El legado de Spencer

11 de noviembre de 2006


Publicado en diario El universo el 11 de noviembre de 2006.

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A pocos ecuatorianos se los conoce fuera de las fronteras patrias. En los últimos diez años es probable que los más recordados sean estos dos: Abdalá Bucaram (dondequiera que vayas en el mundo, alguno te preguntará: ¿cómo se llamaba ese presidente loco que tenían ustedes?) y Lorena Gallo, mejor conocida como Bobbit, y mejor recordada por tajarle el miembro viril a un marine abusivo. Lo refino, entonces, para hablar con propiedad: a pocos ecuatorianos que no me produzcan vergüenza se los conoce fuera de las fronteras patrias. Uno de ellos, y sin duda del que más orgulloso yo estaba, acaba de fallecer. Se llamaba, todos ustedes lo saben, Alberto Spencer.

En una página intitulada "Un Gentleman del Gol", Jorge Barraza calificó a Spencer con los términos precisos, como un self made man, un hombre hecho a sí mismo, que desde sus orígenes humildes se forjó una magnífica carrera que lo condujo a la gloria de ocho campeonatos uruguayos, tres copas libertadores y dos copas intercontinentales. Y sin embargo, vale decirlo, este país le pagó mal. Su hijo Walter Spencer afirmó tras su deceso que la Federación Ecuatoriana de Fútbol nunca cumplió con sus ofrecimientos. A él le creo. A Luis Chiriboga jamás le he creído ni las taquillas de los amistosos, y no será esta la excepción; como tampoco me merece crédito una Federación que no se preocupó nunca de invitar a Spencer a los mundiales de fútbol a los que clasificó nuestra Selección (dicen, a manera de excusa, que lo invitaron al Mundial del 2006 a última hora y vía correo electrónico. Mejor no se excusen y ahórrense ese bochorno). Nada de lo anterior, por supuesto, empaña de mínima manera la gloria de Spencer; este siempre estuvo a otra altura.

Una altura como aquella a la cual se elevaba para merecer el calificativo que lo acompañó siempre, Cabeza Mágica, y que en un libro conmemorativo de la copa de la cual Spencer es insuperable goleador, lo consagra en los siguientes cabales términos: “… de pronto, como impulsado por un mágico trampolín, salía como un filoso cuchillo de su vaina buscando la inmensidad del cielo, y, cuando estaba en lo más alto, cuando había superado en el salto a todos sus rivales, aplicaba el feroz zarpazo… El final era siempre el mismo. La pelota en el fondo de la red. Los defensas mirándose impotentes mientras él se iba a desparramar su alegría frente a la tribuna”. Ninguna frase define a una persona; ningún verbo roza siquiera ese milagro. Pero si a esta frase se le suma la consideración de Spencer como un gran señor, un cordial caballero y un excelente amigo, las pinceladas de su retrato se tornan casi perfectas.

Y merecidas las tiene, porque se las ganó. Spencer recordaba que los equipos de Ecuador “siempre jugaban bien, pero de repente se acordaban que eran ecuatorianos y ¡zas!, ahí se complicaba”. Tan cierto, y nótese que el término “ecuatorianos” lo podríamos cambiar por “mediocres” y se lee igual. Por eso me gustaba Alberto, porque cuando le preguntaron si a él le sucedía lo mismo, contestó: “A mí no. Nunca me achiqué. Uruguay era una potencia futbolística y, sin embargo, nunca me amilané y le di para adelante”. Spencer es uno de esos hombres que mueren para probarnos que la frase de Horacio (non omnis moriar, no moriré del todo) es cierta: porque vive en la memoria de quienes lo quisieron, de quienes lo admiramos, vive en la leyenda que desde el día de su muerte ingresa a pasos de gacela, como eran los suyos, en la historia del fútbol. Y vive, ojalá, en el ejemplo de humildad y de voluntad de vencer, que es la mejor definición de la grandeza, de su merecida grandeza, y también su legado.

Reflexiones de victoria

28 de octubre de 2006

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Publicado en diario El universo el 28 de octubre de 2006.

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Las finales son ocasiones muy tensas porque todo se resume allí: el esfuerzo previo, el riesgo tomado y el cumplimiento eventual del reto que se asumió. Si la decisión final resulta favorable, se desata la euforia y se siente la enorme satisfacción del deber cumplido y una dicha casi infinita. Así sucedió hace unos pocos días, precisamente la tarde del 20 de octubre del 2006, en la ciudad de Santa Fe de Bogotá durante la ronda final de la III Edición del Concurso Iberoamericano de Derechos Humanos y Derecho Internacional Francisco Suárez S.J. organizado por la Pontificia Universidad Javeriana, mismo en el que participaron dieciocho equipos de ocho países de América Latina. En esa tarde, la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil venció a la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, desatando con esto la euforia, cumpliendo el deber y sintiendo, entonces, esa dicha casi infinita que les menciono.

Por cierto, el hecho era inédito: no porque Ecuador no hubiera obtenido otros triunfos en concursos de derecho internacional (los dos únicos antecedentes: la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil ganó el Concurso Víctor Carlos García Moreno, que organizó el Consejo Latinoamericano de Estudiosos del Derecho Internacional y Comparado Capítulo México en la ciudad de México D.F. el año 2002 y la Pontificia Universidad Católica del Ecuador el mismo concurso Francisco Suárez S.J. el año pasado) sino porque era la primera ocasión que en la final de un concurso de derecho internacional se enfrentaban (dejando de lado, además, a excelentes universidades del continente como la Francisco Marroquín, de Guatemala, la Javeriana, de Colombia, o la Universidad de Buenos Aires, entre otras) dos universidades del Ecuador. Este hecho, que además de significar que en el país sí existe gente de probado talento a escala internacional (y no solo la escoria política y la medianía intelectual que tanto abunda), me conduce a participarles de dos reflexiones.

