Sapere aude, TC
24 de junio de 2006
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Postal de Alemania
3 de junio de 2006
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No protestes, Mahoma
18 de febrero de 2006
Vale enfatizar, en principio, que es incuestionable el derecho tanto de musulmanes como de cualesquiera otras personas a que profesen su propia concepción de la vida y de la muerte y su idea particular de Dios, etc. Como un derivado lógico de esa manifestación es razonable que los creyentes ejerzan las acciones que tiendan a la exigencia del respeto que su opción religiosa merece con la única salvedad, por supuesto, que el derecho a la realización de esa exigencia se lo haga dentro de los parámetros propios del Estado de derecho.
En este último contexto debe recordarse que para Dinamarca y la mayoría de los países occidentales el derecho a la libertad de expresión constituye “uno de los fundamentos esenciales de la sociedad democrática, una de las condiciones primordiales para su progreso y para el desarrollo de los hombres [que permite la expresión de ideas] que chocan, inquietan u ofenden al Estado o una fracción cualquiera de la población [pues] tales son las demandas del pluralismo, la tolerancia y el espíritu de apertura, sin las cuales no existe ‘la sociedad democrática’”. Así, en esos diáfanos términos lo reconoció la Corte Europea de Derechos Humanos en los casos The Sunday Times c. Reino Unido y Lingens c. Austria, entre decenas de otros. Esta opinión, por cierto, no supone ni mucho menos una tolerancia al abuso del ejercicio del derecho a la libertad de expresión pues éste halla razonables limitaciones en tres postulados: 1) La censura previa en casos de protección a los menores de edad; 2) El establecimiento de responsabilidades ulteriores siempre que se fijen de antemano por la ley y que sean estrictamente necesarias para asegurar los derechos y la reputación de los demás y la protección de la seguridad nacional, el orden y la moral públicas; 3) La prohibición de toda apología del odio nacional, racial o religioso que incite a la violencia o acciones de tipo análogo.
Más allá de las diferencias culturales que pueden alegarse, debe admitirse que la reacción de la minoría de integristas musulmanes que realizan los actos mencionados es desproporcionada: si en efecto existiera una ofensa a sus creencias, el canal idóneo para sancionar a los responsables de la misma no podría ser otro que un proceso judicial con las debidas garantías que considere los valores en juego y decida en consonancia. Cualquier apelación a la violencia y a la barbarie debe resistirse: Occidente no debe usar a este respecto sino las herramientas de la diplomacia, la razón y el humor para enfrentar los hechos, tal como lo hizo el diario galo France Soir cuando publicó en sus páginas la jocosa caricatura en la cual constaban Dios, Yahvé, Buda y Mahoma, y el primero de los citados le espeta a este último: “No protestes Mahoma… Aquí, todos hemos sido caricaturizados”. Y en gozoso uso del derecho a la libertad de expresión, cabría añadir.
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Yo no quiero ser Presidente
4 de febrero de 2006
Entre los factores obvios que propician los hechos que menciono se hallan la decadencia de las ideologías políticas, la crisis de representatividad de los partidos políticos, el auge de la televisión como conductora de la opinión pública, la personalización de las elecciones y la ignorancia de una amplia porción de ciudadanos. No pretendo ahondar en ellos; sí me interesa, en contraste, sugerir algunas ideas que tiendan a contribuir, en alguna medida, a su superación, cuando menos en clave local. Tales ideas son el voto facultativo, las elecciones primarias y los distritos electorales.
En este sentido y expuesto grosso modo, el voto facultativo constituye una conditio sine qua non para un ejercicio libre y razonado de la voluntad de los ciudadanos; las elecciones primarias se proponen como un mecanismo idóneo para la debilitación del caudillismo y el prohijamiento de los torpes productos del rating; y los distritos electorales son una reforma necesaria para la promoción de una representatividad real y la correspondiente exigibilidad de cuentas de los ciudadanos a los políticos inútiles que no merezcan servirnos. La probable consecuencia de la implementación de estas medidas sería una depuración de la profusión de oportunistas e ineficientes que en la actualidad pueblan los pasillos del Congreso Nacional. La obvia dificultad estriba, claro está, en que la ejecución de estas reformas legales le corresponde a la misma entidad que, entre otras, sería su principal destinataria. Y bien sabemos por la fábula de quién le pone el cascabel al gato que no hay quien se atreva a hacerlo porque la práctica política nos enseña cuan fiero es el felino. Y además porque no cabe duda (pues lo han probado hasta el hartazgo) que los diputados son los últimos en interesarse en aquella lejana cosa que llamamos democracia.
