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Ecuador, administrado por un dipsómano

13 de septiembre de 2021

Algunas decisiones condicionan la historia de un país. En el caso del que desde el año de N. S. de 1830 es el Estado del Ecuador, este condicionamiento ocurrió muy temprano, en agosto de 1534. El 28 de ese mes y año se fundó la villa de San Francisco de Quito, con el propósito de trasladarla 30 leguas al Norte para, sobre las ruinas de un poblado nativo llamado Quito, construir una nueva población sujeta al dominio de un Emperador europeo (1). Así, a Quito se la trasladó a una ubicación muy favorable para su defensa militar de los eventuales ataques de los nativos, pero muy mala para el intercambio comercial.

 

Durante el tiempo que fuimos una posesión de pálidos reyes, Quito ostentó muchos nativos para explotar pero muy escasa capacidad para llevar lejos el producto de la explotación de sus nativos. La geografía la condenaba. A Quito le habría convenido muchísimo la apertura de un camino por Esmeraldas para comunicarse de una forma más directa con Panamá, pero ello fue imposible por costo/beneficio y la resistencia de los nativos (v. ‘Esmeraldas no way’). Quito siempre pudo contar con Guayaquil como el puerto de salida para sus productos, pero el viaje de Quito a Guayaquil era un auténtico parto de los montes (2) y esto no cambió hasta que el ferrocarril acercó, en julio de 1908, a las dos ciudades. El Presidente que consiguió que ocurra este acercamiento histórico, Eloy Alfaro, murió en enero de 1912 en Quito, adonde él fue llevado, obviamente, en el ferrocarril. Lo que no resultaba tan obvio era que allá lo ultimen, lo arrastren, vejen su cadáver, le corten sus huevos y reduzcan su cuerpo a cenizas y fragmentos chamuscados en un parque de la franciscana ciudad (v. ‘Quito gore’, para este carnaval de sangre). Menos que obvio, esta macabra sucesión de hechos fue anómalamente brutal (3).

 

En los orígenes, ocurrió otro alejamiento entre Quito y Guayaquil, causado por las guerras entre los propios invasores europeos por el reparto de la rapiña. En 1547, la ciudad de Guayaquil trasladó su sitio de la margen derecha del río a su margen izquierda, a fin de poner río de por medio a las pretensiones de castigo de un tal Pedro de Puelles (v. ‘Los orígenes: Guayaquil se aleja de Quito’). A pesar de las protestas que Quito elevó a Lima, este alejamiento no varió (4). Tuvieron que pasar 423 años hasta que se lo salvó de una manera eficaz y moderna [!] con la construcción del llamado ‘Puente de la Unidad Nacional’, inaugurado en 1970 (5).

 

El territorio que sería el Ecuador empezó, entonces, con el pie izquierdo. En la misma llanura y en una misma quincena de agosto de 1534 se crearon las dos ciudades que serían las más importantes y populosas de la República del Ecuador, Quito y Guayaquil. En diciembre de 1534 se trasladó a la que sería la capital del Ecuador desde 1830, donde ella tendría dificultades casi insalvables para prosperar. Cuando en 1547 se asentó en la Costa la ciudad que debía ser el puerto para Quito, se lo hizo de manera tal de obstaculizar la comunicación de ese puerto con Quito. Y para peor, durante todo el tiempo en que la mal ubicada Quito fue parte del régimen pigmentocrático de un reino europeo, debió haber sido una de las ciudades donde el invasor europeo explotó de la manera más inmisericorde a los nativos que fueron sometidos en los tiempos de la conquista del territorio (6). A mayor inri, según uno de sus historiadores más reconocidos, en Quito, la administración pública se caracterizaba por la corrupción (7).

 

Durante el tiempo de los pálidos reyes centroeuropeos de la Casa Habsburgo (hasta 1700 aprox.), Quito conoció una situación algo boyante (8). Pero la llegada de la casa francesa Bourbon y sus reformas económicas del siglo XVIII la perjudicaron y causaron un declive tan brutal en su economía, que incluso sus clases altas tuvieron que rebajarse a la práctica del trueque (9). Ya en tiempos de la República del Ecuador, durante el gobierno del guayaquileño más quiteño de todos los tiempos, Gabriel García Moreno, el primer Embajador de los Estados Unidos en el Ecuador, Friedrich Hassaurek, se lamentó del misérrimo estado de Quito en un libro que escribió a partir de su experiencia diplomática: ‘En Quito existen otras carencias además de las de los hoteles: la escasez de baños y de letrinas, que no son consideradas como muebles necesarios en las residencias privadas. Este inconveniente ha hecho de Quito lo que ahora es –una de las capitales más sucias de toda la cristiandad’ (10). Cuando Hassaurek se refiere a la carencia de hoteles, es porque en Quito, capital de una República, no había uno solo.

