Quiero suponer que fue Río...

20 de noviembre de 2008

Ayer Gabriela Calderón publicó en diario El Universo “Acato pero no obedezco”, columna que escribió en Río de Janeiro. Yo quiero suponer que la muy fascinante ciudad de Río de Janeiro no le concedió a la Calderón el tiempo necesario para escribir una columna que valga la pena. Río es así: yo sé en carne propia cuán difícil resulta escribir una columna porque estuve en Río en octubre del año pasado y el envío de una columna fue un acto acrobático, que sólo porque las pasiones agudizan el ingenio (Séneca dixit), alcanzó a concretarse con Bijari. Sé también, dicho sea de paso, lo que es una favela porque estuve allí: después de un concierto de la enorme María Creuza en el bar Garota do Ipanema (sito en Ipanema, calle Vinicius de Moraes al 49 –todo un lujo para el alma) nos fuimos, en compañía de un pana brazuca a tomarnos unas birras, entrada la madrugada, en una cantina de la favela Rozinha. Aquella fue toda una experiencia, que constituye una de las formas vivenciales del realismo mágico.

Dicho lo antecedente, veamos. El artículo de Gabriela me hace mucho ruido porque su crítica de la situación de anomia social en las favelas brasileñas (lo que en el campo del derecho se llama “zona gris”) es descriptivamente correcta; el remedio que sugiere, sin embargo, es partícipe del absurdo. Suponer que el solo hecho de que el Estado intervenga mediante impuestos y permisos es razón suficiente para que se “acate pero no se obedezca” constituye un reduccionismo económico muy ingenuo. La economía, dijo Fernand Braudel, influencia a la política, la cultura y la sociedad; es cierta también, acotó Braudel, la influencia en sentido viceversa. Y en este caso, es precisamente lo viceversa lo que de veras importa, y lo que brilla por su ausencia. Ya ruido no me causa, pero sí mucha gracia, el que Gabriela cite a Suecia como modelo de sociedad que brinda seguridad a sus ciudadanos porque Suecia se encuentra en las antípodas del ideario liberal que suele defender en sus columnas. Yo nunca he visitado la patria de Ingmar Bergman (lo más cerca que he estado de allí fue liarme con la hija de un embajador acreditado en Suecia: sucedió en México, en tiempos de la Eurocopa 2004) pero una cuatacha, Cecilia Sandoval, que vivió allí y que escribió una indignada carta al diario El Comercio en razón de un artículo de ese señor con nombre de cantante berreta, Montaner, nos lo cuenta en detalle: “Este señor no sabe que en Suecia el sueldo básico mínimo de cualquier asalariado es 20 dólares la hora, y eso no es lo importante: toda la educación es subvencionada por el Estado: desde la guardería hasta la universidad, son gratuitas. Reciben colación y almuerzo en sus centros escolares hasta los 18 años. Todos los niños y jóvenes reciben subsidio del Estado para gastos personales hasta los 18 años. El servicio médico de toda la población corre por cuenta del Estado: operaciones, tratamientos, terapias, partos, cesáreas, enfermedades terminales, prótesis, lo que sea. Las madres se quedan un año con sus hijos recién nacidos, recibiendo paga completa. Las personas desempleadas reciben un subsidio temporal mientras consiguen trabajo. Todo está incluido dentro de los altísimos impuestos que los suecos pagan al Estado, el cual redistribuye esta riqueza y la revierte a su pueblo en salud, educación y una vida digna para todos. En Suecia inclusive se paga un impuesto a la riqueza”, y sigue, pero dejémoslo ahí. Dicho lo cual, es chistoso que en el párrafo que cierra su columna Gabriela refiera que la principal función del Estado debería ser la “protección de la vida y la propiedad de los ciudadanos”. ¿Y entonces, Suecia? Ummmm.

Quiero suponer que fue Río…

Matrimonio en campo abierto

19 de noviembre de 2008

Una idea común de la grey católica, evangélica y de otro personal de similar ralea es, dicho sea con palabras del cabecilla de la misma y de otras tantas ideas retrógradas, monseñor Arregui, que los homosexuales pueden llamar a su unión “de cualquier forma, menos matrimonio”. Esta idea suele hallar amparo en la idea tradicional que se tiene y se divulga sobre la institución matrimonial. Esta idea no solo que constituye, en esencia y de manera evidente, la falacia de apelación a la tradición (argumentum ad antiquitatem) sino que, para mayor inri, se erige sobre premisas falsas: el matrimonio no fue siempre, ni mucho menos, aquella sacra y ritual institución en los términos ramplones en que suele ensalzarlo esta grey.

De la larga y compleja historia de esta institución (en esencia) mercantil que llamamos matrimonio tenemos la erudita narración de Stephanie Coontz en Marriage, a history. From obedience to intimacy or how love conquered marriage (el libro se puede, o se podía conseguir, en Mr Books y en Librimundi, traducido al español). El libro resulta interesante, en particular, como herramienta útil para desasnar a tanto papanatas que pretende fundamentar una discriminación actual en una historia que no conoce, y su amplia generosidad en detalles, matices y enfoques ilustran, sin asomo de aburrimiento (sensación a la que los matrimonios son muy propensos) el objeto de su estudio. Así, Coontz nos cuenta (Pág. 145-147) la historia del ingenioso obispo parisién Pedro Lombardo, quien argumentó que si la consumación de la relación sexual era necesaria para que un matrimonio se considere válido, María y José no habrían estado legalmente casados; a partir de esta premisa, el buen Pedrito argumenta que un intercambio de promesas dichas en tiempo presente “hacía que un matrimonio fuera legal y sacramentalmente vinculante aun en el caso de que la pareja no mantuviera relaciones sexuales”. Coontz constata que las opiniones de Lombardo “llegaron a ser la enseñanza oficial de la Iglesia”, y afirma, tajante: “la doctrina de Lombardo se redujo a lo siguiente […] Si una joven decía, utilizando el tiempo presente: ‘Te acepto como esposo’ y el muchacho respondía ‘te acepto como esposa’, quedaban casados, con o sin testigos, amonestaciones, bendiciones o cualquier otra cosa, así dijeran las palabras en una capilla, una cocina, un campo abierto o un granero, hubieran tenido o no relaciones sexuales, o hubieran convivido o no bajo el mismo techo. […] El principio básico del matrimonio cristiano era que el consentimiento de las dos partes creaba un vínculo indestructible [por lo que] en la Europa medieval era más fácil casarse sin el permiso de los padres y los superiores en el orden social de lo que había sido antes o de lo que aún era en la mayoría de los reinos o imperios contemporáneos”.

Omito cualquier referencia (aunque mucho podría decirse al respecto como contribución a este debate) a la institución matrimonial como vínculo comercial, cual es su auténtica naturaleza (no poco podría decirse también de su función como opresora de la mujer). Me interesa destacar, para efectos de este post, que resulta difícil argumentar el respeto a la tradición de un acto cuya historia lo revela tan prosaico que podía ejecutárselo a campo abierto o en un granero y en el que el detalle importante era el consentimiento de los involucrados. Si yo fuera homosexual, no tendría (como no lo tengo en mi condición de heterosexual) ningún interés en la institución del matrimonio; pero entiendo muy bien que algunos homosexuales se sientan discriminados porque otras parejas si participan de una institución de la que ellos no pueden participar, más todavía, si los “argumentos” para esa discriminación se reducen a la etimología de la palabra matrimonio* y a una apelación a la tradición que, vista en su contexto histórico y (más todavía) analizada a la luz de las circunstancias actuales, carece de toda validez.

* Vuelta a monseñor Arregui, luz de luces en estos tópicos: “matrimonio viene de madre, matrimonio es dos seres que se unen para traer vida. Matrimonio es fecundidad y esto descalifica a la unión de homosexuales”. Si nos tomamos en serio esta necedad, tenemos buenas noticias para los ociosos: la palabra trabajo “deriva del latín vulgar trepaliare ‘torturar’ de tripalium ‘cierto instrumento de tortura’” (Gómez de Silva, Guido, Breve diccionario etimológico de la lengua española, Pág. 686). La prohibición de la tortura tiene rango constitucional y aval del derecho internacional (en condición de jus cogens). Tonces, chau camello. ¿Ridículo, no?