Así las cosas, la democracia, como dijo Borges, continuará siendo en Ecuador un abuso de las estadísticas y la zafiedad y el oportunismo serán probablemente mañana como lo son hoy los índices que midan las opciones electoreras de los candidatos. En esas circunstancias, suscribo sin duda las líneas que Jaime Bayly escribió en uno de sus poemas, donde decía que no quería ser presidente “porque ser el preferido de la mayoría es una vulgaridad”. Por mi parte declaro que tampoco quiero ser ni prefecto, ni concejal, ni alcalde y peor aún, diputado. Pero sí consigno, con énfasis, que quiero ejercer mi humilde condición de ciudadano, porque desde esa posición no electorera acaso podré contribuir, conjuntamente con el esfuerzo consciente de otros y otras, para abandonar el mundo (tal como modestamente lo sugería Camus) en un estado un poco mejor de como lo encontramos. Y eso, a pesar (lo que en este país no es poca cosa) de los caudillos y de sus ahijados del rating.
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Espíritu de puerco
10 de enero de 2006
Estas estadísticas son consecuencia de la estructura de los tribunales militares y policiales que no cumple con los estándares internacionales en materia de derechos humanos. Así, sus jueces y fiscales no son imparciales ni independientes, pues orgánicamente dependen de la Función Ejecutiva, ni poseen estabilidad funcional, pues puede removérselos libremente y carecen también de formación jurídica, pues la mayoría son solo militares o policías. Estos fueros especiales usualmente se arrogan jurisdicción que no tienen y conocen de violaciones de derechos humanos que cometen sus miembros (p. ej., caso Fybeca) e incluso conocen de juicios en que se atribuye responsabilidad penal a ciudadanos civiles. En contraste, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha sostenido en varios casos que la justicia militar debe tener “un alcance restrictivo y excepcional” y sólo debe juzgar a militares “por la comisión de delitos o faltas que por su propia naturaleza atenten contra los bienes jurídicos propios del orden militar” (entre otros, Caso Durand y Ugarte c. Perú y Caso de la “Masacre de Mapiripán” c. Colombia) y que el juzgamiento de civiles en un fuero especial viola el derecho de éstos a un juez competente, independiente e imparcial (entre otros, Caso Castillo Petruzzi y otros c. Perú y Caso Palamara Iribarne c. Chile).
En adición, esa maleable forma de la literatura fantástica que en Ecuador es la Constitución de la República contiene una disposición transitoria que obliga a que “todos los magistrados y jueces que dependan de la Función Ejecutiva pas[en] a la Función Judicial”. El único intento para otorgarle sentido a esa norma que desde 1998 es letra muerta, lo realizó el diputado Ramiro Rivera, quien presentó en el Congreso Nacional un proyecto de ley a ese respecto. Por supuesto, en fiel cumplimiento de una larga tradición nacional de morosidad y olvido, el proyecto de Rivera duerme el sueño de los justos en los archivos de la legislatura.
No es improbable que una equivocada noción de espíritu de cuerpo de militares y policías se vincule con los hechos descritos. Cuando el espíritu de cuerpo se utiliza de la manera referida pierde su sentido, propicia y encubre los abusos y perpetúa la impunidad, esa marca de la identidad nacional. En cuyo caso, para mejor representar su naturaleza, el espíritu de cuerpo muta de nombre a éste que sirve de título para el presente texto, pues nos recuerda la frase que en la novela Rebelión en la Granja de George Orwell suscribieron los puercos como norma de vida: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.
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Lo que no quieren oír
16 de diciembre de 2005
Pero la ley aprobada es, sin duda, mucho peor. Su redacción es confusa e imprecisa: no define qué es “información protegida”, el eje mismo de su propósito; tampoco limita la responsabilidad de las personas que participan en los hechos; peor aún, no se contenta con sancionar “los pinchazos a las comunicaciones telefónicas” pues también se aplica a “otros sistemas o formas de comunicación”; de manera inaudita y casi diríase cómica, permite la publicación de la información cuando exista “orden judicial de las partes” (¡?). En una ley penal, todas esas imprecisiones de redacción son inexcusables: contrarían los elementales principios de la certeza de la ley y de la lógica. Sus consecuencias serían el otorgamiento a los jueces de una discrecionalidad que, quién lo duda, será útil a oscuros intereses políticos.
Por su parte, la Asociación Ecuatoriana de Editores de Periódicos (AEDEP) se opone a esta amenaza a sus derechos constitucionales: en un reciente comunicado de prensa, enfatizó con razón que la ley de marras viola los artículos 23 num. 9 y 10 y 81 de la Constitución y recordó también que la Ley de Transparencia y Acceso a la Información, orgánica y especial, “norma el libre acceso a la información en manos del sector público y consagra los únicos casos de excepción a tal derecho constitucional”. A buen entendedor, pocas palabras.