 

Pero el hecho cierto es que aislada, paupérrima, explotadora inmisericorde de los nativos, sin una producción económica diversa y sin otro mercado que el suyo propio y el de los pintorescos pueblos de los alrededores, con todo en contra, de todas maneras Quito se erigió como la capital del nuevo Estado del Ecuador en 1830. Este hecho, registrado en el origen del Ecuador, condicionó su desarrollo. Fue, se podría decir, lo que correspondía por la historia, habiendo sido Quito la capital de una de las Audiencias en las que se dividían los dominios americanos del Reino de España (11). Pero geográficamente era un disparo al pie, porque hacía de una ciudad con estas características de miseria generalizada la imposible capital de un territorio mucho mayor que aquel que gobernaba cuando fue una provincia española (12).

 

El resultado, a lo largo de casi doscientos años de vida de este país bicéfalo, es que Guayaquil y Quito se han disputado el poder (Guayaquil por su poderío económico originado en las mismas reformas borbónicas que tanto perjudicaron a Quito, y Quito por su condición rentista de la capitalidad desde 1830) mientras que una tercera provincia, Cuenca, se dedicó a cultivar con esmero lo suyo (13). Como consecuencia de esta falta de cemento social, en el Ecuador no se han encontrado casi nunca fórmulas de consenso y su economía está atrapada en una situación de miseria espantosa originada en la explotación pigmentocrática de los tiempos europeos y realmente jamás alterada por unas élites locales acostumbradas a la rapiña.

 

El desarrollo del Ecuador habría sido distinto si sus dos ciudades más importantes se habrían fundado con criterios de integración comercial. Pero eso estaba fuera del alcance de los invasores europeos porque su fundación ocurrió en los tiempos de la brutal conquista y sometimiento de los nativos, así como de las luchas intestinas de los europeos entre ellos por repartirse el fruto de su rapiña.

 

Pero como país, sobre todo, nos condenó la pobreza material y mental de seguir en tiempos de la fundación del Estado del Ecuador el patrón histórico de tiempos de la Monarquía Española, careciendo de una visión de futuro. Estados Unidos y Australia, cuando se fundaron como países, pensaron en fundar una nueva capital para que las ciudades importantes de la época en sus respectivos territorios (New York, Boston, Filadelfia; Sídney y Melbourne) no tengan una primacía una de ellas sobre el resto. Así surgieron Washington D.C. y Canberra (14). Una capital en una ubicación geográfica distinta y adecuada para el intercambio comercial habría significado un motor potente para el desarrollo del Ecuador.

 

La debilidad de Quito como capital se demuestra cuando se comprueba que ella es una anomalía latinoamericana, pues sacando el obvio caso de Brasilia (otra capital creada para quitar una primacía a los motores del desarrollo del Brasil, Sao Paulo y Río de Janeiro), todas las capitales de los países en que se partieron las posesiones americanas del Reino de España son invariablemente los motores económicos y las ciudades más pobladas de su país, en ocasiones, por una enorme diferencia. Pero Quito es la rara, porque es la capital de su país pero no es su ciudad más poblada desde la década de 1880, cuando le cedió ese puesto a una pujante Guayaquil, tropical y cacaotera (15). Y Quito, de motor económico, ni hablar. (Salvo que consideremos al Señor Barriga como un motor económico, v. ‘Marx y Quito’.)

 

Pero mucho peor es que la situación actual de Quito hace sentir que la que es ciudad capital desde 1830 no es que ya no pueda gobernar los destinos del Ecuador (cosa en que la ha pifiado espantosa y multisecularmente) sino que ya no puede gobernar ni aún sus propios destinos. Como no se cansan de repetirlo sus más ilustres talking heads, Quito está a la deriva (16). Es como si Quito, como capital, fuera el administrador borracho de un edificio, un caso de dipsomanía crónica fortalecido por las fiestas de diciembre. A un tipo así, habría que declararlo en interdicción.

 

Si aprendemos de la historia y observamos su lamentable estado actual, a la vieja Quito habría que declararla interdicta. Debemos empezar a pensar en este país la creación de una nueva capital, un hub tecnológico de eficacia y rapidez y políticas públicas basadas en la evidencia, una capital futurista y organizada. Algo así como lo contrario de Quito.