P.S.- Como nunca falta alguien que sobra (Charly dixit) me permito aclarar que, con todos los antecedentes antes expresados, hago expresa referencia al derecho de los miembros de la comunidad GLBTT a exigirle al Estado que elimine en el matrimonio civil la prohibición para que los miembros de esa comunidad puedan ejecutar ese acto civil. No sugiero en ningún momento que se le deba imponer a ninguna iglesia la obligación de reconocer, en su seno, los matrimonios de parejas homosexuales: una imposición de esa índole sería ilegítima, tanto como lo es (por supuesto) que los miembros de las iglesias pretendan imponernos sus creencias a quienes no participamos de ellas.

Un tano en Bucay

18 de noviembre de 2008

En busca del italiano, esa era la consigna de mi viaje a Bucay este domingo en la mañana. Mi primo Miguel quería comprarse una galonera de puro para matizar sus noches; yo andaba de afán por conocer ese restorán que ya en muchas ocasiones me se había aparecido en conversaciones sobre la buena mesa (la primera, además, dicha fue por una tana: muy buen augurio). Mis referencias, hasta el domingo, eran escasas: primero, Bucay, un pueblo situado todavía dentro de los límites del amputado Guayitas el Mapa en la frontera con Chimborazo (en realidad, dentro del pueblo y a escasos metros de ingresar al mismo una enorme valla anuncia: Bienvenidos a Chimborazo, -¡uh?) a 137 m.s.n.m. y poblado por 3.124 individuos, cuyo nombre original es General Antonio Elizalde y cuya fama, nacional e internacional, débela al tajo que mutiló un pene a miles de kilómetros de distancia, en el condado de Manassas, Va., EE. UU., que ejecutó con precisión cirujana la manicurista Lorena Leonor Gallo Coronel, nacida en Bucay en 1969, en la humanidad de su esposo, el marine John Wayne Bobbit, nacido en Buffalo en 1967, quien una vez que le fue reimplantada su poronga (operación de nueve horas y media mediante) se dedicó a explotar el aspecto de su singular miembro en la variada industria del porno con películas tales como John Wayne Bobbit: Uncut y Frankenpenis, probándonos de esta forma, con sobra de merecimientos, su triste condición de subnormal profundo. Mi segunda referencia era la noticia de un italiano en estos pagos, que en mi imaginación gozaba del desparpajo suficiente como para preparar risottos ai funghi porcini en este fin de mundo y acompañarlos con vino de su país. En la práctica, ambas cosas (doy fe) el tano las hace con talento.

Dos horas de viaje sin informantes: los compañeros del bus Santa Martha nos dijeron alegres que en Bucay podíamos conseguir muchísima fritada y comida china; pero que ni puta idea de ningún italiano en los alrededores. El último tipo al que le preguntamos, sin embargo, atinó a decirnos que le parecía que el italiano estaba al otro lado del puente. No tenía la precisión del corte de la Bobbit, pero al menos era mejor que la noticia de un chifa. Llegamos a Bucay y empezamos las averiguaciones del dato pepa y empezamos a caminar en dirección al puente aquel que nos indicó el amable caballero que sabía un poco más de quienes nada sabían. Preguntándole a las madrinitas, fuente de información certera donde las haya, nos enteramos que el ínclito y noble pueblo de Bucay y el italiano en cuestión mantenían una relación, pero no del tipo tano en Bucay, sino más bien de tano en las cercanías de Bucay. Después del cacareado puente aquel, teníamos que salir del pueblo, caminar entre quince minutos y media hora, pasar otro puente y subir una loma, para encontrarnos con el tano-restorán a nuestra izquierda. En quince minutos y poco más, sucedió tal cual dicho por el madrinataje.

El restorán del tanito tiene onda, un tricolor italiano y un letrero que explicaba al viandante que ese sitio se llama Piccola Italia. Tiene dos ambientes, uno cerrado en plan trattoria y otro abierto en plan asadero. El tano le hace a la comida típica tanto como a la italiana (yo doy fe de la italiana). Cuando entramos a la trattoria, eso fue un bajón, sonaba el papanatas de Arjona. Hicimos un pedido rápido y nos fuimos por dos risottos, uno Mar y Tierra para este servidor, uno a los cuatro quesos para Miguel, y salimos a esperarlos colgados de una hamaca. Plus, una botella de vino italiano, frappato siciliano, que se nos dejó querer muy bien, unas brushetas y unas bucareñas, las que fueron todo un suceso, licor de Bucay alla limoncello, o sea purito con limón, azúcar y sabrosura, buenérrimas las condenadas. A tres por nuca + botella de vino: bonito. La comida fue muy buena, el ambiente, una vez superado el grave escollo de escuchar al Sabina after lobotomía que es este papanatas guatemalteco de Arjona, muy acogedor, con la tele puesta en la RAI y música italiana (un romanticismo medio berretón a decir verdad, como el del choricero aquel de Ramazotti) de fondo. El tano (que se llama Franco) te atiende personalmente y se sienta a conversar contigo. Ese domingo era, para Franco, día especial porque él es romano e hincha de la Lazio (me cayó tan bien este compadre que hasta se lo perdono) y ese mismo domingo se jugaba el clásico Lazio-Roma. El tipo conversó amable hasta que la RAI empezó a transmitir los preparativos del encuentro. Entonces Franco, hincha disciplinado, se fue a sentar solano frente al televisor a padecer su domingo como si estuviera en el Olímpico cuando su realidad era que estaba en esta tierra de nadie a miles de kilómetros de su querida bota itálica. Se lo notaba tenso a este pana, su equipo jugaba al pedo, aunque la verdad el fútbol italiano es al pedo, a mí me aburre mucho. Pero él era hincha, qué le vamo’ a hacer, lo suyo es la emoción, cosa ésta que El Negro Fontanarrosa, cada vez más mítico y siempre sapientísimo, conocía de memoria y de sobra y aquí está este cuento breve para probárnoslo.

Abandonamos al italiano y sus angustias cuando su equipo perdía 1 a o (el partido terminó con ese marcador adverso al pobre Franco que en despecho debe haberse liquidado todas las bucareñas de su modesto comercio). Ya era casi hora del partido entre Barcelona y el Quito, ese equipo cuya existencia la justifico para en algún momento escribir un cuento que incluya la frase, Oe, ¿a qué horas es que juega el Quito?, y Miguel y yo caminando sin apuro rumbo a Bucay, trippin’ el paisaje, mirando el río desde el puente o mirando desde el cercado una pradera que se extendía verde y prolija a partir de este hermosa pared de árboles que aparece en la foto. Ya entrando a Bucay nos encontramos con un futbolín y reeditamos Clásicos del Astillero como corresponde, Miguel azul y yo amarillo, en su mayoría se los gané y algunos con paliza. Luego jugamos contra una selección de niños de Bucay (los hijos del dueño de futbolín) y la selección de Gkill se impuso en un reñido primer campeonato 3-2. Pero si los niños cantores de Viena saben de música, los niños jugadores de Bucay saben de futbolines, nos cobraron venganza y nos dieron la del zorro, al final nos pasaron hasta un 5 a 0 inclemente y uno de esos pelados hacía una paradinha y la ponía al ángulo, Eto’o era una babosa al lado de ese muñequito de material deleznable, la requeteputaqueloremilparió. El dueño del futbolín, padre de estos aleves mozalbetes, mostró la amabilidad de la gente de nuestro campo y una noble conmiseración por dos citadinos que mordieron el polvo lugareño de la derrota y no nos cobró los juegos de futbolín con su prole. No solo eso: nos indicó que al frente vendían el puro que buscábamos, que los había en muchos sabores-bores-bores, yo vi varios y creo que hasta uno de pitufo chicle, pero Miguel optó por el sabor original y clásico, el puro purito, a cinco dólar varón, una ganga. Ahí mismo pasaba el bus de la cooperativa Santa Martha de regreso a Guayaquil, todavía no terminaba el partido del campeonato nacional y ganaba BSC 1 a 0. No avanzó ni 5 minutos el chingado bus y se le fue la señal a la radio. Me enteré del empate del partido que nunca vi por representar con discreto perfomance a la selección de Gkill en Bucay (y darle, eso sí, unas cuantas palizas a Miguel cuando yo usé el amarillo –ahora que lo pienso, la ínclita, noble y mozalbeta selección de Bucay usó a BSC para enfrentarnos: esa puede ser la clave de nuestras derrotas) por mensajitos al móvil, y mejor así, ese hecho no alcanzó a perturbarme la pestaña que me eché hasta el arribo a Guayaquil, ya entrada la noche.