La primera de ellas: la importancia de la realización de este tipo de actividades académicas, no solo porque contribuyen a una formación académica de calidad de los estudiantes y profesionales que participan en ellas, sino porque además sirven al propósito de entender la auténtica naturaleza de los derechos humanos. En este país se tiene la distorsionada, errónea y ridícula concepción de que los derechos humanos son “los derechos de los delincuentes” (la pobreza intelectual de cierta derecha lo sostiene con énfasis) como si no fueran, en realidad, un entramado muchísimo más complejo y amplio que abarca, por supuesto, las garantías judiciales de todos (un presupuesto necesario para que exista en rigor aquello que llamamos “sociedad democrática”) como también un elenco de derechos civiles y políticos que suponen obligaciones al Estado para que este se abstenga de ejecutar ciertos actos que interfieran de manera ilegítima en la vida y propiedad de las personas como, además, obligaciones positivas para demandarle al Estado un compromiso activo a favor de generarle a todas las personas las aceptables condiciones materiales de vida que merece. Estos concursos contribuyen a disipar y otorgar herramientas para disipar esta penosa confusión.

La segunda reflexión es la necesidad cierta de incentivar de manera directa la participación en estos acontecimientos académicos. Existe, se sabe, gente de probado talento en el país; no existe, en contraste, salvo muy contadas excepciones, políticas universitarias que los aprovechen para demostrar la supuesta “excelencia académica” a la que toda universidad debe, o debería, aspirar. En muchas universidades (incluida la mía propia, la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil) en las que ni siquiera figura en el pénsum la cátedra de ‘Derechos Humanos’, es difícil pensar todavía que se pueda institucionalizar la participación en estos concursos académicos. Y sin embargo, valga como conclusión decirlo sin ambages, el auténtico propósito de la Universidad, su sentido último, va en ello. Ojalá sea momento oportuno para pensárselo.

Villa Grimaldi

21 de octubre de 2006


Publicado en diario El universo el 21 de octubre de 2006.

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Hacia finales del mes de marzo, como parte del grupo de jóvenes profesionales que participó del Diploma de Postítulo en Derechos Humanos y Procesos de Democratización, visité Villa Grimaldi. Luego de intensas jornadas de debates académicos, muchos de ellos estimulantes, otros un tanto abstrusos, pero todos ellos realizados en la comodidad burguesa de un aula de la Universidad de Chile, recibimos quienes participamos de ese Diplomado, la mañana del 31 de marzo del 2006, un poderoso baño de cruda realidad.

Puede que quienes lean esta página no alcancen a entender la naturaleza de la cruda realidad a la que hago referencia. Pero para quienes visitamos Villa Grimaldi y para quienes tuvimos la ocasión de escuchar los testimonios de la brutal represión que Villa Grimaldi significó en el demencial período de los primeros años de gobierno del dictador Pinochet, precisamente de boca de quienes lo vivieron en carne propia, ya es distinto: entendimos, de un solo certero golpe, la frase de Emil Cioran que decía que solo se podía entender la masacre que es la historia a través de las biografías de quienes la vivieron. Juro que se siente una profunda incomodidad de ser ante el testimonio de lo Innombrable.

Villa Grimaldi fue el centro de detención y tortura más importante de la Dirección de Inteligencia Nacional, el órgano más representativo de la represión en la dictadura chilena. En éste, como en tantos otros lugares a lo largo de la geografía chilena, la represión se caracterizó por la práctica masiva y sistemática de fusilamientos y ejecuciones sumarias, torturas (incluida la violación sexual, principalmente de mujeres), privaciones arbitrarias de la libertad en recintos al margen del escrutinio de la ley y desapariciones forzadas; todos estos actos fueron cometidos por agentes del Estado, asistidos en ocasiones por civiles. Información en particular sobre Villa Grimaldi y, en general, sobre este período oscuro de la historia chilena puede encontrarse en: http://www.memoriaviva.com/Centros/00Metropolitana/villa_grimaldi.htm

En relación con estos hechos, en fecha tan reciente como el 26 de septiembre del 2006, en el contexto del Caso Almonacid Arellano c. Chile que resolvió la Corte Interamericana de Derechos Humanos, este alto tribunal sostuvo que el asesinato, en las circunstancias de la represión de la dictadura chilena, constituye un crimen de lesa humanidad “cuya prohibición es una norma de ius cogens [esto es, como una norma que la comunidad internacional reconoce que no admite en ningún caso acuerdo en contrario] y [cuya] penalización es obligatoria conforme al derecho internacional general”. Yo, que me declaro vitalista a carta cabal, suscribo como propia la frase de Joaquín Sabina que dice que “hay que condenar todas las muertes, incluida la natural”. Y con mayor razón creo que esta condena debe existir en los casos en que la responsabilidad de la muerte de una persona le corresponde al Estado.

La condena, en estos casos de lo que merece llamarse sin ambages “terrorismo de Estado”, debe tener un carácter principalmente penal. En este sentido, los atroces hechos de la dictadura del criminal Pinochet y las brutalidades innombrables de la dictadura argentina han merecido condenas tanto de tribunales internacionales como de sus propios tribunales, mismos que han sentenciado a los autores o cómplices de estos hechos. Ecuador, en este rubro, todavía tiene una asignatura pendiente. Durante el gobierno de León Febres-Cordero el Estado ejecutó una política criminal de represión que, salvando las dimensiones, merece, sin atisbo de duda alguna, el mismo reproche: nuestra más firme condena moral y la consecución de la condena penal, sea esta en sede nacional o extranjera. Porque son estas, y no otras, las necesarias demandas en aras de concretar, de una vez por todas, la cesación de la impunidad, la construcción de la institucionalidad e identidad desde la discusión crítica de nuestra historia reciente y, por qué no admitirlo, en aras de que finalmente se haga justicia.

No todo está perdido

14 de octubre de 2006

Publicado en diario El universo el 14 de octubre de 2006.

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Quien fuera el jurista más importante del siglo XX, el austriaco Hans Kelsen, declaró en una ocasión: "El pueblo es una pura creación de la ley: la ley lo convoca para elecciones y una vez cumplido ese acto lo disuelve como tal". Kelsen tiene razón: esta amalgama de individuos que llamamos "pueblo" tan solo existe en esos días en que se lo convoca a elecciones y en la patética retórica de los políticos con pocas o nulas ideas, que en este país no son escasos. Todos los otros días aquello que llamamos "pueblo", disperso y abúlico, suele canalizar su voluntad política en crítica autocomplaciente, insulsos raptos de iracundia o quemeimportismo. En raras ocasiones, una supuesta porción congregada de la ficción "pueblo", digamos por ejemplo, 20.000 insatisfechos quiteños de clase media, se dedican a la puesta en práctica de un incipiente deporte nacional de discutible ropaje cívico-institucional: defenestrar al mediocre presidente de turno.

