… resulta placentero leerlas y aprender. En la columna Cuando era linda la vida, el maestro Jorge Barraza nos recuerda ese lado B del fútbol al que he aludido en la entrada anterior, “gracias a aquellos futbolistas”. Yo me sumo al agradecimiento.
Las columnas de Barraza, siempre...
11.06.2009
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Anecdotario del fútbol ecuatoriano (propuesta)
11.03.2009
Sobran las razones para que el fútbol nos apasione. Yo le sumo a las que presumo las razones usuales, un gusto literario por el fútbol. Me encantan su épica y su lírica, sus pequeñas anécdotas, su lado humano (en los tiempos que corren, casi diríase su lado B). Los ensayos que más he disfrutado leer son de fútbol (escritos por Villoro, Marías, Galeano). Doquiera que viaje, siempre trato de conseguirme libros sobre fútbol: por ejemplo, en el aeropuerto de Santiago (en conjunto con un libro muy interesante y muy bien escrito, Siútico. Arribismo, abajismo y vida social en Chile, de Óscar Contardo –una crítica, acá, y dos breve entrevista en prensa y en TV, acá y acá) me agencié el libro Anecdotario del fútbol chileno, de autoría de Juan Cristóbal Guarello y de Luis Urrutia O’Nell (Chomsky), un libro delicioso. (Una crítica y una entrevista a los autores, acá y acá.)
Su contratapa explica por qué:
“Iván Zamorano era sonámbulo y celebraba en pijama; Honorino Landa fue sorprendido hablando pestes de la monarquía británica en pleno Picadilly Circus; a Pelé lo “casó” el argentino Cachulo González, disfrazado de cura, en una casa de niñas que quedaba en Agustinas; Carlos Caszely hizo un gol tan extraordinario que lo festejó un gol tan extraordinario que lo festejó yéndose por el túnel y no volvió más a la cancha; a Florcita Motuda, ataviado como el mítico buzón Preguntón, Leonel Herrera lo levantó de una patada en un amistoso; René Houseman convirtió uno de los tantos más espectaculares de su carrera completamente borracho… ¿Y el Levanta Tres? ¿Alguien escuchó hablar alguna vez del Levanta Tres?
Guarello y Chomsky compilan en este Anecdotario del fútbol chileno la historia íntima del balompié local. Se trata de una mezcla inédita de farándula, secretos de camarín, arreglines, gestas inolvidables, episodios humorísticos y revelaciones de las grandes figuras. Los futbolistas más talentosos, más sanguinarios, más graciosos, más ignorantes y más controvertidos que han pisado las canchas nacionales desfilan en un espectáculo que promete sorprender incluso al más enterado lector futbolero”.
Me pregunto, ¿cuán difícil sería hacer un Anecdotario del fútbol ecuatoriano? No debería ser difícil. Las anécdotas están y puede recopilárselas a partir de historias orales y documentadas. Sería cuestión de hacer las entrevistas y de recurrir a las fuentes (libros, revistas y vídeos); sería cuestión de construir las historias a partir de esos elementos, con pasión y con humor. Pienso que periodistas talentosos y serios (lo que en términos del periodismo deportivo local quiere decir excepcionales) como Diego Arcos, Andrés Gushmer o Carlos Víctor Morales podrían hacerlo. El libro de Guarello y Chomsky no sé que tan fácil sea conseguirlo por acá; pero mientras se cocina este anecdotario local, les dejo un par de buenas bitácoras sobre anécdotas del fútbol, En una baldosa y El Bestiario del Balón.
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Fútbol ciudadano
11.02.2009
Las relaciones entre fútbol y política pueden provocan muchas reflexiones. Puede reflexionarse, por ejemplo, sobre el aprovechamiento que los políticos hacen de los equipos, como por ejemplo el aprovechamiento que el PSC (con breve rapto bucaramato) ha hecho del BSC y sus lamentables consecuencias. O puede reflexionarse el aprovechamiento que un equipo de fútbol puede hacer de esa plataforma para impulsar reformas políticas, como el caso de la democracia corinthiana. O puede reflexionarse, como en esta entrevista a Juan Vicente Lezcano, sobre el aspecto comunitario del fútbol. O puede (esta veta de reflexión me parece sumamente interesante y enriquecedora) reflexionarse sobre el aspecto ciudadano del fútbol, como lo ha hecho la gringa Brenda Elsey en esta nota que publicó The Clinic (recomendada la nota, recomendado The Clinic). El fútbol da.