Melancolía del Sur del Norte

15 de noviembre de 2008

Este sábado se avecindó como propicio para la melancolía, esa dicha de estar triste que dijo Hugo. Llegué a casa casi al alba y dormí hasta casi el mediodía. Me introduje en el estudio, el que todavía sigue en proceso de ordenarse, son cienes y cienes de libros y de escritos, de documentos oficiales y de recortes de prensa, de papelitos que activan la nostalgia y de fotos y apuntes dispersos. Un exquisito caos, en el que malvive mi melancolía de este 15 a la tarde con la extraña dicha de quien tiene la voluntad de rememorar.

Mi aliada en este noble oficio de la memoria es mi computadora portátil y sus miles de fotos. He pasado casi cinco horas frente a esta pantalla y no pocos minutos de esos casi trescientos viéndolas. Mi memoria, al amparo de mi melancolía, optó el camino del norte y avivó momentos de mi viaje a Estados Unidos con la familia (N.Y., con madre, hermana, cuñado, dos tías, una tía-abuela y un primo) pero, en particular, de ese viaje de Nueva York a Memphis en compañía de mi primo y de Rachel, la gran y muy querida artífice de estas alegrías. Cientos de fotos de ese road trip y de esa incursión al mundo apalache; más fotos, todavía, de cuando Rachel estuvo en Ecuador y de esas fiestas piratas en mi depa de playa.

Ese viaje empezó en Nueva York en un departamento del Upper West Side donde pasamos una tarde viendo un partido de la Champions (apostamos un six pack con Juan Carlos, mi primo: se lo gané) y una noche como espectadores de un concierto de Santana, en el Madison Square Garden. (Antes habíamos visto a los Amigos Invisibles: toda otra historia, con after party incluido.) Al día siguiente, circa el mediodía empezamos el viaje, en compañía de 30 Red Stripe, la clásica cerveza jamaiquina y la mejor. (¿Cuándo llegará Red Stripe a estos trópicos? Lo pregunto con sincera nostalgia.) Esa noche dormimos en Nashville y al día siguiente llegamos a Memphis, al blues y a Graceland, luego a Knoxville, o mejor dicho, a Corrington, en las afueras de Knoxville, donde subiendo una loma está la villa (casa de campo) de Rachel. Estuvimos unos placenteros días, hasta que Juan Carlos y yo tomamos un greyhound a Washington, D.C., sin mínimas ganas de hacerlo y con muchas ganas de quedarnos. A la memoria le ocurren muchos momentos de esos días, de blues, de caminar en la montaña, de fiestas de recepción, de road trip, de Elvis, de frío, de calor, de risas muchas risas, de grata compañía, de sentirse como en casa, de compartirnos una pipa o una cerveza, de comer costillas, de escuchar música, de pac-man, de echarse en el pasto, de caminar lugares que no conocía, de mirar sin cansancio el Mississippi el mítico río de Samuel Clemens, de dormir cansado y despertarse con ganas, de tomarnos fotos de vaqueros risueños y malevos, de tomar moonshine, de conocer simpáticos ciudadanos de Oriente, de encontrarnos con viejos amigos y hacernos nuevos, de explicarle a los niños de la escuela de Shelley sobre Ecuador, de beber sake, chelas o ron, de discutir y de reconciliarse, de drinking games, de abrazos fuertes y siempre queridos y cuyo regreso siempre se anhela, de besos que hoy son mucha nostalgia, y me se viene a la memoria el recuerdo de que ya tenemos plan para volver, sin dorarlo mucho y a cómo venga, random, la felicidad es ese asalto de okupas que te hacen brillar el corazón, un risueño sin futuro.

Me voy a jugar fútbol al caer la tarde y a afilar el colmillo para esta noche de sábado. Pero cuelgo esta foto en Memphis con el mítico (para nosotros, claro está) Fred Sanders y desternillándonos de la risa, como símbolo de esos días de abril, de cómo se vivió ese viaje y cuán caro es para la memoria.

Sobre los anónimos (oh, ah, Cantona)

14 de noviembre de 2008

En un artículo (Oh, ah, Cantona) de su exquisito libro sobre fútbol Salvajes y Sentimentales, Julián Marías reivindica con razones la acrobática patada que Eric Cantona le propinó al espectador Matthew Simmons. Éste, al amparo de su condición de hombre-masa, lo insultaba a aquel: situación marrullera y cobarde la de este fulano Simmons, de la que el francés Cantona supo sustraerlo no sin antes hacerle conocer, de botín y obra, su sincera opinión. En un texto impecable, Marías escribe:

“Quien ha pisado alguna vez un estadio o una plaza de toros ha visto a individuos cobardes que, amparándose en la distancia y el anonimato, se atreven a gritarles a los futbolistas o toreros cosas que no serían capaces de murmurarle a nadie que estuviera a dos pasos, gente que no saldría ni en defensa de un niño al que vapulearan cuatro adultos. Se atreven a insultar y humillar en tanto que masa, confundidos con otros de su misma especie, jaleándose y envalentonándose mutuamente. Se sienten impunes porque en esos lugares es casi imposible que sean individualizados, percibidos como lo que son, individuos.”

No es difícil reemplazar el pisar “un estadio o una plaza de toros” por “participar de un blog”. Aclaro, eso sí: no es el anonimato en sí mismo el que me molesta aunque prefiero (por obvias razones: saber si se trata de un afectado directo, de un experto, de un defensor de ciertos intereses, etc.) conocer quién es mi interlocutor en un debate. Reconozco, por supuesto, que lo importante en un debate son las ideas y que, en la medida en que se expongan de manera inteligente y respetuosa, me resulta indiferente si las expone un anónimo o un identificado. El que me parece despreciable es aquel que calza en esta descripción que realiza Marías, aquel que utiliza su anonimato para el aleve insulto y la pretensa humillación de su interlocutor, partícipes de una cuota de mala leche y de estupidez malsana que es impropia de cualquier debate serio. Estos cobardes, hay que decirlo con todas sus letras, solo merecen desprecio.

Ah, para cerrar, unos goles del gran maestro Cantona (oh, ah, Cantona, ran away with the teacher’s bra) para deleite de la peña futbolera.

X. Andrade: de degeneración en regeneración

13 de noviembre de 2008

Sobre Guayaquil y la privatización de su espacio público nos habla el pana X. Andrade en la siguiente entrevista que publicó diario El Telégrafo el 10 de noviembre (el X. es firma ancla de ese diario). Para quienes no lo sepan, X. Andrade es una de las cabezas más lúcidas del ámbito local; en Experimentos Culturales y en este artículo que desarrolla las ideas que esta entrevista enuncia, hay X. para rato y todo es ganancia. La entrevista se publicó en la sección Contrapunto, donde también se lo entrevista a Wellington Paredes, que defiende las regulaciones al espacio público que impone la administración municipal y sus fundaciones adláteres. Se pueden leer ambas entrevistas en la edición PDF de El Telégrafo, acá, página 15. Provechito.

¡Vamo' las ciclovías!

10 de noviembre de 2008

Yo, ciclista cotidiano de caótica ciudad, me emociono con esta noticia que publica hoy El Universo, que ojalá se convierta en realidad y no se quede en agua de borrajas. Como lo mencioné en un editorial de abril de 2007 al amparo del cronopio Cortázar (“Vietato introdurre biciclette”) el 22 de marzo de 2001 entró en vigor la Ordenanza de Circulación del Cantón Guayaquil, cuyo artículo 10 establece que “El Concejo Cantonal podrá establecer en la vialidad de la ciudad carriles para uso exclusivo de bicicletas […]”. A la M. I. Municipalidad recién 98 meses después se le da por pararle bola a esta disposición que el propio Alcalde Nebot firmó el 8 de febrero de 2001 y sobre la que quedan, todavía, muchas cosas por debatir con relación a su implementación (¿por qué, a guisa de ejemplo, no puede atravesar una ciclovía la llamada “Zona Regenerada”?). Pero bue, el camino ya está trazado, o se supone que lo está: ¡Vamo’ Municipio, pedal a pedal!

