y, sobre todo, incompatibles con sus convicciones personales; y se vuelve imprescindible que el Estado se obligue a crear las condiciones para que este derecho pueda ser ejercido, creando el marco democrático necesario para garantizar que su ejercicio pueda ser posible”. En una sociedad como la nuestra, que limita con pobres argumentos de cariz religioso o patriótico el ejercicio de las libertades individuales, esta trascendental consideración del TC merece amplia difusión y análisis.
Un ejemplo de esta difusión y análisis lo tiene Mónica Vaca en su ‘Observatorio Ciudadano’ (cuya lectura recomiendo) que celebra la sensata resolución del TC con el título ‘Un triunfo para la libertad de conciencia’ y concluye su texto con las siguientes palabras: “Esta resolución del TC podría servir como un importante antecedente para que la Asamblea Nacional Constituyente elimine de la Constitución la obligatoriedad del servicio militar. Ojalá que algunos de los futuros asambleístas se informen sobre este tema”. Yo suscribo sus buenos deseos y sugiero, además, que esta resolución del TC, que garantiza el derecho a la libertad de conciencia, sirva como referente para una mejor defensa y mayor garantía de los derechos y las libertades individuales, que tanta falta nos hace.
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'Beatles, hippies, jardines'
7 de julio de 2007
Hace 50 años y un día, 6 de julio de 1957, John Lennon y Paul McCartney se conocieron en una verbena en la iglesia de la parroquia St. Peter, barrio de Woolton, en Liverpool. Casi diez años después, el 1 de junio de 1967, The Beatles editó los 39,43 minutos que se repartieron en las trece canciones del memorable Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, primer álbum conceptual y el más influyente de la historia del rock. Paul McCartney declaró: “Grabamos Sgt. Pepper para alterar nuestros egos, liberarnos y divertirnos mucho”. Sin afán de reducirlo a un grupo, disco o frase, y acaso McCartney sin advertirlo tampoco, me permito constatar que su declaración le concede mucho sentido a un período trascendental de la historia reciente: la época del movimiento hippie.
Los hippies sucedieron en los años sesenta y revolucionaron la cultura occidental (y en alguna medida la mundial): el pelo largo, el amor libre, la música rock, el activismo político y las protestas contra la guerra, sus comunas, las drogas psicodélicas, la búsqueda espiritual, el nacimiento de movimientos medioambientales, feministas y de defensa de los homosexuales son referentes de su época. En palabras de Barry Miles, podía definirse a los hippies “por casi todo aquello que ‘la recta sociedad’ no era”. Para expresarlo con precisas palabras de Emil Cioran los hippies sembraron en la sociedad, con la simbólica fuerza de sus flores, “jardines de dudas”.
Otro jardín, en Grecia, muchos siglos antes: en el 306 a.C. el filósofo Epicuro estableció la llamada “escuela del jardín” en las afueras de Atenas, en un humilde huerto de hortalizas cuya entrada tenía esta deliciosa inscripción: “Forastero, aquí estarás bien. Aquí el placer es el bien primero”. En el jardín de Epicuro se admitía y se tenía trato de iguales con las mujeres y los esclavos (cosa inaudita para la época), se cultivaba la generosidad y la amistad (para Epicuro, “de todos los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de una vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad”) y se desarrolló una filosofía que antepone el individuo a la colectividad, desconfía de las instituciones y el poder (aunque tenga origen divino) y desprecia la moral tradicional: un pensamiento coherente y transgresor que mediante la autosuficiencia (autarquía), la serenidad del ánimo (ataraxia) y el goce racional de los placeres, señala el camino a la felicidad.
El filólogo español Carlos García Gual, entre otros, vislumbra analogías entre la filosofía de Epicuro y el ideario hippie: la reivindicación del ocio y del placer, la crítica al consumo y a la riqueza, la creación de nuevas formas de sociabilidad, la condena a la religión establecida. En tiempos en que imperan tristes lógicas de mercado y afanes de consumo que pretenden consumirnos en su vorágine, me agrada recordar a este feliz filósofo griego, que requería “de un pedazo de queso para darse un festín cuando le apetezca” y al ideario hippie, que bien puede simbolizarse en esta frase que consta en la única canción (Within you without you) que mi beatle favorito, George Harrison, escribió para el Sgt. Pepper: “cuando has visto más allá de ti mismo, acaso puedas percibir que la paz de tu mente está allí”. La conmemoración de este cincuentenario beatle me incentivó a escribir estas líneas; ojalá a ustedes los incentive a recorrer los jardines que propongo.