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Tarjeta, tarados y prensa
Bertrand Russell ejemplificó la vaguedad del lenguaje en la siguiente frase: “Yo soy firme. Tú eres obstinado. Él es un cabeza dura”. La frase es útil para ilustrar el sesgo de algunos en el uso del lenguaje. Yo la utilizaré para argumentar ese sesgo en los medios de comunicación social locales, los que suelen autodenominarse “libres e independientes”.
Así, podría el término “cabeza dura” en conjunto con otras lindezas (del tipo “insultador”, “tirano de cuarta”, “dictador” o “autoritario”) muy al uso de vehementes opinadores de turno endilgársele a Correa; por supuesto, Correa no es inocente y muchas veces se merece, sobradamente o en alguna medida, la crítica que esos vehementes opinadores le formulan. Valga precisar que esa crítica al discurso de Correa suele no analizar el contenido de lo que Correa sostiene y se detiene en el análisis de las formas de su discurso, el que expuesto en los términos que Correa lo hace se lo considera injustificable y lo convierte en “justo” acreedor de los adjetivos que inician este párrafo. (Una aproximación a esta idea de “crítica” de algunos opinadores la avanzó Jaime Rumbea en este artículo que publicó en diario El Universo).
En la otra orilla, el término “firme” de esa ecuación russelliana le corresponde al Alcalde Nebot, quien funge de supuesto rival de Correa. Nebot sí tiene licencia para insultar: a las redacciones de los medios de comunicación social sus insultos no las inmuta (si los llegan a consignar, se lo hace sin énfasis alguno); a esos mismos vehementes opinadores, tan preocupados por las formas del discurso de Correa, esos insultos no afectan de ninguna manera sus habituales loas acríticas a la gestión del Alcalde.
Veamos un ejemplo reciente. La Alcaldía de Guayaquil lanza la tarjeta llamada “La Guayaquileña”. Uno puede, de manera legítima, discrepar con el lanzamiento de la tarjeta, por diferentes razones. Pero el ejercicio de ese legítimo derecho a discrepar, por ejemplo, porque alguna persona considere que se puede utilizar la tarjeta con fines políticos, le costará a esa persona que el Alcalde Nebot lo trate de “tarado”. Así lo consignó el diario Extra, quien acaso porque se trata de “prensa popular”, se atrevió a publicarlo entero, bajo el titular ¡No son para fines políticos!:
“… solo un tarado puede pensar eso, el plan lo anuncié hace mucho tiempo. A quien se refiere es uno de los tantos insultos que Guayaquil no aguanta más. Si están trastornados que vayan al siquiatra y si son ignorantes que aprendan”.
El resto de la prensa “libre e independiente” no consignó el insulto que el Alcalde Nebot le endosa a todo aquel que no piensa como él. El diario Expreso, lado A de Granasa S.A. o el Dr. Jekyll de este sangriento Mr. Hyde, omite toda referencia. Diario El Universo, que sabe quiénes son sus amigos (sino obsérvese este editorial en apoyo a los comités del Municipio local, -precisamente publicado ese mismo día- y la crítica del amigo Ángel Largo Méndez en su bitácora, o recuérdese el tratamiento de las protestas de estudiantes contra el Gobierno central y de los comerciantes informales contra el Gobierno seccional, acá) escoge sus palabras e inicia desde la referencia a que el plan ya había sido anunciado hace mucho tiempo, frase que está justo después de que Nebot llama “tarado” a todo aquel que piense distinto en la materia. Diario Hoy sólo lo publicó en su edición digital, con el rótulo “solo para Guayaquil” y no hizo ninguna referencia al asunto.