Hay violación de derechos civiles

9 de noviembre de 2008

El viernes, chance al apuro (se le nota, lo sé) y con entusiasmo de manita caliente en razón de mi festivo receso, escribí estas líneas sobre las Ordenanzas del Cantón Guayaquil en materia de regulación de los espacios públicos, que titularon Hay violación de derechos civiles (it's true!), que se publicaron en la edición de hoy y que me valieron el remoquete de Analista. Me las pidieron de El Telégrafo para incluirlas en un artículo, acá, donde también se incluyó esta otra nota, acá. ¡A seguir la discusión sobre la ciudad, eh!

El problema de Enrique

La historia no es reciente; es cierta. Después de una larga madrugada de juerga con mi brother Enrique, una de las personas que yo más quiero en este pinche mundo, y trabajados (debo suponer) por largos vasos de viejo ron, nos echamos a dormir en su cuarto. De repente, Enrique recibe un SMS; no responde. Recibe una llamada a su teléfono móvil; lo apaga. Recibe una llamada a su teléfono convencional; lo descuelga. Le tocan, con desespero, la puerta de la casa; no la abre. ¿Qué pedo? pensaba yo. Su hermano, mi carnal Rafa, se despierta de su borrachera y hace lo que Enrique no hizo: le abre la puerta a la belleza rubia que, acto seguido, se le mete a Enrique en la cama para follarlo, sin contemplación y con usura. Yo, en la cama de junto, a mitad de camino entre risueño y dormido. Este hijueputa, pensaba yo.

Al día siguiente desperté y Enrique preparaba panquecas en la cocina. La belleza rubia yacía sola y dormida en la cama, satisfecha y plácida: una Eva nórdica, calata como un ángel pero sin alas. Lo acreditaron mis ojos aceitunas: tenía un muy buen lomo. Tenía, también, el vello púbico levemente rubio.

La tarde de ese día por X razones, yo, tan alérgico a los coches (por razones de deporte y curda) conducía rumbo a mi casa la carcocha del buen Rafa. Recuerdo, como ayer, el diálogo: este negro es un soberano hijoputa. Su problema es la ambición de todos los demás: el problema de este cabrón, su pinche problema, es que una belleza boreal se le cuela en su cama de madrugada para follarlo.

Adjudíquenme esos problemas, por favor.

Obama

6 de noviembre de 2008

Barack Obama provocó mi admiración cuando, después de una ruda campaña para la adjudicación de las primarias del partido Demócrata en la que Hillary Clinton le dio al morocho de origen keniano caña con conmovedora saña, Obama afirmó: “haberla tenido a ella como rival me ha hecho mejor”. Seguí con interés la campaña por la presidencia, los debates, los discursos de Obama, su triunfo (debo decir, paliza) de antier. Y tengo que admitirles que la victoria de Obama me emocionó, mucho. Sólo (aunque conectado por el móvil con mamá quien, por mera coincidencia, estaba en Chicago y asistió a Grant Park para escuchar su discurso ganador, y mismo dispositivo mediante, conectado con diversa gente para comentar los detalles de las elecciones) frente a la TV en mi cuarto, alcé mis brazos cuando la proyección de los electores declaró a Obama Presidente de unas elecciones en las que siempre, hasta ayer, me pareció que todos deberíamos votar menos los ciudadanos estadounidenses (no sólo porque elegir Presidente de los Estados Unidos es lo más cercano a elegir al Presidente del mundo mundial, sino porque votar no una, sino dos veces, por George W. Bush es impresentable e insano).

Pero antier fue diferente (para que se entienda lo que diré a continuación, les tiro una línea: piensen cuándo será que los franceses, tan cultos y civilizados, elijan a un descendiente de argelinos como Presidente; o cuándo será que los españoles, para ponerlo en contexto local, elijan a un descendiente de ecuatorianos). La mayoría de los estadounidenses votaron para Presidente a un afro-americano: sucedió en un país que hace cincuenta años los obligaba a sentarse en bancas, ingresar a escuelas y ocupar baños diferentes, que les impedía el acceso a restoranes y les prohibía el matrimonio interracial (en Civilización. Una historia crítica del mundo occidental, Roger Osborne recuerda que cuando se promulgaron en la Alemania nazi las leyes de Nuremberg que restringían ciertas ocupaciones a los judíos y prohibían los matrimonios entre judíos y gentiles, “la desaprobación internacional quedó mitigada por las leyes Jim Crow vigentes en el sur de Estados Unidos, que de forma similar ilegalizaban los matrimonios interraciales”): que se vote por un afro-americano significa muchísimo para el país que produjo el fallo Dred Scott y la doctrina “separated but equal”; para un país que enriqueció el vocabulario hispano con el infame verbo “linchar”, como nos lo recuerda Borges en la famosa enumeración que inicia El atroz redentor Lazarus Morell.

Hablando de Borges: McCain, aquel senil cowboy que pretendía devenir en Presidente, sin saber él quien coño es Borges, me lo recordó antier. En una frase hermosa, Borges dijo que “hay una dignidad que el vencedor no puede alcanzar”. McCain probó la certeza de esa frase con un discurso que reconocía su derrota, un discurso noble y bien logrado. Por supuesto, McCain hubiera sido atroz como Presidente, una continuación con mejor vocabulario (para lo cual solo es necesario superar el segundo grado de escolaridad) del belicismo rampante y rapaz de Mr. Bush. Peor todavía hubiera sido que esa gélida hockey mom, Ms. Palin (quien dijo: you know they say the difference between a hockey mom and a pitbull is?: lipstick) llegaba a asumir la Presidencia si el senil McCain devolvía la cédula durante su mandato (solo diré, para hablarlo en morochos términos locales, que sería como si Margarita Arosemena llegara a asumir la Presidencia: don’t even think about it!). Volviendo a Obama, su discurso de victoria fue sobrio e inspirador, positivo e incluyente, solvente y emocionante (Oh, Yes, we can!). Admito que cuando vi llorar a Jesse Jackson (y qué le vamo’ a hacer, soy un sentimental) se me piantó un lagrimón en mi ojo derecho. Hay que conocer el pasado de Estados Unidos para entender lo que este 4 de noviembre significa, para entender el contexto del llanto de Jackson, la emoción de 125.000 personas en Grant Park, los votos de 63 millones de personas en Estados Unidos. Hay que entender ese pasado, para entender el momento presente y la proyección que significa hacia el futuro (en el campo de las ilusiones, todavía) la Presidencia de Barack Obama.

Acabo aquí (casi) mi reporte de ilusiones y buenas noticias. Es improbable que Obama sobreviva la presión de las corporaciones (sí, aquellas bondadosas entidades cuyo crecimiento derrocha riqueza para las sociedades en que se instalan: prueba de ello pueden obtenerlas siempre que se animen a leer sobre la Revolución Industrial o sobre las condiciones laborales en las maquilas en tiempo presente, por citar un par de casos) y la maquinaria de los lobbies. No soy pesimista: sólo soy un optimista informado. Y sin embargo, sin embargo, against all odds, no pierdo las ilusiones aún, habrá que verlo en acción, lo improbable no significa lo imposible y el 4 de noviembre lo probó. No dependerá sólo de Obama (eso él lo sabe bien y lo dijo con todas sus letras en su discurso) sino de todos aquellos que creen que pueden y, vamos todavía, ojalá que puedan.

RG, artículo, prólogo, etc.