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¿Libertarios?
23 de junio de 2007
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Envidia (Aute)
16 de junio de 2007
La envidia es el sexto de los pecados capitales y es contraria al décimo mandamiento; San Gregorio Magno le atribuyó el origen de gravísimos defectos y la Iglesia Católica recomienda que se le oponga la virtud de la caridad. No me toca: yo suscribo plenamente la frase de Sabina, “me gusta que haya religiones porque me encanta pecar”, y por ende, no tengo ningún problema de conciencia en admitir que envidio. Preciso esta idea y admito que, en realidad, yo suelo admirar, por ejemplo, la prosa de Borges, la poesía del citado Sabina, el humor de Marx (obvio, de Groucho, porque el pobre Karl…), la vitalidad de Hemingway, los ideales de Gandhi, y sumo y sigo: de verdad podría citar decenas de personas, situaciones, ideas, el inventario excede, con mucho, los alcances de esta página. Pero el destinatario de mi envidia es uno solo y su nombre es Luis Eduardo Aute.
Sucede que Aute no solo es el cantante que hace tres días encandiló a quienes asistimos a su recital en el ágora de la Casa de la Cultura en Quito; es, además de cantante, poeta, cineasta, pintor y persona de asombrosa lucidez. Este es el irreductible motivo de mi envidia: Aute interviene en todos estos ámbitos del arte y todos, todos, los ejecuta con altiva maestría. Como poeta publicó en 1975 La matemática del espejo y le siguieron varios libros de poemas y recopilatorios de sus canciones (valgan estas “poemigas” –como él mismo las llama– como ejemplo: “Abrázame fuerte, fuerte, muy fuerte… hasta que la muerte nos abrace” y “Los cuerpos, después del amor, huelen a alma”); como cineasta ha realizado varios cortometrajes y en el 2002 el colosal largometraje Un perro llamado dolor, y como pintor, su vocación más temprana y laureada, ha participado en decenas de exposiciones individuales y colectivas. De hecho, Aute admite que este es el ámbito artístico donde se siente más cómodo, a todo lo demás dice dedicarse como hobby. ¡Hobby?, por Dios, eso es casi hiriente.
Una persona como Aute, que describe con maestría un acto tan prosaico como la masturbación (“a veces recuerdo tu imagen, desnuda en la noche vacía / tu cuerpo sin peso se abre y abrazo mi propia mentira”), que precisa el exacto blasón de la belleza (“enemigo de la guerra y su reverso, la medalla / no propuse otra batalla que librar el corazón […] reivindico el espejismo de intentar ser uno mismo / ese viaje hacia la nada, que consiste en la certeza / de encontrar en tu mirada… la belleza”) y que ha compuesto obras como Rosas en el mar, Alevosía, ¡Mira que eres canalla!, Vailima, Slowly, y decenas más de canciones que maravillan, solo por estas obras merece que se le tribute rendida admiración. Pero Aute es como Da Vinci, abarcativo y espléndido (¿Luis Leonardo Aute?) y en materia de arte todo lo que hace, y hace mucho (olvidaba que también es escultor), lo hace bien: es un Rey Midas que goza a plenitud de sus divinos dones. No sé a ustedes, pero todo esto a mí me provoca envidia, mucha, y la admito sin rubor. Recuerdo que Arthur Schopenhauer declaró que “nadie es realmente digno de envidia”: me permito, en esta página, rendirle mi envidioso homenaje a la genial excepción.
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¡Ay, Jalisco!