La prensa “libre e independiente” ejerce esa supuesta “libertad” e “independencia” en defensa de sus propios intereses. Lo que no defiende con ese uso mañoso de la libertad es la libertad de expresión con la que tanto le encanta llenarse la boca. Le gusta maximizar algunas cosas ad náuseam, así como omitir de manera absoluta otras cosas (piénsese en la nula investigación sobre temas que deberían llamarnos la atención como los casos Neira y Orellana, por ejemplo). Su idea de libertad de expresión es solamente la libertad de prensa y ésta, como dijo Jauretche, “no es más que una máscara de la libertad de empresa”. En beneficio de Nebot, en este caso.
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Charly
11.01.2009
Buenos Aires, viernes 23 de octubre de 2009. Cumpleaños 58 de Carlos Alberto García Moreno (llámalo Charly). Cancha de Vélez, lluvia nocturna y persistente. 34.ooo personas esperamos la salida de Charly, su regreso a los escenarios, el concierto que él nos prometió que sería un orgasmo. Nadie puede negar que esa noche todos estábamos mojados.
Salió a escena un Charly al que un amigo definió como pasteurizado, rechoncho y clean, de voz tenue y en pleno control de sí mismo. Un Charly menos rock star, pero mucho más metido en su rock. Un Charly que repasó con nosotros sus grandes éxitos, lo que significa pasarle revista a la biografía de (de)generaciones, la nuestra incluida (porque Charly es “héroe transgeneracional que tiene manos de marfil y teclados de Taiwan”, como reportó Ernesto Martelli para la revista Rolling Stone), la de todos quienes crecimos escuchándolo y somos tanto parte de su religión como su música es parte del soundtrack de nuestra vida.
Salió Charly ese viernes de lluvia y se reencontró con su público. Atrás, en campo, rodeado de amigos, de gente, saltando y cantando, estaba yo. En algún punto entre Melmac y el piso plástico puesto para no destrozar la grama, elevado pero en Tierra, estaba yo. Mojado, pero contento. Ateo que rezó por vos, Charly, más si salió contigo a juntar plegarias el inmenso Flaco Luis Alberto Spinetta. Escuché con sentida devoción a este tipo de 58 años cumplidos, menos de 3 años menor que mi viejo (quien estaba conmigo en el concierto, ¿no les digo que Charly es transgeneracional?) y quien de niño soñaba con “dinosaurios, planetas, mitos griegos”: todas esas cosas que, de alguna manera, Charly ha llegado a ser a lo largo de su vida (“porque ya hice todo lo que se puede hacer. Ya está”) para convertirse en el inconsciente colectivo de millones.
Volvió el más grande, decían los carteles, pero todo regreso es difícil: a Charly le costó muchas muelas y largas terapias regresar. Se le nota, mucho se le nota. Pero lo contrario de difícil es mirarlo desde afuera y descalificarlo: llamarlo loco, drogadicto, acabado, etc. A esos que lo descalifican, como decía el poeta Oliverio Girondo, hay que compadecerlos. No solo porque la suya es una actitud canalla y miserable, sino porque esos pobres no entienden que “el más cuerdo es el más delirante”, porque no entienden que para este John Lennon del subdesarrollo “la locura es poder v
er más allá” y traducirnos esa locura en canciones. Aguante, Charly. Say no more.
Así, de vez en cuando escuchas aquella voz y es la voz de Charly García. Charly ha vuelto porque, como escribe Marcelo Figueras en Página/12, "no deja de recordarnos que los hambrientos, los locos, los prisioneros y los idos, todavía están acá" y porque "es necesario cantar de nuevo una vez más". Charly está en pie para hacerlo, pasteurizado y clean. Hasta la próxima tempestad, nos dijo en Vélez. Ojalá que arrecia esa tempestad este 26 venidero que Charly cantará en Guayaquil. Yo allí estaré. SNM.
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Cocaína (1 poema, 1 prosa, Herbert)
10.30.2009
Tengo que admitir que hace tiempo que no tengo mucha ocasión de leer otros libros que no sean aquellos relacionados, en particular, con el derecho y la política. Sea por trabajo o por vocación, son esos los libros a cuya lectura suelo abocarme de manera cotidiana, con casi nunca exento placer. Mis raptos literarios suelen ser escasos: la mayoría de las veces se reducen a relecturas o lecturas parciales de poemas, cuentos y crónicas (un género que me gusta mucho, que se lo cultiva bien en revistas como Soho y Gatopardo y en el que el ecuatoriano Juan Fernando Andrade destaca con sencilla lucidez).