Es sabido que el término democracia significa etimológicamente "el poder del pueblo"; vale recordar que para Gilbert K. Chesterton, tanto como la aristocracia era el gobierno de los maleducados, la democracia era "el gobierno de los sin educación". De la mezcla de ambas ideas con la citada expresión de Kelsen, obtenemos un diagnóstico de nuestra realidad política: un pueblo sin educación ejerce cada cierto tiempo un poder meramente electivo para luego disolverse en naderías o insurgencias sin proyección futura. Conclusión: como individuos conscientes no podemos confiar en nuestro ficticio formato de "pueblo".

Tampoco podemos confiar en nuestros políticos que, con cita de Borges, "se dedican a una versión latinoamericana de la política: conspirar, mentir e imponerse". Sabemos, o deberíamos saber, que los políticos prometen de acuerdo con sus expectativas y cumplen de acuerdo con sus temores. Lo prueban los dichos de la reciente campaña electoral y también los impunes hechos de nuestra historia republicana. ¿Qué hacer entonces? Nada sucederá si tú no te involucras salvo, por supuesto, la repetición de los rasgos de este disperso y abúlico pueblo que se debate miserablemente entre la crítica autocomplaciente, los insulsos raptos de iracundia o el quemeimportismo ya mencionados. Entre la ignorancia supina del pueblo elector y la sapiencia aleve de los políticos elegidos, sí existe ocasión para que los individuos conscientes participemos de una manera activa en la modificación del status quo. Mecanismos los hay: la conformación de veedurías ciudadanas, la discusión de políticas públicas, la presentación de proyectos de ley, la constitución de células cívicas, el inicio de litigios estratégicos, el ejercicio de la revocatoria del mandato, la protesta de conformidad con los derechos de reunión y de libertad de expresión, la manifestación de nuestro repudio a los políticos que lo merezcan (negándoles el saludo, abandonando el lugar donde comemos cuando entren ellos al mismo, haciéndoles llegar la expresión escrita o verbal de nuestro desprecio), entre otras varias que la imaginación autoriza y la realidad requiere.

Hace dos semanas propuse en esta página (con el título 'No en nuestro nombre') que expresemos nuestro masivo repudio hacia los candidatos a diputados. Un buen comienzo, pero que en sí mismo no significa nada si a este no le otorgan sentido acciones subsiguientes como estas que describo en el párrafo anterior que contribuyan a repudiar lo que hay, un estado semifeudal de caudillaje, y a crear lo que no hay, una democracia real y participativa. Todo lo cual, por cierto, no es trabajo para pusilánimes. Se requiere de nuestra parte un sólido compromiso político que torne difícil a la clase política prometernos ridiculeces que no pueden cumplir y que haga que esta finalmente tema que sus privilegios pueden perderse si nos incumplen o nos fallan. Suena complejo, y en efecto lo es, de cara a la abulia de la mayoría y a la mediocridad institucional de este país. Pero como escribió ese gran cronopio que fue Julio Cortázar: "No todo está perdido, si tenemos el valor de admitir que todo está perdido, y empezarlo de nuevo". Sé que Cortázar consentiría esta frase final: no colabores con la mediocridad y actúa en consecuencia.

Los usos de la libertad (sexual)

7 de octubre de 2006

Publicado en diario El universo el 7 de octubre de 2006.

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Pascual Eugenio del Cioppo, presidente nacional del PSC, consideró a la sociedad ecuatoriana como “religiosa, cristiana [y] conservadora”; manifestó su honda preocupación por la enseñanza del uso de los métodos anticonceptivos, mismos cuya importación prohibía en un proyecto de ley y que fundamenta su condena a los libros Mi Sexualidad y Aprendiendo a Prevenir porque constituyen “una invitación a tener relaciones sexuales” en vista de que vuelve a los jóvenes expertos en su uso; recomendó la abstinencia como “el camino correcto para llevar una vida sexual sana” porque entiende “que es peligroso iniciarse sexualmente antes del matrimonio” e importante para la persona “llegar virgen y santa al matrimonio” y declaró que la educación sexual contradice la voluntad de las familias que prefieren que sus hijos conozcan más tarde sobre esta. En materia de educación sexual, tal es su ideario.

En relación con estas opiniones ofreceré, en principio, solo un par de estadísticas que acaso nos preocupen y obliguen a la reflexión: el 58% de las embarazadas y el 15% de los portadores del virus del sida son adolescentes. Esta realidad se puede enfrentar desde distintas actitudes. Una persona de profundas convicciones católicas puede practicar la abstinencia y, obviamente, no cabe nada que objetarle: la ampara el artículo 23 numeral 11 de la Constitución. Otra puede decidir libremente usar un preservativo para mantener una relación sexual y tampoco cabe hacerle ninguna objeción: la ampara el artículo 23 numeral 25 de la Constitución. Como opciones individuales, ambas son plenamente válidas.

No lo serían, sin embargo, si se refieren a políticas de Estado en cuyo caso, sin duda alguna, debe optarse por una política laica. La Constitución obliga al Estado a garantizarle a toda persona la toma de decisiones responsables acerca de su vida sexual, adoptar políticas de paternidad y maternidad responsables y ofrecer una educación laica en todos sus niveles. En su laicidad, que mantiene desde 1906, el Estado no está obligado a representar la postura moral de religión alguna; sí tiene, en cambio, la obligación de otorgarles a sus habitantes la información adecuada para que de manera libre y responsable decidan sobre tales aspectos de su intimidad.

Esta información adecuada se denomina “educación sexual” e implica una idónea enseñanza para que las personas, desde su adolescencia, sepan cuidarse a sí mismas y a sus eventuales parejas y asuman la libertad y la responsabilidad que implican sus actos, desde un prisma tanto biológico como afectivo. No cabe tenerle prejuiciosos miedos a esta educación: una estudiante de 18 años, Ana Bouting, opinó en uno de los diarios de la ciudad que educar a los jóvenes sobre sexo no hará que estos “salgan corriendo a tener relaciones” sino, por el contrario, “los hará meditar sobre las consecuencias de sus actos” y que “sepan tomar las debidas precauciones”. Ana Bouting sabe (todos lo sabemos, aunque algunos tiendan en ocasiones a olvidarlo) que la ignorancia es una pésima consejera. Es también el único grave defecto que en esta materia un país que se precie de civilizado no puede permitirse.

