Mitómano

12 de marzo de 2009

Mi amigo Rafael Avilés me solicitó que presente su libro Mitómano en el auditorio del MAAC este 26 de febrero. Acepté, por supuesto. Ofrecí a los presentes un discurso breve, que resumiré a continuación.

Primero, como corresponde, le agradecí a Rafael la gentileza de invitarme a presentar el libro. Al respecto, dije que tenía que manifestarle dos sorpresas: la primera, su generosidad (que sólo puedo interpretarla como consecuencia de nuestra amistad de tantos años) de invitarme a presentar el libro cuando es evidente que existe gente mucho más talentosa que yo para desempeñar esta (y, ay de mí, ésta y tanta otra) actividad. La segunda, la calidad de su texto, que había leído de manera reciente en un ejemplar que ostenta la dedicatoria “A mi hermano Xavier, afectuosamente”.

Dije entonces que era necesario formular una advertencia y una confesión. La advertencia era que lo que iba a decirles durante la presentación iba a decirlo desde el corazón, con el cariño de una amistad cultivada durante tantos años y no como el crítico literario que no soy y que no tengo mucha intención de ser (declaré, con más razón que desazón, no ser ni tampoco albergar la pretensión de ser Harold Bloom o, digámoslo en clave local, Abdón Ubidia, etc.).

Formulé de inmediato mi confesión: que yo no solía mentir, que yo me parecía de manera penosa a esa viñeta de George Washington, quien porque no decía nunca mentiras, le admitió a su padre que él había sido el que cortó el cerezo*. Yo no mentía sino hasta cuando fui profesor en el Colegio Javier y durante un recreo leí el breve ensayo de Oscar Wilde titulado “La decadencia de la mentira” (en su original inglés, “The decay of lying”). A raíz de ese diálogo comprendí que no debía no mentir, al contrario: la mentira es hermosa y merece practicársela y elevársela al rango de una de las bellas artes. Todo arte es mentira, tanto como toda realidad también lo es (de eso nos hablan Sabina y Charly más abajo). Nosotros proyectamos nuestros deseos sobre la realidad, la que se encarga de decirnos que todo es mentira, que la realidad difiere de cuanto deseamos. Aquí es cuando debe intervenir el arte como una mentirosa respuesta a la mentira de la realidad: este juego de mentiras mutuas nos ayuda a (sobre)vivir.

Aquí es cuando interviene la obra de Rafael y cobra pleno sentido el título de su obra: Mitómano. Rafael siempre fue mitómano (yo tengo una docena de años de pleno ejercicio) y sabe que de lo que se trata es de mentir bien, de mentir con arte, para hacer(nos) reír, para salvar(nos), para justificar(nos). Es de agradecerle a Rafael la generosidad de publicar una obra que contribuya a este noble propósito.

Señalé que en el libro de Rafael pueden rastrearse formatos cinematográficos, experiencias compartidas, influencias literarias (aunque el libro se parece mucho a su autor: para quien es amigo de Rafael leerlo es escucharlo decir esas cosas) de Bukowski o de autores de novela negra. La obra de Rafael proyecta una tensión entre algo oscuro y algo visual; esa tensión le rinde.

Finalmente, recordé que el jurado compuesto por María Gabriela Alemán, Oswaldo Encalada y Abdón Ubidia consideró que la obra de Rafael mereció una mención de honor en el género de cuento “por unidad temática, poética y estilo reconocibles, propuesta original”. No juzgué esas consideraciones: esas buenas gentes saben más que yo y sus razones tendrán. A mí sólo me restaba decir que juzgaba al título perfecto y referir esta cita del genial Negro Fontanorrosa, “De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: «Me cagué de risa con tu libro»”, para decir que el libro de Rafael cumple el propósito de entretener a su lector y que yo no podía menos que felicitarlo por ofrecernos este elenco de mentiras en blanco y negro.

Esas fueron, enlaces y precisiones mediante, mis palabras ese 26 de febrero.

* “El brutal mercantilismo de América, su espíritu materialista, su indiferencia por el aspecto poético de las cosas, su falta de imaginación y de elevados ideales inalcanzables, provienen de que ese país ha adoptado por héroe nacional a un hombre que, según su propia confesión, fue incapaz de mentir y no exagero al afirmar que la historia de George Washington y del cerezo han hecho más daño, y en un plazo más corto, que cualquier otro cuento de finalidad ética y moral” (Wilde, Oscar, La decadencia de la mentira, Pág. 9).


La policía te está extorsionando...

11 de marzo de 2009

“El policía del metro: bella frente, mirada noble, nariz perfilada, expresión de sensibilidad e inteligencia, que me hicieron preguntarme qué hacía ese artista en potencia cubierto con ese desprestigiado uniforme. De pronto un compañero se acerca y le dice algo al oído. El policía empieza a reír, los ojos se le desorbitan, su nariz se achata, sus maxilares comienzan a desquiciarse, su perfecta dentadura asoma ferozmente, todos los tendones y nervios de su cuello vibran, sus músculos faciales se agarrotan y de sus fauces brota un rugido atroz, inhumano, como el de un jabalí acosado o un toro atravesado por el estoque. Su risa lo delata.” (Ribeyro, Julio Ramón, Prosas apátridas, Pág. 46)

“Algunos policías, en la latitud latinoamericana, suelen matizar de modo nefasto su trabajo convirtiéndose en delincuentes. Mientras no se los descubra, actúan en los dos flancos más conspicuos de la industria delictiva: en “favor del” y “en contra del” delito, en un acaparamiento esquizofrénico de roles opuestos.” (Neuman, Elías, Los que viven del delito y los otros. La delincuencia como industria, Pág. 90)

La policía te está extorsionando empezaba la canción Molotov… Yitux lo vivió en carne propia: me solidarizo contigo, pana.



(Escrito con la gentil colaboración del amigo Pablito Cevallos, quien facilitó la propicia cita del gran Elías Neuman –de quien les adjunto, además, el artículo “La legalización de las drogas y los temores concretos y difusos” para continuar con sólidos argumentos el debate de una entrada anterior)

tres comentarios cinematográficos tres

9 de marzo de 2009

La reproducción de DVD’s piratas me deparó dos biografías y la delirante historia de dos subnormales:

Milk
Conocí esta película por esta entrada en la bitácora de Juan Fernando Andrade. De todas maneras, es altamente probable que la publicidad de sus ocho nominaciones al Oscar y la merecida estatuilla que recibió Sean Penn por su memorable actuación como Harvey Bernard Milk me la depararían en el curso de los días. La película, dirigida por Gus van Sant, cuenta la historia del primer hombre de abierta orientación sexual homosexual en ser elegido como miembro del board of supervisors (en español local: concejal) de la ciudad de San Francisco. (Imagínense un concejal similar en la M. I. Municipalidad de Guayaquil: el Androide Nobot would get mad.) La película es el azaroso tránsito de un homosexual de closet a un activista político narrada con solvencia, raptos de ternura y crítica social. Sean Penn, en su discurso de recepción del Oscar, declaró: “Para aquellos que vieron las demostraciones de odio mientras nuestros vehículos llegaban esta noche, pienso que es un buen momento para que aquellos que votaron a favor de la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo se sienten y reflexionen y que prevean la gran vergüenza que sentirán y la vergüenza que verán en los ojos de sus nietos si continúan apoyando eso. Todos debemos tener los mismos derechos”.