Los aviones suelen funcionar como espacios de tiempo muerto que sobrevuelan el espacio a alta velocidad para permitirnos la delicia de recorrer las páginas de un libro a lenta morosidad con el propósito de olvidarnos de ese tiempo muerto y adentrarnos en nuevas posibilidades literarias o revisitar las adquiridas. Mario Vargas Llosa ha escrito unas líneas interesantes al respecto en la entrada Avión de su exquisito Diccionario del amante de América latina, en la que ha declarado, en primera persona, que encontró para su miedo a los aviones un remedio que “nunca me ha fallado, a condición de elegir, en cada vuelo, una obra maestra cuyo hechizo, además de fulminante, se prolongue exactamente el tiempo que estoy desafiando la ley de gravedad. Desde luego, no es nada fácil elegir la obra adecuada, en términos de calidad y duración, para cada recorrido. […] Hago una lista (en señal de gratitud) de estos serviciales amigos, que, en mis últimos exitosos empeños de emular a Ícaro, me ayudaron a vencer el miedo al avión: Bartleby y Benito Cereno, de Melville; Otra vuelta de tuerca, de Henry James; El perseguidor, de Julio Cortázar; Dr Jekyll y Mr. Hyde, de R. L. Stevenson; El viejo y el mar, de Hemingway; The monkey, de Isak Dinesen; Pedro Páramo, de Rulfo; Obras completas y otros cuentos, de Monterroso; Una rosa para Emily y El oso, de Faulkner, y Orlando, de Virginia Woolf. Afortunadamente para mí, la farmacia literaria tienen reservas inagotables de estos especímenes, de modo que tengo viajes aéreos (y buenas lecturas) para rato”. A mí, mi último vuelo me permitió una lectura, digamos, más modesta en el nombre pero no menos placentera que la que a mí me han deparado algunos de esos grandes títulos de la literatura universal a los que se refiere Vargas Llosa. Ese nombre modesto es el del mexicano Julián Herbert (Acapulco, 1971) y su título (tendente al escándalo para los pacatos de siempre) es Cocaína (Manual de usuario).
No tengo la intención de hacer una crónica literaria (el tiempo no me da para esa tarea) que algunos han realizado por acá y por acá; ni tampoco de presentarles, de manera general, al autor (quien puede presentarse solo, por acá). Solo diré que un tipo cuyo obra Javier Rodríguez Marcos ha podido presentar en términos de “la obra de alguien que en el escuela traducía a Ovidio y en casa aprendía a tocar con la guitarra las canciones de Nirvana. Visto lo visto, el latín de Seattle da grandes resultados”, difícilmente podría decepcionarme. Leído lo leído, en su crudeza de junkie y en la fiera desnuda de su lenguaje en el que caben todos los decepcionados del mundo, no cupo nunca la decepción, if you know what I mean. Dos abrebocas, next:
Intermitencias del True West (I)
Zapatistas en el baño de mi casa
Oh nena no sabes que noche terrible
yo estaba feliz pensando en ti
escribiendo un poema sobre la primavera
un amigo se acerca y me pide que hospede a
3 ó 4 zapatistas que están en la ciudad
oh mi amor dije que sí gustoso
todavía pensando en ti
todavía escribiendo mi poema
no sabía no no sabía
que me estaba metiendo con el méxico bronco
dieron una conferencia y pude dormir a gusto
pero luego al hospedarlos descubrí que me engañaban
no eran 3
sino 10
y ninguno guerrillero
sus profesiones eso sí me resultaron muy extrañas
4 punks
1 vendedor de camisetas
2 marxistas ortodoxos infiltrados en telmex
2 europeos mohosos pero de muy buenas familias
y el décimo se me hace que había sido boxeador
porque ya briago le dio por descontar al respetable
pero lo más triste baby
ah honey
es que todos vivían en Monterrey
sólo habían ido a Chiapas a
mirar una cascada
Apenas instalados pidieron de cenar