En razón de lo expuesto, me complace profundamente que el ideario que Pascual Eugenio del Cioppo representa no haya prosperado durante la discusión de la Ley Orgánica Sustitutiva del Código de la Salud y que se haya adoptado el capítulo sobre Salud Sexual y Reproductiva que, en esencia, desarrolla estos postulados que menciono. Así debe mantenerse. Tengo la firme convicción de que esta reforma sirve a los propósitos de la libertad y la responsabilidad de los individuos que, con cita de Manual Azaña, “no sé si hagan más felices a los hombres, pero lo que sí sé es que los hace más hombres”. Que el Estado, en cumplimiento de sus obligaciones, sepa garantizarnos el acceso a la libertad sexual; su uso responsable, como no podría ser de otra manera, queda entonces en nuestras manos.

No en nuestro nombre

30 de septiembre de 2006


Publicado en diario El universo el 30 de septiembre de 2006. 

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En Chicago, la mañana del 23 de agosto de 1968, varios miembros del Youth International Party (Partido Internacional de la Juventud, los Yippies) anunciaron con ocasión de la Convención Nacional Demócrata su candidato a la presidencia de los Estados Unidos: el chancho Pigasus. Su participación, según Abbie Hoffman, significaba una reversión de los procesos políticos usuales en los cuales “se elige un Presidente y él se come a la gente; en este caso, nosotros elegimos un Presidente y la gente se lo come a él”.

Años después, en Nueva Jersey, el 26 de abril del 2000, Michael Moore anunció la candidatura de un ficus para el Congreso de los Estados Unidos. Su argumento era sencillo: debería votarse por un candidato que no acepta contribuciones de campaña, solo necesita aire, sol y agua, realiza (cosa que otros no pueden hacer) la fotosíntesis y te obliga, además, a no elegir a esos “babbling idiots and bumbling morons” (balbuceantes idiotas e incompetentes estúpidos) que pueblan, según Moore, el Congreso de su país.

Con estos antecedentes de Pigasus y el ficus, no tengo ningún empacho en manifestar mi sincero apoyo a la iniciativa de votar por el legendario payaso Tiko Tiko para diputado del Congreso Nacional. La manera de concretar este apoyo consta en la ciberpágina http://www.votatikotiko.blogspot.com/ (1); la razón para hacerlo es evidente: a diferencia de otros que corren de candidatos para el Congreso Nacional, Tiko Tiko sí es un payaso con enorme trayectoria. Ya hubiera deseado además que postulasen para el Congreso Nacional esa parlanchina media amarilla llamada Calcetín o acaso alguna de aquellas palmeras que el proceso de regeneración urbana desalojó del centro de Guayaquil: tengo el profundo convencimiento de que en su curul del Congreso harían mucho menos daño que varios diputados que ya conocemos, para pena nuestra, demasiado.

Sin embargo, es un poco tarde ya: no dejan estas de ser propuestas lúdicas meramente. Nos queda, en contraste, la triste realidad, que en certera expresión borgiana se halla “llena de insondable nada”. Porque es penosamente cierto: los mismos carcamales de siempre o los nuevos bochornosos candidatos confluyen peligrosamente en una misma amalgama mediocre de ideas y procedimientos. Ya es hora que aprendamos algo: hemos tenido cantantes, famosillos de la tele y atletas en el Congreso Nacional y, admitámoslo, su contribución a la política de este país como norma solo ha sido el triste incremento de nuestra sensación de vergüenza ajena y de hastío político. Nada hace pensar que estas nuevas elecciones marquen en este sentido ninguna diferencia.

En este contexto, mi sugerencia a la ciudadanía que se presume a sí misma de consciente, es que anulemos el voto. Para los escépticos de esta postura, es evidente que de todas maneras se elegirán diputados y es evidente que el Congreso continuará funcionando. Pero no es su inexistencia lo que se pretende alcanzar. Lo que se quiere expresar no es sino el repudio al estado de cosas de la política ecuatoriana, a la repetición de los mismos mediocres y a la postulación de nuevos mediocres. Que los partidos (las entidades más antidemocráticas de este país: ¿cuándo será el día que, cuando menos, haya elecciones primarias en nuestros partidos políticos?) entiendan que los repudiamos y que pueden intentar mejores cosas para persuadirnos que tratarnos como acémilas.

Yo ya lo decidí: anularé mi voto. Y los animo a ustedes a que hagan lo propio, para que los electos sepan que si hacen las porquerías que suelen hacer, carecen de toda legitimidad para hacerlas y que sus actos no los ejecutan en nuestro nombre. Puede que el país aprenda alguna lección si el voto nulo triunfa en estas elecciones. Ojalá que así sea. Pero tengo que admitir que en mi caso, el solo placer de manifestarle a tanto mediocre mi sincero repudio, ya lo justifica.

(1) El 3 de octubre de 2006 la ciberpágina de apoyo a Tiko Tiko tomó nota del artículo: "Gracias Xavier Flores por tomarnos en cuenta, por hacer ver que esto es algo más que un simple grafitti o una propuesta sin sentido", en: "Ya estamos en la prensa", www.votatiktiko.blogspot.com.  

¿Más ciudad?

22 de julio de 2006


Publicado en diario El universo el 22 de julio de 2006.

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El miércoles 5 de julio se publicó en las Cartas al Director de este Diario una comunicación de Nelson Acosta Dávila, profesor de la Universidad Católica de esta ciudad, en la que refiere que días atrás estacionó su vehículo en el área asignada para tal propósito dentro del Parque Lineal, frente a la mencionada universidad, y que después del dictado de sus clases y de vuelta en el parqueadero, encontró que a los seis vehículos que allí se estacionaron les habían ponchado la llanta delantera izquierda.

La insolente respuesta de la autoridad a cargo ante este hecho fue decir que él solo “cumplía órdenes”.

Cabe destacar, por cierto, que no existe ninguna prohibición expresa acerca del estacionamiento de vehículos dentro del Parque Lineal. No se conoce tampoco de ninguna ordenanza que establezca una prohibición a este respecto ni de alguna otra que prescriba siquiera una sanción análoga a la “ponchada” de una llanta. La orden que se cumplió en este caso fue meramente verbal, esto es, pura y simplemente arbitraria.