Es probable que los argumentos, como sostenía Ralph Waldo Emerson, no convenzan a nadie, así como no es improbable que sí lo hagan las emociones. Acaso Milk contribuya a emocionarnos lo suficiente como para empezar a comprender que no existen sólidas razones para negarles a los homosexuales lo que Sean Penn reclama, esto es, que todos debemos tener los mismos derechos. Debería ser obvio, pero la estupidez humana es infinita (Einstein dixit) y no lo es.

Be kind, rewind
Un subnormal de nombre Jerry (que lo interpreta Jack Black, un gordito especialista en interpretar subnormales) sospecha que una planta eléctrica ataca su cerebro e intenta sabotearla. La consecuencia de su fallido sabotaje es la capacidad de borrar las cintas de VHS del local donde trabaja su amigo Mike (otro subnormal, interpretado por Mos Def): Jerry las borra todas. La respuesta de Jerry y Mike ante este hecho es empezar a filmar las películas que se borraron. Ahí comienza lo bueno: su primera producción es Ghostbusters, que se convierte en inmediato éxito barrial. Le siguen Rocobop, Odisea 2001, El Rey León, decenas de otras. A todas estas películas se las llama sweded (suecadas) porque se argumenta que demoran en llegar y cuestan más porque provienen de Suecia (el término tiene repercusión en la vida real). La historia se torna comunitaria y sentimental, pero se sostiene bien y no busca un estúpido final feliz (ni siquiera a ritmo de jazz). Dirigida por Michael Gondry (sí, el mismo de Eternal Sunshine of the Spotless Mind y director de los vídeos de Bjork) después de fumarse unos porros del porte de la catedral de Colonia (Kölner Dom, para el público ilustrado). Enhorabuena. Chida.

Lenny

Era otro Estados Unidos en esa época. Hace rato que las cosas que dijo Leonard Alfred Schneider (inmortalizado como Lenny Bruce) sobre sexo y religión son moneda común del stand-up comedy. Pero en esa época su actitud no convencional le implicó el inicio de varios juicios por obscenidad­: el primero, en octubre de 1961, por enriquecer su rutina de humor con la palabra cocksucker (mamaverga). Dustin Hoffman interpreta, en pleno dominio del personaje y de manera no menos que soberbia, a este Lenny complejo, contradictorio, autodestructivo, al tiempo que frontal y desafiante de las formas que demandaba lo políticamente correcto y la hipocresía generalizada en aquel entonces. Lenny sabía (como lo supo el maestro Fontanarrosa, aquí y acá) que las malas palabras no existen, porque precisamente es su supresión la que les concede el poder, la violencia y el vicio, porque es, precisa y paradójicamente, esa propia hipocresía que las censura la que les concede la fuerza que luego les reprocha.

El filme es trepidante, exhibe una tormentosa relación amorosa (adornada de un par de exquisitas tetas) y una serie de monólogos en los que Hoffman expone el mejor Lenny. Memorable. (Lenny Bruce murió de sobredosis en agosto de 1966.)

Nota: El lector aguzado intuirá que además de compartir origen judío* Milk y Bruce compartieron la reivindicación de derechos. Milk, el derecho al libre desarrollo de su personalidad, a decidir sobre su orientación sexual; Bruce el derecho a la libertad de expresión. Hacia 1974, uno de los perseguidores de Bruce declaró: "hoy en día, cualquier abogado de la acusación que dedicara dos minutos a pensar si Bruce debe ser acusado tendría que hacerse ver de la cabeza". Más todavía, en diciembre de 2003 el Estado de Nueva York, en cabeza del Gobernador George Pataki, le concedió a Lenny Bruce un perdón póstumo en razón de su condena por obscenidad. (Fue el primer perdón póstumo en la historia del Estado; Pataki señaló que era “una declaración del compromiso de Nueva York de sostener la Primera Enmienda de la Constitución”.) At the end, you know, Lenny Bruce was right: su reivindicación es parte de los derechos de toda persona. Acaso Sean Penn lleve razón en su discurso de recepción del Oscar y todos quienes hoy se oponen a la prohibición del matrimonio homosexual (no se diga tanto tonto que se opone, en nombre de Dios u otras abstracciones, a las relaciones homosexuales) cuando pase el tiempo perciban el tamaño de su error y se avergüencen un poco de sí mismos, o peor, sea su propia parentela quienes digan en sobremesa familiar, hey, abuelo [o Papá, o tía Gertrudis, etc.] era un poco tonto, ¿no? Pensaba que algunas personas no tenían derecho a decidir por sí mismas lo qué era lo mejor para ellas. Pues no sean tontos y ahórrense el bochorno.

* Justamente esta mañana leí que “los judíos, arguye Veblen, son de algún modo forasteros en cada país y esa condición les permite ser innovadores y formular críticas lúcidas; críticas, precisamente, de aquellos hechos que están ocultos para las personas que han nacido dentro de la cultura de cada país. Esas personas aceptan hechos como inevitable porción de la realidad; no perciben, no pueden percibir, lo convencional o lo falso que puede haber en ellos. El judío, en cambio, mira objetivamente las culturas occidentales; por eso puede innovar en ellas”. (Borges, Jorge Luis, Textos recobrados (1931-1955), Pág. 267). Para una anotación sobre la influencia de los judíos en Ecuador, v. Hurtado, Osvaldo, Las costumbres de los ecuatorianos, Pág. 277-284.

Cinema Paradiso (versión del director)

En otra entrada de esta bitácora opiné sobre Cinema Paradiso. Yo sabía desde hace tiempo que existe una versión más larga de esta película (versión que se exhibió en Italia y que dura 155 minutos) que la versión que yo admiro, de 123 minutos (editada para el mercado internacional). Me enteré recién este fin de semana que existe una versión del director, de 173 minutos de duración, que salió al mercado el 2002 y que en Estados Unidos se la conoció con el título de Cinema Paradiso: the new version. La miré en el MAAC el sábado, y sí, coincido, se trata de una versión nueva: una versión nueva con cincuenta minutos de más.