sin importarles que yo pensara en ti
que todavía no terminara mi poema
me miraron con desprecio me llamaron
individualista
luego pusieron un caset de def con dos
otro de los Ramones
y cantaron como si vomitaran
Convencido de que no se apiadarían cociné para ellos
1 kilo de huevo 6 tomates 20 chiles 80 tortillas 2 bolsitas
de frijoles
Ellos me apresuraban
sus ojos relampagueaban
varios litros de tonayan escurrían de sus labios
la casa apestaba como un temazcal de mezcal
Pasé la noche en vela
sorbiendo coca colas
sin poder orinar pues siempre había
(siemprehabíasiemprehabía)
zapatistas en el baño de mi casa
zapatistas en el baño de mi casa
Luego de discutir
de golpearse
de hablar mal del gobierno
de censurar a marcos
de alabar la dictadura proletaria de la esquina
luego de cabecear de vomitar regurgitar de carraspear de
abofetearse
nuevamente
mutuamente hasta la sangre
hasta los belfos
luego de asegurarme que zapata había sido
maricón
se fueron por fin con esa cruda
que sólo da a las diez de la mañana
se fueron dejando como única prenda
como único recuerdo
un caset de los Violent Femmes
En cuanto desaparecieron
como si todo fuera magia
o todo fuera un viejo sueño
se esparció la primavera sobre el tufo de la cruda
varitas de nardo creciendo en tus fotos
flores en tu cabello guacareado
sentí unas ganas locas de declamar poesía
y eso que aún me faltaba lo más bello
Oh honey
llegaste pisando los talones de la primavera
con la propiedad privada de tus pechos chiquitos
con el imperialismo a cuadros de tu blusa verde
hey dear –estabas lista
para pasar a la catafixia y –mientras te desnudabas
perdoné mentalmente a los explotadores que se comieron
mi comida
que vomitaron en mis muebles y me dieron
a cambio
nomás este caset
de pronto supe que nunca voy a rebelarme
No sé quien soy
soy tan voluble
me conformo con un trago
una cuenta de vidrio y un caset
me conformo con un pase
una blusa tirada y un caset
Y por eso te digo:
pásame el espejito para verme de cerca
porque ya no distingo donde está el bien
dónde está el mal
Estamos bateando basura
No importa si eres sacerdote, borracho, maricón o policía. No importa si vives en la Del Valle, en Hong Kong, en Las Gradas o en la Luna. No importa si tu hobby es escribir discursos, matar árabes, pescar ostiones en Guaymas, limpiar baños en Durango o fornicar en los hoteles de Calzada de Tlalpan con muchachas chaparritas. Hay algo en lo que estoy totalmente de acuerdo contigo: lo que más abunda en la atmósfera es oxígeno e hijos de puta. Y no lo digo para complacerte, no, ni mucho menos para hacerte creer que tú y yo somos mejores, nada de eso: estoy hablando completamente en serio. Ahora que, tú bien sabes, de vez en cuando aparecen personas luminosas.
Hay una vecindad a donde voy a conectar de vez en cuando. El cuarto del Bueno está al fondo. Es una habitación destartalada: apenas una cama, pósters de desnudos, una gramera, bolsas de polvo y piedra y, me imagino que debajo del colchón, más dinero del que a ti y a mí nos pagan por trabajar durante meses. Para llegar a ese cuarto es necesario atravesar un pasillo. En él te encuentras chavitos jugando fútbol, señoras tendiendo la ropa, muchachas de dieciséis paradas junto a las puertas laterales repasando catálogos de Avon. Ya sabes, all that crap que luego sale con cámara movida y grano abierto en ese dizque Nuevo Cine Mexicano.
Al fondo del pasillo, junto a la puerta donde despacha el Bueno, está sentado don Chago. Siempre trae puesto su overol de barrendero municipal, aunque se le nota en la manera de moverse que ya se jubiló. Sostiene junto a la oreja un radio de pilas del que surge la voz esquizofrénica de un cronista deportivo.