23 de octubre de 2008

El lunes 20 de octubre entró en vigor la nueva Constitución. Para discutirla, les ofrezco este artículo de Roberto Gargarella, publicado en la edición de diario El País del lunes 13 de octubre. Suscribo sus críticas. Hablando de escritos de Gargarella, él escribió el prólogo del libro Desafíos Constitucionales. La Constitución Ecuatoriana en Perspectiva, cuya edición estuvo a cargo de Ramiro Ávila, Agustín Grijalva y Rubén Martínez Dalmau y que contribuye a la discusión académica de la nueva Constitución. La presentación de dicho libro (en el que consta un artículo de mi autoría sobre relaciones internacionales) motivará mi presencia en el auditorio de la CIESPAL, hoy, a las 18h00, para participar de su presentación y para, digámoslo con ese cliché que fue título de un concierto inolvidable (también en Quito de quitar, el año pasado), matar dos pájaros de un tiro, afirmación ésta que nos conduce al post que abajoubico.

Calamaro

En marzo de 2006, en Santiago de Chile, Tati Rein colocó un disco de Calamaro en el reproductor de música de su coche. Yo la miré concara de Calamaro no existís Calamaro e iniciamos (nunca fuimos ajenos a estos incordios) una breve disputa sobre su valía musical (y terminamos poniendo, creo recordar, la Bersuit… A quienes vimos poco después con ocasión de las fiestas del centenario de la FECH). Este Calamaro tiene un aspecto juvenil, como una suerte de díscolo primo mayor, tóxico y buena onda; a pesar de esa aparente juventud tiene tres décadas y 30 discos en su oficio. De tiempos lejanos de Los Abuelos de la Nada (cuyo “hace frío y estoy lejos de casa”, fue mi soundtrack cuando anduve de mochilero en Bolivia en el 2000), de tiempos festivos de Los Rodríguez, de tiempos de solista en los que, admito, me aburre un poco porque tengo la impresión de que se repite y no se juega la boca, con el agravante de padecer una cierta tendencia al show off (como sucede en aquel libro Tirados en el Pasto que escribió a dos manos con Alejandro Rozitchner, suerte de compendio de filosofía espontánea grabada de sus conversaciones de viaje que conseguí hace años en Buenos Aires –mi ex Libris enuncia que el 14 de febrero de 2003- y que lo compré porque parecía tan prometedor y cuya lectura me reveló un bodrio). Así, a pesar de que Calamaro hace mucho, canta rock, tango y etcétera, a mí me queda la impresión de que lo suyo son, en general, variaciones sobre un mismo tema.

Y sin embargo, sin embargo… Calamaro tiene gracia, tiene mucha gracia. De cuando en vez (porque si lo repito mucho me provoca hastío) disfruto mucho de escucharlo (tengo mucha de su discografía) y no fue hace mucho, en abril de este año, que una de sus canciones fue mi soundtrack en Memphis, cuando me aprestaba a visitar Graceland (adivinan: Elvis está vivo, track 10 de Alta Suciedad). Calamaro, admito, es incapaz de maravillarme pero tiene la suficiente gracia y buena onda para provocarme un muy buen rato. Como seguramente lo hará esta noche en Quito, 20h00. Hará frío y estaré 400 kilómetros lejos de casa: Calamaro estará en el ambiente y vendrá bien.

Birras y "multitumbre" de sustancias

17 de octubre de 2008

Hoy, veintionce años (aunque veintitrés dicen que aparento). En plan random, sin mucha organización previa ni nada por el estilo (porque esas cosas empequeñecen las fiestas y las convierten en celebraciones de burócratas) convoco al personal a tomarnos unas birras y otra "multitumbre" (gracias, Peperino) de sustancias en Ojos de Perro Azul (bar situado en las céntricas calles Padre Aguirre y Panamá). A partir de las 10:30 la empezamos. Al día siguiente, todos quienes quieran seguirla tienen una cordial invitación a mi depa en la playa. Abrazo de gol para todos. Salute.

Ya no se respira bien

16 de octubre de 2008

No escribiré más en el diario en el que cada sábado desde febrero de 2006 (salvo cuatro excepciones, todas en este año y por razones ajenas a mi voluntad) publiqué mi columna de opinión. No es difícil para el observador atento reconocer el perfil que asumió ese diario: ese perfil enrareció el ambiente y contaminó el aire y, en consecuencia, ya no se respira bien allí. Mejor salirse y empezar a respirar aire fresco; mejor, dicho sea en limpio, concluir un ciclo y seguir caminando. Seguiré escribiendo: en esta bitácora o en cualquier otra parte, pero ya no en El Uni(co)verso. Que ese diario sea lo que quiere ser, lo que, paso a paso, está llegando a ser: una caricatura de diario pluralista que merece cabal el mote que le atribuyo.

Diario del Sur (Uruguay)

8 de octubre de 2008

Uruguayos: argentinos sosegados. Aeropuerto de Carrasco, 06:02, hora de la República Oriental del Uruguay. Frente a un primer tinto, en plan de decisión de la ruta de las próximas horas. De bote pronto, se supone que llegaremos al puerto para comprar los tiquetes a Buenos Aires y guardar las maletas, para recorrer con ligereza Monte, acaso en un city tour (idea de mamá que no me hace muy feliz pero que la entiendo en razón de las circunstancias).

Primeras pequeñas diferencias: pides un tinto y te lo acompañan con soda. La “sandwichería” del local incluye pebetón y bocatta. Me iré por un bocatta de salame y queso.

Compartí el bocatta con mamá, que volvió con noticias que nos conducen a tomar un ómnibus al terminal y desde allí organizar nuestras transitorias vidas montevideanas. El bocatta está exquisito y lo acompaño con agua de la caniya. El ómnibus a tomar para llegar al terminal-shopping center en Tres Cruces puede ser cualquiera de los siguientes: 700, 701, 70A, 710 (prefiero uno que no mezcle números y letras porque desconfío de cualquier asomo algebraico).

Le comento a mamá que Uruguay es un estado tapón, un disuasor de las luchas entre los gigantes Brasil y Argentina, un invento inglés. Otro café: un cortadito, como el que volvió a pedirse mamá. Le comento la idea que tenemos con Fernando de poner una pizzería-restorán-bar conceptual, que se podría llamar “La Pizza de Dante”, con un chef argentino random, que podría llamarse Matías Filippini, pero que para el caso guayaco se llamaría Dante: nuestro lugar se jugaría con los conceptos de la Divina Comedia y de la República Argentina (con sus ídolos: Borges, Cortázar, el Diego, Fangio, García, Gardel, etc.). Antes de partir, unas aproximaciones al tema político, tema tabú con mamá, pero irresistible frontera que siempre atravesamos.

En el vuelo Guayaquil-Lima y en el principio del vuelo Lima-Montevideo (porque el resto del viaje dormí como un lirón) leí Bestiario del Balón, un libro exquisito sobre, digámoslo en simple, el lado B, el lado amable del fútbol colombiano. Llevé dos libros: El Derecho Dúctil de Zagrebelsky y Bestiario del Balón, de Arango, Samper y Garavito. Elegir la lectura de este último es, por supuesto, toda una toma de postura.