Esos cincuenta minutos sobrantes puede reducírselos sin pérdida a un énfasis y una alteración. El énfasis es añadirle color local al poblado siciliano (Giancaldo) donde se desarrolla la trama, por ejemplo, vía la aparición de una prostituta que le prodiga a Toto su primer polvo en el piso de la sala del Cinema Paradiso y que comerciaba en aquel mismo establecimiento con ocasión de las películas “subidas de tono” (un trabajo socorrido porque un pezón y estos rústicos tanos que se ponían como motos) y alargar las vicisitudes existenciales del adolescente Toto (por ejemplo, con escenas de su período de conscripción en el ejército). Este añadido (al que puede sumársele la intrusión sonora de un piano) es meramente trivial y dilata de manera innecesaria la película. Todas esas escenas podrían no existir (como no existen en la edición de 123 minutos) y nadie, en su sano juicio, las extrañaría.

Ahora, si este énfasis es trivial, la alteración es perversa. En principio, encuentro difícil admitir que esta lánguida historia de amor de tres decenios entre Toto y Elena enriquezca el argumento o le añada matices hermosos. Ahondar en el largo y siempre fallido amor de esta pareja es fatigar lugares comunes y secuenciar diálogos insulsos; es, tristemente, convertir a aquel Alfredo que fue educador sentimental de Toto en un canalla obsesivo y egoísta (la vejez de Toto llega incluso a maldecirlo). El que en un coche frente al mar siciliano la vejez de Elena Mendola le ofrezca un tardío polvo sacapicas y premio-consuelo a Toto no salva nada; la escena es, en realidad, algo penosa. El resultado final de esos infelices cincuenta minutos es transformar una película que era un hermoso homenaje al cine en un pastiche romántico que evoca un pueblo siciliano y un cinematógrafo.

Terminó la función y el contraste con la edición de 123 minutos fue evidente: la escena final de la sucesión de besos que Alfredo conservó para Toto, que en la versión de 123 minutos conmueve porque conjuga la esencia y la belleza de una historia sobre el cine, una comunidad y una biografía que ese pequeño ámbito forjó (escena que es, para mí en esa versión, imposible de mirarla sin lágrimas en los ojos) se la observa en la versión del director como un accidente que no depara mayores emociones. Este hecho es la mejor prueba del fracaso de esta versión. Pero por fortuna, siempre tendremos la otra.

P.S.- Para matizar este descalabro les cuelgo una hermosa versión en concierto de un fragmento de la música que compuso el inmenso Ennio Morricone.

Drogas y democracia

8 de marzo de 2009

“Estados Unidos es el responsable. Tienen a más negros en la cárcel por tema de drogas que en las universidades. Aquí conocemos a los narcos por nombre, apodo y vicios favoritos. Ahí están tan protegidos que operan en la sombra” declara un personaje de la novela El Testigo del mexicano Juan Villoro. Parece llevar razón. Es en todo caso muy cierto que Estados Unidos es el país que abandera en el mundo el discurso prohibicionista, un discurso que en palabras del jurista Luigi Ferrajoli “significa afirmar el monopolio criminal del mercado de la droga” lo que provoca, justamente y a contramano de su supuesta pretensión, “criminalidad y no la disminución del consumo”. Pero el codicioso y moralista Estados Unidos de América se niega a toda evidencia: sus poderosas razones tendrá.

Dadas las evidencias disponibles no es difícil sostener, como lo he hecho yo por ejemplo, que la prohibición “fomenta una poderosa economía ilegal e internacional (con sus consecuencias de violencia y corrupción), sobrecarga el aparato judicial y penitenciario, promueve la comisión de conductas delictivas para obtener un producto encarecido artificialmente y la aplicación de una justicia penal que restringe las garantías individuales. En adición, la prohibición estigmatiza y margina al consumidor y lo expone al consumo de sustancias adulteradas y el énfasis en reprimir desvía los necesarios recursos para prevenir y ayudar a los consumidores”. Lo interesante es que una postura análoga se la sostenga fuera del ámbito académico, en la arena política. Curiosamente, así lo hace la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia que co-presiden los ex Presidentes César Gaviria, Fernando Henrique Cardoso y Ernesto Zedillo, y que la componen también otras catorce personalidades (entre ellas, Antanas Mockus, Diego García Sayán, Enrique Krauze, Mario Vargas Llosa y Moisés Naím).

En su declaración Drogas y democracia: hacia un nuevo paradigma la Comisión empieza por admitir que “las políticas prohibicionistas basadas en la represión de la producción y la distribución, así como la criminalización del consumo, no han producido los resultados esperados. Estamos más lejos que nunca del objetivo de erradicación de las drogas”. El nuevo paradigma que la Comisión propone se sustenta en tres grandes directrices: 1) Tratar el consumo de drogas como una cuestión de salud pública; 2) Reducir el consumo mediante acciones de información y prevención; 3) Focalizar la represión sobre el crimen organizado. Finalmente, la Comisión plantea la necesidad de la participación de la sociedad civil y de la opinión pública: “cada país debe confrontar el desafío de abrir un amplio debate público sobre la gravedad del problema y la búsqueda de las políticas más adecuadas a su historia y su cultura”.

La declaración de la Comisión peca de políticamente correcta (hay demasiado en juego para un desafío abierto) pero sí que contribuye a plantear una discusión sensata y necesaria sobre el tema (todavía tabú) de la prohibición de las drogas.

El ciclismo vuelve a las calles

4 de marzo de 2009


El domingo 22 de febrero Diario Expreso publicó en su suplemento Semana (la nota, aquí) un artículo con el ilustrativo título que encabeza esta entrada. Dicho artículo expone algunos ejemplos de personas que suelen utilizar la bicicleta como medio de transporte (incluido el mío propio), destaca el trabajo de Ecuador Aventura, una agrupación que promueve el uso de las bicicletas en conjunto con la M. I. Municipalidad de Guayaquil, y explica cuál es el marco legal que ampara las iniciativas y establece las exigencias a formularse en este ámbito. El artículo lo redactó con mucho oficio Johnny Alvarado y las fotos (al menos ésta que adjunto, que apareció en la edición impresa del suplemento) las tomó Romina Icaza.

El 1 de marzo publiqué una entrada titulada “Derechos de los ciclistas”; ese mismo día, la entrada recibió este comentario de Luis Vélez Lecaro (su blog aquí), mismo que pongo a consideración general:

Ecuador Aventura es uno de los grupos de ciclistas de Guayaquil que está promoviendo la implementación de las ciclovías en Guayaquil; el jueves habrá una reunión para tratar justamente sobre las propuestas por el municipio; los que estén interesados en participar contactarse con los organizadores: http://www.ecuadoraventura.org/
La invitación, entonces, queda hecha. Saluz.