 

~*~

 

(1) La fundación de las que serían las ciudades de Santiago de Guayaquil y San Francisco de Quito ocurrió cuando el rey de la conquistadora Castilla era el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos V de Alemania, bajo su alias peninsular de Carlos I de Castilla. Así, las que serían Guayaquil y Quito nacieron juntas, en una misma quincena y en la misma llanura, para de inmediato (como un sino fatal) separarse. En el acta de fundación de Quito del 28 de agosto de 1534 se establece expresamente que la villa que se fundaba, de inmediato se la debía emplazar ‘en el sitio y asiento donde está el pueblo que en lengua de indios ahora se llama Quito, que estará treynta leguas más o menos de esta ciudad de Santiago’ (v. ‘Guayaquil nació en Ricpamba’). Esta ciudad de Santiago, que se había fundado el 15 de agosto, se la trasladó a la Costa para servir de puerto al nuevo Quito español.

(2) Este ‘parto de los montes’ es descrito en detalle en los dos volúmenes del libro ‘La ciclópea travesía en viaje de Guayaquil a Quito en la República 1830-1930’, de Alfonso Sevilla Flores.

(3) Se puede entender a estos hechos atroces como la venganza popular y macarra de Quito contra el vencedor de la revolución liberal, quien había entrado en Quito el 4 de septiembre de 1895 para imponer el nuevo régimen. Sobre el ingreso de Alfaro a Quito, v. ‘Alfaro, a balazos’, y sobre la resistencia de Quito a su ingreso a la capital, v. ‘Mala estrategia’. Así, lo que la Virgencita del Quinche (a quien se trasladó a Quito como ‘refuerzo’) no pudo evitar en 1895, el pueblo canalla y la clerigalla convirtieron en cenizas en 1912, en la que es la exhibición más sádica y brutal de violencia política en la historia ecuatoriana.

(4) En 1549, el cabildo de Quito protestó a la Audiencia de Lima: ‘Pedir que por quanto la cibdad de Santiago se pobló de próximo en el paso de Guaynacaba e para ir a venir se ha de ir con balsas y por ser puerto desta cibdad le viene daño’. Las protestas de Quito para que las cosas se devuelvan al estado anterior fueron invariablemente ignoradas. Un puente de hormigón resolvió el incidente, 423 años después.

(5) Al ‘Puente de la Unidad Nacional’ se lo conoció como ‘el eslabón perdido’, porque ‘unió al mono con el hombre’, según comentaba la sal quiteña.

(6) La crueldad a los nativos la expone el historiador González Suárez, cuando reseñó que el negocio de los obrajes ‘fue ocasión también para que se les hicieran muchos agravios a los indios; en cada obraje había cárcel, cepo, grillos y azotes; los indios eran maltratados con crueldad; de su jornal se sacaba la tasa del tributo y la pensión sinodal del cura; el indio se costeaba su alimento y su vestido, y muchas veces se le descontaban de su miserable jornal hasta las medicinas, que se le vendían muy caras, cuando el exceso de trabajo lo postraba con alguna enfermedad; trabajaba a la sombra, es cierto; su labor se hacía bajo techado, no hay duda; pero amarrado al torno, encadenado al telar, veía el indio levantarse el sol y oscurecerse el día, sin que le fuera lícito extender sus miembros entumecidos para recobrar el vigor, agotado en la monotonía de faenas interminables; la condición de estos infelices era peor que la de los mismos negros esclavos. Había obrajes donde se les obligaba a los indios a recibir adelantadas sumas considerables de dinero, para que los fueran pagando poco a poco con su trabajo personal; los indios, siempre imprevisivos e indolentes por naturaleza, derrochaban en un solo día de borrachera y diversión el producto anticipado de uno y hasta dos años de trabajo; de este modo quedaban endeudados para siempre; no volvían a recobrar su libertad, y aun muertos eran todavía deudores; en algunos obrajes se dejaban adrede transcurrir varios años seguidos sin ajustar cuentas con los indios, a fin de retenerlos sujetos trabajando; muchas veces acontecía que ni siquiera los domingos, se les permitía acudir a la iglesia para que cumplieran sus deberes religiosos. La vida de los obrajes viene a ser, pues, terrible; y condenar a un individuo a labor forzada en un obraje era más penoso que condenarlo a muerte’. (‘Historia general de la República del Ecuador’, Tomo IV, p. 473-4)

(7) Si hemos de creerle al historiador ibarreño Federico González Suárez, es la ubicación de Quito la que provocó la corrupción y la falta de efectividad en su administración pública: ‘la enorme distancia a que se encontraban de la Corte y la tardía administración de justicia por parte del soberano, cuyas resoluciones se dictaban al cabo de años de cometido el delito, les daban cierta impunidad, muy perjudicial para la moral y las buenas costumbres’. González Suárez advirtió un sino fatal en la ciudad capital: ‘Por una especie de fatalidad hasta los hombres buenos y mejor intencionados, cuando venían a Quito investidos de autoridad, se dañaban’. (De la Torre Reyes (comp.), ‘Escritos de González Suárez’, Vol. IV, pp. 214-5). Que Quito como la caña, te daña, dijo el curita.