9 de junio de 2007
Vale recordar este mexicano refrán porque define con precisión meridiana la actitud de este Gobierno con relación al derecho a la libertad de expresión: Jalisco de veras, nunca admite perder en materia de este derecho, justamente el que menos entiende. Un ajustado inventario prueba su falta de entendederas: el absurdo juicio por desacato contra diario La Hora, las generalizaciones apresuradas del Presidente, sus contradicciones con el Ministro de Gobierno, su penosa comprensión de la polisemia, sus exabruptos contra periodistas de opinión y el apoyo del Gobierno a las medidas que impetró Chávez contra RCTV en Venezuela. A estas notorias calamidades se suman los reparos de Correa para la firma de la Declaración de Chapultepec: tales reparos podían esperarse de la cortedad de miras de un dictócrata como Gutiérrez, pero nunca de un académico como Correa. (Tenemos que admitirlo: Correa en algunos aspectos se parece demasiado, ¡ay de nosotros!, a quienes dice despreciar: en materia de libertad de expresión posee un ideario análogo al de Gutiérrez y en materia de autoritarismo es un aventajado pupilo de Febres-Cordero).
La Declaración de Chapultepec se adoptó en Ciudad de México, en el castillo de ese nombre, el 11 de marzo de 1994. Decenas de presidentes y primeros ministros de la región e innumerables figuras públicas la firmaron: se la considera un decálogo contentivo de los principios fundamentales para ejercer la libertad de prensa y expresión. Correa solo la firma si la desnaturaliza: pretende incluirle la posibilidad de iniciar acciones penales por supuestos “delitos contra la fe pública”. Yo manifesté mi opinión sobre procesos judiciales y libertad de expresión en columnas anteriores ("Libertad de opinar", 05.V.07; "El delito de desacato", 19.V.07) y la resumo en una frase: suelen utilizarse para acallar las voces críticas. El académico Presidente debería saber que la libertad de expresión, como escribió George Orwell en la introducción de Rebelión en la Granja, “si significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír” y que si de verdad desea mejorar la opinión pública puede en efecto hacerlo, obviamente no mediante el fácil y absurdo expediente de iniciar acciones penales, sino mediante la presentación de una mayor cantidad y mejor calidad de argumentos en defensa de sus ideas que contribuyan al debate crítico, condición sine qua non para la existencia de una sociedad libre y democrática. Así lo sugirió, con sensatez y hace casi 150 años, el filósofo inglés John Stuart Mill en un libro cuyo título es, precisamente, Sobre la Libertad.
Libertad: Joaquín Sabina canta en Pájaros de Portugal “qué pequeña es la luz de los faros, de quien sueña con la libertad”. En materia de expresión esta libertad es, en efecto, diminuta, porque el autoproclamado ciudadano vigía de este faro insiste en pretender apagarla en nombre de una patria que él (¡Ay, Jalisco!) supone ya de todos. Es insensato pero evidente: la terquedad, para Correa, es virtud.
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Banksy
2 de junio de 2007
Lejos de Banksy, en Guayaquil, se impone una estética distinta. El Municipio, mediante ordenanza de mayo del 2001, no matiza intervención alguna aunque sea artística (establece “sanciones punitivas y pecuniarias contra aquellas personas que ensucien y atenten contra el ornato de la ciudad y las buenas costumbres de la comunidad”, que implica la privación de libertad por un máximo de siete días). Lo supo el artista Daniel Adum, quien pintó la silueta de unos cerditos “como crítica o reflexión hacia los políticos que llenan de afiches y ensucian la suciedad”. Un correo electrónico les atribuyó un significado macabro a los cerditos y provocó inmediata histeria en Samborondón. A Adum se lo obligó a borrar su obra (se le eximió de la prisión que le correspondía; su condición de pariente de autoridades municipales acaso influyó en esa deferencia). Esta historia nos revela no solo dos maneras distintas de entender la estética (una abierta, que permite su expresión e incluso la celebra, y otra, la local y cerrada, que solo la entiende desde la censura) sino el vislumbre de una curiosa y patética dimensión política, e incluso ética. En palabras del antropólogo Xavier Andrade: “[…] tristeza causan, en cambio, el lenguaje clasista bajo el cual los chanchitos fueron enmarcados, los estigmas existentes sobre los jóvenes de estratos populares, y, la gradual abolición del espacio público en Guayaquil. Finalmente, compelidos a cubrirlos con pintura, sus autores delinearon a brochazos otra fantasmagoría: aquella que nos recuerda que las paredes que alguna vez fueron apropiadas para expresar ideas son ahora meros dispositivos de un sentido del “ornato” tan perverso como la propia idea de una ciudad amurallada” (Cerditos en el Espacio). En efecto, no son pocas las reflexiones que se pueden hacer a partir de una obra, o de su ausencia. En ocasiones, el silencio es también un ruido atronador.