La ley aprobada, sin embargo, no se limita solo a esas claras violaciones de la legislación nacional; desconoce también, con olímpico desdén, las obligaciones internacionales del Estado ecuatoriano en materia de libertad de expresión. En breve, la Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión que adoptó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos expresa sin equívoco que “las leyes de privacidad no deben inhibir ni restringir la investigación y difusión de información de interés público. La protección a la reputación debe estar garantizada sólo a través de sanciones civiles, en los casos en que la persona ofendida sea un funcionario público o persona pública o particular que se haya involucrado voluntariamente en asuntos de interés público. Además, en estos casos, debe probarse que en la difusión de las noticias el comunicador tuvo intención de infligir daño o pleno conocimiento de que se estaba difundiendo noticias falsas o se condujo con manifiesta negligencia en la búsqueda de la verdad o falsedad de las mismas”. Este criterio tiene sustento en vasta jurisprudencia de la propia Comisión y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (véanse, por ejemplo, los casos Herrera Ulloa c. Costa Rica y Ricardo Canese c. Paraguay). Solo resta, entonces, que el Presidente vete totalmente esta ley. Porque en definitiva la libertad de expresión, como acuñó George Orwell, “si significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír”.
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¿El Sur también existe?
1 de diciembre de 2005
Esta despreocupación de George W. Bush sucedió en el marco de la IV Cumbre de las Américas, que la OEA organizó en Mar del Plata los primeros días de noviembre intitulada “Crear trabajo para enfrentar la pobreza y fortalecer la gobernabilidad democrática”. La pompa del título enunciaba un compromiso necesario para el desarrollo que, sin embargo, se opacó porque el fantasma del ALCA orondo recorrió los pasillos de la Cumbre y se coló por invitación especial de Estados Unidos en una agenda que no lo contemplaba. Y vaya si pesó bastante: una discusión que debió concluir a la 12:30 para pasar a un comedido almuerzo de naderías se prolongó hasta las 18:30 con el solo propósito de introducir el ALCA en la Declaración Final donde sobrevivió, fraccionado, en un párrafo 19 que afirma que algunos países de América lo apoyan y que otros (Venezuela y los países del Mercosur) no. Una clara solución de compromiso, alejada de la vida plena que pretendía insuflarle Estados Unidos y también de la muerte anticipada que un retórico Chávez le decretó en la paralela III Cumbre de los Pueblos.
En ese contexto, La mayoría de los gobernantes americanos fueron conscientes de su rol de meros comparsas de la fiesta texana de las Américas. San Cristóbal y las Nieves, Barbados u Honduras, ergo, América Central y el Caribe no pueden considerarse, salvo por la ficción jurídica que la palabra supone, países soberanos. Y lo propio fue cierto para los países andinos, salvo para uno, Venezuela, y la excepcionalidad se extendió a un bloque entero, el Mercosur, quienes fueron los únicos voceros de la resistencia y de un pensamiento que difiere del hegemónico.
Pero, por supuesto, no basta aquello para que Bush pierda su sonrisa socarrona, pues su juego de cartas marcadas no lo obliga ni siquiera a desgastarse (para ello tiene a Irak, a los huracanes de su política interna). Para atacar a Venezuela, cuyo presidente enfatiza sus críticas a Estados Unidos y ejecuta o propone varios proyectos que merecen un análisis más detallado (Telesur, Petrocaribe, ALBA) utiliza a su paje mexicano Vicente Fox, con la previsible intención de aislar a Venezuela de los países del Mercosur. Y es evidente que Venezuela no la tiene sencilla: el demagógico Hugo Chávez es un blanco cómodo para la prensa facilona y su política exterior depende demasiado de su bonanza petrolera.
En contraste, el Mercosur sí tiene la posibilidad de ejercer una política con un liderazgo más sólido (Argentina, Brasil) y con una proyección más sustentable, en aras de otorgarle sentido a la incipiente Comunidad Sudamericana de Naciones, esa nueva promesa del Sur. Aunque para que ello suceda se deba luchar contra las imposiciones de Estados Unidos y contra la larga tradición de fracasos de integración que padecemos desde el Congreso Anfictiónico de Panamá que convocó Bolívar en 1826. En breve, entonces, la tarea de Sudamérica es trocar la pregunta que encabeza estas líneas por la clara afirmación que canta Serrat con letra de Mario Benedetti: que el Sur también existe.