Lo miro en retrospectiva desde la espera para el embarque en el Buquebús, 17:40, hora de Uruguay. Tomamos el 701 y optamos, en Tres Cruces, por un city tour que nos recomendó la oficina de turismo. Lo admito: me encantó el city tour que tomamos con mamá. No soy partidario de los city tours, les tengo las lógicas prevenciones de quienes sabemos que las ciudades se las conoce gastando todavía más las suelas de un par de botas rotas (con las que se camina mejor), perdiéndose entre su gente, amistándose, sudándola. Pero me animé a este city tour sin reservas, con el propósito de disfrutarlo mucho: sabía que no existía mucha posibilidad de acercarse a Montevideo de otra manera y que no podía obligar a mamá a un ritmo del que ella no quería participar. Pero, insisto, me encantó el city tour porque nos acercó a una ciudad no sólo desde sus características físicas (digamos, sus edificios, sus calles, sus monumentos) si no desde ciertos datos que nos acercan a su perfil auténtico: datos, por ejemplo, sobre educación, salud y cultura. Óscar, nuestro guía, los contaba con gracia y sin pérdida de humor. Los datos eran datos de almanaque (y me consta que si lo sacabas mucho del libreto, digamos, para hablar de literatura el tipo habitaba los lugares comunes) pero el tipo conocía su oficio: los distribuía de conformidad con los lugares, los aderezaba con detalles complementarios, los matizaba con humor. Con voz pausada, sin prisa pero sin pausa, para que lo entiendan hasta la pareja de brasileños que viajaron con nosotros por Monte (éramos en total ocho, sendas parejas de brasileños, argentinos, españoles y ecuatorianos) Óscar cumplió el oficio de mostrarnos una ciudad encantadora, como lo reflejan sus 1.600 ha. de áreas verdes, su árbol por cada 3 habitantes, su alto estándar de salud (un médico cada 240 habitantes, a nivel de país), su alto nivel educativo (98% de alfabetización, a nivel de país), sus 22 kilómetros de ramblas que miran hacia un río de tenue marrón (con su pequeña Copacabana –Pocitos), sus parques abiertos y propicios para la apropiación del espacio público (ni siquiera son necesarias las ciclovías porque todos respetan la cultura ciclística): todo ello enmarcado en una arquitectura hermosa y en un ambiente apacible (en todo el país suceden sólo 80 muertes por actos de violencia en el país). Esta condición apacible acaso se relacione entre otras cosas con la ausencia de enormes contrastes sociales: no existe la ostentosa riqueza (que, por ejemplo, se exhibe en Brasil o Argentina) sino “riquitos” así como tampoco una extrema pobreza: digamos, nadie se muere de hambre ni vive en condiciones indignas, porque en últimas tiene acceso a salud y educación, a situaciones que gratifican en simple la vida: el acceso a la recreación en los espacios públicos, por ejemplo. El recorrido demoró unas tres horas: el bundi nos dejó en el mercado del puerto, prestos para almorzar.

Caminamos el mercado del puerto y me encontré con un tipo de Rivera, en la frontera con Livramento (se cruza una calle y se está en Brasil), cuyo hermano era suplente en el Peñarol del ’66, ese mítico Peñarol de Spencer y Joya. El tipo tenía un apellido vasco, Echealgo y conoció a Spencer. Contó en un español abrasilerado que alguna vez Spencer le prestó sus botines: lo dijo con genuino orgullo, del que participé. Le compré un par de boinas, a buen precio: una de cuero de oveja, bicolor en variedades de café (a mamá y a mí nos cautivó a primera vista), otra de cuero de cerdo en caqui. Con mamá vimos lugares para comer, averiguamos la oferta y los precios: nos quedamos en L´amitie, nombre muy propicio. Pedimos jabalí y cordero, como entrada un plato de jamón crudo. Mamá, agua; yo, dos copas de vino de la casa. Pan caliente y justos aderezos. Recuerdo una tarde en Arequipa frente a un ají de rocoto, la sensación de feliz agonía que implicaba comerme ese plato: la contradictoria sensación de tristeza de irlo terminando, casa bocado, la felicidad de comer: como bien lo vislumbró Wilde, esa es la tragedia del placer. La volví a experimentar en Montevideo. Casi me olvidaba del postre que, Emilio Vecchi, el dueño nos predicó como el mejor del mundo en su género. No tengo parámetros para comprobarlo, pero, ¡qué lo parió! (como dice Mendieta) que estaba la reputamadre de buena esa panqueca de manzanas en caramelo. Ni siquiera me tomé el café (yo, cafeinómano irredento) para no perderme un ápice de su sabor que, aún ahora y varias horas después, siento en mi boca mientras escribo estas líneas. Lo mejor: el trato que Emilio Vecchi le dispensa a sus clientes: su interés por todos los detalles, por hacernos sentir bien, por las risas. Si algún día hacemos ese restorán (¡vamos, Fernando!) eso es lo que me interesaría de tenerlo, dispensar un trato análogo a quienes visiten nuestro negocio.

Tomamos un taxi (un tipo lo llamaba y nos abría la puerta: esa era su modesta industria y se ganaba unos pesos de propina así) y fuimos de compras deportivas en la 18 de julio. Me agencié la camiseta oficial de la celeste (¡Uruguay nomás!) y una polera casual y negra de rugby. El sábado se juega por eliminatorias al Mundial el clásico del Río de la Plata: ya saben de qué lado se alzan mis brazos al cielo, azul celeste para más señas. (La historia de este romance es larga y literaria.)

Otro taxi y a la terminal, para tomar el bus a Colonia de Sacramento, donde tomamos el Buquebús a Buenos Aires. En el bus a Colonia no tengo si no el recuerdo de haber dormido sus dos horas: he hecho ese viaje tres veces y jamás he visto un ápice de su paisaje porque siempre el cansancio me noquea al empezar la ruta. Llegamos al buquebús, trámites de rigor, embarcarse: obtenemos un par de asientos al lado de unos pequeños polimorfos bilingües (¡una calamidad!). Me vine atrás, hacia un sitio más relajado, a sentarme al piso a escribir, a mirar desde el ventanal que el Buquebús partía del puerto de Colonia de Sacramento, que también mira hacia unas aguas de tenue color marrón.

Ahora, en Buenos Aires.

Proyecto Pacífico

4 de octubre de 2008

Lo recuerdo a Banksy: “pequeña gente retorcida sale cada día y afea esta gran ciudad. Dejando sus trazos idiotas, invadiendo comunidades y haciendo que la gente se sienta sucia y utilizada. Solo toman, toman y toman, y no dejan nada a cambio. Son malvados y egoístas, y hacen del mundo un lugar horrible. Los llamamos agencias de publicidad y urbanistas”. Lo recuerdo a Darío Grandinetti, a quien en aquella célebre película de Eliseo Subiela, El Lado Oscuro del Corazón, una prostituta le pregunta cuál es su oficio y él le responde, “publicista”. La prostituta, entonces, le replica: “ah, sos una puta. Como yo”. Yo me permito reivindicarlas en compañía del filósofo rumano Emil M. Cioran, quien, asiduo de burdeles, afirmó que no existían en el mundo personas más propicias para la filosofía que las putas. Digamos entonces, que en línea de esto último (la filosofía) y en las antípodas de lo primero (la maldad y el egoísmo, como dijera Banksy) se sitúa el Proyecto Pacífico.

Tengo algunos días en Colombia (pronúnciese Locombia, por favor) y causas y azares (rectifico: exquisitas causas y azares) me condujeron a Cartagena de Indias, donde participo del XV Congreso Colombiano de Publicidad y donde participé el miércoles 1 de octubre del lanzamiento del proyecto Pacífico: Ideas Simples para Vivir en Paz. Se visita una página de Internet (http://www.proyectopacifico.com/) y quienquiera puede escribir sus ideas simples para vivir en paz: los publicistas del Proyecto Pacífico se encargan de convertirlas en publicidad: así, frases simples (pero necesarias) como “No se vaya”, “Baile más”, “Maneje sin pelear” , “Escribe un mensaje de paz y láncelo por la ventana”, “Quiera más a su familia” , “Aprenda a decir I love you en español”, “Regálele un juguete a un niño”, “No grite. Respire”, “Dé más serenatas” o “Piense por un minuto en los que mueren en la guerra”, aquel miércoles 1 se vieron reflejadas en vídeos publicitarios que tienen el propósito de incentivar a que, los colombianos (a que todos, en realidad) asumamos una cultura de paz.

Algunos me dirán: el caso de Colombia es distinto. Y sí, coincido: Colombia es distinta, Colombia es un país cuya historia nos habla de élites usualmente egoístas y de personas marginadas que se forjan a sí mismas; una historia que nos habla de dominación y de revancha; una historia que riega mucha sangre que empaña, sin mancharla, su hermosura porque es precisamente aquella historia la que produce esta gente tan echada pa’ lante, tan de pronto abrazo, tan en busca de un destino. Un destino a cuya pacífica búsqueda contribuye este Proyecto Pacífico, con modestia pero con talento, sin prisa pero sin pausa, con buena voluntad.