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Ubuntu
26 de mayo de 2007
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El delito de desacato
19 de mayo de 2007
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Comisión de la Verdad
12 de mayo de 2007
Y despertó. El Gobierno creó mediante decreto ejecutivo una Comisión de la Verdad (CV) cuyo objetivo es investigar “las violaciones de derechos humanos ocurridas entre 1984 y 1988, y otros casos especiales”, con lo cual también resucitó a León Febres-Cordero, quien argumentó, entre otras cosas, que la existencia de esta CV es inconstitucional porque viola el artículo 24 numeral 11 de la Constitución que imposibilita el juzgamiento “por tribunales de excepción o por comisiones especiales”. Febres-Cordero se equivoca: ese numeral se refiere a órganos que ejercen funciones judiciales (Zavala Baquerizo, Jorge, El Debido Proceso Penal, Pág. 39) y las comisiones de la verdad, en palabras de Priscilla B. Hayner, “no deben equipararse a órganos judiciales ni deben considerarse sustitutos de los tribunales” porque su mandato es otro, más amplio, y consiste en analizar “un patrón de acontecimientos, incluidas las causas y consecuencias de la violencia política [lo que] les permite ir mucho más lejos en sus investigaciones y conclusiones de lo que generalmente es posible en cualquier juicio de perpetradores individuales”.
Ese patrón de acontecimientos involucra, por lo pronto, 327 casos de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y torturas, además de otros casos que se alleguen al conocimiento de la CV. En el contexto de esta investigación, la CV seguramente lidiará con mentiras, negativas y engaños, como también con recuerdos dolorosos de las víctimas y sus familiares; pero no deberá nunca apartarse del inequívoco propósito, en palabras de Hayner, de “establecer un registro exacto del pasado de un país, esclarecer sucesos inciertos, y levantar la cubierta de silencio y negación de un período de la historia”, porque como afirmó lúcidamente Michael Ignatieff, “el pasado es un argumento y la función de las comisiones de la verdad, como la función de los historiadores honestos, es simplemente purificar dicho argumento, reducir el espectro permisible de mentiras” y porque no existe posibilidad de futuro, léase bien, sin una crítica profunda de los hechos y los valores que se impusieron en el pasado. La CV es solo un primer paso en este necesario proceso de discusión crítica que, sin duda, nos involucra a todos, pésele a quien le pese.
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Libertad de opinión
5 de mayo de 2007
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Opinión deleznable
28 de abril de 2007
Con absurda facilidad, sin embargo, Larrea olvidó sus convicciones. El domingo pasado diario Expreso publicó una noticia sobre la reunión que mantuvo el ministro Larrea con abogados de la Procuraduría General del Estado para analizar la situación de Nelson Serrano. Se pensó, dice la noticia, “enviar una carta, firmada por la canciller María Fernanda Espinosa y el procurador Xavier Garaycoa, reconociendo ante la Corte de Florida que la deportación había sido ilegal”; se estudió, también, que “firmara esa carta Larrea, como superior de la Intendencia de Policía de Pichincha”. Cualquiera de estas opciones reconocía la tesis de la ilegalidad que Larrea sostenía y contribuía a la defensa de Nelson Serrano en el “nulo” proceso penal en la Florida, tal cual fueron las palabras y compromiso de Larrea. Estas opciones, sin embargo, fueron desechadas porque Procuraduría argumentó que la admisión de la ilegalidad de la deportación implicaba “desbaratar la defensa de Ecuador ante la Comisión Interamericana y se hubiera puesto al Estado en riesgo de indemnizar a Serrano”. Sucede que Serrano, con fundamento precisamente en la ilegalidad de su deportación, denunció al Estado ecuatoriano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos; la Procuraduría, en este proceso, defiende al Estado e insiste en negar lo que es, e incluso para el ministro Larrea era, evidente. Y digo que era, porque enterado de las consecuencias económicas de sus convicciones, dice la noticia, “no respaldó la tesis de apoyar a Serrano en esos términos”.