(8) En palabras de John Leddy Phelan, ‘[d]urante el siglo XVII, la Sierra de Quito se convirtió en el taller textil de Sudamérica. La región producía lana y algodón de alta calidad y abundancia, además de muchísima mano de obra barata […] Quito enviaba sus productos textiles a todo el Virreinato del Perú, desde Panamá y Cartagena, en el norte, hasta Chile y Charcas, en el sur’ (‘Historia demográfica y económica de la Audiencia de Quito’, pp. 116, 118).

(9) Por el declive de la producción obrajera, la situación económica de Quito, en el primer siglo de gobierno de los Borbones, fue de una pobreza escandalosa: ‘Cualquier lector o investigador de la historia ecuatoriana del siglo dieciocho no puede sino impresionarse con los continuos reportes sobre la lamentable situación económica de la Audiencia de Quito […] Con su pasada gloria venida a menos, las ciudades de la Audiencia y su población estaban ahora cayendo en ruinas. La élite estaba reducida a la pobreza […]. Incluso las clases altas se habían visto en la necesidad de conseguir bienes y servicios mediante el trueque, lo cual, en palabras del Presidente Mon y Velarde ‘es la señal indefectible de la miseria y la pobreza de los países donde se ejerce’’ (‘Historia demográfica y económica de la Audiencia de Quito’, p. 237)

(10) El diplomático Hassaurek le entró con un hacha a la franciscana ciudad, v. ‘Putas por error: las damas quiteñas en el período garciano’ y ‘Sobre la burocracia capitalina’.

(11) Las audiencias eran tribunales de justicia y la audiencia de Quito fue una de las tres audiencias subordinadas del Reino de España en América (las otras dos fueron Charcas y Guadalajara), por lo que sus decisiones las podía revisar una audiencia de rango superior. Para Quito, en un principio, esa audiencia fue la de Lima, pero más adelante fue la de Santa fé (hoy Bogotá, o Drogotá, as you like it).

(12) Lo que se conoce como la ‘Revolución del 10 de agosto de 1809’ fue realmente un fracasado movimiento para que sus provincias vecinas la reconocieran a Quito, su capital audiencial, como su nueva máxima autoridad administrativa. Las tres provincias que fueron aludidas por la pretensión quiteña, Popayán, Guayaquil y Cuenca, se resistieron y le hicieron la guerra a Quito (v. ‘Las relaciones exteriores de Quito en 1809’). De resultas, Quito perdió y el asunto culminó en la masacre del 2 de agosto de 1810, con el asesinato de los cabecillas de la revolución y de bocha de gente. Pasó el tiempo y la conformación del Estado ecuatoriano en 1830 le otorgó a Quito, por su condición de capital del Estado, la primacía sobre dos de las tres provincias que la habían derrotado una generación atrás, en los años 1809-1810. Desde esta perspectiva, entonces, para Quito, Popayán es ‘the one that got away’. Y no porque Quito no la haya querido, pues incluso se hizo la guerra para incorporarla al nuevo Estado (el ejército ecuatoriano llegó a ocupar Popayán en 1831), guerra que el Ecuador perdió (‘1832: una de cal, única de arena’). En todo caso, es este triunfo administrativo de Quito en 1830 el que produjo que, de manera ‘oficial’, se reescriba la historia del 10 de agosto de 1809 para contar el cuento de la patria, destinado a justificar una primacía (vía capitalidad) de la provincia de Quito por sobre las demás provincias constitutivas del Ecuador, a través de una mentira colosal. Como lo he dicho en otra parte (‘Siglo y medio de miseria y derrotas’), hay que derrumbar esta mentira ‘a combazos’.

(13) Cuenca sabe su rol secundario en la historia ecuatoriana: si Cuenca fuera un personaje, sería Donny de The Big Lebowski. Sobre el efecto diverso de las reformas borbónicas en Quito y Guayaquil, v. ‘It’s the economy, stupid!’.

(14) Por supuesto, es casi obsceno comparar la boyante situación económica de los Estados Unidos de América y de Australia con la condición paupérrima del Estado ecuatoriano. Esta invariable escasez es la que ha provocado que en el Ecuador hayamos tenido y tengamos una visión de túnel, cortoplacista y aficionada a la miseria generalizada en beneficio de una minoría coyuntural. Sobre esta visión de túnel que nos aqueja, v. ‘Escasez. ¿Por qué tener poco significa tanto?’, de Eldar Shafir y Sendhil Mullainathan.

(15) Sobre esto, v. Hamerly, Michael, ‘Recuentos de dos ciudades: Guayaquil en 1899 y Quito en 1906’.