Vindicación de la fe fubolera

Está claro que sobre fútbol puede hablarse ad infinitum. Hablarse de cosas triviales o profundas, en tono amable o agresivo; vituperarse cosas despreciables: la corrupción de los dirigentes, la desaforada ambición de los jugadores (escudada en un profesionalismo que todo lo convierte en negociable), la mediocridad infame de la prensa deportiva local (Vito Muñoz induce al vómito), así como extraerse lecciones morales valiosas (alla Camus: “Después de muchos años, durante los cuales el mundo me ha permitido vivir experiencias variadas, lo que sé acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”) o incluso postularse una identidad nacional en cierne. Hablar sobre los hechos inmediatos de un partido implica casi la bullosa necesidad de evocar hechos del pasado y profetizar sucesos futuros: sobre cualquier hecho mínimo (digamos, un tiro libre indirecto o el color de la casaca de un arquero) el contexto puede ampliarse y multiplicarse, fue dicho ya, ad infinitum.

En particular, ante las miserias notorias del fútbol moderno (trivialidad, agresividad, corrupción, ambición desaforada, mediocridad infame) yo sugiero dos cosas: la primera, conjugar la esencia dialogada del fútbol en lo que Julián García Candau llama su épica y lírica. Porque como sentenció Ángel Cappa en el fútbol no se recuerdan los resultados, se recuerdan las emociones y son, precisamente, esos recuerdos los que nos constituyen en creyentes de una iglesia o una secta fubolera. Lo trivial, lo aleve y lo miserable tienen cabida, pero una podada de la sabia Prestobarba de Occam les viene siempre bien. Cifrémonos en las emociones, en lo que de veras importa: lo que nos constituye en hinchas y nos diferencia de los funcionarios y de las cuotas de imbecilidad que siempre nos acechan. Lo segundo, que en razón de que el fútbol (como toda otra experiencia –pregúntenle sino al de Quincey de El asesinato como una de las bellas artes) puede apreciárselo como una apuesta estética, acaso prescindiendo de las emociones y disfrutándose de la cerveza y la compañía, donde el goce nos lo depara su ejecución excelsa, sea ésta la manera de apreciarlo. (Esta hipótesis podría aplicarse a los partidos de la Champions.) Acaso sean estas dos vertientes las islas que nos conviertan en sobrevivientes de un naufragio moral.

La primera (digamos, la vertiente emocional por oposición a la vertiente estética) de esas vertientes nos convierte en feligreses de iglesias en ruinas (Barcelona, Emelec, Aucas –el equipo de Kojudo Mayor) o de sectas sin futuro (¿qué otra cosa es el hincha del equipo camarata o del Automotriz Macas?): nos convierte en creyentes de una fe que, si nos atuviéramos al asomo de una lógica sensata, debería desencantarnos. Pero la fe desecha los argumentos de la razón (lo que ha teñido de sangre la historia de las religiones y no pocos estadios contemporáneos) y se cree, simple y llanamente, porque se quiere creer. Credo quia absurdum, cuentan que postuló Tertuliano: es extraño que no apadrine un equipo de fútbol. Lo más probable es que yo no tenga noticia del Tertuliano F.C., un ariete de la honestidad.

Digamos que, en general, creemos porque queremos creer. En El Factor Borges (un libro que acabo de leer y que comentaré en otra entrada) se cuenta la siguiente anécdota (Pág. 121):

“Una vez, en Madrid, un periodista me preguntó si en Buenos Aires había un Aleph. Casi cedo a la tentación y le digo que sí, pero un amigo intervino y señaló que si un objeto semejante existiera sería no sólo la cosa más célebre del mundo sino que revolucionaría toda nuestra concepción del tiempo, la astronomía, las matemáticas y el espacio. ‘Ah’, dijo el periodista, ‘entonces usted inventó todo el asunto. Yo pensé que era verdad porque usted había puesto el nombre de la calle’”.

Si un sujeto de mediana instrucción (un periodista) puede fundar la sospecha de la existencia de un objeto de ostentosa imposibilidad (el Aleph) en un hecho tan espurio (la mención de una calle), ¿qué no puede esperarse de la fe de un fanático fubolero? Al menos en comparación (dicho sea a pesar de tanto imbécil que anda suelto y que empaña, todavía sin mancharla(1), su hermosura) la fe de un fubolero no intenta imponerse coactivamente a otros (como no sea en la educación sentimental de la niñez(2)) ni se despacha con inquisiciones u otras variantes imbéciles que son comunes en otras formas de la fe. Todavía es la fe de la niñez, la recuperación semanal de la infancia que postuló Javier Marías. Benditos sean entonces todavía estos 22 salvajes-hijos-de-puta detrás de un balón.

(1) Porque “la pelota no se mancha”, dijo un enviado.
(2) La foto muestra a un señor vestido de azul y de mostacho ladri, a la sazón mi viejo, en circunstancias en que se convierte en proveedor de educación sentimental para el loco bajito de su sobrino-nieto (el hijo del que tiene que pagar la mitad de un Zacapa 23).

Fútbol deshonesto

2 de marzo de 2009



No puede predicarse mucho de un partido de fútbol cuyos atributos esenciales fueron el aburrimiento y la desidia. Los números de la previa no prometían mucho porque mucho no puede prometer el enfrentamiento entre los dos equipos que ocupan los últimos lugares de la tabla de posiciones. Las emociones de la previa pretendían mucho porque mucho pretende esa bizarra gente paradójica que somos los hinchas del fútbol, al mismo tiempo parcializados e infalibles. 22 hombres en cortos lucharon ayer con denuedo para probarnos las dimensiones homéricas de nuestro error.

Decía Ángel Cappa que en el fútbol no se recuerdan los resultados, se recuerdan las emociones. Si eso es así, este partido merece un inmediato acceso al olvido. Se recordará el resultado, porque es obvio que si no hubo emociones no hubo goles. Acaso alguien no olvide la salvada de Elizaga que derivó el balón al poste o una cabeza amarilla providencial, el que este adefesio le concede su primer punto al azul y escalar un puesto al torero. Con el paso del tiempo, el que lo recuerde será considerado el erudito de su tribu.

Salir del estadio fue percibir la honda decepción y escuchar un sucesivo vendaval de críticas. Comentamos que obtener un punto por este empate era excesivo, que el marcador real debió ser un empate escrito en números negativos, que lisiados se verían mejor. Quién sabe cuántas cosas más: la imaginación del hincha, cuando acicateada por la decepción, se multiplica. Me animé a caminar solo hasta mi casa (distante unas 25 cuadras del Capwell) porque sabía que, ese día a esa hora, no había nada ni nadie contra el que morir o matar, ni siquiera herir o lastimar. Acaso recibí algún adjetivo, del que nunca nos privamos.

Así fue. 22 hombres en cortos lucharon ayer con denuedo para probarnos las dimensiones homéricas de nuestro error. Pero sin embargo (la bizarría del hincha es así) les seguimos creyendo. Hijos-de-puta.

P.S.- La excitación de estas piezas estáticas de futbolín es superior a la que exhibieron ayer estos miserables.
P.S.- (2) El Zacapa lo compramos a medias y queda en familia.