La opinión deleznable (en la doble acepción de la palabra: 1. Despreciable, de poco valor; 2. Poco durable, inconsistente, de poca resistencia) del ministro Larrea amerita reflexión. En principio, parecería que Larrea se permite la torpeza de emitir opiniones sin sustento: lo digo, porque si de verdad está convencido de que la deportación fue ilegal (conclusión a la que, por cierto, no es difícil arribar cuando se examinan los hechos) lo correcto sería que el Estado así lo reconozca en el proceso ante la Comisión Interamericana. Intuyo, sin embargo, que Larrea sí está convencido de la ilegalidad de la deportación pero que en su decisión pesaron más las “razones de Estado” de la Procuraduría, que se reducen a evitar o demorar el pago de una indemnización: esto es, en limpio, que se le niega defensa a una persona que lo merece para ahorrarse unos cuantos miles de dólares. Curioso razonamiento si se toma en cuenta que proviene de una persona que solía defender los derechos humanos. Y razonamiento, también, pobre en argumentos, sombrío e inconsecuente: de verdad, no otra es la lectura que puede hacerse del ministro Larrea y su opinión deleznable.
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Etiquetas: Comisión IDH, Gustavo Larrea, Nelson Serrano
Tú
21 de abril de 2007
Desde 1927 la revista norteamericana Time elige a la “persona del año” [Person of the Year]. El año pasado Time no determinó en un individuo esa condición: la portada de su edición de diciembre del 2006 fue una pantalla plana de computadora donde, en enormes letras negras, se podía leer “You” [Tú]. El subtítulo lo confirmaba: “Sí, tú. Tú controlas la Era de la Información. Bienvenido a tu mundo”.
Puede parecernos exagerado y sin embargo las sobradas razones para que Time te escogiera a ti las expuso bien Lev Grossman en un artículo de esa misma edición, donde enfatizó que la historia del año 2006 trató de la “comunidad y colaboración en una escala nunca antes vista […] y de las muchas posibilidades de lucha que tienen los pocos y altruistas y de cómo todo eso no solo cambiará el mundo sino también la manera en la cual el mundo cambia”. Todo lo cual es posible gracias a la Internet que constituye “una herramienta que amalgama las pequeñas contribuciones de millones de personas y hace que estas importen. Los consultores de Silicon Valley lo llaman Web 2.0, cual si fuera una nueva versión de algún viejo software. Pero es realmente una revolución”.
Lo que Grossman destaca en su artículo es el posible empoderamiento de cada uno de nosotros mediante el uso de una tecnología que está, en buena medida, a nuestro alcance. Coincido con él en que “sería erróneo romantizar todo esto más allá de lo estrictamente necesario. La Web 2.0 sirve tanto para la estupidez de las masas como para su conocimiento”. Pero el enorme potencial de su uso es evidente y quiero, en esta columna, enfatizar su importancia en el contexto del proceso de la Asamblea Constituyente en el que, por aplastante voluntad popular, nos encontramos. Les confieso que el proceso de la Asamblea Constituyente lo considero mucho más importante que la propia Constitución que resulte del proceso. Lo afirmo, porque entiendo que el proceso de la Asamblea Constituyente (que involucra, entre otras cosas, la discusión de ideas y propuestas, la crítica, denuncia y manifestación de repudio a deslegitimados, oportunistas y mediocres, el discernimiento en la elección de los asambleístas, la exigencia de rendición de cuentas a estos) es el escenario idóneo para repensar nuestra manera de participar en política y de hacerlo con nuevos mecanismos de intervención: tengo la convicción de que se puede, en efecto, utilizar la tecnología actual, blogs, YouTube, podcasts, correos electrónicos y mensajes de móvil, entre otras crecientes posibilidades, para influenciar en la construcción de una sociedad más crítica y participativa.
En su artículo, Lev Grossman mencionó la palabra revolución; esta palabra me recordó una frase de Theodore Roszak: “si no hay cambio psicológico, una revolución no hace sino reproducir la misma situación con otras personas en el poder”. Que suceda ese fracaso dependerá, en buena medida, de si aprovechamos o no esta oportunidad que tenemos para interesarnos y participar, de manera crítica e ilustrada: para convertirnos, en definitiva, en auténticos ciudadanos. Y si tú no lo haces, no tengas la desfachatez de decir luego que no tuviste cómo hacerlo. Puedes no tener las ideas, pero sí tienes los medios: ilústrate, entonces, y actúa.