Este hecho que describo no constituye, sin embargo, un suceso aislado, Su puesta en práctica forma parte de la continua imposición de una disciplina sobre los usos públicos que se aplica en Guayaquil bajo el amparo del llamado proceso de “Regeneración Urbana” que se manifiesta en una serie de prohibiciones (entre varias otras, de ingreso a áreas públicas –el lugar X “se reserva el derecho de admisión”-, de besarse, sentarse, circular o comportarse de una manera distinta a la ordenada, de vestimenta para el caso de los taxistas –fallida esta última-, de acceso a los desposeídos –vagos y mendigos- y de los vendedores informales a las áreas regeneradas que se traduce en una “limpieza sociológica” del sector y en abusos varios de las autoridades que en general se impone, la eliminación de las bancas en la zona regenerad, la implantación de disfuncionales áreas verdes, etc.) que conducen, en esencia, a una arquitectura urbana que propicia la conversión del ciudadano en turista de su propia ciudad y a un uso del espacio público sujeto a un vigilancia extrema que favorece la comisión de violaciones a las libertades civiles de las personas en nombre de una idea sesgada (o como en ejemplo que abre esta columna, arbitraria) del orden y la seguridad. (Una aproximación muy lúcida a este fenómeno puede encontrarse en los artículos del antropólogo Xavier Andrade en la sección Tubo de ensayos de la ciberpágina “Experimentos Culturales”*.

La instauración de esta política pública de continuas prohibiciones y de apropiación privada de los espacios públicos no es materia de discusión en una ciudad en la que el discurso de las autoridades se acepta casi sin crítica alguna por parte de sus habitantes. Ese aparente consenso, lejos de proveer de una legitimación para estas acciones, sirve para probarnos la autosatisfacción o apatía de las élites y la clase media (beneficiarias directas de las mismas) y el silenciamiento de los excluidos del proceso de “Regeneración Urbana” que, a despecho de aquello que lógicamente implica su lema Más Ciudad, tiene como triste consecuencia la generación de una mínima ciudadanía. Dos preguntas que bien merecen una discusión surgen, precisamente, a partir de este lema: Más Ciudad, sí, pero, ¿para quiénes?, y sobre todo, ciudadanos, ¿a qué precio?

* Hoy, “La Selecta”.

El remedio y la enfermedad

8 de julio de 2006

Publicado en diario El universo el 8 de julio de 2006.

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Hacia las 13h00 del 24 de mayo del 2006 la niña Natalia Fabara Núñez regresaba del jardín de infantes a su casa situada en una ciudadela de la vía a Samborondón. Natalia dormía; no es complicado imaginarla con el cansancio de su infantil alegría a cuestas. El expreso escolar que la transportaba permitió el descenso de un pasajero en las cercanías de la empresa Emelgur, en Entre Ríos. En ese preciso momento siete individuos que asaltaban la empresa cruzaron disparos con un policía. El azar de una bala perdida impactó a Natalia en la espalda. La niña murió a consecuencia de ella.

Hacia las 16h30 del 16 de febrero del 2006, el niño Rubén Darío Guerra recorría las calles cercanas a la Universidad del Pacífico con dos amigos. Esa mañana había salido de su casa en la cooperativa Andrés Quiñónez (Perimetral) para desempeñarse como chambero; con esa humilde tarea contribuía a la economía de su familia. En una travesura, Rubén toma una chompa que pertenecía a un guardia de una empresa de seguridad. Este, en compañía de otros dos, decide castigarlo. Mientras uno de sus cómplices lo golpea en la cabeza, otro lo sostiene por detrás. Las súplicas de Rubén no se escuchan. El guardia le descerraja, entonces, un único alevoso disparo en el pecho. El niño muere de contado.

Ambos casos tienen en común un dolor de sus familiares que excluye la definición: su única coincidencia. La enorme diferencia que surge entre ambos la prueban dos hechos que tienen íntima relación entre sí, a saber: 1) La diferencia del trato mediático. En el caso de Natalia hubo amplia cobertura: noticia de primera plana y páginas interiores, reportajes a los familiares, entrevistas a terceros, opiniones de editorialistas, decenas de cartas de ciudadanos, etcétera. En el caso de Rubén Darío hubo medios de prensa escrita que no cubrieron siquiera los hechos; aquellos que lo hicieron lo confinaron a la sección de crónica roja, con referencias tan espaciadas como escuetas. Durante los diez días que siguieron a su muerte solo una persona (en las Cartas al Director de este Diario) opinó. 2) La reacción de la sociedad. En el caso de Natalia se escuchan los criterios de autoridades públicas y privadas, se moviliza la sociedad civil (que organizó una marcha que ocupó 12 cuadras de la avenida 9 de Octubre), se discuten políticas públicas de seguridad, etcétera. En el caso de Rubén Darío, la sociedad hizo silencio. Solo silencio.

Esas diferencias, por supuesto, no son accidentales. Algunos grupos locales de poder en connivencia con ciertos medios de comunicación son quienes las propician, para consolidar su discurso de mayor represión a la delincuencia. Dos hechos (que analizó con lucidez César Ricaurte en su columna dominical de este Diario los días 4 y 11 de junio) lo confirman. El primero, el maltrato que se le dispensó al ex subsecretario de Seguridad, Lautaro Ojeda, porque su plan de seguridad no comulgaba con el discurso de las élites locales (‘El desconocido territorio del sesgo y la manipulación’, 4 de junio). El segundo, la sesgada cobertura mediática de la marcha que organizó la sociedad civil (‘Aquello que una cuasicadena nacional no vio’, 11 de junio; véase también el excelente trabajo ‘Peces fuera del agua’, de Xavier Andrade, en Vanguardia Nº 38).

Con estos antecedentes, confieso que la política de mayor represión que trata de consolidarse en Guayaquil me provoca serias dudas. Una que comparto la expresó una mujer en uno de los carteles de la marcha, que  silenciaron: “Sr. Alcalde, ¿de qué sirvió poner seguridad privada, si cada día aumenta la delincuencia?”. A la cual agrego esta otra, de mi propia cosecha: ¿no será posible entonces –recordemos, aunque sea por una vez, a Rubén Darío– que sea el remedio peor que la enfermedad?