Derechos de los ciclistas

1 de marzo de 2009

El artículo 415 de la Constitución obliga al incentivo y la facilitación del “transporte terrestre no motorizado, en especial mediante el establecimiento de ciclovías”. El artículo 204 de la Ley Orgánica de Transporte Terrestre, Tránsito y Seguridad Vial establece, por primera vez, derechos de los ciclistas: a transitar todas las vías públicas con respeto y seguridad y disponer de los espacios adecuados para transitar en túneles y pasos a desnivel, a disponer de circulación privilegiada dentro de las ciudades (ciclovías) y de espacios gratuitos y libres de obstáculos para estacionar las bicicletas, a transportarlas en los vehículos de transporte público sin costo adicional, a gozar de vía preferente en los desvíos e intersecciones, a tener días de circulación preferente en el área urbana (ciclopaseos). Más aún, el artículo 209 de ese mismo cuerpo legal establece que los municipios, los consejos provinciales y el ministerio de obras públicas tienen la obligación de exigir como requisito imprescindible que en todo nuevo proyecto de vías se incorporen senderos asfaltados para bicicletas y que las entidades municipales “deberán hacer estudios para incorporar en el casco urbano vías nuevas de circulación y lugares destinados para el estacionamiento de bicicletas”.

El Municipio de Quito se ha tomado en serio su obligación de incentivar el transporte terrestre no motorizado: el proyecto Ciclo-Q es una evidencia de ello. Pero para tomársela en serio fue necesaria la presión de la ciudadanía. Como lo destaca el fundador de Biciacción, Diego Puente: “Nuestra lucha ha sido muy grande y por eso propusimos el proyecto Ciclo-Q, un plan maestro para que el transporte no motorizado de Quito tenga cabida en las calles de la capital, para que en los aparcaderos del trole haya sitios en donde dejar las bicicletas. Son medidas y acciones para fomentar su uso. Hemos avanzado, en Quito tenemos más de 40.000 personas que pasean, alguna vez en bicicleta por toda la ciudad”. En Guayaquil ese número está en aproximadamente 10.000 personas.

El número en Guayaquil puede incrementarse si la M. I. Municipalidad de Guayaquil empieza a tomarse en serio, no sólo las obligaciones constitucionales y legales a las que he hecho referencia, sino las propias ordenanzas que esa corporación ha expedido al respecto. Así, desde el 22 de marzo de 2001 está en vigencia la Ordenanza de Circulación del Cantón Guayaquil cuyo artículo 10 establece que “El Concejo Cantonal podrá establecer en la vialidad de la ciudad carriles para uso exclusivo de bicicletas […]”. Fue el propio Alcalde Nebot quien firmó esta ordenanza el 8 de febrero de 2001. Aparentemente, hoy existen las intenciones de implementar dos rutas de ciclovías en la ciudad: una desde el terminal terrestre hasta Pascuales y otra desde el puente El Velero hasta Parque El Lago. Se rechazó la implementación de una tercera “porque pasa por calles regeneradas que no contemplan ciclovías”. (¡?) Hay que recordarle a las autoridades que no se trata de concesiones sino de derechos,y organizarnos para exigírselos.

83 años

26 de febrero de 2009

Ron y pasteles

24 de febrero de 2009

Como regla soy alérgico a las aglomeraciones: la sola idea de un concurrido carnaval me parece abominable y me suelo resistir a participar de la misma. Prefiero leer en casa, mirar pelis, juntarme con otros amigos disidentes (que no somos pocos). Sin embargo, admito excepciones: puedo asistir (con sumo placer además) a una invitación a la playa en período de carnaval siempre que se asemeje a ésta que me llevó el lunes en la tarde a una villa en las cercanías de Salinas. La invitación, descontada la buena compañía, incluía excelente comida (en esta ocasión, unos calamares rellenos en su tinta y unos langostinos de fábula) y mejor bebida: un Zacapa Centenario 23 años. La tarde empezó, colorada todavía, con un voleo preliminar de Buchanan’s, para continuar con la antedicha comida, la que fue regada con generoso vino blanco y para cerrar la noche, se compartió aquel conmovedor broche de oro del Zacapa 23. No hay mucho que añadir, el ron es mi bebida favorita y el Zacapa 23, mi ron favorito. La noche me participó de una trilogía (compañía, comida, bebida) de fábula.

Salimos acaso tipo once de la villa y la alegre comitiva volvía a casa cuando decidimos tomarnos unos estribos de ron en el área social de mi depa. Al efecto, compramos una de Bacardí blanco. La mejor explicación de lo que me sucedió después de dos tragos de Bacardí es que experimenté la sensación inversa de la que experimentó el mítico Ron Damón en un capítulo justamente célebre de El Chavo: en vez de comerme los pasteles para quitarme “el mal sabor de boca que me dejaron los insectos”, estaba comiéndome los insectos para pasarme el exquisito sabor de boca de un Zacapa 23. No hay derecho. La decisión fue obvia: Bacardí no more.

Al día siguiente sólo unos momentos de sol y un poco de lectura porque había que salir temprano para que, entre otros miembros de la fauna automovilística que se regresan a la tropical WhyYouKill desde las playas un martes de carnaval, no nos encontremos ni con rocas en reproducción ni con Richard Clayderman en su piano sin controoooool (como sucede en el vídeo que abajoubico). Los evitamos y sí que llegamos justo a tiempo para mirar el inicio de los octavos de final de la Champions (Inter-Manchester United). Y hablando de fútbol y de ron, este domingo en el clásico (el único partido de fútbol de este país que evoca y merece evocar esa palabra) mi primo Fernando y yo tenemos apostado un Zacapa Centenario 23 años. Ya casi, ya casi que puedo olerlo.

Una vez Argentina

22 de febrero de 2009

Se le atribuye a Octavio Paz aquella feliz humorada de que los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos. Sé (porque lo releí los otros días colgado en mi hamaca en el Inodoro Pereyra No 14) que Inodoro discute con su perro Mendieta acerca del ser argentino. El Negro Fontanarrosa, siempre genial, coloca el siguiente dialogo en sus bocas: “Inodoro: ‘… han forjáu un Ser Nacional, más buscáu que el Eslabón Perdido’. Mendieta: ‘Es que no somos el Ser Nacional. Somos el Ser Internacional’”.

Eso es cierto. El libro de Andrés Neuman, Una Vez Argentina, puede fungir de competente prueba de ese “Ser Internacional”. Neuman, descendiente de lituanos, polacos, españoles e italianos (pero, ¡cómo no?) advierte en el prefacio que “todos los personajes reales de esta novela aparecen como ficciones. Todas las invenciones que hay en ella quisieran parecer probables”. De esos personajes y sus probabilidades nos habla Neuman en su novela, y lo hace con maestría.