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El valor de ser ilustrados
14 de abril de 2007
Ambrose Bierce mereció, entre sus contemporáneos, el título de Bitter [amargo] Bierce. En buena medida, este remoquete se debió a su exquisito Diccionario del Diablo, libro pródigo en definiciones ingeniosas e irónicas. Tengan como ejemplo, ésta, tan para mañana: “Plebiscito.-Votación popular para establecer la voluntad del amo”. Nadie puede dudar que Bierce era un pesimista: no en vano definió optimista como “[p]artidario de la doctrina de que lo negro es blanco” y política como “[c]onflicto de intereses disfrazados de lucha de principios. Manejo de los intereses públicos en provecho privado”. (Aunque esta definición también le calza a “partidos políticos ecuatorianos” los que Bierce, para su dicha, jamás conoció).
La mención a Bitter Bierce sintoniza con el estado de ánimo de la mayoría de quienes postulan el No para la consulta popular: el Sí es el evidente preludio de la dictadura y la senda que conduce a Chávez; el No, entonces, el mero reflejo de sus temores. A este respecto siento que para esta oposición el miedo, sea dicho con palabras de un soneto de Sabina, “es su patria, alrededor no hay nada” (pero nótese la diferencia: mientras Sabina hace poesía, la oposición hace agüero del desastre). Es, en verdad, lamentable: no se escucha ninguna o casi ninguna voz que discuta una propuesta a partir del No a la consulta: su casi único deseo es mantener el statu quo, cuyo derivado lógico sería medrar de la derrota de la propuesta del Gobierno. En este sentido, la desfachatez de un redivivo Hurtado o la súbita cohesión en el No de los 57 miembros de la Escuelita Cómica del Maestro Lechuga Chávez reunidos en algún hotel de la capital, no sirven sino para acentuar esta ideológica miseria.
Por cierto que no seré yo, que hace solo dos semanas fustigué (‘Superhéroes’, 31 de marzo del 2007) los graves sesgos de autoritarismo, demagogia e improvisación de este Gobierno, quien suponga no tener noticia de los posibles peligros de una Asamblea Constituyente de plenos poderes. Pero estimo necesario, en este punto, realizar un esfuerzo adicional: la jornada cívica de mañana no se agota en votar por el No como un reflejo del miedo, como tampoco votar por el Sí como una vaga aspiración de cambio, ambas actitudes que no implican casi ningún esfuerzo intelectual. A este respecto, un pensador tan lúcido como Cornelius Castoriadis supo hacer una valiosa distinción entre meramente “estar informado” y actuar, en consecuencia, con pasividad ante la realidad, y “ser ilustrado”, esto es, tener la intención de buscar, crear e intervenir la realidad con nuevas propuestas.
Hay que tener, entonces, y lo digo con énfasis, el valor de “ser ilustrado”; hay que tener el valor (en el doble sentido de esta palabra, de valer y de valentía) de aceptar el reto de pensar este país. Bien podría ser que el eventual referéndum, en caso de ganar el Sí, resulte, en definición de Bitter Bierce, en una “[l]ey que se somete a voto popular para establecer el consenso de la insensatez pública”. Pero que así sea dependerá solo de nosotros, los ciudadanos. Tengo la firme convicción de que no es este el momento para pusilánimes o chacales y de que es, en contraste, la hora propicia para intervenir, con fuerza e ideas, en la creación de escenarios y la discusión de propuestas que atemperen los rasgos de arbitrariedad, demagogia e improvisación de este Gobierno y que releven a esta vergonzosa oposición que hace mucho rato que no representa sino al oprobio. Hay que tener, entonces, el valor de “ser ilustrados” y de intervenir para contribuir, desde esa lúcida plataforma, en la construcción de una mejor sociedad.