Sapere aude, TC

24 de junio de 2006

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Publicado en diario El universo el 24 de junio de 2006. 

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Una pésima decisión. Este es el único adjetivo válido para calificar la Resolución que el 23 de mayo de 2006 adoptó la Tercera Sala del Tribunal Constitucional (TC) en el Caso Nº 0014-2005-RA, con la que suspendió de manera definitiva la inscripción y certificado de registro sanitario del medicamento Postinor-2/Levenorgestrel 0.75, cuyo esencial fundamento es la adhesión a conceptos tan sesgados como prejuiciosos acerca de las píldoras anticonceptivas de emergencia.

Explico, en breve, las razones de mi crítica: 1) La Resolución es sesgada porque el TC analiza el derecho a la vida que se consagra en el artículo 23, numeral 1, de la Constitución, cuya protección el Estado está obligado a brindarla desde el momento de la concepción (artículo 49, párrafo 1, de la Constitución en concordancia con los artículos 61 del Código Civil y 20 del Código de la Niñez y la Adolescencia) pero prescinde en su análisis de otras varias normas de rango constitucional (artículos 39 y 23 numeral 25), supralegal (artículos 10, literal h y 12 de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer) y legal (artículo 23 del Plan Nacional de Derechos Humanos) que se refieren a derechos sexuales y reproductivos cuyo estudio no podía excluirse de la resolución sin grave disminución de la solidez y la seriedad de esta; 2) La resolución es prejuiciosa porque el TC no incorpora a su análisis ninguno de los varios criterios científicos que existen sobre el medicamento Postinor-2. Así, solo a guisa de ejemplo, la Organización Mundial de la Salud considera a Postinor-2 como uno de los “métodos anticonceptivos que las mujeres pueden usar en los primeros días después de un coito sin protección para impedir un embarazo no deseado” y la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia declaró que un medicamento como Postinor-2 “no es un abortivo porque tiene efecto antes de la etapa más temprana de la implantación”.

Más aún, la Resolución Nº 0014-2005-RA no comete solamente el error de omitir el análisis de insoslayables nociones jurídicas y científicas sino que está también a contramano de la realidad legislativa de 42 países en el mundo que permiten el acceso a la anticoncepción de emergencia sin siquiera prescripción médica, el hecho cierto de que Postinor 2 (una de las 44 píldoras que producen análogos efectos que se expenden en 108 países del mundo) es plenamente accesible en 37 países (entre ellos Albania, China, Lituania, Sri Lanka y Zimbabue) y que varios órganos judiciales, como por ejemplo, la Corte Suprema de Inglaterra y Gales, el Consejo de Estado de Francia y, a escala regional, la Tercera Sala de la Corte Suprema de Chile y la Corte Constitucional de la vecina Colombia, han adoptado criterios ampliamente favorables a la comercialización de píldoras anticonceptivas de emergencia.

La prohibición de comercializar Postinor-2/Levenorgestrel 0.75 no puede permanecer impune. Cabe el inicio, por ejemplo, de un proceso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para que esta declare la responsabilidad del Estado ecuatoriano, lo obligue a la adopción de legislación que respete sus compromisos internacionales (antecedentes para fundamentar la denuncia ante la Comisión son los casos 2141 c. Estados Unidos de América –conocido como Baby Boy– y Paulina Ramírez c. México) y erradique así esta pésima decisión del TC, a cuyos miembros de la Tercera Sala les recomiendo con fervor la inmediata puesta en práctica de aquel lema que el filósofo prusiano Immanuel Kant acuñó en su célebre ensayo ¿Qué es la Ilustración?: Sapere Aude (Atrévete a Saber). Porque, de verdad, un Estado social de derecho, democrático y de gobierno responsable (artículo 1 de la Constitución) no puede construirse desde el desconocimiento y los prejuicios. Vamos TC, Sapere Aude.

Postal de Alemania

3 de junio de 2006


Publicado en diario El universo el 6 de marzo de 2006.

Artículo 132 de la Constitución: "El Congreso Nacional [...] sesionará en forma ordinaria y permanente, con dos recesos al año, de un mes cada uno". La indefinición en los meses de realización de los recesos permite que el Consejo Administrativo de la Legislatura determine la fecha de los mismos a discreción. El Congreso Nacional gozaba, entonces, de la inobjetable facultad de emitir una escueta comunicación que nos informe que su receso legislativo lo realizaría este mes de junio, en razón de la obvia atención que concita tanto en los diputados como en la ciudadanía la celebración del XVIII Mundial de Fútbol en Alemania.

Pero tanta honestidad es extraña a sus procedimientos. La desprestigiada institución (2% de credibilidad) ante la posibilidad cierta de disponer de su receso en junio, publicó el 19 de mayo en la sección 'Noticias' de su ciberpágina (www.congreso.gov.ec) un texto que tituló 'Congreso no sesionará en junio'. La noticia nos refiere, con no exento cinismo, que los diputados no pueden sino "acatar" (ese es el término empleado) el receso legislativo "haya o no haya Mundial de Fútbol" y que el hecho de que este "tenga lugar el mismo mes que se realiza el Mundial de Fútbol, es una simple coincidencia". Quisiera uno suponer que una declaración de tan mala índole no podría nadie tomársela en serio.

Pero no. Tiene ese adefesio tanta seriedad que incluso varios diputados lo defienden, dicho sea de paso, con pésimos argumentos. Por ejemplo, Wilfrido Lucero, presidente del Congreso Nacional, quien no tiene empacho alguno en mentirnos. En una entrevista que sostuvo el 24 de mayo con Andrés Carrión, Lucero declaró que "todos los años anteriores el Congreso tomó recesos en el mes de junio, de tal manera que esta no es la primera vez que esto ocurre". Esta afirmación es falsa. El propio Secretario General del Congreso Nacional, John Argudo Pesántez, lo reconoce así en un texto que consta publicado el 18 de mayo en esa misma sección 'Noticias', donde afirma que el receso legislativo "que normalmente se realiza en los meses de julio y diciembre se adoptaría [en junio] debido al Mundial de Fútbol [porque sino] no habría la asistencia de los legisladores a las sesiones y se perderían dos meses de trabajo legislativo". A mayor abundamiento, el receso legislativo del 2005 se inició el 15 julio, el del 2004 el 2 de agosto, el del 2003 el 15 de julio. Para hallar un receso legislativo en el mes de junio debemos retroceder (ahora sí, qué coincidencia) al año 2002 con ocasión del Mundial de Fútbol de Corea-Japón.