En el párrafo anterior reconocí (porque lo he vivido, porque lo sé) que Colombia es distinta. No son esas las únicas, por supuesto (acaso no sean ni siquiera las principales) razones que nos diferencian. Pero sé que esas diferencias no pueden ocultar el detalle de la necesidad de que en este país se replique una experiencia como la de Proyecto Pacífico. Si bien este país no sufre las circunstancias de Colombia, sí que tiene su alta y dolorosa dosis de racismo, de inequidad, de necesidad de pensar nuestra convivencia en clave solidaria. Las agencias de publicidad de este país (a quienes, en general, no es difícil endilgarles el calificativo de mediocres, ¿para qué engañarnos?) pueden contribuir a este propósito, a imagen y semejanza del proyecto que comento en esta columna. ¿Será que se le miden?

Tres versiones del No a la Pachamama

3 de octubre de 2008

Volvimos de comprar sushi y unos tintos para celebrar nuestra despedida del viaje a Bogotá y cuando estacionábamos el coche fue que vimos algunos No a la Pachamama colocados en la puerta de junto al edificio al que íbamos. No resistimos la tentación de arrancarlas, de fabular historias, de tomarnos fotografías y de reírnos hasta el borde del pis de esas pegatinas en compañía del primer tinto que descorchamos (yo quisiera suponer que la burla y la risa fueron el secreto propósito de su diseño).

He aquí tres versiones de esos momentos, tres versiones del “No a la Pachamama”:










































La nueva Constitución merece muchas críticas (como también muchos elogios que algunos obnubilados no quieren o no pueden –en su cortedad de miras, en su cerrazón mental, en su sobrada estupidez- reconocer): pero casi ninguna de las “críticas” (el solo término es excesivo) que formuló esta lágrima de oposición estuvo a la altura de un propósito de debate serio. Neta, nones a las Pachamamas mediante, se tienen muy mucho merecida la larga derrota en el referéndum. Son, en general, una vergüenza que debería atreverse a pensar(se) un poquito. Al menos, al menos, un poquito.

Fotos: The Cure Family (they will cure your wounds)

Democracia corinthiana

27 de septiembre de 2008

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, conocido simplemente como Sócrates, o como O Doutor, en virtud de la profesión cuyo estudio alternó con sus 404 goles, tenía según escribió Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra, “cuerpo de garza, altas piernas flaquísimas y pies pequeños que se cansaban fácil, pero era un maestro del taquito, y se daba el lujo de convertir penaltis con el talón”. Jugó en la selección brasileña de los mundiales de España 82 y México 86, pero yo lo recuerdo solamente en aquel mítico Mundial del 86 (el mundial del Diego) como aquel barbado centrocampista de la única selección de Brasil que ha despertado mis simpatías.

No me enteré sino hasta mucho después, mediante la lectura de un preciso artículo que publicó la revista Diners y la investigación que realicé para colgar un artículo en mi bitácora de internet que este sujeto de cortazariano aspecto es persona de profundo ideario democrático, cuyo ejemplo me interesa mucho porque defiende dos premisas que yo entiendo básicas para un concepto de buen gobierno: el respeto a la autonomía individual y la promoción del autogobierno colectivo. O Doutor Sócrates lideró una experiencia futbolera y política llamada democracia corinthiana, cuyo lema era “liberdade com responsabilidade” y que se puso en práctica en el equipo paulista Corinthians en tiempos de la dictadura militar brasileña (años 82 y 83).

La experiencia, en resumidas cuentas, es la que sigue: en el Corinthians de aquel entonces todo se decidía por consenso: la comida, la alineación, las contrataciones, las dimisiones, los momentos para entrenar; se eliminaron las concentraciones y se defendió con pasión futbolera el irrestricto respeto a todo aquello que los jugadores hicieran fuera de las canchas. Y lo mismo, para tomar todas estas decisiones, votaba el peor de los suplentes como el más linajudo de los directivos: la democracia corinthiana es un diáfano ejemplo de autogobierno colectivo y de respeto a la autonomía individual que, para probarnos que esos atributos no se riñen con la victoria, participó de la consecución del Corinthians de los campeonatos de los años 82 y 83 y de la elección de Sócrates como mejor jugador sudamericano de 1983.

Además, otros datos no menores: la economía del club era solvente (un superávit de 3’000.000 de cruzeiros, cosa inédita) y su contribución al debate sobre la democratización del régimen militar (mediante el uso de lemas en sus blancas camisetas como “Democracia”, “Direitas-Ja” o “Eu quero votar para Presidente”) fue notoria y es notable.

Resumiendo, no conozco palabras mejores para definir la democracia que las palabras del jugador de Corinthians Biro-Biro: “La democracia me hace aprender a respetar la diferencia sin jamás aceptar las desigualdades”. Como tampoco conozco mejores palabras para cerrar esta columna que celebra la democracia corinthiana que las palabras con las que Sócrates finaliza su libro Democracia Corinthiana: A Utopia em Jogo, escrito en conjunto con el periodista Ricardo Gozzi: “Conseguimos probarle al público que cualquier sociedad puede y debe ser igualitaria.Que podemos desprendernos de nuestros poderes y privilegios en procura del bien común. Que debemos estimular que todos se cohesionen y que pueda participar activamente de los designios de sus vidas. Que la opresión no es imbatible. Que la unión es fundamental para superar los obstáculos difíciles. Que una comunidad solo puede fructificar si respeta la voluntad de la mayoría de sus integrantes. Que es posible darse las manos”.

¡Grande O Doutor! Que así sea.

Cuernos

23 de septiembre de 2008

Seguí el consejo de Sabina y entre las casadas busqué mis amadas y de entre todos los maridos elegí “a ese infeliz que siempre está reunido y siempre de viaje” (Cuernos, track 8 de "Hotel, dulce hotel"). Ella era socia del Country Club y en un lunes de nadie, a inicios de la tarde, nos fuimos para allá. Entramos al baño de mujeres, un sitio amplio que ostenta unas caricaturas de jugadoras de golf en la pared de la entrada. Sonreímos al descubrir que una tía mía constaba en la nómina de jugadoras en grafito: era la tercera si contamos los cuadros desde la izquierda. Tiempo después, no muy lejos de mi tía, eyaculé. Salimos al aire fresco, almorzamos ligero, caminamos por los campos de golf. En el hoyo 17 nos echamos a la sombra de un árbol a sostener una placentera conversación sin rumbo. Miramos caer las hojas desde la copa de un ceibo. Este hecho, la situación en sí, eran el fiel reflejo de una plácida belleza. Corría, es lícito suponerlo, el mes de junio.

Eran tiempos del Cacao, ese bar de Jimmy Mendoza que inició todo aquello que hoy llaman, con cierta e inmerecida pompa, Zona Rosa. Allí la conocí una noche y desde aquel entonces nos dimos a la caza de no escasos amaneceres. Residía en una de esas ciudadelas que llaman, con cierta y merecida pompa, burbuja. La casa era de dos pisos y moderno y hermoso decorado. Recuerdo un libro sobre arquitectura de Buenos Aires en el centro de mesa, en la planta baja. Al principio yo entraba a la ciudadela siempre en plan camouflage; hacia el final, ya saludaba orondo y sonriente a los guardias. Ideamos una excusa, del tipo que yo era profesor de alguna materia que a ella le interesaba aprender. Su marido era un alto ejecutivo, de reuniones y propicios viajes al extranjero. Nuestra excusa funcionó: para variar, el marido me pagó buena plata durante los meses que duró nuestra relación.

El día del baño en el Country salimos con rumbo a su casa y para evitar entrar a la ciudad, tomamos la carretera para rodearla; creo que este sector se llama Daular. La carretera mira al río y el trayecto demora un poco pero el ritmo es constante y el paisaje es hermoso. Al amparo de Lou Reed podíamos decir que it was just being a perfect day. Escuchábamos a Tom Jobim, el track 3 de un disco que me regaló Claire (¿Qué será de Claire?): sonaba aguas de marco cuando tomamos una curva y el carro derrapó hacia la izquierda; ella soltó el volante que yo tomé para intentar enderezarlo. El carro se fue entonces hacia la derecha e impactamos un tráiler en una de sus enormes llantas, no una, sino dos veces. El impacto aminoró la velocidad y el vehículo se detuvo a un lado de la carretera. Los daños fueron menores, pero del susto teníamos el corazón en las manos. Y si el carro en vez de impactar contra las llantas del tráiler se acomodaba entre ellas, no quiero ni imaginarlo: esa muerte hubiera sido atroz. Cuando bajamos del carro, un subaru se dio vueltas de campana y casi nos atropella: quedó a unos tres metros de nosotros.