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Pájaros de oposición
7 de abril de 2007
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Superhéroes
31 de marzo de 2007
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El símbolo Delfín
24 de marzo de 2007
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"Bluff" legal
17 de marzo de 2007
La pretensa demanda ecuatoriana ante el TIJ no cumple con ninguno de los supuestos de competencia que refiere el mencionado artículo 36 del Estatuto. En el primer caso, se necesita que ambas partes en el asunto decidan someter el caso y es evidente que no contamos con la voluntad de Colombia para tal efecto; en el segundo caso, el único tratado que podría aplicarse para la remisión del caso al TIJ, esto es, el Tratado Americano de Soluciones Pacíficas del 30 de abril de 1948, no puede invocárselo porque Ecuador no lo ha ratificado; en el tercer caso, de los 66 Estados que han realizado la declaración unilateral de aceptación obligatoria de la competencia del TIJ ninguno de ellos es Ecuador o Colombia. Como lógica consecuencia, la demanda no es posible en razón de la falta de competencia del TIJ para conocerla. La constatación del primer supuesto es un dato de la realidad; la información que verifica lo dicho en el segundo y tercer supuestos puede obtenerla cualquiera que tenga un mínimo de acuciosidad en las ciberpáginas del TIJ y de la Organización de los Estados Americanos. Queda salva la aparente posibilidad de iniciar un procedimiento ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que sirva para responsabilizar al Estado de Colombia por las violaciones de derechos humanos que suponen los mismos hechos que motivan la demanda ante el TIJ. En este sentido, los argumentos que expresé en la columna ‘Denunciemos a Colombia’, del 23 de diciembre del 2006, deben leerse a la luz del reciente Caso Interestatal No. 1/06, Nicaragua c. Costa Rica y propiciarse un detenido análisis sobre la pertinencia de su inicio. Un análisis que, sobra decirlo, no existe en relación con esta pretensa demanda ante el TIJ, que constituye un mero bluff legal que me recuerda la frase “mucho ruido y pocas nueces”, título, como bien se sabe, de una deliciosa comedia de William Shakespeare. Curiosa paradoja, porque este asunto que me ocupa no merece tanto la risa como sí una profunda reflexión acerca de la ligereza de los dichos de Cancillería con relación a nuestro impasse con la vecina Colombia.
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Etiquetas: Colombia, Relaciones internacionales
Constatación, reflexión y propuesta
10 de marzo de 2007
Me proponía, en esta columna, realizar un análisis del discurso de varios actores políticos. Quería criticar el discurso de este Gobierno, cuyo locuaz e intempestivo Presidente ostenta ciertos rasgos autoritarios (proposición de tribunales ad hoc, pretenso desconocimiento de resoluciones que no se acomodan a sus intereses), cuya retórica “altiva y soberana” peca de una grandilocuencia que no halla refrendo en los hechos (la comicidad involuntaria de “La Patria ya es de todos” o el manejo del conflicto con Colombia me relevan, en este sentido, de mayor comentario) y cuya improvisación es evidente, incluso en asuntos capitales como la Consulta Popular (el Decreto 002, que reflejó su principal propuesta de campaña, contenía una redacción primaria –esto es, de escuela primaria–) y no se diga en otros ámbitos, como es el caso por ejemplo del recién creado Ministerio de Cultura, que carece no solo de presupuesto sino siquiera de un discurso que le sirva de fundamento para una política seria en la materia que le corresponde.
Me proponía también criticar el discurso de la oposición a este Gobierno, que podría calificar sin pérdida de patético. Caduco, hacendatario o militar (dependiendo de si hablamos del PSC, Prian o PSP), conocedores de las mañas pero nunca del contenido de la democracia, no mucho puede esperarse de estos partidos cuyo principal argumento (adornado de falacias y pastiches) es la calificación de Correa de comunista y chavista, para lo cual casi las únicas pruebas que aportan son su propia ignorancia de los detalles de ambas afirmaciones y su desparpajo para expresarlas.Tales eran mis propósitos para este sábado. Pero el escenario que resultó de esta semana modificó mis planes y me lega, para la columna de hoy, una constatación, una reflexión y una propuesta.