Esta actitud falaz no es, sin embargo, tan lamentable como aquella que exhibió el ex presentador de noticias deportivas Alfonso Harb, quien sobre su viaje a Alemania se expidió, entre otros, con los siguientes bochornosos términos: "Me voy haya o no haya receso y por aquello no tengo que darle explicaciones a nadie". Es penoso tener que recordarle a Harb que carece de razón. El artículo 135 de la Constitución señala que "los diputados [...] serán responsables políticamente ante la sociedad"; el artículo 120, que el ejercicio de una función pública "constituye un servicio a la colectividad" y el artículo 97 numeral 13 reitera lo inmediato anterior y le añade el deber de "rendir cuentas a la sociedad y a la autoridad". Aún cuando en franco desafío a la Constitución considere Harb que está en su absoluto derecho, debería tener la extraña decencia, en su caso, de ahorrarnos el triste espectáculo de su abierta zafiedad.

Por cierto, Harb no estará solo en Alemania. Otros tres diputados, entre ellos, el presidente Lucero, también apoyarán a nuestra selección. Como los demás miembros del Congreso Nacional no corren con la misma suerte y se quedarán trabajando (es un decir) en las Comisiones Legislativas, sería un hermoso gesto de parte de los viajeros que les hicieran llegar una postal de Alemania. Les sugiero el siguiente texto: "Compañeros, nos encantó Alemania. Aquí nos quedamos". Si es así, honorables, buen viaje.

No protestes, Mahoma

18 de febrero de 2006


Publicado en diario El universo el 18 de febrero de 2006.

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El periódico danés Jylland-Posten publicó el 30 de setiembre de 2005 doce caricaturas tituladas Las Caras de Mahoma. En una de ellas aparecía el profeta usando un turbante-bomba con la mecha encendida y en otra instaba a quienes parecen ser terroristas islámicos a que se detengan porque ya no quedaban más vírgenes en el paraíso. Este suceso, que pasó inadvertido por varias semanas, propició a principios de febrero que algunos extremistas musulmanes incendiaran los consulados de Dinamarca y de Noruega en Siria y que a partir de entonces crezca, casi incontenible, la llama de una hoguera bárbara que ocasiona todavía cuantiosos daños materiales, el cierre de delegaciones diplomáticas europeas, amenazas a inocentes y decenas de muertos y heridos.

Vale enfatizar, en principio, que es incuestionable el derecho tanto de musulmanes como de cualesquiera otras personas a que profesen su propia concepción de la vida y de la muerte y su idea particular de Dios, etc. Como un derivado lógico de esa manifestación es razonable que los creyentes ejerzan las acciones que tiendan a la exigencia del respeto que su opción religiosa merece con la única salvedad, por supuesto, que el derecho a la realización de esa exigencia se lo haga dentro de los parámetros propios del Estado de derecho.

En este último contexto debe recordarse que para Dinamarca y la mayoría de los países occidentales el derecho a la libertad de expresión constituye “uno de los fundamentos esenciales de la sociedad democrática, una de las condiciones primordiales para su progreso y para el desarrollo de los hombres [que permite la expresión de ideas] que chocan, inquietan u ofenden al Estado o una fracción cualquiera de la población [pues] tales son las demandas del pluralismo, la tolerancia y el espíritu de apertura, sin las cuales no existe ‘la sociedad democrática’”. Así, en esos diáfanos términos lo reconoció la Corte Europea de Derechos Humanos en los casos The Sunday Times c. Reino Unido y Lingens c. Austria, entre decenas de otros. Esta opinión, por cierto, no supone ni mucho menos una tolerancia al abuso del ejercicio del derecho a la libertad de expresión pues éste halla razonables limitaciones en tres postulados: 1) La censura previa en casos de protección a los menores de edad; 2) El establecimiento de responsabilidades ulteriores siempre que se fijen de antemano por la ley y que sean estrictamente necesarias para asegurar los derechos y la reputación de los demás y la protección de la seguridad nacional, el orden y la moral públicas; 3) La prohibición de toda apología del odio nacional, racial o religioso que incite a la violencia o acciones de tipo análogo.

Más allá de las diferencias culturales que pueden alegarse, debe admitirse que la reacción de la minoría de integristas musulmanes que realizan los actos mencionados es desproporcionada: si en efecto existiera una ofensa a sus creencias, el canal idóneo para sancionar a los responsables de la misma no podría ser otro que un proceso judicial con las debidas garantías que considere los valores en juego y decida en consonancia. Cualquier apelación a la violencia y a la barbarie debe resistirse: Occidente no debe usar a este respecto sino las herramientas de la diplomacia, la razón y el humor para enfrentar los hechos, tal como lo hizo el diario galo France Soir cuando publicó en sus páginas la jocosa caricatura en la cual constaban Dios, Yahvé, Buda y Mahoma, y el primero de los citados le espeta a este último: “No protestes Mahoma… Aquí, todos hemos sido caricaturizados”. Y en gozoso uso del derecho a la libertad de expresión, cabría añadir.

Yo no quiero ser Presidente

4 de febrero de 2006


Publicado en diario El universo el 4 de febrero de 2006. 

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Con su habitual sorna, Jorge Luis Borges afirmó que la democracia no era sino “una superstición muy difundida, un abuso de la estadística”. Quisiera yo que esta opinión borgiana fuera solo una de sus tantas humoradas; sin embargo, me apena constatar que la triste práctica de las elecciones insiste en confirmarla con creces. Así, a nivel de país un elenco variopinto de cantantes, deportistas, actrices y animadores de televisión nos representan (claro, esto es un decir) en el desprestigiado Congreso Nacional. Una situación análoga se registra, por supuesto, en el ámbito internacional. A guisa de ejemplo, Terminator® gobierna California y un actor de wésterns fue presidente de EE. UU.; el Director Técnico de la Selección de Fútbol de Eslovaquia es diputado de su país y una porno-star fue parlamentaria en Italia. Y los casos se multiplican por decenas en Argentina, en Perú, en México, y sumo y sigo…
 
Entre los factores obvios que propician los hechos que menciono se hallan la decadencia de las ideologías políticas, la crisis de representatividad de los partidos políticos, el auge de la televisión como conductora de la opinión pública, la personalización de las elecciones y la ignorancia de una amplia porción de ciudadanos. No pretendo ahondar en ellos; sí me interesa, en contraste, sugerir algunas ideas que tiendan a contribuir, en alguna medida, a su superación, cuando menos en clave local. Tales ideas son el voto facultativo, las elecciones primarias y los distritos electorales.