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Ley de ciegos
3 de noviembre de 2005
Sin embargo, el breve tránsito de la imaginación a la realidad sucede si se tiene a la mano la Ley de Migración que el senil dictador Velasco Ibarra dictó el 30 de diciembre de 1971 y se hace lectura de sus artículos 5, 9, 17, 23, 28 y 30. Es así, brutal y absurdo: si el Agente Luis Sigche y Cuntes, a vuelo de pájaro, se apercibe de la ceguera del buen José Feliciano, puede entonces espetarle al amparo de esa ridícula legislación: “lo siento señor Feliciano, el artículo 9 fracción VIII de la Ley de Migración impide su ingreso a territorio ecuatoriano. Verá, señor Feliciano, mismo usted es ciego, pues”.
Pero no nos asombremos, pues se puede fatigar aún más la infamia. Imagínense ahora un Tribunal Constitucional (en este país, sí, por favor, hagan uso de su imaginación) que reciba un caso que denuncia esas barbaridades y que en lugar de considerar que, por ejemplo, discriminar la entrada de un inválido o de un ciego a territorio nacional o permitir que una mera sospecha de un agente cualquiera constituya el fundamento para la exclusión del ingreso de un extranjero a territorio nacional son claras violaciones a la Constitución (artículos 23 num. 3, 24 num. 17, 47 y 191 para más señas) sostenga que no es así, y decida, en uso del anverso del sentido común que “en el eventual caso de declararse la inconstitucionalidad de las normas impugnadas, significaría atentar directamente contra nuestra soberanía y poner en riesgo inminente no solamente la seguridad interna, sino que también, se pondría en riesgo la integridad misma de sus ciudadanos en todos sus órdenes”. Por supuesto, tal Tribunal Constitucional nunca condescendería (porque no puede) a la dignidad de explicar la torpe manera en que un cieguito o un inválido pueden poner en riesgo tanto la seguridad interna como la integridad ciudadana. Pobrecito José Feliciano: ahora resulta que en su condición de ciego no solo no puede ingresar al Ecuador sino que, además, de acuerdo con esa triste y enfermiza lógica, constituye también un auténtico peligro público.
Este vergonzoso episodio de literatura jurídica no es ficticio; sucedió en este triste país con nombre de línea imaginaria mediante la Resolución No 040-2002-TC del extinto Tribunal Constitucional firmada por su entonces Presidente Oswaldo Cevallos y cuyos cómplices fueron Burbano, Camba, de la Torre, Nogales, Rojas y Zavala. No estuvo Herrería y el único voto digno y razonado fue el disidente: lo que el TC despachó en trece patéticas parrafadas, el Magistrado Mauro Terán lo analizó, con detalle, en el triple de tamaño y con el céntuplo de seso. Por supuesto, Terán resolvió, en buena medida, a favor de los demandantes.
En un libro justamente célebre, Sobre Héroes y Tumbas, el escritor argentino Ernesto Sábato incluyó un Informe sobre Ciegos, mismo que en sus propias palabras “puede ser una metáfora de la noche, de los instintos, del infierno”. El aciago panorama descrito no impide pensar que la Ley de Migración y la Resolución del Tribunal Constitucional son tristes y burdas metáforas de esos mismos conceptos.
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Presos políticos
20 de septiembre de 2005
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Hecatombe
25 de agosto de 2005
Es así, pues hecatombe, además de evocar la idea de desgracia o catástrofe, significa en la acepción etimológica que recoge el Diccionario de la Real Academia “sacrificio de cien reses vacunas u otras víctimas, que hacían los antiguos a sus dioses”. De esa definición se apropia Juan Pablo Toral para articular, de manera lúcida, la rememoración (incluso el rescate) en clave visual de cien fechas que son aciagas para la historia del Ecuador, con la intención de que sirvan al propósito de una necesaria catarsis social, producto de su análisis y su discusión, de su afán de no olvidarlas (pues como dijo Montalvo “ignorar los tiempos pasados es no ser aptos para los venideros”) para, eventualmente, superarlas. Esto, por supuesto, es una utopía. Pero es también, al mismo tiempo, un proceso necesario en aras de la expiación de los sentimientos de inseguridad y de derrota, del complejo de inferioridad de la mayoría de los ecuatorianos: en otras palabras, es una invitación a reflejarnos en el espejo roto de nuestra identidad. Y todo ello, con el afán de sacar algunas conclusiones sobre nosotros mismos que nos ayuden a conocernos y a enfrentar (sí, a enfrentar: la vida en sociedad tiene mucha más relación con la lucha que con la danza) de mejor manera la cotidianidad de la convulsionada sociedad en que vivimos. La propuesta que se deriva de Hecatombe, entonces, es conocer la historia para no condenarnos a su repetición y, en consecuencia, propiciar la exhumación de los hechos que la constituyen, pues solo quienes tienen el valor de asumir ese compromiso pueden asumir la fuerza necesaria para intentar el cambio de la realidad. Esa hecatombe, ese sacrificio de la historia, debe ser nuestra tarea ciudadana en aras de que su otro significado, el coloquial y común, no sea el vocablo que termine por mejor definir el devenir de nuestra vida como República.