Mi constatación: un señor de nombre Édison, como el apellido del célebre inventor norteamericano, que fungió de Presidente encargado el día que el Congreso Nacional expidió la Resolución que destituyó al Presidente del TSE, tiene mañas, como su nombre anuncia, de inventor. En efecto, Édison Chávez, de PSP, defendió con triste desparpajo la invención de la figura jurídica de “sustitución” mediante la absurda interpretación del artículo 209 de la Constitución y en violación del procedimiento establecido y del principio de legalidad. Este prospecto de inventor merece, por supuesto, una calificación de 0 en Derecho Constitucional y tampoco marcan muy distinto los otros 51 comparsas de ese absurdo, que motivó la ilegal reacción del TSE. Estos hechos fundamentan mi reflexión, misma que no extenderé demasiado porque ayer la expresó con cabales términos Orlando Alcívar: en este país “se ha hecho costumbre romper la Constitución descaradamente sin que nadie sea responsable de nada” porque “impera el poder y no el derecho”; Alcívar preguntaba si este país constituye un Estado de Derecho y la respuesta obvia es no. Mi propuesta, finalmente: la entidad más desprestigiada de este país, el Congreso Nacional, debe recular: ya probaron de su propia medicina y sus reclamos de respeto a la legalidad suenan a broma de pésimo gusto: sin posición dominante ni legitimidad alguna que defender, deberían dialogar para volver a fojas cero el problema con el TSE y darle paso a la Consulta Popular que, para bien o para mal, es un anhelo de la mayoría. Pero tanta sensatez les ha sido siempre esquiva: ustedes tranquilos, lectores: ya vendrán tiempos peores.
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Etiquetas: Congreso Nacional, TSE
Museos: Medellín y Guayaquil
3 de marzo de 2007
“El museo fue siempre solamente una ruina de la esfera pública, una privatización burguesa del espacio público hecha lo suficientemente segura para aventurarnos a visitarla. La verdadera esfera pública moderna fue siempre el lugar de trabajo […] Esa es la esfera pública –el lugar donde el conflicto social tiene voz-”. La frase le pertenece al artista contemporáneo Gareth James; puede decirse que el Museo de Antioquia, mediante el “Encuentro Medellín 07 / Prácticas artísticas contemporáneas”, la hace propia.
Es así, porque el Encuentro Medellín 07 sucede no solo en los museos sino, principalmente, en calles, parques y espacios públicos; como lo reconoce el Boletín No 2 del citado Encuentro “el arte contemporáneo es un ‘niño terrible’ al que no le gustan las ataduras. Sus lemas son la libertad, las mezclas, la irreverencia, el humor, el diálogo, la participación, la observación, las nuevas relaciones[, porque] una obra de arte contemporáne[o] no existe sin un espectador que la perciba, que la complete, que participe en ella”. Este Encuentro propone una reflexión acerca de la noción de hospitalidad, a la que concibe como “una estrategia para activar e incentivar las formas de comunicación entre las prácticas artísticas y la ciudad”, porque la hospitalidad, como nos recordaba Jacques Derrida, “consiste en hacer todo lo posible para dirigirse al otro”. (Una reflexión, sobra decirlo, que resulta muy pertinente para la ciudad de Guayaquil, donde el diálogo de las autoridades que imponen el orden en los espacios públicos con los ciudadanos suele reducirse al uso de silbatos y el cumplimiento de nebulosas “órdenes superiores”.)
En las antípodas de este Encuentro Medellín 07 está el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (Maac) de Guayaquil. El Maac, ni es niño ni es terrible: es una dama de sociedad, apoltronada en la comodidad burguesa de su salón de té. El único proyecto con el cual el Maac, en su momento, arriesgó y con el que podrían trazarse analogías con la propuesta del Encuentro Medellín 07 se llamó “Ataque de Alas”: duró poco y se descontinuó hace mucho. Desde entonces, la noción de arte contemporáneo que tiene el Maac solo sirve para justificar el principio de la cita de Gareth James que abre esta columna. Más aún, la tarea que despliega el Maac puede criticársela también desde otras perspectivas: flexibilización laboral, prácticas burocráticas y políticas culturales en general, son algunas de ellas. El ámbito de esta página no alcanza para la descripción y análisis de sus necesarios matices y detalles, pero el antropólogo Xavier Andrade explicita varios de estos en un artículo de la Revista Íconos y en algunos de sus ensayos en la ciberpágina www.experimentosculturales.com que merecen, todos ellos, propicia discusión.
Patético: si llama usted al teléfono 2327402 que se asigna al Maac en la página de información que administra la Municipalidad de la ciudad una mecánica voz le indicará que “el número que Ud. marcó no está asignado a cliente alguno”. Llame y compruébelo: no existe comunicación. Una lástima que esa misma inexistencia se manifieste, muy a despecho de su nombre, entre esta institución que se llama Maac y el arte contemporáneo.
Publicado por Xavier 0 comentarios