- Quihubo don Chago, ¿cómo le va?
Se seca el sudor con un paliacate rojo y contesta:
- Aquí nomás, como siempre: bateando pura pinchi basura.
Nunca me animo a preguntarle si lo dice por alguien en particular. Mejor así: me doy un pase, luego otro, y ya siento en la piel cómo los jardineros se atragantan de hits, el Houston Jiménez estruja entre sus dedos un vaso desechable, don Chago se pasa por el rostro un pañuelo humedecido y mira su radio de pilas con rencor, las muchachas hacen cuentas severas y aún así no completan para el esmalte o la caja de sombras.
Ponchados cada noche. Compartiendo la derrota.
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Un apunte sobre el psicoanálisis en Bs. As.
10.28.2009
Leído en Historia de Buenos Aires, de Carmen Bernand (Pág. 244-245):
“Precisamente en esa esquina [Corrientes y Esmeralda], que simboliza los múltiples aportes de la inmigración, Raúl Scalabrini Ortiz ubica al porteño arquetípico de esos años [década de 1920], híbrido del gaucho, el indio, el patricio y el “cocoliche”. Lo describe como un ser impulsivo, animado por emociones que recaen rápido, fiel a las amistades masculinas, pero desconfiado para con las mujeres y toda manifestación de ternura, que se apura por ocultar haciendo gala de cinismo. El título del ensayo que le consagra, El hombre que está solo y espera, condensa todos esos rasgos aportando una tonalidad “beckettiana” anticipada. Otros escritores observan esa tendencia a la angustia existencial del comportamiento porteño. Así, Erdosain, el antihéroe de Roberto Artl, arrastra su aburrimiento y su desamparo por las calles de Buenos Aires, “su vida sangra”, así como la del “Rufián melancólico” y suicida. Esa insatisfacción impacta también al filósofo español Ortega y Gasset, de paso por Buenos Aires. Más allá de los estereotipos, esos rasgos –que sin duda resultan de una superposición de desarraigos sucesivos- explican ciertamente la extraordinaria difusión del psicoanálisis en Buenos Aires, a partir de la Segunda Guerra Mundial”.
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De vuelta...
10.27.2009
... del Coño Sur, jodida matria del reviente y el psicoanálisis. En Bs. As. (en menor medida en su sosegado álter ego, Monte) vuelan la alegría, la anarquía, la bondad, la desesperación, es la posta.
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El ideal radical
10.25.2009
Tiende a pensarse que el pensamiento constitucional en América latina a partir de su independencia y durante el siglo XIX se reduce a las propuestas y principios que defendieron las corrientes liberal y conservadora; suele omitirse, entonces, el estudio de las propuestas y principios que defendieron los pensadores radicales, entre quienes se cuentan figuras políticas como Artigas, Arcos, Bilbao, Murillo Toro, Hidalgo, Morelos, Madiedo, Gálvez, Zamora.
En pocas palabras, el pensamiento constitucional de los radicales se propuso tomar en serio ese principio fundamental de los tiempos modernos (tan fundamento como inobjetable a partir de su triunfo en la Revolución Francesa), esto es, la idea de que “todos los individuos nacemos libres e iguales”. Tomarse en serio esa idea implica que uno de los rasgos más distintivos de la propuesta radical es su postura igualitaria y comprometida de autogobierno, o sea, el que se habilite a la mayor cantidad de individuos para que intervengan en los asuntos de interés público y el que se contribuya a ese propósito con un diseño institucional que ofrezca oportunidades e incentivos para que realicen esa intervención.