Me interesa, en todo caso, destacar el escenario que influyó para que Neuman y su narrativa sean posibles. En la Argentina de mediados del siglo XIX se dictó una Constitución que, en palabras de Courtis y Abramovich, otorgó una importancia no menor “al aseguramiento de la educación primaria por parte de las provincias –dato que prefigura la importancia de las élites liberales locales otorgarán a la educación como factor de unidad nacional”; fue presidente Sarmiento, quien declaró "gobernar es poblar" y tradujo en hechos la importancia constitucional de la educación. La consecuencia, según el escritor Marcos Aguinis, fue que el sistema educativo “logró una disminución sostenida del monstruoso analfabetismo, aceleró la integración de la avalancha inmigratoria, estimuló el arraigo nacional y el sentimiento de patria. Expandió una base cultural común sobre la que era posible la creación, el respeto y saludables diferencias”.

Para esa misma época en Ecuador gobernó una de las pocas personas que en el siglo XIX se tomó en serio la Presidencia de la República: Gabriel García Moreno. También le concedió importancia a la educación, pero lejos de amalgamar una identidad de país (todavía hoy a retazos) la tiñó de ese fanatismo que tanto lo caracterizó. En materia educativa, en el país se aplicó el artículo 3 del Concordato: “La instrucción de la juventud en las universidades, facultades, escuelas públicas y privadas, será en todo conforme a la doctrina de la Religión Católica”. La consecuencia, según Osvaldo Hurtado, es que el pueblo “cae en el fatalismo, se considera impotente para transformar el mundo, se enajena de la realidad que le rodea y adopta actitudes contemplativas que mantienen estática a la sociedad y facilitan la explotación general”. Esa aciaga realidad no se disipa (digamos, Padre Arregui mediante, por ejemplo) todavía.

Quiero no omitir que la trascendencia cultural de Argentina no está en duda. Acaso este libro de Neuman lo pruebe, acaso sea obra de los constituyentes liberales del siglo XIX y de la férrea voluntad de un hombre. Nosotros, todavía, en otro borde.

Flowers Bros. (Gunslingin')

21 de febrero de 2009

Gatlinburg, AP.- The Flowers Bros. harrased the tranquil town of Gatlinburg, Tn. and robbed the local bank (which will always be less offensive than funding one, commented social activist Bertold Bretch). It was a clean operation: no injured, lots of laugues. This daguerrotipe captured the Flowers Bros. when celebrating their success accompanied by joly madames ("mujeres de la vida facil y la risa alegre" they declared to the press) in a local saloon.

Los derechos de la mayoría (¡?)

19 de febrero de 2009

Empiezo por concederle a la columna Los derechos de la mayoría que publicó José Fernando Gómez Rosales en El Observador dos puntos. El primero, la honestidad de su columna, que no intenta meter argumentos de contrabando sino simplemente ofrecer su opinión sobre los derechos de la mayoría y de las minorías; el segundo, que suscribo su crítica (v. párrafo 3) a la duplicación del masculino y femenino en la gramática, porque como afirma cabal y lúcidamente Álex Grijelmo: “Muchas feministas han llevado su justa lucha al terreno del lenguaje, pero despreciando la historia de las palabras y las estructuras de la lengua común. […] Sus propuestas de ingeniería gramatical (la gramática no dice cómo se debe hablar, sino como se habla) están condenadas al fracaso. Nadie dirá nunca ‘los compañeros y compañeras de nuestro partido que estén disgustados y disgustadas con los dirigentes y las dirigentes elegidos y elegidas en el último congreso, puede quedar inscritos e inscritas en el registro de las intervenciones de esta tarde’. Nadie hablará así a no ser que se emplee en ello con un esfuerzo descomunal, tan alejado de la naturalidad con la que sentimos nuestra lengua”. (Álex Grijelmo, La Seducción de las Palabras, Pág. 252-253)

Hechas estas dos concesiones, expreso mi total desacuerdo con el núcleo de la columna. El autor nos dice, en principio (v. párrafo 1) que la lucha por el derecho de las minorías ha dado frutos con el respeto a los homosexuales (en realidad, debería ser el respeto a la comunidad GLBTT) “y varios grupos más” (sería interesante qué nos advirtiera cuáles) al tiempo que deplora que esa lucha no haya desarrollado los derechos de otras minorías, como la de los discapacitados “sobre todo los mentales” (¡?). Este párrafo es sospechoso, no se sostiene bien pero, digamos, no es grave. A párrafo seguido Gómez Rosales afirma “Así mismo [sic] se ha desarrollado y se ha logrado mucho en la lucha por la igualdad”. Aquí el “Así mismo” no solo que está mal escrito sino que sobra: la lucha de los derechos de las minorías que mencionó en el párrafo anterior es, precisamente, la lucha por su igualdad. Pero peor es lo que continúa: una descalificación de las medidas de acción afirmativa que promueven la participación política de la mujer. El autor las pone como ejemplo de medidas “absurdas” (¡?) que se han tomado “en el reclamo por la igualdad de clases” (¡?). Yo lo replico con cita de este documento que elaboró la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en su informe anual de 1999, titulado Consideraciones sobre la compatibilidad de las medidas de acción afirmativa concebidas para promover la participación política de la mujer con los principios de igualdad y no discriminación: si quieren leer razones al respecto, ahí sobran.

Pero entremos en la sustancia de lo que GR quiere exponernos. Yo sostengo que esta opinión es honesta: precisamente ese hecho preocupa mucho. No, obviamente, por la honestidad, la que siempre es bienvenida en todo debate, sino porque refleja una forma de pensar muy difundida en cierto sector, amplio e influyente, de la sociedad (me refiero a la clase media, sus alrededores and up, o en palabras del autor, los que conforman la “gente común, no afiliada a ningún partido, que hemos trabajado y tratado de ayudar a los demás desde nuestros puestos de trabajo, sin haber estado involucrados en negocios o negociados abusivos empresariales o gubernamentales”). La opinión de GR es que de “lo que no nos hemos ocupado es de los derechos de las mayorías, quizás porque hemos considerado que ellos [las minorías] eran los que tenían ventaja, así como no nos hemos ocupado por los derechos de los demás ciudadanos, porque todos los ecuatorianos, o al menos eso dice la Constitución somos iguales y tenemos los mismos derechos, es decir que no sólo tienen derecho las minorías o los grupos auto considerados marginados”.