(16) Sobre esto último, v. ‘Quito, sin liderazgo’. El único quiteño que parece (o parecía) creer que Quito es ‘una ciudad cosmopolita y firmemente encaminada en el siglo XXI’ es Roberto Aguilar. De este desvarío he dado cuenta en ‘La descripción de un ‘cojudo’’.

Los toros en Quito (hacia 1860)

29 de diciembre de 2019


A García Moreno no le gustaban los toros. A él se debió un cambio en la que se conoce hoy como La Plaza de la Independencia*, que se lo conserva hasta ahora: le puso césped y plantó árboles. El propósito de este cambio era evitar que se juegue a los toros en la plaza.

Porque la Plaza de toros, como espacio, fue un invento moderno (a Quito llegó en 1917, con la Plaza de toros Belmonte). Lo habitual era jugar a los toros en la plaza del pueblo. En Quito, esa plaza era entonces la Plaza Mayor, pero después de las reformas de García Moreno, los toros se pasaron a jugar en la plaza San Francisco.

Todo esto lo cuenta el primer embajador que envió el Gobierno de los Estados Unidos de América al Ecuador, Friedrich Hassaurek. Después de su misión diplomática desempeñada entre los años 1861 y 1865, Hassaurek publicó en 1867 un libro que es una joya para comprender el Ecuador en el primer período garciano: ‘Four years among the Ecuadorians’ (‘Cuatro años entre los ecuatorianos’). Allí Hassaurek cuenta sobre las corridas de toros, las peleas de gallos y otras barbaridades. O las que él vio como barbaridades.

Porque el embajador Hassaurek fue un severo crítico con la sociedad que le tocó conocer. Fue particularmente duro con Quito, con sus mujeres, su higiene y sus costumbres comerciales. Y dice que, en su época, los toros eran “[l]a primera y más popular de todas las diversiones”. Y que era entre los días de Navidad y de Año Nuevo, es decir, por estos días pero en el siglo XIX, que empezaba una fiesta colectiva.

En ella, todos los espacios están…

“… llenos de gente: blancos, indios, cholos, zambos, mulatos, negros, hombres, mujeres y niños. Es la vista más pintoresca. Hombres en chaquetas, ponchos y sombreros de todo estilo y color; mujeres que llevan sus chales y rebozos de toda posible variedad; las diferentes contexturas del pueblo, el lujo y el esplendor de las ventanas y los balcones; los jóvenes caballeros que pasean elegantemente de un lado a otro de la plaza; los soldados en sus uniformes de domingo mezclándose con gente inferior; los niños que silban y los perros que ladran al toro que se aproxima; las banderas flamean en los techos y las ventanas; una banda de instrumentos de viento que lanzan sonidos terribles; cohetes y torpedos que explotan aquí y allá; y el toro que corre y corre mientras la multitud escapa en estampida y lanza gritos de miedo; todo esto presenta una visión grotesca y fascinante al ojo del extranjero” (p. 174).

Era una fiesta distinta a la del “héroe” único que enfrenta al toro. Acá todos participan, y si bien se maltrata al animal, el objetivo del juego no es matarlo. De hecho, era bastante más usual que mueran personas embestidas por él, lo que mereció esta asombrosa observación de Hassaurek: “Un día de toros sería poco divertido sin que haya habido personas heridas e incluso muertes. Mientras más accidentes hayan ocurrido en el día anterior, más serán los espectadores al día siguiente.” (p. 175)

La fiesta en La Plaza Mayor, frente al Palacio de Carondelet, se llevaba así:

“Los bordes de la plaza están cercados con barricadas para prevenir el escape de las bestias furiosas a alguna de las calles vecinas. En una de estas calles se levanta un cerramiento temporal dentro del cual se mantiene a los toros durante los tres días que suele durar el festival. Tan pronto como comienza la corrida, se suelta un toro y así empieza la fiesta. Hombres y jóvenes, la mayoría de los cuales está en un estado muy avanzado de embriaguez, tientan al toro desplegando sus ponchos, sus abrigos, sus sombreros y sus ropas en general; también arrojan al animal lanzas de madera, piedras e incluso le halan la cola. Los espectadores de abajo acompañan con silbidos y chillidos, con el propósito de enfadar aún más al animal. Si el toro arremete, todos huyen; los toreros más experimentados se lanzan a un lado y arrojan su poncho al animal. Yo he podido presenciar algunos escapes afortunados de los toreros. Si el animal continúa quieto, los toreos se aproximarán nuevamente. A veces le suelen presentar al animal espantapájaros y cuando este los derrumba la gente se regocija mucho. El objeto de los que alardean de ser buenos toreadores es incitar al toro a que arremeta contra ellos, ganándose el aplauso de los espectadores cuando logran desviar la embestida. En cierta ocasión vi a un negro realizar maravillosas maniobras de agilidad, consiguiendo al final que más bien el toro quede extenuado. Sin embargo, suelen ser pocos los buenos toreros. La multitud enoja al toro pero corre tan pronto como le ve lanzar una mirada amenazante. A pesar de todo ocurren accidentes de gravedad. Un toro bravo tumbará a unos pocos que sean demasiado lentos o que estén demasiado borrachos como para escapar a tiempo. Pero esto es parte imprescindible de estas festividades y hace que sea más interesante y excitante a los ojos de la multitud” (pp. 175-176).    