Dos frases del pensador inglés Thomas Paine permiten profundizar este postulado de autogobierno que propone el ideal radical. La primera, el que “las verdades fundamentales podían llegar a ser conocidas por cualquiera, mientras tuviera la perseverancia para examinar el mundo de modo detenido, y para reflexionar esa experiencia”. Así, esta idea sostiene que todos los individuos estamos en capacidad de pensar por nosotros mismos y de acceder a “verdades” (de cualquier índole que éstas sean) por nuestra propia cuenta y riesgo. Valga precisar que en el siglo XIX esta idea contenía una fuerte carga anti-religiosa. La segunda frase, que “cada era y cada generación debe ser tan libre de actuar por sí misma como las eras y las generaciones que la han precedido”. Esta idea reivindica de manera firme el autogobierno y, de manera más precisa, la ruptura con las tradiciones. Esas dos frases de Thomas Paine que afirman la capacidad crítica de todos los individuos y niegan las ataduras con el pasado político sirven para comprender la propuesta de un diseño institucional que favorezca el autogobierno y produzca vínculos entre los ciudadanos y sus representantes, que establezca mandatos breves y posibilidades de revocarlos, que otorgue primacía al Legislativo como legítimo representante de los intereses de la comunidad por encima del Ejecutivo y que reduzca el peso de la iglesia y el ejército en los asuntos públicos.
Este diseño institucional que propusieron los radicales empezó a consolidarse en la región, de tibia manera, en distintos procesos constitucionales durante el siglo XX, incluido el Ecuador. Justo es admitir que su efectividad (por razones, principalmente, de cultura política) ha sido deficitaria. Como justo es admitir también que un ideal de autogobierno que tienda a concretar los valores que postuló la Revolución Francesa hace 220 años (libertad, igualdad, fraternidad) es todavía un ideal que vale pelearlo.
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El saqueo de la imaginación
10.18.2009
Tina Zerega fue quien publicó en este diario, el 29 de julio pasado, una columna titulada A la altura en la que sostuvo que “de la denominada ‘guerra de los medios’, me asusta la facilidad con que circulan significantes como guerra, dictadura, totalitarismo. Si gastamos los significantes, no tendremos palabras para nombrar las situaciones cuando verdaderamente sucedan. Cualquier conocimiento básico de historia permite sustentar esta idea”. Precisamente ese es el núcleo del argumento que desarrolla Irene Lozano en el libro del cual he tomado prestado el título para titular, a su vez, esta columna y en el que Irene Lozano sostiene, con sobrados argumentos y ejemplos históricos y actuales, que “el uso y el abuso de las palabras en el lenguaje político y periodístico ha supuesto un auténtico saqueo de la imaginación”.
En los medios de comunicación de este país no resulta extraño el uso y abuso de las palabras que saquean la imaginación. De manera habitual, el periodismo local no suele respetar la máxima de Voltaire de precisar los términos para empezar el debate, ni de utilizarlos de una manera que no se desgasten.
Así, suelen ensayarse vehementes discusiones que aportan escasas ideas para el debate, usualmente centradas en el mensajero (propicios ejemplos de falacia ad hominen) y no en el mensaje, o lo que es lo mismo, centradas en lo que resulta irrelevante y no en una discusión real que proponga y fundamente argumentos. Puede que, de manera lamentable, no deba resultarnos extraño en esta época de profusa información pero poco conocimiento, las discusiones (como parece probarlo con sobra de merecimientos el periodismo ecuatoriano) de copiosos y altisonantes adjetivos pero de paupérrima sustancia.
Este diagnóstico de saqueo de la imaginación, si es acertado, es altamente preocupante. Lo es, porque como lo advirtió Alasdair MacIntyer, “alterar los conceptos, ya sea modificando los existentes, inventando otros nuevos o destruyendo los viejos, es alterar el comportamiento”. Ese es el efecto que provoca, no inmediato pero sí de persistente erosión, el abusar de las palabras. De allí que haya que respetarlas, tanto para seguir el sensato consejo que propone Tina Zerega en su columna de hacerlo para mantener la credibilidad de quienes escriben (puede recordarse, al efecto, el cuento infantil ruso Pedro y el lobo) como también porque como lo advirtió Marcel Proust en su célebre En busca del tiempo perdido (El tiempo recobrado): “Siempre he tenido una alta consideración por aquellos que defienden la gramática o la lógica. Cincuenta años después se da uno cuenta de que ha conjurado grandes peligros”. Así, por razones de presente y de futuro, debemos tratar de evitar este persistente saqueo de la imaginación, aquel que tanto critica Irene Lozano en su libro, el que (ya fue dicho) presta tanto el título como algunas ideas que han permitido desarrollar esta columna.
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