Esta opinión de GR sí que es absurda. En principio, porque si el derecho se ha ocupado de defender a algunos es a todos aquellos que han solido ser los beneficiarios (o, en el más tenue de los casos, no han solido ser los perjudicados) de una estructura social creada para beneficiar (o, dicho está, para no perjudicar) a quienes participan de las características de clase social media/alta, sexo masculino, raza blanca, religión católica e ideología conservadora. Los rasgos excluyentes, e incluso racistas, de esta estructura social eran muy evidentes antaño; hoy, precisamente la lucha por los derechos de las minorías los han atenuado (¡enhorabuena!). Las personas que comparten esas características de clase, sexo, raza, religión e ideología constituyen, en términos sociológicos, la “mayoría” (porque es evidente que numéricamente no lo son) porque son quienes detentan el poder o son beneficiarios de la estructura social. Esa “mayoría” no necesita de otros derechos que los que les corresponde a toda persona de acuerdo con la Constitución (¡los que no son pocos, eh!) porque no se encuentran en situación de desventaja (a diferencia de como sí se han encontrado y se encuentran en franca situación de desventaja quienes no han compartido o no comparten esas características de la mayoría –todo lo contrario de lo que afirma Gómez Rosales: “hemos considerado que ellos eran los que tenían ventaja” -¡?¡?) y es precisamente para garantizar esa igualdad a la que aspira la Constitución (la que, por cierto, GR también dice aspirar) que se toman medidas especiales (las que GR llama “absurdas”) para remediar la situación de desventaja y desigualdad de las minorías.

Otras cosas hacen ruido del texto GR: el que entienda que el sexo está dado ad ovo, que suponga que hay excepciones que confirman reglas, que piense que los derechos humanos son los derechos “del asesino, del violador, del guerrillero”. Esos asuntos dan mucha tela para cortar. Pero lo principal (y es preocupante porque no mucha gente se lo piensa demasiado y lo asume como normal) es que se piense que las medidas de acción afirmativa que se imponen para promover la igualdad de grupos usualmente desaventajados deben suponer una réplica de parte de quienes no sufren de esas desventajas (como si se hicieran –no digo que no tenga incidencia pero ese no es su propósito esencial ni mucho menos) en perjuicio de ellos. Esa idea solo puede provenir de quien, uno, no entiende el devenir del derecho como usual defensor de los intereses de la mayoría sociológica (que no numérica), dos, no entiende la naturaleza de las medidas de acción afirmativa y del valor igualdad en la sociedad contemporánea y que, en definitiva, no entiende que si nos tomamos en serio los derechos que consagra la Constitución el derecho debe hacerse cargo de la situación, precisamente, de los más desaventajados. En su momento lo sugerí en este artículo, cuyos ilustrativos comentarios que recibió los comentaré en otro post.

Borges recordaba una agudeza de Macedonio Fernández: “Qué inteligente es este perro. No confunde mi mano con un pedazo de carne. Es un fuerte intelectual, che”. No podría predicarse lo mismo, en este punto, sobre Gómez Rosales.

Ilha das Flores

16 de febrero de 2009

There's something wrong with the world today I don't know what it is (but I do have some intuitions)

Amigo del tribunal

15 de febrero de 2009

“Amigo del tribunal” es la traducción al español de amicus curiae, institución que mencioné en mi columna del domingo pasado como una de las que puede contribuir a la exigibilidad de los derechos sociales. La contribución del amicus curiae no se agota en esa exigibilidad, lo que abona a la necesidad de incorporar la institución del amicus curiae en la práctica judicial de este país. Procedo a explicarme.

Dicho en breve, el amicus curiae es la presentación de una opinión escrita u oral que realiza un tercero en un proceso judicial que resolverá temas de interés público, en el que ese tercero no es parte procesal. El simple hecho de que personas, grupos o instituciones que no son parte de un proceso judicial que resolverá asuntos de interés público tengan la posibilidad de presentar un amicus curiae es importante porque, como lo señala Christian Courtis, esta posibilidad de presentación refuerza el “aspecto participativo del carácter republicano de gobierno” y promueve “el debate de las cuestiones examinadas judicialmente que, de otro modo, quedan relegadas al relativo hermetismo de la función jurisdiccional”.

La institución del amicus curiae no es novedosa: registra antecedentes en el derecho romano. Menos que menos es inusual: en la práctica judicial actual tiene sólido anclaje en las cortes de los Estados Unidos de América y desarrollo judicial en Argentina (donde la Corte Suprema de Justicia dictó la Acordada 28/2004 Reglamento sobre intervención de Amigos del Tribunal); en realidad, se practica en cortes tan disímiles como las de Sudáfrica, Nigeria y Etiopía y en las cortes internacionales de derechos humanos (europea y americana). Para profundizar el estudio de esta figura jurídica recomiendo leer el excelente ensayo de Jorge Baquerizo en la Revista Jurídica No 21 de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, titulado El amicus curiae: una importante institución para la razonabilidad de las decisiones judiciales complejas

No existe ningún impedimento para admitir la presentación de amicus curiae en los procesos de interés público de este país. Al contrario, sobran los motivos: la actuación de las cortes gana en legitimidad y sus razones para decidir en ilustración y publicidad (me refiero, por publicidad, a la discusión pública de esas razones). Lo óptimo para la implementación del amicus curiae es la adopción de una ley que regule la figura de manera general, pero también podría hacerse vía normas que las propias cortes locales desarrollen (me refiero, en este punto, a la Corte Nacional de Justicia y la Corte Constitucional). Para cerrar, suscribo la frase con la que Jorge Baquerizo concluye su ensayo: “Ya es hora que enfrentemos con seriedad el desafío de la transformación de nuestras caducas instituciones si es que queremos vivir con dignidad. La democratización del Poder Judicial es una necesidad imperiosa e inquietante que no espera más dilaciones”. Porque, vale decirlo, no hay razón para esperarlas.

Random / Wasted

13 de febrero de 2009

Part of random, partly wasted



(Pancho Fundador es la estuata de Panchito de Orellana -just in case)

Tumoch!

12 de febrero de 2009

Ni yo para contarlo en demasía ni ustedes para saberlo en detalle, pero es como una espina y lo expongo al respetable. El día jueves próximo pasado, yo no podía saberlo, yo no podía preverlo, simplemente hice acto de presencia en un bar de la localidad para asistir al cumpleaños de una amiga y resultó que tocaba Fabrizzio Ferretti (Zambo Loco, creo que llaman a este que fue conductor del difunto Sintonizando). De cuando en vez (digamos, en plan trimestral) está potable presenciar un concierto de este sujeto. Yo me dije, ya tuve mi dosis del trimestre y la música de este alborotado capilar se dejó estar. Pero como para mentiras tenemos la realidad, al día siguiente, viernes, hete aquí que me voy a otro bar de la localidad y, ¡changos!, tocaba de nuevo Ferretti. Perra suerte la mía, padecer dos días seguidos Ferretti is tumoch! (véase vídeo explicativo de Peter Capusotto, min. 2:18-2:27)