Bárbaro, sí, pero parece entretenido.

* Un nombre que, como se lo demuestra en este enlace, es una vulgar farsa.

Siglo y medio de miseria y derrotas

23 de diciembre de 2019


Entender la singularidad de San Francisco de Quito en el contexto suramericano supone el esfuerzo intelectual de comprender un siglo y medio de su historia. Este relato empieza, entonces, a finales del siglo XVII, cuando hubo el cambio de dinastía en la Península.

Hasta 1700 gobernó el Reino de España un imbécil, Carlos II El Hechizado. Fue el último de los Habsburgo. Al cambio entraron los Borbones de Francia, e implementaron una serie de medidas económicas en sus posesiones americanas. Y para ponerlo en simple: en el gran proyecto borbónico para el desarrollo económico de su porción de América, el área de influencia de la ciudad de Quito, y la capital misma, iban a ser sacrificadas.

Así, el siglo XVIII le sacó la entreputaffff a Quito. Todas sus glorias del siglo anterior, de los tiempos de los Habsburgo, se convirtieron en recuerdos. Vale citarlo en extenso a Tyrer, en su estudio sobre la situación económica de la Audiencia de Quito:

“Cualquier lector o investigador de la historia ecuatoriana del siglo dieciocho no puede sino impresionarse con los continuos reportes sobre la lamentable situación económica de la Audiencia de Quito. […] Con su pasada gloria venida a menos, las ciudades de la Audiencia, y su población estaban ahora cayendo en ruinas. La élite estaba reducida a la pobreza […]. Incluso las clases altas se habían visto en la necesidad de conseguir bienes y servicios mediante el trueque, lo cual, en palabras del presidente Mon y Velarde ‘es la señal indefectible de la miseria y la pobreza de los países donde se exerce’” (‘Historia demográfica y económica de la Audiencia de Quito’, p. 237).

De esta miseria económica, se siguieron toda suerte de calamidades: por ejemplo, la merma de los territorios bajo su administración. La lógica era muy simple para la Monarquía Católica a la que Quito estaba orgullosa de pertenecer: si no tienes recursos (si eres pobre, miserable), mal puedes administrar territorios y le corresponde a otro hacerlo en tu lugar. Puede decirse que Quito quería mucho a la Península, pero a la Península le valía muy poquito Quito, al punto que la destripó a gusto. El recuento de las pérdidas territoriales quiteñas, a cargo de la gran Federica Morelli:

“[Quito] sufrió numerosos recortes jurisdiccionales: en 1779 la creación de un nuevo obispado en Cuenca privó a la jurisdicción eclesiástica de Quito de su dominio sobre Guayaquil, Portoviejo, Loja, Zaruma y Alausí; el paso en 1793 de Esmeraldas, Tumaco y La Tola (en la costa septentrional) bajo la jurisdicción de Popayán por orden del virrey de Nueva Granada; la creación en 1802, mediante Cédula Real, de una nueva diócesis y de un gobierno militar en Mainas, directamente dependientes de España; y finalmente, la anexión al virreinato del Perú en 1803 del gobierno de Guayaquil, que escapaba así a las jurisdicciones de Quito y de Santa Fe, impuesta por una nueva Cédula Real” (‘Las declaraciones de independencia en Ecuador: de una Audiencia a múltiples Estados’, pp. 76-77).

Repasemos: Quito, y la Sierra Centro-Norte, que era su área de influencia, fue una región boyante por sus obrajes, que administraba un gran territorio que incluía vastos territorios al Norte del Río Carchi. Un mapa de 1779, el año de su primera merma importante (el traspaso de la jurisdicción eclesiástica a Cuenca -que no era una cuestión menor, pues quien ejercía la jurisdicción, cobraba el diezmo), todavía mostraba a un Quito con sus posesiones al Norte, que pronto perdería:

 
Opuesta fue la situación creada por el régimen de los Borbones para Guayaquil y su área de influencia. Para el último tercio del siglo XVIII, “el cacao de Guayaquil comenzó a competir con el de Venezuela en el mercado mexicano; era más barato y estaba menos expuesto a los ataques de los ingleses, ya que tomaba la ruta del Pacífico. La región de Guayaquil conoció entonces un gran desarrollo”, afirma Joseph Pérez en su premiada “Historia de España” (Pág. 350). Para esa misma época, Pérez describe la situación de miseria en Quito: “En Quito, en torno a 1770, nueve obrajes de los once que existían cerraron; lo mismo sucedió con las fábricas de sombreros –sólo quedaban cuatro sobre treinta y ocho-, con las fábricas de tejas –de nueve, quedaban tres- con la alfarería…” (Pág. 349).