Lo comprendimos. Le habían echado cascajo a la carretera para asfaltarla y al tomar la curva, las llantas al contacto del cascajo, derrapaban sin excepción. Me pareció increíble que nadie, ni la empresa, ni ninguna autoridad, pudiera advertir con unos letreros de aquella reparación, y evitarnos los daños a terceros. Las autoridades rondaban esa esquina: la curva que cuento está a unos quinientos metros de un retén conjunto de la Policía Nacional, Comisión de Tránsito del Guayas y Policía Metropolitana que, para todos los efectos, sólo parecían existir para probar las dimensiones homéricas de su estupidez. Recuerdo que avanzamos un poco en el carro y avistamos unos obreros. Mi reacción fue bajarme del carro e increparlos: una reacción estúpida. Ellos, en definitiva, no tenían la culpa. Pero me pudo la indignación, hasta que uno de ellos levantó una pala: sólo ahí me sosegué. Les solté alguna frase más, me fui.

Seguimos otro poco y encontramos un agente de la Comisión de Tránsito del Guayas. Un sujeto obeso, con tranquila cara de idiota. Detuvimos el carro y bajé la ventana. Sosegado de mi anterior incursión a la diatriba, traté de explicarle lo que sucedía y que aquello podía provocar graves accidentes, ni se diga si se trata de carros grandes o tráilers. Aquí, el tipo me atajó: Los tráilers son demasiado pesados como para que derrapen. Pensé en la frase de Italo Svevo: Tienes razón, pero eres un imbécil. Me di cuenta que no tenía sentido, que la escasa racionalidad de este tipejo era devota de la corruptela y de las películas del 4. Mi amante, que no lo había dicho pero era extranjera, empezó a gritarle, fuera de sí. El tipejo nunca entendió. Mientras yo subía la ventana, le pedí que arranque, que no tenía sentido, que se calme. Arrancamos y anduvimos largo rato en silencio. Empecé a sentir un dolor de país. Sentí que la palabra “país” era excesiva para esta provincia de nadie. Sentí vergüenza de reconocer que aquel uniformado, que alguna forma idiota de institucionalidad representaba, era mi connacional. Sentí que ser ecuatoriano era mi castigo porque en vidas pasadas les abrí el gas a los niños judíos en Treblinka. Quise cambiar mi nacionalidad por la de un iraquí: de hecho, pensé en la apatridia, que Naciones Unidas combate con tanto afán en convenciones internacionales, como en una opción plausible. (Cioran, a quien tanto admiro, era apátrida y juzgaba que ésta era la condición propicia para la filosofía.) La miré y le dije: Te entiendo. Tú sí vienes de un país. Su mirada me respondió extrañada: lloraba. Yo no tenía ganas de explicarle lo que había dicho y sólo le sequé un par de lágrimas que se deslizaban por su mejilla derecha con mi mano izquierda, sin decirle nada. Estuvimos un largo rato en silencio. El accidente dañó el reproductor de música y no podíamos escuchar más a Tom Jobim.

Después de mi arranque de apatridia, conversamos del tema, lo agotamos y decidimos ponerlo aparte de nuestra relación: le aplicamos la terapia del sexo y de la risa. No tenía sentido discutir tanta estupidez: sabemos por Einstein que es infinita. Y sabíamos los dos, por experiencia propia, que la vida estaba en otra parte, en aquel sendero que de manera erótica y furtiva, ambos recorríamos.

Le debo a ella varias cosas. Una camiseta negra que utilicé para los 50 años de mamá, comprada en Sao Paulo y envuelta para regalo. Un disco de Tira Poeira y otro de Joyce e banda maluca. Las cuentas de decenas de restoranes exquisitos y de moteles de ocasión. Las llamadas de madrugada en busca de calor. Lo más importante: unos meses de honda belleza que siempre me avivan la nostalgia. Porque un día, en una huequita donde solíamos tomar café pasado, cerca del mercado que algunos dicen (y es mentira) que construyó Eiffel, me dijo que se marchaba, que la empresa trasladó al marido a un país vecino al suyo. Mierda.

La vi por última vez en el Hilton Colon. Había abandonado la casa y estaba hospedada sus últimos días en un cuarto del piso 9. Le quedaban tres días más, pero al día siguiente yo viajaba a México. Esa era nuestra última vez. No hicimos el triste o desaforado amor de los adioses porque estaba su marido. Me devolvió tres discos de bossa nova que le había prestado (se quedó con el de Jobim) y conversamos sin énfasis. Me despedí. Le estreché la mano al alto ejecutivo y ella me acompañó. Nos dimos un último magreo en el tránsito del ascensor a la planta baja. Llegamos, le dije suerte y buen viento, y empecé a caminar hacia la puerta giratoria del hotel sin volver la vista atrás.

El año pasado visité la ciudad donde ella vive o vivía. Tenía la ilusión de verla: la busqué en la guía, llamé a la operadora. El resultado fue siempre NS/NC. Mierda. Le perdí el rastro.

G: just in case, this one is for you.

Locombia

21 de septiembre de 2008

Recorrí el tramo La Haya-Rotterdam en una bicicleta que me prestó mi amiga Sasha Radin y vestido de camiseta tricolor (Miranda-Catalina de Rusia Design: “rubios tus cabellos, azules tus ojos, roja tu boca” dicen que le dijo este pariente lejano de Carlos Mata a la belleza eslava con corona). No recuerdo cuánto me tomó el viaje, acaso unas tres horas por un camino de prados y de vacas, de ligero sol sobre la campiña, de perfecta carretera con ruta para bicicleta. Llegué a Rotterdam, paseé por la ciudad, comí un Donner Kebab, dormí en el parque, me serví un mate, me tomé muy rica la tarde para volverme a La Haya mientras caía el sol.

Mientras pedaleaba mi camiseta llamaba la atención de jocosos holandeses que, por supuesto, no sólo porque no tenía el escudo (ni el actual ni el reformado de la Hermida, con ese galante cuy al asador) sino porque en el imaginario europeo, por tantas (buenas y santas y no tanto) razones, el tricolor es Colombia, muchos holandeses me saludaban al grito de Eh, Colombia. Yo, que adoro Colombia, respondía con gritos y gestos de cortés asentimiento. Hasta que un boreal, en una plaza de Rotterdam cerca de donde se tomó la foto que abajoubico, me gritó la palabra pepa: Eh, Locombia, me dijo. Este pana acertó.

De los países de Iberoamérica, que me los conozco casi todos los 21, hay tres que llevo en el corazón: México, Argentina y Colombia. En los últimos diez años de mi trashumante vida he viajado cada año al menos a uno de ellos, y en algunos años de exultante dicha, a los tres. Adoro Colombia porque, como conveníamos no hace mucho con un amigo español, es naturaleza expuesta: te ofrece lo mejor y lo peor, el abrazo más sincero y la puñalada trapera. Y a callejeros como uno, que buscan noches de golfos y de putas (sea dicho en el sentido filantrópico de la palabra) esta posibilidad nos encanta. Para regocijo particular, en Colombia he solido encontrarme con abrazos sinceros por doquier, con la amistad comme il faut. Y dato no menor, las colombianas son encantadoras y buenérrimas y con ese exquisito acento les permito que me mientan lo que quieran por el sólo placer de escucharlas. Después de todo yo también sé jugarme la boca, y de eso se trata.

En fin, todo este preámbulo porque hoy en vuelo regular de Avianca pisaré el cielo de Bogotá, circa 8 PM. Unas millas que buscaron redención porque sino caducaban y una amiga que formuló una invitación para su graduación de publicista en una universidad que ni me sé en una noche de risotto y vinos en su casa, son los simples y felices antecedentes de este viaje. Una semana en Bogotá y alrededores, amigos y amigas, noches de aguardiente y almuerzos de ajiaco. Sí, señores: ¡Se viene Locombia! Y siempre viene bien.