Advierto que no tengo nada en contra de este sujeto: su negocio adolece de voz terrible pero es lícito y la culpa es mía por asistir al lugar equivocado (particularmente cierto en el caso del local del viernes). Amigos en común me cuentan que F. es una buena persona. Yo no lo pongo en duda. De hecho, Zambo Loco (o como quiera que se llame) tiene mi entera solidaridad porque nos prueba que se puede vivir de lo que se quiere sólo por tener la actitud suficiente para hacerlo realidad (porque en este caso, es evidente, no asoma talento). Fito tiene razón: es solo cuestión de actitud. Pero para confirmarlo no quiero tener que escucharlo a Ferretti tan seguido. Ojalá que pase al menos un trimestre hasta escucharlo de nuevo, neta, oj-alá.

tres crónicas cinematográficas tres

La reproducción reciente de DVD's piratas me ha deparado lo siguiente:

Rocknrolla:
Dirigida por Guy Ritchie: se nota, y mucho. La introducción es soberbia: de primavera le queda al espectador expuesto el bajo mundo de los negocios inmobiliarios londinenses. Pero Guy Ritchie no se la juega: el mismo ritmo trepidante y análoga historia delirante de sus anteriores trabajos se encuentran en este film, en cuya trama aparece un mafioso ruso casi imposible (está muy pendejo para ser mafioso ruso, aunque cuando juega al golf se compone un poco), una golfa contable y deliciosa, parejas de homosexuales por deseo y por piedad, eslavos inmortales, yunkies, estúpidos, canallas: the Guy Ritchie usual gang. La película entretiene porque la historia es ingeniosa y expone gracia, además de tener muy buena fotografía y muy buena música, pero no es improbable sentir al terminar (después de haber visto Snatch y blablá Barrels) una cierta sensación de yala yala como la que nos provocaban ciertos cromos en nuestra infancia. En todo caso, el tipo tiene talento y better to have than to have not, you can bet.

Gran Torino:Si no fuera porque esta película la recomendó Juan Fernando Andrade en su bitácora con un entusiasmo capaz de conmover a un cajero automático yo admito que no la habría adquirido en mi última visita al videoclub parche de mi confianza (en verdad, el videoclub parche de enfrente de mi casa). Clint Eastwood la dirige y la actúa (incapaz de traicionarse) en el rol del rudo Kowalski, un personaje que no tarda en probarnos ser un polaco cabrón a quien no sólo se le muere la esposa y padece una familia digna de aparecer en The Aristocrats (descripción local, acá) sino que, para mayor inri, su barrio se le puebla de inmigrantes indeseables (o sea, para este polaco cabrón, de inmigrantes no blancos). Además, pobre, lo persigue un cura pelirrojo que lo fatiga con argumentos sensibleros (lo que sí que está para encabronar a cualquiera). Los inmigrantes no blancos next door son orientales y, cosa curiosa y base de la historia, Kowalski se relaciona y se amista poco a poco con ellos. GT tiene buenas líneas pero, disiento con JFA, creo que ninguna permanecerá en el inconsciente colectivo de Occidente. Eso sí, y aquí coincido en grande con JFA, la película está hecha con el corazón, y a pesar de algunos momentos flacos, se sostiene. Y a uno, que suele ser un sentimental, le viene bien este callejón sin salida de ternura y sacrificio.
Se llama Gran Torino por un coche que participa casi sin rodar de la historia y en el que tardíamente paseará un perro.

Ceguera:
Empiezo por un lugar común: la película no supera el libro de Saramago. Se le mide con suma dignidad, eso sí: esa dignidad que muchos de sus personajes no tienen en esa atmósfera irrespirable en que suelen desenvolverse, tan propicia para reflexionar sobre la madera de la que estamos hechos como especie. La historia la conocen todos, con lo cual no insistiré en ella: el mérito de su director, Fernando Meirelles, es ambientarla y lo logra muy bien. El lector avisado incluso podría sentir (si ha leído el libro y su memoria se lo permite) la narrativa de Saramago durante ciertos pasajes. Las actuaciones son impecables (¡Julianne Moore, carajo!) y Alice Braga es la mujer que sueño tener cuando me emborracho, sea con gafas o sin ellas.

Es probable que los mantenga al tanto de mi cartelera personal. Saluz.

Derechos sociales / Instituciones

8 de febrero de 2009

Desde la Constitución de 1929 los derechos sociales tienen reconocimiento constitucional en el Ecuador. Las constituciones de 1998 y la actual son las más generosas en el reconocimiento de esos derechos; el que con la Constitución actual no repitamos el mismo error que cometimos con la Constitución de 1998 de declarar derechos sociales pero no tornarlos exigibles dependerá, en muy buena medida, del diseño institucional que desarrollemos para exigirlos.

Al momento de desarrollar el diseño institucional que permita la exigibilidad de los derechos sociales debemos hacernos cargo, en principio, de reconocer la posición especial que los jueces tienen en democracia para receptar las quejas de los ciudadanos, favorecer la deliberación pública y erigirse como custodios del sistema político y garantizar los derechos que la Constitución consagra. Al hacernos cargo de esta posición especial de los jueces, debemos pensar en implementar en este diseño institucional los mecanismos que permitan que los ciudadanos les presentemos a los jueces la mayor cantidad y mejor calidad de información posible para que estos fundamenten su decisión. Pueden implementarse, en este sentido, la admisión de amicus curiae, la constitución de mesas de diálogo y la celebración de audiencia públicas (como lo ha desarrollado, por ejemplo, la Corte Suprema de Argentina). O implementarse también, a imagen y semejanza de la Corte Suprema de la India, las “comisiones legales de información” (para obtener información y supervisar las sentencias) y la colaboración con otras funciones del Estado para, por ejemplo, la redacción de normas y la elaboración de políticas públicas que contribuyan al cumplimiento de los derechos sociales.

Este diseño institucional debe hacerse cargo también de que la falta de exigibilidad de los derechos sociales corresponde, en buena medida, a que el acceso de los ciudadanos al sistema judicial se lo desarrolló al amparo del concepto del Estado liberal de derecho que no contempla a los derechos sociales como derechos exigibles. Este concepto del Estado liberal en materia de exigibilidad de derechos debe superarse: para tal efecto es necesario implementar y desarrollar mecanismos tales como el amparo colectivo, las acciones de clase y la representación por parte de las autoridades (Ministerio Público, Defensoría del Pueblo) que permitan un acceso más amplio y, en definitiva, un mejor litigio de los derechos sociales.

La Constitución del 2008 constituye un avance en materia de derechos sociales pero falta desarrollar todavía esa adecuada legislación interna que tienda a perfeccionar ese avance, tanto en materia del rol que deben cumplir los jueces como con relación a los nuevos mecanismos para exigir el cumplimiento de estos derechos. Porque, para decirlo con palabras del jurista argentino Roberto Gargarella, “conviene no olvidarlo: nuestros derechos no deben depender nunca de la buena voluntad de nadie, y menos de personas a las que no controlamos. Otra vez, lo que necesitamos son mejores instituciones, y no (sólo) mejores jueces”.