Son esta miseria económica y pérdidas territoriales las que deben entenderse para una cabal comprensión de los hechos del 10 de agosto de 1809. La situación en la Península Ibérica les abrió a los empobrecidos quiteños de clase alta una “ventana de oportunidad” para iniciar una reacción conservadora en Quito a fin de tratar de recuperar el dominio sobre sus antiguos territorios. En ese sentido, la propuesta de Quito era un retorno al pasado: una apuesta a favor de la religión y el Rey Borbón, así como una forma de resistencia contra los franceses gobernados por el “Tirano de Europa” (Napoleón) e hijos de la revolución de 1789 que había guillotinado a la familia Borbón del trono francés. Ese es el sentido de su Proclama del 10 de agosto de 1809.

De hecho, a este propósito de expandir las Buenas Nuevas de su revolución defensora de la fe se organizó la naciente Junta de Gobierno quiteña para enviar, como lo he relatado en otro artículo, delegados a todas las provincias vecinas. De ninguna cosechó un apoyo, ni tan siquiera un gesto de buena voluntad.

Porque Quito, hay que decirlo, tampoco fue fino en sus propósitos. Como lo ha destacado Morelli, en su brillante libro “Territorio o nación: Reforma y disolución del espacio imperial en Ecuador, 1765-1830”:

“la junta de Quito adoptó una actitud agresiva y a menudo no esperó la respuesta de las demás ciudades respecto de su adhesión o no al proyecto. Al contrario, destituyó a las autoridades existentes y las sustituyó por funcionarios nuevos, elegidos directamente por ella y en estrecho vínculo con las grandes familias de la capital. Tales prevenciones hegemónicas de la junta de Quito sobre las restantes provincias provocaron una viva reacción entre las élites de las últimas. El conflicto fue particularmente visible en el caso de Guayaquil, Cuenca, Pasto y Popayán, que no sólo constituyeron un bloque económico opuesto a la capital, sino que de ahí llegaron a un verdadero estado de guerra entre ciudades. Así, el rechazo de la ciudades provinciales a reconocer a la junta de Quito no debe explicarse por su respeto a las antiguas autoridades coloniales, sino como signo revelador de la lucha existente entre las élites provinciales y las de la capital por la recuperación de los diferentes espacios políticos y sociales a los que la situación de crisis había vuelto accesibles” (pp. 64-65).

El ideal autonomista se retomó después de la masacre de los presos el 2 de agosto de 1810 y tras la llegada de Carlos Montúfar, enviado por la Corona Española con el cargo de Comisionado Regio, hasta convertirse el 9 de octubre de 1810 en una auto-proclamada Capitanía General. Pero se la volvió a subordinar a balazos y sucumbió de forma definitiva tras la derrota sufrida por las fuerzas de Quito en la Batalla de Ibarra (1 de diciembre de 1812), a manos de las fuerzas realistas de Toribio Montes, a quien lo habían enviado desde la Península para pacificar a estos montañeses exaltados. Unos cuantos fusilados el 4 de diciembre a orillas del Yahuarcocha (entre ellos, el padre de Abdón Calderón, el cubano Francisco Calderón), y de allí, a dormir en Quito hasta que llegaron las fuerzas libertadoras del Norte (Bolívar) y del Sur (San Martín), ya en 1822.

Como lo ha destacado uno de sus mejores analistas, Carlos de la Torre Reyes, el fracaso de este proceso de lucha autonómica debió mucho a sus encontronazos internos: “El virus ponzoñoso del ‘fulanismo’, como llama D. Miguel de Unamuno a la posición política que olvidando a las ideas sigue a los caudillos, minó como en todas partes, el organismo naciente del Estado de Quito que al fin se desintegró, más que por las fuerzas realistas, por la descomposición interna que desatan los miasmas enrarecidos de los intereses personales” (‘La revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809’, p. 555).

Cerrado este episodio en 1812, Quito volvió a someterse al régimen administrativo español y abandonó sus sueños de autonomía (en palabras de otro quiteño ilustre, Luciano Andrade Marín, los quiteños “quedaron postrados, desangrados y sometidos al más riguroso dominio español; sin maneras ya de sacudirse de él por sí mismos, sino esperando en la ayuda de alguien que los rescatara”) hasta que en 1822 se la independizó de España para agregarla a Colombia y otorgarle un nuevo nombre oficial desde el 25 junio de 1824, con la entrada en vigencia de la Ley colombiana de Organización Territorial: “Departamento del Ecuador”. En conjunto con los otros flamantes Departamentos de Guayaquil y del Azuay, conformaron el Distrito del Sur de la República de Colombia entre 1824 y 1830.