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Mucha música, pocas nueces
5 de agosto de 2005
Hace unos días, sin embargo, se volvió a la carga con un nuevo Live Aid cuyos objetivos visibles eran que el primer mundo aumente su ayuda a África y se condone a ésta su deuda externa. Hubo mucha publicidad y fue un éxito rotundo de difusión, con reunificación de Pink Floyd incluida y un 85% de la humanidad como espectadora. Su promotor, Bob Geldof, estimó que era una “oportunidad única” para salvar a África. Pero se trató solo de mucha música y pocas nueces: el G-8, reunido en Gleneagles, se mantuvo firme en lo suyo, que es defender los intereses de las potencias, tal como sucedió en la Conferencia de Berlín de antaño. Aunque, justo es decirlo, algo de caridad le concedieron a las arcas africanas. Pero quienes sí llevaron la parte del león, como es tradicional, fueron las transnacionales del pingüe negocio de la distribución y la publicidad del concierto: AOL Time Warner, Ford Motor Company, Nokia y EMI Music. La frase de la verdad la dijo el economista canadiense Michel Chossudovsky, “el concierto desvía la opinión pública y distrae la atención mediática del movimiento de protesta contra el G-8, sirve para minar la expresión de voces más radicales [y es útil] para atraer a consumidores y ganar dinero”.
Es evidente que África necesita ayuda y que la colaboración de los artistas pop sirve, en alguna medida, a ese propósito. Pero cabe advertir que las posibilidades de desarrollo de los países del tercer mundo no dependen tanto de la buena voluntad de otros como de la firme acción de nosotros en defensa de nuestros intereses, que tiene expresión, por ejemplo, en la integración del bloque que conforman, entre otros, Brasil, India y China en el marco de la OMC o en la creación de la naciente Comunidad Sudamericana de Naciones. Es imperativo, entonces, reflexionar sobre el contenido de la dádiva y sobre las reales posibilidades de desarrollo tercermundistas, pues se corre el riesgo cierto que la cubierta del disco del concierto de este año diga también, con desenfado, que ese día se cambió el mundo. Y que para variar, nosotros lo terminemos creyendo.
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A nosotros, los culpables
16 de mayo de 2005
Esta realidad aciaga, en cierta medida, ha sido puesta en entredicho por los últimos sucesos. La revuelta forajida del 20 de abril nos enseña una importante lección: la fuerza que la ciudadanía, organizada de manera autónoma, puede tener cuando actúa cohesionada y exige cambios. Pero esta espontánea revuelta no debe confundirse con una revolución: la primera se agota en sí misma, dejando que los mismos de siempre ocupen sus localidades habituales y manejen la política a su antojo. La segunda supone la consumación de las permutas que propone la revuelta: implica un cambio psicológico, que por sí mismo no les sucederá a los políticos (se sabe bien que estos prometen de acuerdo con sus esperanzas y cumplen de acuerdo con sus temores) sino que debe asumirlo el ciudadano común: ese importante paso sucederá cuando su otrora energía revoltosa se canalice en propuestas específicas y en participación tan constante como orientada dentro de los parámetros democráticos (pues desde Camus sabemos que matar a un inocente por defender una causa justa no es defender una causa justa sino matar a un inocente) que son los propicios para el desarrollo de una cultura política que tanta falta nos hace.
De cara a los próximos días, ése es el grave reto: la construcción de un país a partir de su ciudadanía comprometida con el cambio de las formas tradicionales de participación política. Los primeros días del nuevo gobierno avizoran que la retórica expresada en la agitada jornada de la CIESPAL corre el riesgo de escurrírsenos como arena entre los dedos. No permitirlo es la tarea de todos los ciudadanos, pues la vuelta a la rutina de la crítica inconsistente o la pasividad constante, esas tradicionales formas de la acción política ecuatoriana cuando no somos iracundos, han probado no servir para nada salvo para que se repita el mismo ciclo de exclusión y de mesa servida para pocos. Hagámonos un favor, ciudadanos, y asumamos la gran parte de responsabilidad que nos corresponde.
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