En este sentido y expuesto grosso modo, el voto facultativo constituye una conditio sine qua non para un ejercicio libre y razonado de la voluntad de los ciudadanos; las elecciones primarias se proponen como un mecanismo idóneo para la debilitación del caudillismo y el prohijamiento de los torpes productos del rating; y los distritos electorales son una reforma necesaria para la promoción de una representatividad real y la correspondiente exigibilidad de cuentas de los ciudadanos a los políticos inútiles que no merezcan servirnos. La probable consecuencia de la implementación de estas medidas sería una depuración de la profusión de oportunistas e ineficientes que en la actualidad pueblan los pasillos del Congreso Nacional. La obvia dificultad estriba, claro está, en que la ejecución de estas reformas legales le corresponde a la misma entidad que, entre otras, sería su principal destinataria. Y bien sabemos por la fábula de quién le pone el cascabel al gato que no hay quien se atreva a hacerlo porque la práctica política nos enseña cuan fiero es el felino. Y además porque no cabe duda (pues lo han probado hasta el hartazgo) que los diputados son los últimos en interesarse en aquella lejana cosa que llamamos democracia.

Así las cosas, la democracia, como dijo Borges, continuará siendo en Ecuador un abuso de las estadísticas y la zafiedad y el oportunismo serán probablemente mañana como lo son hoy los índices que midan las opciones electoreras de los candidatos. En esas circunstancias, suscribo sin duda las líneas que Jaime Bayly escribió en uno de sus poemas, donde decía que no quería ser presidente “porque ser el preferido de la mayoría es una vulgaridad”. Por mi parte declaro que tampoco quiero ser ni prefecto, ni concejal, ni alcalde y peor aún, diputado. Pero sí consigno, con énfasis, que quiero ejercer mi humilde condición de ciudadano, porque desde esa posición no electorera acaso podré contribuir, conjuntamente con el esfuerzo consciente de otros y otras, para abandonar el mundo (tal como modestamente lo sugería Camus) en un estado un poco mejor de como lo encontramos. Y eso, a pesar (lo que en este país no es poca cosa) de los caudillos y de sus ahijados del rating.

Espíritu de puerco

10 de enero de 2006

            Publicado en diario El universo el 10 de enero de 2006, bajo el título “La igualdad de los militares”.

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“La dificultad más seria que ha encontrado el Estado para sancionar algunos casos de responsabilidad penal ha sido la existencia del llamado ‘fuero policial’ o ‘fuero militar’ [que] pese a existir graves indicios de responsabilidad, han sobreseído a los implicados, protegiéndoles o encubriéndoles, lo que ha llevado a una total impunidad”. Así de crudas son las palabras del propio Gobierno del Ecuador, que constan en el Informe del Estado ecuatoriano ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Y se complementan muy bien, por cierto, con los números rojos de la arbitrariedad que se consignan en el Informe que sobre la situación de los derechos humanos en Ecuador elaboró la Comisión Interamericana: “De los 4.568 casos iniciados [en sede policial] desde 1985, en 46 se habían dictado sentencias provisionales, y en cinco de ellos sentencias finales. La mayor parte de éstos seguían en trámite o habían sido archivados. Más de 50 se habían declarado prescritos”. En limpio entonces, se sentenció de manera provisional el 1.007% de los casos y de manera definitiva solo el 0.10%. A confesión de parte…

Estas estadísticas son consecuencia de la estructura de los tribunales militares y policiales que no cumple con los estándares internacionales en materia de derechos humanos. Así, sus jueces y fiscales no son imparciales ni independientes, pues orgánicamente dependen de la Función Ejecutiva, ni poseen estabilidad funcional, pues puede removérselos libremente y carecen también de formación jurídica, pues la mayoría son solo militares o policías. Estos fueros especiales usualmente se arrogan jurisdicción que no tienen y conocen de violaciones de derechos humanos que cometen sus miembros (p. ej., caso Fybeca) e incluso conocen de juicios en que se atribuye responsabilidad penal a ciudadanos civiles. En contraste, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha sostenido en varios casos que la justicia militar debe tener “un alcance restrictivo y excepcional” y sólo debe juzgar a militares “por la comisión de delitos o faltas que por su propia naturaleza atenten contra los bienes jurídicos propios del orden militar” (entre otros, Caso Durand y Ugarte c. Perú y Caso de la “Masacre de Mapiripán” c. Colombia) y que el juzgamiento de civiles en un fuero especial viola el derecho de éstos a un juez competente, independiente e imparcial (entre otros, Caso Castillo Petruzzi y otros c. Perú y Caso Palamara Iribarne c. Chile).

En adición, esa maleable forma de la literatura fantástica que en Ecuador es la Constitución de la República contiene una disposición transitoria que obliga a que “todos los magistrados y jueces que dependan de la Función Ejecutiva pas[en] a la Función Judicial”. El único intento para otorgarle sentido a esa norma que desde 1998 es letra muerta, lo realizó el diputado Ramiro Rivera, quien presentó en el Congreso Nacional un proyecto de ley a ese respecto. Por supuesto, en fiel cumplimiento de una larga tradición nacional de morosidad y olvido, el proyecto de Rivera duerme el sueño de los justos en los archivos de la legislatura.

No es improbable que una equivocada noción de espíritu de cuerpo de militares y policías se vincule con los hechos descritos. Cuando el espíritu de cuerpo se utiliza de la manera referida pierde su sentido, propicia y encubre los abusos y perpetúa la impunidad, esa marca de la identidad nacional. En cuyo caso, para mejor representar su naturaleza, el espíritu de cuerpo muta de nombre a éste que sirve de título para el presente texto, pues nos recuerda la frase que en la novela Rebelión en la Granja de George Orwell suscribieron los puercos como norma de vida: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.