Cuando este Distrito del Sur se desmembró de la República de Colombia en mayo de 1830, surgió una disputa sobre cuáles deberían ser los límites del naciente territorio. (Otra disputa surgió por su nombre: los de Quito querían que se llame Quito, pero los otros dos le pusieron Ecuador, que era el “apodo” que Colombia le había puesto a Quito mientras formó parte del Distrito del Sur de Colombia). La primera Constitución del Estado ecuatoriano decía en su artículo 6 que los límites del Estado eran los del “antiguo Reino de Quito”, pero… ¿en qué mojones aterrizaría esta fantasía?

Respuesta corta: en los que reguló la Ley de Colombia en 1824 y porque Colombia así lo quiso. El caso es que el primer presidente del Estado ecuatoriano, el venezolano Juan José Flores, emprendió por dos ocasiones la recuperación de los territorios históricos de Quito. En 1831, el Ejército ecuatoriano llegó hasta ocupar (brevemente) Popayán. En 1839, hubo nuevas escaramuzas cuando en Colombia ocurría la “Guerra de los Supremos”. En ambos casos, Ecuador conoció únicamente el fracaso.

El período floreano concluyó con el presidente Flores embarcándose en un barco rumbo al exilio tras la firma del Convenio de la Elvira, suscrito tras las batallas de la Revolución Marcista, iniciada con el enfrentamiento entre el irlandés Wright y el vasquito Elizalde el 6 de marzo de 1845. Estos hechos de 1845 sellaron dos cosas: la primera, que la oligarquía de Guayaquil inició un período de dominio de la política nacional, congruente con su boyante situación económica.

La segunda y más importante a este drama que se ha contado en este post y que concluye aquí: después de las derrotas de Flores al Norte, se cerraron todas las opciones de Quito para recuperar su grandeza territorial de tiempos de los Habsburgo, ese inmenso territorio que abarcaba unos buenos dos millones de kilómetros cuadrados (who the fuck knows?), como se observa en el mapa de 1779. Pero entre la dinastía Borbón, las guerras de la independencia y la República de Colombia, los dejaron a Quito y a su área de influencia sin ninguna posesión al Norte del Río Carchi (desde el “Tratado de Pasto” de diciembre de 1832 hasta la fecha) e inserto en un nuevo Estado conformado por los otros dos territorios con los que antes había guerreado (entre 1809-1812 para imponerles un nuevo orden, sin éxito; entre 1820-1822 para resistir a un nuevo orden, nuevamente sin éxito) y a los cuales no les pudo imponer, a pesar de ser su capital histórica (la más antigua de Sudamérica, ¡ejem!) ni su propio nombre, a pesar de venir supuestamente de un ilusorio “Reino de Quito”, severa paja mental del Padre Juan de Velasco durante su estancia en Italia.

En la década de 1860, un embajador norteamericano, Friedrich Hassaurek, retrataba así a la capital de los ecuatorianos: “En Quito existen otras carencias además de la de los hoteles: la escasez de baños y de letrinas, que no son consideradas como muebles necesarios en las residencias privadas. Este inconveniente ha hecho de Quito lo que ahora es –una de las capitales más sucias de toda la cristiandad. Hombres, mujeres y niños de todas las edades y colores puede ser vistos en medio de la calle y a la luz del día haciendo sus necesidades al tiempo que ven descaradamente a los ojos a los transeúntes que pasan a su lado”. Es una descripción brutal, la hecha por este diplomático. 

A mediados del siglo XIX Quito es la capital de la miseria en el Ande, un despojo de los Borbones que funcionó a manera de capital de un naciente país, más por inercia que por mérito propio.

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Moraleja: La miseria económica te hace débil y propenso al fracaso. El período de aproximadamente siglo y medio que se ha abarcado en este relato sobre Quito, lo cuenta con elocuencia.

Cosa de asombro: A pesar de haber sido una apuesta al pasado, a los habitantes del resto del Ecuador nos enseñan a creer que el 10 de agosto de 1809 fue un movimiento de vanguardistas que lucharon por la independencia de todo un país que aún no existía. Es decir que Quito al final triunfó, porque le logró imponer a quienes lo derrotaron en 1809 (Guayaquil y Cuenca) su relato mentiroso de las cosas, al punto de convertirlo en “mito fundacional” de esta malhadada república.

Corolario: Hay que destruir ese “mito” a combazos y darle su correspondiente lugar en la historia de los fracasos.